Libelo de sangre

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CAPÍTULO 47 Una habilidad extraordinaria

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CAPÍTULO 47Una habilidad extraordinaria

Alonso abandonó su refugio en la Puente Segoviana y se mudó a la gruta del convento de Santa Isabel. No distaba mucho en modestia, pero, tras demasiadas lunas al raso, en vela por temor a que el Manzanares se desbordara y lo ahogase, padeciendo frío e intentando digerir los acontecimientos en soledad, el lugar le pareció digno de un marqués.

De inmediato Juan comenzó a adiestrarlo en el oficio de la picaresca y quedó estupefacto al descubrir la impresionante habilidad de su pupilo en la disciplina reina: la ciencia de Vilhán. Alonso también se llevó una sorpresa, pues, enamorado como vivía del ajedrez, nunca le interesaron los naipes. Además, Sebastián los denostaba e incluso inventó una coplilla para prevenirle de aquella peligrosa adicción.

—Mientras el rufián y el haragán sirven a Vilhán, la honradez y la sensatez prefieren el ajedrez —le repetía casi a diario.

Sin embargo, considerando que en el mundo de la picaresca había abundantes rufianes, no menos haraganes, poca sensatez y ninguna honradez, Alonso decidió olvidar las advertencias paternas, aparcar el ajedrez e involucrarse en su nueva realidad.

Así, agarró la mano de Juan, se internó en los lares de Vilhán y en un tiempo insólitamente corto se encontró ocupando la cámara de los célebres, porque, pese a su inexperiencia, no solo jugaba con el talento de un profesional; también floreaba con las mañas del fullero genuino.

Juan no salía de su asombro cuando le veía mover los naipes de un modo tan rayano en la prestidigitación que, si no le hubiera sabido novicio, habría jurado que, antes de andar, ya apostaba.

Mitad admirado, mitad resentido, no cesaba de rezongar que aquel pitofloro había aprendido sin apenas despeinarse lo que a él le costó meses de fatigoso trabajo.

—¡Rediez, zagal! —bufó un día que Alonso cambió una baraja limpia por otra marcada y ni se percató—. No ha dos semanas que os instruyo y ya podríais aleccionarme a mí. El alumno ha superado al maestro en quince malditos soles. ¡Menuda humillación!

—No comprendo vuestros lamentos —replicó Alonso, barajando a una velocidad inverosímil—. Cuando dijisteis «prestad atención, compadre, porque florear es más difícil que morir de risa», me asusté. Creí que me enfrentaba al parto de los montes y resulta que la cuestión solo consiste en marear naipes.

—La cuestión no solo consiste en marear naipes, ¡almidonado del demonio! Doctorarse en el arte del floreo requiere largas sesiones de intensa práctica. Huestes de turbios desuellacaras dejándose la piel en el empeño, viene un chapelón desbarbado, engancha una huebra y hasta Vilhán le rinde pleitesía. ¡Admitidlo de una vez! En vuestra época de doño, jugabais, ¿cierto?

—Palabra de honor que en mi vida había cogido una huebra o como diablos llaméis a la baraja en vuestra extraña jerga. Estoy ronco de repetíroslo: a mí me gusta el ajedrez. Además, mi padre detesta los naipes y en casa nunca los ha consentido. Según él, únicamente bribones y fulleros se embarcan en esos galeones.

—Pues mis condolencias al plumilla porque me temo que ha engendrado al almirante de la flota —rio Juan—. La trampa os late en las precordias, camarada. He visto halcones muy avezados, pero por san Junco que como vos no hay dos.

—¿Por san Junco? —Bizqueó Alonso.

—Es el patrón de los pícaros. Cuando queráis jurar de manera categórica, jurad por san Junco.

—Si no os importa, seguiré jurando por mi honor. Se me antoja más contundente que un alga canonizada.

—Por san Junco, por vuestro honor o por lo que os salga de las trencas, muchacho: tenéis alma de taquín. Y de los peligrosos. ¡Si lo sabré yo!

—¡No exageréis, hombre! Tampoco me parece nada singular.

—¿Que no os parece nada singular? ¿Vos sois consciente de las virguerías que hacéis?

—Soy consciente de que no pretendo hacerlas —matizó Alonso, desconcertado—. No entiendo qué me sucede en los dedos. Tocan una baraja y empiezan a bailar solos.

—He ahí la genialidad, hermano. Os nace de dentro. Y, si os nace de dentro, ¿qué albergáis dentro? Yo os respondo: un obispo de Vilhán ansioso de saltar al mundo y desplumarlo.

—No deseo desplumar al mundo, Juan. Si llegase a oídos de mi padre que he sucumbido al vicio y que encima trapaceo, me caería una solfa de aúpa. Y ni os cuento si llegase a oídos de mi madre. ¡Temblaría el Misterio! Odia el ajedrez y, en cuanto me ve asomar tablero en ristre, me suelta una filípica. Imaginad lo que opinaría de saberme obispo de Vilhán.

—Lo mismo aplaudiría ufana y os rogaría unas clases.

—¿Qué clases me va a rogar, gañán? Mi madre no juega a los naipes.

—Precisamente la inquina que profesa hacia el ajedrez habla de una persona normal, y toda persona normal juega a los naipes, amigo mío. Varones, hembras, párvulos, vetustos, godos, rompepoyos, caletres cultivados, caletres en barbecho, los yermos también, la milicia, la curia… Apostaría la diestra a que hasta en el paraíso han abierto una leonera donde el Padre, el Hijo, el Espíritu Santo, los apóstoles e incluso la Virgen organizan timbas diarias. De seguro doña Margarita es una individua al uso y la pobre arrastra la peor de las cruces: convivir con los dos únicos golondrinos de la tontería que abominan de Vilhán y veneran la tarugada del ajedrez.

—La tarugada del ajedrez me permite vencer sin trampear y una victoria leal entraña una victoria honorable.

—¡Honor, honor, honor! —resopló Juan—. ¡Ángela María! ¡Qué aburrido resultáis! Tanto como el ajedrez. De veras que no logro comprender la gracia del juego. Un caracol cachazudo avanza más rápido que esas soporíferas partidas.

—Mi apreciado papanatas, el ajedrez es el juego de los caballeros. Mi padre hiló una coplilla sobre el particular: ajedrez, fragua del caballero, y del honor, escudero.

—¡Qué bonito! —se mofó Juan, estallando en carcajadas—. Sugiero una adaptación de la coplilla a vuestra nueva realidad. Un ejemplo: sopordrez, fragua del caballero, y Vilhán, especialidad de Alonso…, el fullero.

—Algún día os enseñaré las reglas del ajedrez y entonces aprenderéis a valorar el honor del caballero —anunció Alonso, coreando las risas.

—Mucho gallear sobre el honor del caballero, pero os pasáis las horas muertas sobando una desencuadernada con intenciones muy poco honorables.

—Según don Martín, en la necesidad no hay culpabilidad y yo floreo porque necesitamos comer. Mis trampas quedan, pues, libres de mácula y mi honor de caballero, intacto.

—Intacto ha quedado el ilustre ajedrez desde que puse una baraja en vuestras inquietantes manos —apuntó Juan—. Lo habéis exiliado y ahora os dedicáis a adobar el bolsillo del prójimo, tengáis el buche lleno o vacío.

—No he exiliado el ajedrez, cretino. Ocurre que su técnica ya la domino; no así la de los naipes y menos la del floreo; por eso he de entrenar. ¿No me cantáis la misma serenata cada amanecida? «Doctorarse en el arte del floreo requiere largas sesiones de intensa práctica».

—¡Qué práctica ni qué carajo! Vos no precisáis practicar nada. Esas diez falanges avisperas mayean por instinto. Acompañadme una noche al mandracho donde faeno. Os auguro un éxito rotundo y confieso que me pirraría veros en acción. Si en un lance callejero me dejáis despalabrado, en predios veteranos el espectáculo sería de hincar rodilla. Estimo menos aventurado meter a un zorro en el gallinero que a vos en un palomar.

—¡Ni de chanza! No defraudaré a mi padre pisando un espulgadero de esos. Si se enterase, le daría un síncope.

—¡No lo dudéis! —Corroboró Juan, reanudando las carcajadas—. Fundamentalmente, porque el virtuoso escudero del honor tardaría un jesús en erigirse prior del convento.

—Os reitero que aborrezco la trampa. Solo la empleo cuando el hambre aprieta.

—A otro perro con el hueso del hambre, zagal. Desde que el menda os cobijó bajo su ala, nunca os empiltráis sin antes haber cimbreado la quijada a placer. ¡Vamos, Alonso! Apead los melindres y venid a la coima. Conoceréis a mi jefe. Es un héroe de los Tercios siempre enroscado en una capa rebosante de glorias bélicas. ¡Ah, socio! Mis fantasías giran en torno a esa capa.

—¿Una capa os prende las fantasías? —preguntó Alonso en tono burlón—. ¡Caray, muchacho! Hacéoslo mirar. No pinta bien.

—No se trata de una capa cualquiera. Al parecer, ensabanado en ella, el miliciano apioló más herejes que ánimas penan en el infierno y la lleva enjordanada con sus reliquias. Un día me la agenciaré y bordonearé la Villa fingiéndome un aguerrido letrado de la espada. Los paisanos me loarán y doblarán el espinazo ante mí.

—Si ambicionáis garbear como un aguerrido letrado de la espada, alistaos y cosechad vuestras propias glorias, carahierro —recriminó Alonso sin vincular aquella capa a la que Luisa le describió—. ¡Dios bendito! ¡Qué afán de sisarlo todo! ¿Vuestro patrón se ha ganado las galanuras de su manteo? Entonces, merece disfrutarlas y no que un catacaldos esmirriado le aborte el contento para bordonear la Villa escupiendo humos ajenos.

—Lo que ha ganado mi patrón es una fortuna gracias a este catacaldos esmirriado —gruñó Juan—. Si él disfruta mi parné, yo disfrutaré sus galanuras. Grabaos mi profecía en la sujetacuellos: en un futuro cercano Juan de la Calle lucirá esa pelosa enreliquiada de herejes.

Alonso suspiró. Aunque aquellas amables charlas le ayudaban a no hundirse en la pena, ni de lejos la mitigaban, pues los días transcurrían y sus padres continuaban en paradero desconocido.

Dedicaba jornadas enteras a buscarlos. Acudía a los mentideros, acampaba en los aledaños de las cárceles de la ciudad esperando avistarlos o exploraba sitios susceptibles de alojar una secreta inquisitorial; pero no conseguía ni una miserable pista y la zozobra e incertidumbre iban en aumento.

A la anochecida regresaba a la covacha de Santa Isabel y trataba de aplacar el duelo escuchando las pillerías de sus amigos.

Tras la Zarandaja de la Sonrisa y la marcha de Juan a la coima, se quedaba con Antonio y le entretenía relatándole las peripecias de don Quijote, de Amadís de Gaula, de Lázaro de Tormes y de cuantos personajes se le ocurrían. Sin darse cuenta, intentaba retrasar el sueño del niño porque, cuando a este le vencía el cansancio y se dormía, las sombras retornaban e infestaban su ánimo de melancolía.

A menudo viajaban al camino del Molino Quemado y subían a los cerros de alrededor.

Allí sentados, frente al perfil de Madrid y luego de mandar a Antonio a jugar, Alonso contó a Juan lo acaecido desde el arresto. No obstante, omitió lo relativo al testamento de don Pelayo, pues, antes de mentarlo a nadie, debía averiguar el nexo que lo vinculaba al apuro de los Castro. Tampoco desveló la existencia de la Bolsa de la Esperanza; sin embargo, callar este asunto lo atribulaba porque, aunque prometió a Sebastián utilizarla en última instancia, consideraba mezquino celarla mientras Juan y Antonio le ofrecían todos sus haberes.

Una gélida tarde de febrero, en la cima de una de aquellas colinas y aprovechando que Antonio andaba distraído montando su caballo imaginario, Alonso no resistió los remordimientos y habló a Juan de la Bolsa de la Esperanza.

Lejos de enojarse, el muchacho comprendió las circunstancias y, después de quitar importancia al silencio de Alonso, comentó un detalle que le había sorprendido.

—¿De veras el picapleitos de las causas imposibles rechazó atenderos porque la Bolsa de la Esperanza se le antojó poca sustancia?

—Mismamente —confirmó Alonso, frunciendo el ceño al recordarlo—. ¿Sabéis algo? Cuando me espetó que mis dineros ni siquiera pagarían la reunión inaugural, sentí tal impotencia que descubrí mi vocación. Consagraré mi vida a Justiniano y me convertiré en un abogado que no ponga precio a la justicia.

—¿A quién decís que consagraréis vuestra vida?

—A Justiniano. Fue un emperador que compiló el Derecho Romano y formó el Corpus Iuris Civilis. Lo integran cuatro textos: el Digesto, las Instituciones, el Nuevo Código y las Novelas. En resumen, la biblia del jurista.

—¡La Virgen! —exclamó Juan, perplejo—. ¿De dónde diantres habéis sacado tamaña parlería de grulla engolada?

—De las Gradas de San Felipe. Las frecuento para indagar sobre mis padres y en ocasiones hociqueo en los cajones de los libreros. Tienen muchas obras de temática jurídica. En cuanto reúna guita, compraré una y empezaré a prepararme. Además, están escritas en latín y eso me permitirá ejercitar la lengua de los clásicos.

—¡A fe que sois raro, zagal! ¿Acaso no os gustan las comedias de Lope o los entremeses de Quiñones de Benavente como a cualquier cristiano?

—¿Acaso gustar del chocolate implica no gustar del vino?

—Si el chocolate equivale al tal Justinio, pediré asilo perpetuo en la cofradía de Baco —bromeó Juan.

—Justinio no, merluzo —rio Alonso—. Justiniano.

—¿Qué importa el nombre del fulano? Olvidaos de él y centraos en Vilhán. De justicia no se come, compadre. Primero, porque escasea y, segundo, porque no sacia. En cambio, explotad vuestra portentosa habilidad en el arte del floreo y nadaréis en bolsas de la esperanza.

—Lamento habérosla ocultado, Juan. No me guiaba la codicia, sino un juramento de honor. Debo gastarla en algo que me ayude a recuperar la esperanza.

—La esperanza ¿en qué?

—Según mi padre, la esperanza en conquistar mis sueños. No me preguntéis, sin embargo, a qué sueños aludía porque se me escapa. Se limitó a decirme que solo usase la Bolsa cuando me sintiera carente de esperanza y al borde del abismo. Entendí que se refería a una última oportunidad o una situación extrema. En el caso de Diego lo vi claro. Agonizaba de hambre y, estimando que su última oportunidad era la Inclusa, dejé allí la mitad. En cuanto al resto, intuyo que he de invertirlo en la situación extrema de mis padres; en una última oportunidad para ellos. Creí atisbarla en el amparo de un abogado, pero me estrellé y ahora ando desorientado. No logro descifrar en qué consiste la última oportunidad que esconde la Bolsa ni la manera de honrar mi promesa.

—Quizá no erráis en la idea del leguleyo y se trata de buscar otro de jornal más económico.

—Don Martín me dijo que pocos abogados aceptan enfrentarse al Santo Oficio. Al parecer, temen que les calcen los grilletes por defender herejes y la mayoría declina. Según el maestro, uno de esos pocos era el de las causas imposibles y, si los restantes miembros de tan reducida liga de corajudos cobran tarifas similares, no hallaré ninguno de jornal más económico. Encima, si naufragué ofreciendo el montante inicial, con la mitad ni siquiera me abrirán la puerta.

—Enseñadme los cuartos. ¿A cuánto asciende la vaina?

—A mucho, amigo —contestó Alonso, desplegando el hatillo sobre el suelo—. Mi padre ahorró durante años.

—¡Carajo! —Silbó Juan—. ¡Menudo potosí! ¿En serio había dos veces esto?

—En serio, aunque ya veis que de nada sirvió.

—No le sirvió al de los menesteres imposibles porque igual gobierna asuntos del Alcázar y de ahí sus honorarios. Perded cuidado. Encontraremos un profeta con los redondos de desafiar a los tonsurados, pero más barato.

—Insisto: dudo que haya corajudos más baratos y, si no resultó suficiente el montante inicial, menos suficiente resultará la mitad.

—Entonces, dupliquemos esa mitad y repongamos lo donado a la Inclusa. Acaso un corajudo no acepte lo que tenéis hoy, pero de seguro existe alguno cuyos honorarios no superan lo que teníais ayer.

—¿Y de qué forma la duplicaremos?

—De una en la que yo me muevo bastante bien y vuecencia, como pez en el agua —repuso Juan, guiñándole un ojo pícaro.

—¿Habláis de apostar a los naipes? —dedujo Alonso, escandalizado.

—A los naipes no; a los huesos de muerto… huesos de muerto beneficiados, huelga decir.

—¿A los dados? ¿Pretendéis apostar la última oportunidad de mis padres a los dados? ¿Y encima dados trucados? ¡Chanceáis!

—No chanceo, hermano. Se os da de guinda florear en los naipes, pero vuestro talento en los dados es de Dios salve a María.

—¿Os habéis envinado? —saltó Alonso, incrédulo—. No jugaré la esperanza de mis padres a los malditos dados.

—¡No os alborotéis! Solo intento restaurar el estado primitivo de la Bolsa para que podáis porfiar en el plan de contratar un doctrino aguerrido.

—¡Y una de abelarda, zagal! Intentáis liarme para organizar una tamborilada a mi costa. ¡Lo vuestro no tiene nombre!

—Sí lo tiene —sonrió Juan—. Se llama «oración a santa Marta, quien quiera pan que se lo parta». ¿Queréis un profeta y vais parco de perras? Conseguidlas. Poseéis capital y unas manos capaces de duplicarlo. No precisáis más.

—Prometí a mi padre utilizar la Bolsa en una situación extrema y una partida de dados no se me antoja una situación extrema.

—Le prometisteis gastar la Bolsa en algo que os ayudase a recuperar la esperanza. Si la duplicáis, recuperaréis la esperanza de agenciaros un togado que auxilie a los Castro en una situación extrema. En consecuencia, no quebrantaréis la promesa.

—¿Y qué hay del código de Vilhán? Me lo habéis repetido hasta romperme la testa. Regla número uno: «dineros ganados con naipes jugados, a Vilhán dineros dados». Regla número dos: «Vilhán advierte: negros augurios para quien saca peculio de mis tugurios». ¿Desvarío o eso significa que, de invertir las rentas del juego en cosa diferente al juego, la mala suerte asoma? ¡Lo que les faltaba a mis padres! ¡Mala suerte!

—Aunque así reza el pater noster del juego, no temáis; el viejo Vilhán comprenderá la bondad de nuestra causa. Pensadlo bien, Alonso. Necesitáis duplicar la heredad actual, os urge hacerlo y Vilhán os ofrece la posibilidad de lograrlo. Una luna y convertiremos la Bolsa de la Esperanza en el tesoro de los templarios.

—Los templarios caminarían sobre ascuas antes de aproximar su tesoro a vuestra mente enferma —graznó Alonso.

—Los templarios caminarían sobre ascuas con tal de captar a un genio del floreo como vos para que les multiplique su tesoro desencuadernada mediante —se carcajeó Juan—. Bueno, ¿qué? ¿Aceptáis la oración de santa Marta?

—La acepto —suspiró Alonso tras un instante de reflexión—. Que Dios me perdone, pero, excepto abrazar el bendito credo de santa Marta, no veo otra forma de socorrer a mis padres.

—¡Magnífico! —Aplaudió Juan, encantado.

—Ilustradme, pues. ¿Dónde actuaremos?

—En el garito de mi patrón.

—¡Olvidadlo! Os reitero que no entraré en una caverna de esas.

—¿Y dónde pretendéis hacerlo? ¿En la escuela del abuelito don Martín?

—En alguno de los sitios donde acudimos habitualmente. En el cementerio de la parroquia de Santa Cruz se envida fuerte.

—Insuficiente, socio. Nosotros perseguimos una apuesta de calado y las apuestas de calado se suceden en las coimas.

—De acuerdo —cedió Alonso en tono resuelto—. Por mis padres al mismo infierno bajaría. Explicadme el tiento.

—Arribaréis a la oscurecida y simularéis no conocerme. Plantaréis silla ante una tabla y jugaréis a los naipes sin ambición, es decir, apostando flojo, ganando unas veces y perdiendo otras; aunque perded lo menos posible para así llegar a la madrugada con la bolsa casi intacta.

—¿Puedo plantar silla en cualquier tabla?

—En cualquiera, salvo en la mía. Rebosa blancos a los que he de esquilmar y, aparte de no ser blanco, no os conviene que ni yo ni nadie os esquilme. Recordad que tenéis que llegar a la madrugada con la bolsa casi intacta.

—Entendido.

—Avanzada la noche, disminuyen las redadas policiales contra el juego ilegal. Entonces mi patrón saca los vigías a la calle, cierra el mandracho y comienzan las partidas de dados. Ahí daréis el golpe.

—Jugando al veintiuno, ¿cierto?

—Talmente. Al principio debéis perder siempre, de modo que presentad envites veniales y reservad la mayor parte de los cuartos para el final. Yo desplumaré al resto y los obligaré a retirarse. En cuanto quedemos solos, apostaréis todo a una única rifa, palmearéis los albaneses limpios, meteréis los trucados y listo. Bolsa duplicada. ¿Qué os parece?

—La oratada de un desnortado, eso me parece —masculló Alonso, palideciendo—. ¿Ejercer de brechero en una única tirada con una fortuna en juego? ¡Fabuláis! Resultaría menos peligroso atarme una piedra a los tobillos y lanzarme al mar. Vuestro patrón no me quitará ojo y me pillará.

—Admito que el miliciano las caza al vuelo, pero vos sois capítulo aparte, compadre. No os pillará. Os he visto palmear dados y, ni sabiendo que lo estáis haciendo, consigo distinguir ni cuándo ni cómo diablos lo hacéis. Se os da mejor que a una vaca pastar, ¡mal rayo os parta!

—¿Y no habéis pensado que, si perdéis una partida de semejante envergadura, el soldado os despedirá?

—La manera en que procederemos no mostrará un fallo mío, sino un acierto vuestro. A lo sumo, me tocará tragarme una epístola y arreando.

—De corazón os lo agradezco, pero no puedo aceptarlo. Si nos trinca compinchados, no se limitará a soltaros una epístola; os dejará sin pelos en la cabeza y acaso sin cabeza. El asunto me viene grande, Juan. Existe un trecho largo entre sangrar un puñado de maravedís en la calle y segar amarillos a los palanquines profesionales que frecuentan una casa de Ginebra.

—Ocurre que necesitamos amarillos, Alonso. Ducados de oro contantes y sonantes.

—No me atrevo, amigo. Nunca he pisado una coima y no soy más que un novicio. Me temo que el entusiasmo os ciega y veis flores donde solo hay capullos.

—En esos dedos novicios no veo flores; veo una insólita, asombrosa y exuberante primavera. Vivo de Vilhán, camarada, y sé de lo que hablo. No me arriesgaría a que nos renglonen el frontispicio si no os creyese capaz de aplastar a un ejército entero de cuervos.

—Confiáis demasiado en mí. ¿Y si os cedo la bolsa y consumáis vos el asalto? Estáis más ruado en estas lides.

—De consumar yo el asalto, perderíamos la bolsa porque al término de cada jornada debo entregar al patrón los frutos de mi faenar. Sin embargo, si me dais revesa y me hacéis mesa gallega, nada me exigirá, pues nada habré ganado.

—¿Qué significa dar revesa y hacer mesa gallega?

—Cuando un fullero vence a otro floreándole, le da revesa y, cuando un jugador despluma al contrario, le hace mesa gallega.

—Lo que os digo: confiáis demasiado en mí —se lamentó Alonso, aterrado—. ¡Ni siquiera conozco la jerigonza!

—Entonces, mantened la boca cerrada. Y ni se os ocurra mencionar el ajedrez ni a Justinio ni ninguna de las badajadas que tanto os deleitan. En una leonera, o se garla de naipes, o no se garla.

—Lo que no me queda claro es si he de fingirme blanco o negro.

—Os lo acabo de decir, compadre. Ni blanco ni negro. Os fingiréis versado; entendéis de naipes, pero no mauleáis.

—¿Y si los enganchadores me piensan blanco e intentan guiarme a vuestra tabla?

—Ni el más torpe de los enganchadores os pensaría blanco enjaezado con esas trazas de Lucifer. Creedme: no se os arrimarán.

—Se os escapa un detalle. Si yo debo fingirme versado y vos solo podéis sangrar a blancos, ¿cómo coincidiremos en una misma mesa?

—En los naipes solo puedo sangrar a blancos, pero en los albaneses también puedo sangrar a versados.

—¿Por qué la diferencia?

—En los naipes existen múltiples flores y mi patrón no desea exponerse a que un versado me descuerne alguna. Un descuerno de flor le arruinaría el negocio y de ahí sus cautelas. Sin embargo, en los albaneses únicamente existe una tarafada: la palma; dados limpios por dados trucados o, dicho en jerga de Vilhán, dados limpios por fustas, que es el término correcto para referirse a los dados trucados. Se trata de una trampa muy difícil de ejecutar, pero, de hacerlo bien, ni los versados la advierten. Como un servidor gasta maña y nadie se percata de mis palmas, el jefe me permite ampliar horizontes.

—Así pues, no se opondrá a que me instale en vuestra mesa.

—No se opondrá si durante la noche ha comprobado que no mauleáis. De lo contrario, me ordenará trasladarme y habremos de abortar el plan.

—¿Acaso se dedicará a vigilarme? —inquirió Alonso, atragantado.

—A vos y a todo cristiano que entra en el garito. Cataloga a la parroquia y, conforme a ello, imparte directrices a sus empleados mediante señas. Por eso absteneos de maulear hasta el momento convenido. Si os precipitáis y le suscitáis sospechas, nos impedirá compartir juego.

—Imaginemos que no lo impide. ¿Cómo transcurrirá el baile?

—Cuando empiecen las partidas de dados, antes de plantar silla en mi tabla, lo haréis en cualquier otra, apostaréis flojo y perderéis. Después cambiaréis de mesa pretextando suerte flácida y os acomodaréis en la mía. Nos encontraréis envidando a cuatro dados o a tres. Continuad igual: apuesta floja y pérdida. En cuanto los ánimos se exalten y alguien proponga rondas más arriscadas, surgirá el típico juego de dos dados.

—El veintiuno.

—Exacto, y ahí culminaremos —confirmó Juan, frotándose las manos—. Yo palmearé a todos los participantes, incluido a vos; pero no lo olvidéis: apuesta floja y pérdida tibia para poder multiplicar la bolsa lo máximo posible. Cuando nos quedemos solos, alegaréis sentir el hálito de la diosa Fortuna y ofreceréis la bolsa a una tirada. Entonces mi patrón me indicará que coja el guante.

—¿Y si os indica que lo rechacéis?

—No lo hará. Es mucha hacienda y no resistirá la tentación de agenciársela.

—De modo que cogeréis mi guante e intentaréis ganarme palmeando.

—Lo intentaré, pero no lo conseguiré —matizó Juan.

—Describidme vuestra palma.

—El patrón elude las suspicacias de la clientela prohibiéndome alcanzar el veintiuno. Mis fustas suman veinte puntos, resultado que me asegura la victoria, pues los rivales no apuran tanto y siempre se plantan antes. Solo pierdo cuando alguien logra un veintiuno.

—Y, como mis fustas sí sumarán veintiuno, yo seré ese alguien —dedujo Alonso—. Por eso decís que la artimaña no mostrará un fallo vuestro, sino un acierto mío.

—En efecto, y, en habiéndoos comportado cual honesto versado desde el principio, el jefe no maliciará.

—¿No os turba la conciencia traicionar a quien os procura labor y jornal?

—Le traicionaré una única vez y por un amigo —contestó Juan, encogiéndose de hombros—. Además, apenas notará el roto. Le he generado tanto grano que podría comprarse el Alcázar. En verdad me juego la pelleja haciéndole un judas y palabra de san Junco que solo pretendo ayudaros, pero lo admito: el desafío me seduce en gordo.

—Si os descubre…

—Lo sé, hermano. Si me descubre, desenvainará la temeraria y me mandará al cielo de un per signum crucis; sin embargo, como yo soy un maestro y vos, un milagro de la Naturaleza, ni se pispará.

—No me convence, Juan. Palmear dados me resulta muy complicado. Me apaño mejor floreando en los naipes. Apostemos en sangrado y ganemos poco a poco.

—En sangrado necesitaríamos varias noches para duplicar la bolsa y vos solo podéis aparecer en la coima una; a la segunda, el jefe os tendrá calado.

—En tal caso, organicemos una estocada. Insisto: me apaño mejor floreando en los naipes.

—Mi patrón autoriza las estocadas exclusivamente cuando se lo pide un compadre a quien quiere favorecer… trampeando, claro. Y no autoriza cualquier estocada, sino una muy concreta. Contrató a un experto en trucar barajas destinadas al juego del parar y solo licencia ese tipo de estocada, estocada amañada en la que, como imagino que imagináis, el compadre de mi patrón lleva las de ganar.

—Ya me lo comentasteis; sin embargo, según el amaño que detallasteis, yo trucaría mi propia baraja y luego daría el cambiazo.

—Cambiar la baraja en mitad de un parar roza lo imposible, Alonso. Los jugadores apenas la tocan.

—La tocan cuando la revisan. Ahí se cambia y yo puedo hacerlo.

—No lo dudo y os aseguro que me gustaría presenciar tamaña proeza, pero os reitero que mi patrón solo autoriza estocadas si se lo pide un compadre. De no terciarse esa circunstancia, adiós al golpe.

—No lo entiendo. ¿Por qué discrimina entre albaneses y estocadas? Ambas modalidades son ilegales.

—Si los varados trincan un palomar celebrando estocadas, lo clausuran sí o sí. No aceptan sobornos. Sin embargo, y aunque se me escapa el motivo, toleran los dados… unte mediante, huelga decir.

—¿Y si arbitrásemos las dos opciones? Intento la estocada y, de no encartarse, nos centramos en los albaneses.

—Ni hablar, socio. No se entra en la gruta del lobo feroz arbitrando opciones ni confiando en el azar. Se entra portando un plan bien atado y dispuesto a acatarlo. O damos la uñada en los albaneses y de la manera establecida, o desistimos.

—De acuerdo —se resignó Alonso—. Adjudicado, pues, a los albaneses. Al fin y al cabo, ¿qué importa? De una u otra forma, saldremos con los pies por delante.

—De eso nada. Saldremos andando y con la Bolsa de la Esperanza duplicada.

—Suponed que lo conseguimos. ¿Qué creéis que me sucederá cuando abandone la coima? Vuestro patrón no consentirá semejante desfalco.

—A fe que no —convino Juan, reflexivo—. Enviará a sus sayones tras de vos para emboscaros y vendimiaros la faltriquera. Tampoco os recomiendo correr porque, en cuanto los vigías de fuera os vean apremiar el remo, adivinarán que vais cargado de cuartos y, luego de desabrocharos el cuello de un trasquilón, os quitarán la talega.

—Entonces, ¿qué hago? No puedo evaporarme.

—Haréis lo siguiente: saldréis silbando tranquilamente y os dirigiréis al Tapón del Rastro[79]. En la esquina, al comienzo de Embajadores, hallaréis un corral deshabitado. Refugiaos allí y, solo cuando os cercioréis de que el peligro ha pasado, marchad a casa.

—¡Dios bendito! —balbuceó Alonso, acongojado—. Lo pienso y me tiemblan las pestañas.

—Que tiemble mejor la coima —bromeó Juan—. ¡El Poseidón del Naipe ha despertado! Esgrimirá su tridente y forjará tal tormenta que ni la tribu del arca de Noé se librará del diluvio.

—Hablo en serio, amigo. Me pondré muy nervioso y las manos no obedecerán mis órdenes.

—No necesitáis impartir órdenes a vuestras manos, Alonso. Ya se encargan ellas de danzar solas y de magistral guisa, por cierto. Además, se me ocurre que la Bolsa de la Esperanza desea ir al mandracho de mi patrón y de ahí que haya propiciado esta tertulia.

—¿Cómo que la Bolsa de la Esperanza desea ir al mandracho de vuestro patrón? —replicó Alonso, perplejo—. Es un harapo lleno de redondas, Juan, no una dama rogando paseo.

—Es misteriosa, compadre. Harto misteriosa. En mi opinión, conoce su destino e intenta guiaros hasta él. Ignoro si ese destino reside en los lares de un leguleyo o en otro sitio, pero intuyo que, llegado el momento, os lo participará. Mientras, os sugiero que le prestéis mientes porque el final del camino depende del camino que sigáis y la Bolsa os está indicando qué camino debéis seguir. Aparcad, pues, el insultante título de «harapo lleno de redondas» y tratadla como lo que me barrunto es en realidad: una especie de ángel de la guarda a quien el plumilla encomendó vuestro cuidado en caso de infortunio.

—¡Qué curioso! —se sorprendió Alonso—. Mi padre dijo algo similar cuando me la mostró. Le pregunté si deshonraría mi promesa empleándola en un lance que erróneamente estimase extremo y me respondió que eso no pasaría; que confiase en la Bolsa porque ella prendería luz en mis peores tinieblas.

—¿Lo veis? —arguyó Juan, irguiéndose ufano—. Admitidlo: soy un genio.

—Moderad el cacareo, chanfaina. Mi padre dijo que la Bolsa prendería luz en mis tinieblas, no que me conduciría a las tinieblas de un boliche para violetear al bolichero.

—Recapitulemos la historia y comprobaréis que todo encaja. Primero el plumilla os enseñó la Bolsa y os arrancó un juramento sobre la manera de usarla; después os aseguró que la olvidaríais y que, de precisarlo, la Bolsa os instaría a evocarla, y, cuando la profecía se cumplió, señal de que el ángel de la guarda empezó a trabajar, resolvisteis invertirla en el doctrino de los imposibles, pero naufragasteis, de lo que se desprende que la Bolsa no comulgaba con la idea.

»Luego decidisteis donar la mitad a la Inclusa en favor de Diego y, como vuestro viejo también encargó el cuidado del párvulo al ángel de la guarda, la Bolsa os permitió proceder. A continuación, dos veces amagasteis gastarla en yantar y las dos fracasasteis; sin embargo, ambos fracasos no parecen casuales, pues se concatenaron hasta provocar nuestro reencuentro. ¿Por qué? Porque la Bolsa quería que vos y yo nos reencontrásemos.

—De modo que la Bolsa gestó nuestro reencuentro porque se le antojó una noche de farra en la coima —resumió Alonso, escéptico.

—Exacto —rio Juan—. La bribona nos ha salido viciosilla.

—¡Vamos, hombre! ¡Menuda estupidez!

—Dejadme terminar y veréis que no es ninguna estupidez. Después de nuestro reencuentro, me habéis ocultado la Bolsa y solo habéis desembuchado tras descubrir que sois un catedrático en la ciencia de Vilhán.

—¿Y creéis que la Bolsa me ha empujado a desvelaros su existencia porque sabía que me propondríais socorrer a mis padres apostándola a los dados?

—No lo creo. Lo afirmo. ¿No os dais cuenta? Habéis empleado la Bolsa exclusivamente en los menesteres que ella os ha permitido. En consecuencia, si me equivoco y de veras no desea que la apostéis, de seguro lo impedirá. Algo sucederá que nos obligará a abortar el plan, igual que ocurrió cuando pretendíais gastarla en comida y ni los insultos contra los Castro en la Puerta del Sol ni el auxilio a Antonio en la Plaza Mayor os posibilitaron el empeño. Pero, si, como presumo, desea una romería a los feudos de Vilhán, nos marmoleará el camino para entrar.

—Confío en que se apiade de nosotros y también nos marmolee el camino para salir —refunfuñó Alonso.

—Entonces, ¿qué, socio? ¿Nos vamos de romería?

—¡Qué remedio! Si la dama Bolsa desea romería, romería le daremos y que Dios nos proteja.

—Sea, pues —concluyó Juan—. Lo haremos mañana. Mientras, os describiré los guiños, muecas y señas que el personal de la coima utilizamos para comunicarnos. Así podréis reaccionar ante cualquier imprevisto.

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