Libelo de sangre

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CAPÍTULO 41 Una causa imposible

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CAPÍTULO 41Una causa imposible

Cuando Alonso llegó al estudio del licenciado Bernardo Núñez de Belmonte, se concedió un instante para tratar de serenarse. Ni de lejos lo consiguió; en lugar de amainar, los nervios arreciaron, pero, aferrado al propósito de salvar a sus padres, los ignoró y se dispuso a encarar el envite.

Se terció la capa de manera que sus galanuras quedasen a la vista, se caló el sombrero, respiró hondo y aldabeó la puerta.

Un criado abrió y, luego de llevarlo a una salita, desapareció. Al poco, reapareció y lo condujo a una amplia estancia, donde, tras un bufete de nogal atestado de legajos, lo esperaba el Abogado de las Causas Imposibles.

Era un caballero de mediana edad, orondo sin desmesura y moreno de tez. La abundante cabellera oscura, ya argéntea en la raíz, lucía muy corta, engomada y elegantemente peinada. El rostro asomaba a duras penas debido a las espesas cejas negras, a la barba, atributo idiosincrásico de todo jurista, y a un exuberante bigote de puntas tan largas que, entiesadas hacia arriba, viajaban allende las mejillas. Los ojos, grandes y castaños, despedían brillos de inteligencia y las lentes que los atildaban conferían al personaje un aire conminatorio.

En ese momento chupeteaba una pipa de caoba con incrustaciones doradas y expelía bocanadas de humo que formaban una densa niebla a su alrededor.

Vestía ropilla de gamuza gris entorchada en plata cuyas mangas acuchilladas revelaban las de terciopelo aceitunado del jubón interior. En los puños asomaba una cascada de encajes y el cuello se erguía bajo una lechuguilla armiñada con polvos azules de ultramar.

Cuidando de celar la faz, Alonso se inclinó en cortés reverencia.

—Buenos días, licenciado. Me llamo Pablo Cuéllar y procedo de tierras extremeñas. Estoy de paso en la Villa y deseo arrendar vuestros servicios de defensa.

—¿A quién debo defender? —preguntó Bernardo.

—A Sebastián Castro, escribano del número, y a su esposa, Margarita Carvajal.

—¿Sebastián Castro y Margarita Carvajal? ¿El matrimonio responsable de los Crímenes del Ritual?

—El matrimonio calumniado a cuenta de los Crímenes del Ritual, señor —rectificó Alonso—. Son inocentes. Lo afirmo con rotundidad.

Intuyendo que aquello iba a resultar entretenido, Bernardo se arrellanó en el frailero, inhaló la pipa y soltó otra bocanada de humo.

—¿Lo afirmáis con rotundidad? ¿Acaso vuesa merced es el asesino y de ahí la rotundidad?

—No soy el asesino y los Castro tampoco lo son. Los conozco y no dañarían a nadie.

—¿Y de qué los conoce un extremeño de paso por Madrid? —inquirió Bernardo, agachando la cabeza en un vano intento de atisbarle el semblante.

—Residí aquí durante unos años y tuve ocasión de frecuentarlos. Me apoyaron en una etapa borrascosa de mi transitar y, no obstante haber llovido bastante desde entonces, nunca los he olvidado. Siempre ambicioné corresponder sus desvelos y ahora Dios me brinda la oportunidad de hacerlo.

—Oriundo de Extremadura, años en Madrid, épocas borrascosas, regreso a casa, visitas a la Villa, tiempo suficiente para que el olvido engulla viejos apegos, empeño en evitar que ese olvido acontezca, capacidad de corresponder desvelos… Semejante bagaje habla de una buena caterva de primaveras, señor Cuéllar, y, aunque no os distingo bajo ese chapeo de talla toril que os emboza, vuestro aspecto no sugiere tan dilatado recorrido. Cierto que gastáis alzada, pero ni la espalda presenta la corcova de la madurez ni los hombros, el peso de la vida.

—¿Dudáis de mi palabra, licenciado? —replicó Alonso, esforzándose en ralentizar los latidos de su corazón.

Atusándose el bigote en actitud reflexiva, Bernardo lo escrutó, convencido de hallarse ante el hijo prófugo. Si bien no aparentaba los trece abriles proclamados en los mentideros y tampoco acarreaba un pituso en los brazos, ¿quién más bregaría en favor de los presuntos culpables de una barbarie judía?

Se planteó reportar al Santo Oficio, pero tres motivos le disuadieron.

Primero, despreciaba a esa camarilla de cagarosarios ensotanados que predicaban el no matarás prendiendo hogueras.

Segundo, la peligrosa aventura indígena de don Gonzalo Soto de Armendía le obligaba a permanecer al margen de chismorreos, e involucrarse en el polémico asunto de la Secta, siquiera del modo efímero que implicaría entregar a aquel muchacho a las autoridades y después desentenderse, le colocaría en el centro de ellos.

Y tercero, admiraba las agallas del mozo, porque, pese a saber que la Inquisición lo buscaba y que cualquiera lo hermanaría con el vástago evadido en cuanto secundase a los Castro, allí estaba: plantado delante de un letrado a pecho descubierto y tratando de conseguirles asistencia jurídica.

—Responded, licenciado —insistió Alonso, temiendo que el abogado lo hubiese reconocido—. ¿Dudáis de mi palabra?

—Dudar de vuestra palabra supondría concederle algo de crédito y lamentablemente me resulta imposible hacer tal concesión —aseveró Bernardo—. Os lo diré sin ambages, señor Cuéllar: no os creo. Y conste que no pretendo faltaros; muy al contrario, si sois quien me barrunto que sois, aplaudo y respeto vuestro arrojo, pues en verdad hay que tenerlos cuadrados para arriesgarse a un arresto de tan temeraria guisa. Me permito, no obstante, manifestaros mi escepticismo porque no me gusta que me tomen por estúpido. Pero respirad tranquilo. No proyecto avisar a los corchetes.

Alonso, que, tras confirmar el fracaso de su farsa, ya pensaba batirse en retirada, abortó la fuga cuando le escuchó decir que no proyectaba avisar a los alguaciles.

—Delimitadas las bases de esta reunión, os propongo representar una especie de comedia —continuó Bernardo—. Vuesa merced interpretará al extremeño curtido de vivencias que ansía devolver favores añejos y yo, al cándido infeliz que se traga el cuento. ¿Aceptáis?

—Acepto —contestó Alonso, que, pese a todo, no alivió la guardia y siguió alerta a la puerta—. ¿Defenderéis, entonces, a los Castro?

—Aunque quisiera, no podría. La defensa de personas incursas en una causa inquisitorial compete a un abogado de presos del Santo Oficio, dignidad que yo no ostento.

—¿Abogado de presos del Santo Oficio? ¿Qué tipo de abogado es ese?

—Uno a quien el Santo Oficio confía la defensa de los procesados inquisitoriales.

—¿Significa eso que trabaja para la Inquisición? —balbuceó Alonso, atónito.

—Talmente.

—¡Menudo dislate! ¿Qué defensa puede esperar un acusado del empleado de su acusador?

—Una harto cuestionable, lo admito, pero así reza la norma. Ignoro qué reprochan a los Castro, ignoro si existe un pleito en trámite y, de existir, ignoro en qué fase andan. Sin embargo, un extremo sí me consta: llegado el momento de designar letrado, la encomienda recaerá en un abogado de presos del Santo Oficio.

—Ahora soy yo quien no os concede crédito, licenciado. ¿Os displace que os tomen por estúpido? A mí también. No deseáis el caso y, en vez de rechazarlo a las claras, inventáis paparruchas legales que ni un mentegamba se tragaría. Si el problema estriba en los cuartos, relajaos. Me sobran caudales para satisfacer vuestro jornal.

—¿De veras? —preguntó Bernardo en tono afable, pues el mancebo le había caído en gracia—. ¿Y a cuánto calcula vuecencia que asciende mi jornal?

—Lo desconozco, pero de seguro esto lo supera —respondió Alonso, vaciando la Bolsa de la Esperanza encima del bufete—. He ahí mi hacienda al completo. Auxiliadme y os entregaré hasta el último real. Sin regateos ni tampoco reintegros. Si hay más de lo que os corresponde, cogedlo también a modo de gratificación.

El abogado miró la montaña de monedas. Aunque era una pequeña fortuna, no abonaría ni un buenos días suyo y el optimismo de Alonso al pretender convertir el sobrante en propina lo enterneció.

—Permíteme apearte el vuesa merced, muchacho —repuso, esbozando una sonrisa cordial—. No lo equipares a descortesía, sino a cercanía. Amén de demasiado joven, me pareces francamente agradable y no me nace mantener las distancias contigo.

—Apeadme el vuesa merced si gustáis, pero coged ese dinero y defended a los Castro —exhortó Alonso, animado ante tales muestras de afecto.

—¿Y dices que esta es tu hacienda al completo?

—Sí, señor.

—¿Y cómo subsistirás si me entregas hasta el último real «sin regateos ni tampoco reintegros»?

—Mi subsistencia no importa. Solo importan los Castro. Son inocentes, licenciado. Os juro por mi honor que son inocentes. Ignoro de qué los acusan; quizá de los Crímenes del Ritual, quizá de cualquier otra extravagancia. Sea lo que sea, desbarran imputándoles nada, pues jamás han quebrantado la ley. Ni la de Dios ni la de los hombres. Únicamente se han dedicado a sembrar bondad y no merecen este desafuero. La Inquisición está cometiendo un gravísimo error. Os lo ruego, señor. No lo consintáis.

El vehemente alegato caló tanto en Bernardo que durante un instante la frase «asumo el caso» vibró en sus labios; mejor dicho, lo que vibró en sus labios fue un «intentaré asumir el caso», porque no mentía al afirmar que la defensa de un encausado inquisitorial competía a un abogado de presos del Santo Oficio. Pese a ello, tal vez hubiera algún resquicio que le permitiera intervenir y, de haberlo, se sabía capaz de encontrarlo.

Igual que percibió verdad en el comerciante genovés, percibió verdad en Alonso e, igual que entonces, habría peleado. Habría hurgado en la normativa hasta hallar ese resquicio, habría apoyado aquella causa que adivinaba noble y probablemente habría vencido.

Sin embargo, las cosas habían cambiado mucho y ese entonces ya quedaba lejos. Ahora los sórdidos mares que surcaba y, sobre todo, sus sórdidos peces le demandaban mantenerse en la sombra, demanda que desde luego no complacería apadrinando a los sospechosos de un asesinato ritual.

Muy al contrario, se convertiría en la comidilla de los mentideros. La gente huronearía en la intimidad del abogado que tanto interés mostraba en dos herejes y tamaña curiosidad en absoluto le convenía. Los trapos sucios de numerosos principales podían salir a la luz, luz que él dejaría de ver en cuanto alguno de esos principales le enviase un sicario.

Entristecido e impotente, suspiró. Las circunstancias le imponían apartarse y tal haría, pero, reacio a escudarse en los escollos legales en verdad existentes mas acaso salvables, decidió esgrimir un motivo irrebatible.

—Lo lamento, joven. Tus dineros son insuficientes. Ni siquiera cubren esta reunión. No obstante, me atribula esquilmarte, así que no te la facturaré. Guárdate, pues, el parné y busca otro letrado de honorarios acordes a él; aunque procura que sea un abogado de presos del Santo Oficio. Insisto en que solo ellos pueden representar a un reo de herejía.

—¿Estáis de chanza? —protestó Alonso, obviando el último inciso del argumentario porque ni orate se creería la patraña del defensor empleado del acusador—. Ahí hay una suma formidable, señor.

—No te lo discuto y, considerando que simplemente eres… un foráneo ansioso de corresponder los favores de los Castro, se me antoja de un desprendimiento encomiable. Sin embargo, te reitero que no cubre mis tarifas.

—El trabajo de un abogado trasciende del metal, licenciado. Consiste en luchar por la justicia; en impedir que un culpable la eluda y que inocentes la sufran sin haberla ofendido.

—El trabajo de un abogado consiste en luchar por la justicia de quien le paga, sea culpable o inocente.

—Esa clase de batallas las libra un mercenario de la ley. Un abogado de raza no trafica con la justicia; la honra y la sirve.

—Ningún abogado, templario o corsario, sirve a la justicia, joven. En realidad, sirve justicia como el tabernero sirve vino y, como él, cobra el género según su calidad. De tal suerte actúo yo: taso mi género en lo que vale y lo cobro. Si puedes comprármelo, te lo despacho; de lo contrario, acude a otra tienda donde lo vendan más barato.

—En vuestros ojos leo una honestidad que desmiente ese cinismo, señor. Portáis el título de Abogado de las Causas Imposibles y, aunque me consta que es título ignominioso, en mi opinión os ensalza, pues evoca a un gladiador de causas perdidas; a un valiente que se enfrenta al mundo por aquello en lo que cree. Y a quien se enfrenta al mundo por un ideal no le guía el dinero, don Bernardo; le guía la vocación, e intuyo profunda la vuestra si ha logrado fraguar una celebridad digna de alias. ¿La vais a prostituir supeditándola a un puñado de cuartos? ¿No preferís ennoblecerla poniéndola a disposición de la verdad?

—La vida entraña una guerra diaria, muchacho, y la verdad suele ser la primera víctima de toda guerra —sentenció Bernardo, tratando de no evidenciar cuánto le habían conmovido las palabras de Alonso—. No sé si lucrándome de mi vocación la prostituyo o la ennoblezco. Solo sé que el peculio me proporciona condumio; la verdad y la vocación, no.

—No lucís un cuerpo famélico. ¿En serio no queda margen en vuestra guerra diaria contra el hambre para intentar que la verdad no muera?

—Precisamente porque supedito mi vocación a los cuartos, no luzco un cuerpo famélico.

—¿También supeditáis vuestra conciencia a los cuartos?

—Conciencia pura, hambre segura, joven. Y el hambre viene sola, pero no se va sola. Debo alimentar a mi familia y, de penar hambre mis hijos, no aliviaría mi conciencia saber que lo hacen porque la antepongo a los cuartos.

—¿Y si, en vez de penar hambre, vuestros hijos penasen en manos de un asesino? Suponed que los rumores no disparatan y, en efecto, acusan a los Castro de los Crímenes del Ritual. Eso significaría que el auténtico responsable continúa en libertad y podría reincidir. Podría matar a vuestros hijos. ¿Os aliviaría la conciencia saberlos en el camposanto porque privasteis de justicia a inocentes pretextando una guerra contra el hambre en la que salta a la vista los hados no os han enrolado?

—¡Basta! —cortó Bernardo, asustado al imaginar semejante fatalidad—. Esta discusión se ha terminado. Desde el principio te he advertido que la patraña del foráneo recompensamercedes no ha colado. Márchate o llamaré a los alguaciles.

—¿Y qué les contaréis? —desafió Alonso—. El secreto profesional entre abogado y cliente os veta el desglose de nuestro parlamento, incluidas conjeturas sobre mi identidad.

—Inteligente argumento —aplaudió Bernardo, encantado, pues aquel lenguaraz le gustaba cada vez más—. Salvo por un ligero detalle: no eres mi cliente.

—Me habéis recibido, prestado oídos al motivo de mi visita y ponderado mi pretensión. Eso genera el veto y os encadena al silencio, licenciado. En cuanto a la minuta, tomad mi dinero. Aunque no alcance el precio de este encuentro ni mucho menos vuestra costosa ciencia restringida a la justicia de unos pocos, confío en que sí llegue para respetar el secreto profesional… amén de que no deseo recrudecer vuestra huracanada guerra contra el hambre.

Bernardo sonrió la ironía, pensando que, de permitírselo su situación, hasta gratis buscaría la manera de pleitear. Sin embargo, ¿de qué serviría? Tan pronto se metiera en semejante jardín, algún notable se exaltaría y empezaría a afilar los cuchillos. En dos semanas, él estaría criando malvas y los Castro seguirían expiando una felonía que, tras escuchar a Alonso, se barruntaba obra de otro.

Soltando un suspiro de resignación, se limitó a coger un maravedí de la Bolsa de la Esperanza.

—Minuta satisfecha —anunció.

—¿Un maravedí? —se sorprendió Alonso—. Recién declaráis que mis caudales ni siquiera cubren esta reunión y ahora ¿la tasáis en un miserable maravedí?

—Si no te cobrase nada, el secreto profesional no me vincularía y mi deber de buen ciudadano me forzaría a atrancar la puerta e informar a la Inquisición de que he capturado a Alonso Castro. No obstante, admiro a la gente con arrestos y, como a ti te sobran, he decidido ayudarte en la medida de mis posibilidades. Expido una minuta de un maravedí y, abonándomela, adquieres la condición de cliente. Así, te aseguras mi silencio y yo, la legitimidad del mismo.

Quizá la certeza de haber tumbado los prejuicios de Bernardo sobre los Castro, quizá la impotencia de comprobar que, aun pensándolos inocentes, no los defendería, quizá la fascinación ante la hábil maniobra pergeñada para blindar el contenido de la entrevista y no denunciarle, quizá la gratitud por el piadoso gesto, quizá el pasmo al ver que, lejos de expoliarle dinero, el letrado le regalaba tiempo… quizá uno de esos ingredientes, quizá varios o quizá el guiso entero… reveló a Alonso el oficio que el destino le reservaba y se lo bordó en el corazón con ese hilo de ilusión que forja los sueños.

Asiendo la Bolsa de la Esperanza, clavó los ojos en el licenciado.

—La justicia no merece abogados de barro que solo la honran cuartos mediante; merece abogados de sangre dispuestos a morir por ella. ¿Sabéis algo, señor? Me apasionan los libros de caballerías y, aunque siempre quise emular el empeño de los caballeros andantes en proteger el bien del mal, no se me ocurría la manera de hacerlo. Hoy un abogado de barro me ha mostrado esa manera: lo haré como abogado de sangre. Estudiaré Leyes y consagraré mi ciencia a la verdad, venga esta acompañada de riqueza o de pobreza. Nunca permitiré que arrebaten la libertad, la dignidad o la vida a un inocente aconchándome en mis tarifas.

»La justicia os queda agradecida, licenciado, pues, frente a un abogado que la repudió, habrá otro que la convertirá en su bandera. Y un servidor también os queda agradecido porque, ante vuesa merced, jurista huérfano de vocación, yo hallé la mía. Pese a todo, no olvidaré ni el tiempo donado ni el silencio guardado. Con Dios.

A punto de romper en llanto, Alonso marchó y dejó al abogado de sangre que todavía respiraba en Bernardo maldiciendo al abogado de barro que lo destronó.

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