Libelo de sangre

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CAPÍTULO 43 Igual pero diferente

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CAPÍTULO 43Igual pero diferente

La fallida reunión con el Abogado de las Causas Imposibles hundió el ánimo de Alonso y no le permitió conciliar el sueño esa madrugada.

Como el pasado dolía demasiado y no sabía qué diantres hacer en el presente, dedicó el insomnio a imaginar el futuro. Estudiaría Leyes y se convertiría en el Abogado de las Causas Justas, un defensor de inocentes interesado en la verdad, no en las riquezas ni en la condición social de sus clientes.

Cuando el horizonte ya alboreaba, regresó a la realidad y miró la Bolsa de la Esperanza con el ceño fruncido.

Frustrada la idea del letrado, no conseguía descifrar la suerte que debía darle. Juró a Sebastián utilizarla en última instancia. ¿Podría considerarse una última instancia el comer? ¿Quebrantaría el juramento comprando viandas? Desde la sopa de don Martín, no había probado bocado y desfallecía de hambre.

De pronto, se le ocurrió algo.

—No todo el peculio me pertenece a mí. La mitad corresponde a Diego y en su caso sí adivino una última instancia. La Inclusa. De no haberlo llevado allí, habría muerto. Procede, pues, entregar media Bolsa al lugar que propició esa última oportunidad. Dejaré la guita en el torno y luego trataré de dilucidar en qué última instancia he de gastar mi parte.

En cuanto amaneció, se incorporó, se ató la Bolsa de la Esperanza al pecho y se encaminó a la Inclusa.

Al llegar y encarar el torno, una sofocante aprensión se apoderó de su coraje… igual que aquella noche.

—¡Artilugio del demonio! Se me antojó tétrico bajo la luna y tétrico se me antoja bajo el sol.

Atribulado de pena y nostalgia, decidió concentrarse en lo que pretendía hacer: honrar la última instancia de Diego y, de paso, recabar noticias de él.

Luego de colocar en el torno un trapo repleto de monedas, agitó la campanilla y esperó. Un momento después escuchó el crujido de una ventana al abrirse y el torno giró.

—¡Virgen de la Soledad! —exclamó una voz femenina al otro lado—. ¿Qué ángel del cielo nos regala tamaña fortuna?

Alonso intentó hablar y preguntar por Diego, pero fracasó, pues, al voltearse el torno y quedar ante el siniestro espaldar de madera, el recuerdo del pavoroso instante en que enfrentó la misma imagen le anuló la voluntad.

—Decidme: ¿a quién deseáis beneficiar con estos dineros? —inquirió la monja—. ¿A la Inclusa en general o a alguien en particular?

Atrapado en sus fantasmas, Alonso persistió en el silencio.

—En no especificando destino, lo asignaremos a la Inclusa en general —anunció la mujer tras aguardar en vano instrucciones—. ¡Dios os bendiga! Este terrible invierno nos está esquilmando la parroquia. Pese a nuestro denuedo, decenas de criaturas sucumben a diario. Apenas hay cisco en los braseros y únicamente ingerimos agua caliente. Este dinero nos permitirá meter algo de sustancia en la olla y aliviar una miaja tanta fatiga. Alegraos, pues, quien quiera que seáis porque quizá hoy salvéis varias vidas.

Lejos de alegrarse, Alonso se estremeció. ¿Había dicho que decenas de criaturas sucumbían a diario? ¿Y si Diego integraba esa desventurada cuadrilla?

Temiendo recibir una respuesta luctuosa, le faltaron arrestos para plantear la pregunta. No soportaría semejante mazazo. ¿Cómo continuar presentando batalla si sumaba el final de Diego al ayuno, el frío y la zozobra de desconocer el desenlace de una pesadilla que parecía no terminar nunca? ¿Cómo sobreponerse a la angustia de haber provocado la muerte de su hermano pequeño?

Incapaz de enfrentar una eventual confirmación, se acogió al resquicio de esperanza que ofrecía la duda y echó a correr. Rumbo a ninguna parte. Igual que aquella noche.

Igual pero diferente.

Aquella noche sentía bríos, tenía fe y anhelaba luchar.

Ahora solo sentía remordimientos, tenía hambre y anhelaba un trozo de pan.

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