Libelo de sangre

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CAPÍTULO 42 Nuevos afectos

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CAPÍTULO 42Nuevos afectos

Desde que la tragedia cayó sobre los Castro, don Martín vivía sumido en la angustia. Aunque prefirió no transmitírselo a Alonso la noche que lo sorprendió durmiendo en su establo, muy oscuros presagios le embargaban y consagraba todas sus oraciones a rogar que no se materializasen.

Si bien el encuentro con el muchacho le había alegrado, pues le tranquilizaba saberlo a salvo, imaginarlo al raso, en invierno, sin comida ni manera de conseguirla, le acongojaba. Además, lamentaba no haberle insistido e incluso obligado a aceptar su ayuda, y esa flaqueza le atormentaba la conciencia.

Solo una persona lograba templarle las cuitas. Se trataba de Miguel Valcárcel, un misterioso zagal siempre abrazado a un cartapacio y de quien únicamente conocía el nombre que en los albores de enero llegó a la escuela y le entregó una faltriquera en pago de los dos cursos siguientes.

El lógico interrogatorio a propósito de su familia, domicilio, procedencia o apellido chocó con un muro de silencio infranqueable y cualquier otra conversación menos inquisitiva también. Al parecer, el chico perdía pie en el señorío de las palabras y no hablaba ni de él, ni de nadie, ni de nada.

Al principio, don Martín se planteó no admitirlo en la escuela. Le incomodaban los secretos y, en su opinión, aquel doncel celaba demasiados. Sin embargo, tras mirarle a los ojos, adivinó tan honda pena en ellos que decidió concederle una oportunidad.

Aunque la rutina diaria no quebró el mutismo de Miguel, sí gestó una muda amistad entre maestro y alumno. Don Martín dispensaba al joven un afecto que ni hacía preguntas ni exigía respuestas y el joven le correspondía regalándole sonrisas agradecidas.

Pese a todo, a don Martín le consumía la curiosidad, pero, como no tenía otra forma de practicar el noble arte del cotilleo, tiró de especulación y, luego de dedicar varias jornadas a observarle, extrajo cuatro conclusiones.

En primer lugar, de su elegante y al tiempo decrépita vestimenta dedujo que el zagal pertenecía a una familia de dineros esfumados; además, poseía una cultura importante solo adquirible en el seno de una educación privada. Don Martín infirió que de ahí radicaba la negativa a desglosar su apellido y la desconcertante incomparecencia de adultos interesados en él. Probablemente, avergonzados de unas finanzas paupérrimas, los padres se afanaban en ocultar que eran incapaces de asumir el coste de un preceptor y que la situación había forzado el ingreso del hijo en una vulgar escuela pública.

En segundo lugar, nunca le había visto y el resto de sus alumnos tampoco. En consecuencia, debía residir lejos de San Ginés. En ocasiones se propuso seguirlo y desvelar la incógnita; sin embargo, al terminar las clases, el mozo salía corriendo a unas velocidades quiméricas para sus achacosas piernas y hubo de desistir.

En tercer lugar, los dedos manchados de pintura sugerían una afición al dibujo y en el cartapacio que protegía como madre a cachorro guardaba el fruto de esa afición, circunstancia esta última que ocupaba el cuarto puesto de aquella peculiar miscelánea de conjeturas.

Transcurridas unas semanas, las dos teorías relativas al dibujo se confirmaron.

Ocurrió una mañana, poco después de la visita de Alonso.

Mientras esperaba la llegada de la chiquillería, don Martín se hallaba organizando el aula cuando encontró una lámina enrollada en la gaveta de su mesa. Intrigado, la desenrolló y quedó atónito al descubrir un impresionante retrato de sí mismo.

El parecido resultaba tan formidable que creyó estar mirándose en la superficie del río.

La larga, ondulada y nívea barba caía sobre el pecho del dibujo exactamente igual que le caía a él; el birrete que llevaba en la pelada testa se inclinaba a un lado de idéntica suerte que el suyo; los acuosos ojos castaños derrochaban bondad, inteligencia y también la nostalgia de otros tiempos; los párpados lucían arrugados y vencidos; las frondosas cejas invadían la frente y rebasaban el lateral facial; la flacidez de las mejillas cincelaba profundos surcos nasogenianos; la nariz, grande, ganchuda y venosa, exhibía el tono rojizo de las respiraciones trabadas, y, aunque los labios sin apenas dientes en los que apoyarse se combaban hacia abajo formando el rictus contrito de quien ya intuye más pasado que futuro, en el papel sonreían.

En definitiva, el retrato era un primor y encima transmitía mucho afecto, tanto que don Martín rompió a llorar emocionado.

—¿De dónde diantres ha salido esta maravilla?

La respuesta afloró al instante.

—¡Miguel! ¡Caracoles! Le presumía asiduo del pincel, pero nunca imaginé semejante talento.

De repente, la puerta se abrió y un tropel de párvulos irrumpió en el aula cual manada de toros bravos. Volviendo a meter el boceto en la gaveta, don Martín se enjugó las lágrimas y se despidió de la paz.

—¡Hatajo de asustamulas! ¿Cuántas veces he de repetiros que entréis en clase gastando las maneras de un ser humano? ¡Pedro y Alfonso! No sois ni caballero ni caballo, así que Pedro, al suelo y Alfonso, a dos patas y sin relinchar. Fernandillo, no ruedes la peonza en las bancadas. Como derrames algún tintero, lo limpiarás con la lengua. ¡Benigno! ¡Deja de tirar piedras a los compañeros o disfrutarás de una divertida estadía en el patio! ¡Virgen santa! ¿A qué florida sesera se le ocurriría asignar tan pío nombre a un aprendiz de leviatán? ¡Benigno! ¡He dicho que basta de piedras!

—¡Maestro! —vociferó un rapaz—. Me he fijado que el 9 es un 6 al revés. Entonces, he pensado que, si cantásemos la tabla del 9 haciendo el pino, sonaría la del 6 y, si cantásemos la del 6 erguidos, sonaría la del 9. Elijamos, pues, una y nos ahorraremos el estudio de la otra.

—¡Maestro! —reclamó un segundo niño que masticaba una cebolla a boca desplegada—. He decidido ser pirata. Mi padre asegura que nadan en la abundancia y no dan un palo al agua. Se me antoja el oficio perfecto.

—Vuestro padre no tiene ni idea —intervino un tercero—. Los piratas nadan en el mar, no en la abundancia. Y claro que dan palos al agua. La golpean con el remo para mover el barco.

—Vos sí que no tenéis ni idea, caraculo —replicó el de la cebolla—. Nadar en la abundancia significa manejar perras y mi padre dice que los hombros de un pirata están cubiertos de oros.

—No os enteráis de nada. Los hombros de un pirata están cubiertos de loros, no de oros, cazurro.

—Siento interrumpir tan docta tertulia, pero ¿os importaría callaros? —cortó don Martín—. Señor Garrido, agradecería que cerrases la boca al comer y aparcases esos modales de torreznero. De hecho, sugiero que desayunes en casa. Vienes a la escuela, no a un bodegón.

—Maestro ¿aprobáis lo de la tabla del 9? —insistió el primer zagal—. Sucede lo mismo en la del 3. Como es un medio 8, propongo estudiar solo la del 8. Cuando nos demandéis la del 3, cantaremos esa hasta la mitad y listo.

—Porfía en las majaderías y te hartarás de cantar tablas de multiplicar —advirtió don Martín.

—¿Majadería? ¿Consideráis una majadería reducir cuatro tablas a dos y economizar esfuerzos? Siempre decís que ocasión propicia, tonto quien la desperdicia, y en este caso la ocasión la pintan calva.

—La calva te la pintaré yo en la testa de un moquete como no te reportes. Si invirtieses el tiempo en estudiar en vez de urdir tretas para no hacerlo, te iría bastante mejor. Ahora sacad las cartillas. Iniciaré la jornada echándoles un vistazo. En temiéndome hallar la caligrafía de una gallina manca, prefiero enfrentar el trance cuanto antes.

Mientras los niños obedecían, don Martín buscó a Miguel y le localizó en un extremo del aula. Estaba en su posición habitual: sentado en el suelo, apoyado en la pared, con las rodillas pegadas al pecho y aferrado a la carpeta.

En ese momento un relincho quejicoso de su rocín recordó al maestro que no le había llenado el abrevadero.

—Salgo al patio un instante. A mi regreso, quiero las cartillas fuera y a vosotros, en absoluto silencio.

El maestro marchó y los alumnos comenzaron a sacar sus cartillas.

Miguel se disponía a hacer lo propio cuando un chico se acercó a él sigilosamente y le arrebató la carpeta.

—¡Devolvédmela al punto! —ordenó, incorporándose de un brinco.

—¿Habéis oído, muchachos? —gritó el maleante—. Aparte de unas orejas descomunales, el Sinlengua también tiene lengua.

Secundando y riendo la broma, el resto de la clase se apresuró a rodear a ambos zagales.

—¡Que me la devolváis! —bramó Miguel.

—¿Qué escondéis aquí? ¿Quizá alguna dama y por eso os pasáis el día abrazado a ella?

—¡No os importa! ¡Devolvedme mi carpeta!

Sin moderar ni las burlas ni las carcajadas, el graciosillo giraba en torno a sí mismo esquivando las embestidas de Miguel. Sofocado e histérico, este saltaba a su alrededor, empeño que los demás le dificultaban empujándolo, abofeteándolo, tirándole de las orejas y jaleando sus desesperadas cabriolas.

—¡Que bailen esas orejas! ¡Que bailen! ¡Que bailen!

Mientras continuaba sorteando los manotazos de Miguel, el causante del alboroto entonó una socarrona coplilla.

Bailen las abejas,

bailen las ovejas,

y a base de collejas

bailen también

esas enormes orejas.

Y, cumpliendo el tenor de la letra, empezó a propinar collejas a Miguel hasta derribarlo.

—Veamos qué ocultáis aquí —añadió, presto a abrir la carpeta.

Llorando de rabia, Miguel se levantó y cargó de nuevo contra él.

—¡Mauro Silvestre! —rugió don Martín de pronto—. Atrévete a violentar esa carpeta y palabra de honor que utilizaré la palmeta por primera vez en mi vida. ¡Restitúyela a su dueño!

La barahúnda se detuvo en seco y todos los niños agacharon la cabeza acoquinados, excepto Mauro, que la entiesó desafiante y, lejos de obedecer, clavó los ojos en el maestro.

—He dicho que restituyas la carpeta a Miguel —siseó don Martín en tono torvo—. Oblígame a repetirlo y te arrepentirás.

Aunque esbozando una sonrisa chulesca, el gamberro se rindió y acató el mandato.

—Ahora abandona mi escuela —decretó don Martín—. Quedas expulsado.

—No podéis echarme. Mi padre os ha adelantado la soldada del mes entero.

—Le reintegraré los cuartos. ¡Fuera!

Derrochando descaro y una exasperante parsimonia, el chico marchó.

—En cuanto al resto, desfilando también a la calle —agregó don Martín—. Toda la clase largo de aquí. Hoy no desperdiciaré mi ciencia en una recua de matasietes indigna de ella. Comunicad en casa que solicito una entrevista. Después de esas reuniones, os notificaré a quién readmito y quién debería ir buscando otra escuela. Hasta entonces, no consentiré que pongáis un pie en mis predios.

—Nosotros no hemos hecho nada, maestro —protestó un niño.

—Miguel recién se incorpora y, en lugar de acogerle, lo maltratáis, lo humilláis y lo apalizáis —argumentó don Martín—. ¿Te parece eso no hacer nada? Me habéis decepcionado. Yo no os he enseñado a conduciros de tan cruel guisa. Id con Dios y reflexionad sobre vuestro proceder.

Mascullando improperios, se sentó tras su cátedra y fingió leer un libro.

Cuando, entre murmullos pesarosos, los alumnos salieron, Miguel se aproximó a él.

—Os agradezco vuestra defensa, pero no la precisaba. Le habría forzado a devolverme la carpeta.

Todavía enervado, don Martín alzó el rostro y encaró la penetrante mirada del joven.

—Celebro oírlo, muchacho. Sin embargo, detesto ese tipo de comportamientos y de ninguna manera los toleraré en mi escuela. En consecuencia, no se trataba de defenderte a ti, sino de defender mis principios.

—Tratándose de vuestros principios, yo no he de cuestionarlos —aseveró Miguel—. Me limitaré, pues, a lamentar el incidente y a reiteraros mi gratitud.

—El incidente lo ha provocado Mauro. Es él quien debe lamentarlo y a fe que lo lamentará; su padre se encargará de ello. No obstante, olvidemos a ese mameluco y aprovechemos que al fin te has decidido a descoser los labios. Dime: ¿qué ocultas en la carpeta?

—Nada de interés.

—No cuela, mozalbete. Te he visto al borde del síncope cuando Mauro se disponía a abrirla. Algo de interés guardarás para defenderla con tamaño ímpetu.

—Suscribo vuestras palabras. No se trataba de defender la carpeta, sino de defender mis principios.

—Tampoco cuela. Puedes confiar en mí, Miguel. Dime qué custodias en esa misteriosa carpeta y te prometo que no hablaré ni bajo tormento.

—Repito que nada de interés.

—Permíteme aventurar un barrunto —propuso don Martín, sacando de la gaveta su dibujo y mostrándoselo al chico—. ¿Tu carpeta alberga bocetos semejantes a este?

—En mi opinión, se os da un aire —musitó Miguel tras un ruborizado silencio.

—¡Un aire y dos, zagal! Creí estar ante el lecho del Manzanares. Te confieso que me asusté. No me imaginaba así de feo.

En vez de captar el requiebro, la magullada autoestima de Miguel interpretó el comentario de forma opuesta y, pensando que, como le ocurrió a doña Francisca, el maestro tampoco gustaba de su obra, el chico bajó la cabeza, desilusionado.

—Solo quería retribuir vuestra afabilidad. Disculpadme si os he incomodado.

—¿De qué incomodos hablas? —replicó don Martín—. Me refería a mi fealdad, no a la del dibujo. Pese a mi caduco aspecto, se me antoja un trabajo bellísimo, amén de rezumar un afecto por mi persona que me ha conmovido. Muchas gracias, Miguel. Tiempo ha que no me agasajaban de tan especial suerte.

—¿De veras os agrada?

—Me parece una exquisitez. Y, si esa bendita carpeta atesora exquisiteces similares, me encantaría verlas.

Percibiendo sinceridad en el testimonio del maestro, Miguel cedió a la tentación de exponer su arte y le tendió la misteriosa carpeta.

Cuando don Martín la abrió, un montón de magníficas ilustraciones emergieron del interior. Niños jugando en la plaza de Santa Cruz, la fuente de San Salvador rodeada de la muchedumbre habitual, un atardecer sobre los cerros del Molino Quemado, castañeras, lavanderas, buhoneros, pregoneros, escenas de la reciente romería de san Antón, imágenes marianas, alegorías mitológicas…

—¿Todo esto lo has hecho tú? —inquirió don Martín, estupefacto.

—Sí, señor. Aunque adolecen de calidad, me ayudan a expresar cosas que llevo dentro.

—¿Que adolecen de calidad? ¿Qué diantres dices? Estos dibujos revelan una genialidad prodigiosa, hijo. Me sorprende que seas capaz de convertir humildes trozos de papel en tamañas filigranas y luego no seas capaz de apreciarlas.

—Yo aprecio mis bocetos, pero alguien los tildó de abominables y repulsivos e incluso despedazó uno muy valioso para mí.

—¿Qué miserable cometió esa felonía?

—Nadie importante —esquivó Miguel, poniéndose en guardia al vaticinar un nuevo interrogatorio.

—Relájate, joven. No pretendo horadar tus arcanos. Me limitaré a afirmar que, aparte de un canalla, ese alguien es ciego y desvaría. Te recomiendo que no le prestes mientes.

—Ni es ciego ni desvaría. Al contrario; entiende mucho de arte.

—Si estima abominables y repulsivas estas hermosuras, no entiende un carajo —rezongó don Martín, enojado—. Hazme caso, Miguel. Dios te ha concedido un don extraordinario y, cuando Dios concede un don, espera que el afortunado le corresponda compartiéndolo con el mundo, no enterrándolo en el fondo de una carpeta anónima. Deberías ingresar en un taller de pintura y dedicarte a aquello para lo que sin duda has nacido.

—Tal desearía, pero no dispongo de peculio. Mis caudales solo cubren dos años aquí.

—Te los reembolsaré y podrás invertirlos en lecciones de pintura.

—Esos cuartos no pagarían ni el saludo de un maestro de pintura, don Martín.

—De cualquier modo, no te puedo mantener en mi escuela. Aunque transigiré lo que resta de curso, el próximo habrás de marchar.

—¿A mí también me expulsáis? —se alarmó Miguel—. Creí que responsabilizabais a Mauro de lo sucedido.

—Ni te expulso ni te responsabilizo de lo sucedido. El problema radica en que tus conocimientos trascienden las disciplinas propias de una escuela de primeras letras. Sería indigno cobrarte una instrucción que ya posees.

—No quiero separarme de vuesa merced —declaró Miguel, temeroso de perder a la única persona que aliviaba su soledad—. Por favor, dejadme continuar.

—Precisamente de eso se trata, muchacho. De continuar. El alfabeto y las tablas de multiplicar se te han quedado pequeños, hijo. Debes avanzar. Si el taller de pintura te resulta inviable, matricúlate en una escuela de gramática.

—Bien sabéis que mis haberes tampoco sufragarían una escuela de gramática. No obstante, comprendo vuestro razonamiento y os agradezco la honradez. No os preocupéis. Saldré adelante.

Vislumbrando rendición en ese «saldré adelante», don Martín se atusó la barba en ademán reflexivo. ¿Qué le ocurría a aquel zagal que parecía no tener ni pasado ni futuro?

—Aparte de una faltriquera con eco, ¿existe algo más que te impida estudiar? —le preguntó.

—Os lo ruego, señor —se resistió Miguel, temblando de miedo al recordar las amenazas de doña Francisca—. No porfiéis en las pesquisas, pues nada desvelaré.

—Intento ayudarte, muchacho, pero necesito que aflojes una miaja.

—No podéis ayudarme. Nadie admitirá en sus feudos a un indocumentado. Todavía me asombra que vuesa merced lo hiciera.

—Te equivocas —refutó don Martín, empezando a acariciar una idea—. Conozco otro maestro que lo haría. Además, te vendría de guinda porque se dedica a materias de nivel superior.

—¿De nivel superior? —repitió Miguel, expectante—. ¿Os referís a una escuela de gramática?

—Mismamente. Un amigo mío acaba de desembarcar en Madrid resuelto a abrir una. En la actualidad, anda enredado en diligencias y burocracias. Primero ha de vender un inmueble y después buscar el lugar idóneo. Le llevará tiempo, pero es terco como una mula y no parará hasta inaugurar en septiembre. Luego de explicarle tus circunstancias, le pediré que no te demande identificación y te permita abonarle la instrucción en especie. Se me ocurre que le asistas en las labores domésticas, en los recados y menesteres del estilo.

—¿Y creéis que aceptará?

—A él le pasa lo que a mí —expuso don Martín, encogiéndose de hombros—. Nunca negaría enseñanza a quien se la requiera… aunque se la requiera un caballerete indescifrable que no suelta prenda ni atado a una pira. De ahí mi pregunta a propósito de lo que te traba el estudio. Si únicamente te lo traba el dinero, se me antoja una solución que a todos beneficia. Tú conseguirías un maestro adecuado a tu situación; el maestro, un ayudante, y yo, tranquilidad sabiéndote en excelentes manos. ¿Qué te parece? ¿Te parece bien?

—¿Bien? —exclamó Miguel, radiante—. Me parece un sueño.

—Entonces, estás de enhorabuena porque en unos meses el sueño se hará realidad. Continuarás conmigo lo que resta de curso y en otoño ingresarás en la escuela de mi amigo.

—Muchas gracias, maestro. No imagináis cuánto significa para mí.

—¡A fe que no lo imagino! Conozco mejor las intimidades del Rey de Francia que a ti. Eres un libro sellado a fuego, ¡rediez! Ahora marcha a casa… donde quiera que la tengas.

—¿Impartiréis lección mañana? Como habéis expulsado a la clase entera…

—La camarilla de merluzos expulsados no suponen ni la mitad de mis alumnos —refunfuñó don Martín, irritado al evocar el altercado—. La mayoría procede de familias humildes y asiste de manera errática. No hay, pues, tregua para este pobre viejo. Mañana abriré y volveré a padecer las infinitas sinfustadas de una caterva de acémilas.

—En tal caso, hasta mañana —se despidió Miguel, esbozando una sonrisa feliz—. De corazón os agradezco la ilusión que me habéis brindado.

—De corazón te agradezco la confianza que me has brindado tú a mí mostrándome un pedacito de tu mundo.

—El pedacito de mundo que os he mostrado es todo mi mundo, maestro. Vivo y muero por la pintura.

—Entonces, doblemente privilegiado me siento y doble gratitud te rindo. Que Dios te bendiga, muchachito.

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