Libelo de sangre

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CAPÍTULO 46 Abogado de presos del Santo Oficio

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CAPÍTULO 46Abogado de presos del Santo Oficio

Aquella noche, en la tranquila soledad del calabozo, recuperado del impacto sufrido tras enterarse de los cargos que encaraba y sin el inquisidor tundiéndolo a preguntas imposibles de contestar, la cabeza de Sebastián se reactivó. En cuanto eso ocurrió, sus sospechas sobre Enrique Valcárcel regresaron y, lejos de amainar, cobraron fuerza.

Convencido de que Enrique estaba vinculado a lo acontecido, se pasó toda la madrugada atando cabos y, al final, consiguió desentrañar el misterio.

—¡Condenado miserable! Él ha causado este embrollo. Se ha propuesto liquidar a cualquier infeliz involucrado en un testamento que no le place y, de no cambiar las cosas, el muy canalla lo logrará.

»Don Pelayo, agonizando merced a unas súbitas fiebres; Lorenzo, recluido en una mazmorra; apostaría la diestra a que los otros dos testigos, si no han partido ya rumbo al paraíso, andan allende los mares e ilocalizables, y yo, en un apuro acongojante que encima ha alcanzado a la pobre Margarita. Además, como olvidé comunicar la mudanza sucesoria al fedatario que validó el primer testamento, no resta nadie capaz de destapar la verdad… aunque, pensándolo bien, quizá mi negligencia le ha salvado; de haber estado al corriente, probablemente también habría caído.

Intentando reacomodarse, estiró la espalda. Desde que desafió al alcaide, este no consentía quitarle del cuello el anillo de hierro encastrado en la pared y así, enmaromado al pedernal e inmovilizadas las extremidades, penaba luna tras luna.

Maldiciendo los terribles dolores que la desgraciada postura le provocaba, continuó elucubrando.

—Cuando asaltó la escribanía, esa sierpe esquinada hizo algo más que robar el testamento original. Me investigó, descubrió los rumores de mis raíces conversas y, aprovechando el oportuno acaecer de los Crímenes del Ritual, me implicó endilgándome el corazón. Sin embargo…, ¿de dónde diantres sacó el corazón?

La espeluznante respuesta le llegó al instante.

—¿No mencionó Lorenzo que Candela Bouza faenaba en la mansión Valcárcel y que desapareció al concluir los festejos cumpleañeros de Enrique? Si la joven servía a los Valcárcel, desapareció en una fiesta de los Valcárcel y reapareció cadáver junto a un zagal cuyo corazón tenía el de Valcárcel… entonces… ¡Dios bendito! Los Crímenes del Ritual no sucedieron casualmente cuando Enrique buscaba el modo de neutralizarme. Él los cometió en ese preciso momento para endosármelos a mí. ¡Él es el asesino y los Crímenes del Ritual, parte de un plan maquiavélico que pretende mi muerte!

Aturdido e incrédulo, respiró hondo tratando en vano de no sucumbir a la ansiedad.

—Envenena a su padre; destripa a un chiquillo; violenta a una doncella; trunca la vida de Lorenzo, la mía, la de mi familia…, ¿y todo porque le ha surgido un hermano bastardo acreedor de un legado que le encorajina? ¿Me estoy desnortando o de veras los celos pueriles de un majadero antojadizo han gestado este delirio?

Increpando al responsable de tanta calamidad, pateó rabioso a varias ratas que pululaban en derredor.

—Él nos delató, ¡mal rayo lo parta! Cuando descubrió los rumores de mis ancestros, siguió husmeando. En las Gradas debieron contarle la invitación frustrada de Damián Palacios y el episodio del crucifijo. Sabiendo que la suma de esos tres factores suscitaría un arresto, un registro y, a la postre, el hallazgo del corazón, nos acusó de judaizar.

Divisó entonces una luz al final del túnel que le colmó de esperanza.

—Va aviado si cree que su villanía triunfará. Ignora que vi el fulgor azul del zafiro y que, tirando del hilo, le he pillado. En cuanto informe al tribunal, nos absolverán. Sin embargo, no invocaré la copia del testamento que custodia Alonso. Aunque ese documento apoya mis conjeturas, no expondré al muchacho a la Inquisición. De torcerse las cosas, podrían prenderlo y no permitiré que padezca este infierno. Los testimonios confirmatorios de don Pelayo y Lorenzo bastarán. Espero que don Pelayo todavía no haya fallecido, pero, en el peor de los casos, Lorenzo ratificará mi versión.

La entrada del alcaide interrumpió sus reflexiones.

—Os traigo el listado de los abogados de presos del Santo Oficio —le anunció, tendiéndole unos legajos y acercándole la antorcha—. Elegid el que deseéis.

Sebastián los ojeó y, en no sonándole ningún nombre, señaló uno al azar.

—Licenciado Andrés de Bascal —leyó el alcaide—. Adjudicado.

Sin más, salió, echó el cerrojo y se dirigió a la celda de Margarita, a quien encontró acurrucada en un rincón y exhausta de tanto llorar.

—Debéis escoger picapleitos —le indicó en tono adusto—. Vuestro esposo ha seleccionado al licenciado Andrés de Bascal. Os sugiero que lo emuléis. Un único leguleyo unificará el argumentario y evitará divergencias que os perjudicarían.

—Os agradezco la orientación, señor —contestó Margarita—. Confiaré en el licenciado Andrés de Bascal.

El alcaide esbozó una sonrisa ladina; en realidad, no pretendía orientarla, sino manipularla, pues el comisario le había ordenado propiciar la designación de un abogado común para eludir así el dispendio de dos diferentes. Aunque los honorarios legales se saldaban con los bienes secuestrados a los procesados, si estos eran condenados a muerte, el sobrante quedaba en las arcas inquisitoriales y, considerando que los Castro ya olían a leña, cuanto menos se invirtiese en su defensa, más recabaría la institución.

Sebastián dedicó las jornadas siguientes a redactar un alegato en el que incriminaba a Enrique Valcárcel.

Como el tribunal solo le concedía una hora de luz al día, destinaba el resto del tiempo a pensar lo que escribiría. De esta forma, cuando el alcaide lo desengrilletaba y le entregaba una vela, una pluma ajada y un tintero cuyo seco contenido le obligaba a ensalivarlo, podía ponerse a trabajar sin perder un instante.

Una semana después el licenciado Andrés de Bascal acudió a la prisión acompañado del comisario y del escribano del secreto.

El comisario proyectaba celebrar las reuniones en los calabozos, pero, al bajar allí y respirar el hedor imperante, se sintió incapaz de soportarlo e instaló el centro de operaciones en el piso superior.

Sebastián subió primero y, al ver al jurista encargado de ayudarlos, un aciago augurio le ensombreció el ánimo.

Andrés de Bascal era un mancebo de veinticinco abriles y ni el austero atuendo negro, ni la solemne lechuguilla, ni la poblada barba propia de todo abogado lograban disimular su mocedad, circunstancia que desazonó a Sebastián.

Además, lucía una suntuosa ropilla de terciopelo toledano bordado en oro, puños de encaje holandés, calzones a juego, borceguíes de piel de marta, alcorques con el empeine forrado de seda y los abanillos de la lechuguilla armiñados sirviéndose del costoso polvo azul procedente de ultramar.

En definitiva, su ajuar revelaba posibles, lo que, en opinión de Sebastián, empeoraba las cosas porque la lozanía unida a un bolsillo contento en absoluto convenía a sus intereses.

Un abogado joven y rico solo aceptaba representar a los presos del Santo Oficio para medrar, propósito que exigía complacer a los frailes prestando mucha atención a la culpabilidad del reo y muy poca a su inocencia. Si a eso se le añadía que la defensa exacerbada de un presunto hereje podía terminar con el abogado también acusado de herejía y que casi ninguno, por no decir ninguno, asumía tamaño riesgo, la cuestión pintaba francamente mal.

No andaba desencaminado en sus suposiciones.

Andrés de Bascal aspiraba a la judicatura y pretendía conseguir una plaza asistiendo a encausados inquisitoriales, pues, según su padre, un magistrado de la Real Chancillería de Granada, el Consejo de Cámara valoraba mucho ese tipo de labores a la hora de nombrar jueces. Sin embargo, tal como temía Sebastián, su desempeño dejaba bastante que desear, porque, lejos de exacerbar sus defensas y exponerse a correr la misma suerte que sus clientes, Andrés se limitaba a granjearse las simpatías dominicas cosechando confesiones o realizando discretos postulados exculpatorios que apenas desvirtuaban el pliego de cargos.

—Alcaide, abandonad la estancia y ni se os ocurra estirar la oreja —conminó el comisario—. Si os descubro huroneando, las tendréis tiesas con el Santo Oficio. Y transmitid idéntico mensaje a vuestros subalternos.

—Perded cuidado, señor; les transmitiré vuestro mensaje. Yo iré a inspeccionar las jaulas de arriba. Si me necesitáis, dadme una voz y acudiré al punto.

Cuando el alcaide desapareció, Andrés de Bascal extrajo un montón de papeles de un elegante cartapacio de cuero carmesí.

—Comencemos, Sebastián —dijo en actitud arrogante—. Vaya por delante que, tras estudiar los autos, estimo vuestra situación harto comprometida.

—Comprometida e injusta —apostilló Sebastián—. Mi esposa y yo somos inocentes.

—¿Sabéis cuántas veces he escuchado ese alegato?

—Pocas, imagino —soltó Sebastián sin poder reprimirse—. En tan escasas primaveras intuyo más exámenes que sentencias.

—Retirad semejante irreverencia o buscaos otro abogado —demandó Andrés, ofendido.

—Excusadme. Parecéis muy joven y la sorpresa me ha baldado la educación. Lo lamento.

—Ni mi edad os interesa a vos ni vuestros barruntos de mentidero me interesan a mí. Os recomiendo que desterréis las disquisiciones banales y consagréis los bríos al complicado trance que enfrentáis.

—Reitero mis excusas —musitó Sebastián, amedrentado—. Ha sido una grosería.

—Ciertamente —resopló Andrés, todavía enfadado—. Y ahora prosigamos. Os comentaba que el pleito asoma espinoso dadas las contundentes pruebas aportadas por la fiscalía.

—No pueden existir pruebas contundentes de algo que no ha sucedido, licenciado.

—Han hallado un corazón en vuestra escribanía y el galeno ha certificado que pertenece al muchacho asesinado. ¿De veras no os resulta contundente?

—¿El galeno también ha certificado que yo maté al chico y lo mutilé? La aparición del corazón en mi escribanía no acredita nada de eso; solo acredita que alguien lo puso allí.

—Ahorradme las especulaciones insustanciales, os lo ruego —despreció Andrés—. La aparición del corazón en un lugar apunta en línea recta al dueño del lugar y vos sois ese dueño. Haceos, pues, un favor y confesad en voluntad. De empecinaros en callar, os someterán a tormento y, al final, confesaréis igual. ¿Para qué sufrir allende lo necesario?

—De confesarme culpable, mentiría. Además, ya estoy sometido al tormento de presenciar la capitulación de mi abogado antes siquiera de empezar a luchar. ¿Es que no pensáis indagar e intentar encontrar la verdad?

—Indagar y encontrar la verdad corresponde a los alguaciles. Mi tarea consiste en estudiar el caso de mi cliente, calibrar las alternativas y aconsejarle la menos fatigosa. Y creedme: aquí la alternativa menos fatigosa es la confesión voluntaria.

—La alternativa menos fatigosa para vos, supongo —espetó Sebastián—. Yo me inmolo, vos cobráis una minuta sin despeinaros y nos vemos en el cielo. Amén de estudiar el caso de su cliente, un abogado debe luchar por él, licenciado. ¿No os han enseñado eso en la universidad?

—Gastad tiento, Sebastián. En la universidad también me han enseñado a repudiar clientes demasiado proclives a extraviar la cortesía. Trabajo con leyes, no con milagros y, desde la ley, las pruebas que os señalan parecen irrefutables.

—Parecen, pero no lo son, y, si me concedéis un instante, os lo demostraré.

—Os han amonestado en tres ocasiones y nada habéis demostrado. ¿Qué pretendéis demostrar ahora?

—En ese momento desconocía los cargos. Me pidieron confesar un delito que ignoraba.

—Tras el trámite de acusación, cuando ya no desconocíais los cargos, os interrogaron de nuevo y, lejos de aflojar el discurso, os dedicasteis a clamar inocencia y a jeringar al tribunal formulando excepciones de incompetencia absurdas.

—Encarar las salvajadas que me achacan y la atrocidad que encontraron en mi escribanía me atoró las mientes. Sin embargo, desde entonces, he tenido tiempo de discurrir y, atando cabos, he conseguido averiguar quién cometió el crimen.

—¿De veras? —inquirió Andrés en tono escéptico—. ¿Y quién lo cometió?

—He redactado un texto detallándolo todo —repuso Sebastián, tendiéndole unas hojas desgreñadas, rasgadas a causa de la deteriorada pluma y luciendo una caligrafía ininteligible.

El comisario, que asistía a la reunión sumido en el mutismo, se apresuró a interceptar las hojas y se las entregó al escribano del secreto.

—Contadlas y verificad que están las diez autorizadas —exhortó—. Ocupaos también de recuperar los enseres de escritura y levantad acta al respecto.

—Sebastián, mientras el señor escribano efectúa las comprobaciones pertinentes, adelantadme vuestra teoría —solicitó Andrés.

—En el preámbulo de mi escrito he inventariado los testigos a tachar y los testigos de abono. Como sabréis, el testimonio de los testigos tachados no sirve por enemistad manifiesta u otros motivos legalmente tasados y el de los testigos de abono nos favorece.

—Apead las lecciones y al avío —se impacientó Andrés.

—Serenaos, licenciado. Solo acotaba los conceptos para aclarar que, si alguno de los consignados en mi pliego de tachados ha declarado en nuestra contra, cosa que se me escapa, pues el tribunal se reserva la identidad de los testigos, su testimonio ha de rechazarse debido a la enemistad manifiesta que he reseñado junto al nombre. Los testigos de abono refrendarán, si no lo han hecho ya, el fervor católico de los Castro y las múltiples obras pías que avalan nuestro credo.

—Vuestras obras pías sucumben sin remedio ante la obra harto impía que la fiscalía os atribuye —adujo Andrés, cogiendo el escrito de Sebastián que le ofrecía el escribano—. Carece de sentido que nadie hable de vuestra devoción cuando un corazón cercenado habla de vuestra infamia.

—Ese corazón habla de la infamia de otro. Los testigos de abono que he enumerado jurarán sobre la Biblia que los Castro no judaizamos y que no vamos por ahí desmembrando niños ni violentando a niñas.

—Confiáis demasiado en vuestro entorno —cuestionó Andrés, hojeando el escrito—. Lo que muchas de estas personas han jurado sobre la Biblia es que veneráis a Moisés.

—¿A qué os referís? —preguntó Sebastián, alarmado—. ¿Quién de los ahí listados ha jurado que veneramos a Moisés?

—¿Cómo habéis venido en conocimiento de esos detalles, letrado? —interrumpió el comisario—. La defensa no tiene acceso a la identidad de los testigos.

—Y no lo he tenido, pero cuando tomé vista de los autos encontré algunos nombres sin censurar.

—¿Y por qué no reportasteis al tribunal?

—Me barrunté un descuido del funcionario encargado y no quise causarle problemas. En cualquier caso, no reviste importancia. El descuido solo afectó a un par de nombres que de ninguna manera viajarán allende mis labios.

—A punto han estado de emprender ese viaje.

—Excusadme, comisario —concilió Andrés, regresando su atención al escrito de Sebastián—. Intentaba descifrar este jeroglífico y me he despistado. No volverá a suceder. Continuad, Sebastián. ¿Qué más relatáis aquí? No entiendo una palabra.

—Disculpad tan triste caligrafía —dijo Sebastián, abochornado—. Hube de escribir en muy precarias condiciones.

—Quedáis disculpado, pero preciso que me traduzcáis vuestras letras. En verdad no entiendo nada.

—Aparte del inventario que contiene los testigos tachados y los de abono, describo el desarrollo de los acontecimientos y termino denunciando al responsable de esta barbarie.

—Ilustradme, os lo ruego. ¿Quién es el responsable?

—Enrique Valcárcel de Lozoya, hijo de don Pelayo Valcárcel de Lozoya y Torrejón —soltó Sebastián—. Él perpetró los Crímenes del Ritual.

Abogado, comisario y escribano le miraron perplejos. El escribano se recobró pronto del pasmo y reanudó la transcripción, pero los otros dos no conseguían reaccionar.

—¿Enrique Valcárcel? —balbuceó Andrés—. ¿El de la casa Valcárcel de Lozoya y Cabrera de Montilla?

—El mismo —afirmó Sebastián, convencido.

—Hacedme la merced de explicaros y, por favor, sopesad bien lo que vais a alegar. De todas las estrategias viables, endilgar el muerto, y nunca mejor dicho, a un notable se me antoja la peor. No obstante, en habiendo comenzado la fábula, debéis concluirla. Proceded, pues.

—El pasado noviembre, don Pelayo Valcárcel contrató mis servicios para otorgar un testamento que derogaba otro primitivo. El nuevo documento menoscababa los intereses de Enrique Valcárcel como heredero universal porque don Pelayo admitía la paternidad de un espurio y le legaba una parte importante del patrimonio. Temeroso de que su esposa e hijo descubrieran la mudanza sucesoria e intentasen malograrla, exigió discreción absoluta, discreción que yo le garanticé arguyendo que la discreción es el modus operandi de todo escribano.

»Poco después, al término de una ronda nocturna, me hallaba en la escribanía redactando la fe de ronda cuando, de repente, alguien emergió de las cortinas, se abalanzó sobre mí y me golpeó hasta abatirme. Al alba mi oficial me encontró desmadejado en el suelo e inconsciente. De primeras no eché nada en falta e imaginé que, al sorprender al intruso in fraganti, este huyó con las manos vacías. Sin embargo, transcurrido un tiempo, me enteré del inminente óbito de don Pelayo y, barruntándome próxima la apertura de su testamento, lo busqué, pero no lo localicé.

»Recordé entonces el asalto y de inmediato reconocí a Enrique Valcárcel como mi agresor. Al principio supuse que se limitó a robarme el testamento. Ahora veo que hizo algo más: escondió el corazón en mis feudos.

Una tensa quietud siguió a la narración.

Al advertir estupor en el rostro del trío que lo escuchaba, Sebastián se removió incómodo en el asiento.

El comisario acostumbraba a guardar riguroso silencio en las reuniones entre abogado e imputado y únicamente intervenía en caso de infracción normativa; sin embargo, lo insólito de aquella situación le forzó a quebrar el hábito y a pronunciarse.

—Cuidado, Sebastián —siseó en tono inquietante—. Los Valcárcel son cristianos íntegros, fieles defensores de la fe verdadera, familiares del Santo Oficio y destacados miembros de la cofradía de San Pedro Mártir de Ministros y Familiares de la Santa Inquisición. Contribuyen a limpiar de sacrilegio estas tierras con generosas donaciones y su confianza en nuestra ardua e ingrata labor nos ayuda a no desfallecer en muchos momentos de desaliento. Ignoro el motivo que os empuja a tratar de enfangar de tan artera e intolerable guisa un apellido conspicuo y muy apreciado por el Santo Oficio, pero os garantizo que no lo consentiré.

Sebastián esperaba una respuesta bien distinta y tamaña loa a las bondades de los Valcárcel devastó su optimismo inicial. Pese a ello, no se rindió y se dispuso a presentar batalla.

—Nada me empuja a enfangar el apellido Valcárcel y no lo he hecho, pues de mis palabras no se desprenden vilipendios ni a don Pelayo ni a su esposa. En cuanto a Enrique, él mismo se ha hundido en una ciénaga negra consumando barrabasadas dignas de un demonio. No albergo duda y me ratifico, comisario. Enrique Valcárcel allanó mi escribanía, me atacó, robó el testamento y me enjaretó la prueba de su felonía.

—¿Y para qué iba a cometer esa sarta de disparates?

—Para evitar que el testamento vea la luz. Pensó que, agenciándoselo y barriendo el camino hacia la hoguera al fedatario que lo validó, su empeño triunfaría. ¿Y cómo tenía el corazón del zagal asesinado?, se preguntarán vuestras mercedes. Muy sencillo: él lo mató. Y también a la doncella. Candela Bouza faenaba en la mansión Valcárcel y la secuestraron cuando regresaba de servir en la fiesta del dieciocho cumpleaños de Enrique. ¿No os parece una fascinante casualidad?

—Lo desquiciado que debéis andar para parir semejante filfa sí que me parece fascinante —bufó el comisario.

—¿Acaso estáis ciego? —bramó Sebastián, ofuscado—. Todo encaja, ¡maldita sea! ¡Ese enfermo depravado es el criminal!

—Sosegaos y prestadme atención, Sebastián —terció Andrés, percatándose de la creciente cólera del comisario—. Las autoridades cotejaron las coartadas de los presentes en aquella fiesta: criados, invitados y anfitriones. En ninguna hallaron indicios de culpabilidad y tampoco en la de Enrique Valcárcel. Una multitud coincide en que pasó la velada en el salón saludando a los invitados, bailando y alternando. Al acabar el festejo, don Pelayo, su esposa, doña Francisca Cabrera de Montilla, y él celebraron una tertulia en la biblioteca y después marchó a dormir, extremo que confirmó su ayuda de cámara.

—Al quedar solo, pudo levantarse y salir —aventuró Sebastián.

—No pudo. El estómago se le encrespó y no cesó de vomitar hasta la amanecida, percance también confirmado por doña Francisca y por el galeno que lo asistió. Resulta, pues, palmario que nuestro hombre no se encontraba en condiciones de trasegar la noche rivalizando en perfidias con Satán.

—De acuerdo. Quizá no masacró a los muchachos, pero os aseguro que ocultó el corazón en mi escribanía.

—¿Y de dónde nace tanta seguridad? —inquirió el comisario en actitud desdeñosa—. ¿Le visteis hacerlo?

—No le vi porque iba embozado y me derribó de un puñetazo. No obstante, antes de desmayarme, distinguí el brillo azul de un zafiro que luce en el dedo.

—¿Acusáis a Enrique Valcárcel de robar, matar y desviscerar cadáveres basándoos en un brillo azul que atisbasteis semiinconsciente? —Se enervó el comisario.

—No se trata de un simple brillo azul. Es un destello muy característico porque refulge de un modo tan cegador que prende en la memoria. Lo identificaría entre mil. Para conmemorar las dieciocho primaveras de Enrique, don Pelayo le regaló un anillo idéntico al suyo. Ambos llevaban un zafiro engarzado y, al parecer, no existe ninguno igual en el mercado. El propio don Pelayo me lo refirió. ¿Cómo podría yo manejar esas intimidades sobre alguien a quien no conozco? ¿No me creéis? Preguntádselo a don Pelayo. Corroborará mi testimonio y ni una letra impugnará.

—No corroborará nada —rebatió Andrés—. Don Pelayo Valcárcel expiró en enero.

—Me lo temía —balbuceó Sebastián, palideciendo de golpe—. Me visita, otorga un testamento harto comprometido y, al poco, unas repentinas fiebres lo amortajan. ¡Otra fascinante casualidad! ¡Por el amor de Dios! ¿No os dais cuenta? Desembarazándose de él y después de mí, ese demente pretende eludir el auténtico testamento.

—¿Acaso se os ha desbaratado la sesera? —saltó el comisario—. ¿Insinuáis que Enrique Valcárcel estragó la vida de su padre?

—No lo insinúo. ¡Lo afirmo categóricamente!

—Sebastián… —Intentó mediar Andrés.

—Licenciado, necesito saber si se ha abierto el testamento —interrumpió Sebastián, crispado—. ¿Cuál se ha ejecutado? ¿El que nombra heredero universal a Enrique o el que desvela la existencia de un hijo ilegítimo?

—¡Eso no os concierne! —tronó el comisario.

—¡Sí me concierne! Don Pelayo me encomendó su última voluntad y debo constatar que se ha cumplido. Si porfiáis en imputarme los Crímenes del Ritual, la macabra trama de Enrique fructificará y el Santo Oficio se convertirá en cómplice, pues, aun consciente de sus villanías, no dudó en juzgar a dos inocentes.

—¿Cómo osáis calumniar al Santo Oficio con ese descaro, mamarracho? —rugió el comisario, lívido de rabia.

—¿Cómo osa el Santo Oficio calumniarme a mí cuando le estoy poniendo delante de las narices las evidencias de su tremendo error? —contraatacó Sebastián, igual de rabioso.

—¡Calma, señores! —concilió Andrés—. Gritando no solucionaremos nada. Recuperemos la mesura y procuremos esclarecer este asunto de manera civilizada. Sebastián, sostenéis que alguien irrumpió en vuestra escribanía y os agredió. Me figuro que lo denunciasteis, ¿cierto?

—No lo denuncié. Pensé que se trataba de un robo frustrado y sin consecuencias en absoluto merecedor de tiempo policial. En aquel momento los alguaciles se hallaban en plena búsqueda de Candela Bouza y estimé prioritaria esa tarea.

—¿Por qué no lo denunciasteis cuando advertisteis que el testamento había desaparecido y vuestras especulaciones desembocaron en Enrique Valcárcel?

—Me disponía a hacerlo, pero la noche en que lo descubrí nos arrestaron.

—Habéis comentado que el testamento derogaba uno anterior. Imagino que notificasteis las novedades al primer fedatario.

—También me disponía a hacerlo cuando nos arrestaron.

—¡Caramba! —se mofó el comisario—. ¡Menuda ristra de gestiones os disponíais a hacer justo cuando os arrestamos! ¡He ahí otra de vuestras fascinantes casualidades!

—Os ruego un respeto al procedimiento, comisario —exhortó Andrés—. En las reuniones entre abogado y cliente, o habla el abogado, o habla el cliente. Vuesa merced debe guardar silencio, salvo que abogado o cliente infrinjan la normativa. ¿Estamos de acuerdo?

—Estamos de acuerdo. Excusadme, licenciado. No acostumbro a conducirme así, pero la desfachatez de este majadero se me antoja abominable.

—Excusas aceptadas. Permitidme proseguir. Veamos, Sebastián, ¿existen copias del testamento?

—La única copia se la envié a don Pelayo —contestó Sebastián, bañado en sudor, pues no se le escapaba que, lejos de reforzar la historia, sus respuestas la desacreditaban cada vez más.

—¿Podéis probar ese envío? ¿Quizá una certificatoria firmada por don Pelayo?

—La certificatoria estaba adherida al testamento robado.

—¿No elaborasteis ninguna copia adicional?

—No, señor —mintió Sebastián, que, viendo los nulos resultados de su revelación, consideró crucial proteger a Alonso.

—¿Y qué hay de los testigos? En un testamento otorgado ante escribano siempre intervienen testigos.

—En este caso, intervinieron tres testigos: dos criados de don Pelayo y mi oficial, Lorenzo Santiesteban.

—¿Nombre de los criados?

—No lo recuerdo.

—Lo lamento, licenciado, pero no consentiré que continuéis engordando esta infamia —volvió a cortar el comisario.

—Comisario, por favor —suspiró Andrés, frotándose los ojos con gesto cansado.

—¡Ni por favor ni nada! ¡Ya he escuchado suficiente! Dejadme recapitular, pues de veras que la cosa clama al cielo. Don Pelayo otorgó un testamento que no consta en ningún sitio; para atestiguar tan trascendental acto, se sirvió de dos vulgares criados cuyo nombre no recordáis y de un oficial de escribanía a quien ni siquiera conocía; pese a ser un adulto cabal y leído, obró a hurtadillas de su familia cual chiquillo temeroso de que mamá lo pille en mitad de una candorosa tunantada; la tunantada en cuestión consistía en legar gran parte del patrimonio a un bastardo de quien nadie tiene noticia.

»Luego sufristeis un asalto en el que casi os descrisman y lo tildáis de trivialidad indigna de denuncia; el testamento se esfumó y un inconfundible destello azul señala a Enrique; don Pelayo falleció merced a las malas artes de Enrique; os sorprenden en posesión de las vísceras de un muchacho y el irrefutable destello azul también determina que Enrique os las endilgó; en el afán de impedir que el testamento fantasma prospere, Enrique perpetró un sacrificio humano y, de paso, ultrajó de hiperbólica suerte a su doncella.

»Desde noviembre hasta el veintitrés de diciembre, día del apresamiento, no encontrasteis el momento de comunicar el cambio sucesorio a vuestro colega, diligencia que, considerando la alcurnia del interesado y la envergadura del asunto, cualquier otro notario habría cumplimentado de inmediato; sin embargo, vos os disponíais a hacerlo nada menos que un mes después y, curiosamente, cuando os sobrevino el arresto. ¡Ah! Y, por supuesto, también justo cuando os sobrevino el arresto, pensabais denunciar las iniquidades de Enrique. ¡Felicitaciones, Sebastián! Ni el genial Cervantes idearía una fantasía tan delirante para el extraviado caletre de su Quijote.

—Aunque suene delirante, así aconteció —se empecinó Sebastián—. Enrique Valcárcel es el asesino.

La machacona coletilla colmó la paciencia del comisario y, de un zarpazo, arrebató a Andrés el escrito de Sebastián, lo arrugó y lo tiró al suelo.

—Señor escribano del secreto, colocad al lado la transcripción de todo lo referente a los Valcárcel —ordenó.

—Según el reglamento, he de reproducir la conversación tal cual se ha sucedido —se resistió el aludido.

—Ocurre que ese pasaje de la conversación no ha sucedido y resulta imposible reproducir lo que no ha sucedido.

—Pero, comisario, según el reglamento, me corresponde…

—Según el reglamento, os corresponde acatar los decretos de vuestro superior sin rechistar —bramó el comisario—. ¡Poned la transcripción relativa a los Valcárcel en el suelo!

Asustado, el hombre obedeció. A continuación, el comisario acercó una vela a la pila de cuartillas y le prendió fuego.

—¿Qué diantres hacéis? —Se rebeló Sebastián—. No podéis destruir mi argumentario. Estáis coartando mi derecho de defensa.

—Defenderse envileciendo la memoria de un difunto y el honor de su progenie no es un derecho —refutó el comisario—. Es un abuso de derecho que debo impedir e impediré. De lo contrario, vuestras injurias recalarían en los mentideros y no permitiré que una familia respetable padezca tamaña humillación solo porque vos pretendáis sacudiros el yugo escupiendo raposerías.

Cuando la hoguera de papel comenzó a extinguirse, pisoteó los últimos rescoldos de verdad mientras se dirigía a Andrés y al escribano, que contemplaban la escena atónitos.

—Repito, caballeros: esta chaladura no ha sucedido. Vuesas mercedes quedan conminadas a mantener lo aquí hablado en reserva radical. De trascender el detalle más insignificante, les acusaré de insubordinación y, por si lo ignoran, el delito de insubordinación acarrea una larga temporada a la sombra. Señor escribano, ¿me he explicado con claridad?

—Sí, comisario —balbuceó el escribano, amedrentado.

—¿Licenciado?

—En vinculándome el deber de confidencialidad entre abogado y cliente, sobran las conminatorias —replicó Andrés sin arredrarse, pues, aunque le incomodaba soliviantar a un prócer inquisitorial, no estaba dispuesto a tolerar intimidaciones—. No ambiciono ofenderos, pero confieso que vuestro comportamiento me ha sorprendido. Me parece excesivo, extemporáneo e impropio de ese devoto del rigor procesal que vuecencia se jacta de ser. El extravagante relato de Sebastián no se sostiene y no era menester quebrantar el procedimiento de tan desaforada guisa.

—Precisamente porque el relato no se sostiene, carece de sentido abrirle brecha y arriesgarse a que alcance los mentideros —rebatió el comisario, enojado—. Tampoco yo ambiciono ofenderos, pero, en mi humilde opinión, habéis pecado de ingenuo dando alas a las fábulas de un orate patrañero y me habéis forzado a interrumpir un vuelo que empezaba a desbocarse. En consecuencia, es vuesa merced quien ha quebrantado el procedimiento; en cambio, yo lo he ensalzado, actuación propia de ese devoto del rigor procesal que, en efecto y a mucha honra, me jacto de ser. Os sugiero, pues, que, antes de enmendarme la plana, reflexionéis sobre vuestra manera de gestionar la relación con los acusados. Se me antoja condescendiente y demasiado… fraternal.

—Quiero hacer una declaración —intervino Sebastián, que, ajeno a la guerra de orgullos librada entre Andrés y el comisario, se hallaba sumido en su particular guerra contra los dos—. Durante las amonestaciones, el inquisidor afirmó que, si identificaba a mi delator, la delación decaería y me absolverían. Conforme a ello, identifico a Enrique Valcárcel y, de coincidir ese nombre con el de mi delator, solicito nuestra inmediata absolución.

—Os recomiendo que desistáis de la cantinela o palabra de honor que lo lamentaréis —siseó el comisario.

—El procedimiento os obliga a atender mi petición. ¿No os jactáis de ser un intachable devoto del rigor procesal? Entonces, ceñíos al procedimiento y contestadme. ¿Nos delató Enrique Valcárcel? ¿Sí o no?

—No, ¡estulto del demonio! —voceó el comisario, exaltado—. No os delató él, así que cerrad la boca de una maldita vez.

—Lorenzo Santiesteban confirmará mi historia —insistió Sebastián sin ninguna intención de recular.

—Ya basta, Sebastián —atajó Andrés en tono gélido, pues la velada amenaza del comisario al calificar de fraternal su trato a un hereje lo había acongojado—. Abroquelado en esa postura, no lograréis nada.

—¿Acaso lograré algo cruzándome de brazos y diciendo amén a este atropello? Buscad la verdad, ¡por el amor de Dios!

—Ocultabais el corazón de la víctima en vuestra escribanía. He ahí la verdad.

—¿Cuántas veces he de repetir que yo no lo ocultaba? —gritó Sebastián, desesperado—. Os lo suplico, licenciado, no os quedéis en la superficie. Escarbad en lo que parece y llegaréis a lo que, en realidad, es.

—Tal hemos hecho —replicó el comisario—. Escarbamos en lo que parecía una venerable escribanía y llegamos a lo que, en realidad, era: la tenebrosa caverna de un leviatán. Cuanto más se lava el cuervo, más negro asoma y, si continuásemos hurgando, probablemente hallaríamos otros horrores.

—El comisario tiene razón —secundó Andrés, intentando reconciliarse con el fraile—. Cuanto más os encalabrinéis en difamar a los Valcárcel, más evidenciaréis vuestra culpabilidad.

—Está en juego la vida de dos inocentes y mi testimonio desvirtúa la acusación. ¿De veras vais a obviarlo?

—Sí, Sebastián, lo obviaré, y lo haré por vuestro bien. Mancillando la nombradía de cristianos rectos solo conseguiréis irritar al tribunal e incitarle a negaros misericordia. Gastad inteligencia y abandonad esa contumacia que os nubla el entendimiento. Confesad y os quitaréis piedras del camino.

—¿Del camino adónde, licenciado? ¿Al brasero?

—A la misericordia —suspiró Andrés, recogiendo sus papeles y guardándolos en el cartapacio—. La disculpa achica la culpa. Confesad, arrepentíos y pedid perdón. Ese trío de ases, si me permitís la expresión, os ayudará en el juicio final.

—Ahora no me preocupa el juicio final; me preocupa el juicio presente y en el juicio presente ese singular trío de ases, lejos de ayudarme, me abocará al desastre.

—Erráis. Ese trío de ases también os ayudará en el juicio presente porque os ahorrará penurias.

Sebastián meditó un instante.

Aunque la copia del testamento que entregó a Alonso respaldaría su versión de los hechos, hablar de ella implicaba hablar del muchacho, y hablar del muchacho implicaba involucrarle demasiado. La Inquisición andaba tras él. Si le mencionaba, provocaría un recrudecimiento de las pesquisas y prefería morir a complicar todavía más la ya complicada situación del chico. Además, intuía que ni el sinsangre de Andrés ni el tribunal ni mucho menos el comisario prestarían mientes a esa copia. Lo mismo incluso corría igual suerte que su escrito de defensa y acababa ardiendo en una fogata.

Así las cosas, decidió callar. Confiaría en la declaración de Lorenzo y, si también caía en tierra estéril, se resignaría a un desenlace fatal. Moriría, sí, pero lo haría orgulloso de haber protegido a su hijo hasta el último aliento.

—¿Confesaréis, entonces? —preguntó Andrés.

—Por enésima vez: no confesaré un crimen que no he cometido.

—En tal caso, hemos terminado.

—Id en busca del alcaide —ordenó el comisario al escribano—. Que se lleve al acusado y traiga a Margarita Carvajal.

Cuando Sebastián se vio de nuevo en la mazmorra, a oscuras, engrilletado y con el cuello encastrado en la pared, encogió las rodillas, hundió la cabeza sobre el pecho y rompió a llorar.

Ignorante de los acontecimientos que vinculaban a los Valcárcel en la trama, Margarita se limitó a clamar inocencia e implorar la visita de un clérigo.

—Procuradme un ministro de la Iglesia, licenciado. Ansío escuchar el Evangelio, comulgar y confesarme.

—Podéis confesar ahora —sugirió Andrés—. Confesad y el tribunal complacerá vuestra petitoria.

—¿Confesar qué? ¿Que matamos a unos chiquillos y les arrancamos el corazón? Jamás confesaré tamaño desvarío. ¡Os lo ruego! Preciso un sacerdote.

—Os imputan alta herejía, Margarita. Mientras no abjuréis de vuestro credo infiel, el Santo Oficio no os proporcionará la doctrina de un Dios al que repudiáis. Confesad y esta misma noche recibiréis consuelo espiritual.

—¡Yo no repudio a Dios! Creo profundamente en él y lo necesito. ¡Apiadaos de mí, don Andrés! No me privéis de su luz en un momento de tanta penumbra.

—Si no confesáis, os darán tormento. ¿De veras queréis padecer ese suplicio?

—¡No, no! —gimió Margarita, aterrorizada—. ¿Por qué Dios infligiría un pesar así a una feligresa que lo ama sobre todas las cosas?

—Entonces, ¿no vais a confesar vuestras ofensas contra ese Dios al que aseguráis amar?

—Mis ofensas contra Dios no consisten en descuartizar niños, licenciado. Están destrozando la vida de dos personas buenas y eso sí ofende a Dios.

—De acuerdo —claudicó Andrés—. No porfiaré. Si recapacitáis, avisadme y, si no, os veré en el tribunal.

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