Libelo de sangre
CAPÍTULO 44 Viejos amigos
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CAPÍTULO 44Viejos amigos
Alonso atravesó la Puerta del Sol a la carrera, pero, al pasar delante de los puestos allí instalados y verlos repletos de manjares, se detuvo e, incapaz de resistir más el hambre, claudicó.
«O como algo, o moriré», pensó, arrimándose a un cajón de fruta. «Lo extremo de la tesitura bien merece el calificativo de última instancia y de seguro padre no censuraría que gaste en pitanza un poco de la Bolsa de la Esperanza».
Mientras aguardaba su turno, se distrajo escuchando la tertulia de los paisanos. De repente, alguien mencionó los Crímenes del Ritual y al instante todos reaccionaron. El tendero estalló en improperios contra los Castro, los tenderos vecinos secundaron el escarnio y los clientes exigieron un castigo ejemplar para ellos.
Reprimiendo la tentación de liarse a trompadas, Alonso apretó los puños y emprendió la retirada.
—Aunque el hambre me mande al infierno, ni un real alimentará la húmeda de ese hatajo de escupebulos desgraciados —farfulló, temblando de rabia.
Se encaminó entonces a la Plaza Mayor. Al llegar, la halló como siempre: atestada y sumida en una vorágine frenética.
La Casa de la Panadería perfumaba el ambiente con olor a pan recién horneado y la Casa de la Carnicería, con olor a carne recién cortada.
En el centro de la plaza había arcones de verdura, algunos de fruta y jaulas llenas de aves de corral cuyos graznidos ahogaban las vociferantes proclamas de sus amos.
En los aledaños se alineaban un montón de pequeñas tiendas propiedad de madrileños que, ansiosos de despachar la mercancía, no dudaban en invertir el cuento de Mahoma y la montaña. Así, si los viandantes no entraban, ellos se apostaban en el umbral y los abordaban invitándolos a «vivir una experiencia inigualable en un negocio de calidad notable».
Aunque todos eran inasequibles al desaliento, no todos triunfaban, pues, según el método utilizado, la empresa acababa tocando puerto o naufragando.
Los encantadores de serpientes, capaces de vender un peine a un calvo, solían tocar puerto en cuanto pisaban la calle; los de lengua dinámica metían tal murga a su víctima que, al final, la convencían; los torpes solo convencían a algún amigo que, apiadado, le daba el gusto, y los de talante violento, en vez de cosechar clientes, cosechaban broncas porque, como, más que invitar a entrar, compelían a hacerlo, siempre estallaba una zapatiesta entre el violento insistente y el violentado reticente.
Y, mientras los del centro de la plaza expendían género de calidad cuestionable y los circundantes lo intentaban garantizando una «calidad notable», una auténtica muchedumbre contribuía al barullo imperante paseando de arriba abajo y lanzando al viento sus respectivas arengas.
Los heraldos públicos pregonaban noticias; los privados, ofertas; los buhoneros, baratijas; los lindos, la beldad de su nereida; la nereida, el temido «feriadme, mi gentil caballero»; el criado del lindo, un «vámonos, amo, que vuestro bolsillo quiere tajar», y la dueña de la nereida, un «vámonos, ama, que vuestro castillo quiere hollar».
En un lateral del recinto funcionaba el Repeso Mayor, donde el alcalde semanero atendía una fila de mercaderes que esperaban para declarar el género.
Nada en la Villa podía comercializarse sin aprobar el examen del Peso y el Repeso, organismos dedicados al control fiscal de actividades mercantiles y cuyas competencias recaían en la Sala de Alcaldes; aunque, como el Concejo también ostentaba atribuciones en esta materia, ambas instituciones siempre andaban enzarzadas a resultas de aquella dualidad.
Tratándose de una tarea laboriosa y diaria, en la Sala de Alcaldes la encomienda rotaba de manera semanal, razón por la cual el alcalde responsable en cada momento adquiría la condición de alcalde semanero, al que asistían un alguacil y un escribano, oficios igualmente cíclicos.
Todo producto de consumo enfrentaba primero el Peso. Se ponía en la báscula y el volumen determinaba el importe del tributo. Luego de liquidarlo, el mercader acudía al Repeso y, tras volver a pesar el producto, se fijaba la postura o precio máximo de venta y se consignaba en un documento que el mercader debía colocar en un lugar visible de su tenderete.
Los enclaves que albergaban un mercado tenían un Peso; en la plaza de San Salvador, Santo Domingo y Red de San Luis había un Repeso Menor, y en la Plaza Mayor, sede de la lonja principal, se afincaba el Repeso Mayor.
La autoridad semanera exprimía su jurisdicción en el Peso y el Repeso de muy lucrativa suerte.
De un lado, la fijación de posturas posibilitaba redondeos que, según la generosidad del comerciante, fluctuaban al alza o a la baja.
De otro lado, como, lejos de colocar la postura en un lugar visible del tenderete, los comerciantes la escondían para así aplicar un precio bastante superior al decretado, alcaldes, alguaciles y escribanos visitaban los cajones verificando la correcta exhibición del documento. Huelga decir que la inspección solía culminar en recompensa, pues, luego de rescatar el papel del fondo del cajón, los tenderos alegaban que «se les había caído» y, a cambio de disculpar el «inocente descuido», les regalaban sus mejores artículos.
Alonso se dirigió a uno de los puestos, de nuevo se dispuso a aguardar turno y de nuevo abortó la intención cuando una pareja de alguaciles se aproximó a revisar el emplazamiento de la postura.
Arrebujado en la capa, se giró y justo entonces un zagalillo que huía de un mercader chocó con él y continuó la evasión sin siquiera excusarse.
—¡Al ladrón! —chillaba el mercader, empuñando un garrote—. ¡Condenado chupasuelos! ¡Devuélveme mis cebollas, granuja!
Quizá porque estaba hambriento y quiso ayudar a otro penante o quizá porque ansiaba vengarse del gremio a cuenta del ataque a los Castro presenciado en la Puerta del Sol, Alonso estiró la pierna y el mercader cayó de bruces.
Al advertirlo, el niño se paró un instante, guiñó un ojo a Alonso y después desapareció entre el gentío.
Viendo que, tras incorporarse, el mercader se acercaba a él palo en ristre y viendo también que los alguaciles se aprestaban a intervenir, Alonso echó a correr, abandonó la Plaza Mayor y no se detuvo hasta cerciorarse de que nadie lo perseguía.
—¿Qué diantres ocurre? —farfulló, jadeante—. He intentado conseguir manduca dos veces y las dos veces he fracasado. ¿Es que ni con una faltriquera llena de perras puedo agenciarme yantar? Regresaré a la Puente e interceptaré a algún feriante foráneo; se me antoja más prudente que trasegar sitios tan poblados. Casi me trincan, ¡maldita sea!
Enfilando la Puerta de Guadalajara, llegó a la altura del portal de Pañeros. De pronto, cuando iba a cruzar la calle Nueva, sintió un tirón en la capa y, al voltearse, distinguió una sombra adentrándose en el Cobertizo de San Miguel rumbo a la iglesia de San Miguel de los Octoes[78].
Intrigado, Alonso la siguió y en un recoveco de la travesía se encontró al niño que recién salvaba del mercader.
De unos siete o, a lo sumo, ocho abriles, tenía las mejillas quemadas de frío, la nariz estaba salpicada de pecas, los ojos castaños chispeaban picardía y greñas pelirrojas asomaban bajo un gorro cónico de amplia visera.
Llevaba unas calzas grises donde cabían tres como él, un sayo agujereado, una cuerda deshilachada a la cintura, los pies descalzos enterrados en mugre y un caballo de madera en la mano.
Esbozando una sonrisa mellada y sin mediar palabra, el pequeño le tendió una cebolla.
Alonso se quitó el sombrero, inclinó la cabeza en señal de gratitud y ya aceptaba el obsequio cuando escuchó una voz muy familiar a su espalda que lo dejó paralizado.
—Antonio, ¿qué carajo haces regalando nuestra comida a extraños?
Aturdido y presa de la angustia, Alonso incluso olvidó que iba desembozado. Rogando a Dios equivocarse, se giró lentamente y comprobó que de nuevo Dios le ninguneaba porque no se equivocaba. La voz pertenecía a su antiguo compañero de escuela y adversario de pendencias: Juan de la Calle.
De primeras, Juan no le reconoció, pero, en cuanto lo hizo, levantó las cejas pasmado.
El risueño lechuguino al que solía zaherir se había desvanecido.
Aunque la altura persistía, apenas percibió anchura; grasientos caracolillos le caían sobre la frente y descendían enmarañados hasta los hombros; el rostro estaba demacrado; las otrora sonrosadas mejillas lucían ahora cóncavas; los labios, antes siempre sonrientes, formaban un rictus hosco; los ojos se hundían en descarnadas cuencas rodeadas de profundas ojeras, y el intenso verde de las pupilas ya no brillaba de ilusión, sino de tristeza, furia e inquietud.
—¡Vaya, vaya, vaya! —exclamó en tono sardónico—. ¿A quién tenemos aquí? El eminente don Alonso Castro de rúa por el mundo de los desheredados. Bienvenido sea voacé a nuestros feudos.
Descubriéndose la testa, se dobló en una socarrona reverencia y Antonio, ajeno a la sorna, lo imitó divertido.
—Os habéis convertido en un personaje muy popular —continuó mofándose Juan—. En concreto, sé de unos tonsurados que ansían mantener una evangelizadora plática con vos.
Alonso no contestó, centrado como estaba en ordenar a sus pies que se movieran y emprendieran la huida. Sin embargo, lejos de obedecerle, los condenados parecían haber echado raíces en el suelo y no le permitían largarse.
Juan se disponía a lanzar otra guasa cuando, a través de señas, Antonio le refirió lo sucedido en la Plaza Mayor. Entonces cambió de actitud. Obviando el acecho inquisitorial, Alonso se había arriesgado al arresto por auxiliar a un golfillo a quien ni siquiera conocía y él admiraba ese tipo de hombradas.
—El rapaz afirma que lo habéis rescatado de un mercader arrancamoños —declaró afectuosamente.
—Me temo que exagera —rechazó Alonso—. Cierto que interpuse la bota y el fulano trastabilló, pero el párvulo corre que se las pela. Aunque yo hubiese permanecido quieto, habría escapado igual.
—En mi opinión, aunque hubieseis permanecido quieto, el fulano habría trastabillado igual —bromeó Juan—. Esos cueros os quedan tan grandes que podríais zancadillear a todo el ejército enemigo.
Alonso lo miró desconcertado, pues esperaba que perseverase en las burlas o que avisase a los justicias, no que lo embromase ni mucho menos que le mostrase cordialidad.
—Se los guindé a un finado —explicó sin moderar la alerta—. Al principio caminaba cual ansarón renco, pero luego aprendí a manejarme.
—¿Los guindasteis a un finado? ¡Caramba! Parece que en estos meses habéis aprendido a hacer algo más que caminar con los pisantes de Goliat.
—A fe que sí —masculló Alonso.
—He ahí la universidad de la calle —apuntó Juan en una actitud despreocupada de la que no se desprendía voluntad de reportar a los alguaciles—. Imparte magníficas lecciones. Duras pero harto ilustrativas.
—¿Por qué no pía el pituso? —preguntó Alonso, tratando de ganar tiempo para descifrar los auténticos propósitos de Juan—. ¿Es mudo?
—Mudo, huérfano y de sesera estancada, taras que, en baldando la supervivencia de un descomulgado, me obligan a ampararlo. La guita no nos sobra, así que aliviamos lo que se encarte de la manera que se encarte. Admito que no son maneras bendecidas en el cielo, pero la gazuza no perdona. De seguro ya conocéis al catedrático más severo de nuestra venerable universidad de techo estrellado: el hambre.
—Lo conozco —gruñó Alonso—. Un catedrático en verdad severo a la par que antipático.
—A nadie agrada y a todos somete. Dicen que, cuando el hambre aprieta, ni al muerto respeta. Bien lo sabréis si vendimiasteis los pertrechos de uno.
—Aunque, gracias a que lo hice, todavía no he hincado rodilla ante la venerable universidad de la calle, no estoy orgulloso. En cambio, vos sí debéis estarlo. Cuidar de un infante desvalido es una caridad que os honra. Don Martín me contó que protegíais a dos huérfanos y recién compruebo que no desbarraba.
—¡Menudo bocarrota, el abuelo! —rezongó Juan, ruborizándose—. ¡La Virgen! ¡Qué tranquilo vivo desde que me libré de sus monsergas!
—¿Desde que os librasteis? ¿Acaso habéis abandonado las clases?
—Me tenía el caletre descompuesto con tanto número y tanta letra. Yo solo asomaba para complacerle, pero me endilgaba unas parábolas que ni Cristo a los apóstoles. También iba porque albergaba esperanzas de usar la palmeta y, además, me divertía jeringaros. Cuando me convencí de que el momento palmeta no acontecería y vos volasteis, quedé sin alicientes. El tedio me venció y deserté.
Alonso frunció el ceño. No obstante percibirla sincera, aquella inopinada camaradería le escamaba. ¿Qué tramaba? ¿Granjearse su confianza y luego llamar a los alguaciles?
Incapaz de adivinar qué sucedía y consciente de que cualquier despiste supondría la cárcel y el fin de los Castro, resolvió hablar claro.
—Aparquemos los rodeos, Juan. Volé porque, en efecto, los tonsurados me pretenden y, en no estando interesado en sus evangelizadoras pláticas, prefiero evitarlos. En consecuencia y antes de ahondar en esta placentera tertulia, respondedme a una pregunta: ¿planeáis soltar un trino y avisar a los bargelos?
—Relajaos, zagal. Este ruiseñor no soltará ni trino ni prenda.
—¿Y a qué se debe tanta gentileza? En la escuela no congeniábamos y siempre andábamos a la gresca. Os encantaba crearme problemas y me barrunto que seguimos en las mismas.
—Me encantaba crearos problemas en una escuela inofensiva y con un maestro dulce como carne de membrillo. Sin embargo, la santa madre Iglesia y, en particular, sus prelados me resultan de todo menos dulces e inofensivos. No gusto de meter al prójimo en según qué charcos; ni siquiera a pimpollos estirados.
—Si proyectáis enredarme en esa telaraña de repentina amabilidad para que afloje las cautelas y poder entregarme a los guardias, desistid porque vais aviado. En la universidad de la calle no solo he aprendido a hurtar pertrechos de difuntos; también he aprendido a hurtar el cuerpo cuando tocan a rebato y os garantizo que lo hago en lo que se persigna un cura loco.
—Pues os felicito —rio Juan—. Considerando que medio Madrid cabe en vuestras botas, alcanzar tamaña velocidad se me antoja de una pericia sobresaliente.
—Apead las chanzas y desembuchad de una vez —se sulfuró Alonso—. ¿A cuento de qué gastáis semejantes cordialidades cuando nunca habéis desaprovechado la ocasión de estercolarme y encima me sabéis hijo del matrimonio más vilipendiado de la Villa?
Juan reflexionó un instante.
Alonso siempre le inspiró simpatía, pero lo rechazaba porque un pícaro no compadreaba con acomodados. Sin embargo, las cosas habían cambiado; ahora Alonso vivía en el mismo sitio que él: en la posada de las estrellas. Ya no era, pues, un despreciable acomodado; era un hermano de lodos y, por ende, digno de convertirse en su compadre.
Aunque le sabía hijo de los Castro, también sabía a los Castro inocentes y eso agudizaba la simpatía hasta transformarla en empatía. No debía resultarle fácil escuchar a una ciudad entera escarnecer a sus padres ni tampoco sospechar que la Inquisición les atribuía los Crímenes del Ritual.
Ponderada la situación, Juan decidió tender todos los puentes a Alonso, excepto dos. Le hablaría de Mateo, se postularía en favor de los Castro, le ofrecería apoyo y le brindaría amistad, pero silenciaría la información que manejaba sobre los crímenes y, muy en particular, que Antonio los presenció.
Si Alonso descubría que el niño no vio ni a Sebastián ni a Margarita cometerlos, insistiría en llevarlo ante los dominicos sin prestar mientes ni a la inutilidad de ese testimonio ni al peligro que corría Antonio de acabar confinado en una casa de orates. Y, aunque entendía que, cegado por la desesperación, antepusiera el brete de los Castro a la seguridad de Antonio, a él le correspondía anteponer la seguridad de Antonio al brete de los Castro y, cayera quien cayese, lo haría.
De otro lado, Antonio tampoco podía conocer la relación existente entre Alonso y el desmayado de Santa Isabel. De averiguarlo, contaría la verdad a Alonso para intentar animarlo y entonces se suscitaría el mismo inconveniente. En consecuencia, antes de reanudar la conversación, debía sacar a Antonio de ella.
Se dirigió al niño, que, fascinado por su imponente porte, contemplaba a Alonso con el cuello arqueado hacia atrás.
—Deja de mirarle así, canijo, que no es el Mesías. ¿No ves que es un birlapanes como nosotros, solo que de perniles más largos?
El chiquillo le sonrió, señaló a Alonso, asintió, le mostró dos dedos, sumó otro y engarzó las manos en actitud suplicante. Juan comprendió el mensaje. Alonso le había impresionado, quería integrarlo en la familia y le rogaba que se lo propusiera.
—Opino igual y tal me dispongo a hacer. Ve a jugar, mientras. Y no te arrimes a ningún rocín o la tendremos.
Antonio se acercó a Alonso, que asistía perplejo al coloquio, cruzó los brazos sobre el pecho agradeciendo su ayuda en el mercado y marchó trotando a lomos de un caballo imaginario.
—Le apasionan los jamelgos y sale arcabuceado tras ellos sin encomendarse ni a Dios ni al diablo —comentó Juan—. Se lo he prohibido porque un día lo atropellarán, pero es como pedirle al gato que no persiga ratones. Ayer casi le…
—Al grano, zagal —cortó Alonso, presa de la zozobra—. ¿Qué decía el párvulo? Ha estirado pulgar e índice, me ha señalado y ha añadido un tercer dedo. ¿Acaso me considera el tercer Castro arrestado? ¿A eso equivale vuestro «opino igual y tal me dispongo a hacer»? ¿Qué os disponéis a hacer? ¿Denunciarme?
—Sosegaos, muchacho. Os reitero que no abriré la guardamuelas.
—Me sosegaré cuando me expliquéis de qué diantres va esta comedia de afectos súbitos. ¿Por qué no me denunciaréis pese a saberme hijo de los Castro?
—Porque, si creyera a los Castro culpables de los Crímenes del Ritual, no entregaría a su hijo a los porquerones —soltó Juan, encajando la mandíbula—. Yo mismo le descosería el cuerpo de una centellada y así vengaría la muerte de mi amigo.
—¿Vuestro amigo? —Bizqueó Alonso—. ¿De qué demonios habláis ahora?
—Como os cotorreó el lenguasuelta de don Martín, había dos hermanos huérfanos: Antonio y Mateo. Nos cuidábamos mutuamente. Gallofeábamos las calles, holgábamos, charlábamos, reíamos… Éramos compadres; los mejores compadres. Una noche Mateo desapareció y al poco hallaron su cadáver junto al de una moza llamada Candela Bouza. A ella la ultrajaron hasta expirar; a él le arrancaron el principal izquierdo, y ambos se convirtieron en los tristes protagonistas de los Crímenes del Ritual.
La revelación desencadenó en Alonso un virulento cargo de conciencia. Previo al arresto, los Crímenes del Ritual no le importaban un ápice y después solo le interesaron porque parecían la causa de sus desvelos; sin embargo, nunca dedicó siquiera una reflexión ni a las víctimas ni a sus cercanos.
—¡Caray! —exclamó, abrumado—. No tenía ni idea.
—De ahí que, aun sabiéndoos hijo de los Castro, me abstenga de actuar contra vos. Si os intuyera descendiente de quienes dieron tierra a Mateo, vuestra colorada ya estaría tiñendo el barro.
—Dios os conserve, entonces, la intuición, porque no os falla —aseveró Alonso, empezando a serenarse—. Lástima que el resto de los paisanos no atesore idéntico pesquis. Todos acusan a mis padres.
—Todos disparatan —afirmó Juan, convencido—. Conozco a Sebastián Castro de verlo echando párrafos con don Martín en la escuela y no le concibo involucrado en semejante barrabasada.
—Los demás también lo conocen y no solo le conciben involucrado; aseguran que lidera la Secta.
—A los demás les falta un hervor y así nos va por estos lares. Los justicias aplican la ley de Benito, luego de ahorcar al proscrito, investigo el delito, y el pueblo, en vez de exigirles una miaja de sensatez, los aplaude.
—No imagináis cuánto me reconfortan vuestras palabras —declaró Alonso, emocionado—. Encontrar un apoyo me consuela en gordo, pero, si encima el apoyo procede del íntimo camarada de uno de los extintos, el consuelo torna en esperanza. Os agradezco este inesperado lenitivo. Lo necesitaba.
—No me agradezcáis nada, pues nada meritorio hay en la exposición de un criterio personal —replicó Juan, sonrojándose—. Huelo de lejos a los devotos de la guadaña y resulta evidente que lo único punzante que ha empuñado Sebastián Castro en su vida es una pluma. Además, aunque ahora gastéis mimbres de anticristo, seguís pareciéndome un bisoño peliflojo y de unos diáconos de Satán como los que perpetraron los asesinatos no nacen bisoños peliflojos.
—El bisoño peliflojo envuelto en mimbres de anticristo nunca olvidará que abanderasteis la inocencia de los Castro —sonrió Alonso—. Mateo tuvo suerte de contar con vuestra amistad.
—La suerte fue mía. En él y en Antonio hallé a mi familia. Vos gozáis de una entrañable y no lo comprendéis; sin embargo, quien no recibe esa prebenda se siente muy solo en este valle de lágrimas.
—Tiempo ha quizá no lo habría comprendido, pero ahora que he catado una pizca de esa soledad y temo perder la prebenda, lo comprendo bien.
—¿Teméis perder a vuestros padres? —preguntó Juan, sofocando las ganas de confiarle la verdad.
—Si los rumores no desatinan y les imputan los Crímenes del Ritual, los quemarán —contestó Alonso, acongojado ante esa posibilidad.
—No adelantéis acontecimientos. Acaso las cosas se arreglen.
—Lo dudo. Madrid entero los ha sentenciado ya.
—Sentencia de agua y lana, Alonso. Carece de valor. Nos interesa la sentencia de los curas y esos todavía no se han pronunciado.
—De cualquier forma, no consigo digerir el juicio de Madrid. ¿Cómo puede toda una ciudad arremeter de guisa tan feroz contra dos buenas personas que jamás dañaron a nadie? ¿Cómo puede la gente pensar que han cometido tamaña barbarie?
—Porque, en realidad, no piensan —resopló Juan—. Son un hatajo de borregos pastoreado por cuatro algebristas de voluntades que les prometen libertad mientras los encadenan y les aseguran el pan de mañana mientras les confiscan el de hoy. Y así transcurre el día a día: con los unos borregueando y los otros manipulando. Cuando el lobo asoma y engulle a un cachorro, todos se asustan. Los borregos temen que los algebristas bajen los brazos y no ejerzan el poder que tienen, y los algebristas temen que el pueblo alce los brazos y ejerza el poder que ignora tener.
»Para evitar insurrecciones, los algebristas piden a los borregos que se mantengan en la conveniente inercia habitual porque ellos se encargarán de capturar al lobo.
Entonces elijen a un infeliz de cierto calado que al morbo borreguil contente y al lucro algebrista no violente; un honorable escribano se me antoja el cebo perfecto, pues, apetecible a la vez que prescindible, levanta poca ampolla y mucho polvo. Lo visten de lobo, le calzan los grilletes y aviado el asunto. Los algebristas quedan laureados y sus abusos, legitimados. Ni siquiera necesitan esclarecer los motivos del arresto porque los borregos, que se creen muy listos, lo dicen todo y ellos, que se hacen los tontos, no dicen nada.
»Y, entretanto, el borrego con piel de lobo expía las culpas del lobo; el lobo, que andará por ahí disfrazado de borrego, prepara la siguiente animalada, y los cachorros crían gusanos. ¡Mal rayo parta a los borregos que, considerándose algebristas, lo consienten y a los algebristas que, riéndose de los borregos, descaradamente mienten!
—¡Rediez! —Silbó Alonso, atónito—. ¡Menuda arenga! Incluso os sale en verso. La universidad de la calle ha hecho un trabajo magnífico con vos. Ni un híbrido de Aristóteles y Lope de Vega lo explicaría mejor.
—Desde luego que no lo explicaría mejor porque apostaría el gaznate a que a ese par de escupeletras abrazaalgebristas les importan un carajo las cuitas de los borregos, las de los Castro y, sobre todo, las de Mateo —refunfuñó Juan, airado.
—Lamento vuestro quebranto. Debe resultar demoledor imaginar a un amigo sufriendo un final tan salvaje.
—Ya veis que, aparte de los Castro, más desgraciados viajan en este sórdido bergantín.
—Recién me percato. Hasta ahora solo me había planteado los Crímenes del Ritual como los causantes de mi infortunio y no reparé ni en las víctimas ni en quienes las lloran. Dispensad mi torpeza. La situación me supera y me cuesta asimilar lo que está ocurriendo.
—No me extraña que el envite os atarugue —excusó Juan—. Una noche os dormisteis en un mullido colchón afincado en el cielo y al alba despertasteis en el infierno. No parece sapo sencillo de tragar. Además, cada uno se rasca donde le pica. En cualquier caso, os agradezco las condolencias; no obstante la altura de vuestro árbol, alcanzáis a distinguir el bosque y eso os honra.
El muchacho calló un instante. Quería formular su propuesta de acogimiento, pero no encontraba la manera de abordar la cuestión sin caer en ñoñerías.
En aquel dilema se debatía cuando la curiosidad de Alonso le permitió endilgar a Antonio sus propios empeños y así mantener intacta la imagen de tipo duro.
—Antonio me ha señalado antes y vos habéis afirmado que opinabais igual y que os disponíais a hacer algo. Si no hablabais de denunciarme, ¿a qué os referíais?
—Al crío le habéis fascinado y desea que os unáis a nosotros —arguyó Juan, fingiéndose indiferente—. Los tres dedos no significaban tres presos, sino tres compadres. Los dos actuales más uno. Le he enseñado las cuatro sumas que aprendí en la escuela y esa ha debido cuajar. ¿Qué me decís? ¿Os gustaría?
—La pregunta es si os gustaría a vos —rebatió Alonso, frustrando la taimada estrategia del «tipo duro»—. Me participáis el sentir de Antonio, no el vuestro. ¿Aceptaríais a un bisoño peliflojo?
—Yo por ese menino me tiro al río —farfulló Juan, azorado—. Si a él le ilusiona hermanarse con un bisoño peliflojo, no le amustiaré la diversión. Admito que, pese a nuestras rencillas, no me desagradáis. Además, vestido de anticristo, lejos de malograr mi prestigio de fierabrás, acaso lo enconéis y eso me beneficia. En concluyendo, no trabaré los afanes de Antonio, aunque conste que solo transijo para complacerle.
—Ya… —Se chanceó Alonso, reprimiendo la risa—. Algo similar a lo que sucedía en la escuela, ¿cierto? Solo acudíais para complacer los caprichos seniles de don Martín, no porque sus afectos os reconfortasen.
—¿Reconfortarme los afectos del abuelo? ¡Fabuláis! ¡Menuda tabarra me dio! Necesitaba un bambarria que le ayudase a agenciarse el paraíso y el aquí presente sacó la caña más larga. Me sacrifiqué durante un tiempo; sin embargo, todos tenemos un límite y, rebasado el mío, desplegué las alas. Ignoro si él habrá logrado sitio en el paraíso, pero un servidor se lo ha asegurado.
—Don Martín no necesita bambarrias que le procuren el paraíso. Años ha que san Pedro besa el suelo que pisa y, llegado el momento, le abrirá la puerta grande. Os amparó porque percibió nobleza allende vuestras baladronadas. Aunque me jeringabais de continuo, yo también la percibí y de ahí que muchas veces intentase acercarme a vos. Recién me demostráis que no errábamos y, si las sacrificadas regalías a don Martín no os suponen el paraíso, el apoyo que hoy brindáis a una causa justa lo hará.
—Qué suerte la mía, ¡la Virgen! —bufó Juan—. Consigo quitarme de encima las empalagosas pazguaterías del maestro y ahora me llueven las del alumno. Apead los almíbares de damisela que no os he pedido casorio, zagal. ¿Satisfaréis el antojo de Antonio y os uniréis a nosotros o no?
—De satisfacer el antojo de… Antonio, os pondría en peligro. Los dominicos me buscan y prenderán a quien me socorra.
—¡Bah! Esa camarilla de arrancazarzas no nos trincaría ni colocando a la corte celestial en pleno tras nuestros pasos. En serio, muchacho, venid con nosotros. Este abismo os resultará menos lóbrego si lo transitáis en compañía.
—Gracias, amigo —respondió Alonso, conmovido—. Gracias de corazón.
—No obstante, preciso de vos una merced —apuntó Juan, pergeñando el modo de impedir que Antonio le revelase la verdad.
—Lo que sea menester.
—Ocultad a Antonio la relación que os une a los Castro y no le mentéis la muerte de Mateo. Padeció en gordo y trato de curarle las heridas soslayando las pláticas al respecto.
—Pero ha escuchado que la Santa me persigue y que soy hijo del matrimonio más vilipendiado de la Villa. Habrá advertido la alusión a los Castro, presuntos asesinos de los Crímenes del Ritual y, a la postre, de Mateo. Le debo una explicación.
—Ni ha escuchado nada ni ha advertido alusión alguna a los Castro. Lo habéis embrujado con ese aspecto de diablo redentor que gastáis y estaba amartelado mirándoos sin prestar mientes a otra cosa. Además, es un canijo de siete abriles y sesera renqueante; no vincula los Crímenes del Ritual al óbito de Mateo. Solo entiende que un día a su hermano le crecieron alas de ángel y voló al cielo. Cualquier explicación distinta le confundirá y apenará. Hacedlo por el rapaz y también por vos. Cuanta menos gente conozca vuestra identidad, mejor.
—De acuerdo. Me habéis convencido. Callaré, pues.
—¡Estupendo! —celebró Juan, aliviado—. Hemos sellado un pacto de silencio entre pícaros. Primera norma de la picaresca: antes de traicionar a un compadre y, aunque los vientos soplen fuerte, siempre preferid muerte.
—¿Qué clase de norma es esa? —rio Alonso—. ¡Os la acabáis de inventar!
—Cierto, pero admitid que suena garboso. Me sucede a menudo; abro la guardamuelas y me fluye poesía. Vayamos en busca de Antonio y compartiremos las cebollas que ha sisado. Mientras, contadme cómo se os ocurrió despertrechar a un finado. ¡Caramba con el pimpollo! ¡De lechuguino a lechuzo!
Sorprendido por el feliz giro de los acontecimientos, Alonso pensó que la Bolsa de la Esperanza en verdad funcionaba. Trató de gastarla en comida para recuperar una miaja de esperanza y, aunque el destino abortó la intención, le ofreció a cambio otro tipo de alimento que también procuraba esperanza: amistad.
La acogida de Juan y Antonio prendió una pequeña luz en sus penumbras y, de pronto, dejó de sentirse a oscuras.