Libelo de sangre

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CAPÍTULO 48 Floreando en la coima

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CAPÍTULO 48Floreando en la coima

La coima de Márquez era una casa a la malicia enclavada en una travesía de pronunciada cuesta entre la calle Toledo y la plaza de la Cebada.

Como toda casa a la malicia, mostraba menos de lo que tenía, porque, aunque la fachada presentaba una sola planta, el desnivel del terreno posibilitó la construcción de un sótano donde se ubicaba el negocio.

La casa se abría al exterior mediante un tragaluz diminuto y una puerta. No era la única puerta, sin embargo; en el salón de juego del sótano, camuflada tras una estantería, había otra que, en caso de redada policial, se utilizaba para escapar. En realidad, no se trataba de una puerta, sino de una embocadura que conectaba con la vivienda colindante; en concreto, con la alcoba matrimonial, peculiar circunstancia que procuraba al vecino acceso gratuito al garito, velas y vino a placer cuatro veces semanales a cambio de consentir irrupciones intempestivas de madrugada independientemente del menester que ocupase a los cónyuges en ese momento.

Así, en cuanto los vigías de fuera emitían el silbido de alerta, se desplazaba la estantería, los tramposos cruzaban el muro y el lugar quedaba prístino de pecado.

Juan y Alonso partieron juntos a la coima, pero, a la altura del Colegio Imperial, Juan se detuvo.

—Hemos de separarnos aquí —anunció—. Al entrar, el cancerbero os exigirá la paila. Es el nombre del arancel que otorga derecho de paso y de apuesta. Serán dos reales.

—De acuerdo —respondió Alonso, atragantado de miedo.

—Recordad: nunca nos hemos visto. No me miréis siquiera. El jefe huele a distancia los compincheos y, al mínimo guiño que capte, recelará. Y, sobre todo, absteneos de trifulcas. Si alguien intenta gresca, ignoradle, porque bajo ningún concepto debéis llamar la atención. Ojo avizor, oreja tiesa, mano presta y pico cerrado. ¿Me habéis entendido?

—Tranquilo. Estoy tan acongojado que apenas puedo articular palabra; mucho menos liar una escarzaperros.

—Hablo en serio, Alonso. Nada de bernardinas. Conozco bien vuestro temperamento y lo temo más que una gallina la olla. En la escuela me bastaba un pestañeo para que sacarais las uñas y hoy necesitamos dedos ágiles, no uñas crispadas.

—Perded cuidado. Templaré los bríos. Por cierto, aunque no hemos previsto la estocada, me he fabricado una baraja que neutraliza las de vuestro patrón en el juego del parar.

—¡Y vuelta la mula al trigo! —resopló Juan—. Os reitero que maulear un parar roza la utopía. No me toquéis las turmas y ceñíos al plan.

—Eso pretendo, pero mi padre siempre dice que hombre precavido tarda el doble en caer herido. No sabemos lo que nos depara la noche y solo trato de cubrir todos los flancos.

—Gastad prudencia y la noche nos deparará un éxito rotundo; haced de vuestra capa un sayo y dormiremos en el camposanto.

—Prefiero el éxito al camposanto, así que gastaré prudencia.

—Adelante, entonces. Confiad en la Bolsa de la Esperanza y en vuestro talento. «Soy el rey del floreo y con Vilhán no titubeo». Tararead esa letrilla de continuo y os sentiréis mejor.

—¿De veras creéis que me sentiré mejor cantando que soy un fullero? —protestó Alonso, malhumorado—. ¡Menudo consuelo!

—Aunque no os sintáis mejor, os sentiréis un fullero y, como tal precisamos, porfiad en la romanza. He de marchar ya. ¡Ánimo, amigo! Va por los Castro.

—Por ellos va.

Al quedar solo, Alonso reprimió las ganas de largarse. Tenía el cuerpo bañado en sudor, la lengua pastosa, un nudo en el estómago y el corazón a punto de estallar.

—Soy el rey del floreo y con Vilhán no titubeo —murmuró de manera inconsciente—. Soy el rey del floreo y con Vilhán no titubeo.

Sin dejar de recitar la coplilla, se embozó en la capa, se caló el sombrero, adoptó el gesto más estremecedor que encontró en su arsenal de muecas, carraspeó preparando la voz gutural que tan útil le resultaba y, luego de respirar hondo, se dirigió al mandracho.

—Paila de coima: dos reales —exhortó el portero, extendiendo la mano.

Alonso pagó, entró y bajó una estrecha escalera rumbo al salón de juego del sótano. Ya desde la escalera, vio y olió el lugar. Se trataba de un recinto cuadrado, amplio y carente de ventanas sumido en una hedionda peste a orín, vino agrio y al aceite que los candiles quemaban.

Una auténtica turba de paisanos atestaba el lugar. Unos maldecían su suerte; otros la bendecían; muchos bebían; bastantes mascaban tabaco; la mayoría lo esputaba; un par aliviaba la vejiga en una bacinilla; varios pares, en un rincón; casi todos jugaban; unos pocos miraban, y ninguno callaba. El guirigay era ensordecedor y la actividad, frenética.

Absorto en la caótica estampa y al tiempo aterrado, Alonso interrumpió el descenso sin advertir que estaba obstruyendo el tráfico de la escalera.

—¿Qué hacéis ahí apalancado, estúpido? —gritó un hombre a su espalda, propinándole un empujón.

Intentando evitar la reyerta, Alonso apretó los puños y se contuvo… hasta que el empujón se repitió.

—¿Estáis uva o simplemente sois imbécil? —le increpó el hombre, que, pese a hallarse un peldaño más arriba, no le llegaba al pecho.

—Ni estoy uva ni soy imbécil —siseó Alonso, girándose cual sombra negra—. Empujadme de nuevo y lo lamentaréis.

—¿Qué carajo rezáis? Habláis de un tenue que no os oigo. ¿Acaso os pensáis en misa y comulgando? ¡Moveos de una vez, rediez!

Al tercer empellón, Alonso se cernió sobre su agresor oculta la faz bajo el ala del chapeo.

—He dicho que, como me empujéis de nuevo, lo lament…

—¿Me permiten, señores? —intervino Juan, que, atento a la aparición de Alonso, había presenciado el enfrentamiento y corrió a abortarlo—. He de subir y están estorbando el tránsito.

—La culpa es de este escarabajo arbolado que no me deja pasar —objetó el pendenciero.

—Caballero, por favor —demandó Juan a Alonso, lanzándole una mirada fulminante—. Apartaos y tengamos la fiesta en paz.

Sin mediar palabra, Alonso se volvió, terminó de bajar la escalera y se adentró en el salón.

Consciente de que estaba muy tenso, buscó un recoveco discreto donde serenarse antes de empezar a jugar y lo encontró en un chaflán tan oscuro que, en cuanto se refugió allí, la negrura se lo tragó.

Pensando que, si se concentraba en algo diferente a lo que se disponía a hacer, lograría calmarse, se sentó en un taburete y se dedicó a inspeccionar el local.

El adobe de los tabiques lucía grisáceo y colmado de humedades; meados, escupitajos, bolas de tabaco, restos de aceite y charcos de vino emporcaban la tierra batida del suelo; de los troncos que artesonaban el techo colgaban telarañas, y de las telarañas colgaban sus tejedoras prestas a engullir a los bichos capturados.

Alonso contó unas veinte mesas. Añosas, de pino rancio y desvencijadas, sobre ellas había velas, barajas, frascas vacías, montoncillos de monedas e innumerables invertebrados. Alrededor, decenas de rostros manifestaban muy dispares emociones. Unos exhibían júbilo; otros, descontento; algunos, tedio; los más curtidos, impavidez, y demasiados, desesperación.

La mayoría mantenía las cartas besando el tablero y procuraba truncar aquel beso lo menos posible, sansónica precaución esencial en los predios de Vilhán, pues a la espalda de todo jugador, entre los espectadores, solían instalarse los guiñones, chivatos encargados de soplar al fullero con quien estaban conchabados la mano del adversario.

Para conseguirlo, elevaban las cejas, cerraban los ojos, se los frotaban, parpadeaban, bostezaban, se calaban el sombrero, se lo quitaban, lo ladeaban, se atusaban el pelo por la izquierda, por la derecha, por el centro, lo revolvían, se acariciaban la barbilla, la oreja, la nariz, la mejilla, estiraban el cuello, lo encorvaban, suspiraban, soltaban una tosecilla, un estornudo, una risotada, un exabrupto, un gargajo, un eructo… El surtido de mohines era variadísimo; la imaginación de los actores, extraordinariamente fértil, y las partidas, un impresionante despliegue de lenguaje gestual que, con indudable fundamento, originaba la denominación de los gesticulantes: guiñones.

La barra, un tablón apoyado en cuatro bastidores, se encontraba en un lateral de la sala. Detrás de ella se alzaban tres cántaras de arcilla con dos arrobas de vino cada una y tal legión de moscas en la superficie que esta parecía una alfombra negra.

Un hombre de rollizas carnes sumergía jarras en las cántaras, las llenaba de caldo y moscas, las ponía sobre el madero e indicaba a media docena de individuos que las repartieran entre la clientela. Alonso observó que de cuando en cuando el tipo escanciaba una vasija de agua en las cántaras, de forma que, aunque el color del vino iba clareando, el nivel nunca bajaba.

—Ese balde sin fondo debe terminar las noches más limpio que el alma de Cristo —murmuró, divertido.

De pronto, vio acercarse a Juan en actitud poco cordial.

—¿No acordamos que nada de bernardinas, Alonso? —le recriminó, simulando buscar una silla—. ¡Demontres con el zagal! Todavía no ha puesto pie en tierra y ya me lo encuentro enzarzado.

—He tolerado dos tantarantanes y al tercero he tenido que defenderme. No me beneficia parecer un temebrisas.

—Prefiero un temebrisas a un fabricavientos. Si mi patrón os pilla armando jaleo, os echará de una patada en el estantino y, entonces, fin del baile. Así que templad, ¡diantres!

Y, agarrando una banqueta, se alejó.

Alonso inspiró hondo y, al reanudar el escrutinio del lugar, se fijó en un hombre que acababa de entrar.

Lucía calzas de modesto pico de a real, una ropilla de perpetuán cuyo vetusto aspecto indicaba una capacidad de perpetua resistencia al paso del tiempo que honraba el nombre del tejido, un harapiento ferreruelo de anascote y la típica cara de alelado que alertaba a los enganchadores. De inmediato, uno de los que Alonso se barruntó ejercientes de ese oficio se aproximó al recién llegado, le sonrió, le rodeó los hombros en ademán fraternal y, enredándole en una locuaz cháchara, lo condujo a la mesa de Juan.

—¡Mozo! —gritó un parroquiano—. Traed un orinal que la barjuleta me va a estallar.

—Otro cuartillo de morapio —reclamó un segundo.

—Y un par de ceras —añadió un tercero—. Aquí no se ve ni la boñiga de un rocín.

La coima únicamente empleaba al sujeto del mostrador, cuya labor, amén de bautizar el vino, consistía en depositar las comandas en la barra. Aunque correspondía al cliente ir a recoger su bebida, existía un gremio, el de los entretenidos, que, pese a no integrar la plantilla del garito, acudía a diario a él y, a cambio de ínfimas propinas, ahorraba paseos al personal.

El sistema beneficiaba a todos. El garitero disponía de camareros gratis e incrementaba los ingresos, porque, cuanto más fácil resultase consumir, más se consumiría; los entretenidos ganaban unas perrillas, y los clientes evitaban inoportunos desplazamientos, lo cual les permitía concentrarse en lo importante: el juego.

El efusivo abrazo de dos hombres atrajo la atención de Alonso. Aunque, a juzgar por su indumentaria, ambos parecían soldados, uno de ellos se le antojó miliciano de categoría, pues portaba casaca y una banda roja cruzada al pecho. El otro lucía un chambergo azul empenachado de rojo y una capa también roja de la que pendía una colección de mechones de pelo. Al advertir aquel detalle, Alonso frunció el ceño.

«Yo he conversado con alguien sobre un fieltro repleto de guedejas», caviló, intentando hacer memoria. «Juan contó que su patrón siempre lleva uno enjaezado de guisa extraña, pero no mencionó greñas, sino reliquias herejes, así que no puede tratarse de él. ¡Piensa, Alonso! ¿Quién te ha hablado de una pelleja abarrotada de mechones de pelo?».

—¡Soldado Márquez! —exclamó el oficial—. ¡Qué gusto saludaros!

—El gusto es mío, sargento Salcedo. ¿Dónde diablos os metéis? Lustros ha que no asomáis el hocico.

«¿Márquez y Salcedo?», rumió Alonso. «¡Diantres! Esos apellidos me suenan».

Cuando Salcedo se descubrió la testa y, en vez del ojo izquierdo, divisó un costurón, los recuerdos, aunque vagos, empezaron a llegarle; pero, cuando, de forma instintiva, clavó la mirada en la diestra de Márquez y reparó en los dedos huecos del guante, las últimas palabras de una muchacha que expiró en su regazo le sacudieron las mientes.

—Soldados de los Tercios. Sargento Salcedo. Le falta el ojo izquierdo. Soldado Márquez. Su mano derecha es un pulgar zurcido a un muñón. Luce un chapeo azul con plumas rojas y una capa también roja repleta de mechones de pelo en la pechera. Los corta a todas las infelices que estupra y asesina.

Un escalofrío le recorrió la espalda. ¡Claro! ¡Márquez y Salcedo! Los salvajes que mataron a Luisa.

Mientras, la pareja de bellacos proseguía su apacible charla.

—¡La vida os mima, camarada! —comentó Salcedo, sacando un parche de cuero del bolsillo de su casaca y colocándoselo sobre la cicatriz ocular—. Tenéis la leonera a reventar.

—Hay días mejores y días peores, pero, en general, no me quejo —respondió Márquez—. Hoy se ha celebrado feria y los forasteros no perdonan la partida.

Alonso se estremeció. ¿Márquez era el dueño del garito? ¿El patrón de Juan? ¿Pero cómo no se había percatado hasta entonces de semejante cosa? Ante la descripción de un miliciano llamado Márquez, manco y portador de una capa enmelenada, habría evocado a Luisa en el acto.

«No me percaté porque Juan nunca citó ni el nombre del fulano ni la tara de la diestra ni la pelambrera del manteo», se explicó a sí mismo. «Ese canalla ha engañado a mi compadre contándole un cuento de glorias bélicas y reliquias de herejes cuando, en realidad, es un miserable violador de mujeres y sus reliquias, los cabellos que les descuaja luego de masacrarlas».

En ese momento los hombres zanjaron el palique y se separaron. Salcedo plantó silla en una mesa de juego y Márquez se encaminó a la barra.

«¿Y pretendemos sangrar el bolsillo de tamaño hideputa?», pensó Alonso, horrorizado. «¡Ángela María! ¡De esta salimos en derechura al camposanto!».

La voz de Luisa volvió a tintinearle en los oídos.

—Que paguen esta infamia. No descansaré hasta que purguen su pecado.

—Hallaré el modo de vengaros y procurar paz a vuestra alma —había contestado él—. Os lo prometo.

Al rememorar aquella conversación, supo que la insólita forma de conocer a Márquez y Salcedo no se debía al azar. El destino, o quizá el ánima errante de Luisa, le había cruzado con ellos esa noche para ayudarle a cumplir su promesa y, habiéndose producido el encuentro en una coima, solo se le ocurría una manera de hacerlo: desplumándolos.

—De acuerdo, Luisa —musitó, trocando el miedo en determinación—. Vuestro tiempo de desquite ha llegado. Juan me matará por esquinar el plan, pero os prometí que lavaría vuestra afrenta y honraré mi palabra.

Sumergido en el embozo de la capa y las umbrías del sombrero, se dirigió a la mesa de Salcedo y, uniéndose al público que contemplaba la partida, dedicó un rato a estudiar la técnica del soldado.

El tosco barajado revelaba parca pericia y sus soslayadas miradas a los rivales, o más concretamente a los individuos afincados tras los rivales, delataban que trampeaba y que, incapaz de hacerlo por sí mismo, necesitaba apoyarse en guiñones.

Luego de varias manos, el desdichado sentado frente a Salcedo abandonó la mesa bastante menos rico de lo que llegó, y Alonso se apresuró a ocupar su puesto.

Apostaban al juego de la primera, donde cada carta tenía una puntuación. Las figuras valían diez puntos; los doses, treses, cuatros y cincos, doce, trece, catorce y quince puntos, respectivamente; los ases, dieciséis puntos; los seises, dieciocho, y los sietes, veintiuno.

Se repartían cuatro naipes y ganaba quien obtenía un flux, consistente en reunir los cuatro naipes de un mismo palo. Después del flux, la máxima suerte residía en la suma de cincuenta y cinco puntos también de un mismo palo, lo cual exigía cosechar un siete, un seis y un as. Al flux y al cincuenta y cinco le seguía la quínola o primera, que implicaba agenciarse cuatro naipes de palos distintos. Si el lance culminaba en dos fluxes o dos quínolas, vencían los de mayor puntuación y, de no sucederse ni flux ni cincuenta y cinco ni quínola, triunfaba el que más puntos acumulase en naipes de igual palo.

Alonso comenzó respetando el plan y comportándose como un versado cauteloso; envidaba flojo, se plantaba en la ocasión propicia y escondía las cartas al guiñón de detrás. Pese a todo, Salcedo apenas perdía, pues el resto de sus soplones no hallaban dificultad en vislumbrar la mano de los demás jugadores, que poco a poco fueron retirándose.

Cuando al final solo quedaron Salcedo y Alonso, este resolvió continuar en la senda de la integridad hasta que alguien se enrolase en la partida y solicitase un trueque de baraja.

Aunque el trueque de baraja era una demanda habitual destinada a sacar de la partida unos naipes quizá trucados e introducir otros limpios, únicamente los blancos y los versados la formulaban con esa intención; los marrulleros perseguían metas diferentes, que, si bien variaban según la habilidad del marrullero en cuestión, todas tenían un denominador común: la trampa.

Así, los marrulleros mediocres requerían el cambio, pero no para asegurarse una baraja limpia, sino para agenciarse una que ellos mismos habían marcado, cosa que conseguían de una manera muy particular: en cuanto pisaban el garito, interceptaban al reponedor de barajas, le entregaban la suya y, previa compensación, le encomendaban traerla cuando se terciase una mudanza. En adoleciendo de maña, de arrestos o de ambas virtudes para ejecutar el cambalache delante de las decenas de ojos que una partida solía congregar, era una buena forma de lograrlo minimizando los riesgos.

Los marrulleros que sí gozaban de maña y de arrestos actuaban de guisa distinta. Como a menudo se fingían blancos o versados para eludir sospechas y una interpretación verosímil de estos dos personajes obligaba a pedir el canje, lo pedían. Sin embargo, no les importaba que la nueva baraja estuviese intacta o adulterada, pues durante la inspección de la misma la cambiaban por otra marcada a su conveniencia que ocultaban bajo la manga.

Consumado el trueque de baraja, ya lo hubiera solicitado un blanco, un versado, un marrullero mediocre o uno experto, todos retomaban la partida mostrando la mirada propia de los de su condición: los blancos, la cándida del cervatillo rumbo al cepo; los versados, la desconfiada del jabalí; los marrulleros mediocres, la taimada del zorro preparando el ataque, y los marrulleros habilidosos, la sibilina del halcón presto a comerse al cervatillo, al jabalí y al zorro.

Alonso y Salcedo echaron unas rondas vis a vis. Al poco, dos hombres con pinta de cervatillos se instalaron en la mesa y, fieles al ritual, formularon la petición.

—Caballeros, postulamos mudanza de bueyes.

—Adelante —respondieron Alonso y Salcedo.

—¡Compadre! —voceó uno—. ¡Una maese Lucas por estos pagos!

Salcedo, marrullero mediocre conchabado con el reponedor de barajas, se planteó aprovechar la inocencia que intuyó en los recién llegados y recabar la desencuadernada convenida; sin embargo, la presencia de Alonso le frenó. Aunque no parecía cuervo, tampoco parecía mirlo; más bien se le antojaba un versado de juego honrado pero sagaz que podía descornarle la flor. En consecuencia y tras meditarlo un instante, decidió gastar prudencia y permanecer quieto. ¿Para qué buscarse problemas si la noche le estaba reportando pingües beneficios y además los guiñones le funcionaban de óptima suerte?

Mientras aguardaban la arribada de los nuevos naipes, intentó atisbar el rostro de aquel bigardo embozado y, al fracasar, sucumbió a la curiosidad.

—¿Por qué no os despojáis del tejado? —preguntó.

—¿Son las normas de esta tabla? —Esquivó Alonso, ladeando la cabeza con lóbrega parsimonia y mirándole bajo el ala del sombrero.

—Son las normas de un caballero.

—Solo el Rey puede exigir descubiertos. ¿Acaso me hallo ante Su Majestad?

—Os halláis ante un sargento de los Tercios acostumbrado a ver la faz del enemigo —declaró Salcedo, ofendido.

—Entonces, quizá habéis errado vuestro lugar, porque no estamos en el frente, sino en una coima, y en una coima no hay enemigos; hay feligreses pacíficos que simplemente buscamos holgar una miaja. Además, observad a la feligresía en cuestión y comprobaréis que cuatro de cada cinco llevan techada la testuz.

—No me interesa el resto de los feligreses. Me interesan los presentes en esta tabla y en esta tabla ninguno, salvo vos, vamos toldado. Si os consideráis un caballero, quitaos el capelo.

—Me considero un caballero que no admite petitorias arbitrarias ni mucho menos las complace —apostilló Alonso, enconando el ya cavernoso tono—. ¿Algún inconveniente?

—Señores, ¿cuajamos los pleitos suntuarios y nos centramos en lo que nos trae? —Se impacientó uno de los compañeros de mesa—. Verifiquemos la castidad del nuevo libro y comencemos.

Durante los siguientes lances, Alonso se limitó a estudiar la situación. Cuando los recién llegados abrieron un abanico de naipes cual cola de pavo real sin reparar en los guiñones de detrás, concluyó que aquellos pobrecitos no le crearían problemas. Se dedicó entonces a vigilar los movimientos de Salcedo y, luego de constatar que este no sentía especial querencia por la actual baraja, se dispuso a actuar.

En una manga ocultaba la baraja destinada a neutralizar la de Márquez en caso de una eventual estocada; en la otra, varias cartas sueltas de diferentes palos y una segunda baraja muy útil en los juegos de sangrado porque el conjunto de marcas que escondía le revelaba la mano de los demás en todo momento. Una sutil verruguilla en el lateral de los naipes le indicaba el palo; un humillo a distintas alturas, las figuras, ases, seises y sietes, y un ala de mosca, los doses, treses, cuatros y cincos.

Esperó su turno de reparto y, cuando le llegó, cogió el taco e, inclinando el hombro de manera imperceptible, lo cambió por esa segunda baraja con la que truhaneaba en los juegos de sangrado; después dejó pasar cuatro rondas para cerciorarse de que nadie recelaba y a la quinta inauguró la función.

Tenía un siete, un seis y un as de bastos, lo que equivalía a un cincuenta y cinco; la cuarta carta era una sota de copas. En las manos de Salcedo descifró un flux de sota, caballero, rey y dos de espadas y, en las de los otros dos hombres, una parca ventura abocada a una pronta retirada.

Como, aunque solo sumaba cuarenta y dos puntos, el flux de Salcedo superaba su cincuenta y cinco, preparó la trampa. Para conseguir que el soldado le averiguase la jugada y se pensase así ganador, desplegó una miaja sus naipes y, procurando no mostrar la sota de copas, permitió al guiñón de detrás distinguir el cincuenta y cinco.

En cuanto un tenue brillo en la pupila viuda de Salcedo le indicó que la información había tocado puerto, anunció su apuesta.

—Tres veces la mesa.

—Demasiado, amigo —rechazó uno de los nuevos.

—Yo tampoco voy —añadió el segundo.

—Tres veces más —ofreció Salcedo, arrastrando una montaña de metal al centro.

—Lo veo —contestó Alonso.

Esbozando una sonrisa altiva y con histriónica lentitud, Salcedo enseñó sus cartas. Aprovechando que todos los presentes estaban distraídos contemplando la teatral escena, Alonso distendió la manga y cambió la sota de copas por uno de los bastos sueltos que ocultaba en ella. No importaba qué basto fuera, pues, al sumar cincuenta y cinco sus otros tres naipes, solo precisaba un cuarto del mismo palo para componer un flux superior al de cuarenta y dos puntos del soldado. Eso sí, se aseguró de sacar un basto que no hubiera aparecido ya en la partida.

—Flux de espadas y me llevo la mesa —proclamó Salcedo, comenzando a recoger el botín.

—¿De dónde nace tamaña certeza? —interpeló Alonso—. Todavía no he desnudado mi suerte.

—Bueno… —titubeó Salcedo, achantado—. No os pronunciabais y me lo he barruntado.

—No confiéis en los barruntos, sargento —recomendó Alonso, extendiendo los naipes—. Algunos tornan ilusiones en decepciones. Mi flux de bastos rebasa el vuestro. Lo lamento.

Reprimiendo la risa al advertir el pasmo de Salcedo e imaginar un desconcierto similar en el guiñón, amontonó las monedas y las acercó a su vera.

A partir de ahí, un exuberante abril brotó en aquella mesa.

Alonso floreaba a placer y derrochaba tal sutileza que nadie se percataba, ni siquiera un escamado Salcedo que no le quitaba ojo.

El bolsillo del miliciano resistió el súbito beso que la diosa Fortuna parecía haber dado a Alonso, pero el de los dos mirlos blancos no tardó en sucumbir y al final terminaron levando anclas. Otro par de pajarillos se incorporó a la partida y también salieron trasquilados. Siguieron dos más a quienes no les fue mejor y así hasta una veintena de infelices, que, al poco de llegar, hincaban rodilla.

Todos solicitaban cambio de baraja y, cada vez que eso ocurría, Alonso retiraba la suya, reponía la primitiva y, tras comprobar que ninguno de sus oponentes mostraba apego al nuevo taco, volvía a reemplazarlo. En las escasas ocasiones en que un frustrado Salcedo se atrevía a hacer el mohín pactado al responsable de los cambios, jugaba con la baraja del soldado, pero, como no atenuaba las flores, Salcedo veía estupefacto que ni usando sus propios naipes ganaba.

Y de esta guisa transcurrió la noche en una mesa donde, pese al intenso tráfico de barajas, en realidad, casi siempre se utilizaba la misma.

Cuando la nutrida hacienda de Salcedo quedó reducida a un triste puñado de maravedís, Alonso zanjó la partida.

«De seguro el alma de Luisa anda harto dichosa», pensó mientras guardaba el peculio acumulado en la Bolsa de la Esperanza.

—¿Me concederéis el desquite? —inquirió Salcedo, abrumado ante la debacle y reacio a conformarse.

—No os resta guita —objetó Alonso.

—Pediré un ribete.

—Cuidaos de los préstamos, sargento. Quien pierde lo ahorrado se atraganta, pero a quien no paga lo fiado le desgargantan.

—No me desgargantarán. El dueño del castillo es compañero de glorias y consentirá que el prestamista curse mi instancia porque me sabe cumplidor de mis adeudos. Os reto a un parar. Apuesto el doble de lo que me habéis ganado a una mano.

Al escuchar el desafío, Alonso reprimió un suspiro de alivio y bendijo su precaución de fabricarse una baraja capaz de neutralizar la de Márquez en una eventual estocada. Sin embargo, y aunque iba preparado, consideró la posibilidad de declinar. Ya había cometido una imprudencia apartándose de la pauta trazada por Juan y porfiar implicaba un riesgo excesivo, pues, se terciasen como se terciasen las cosas, pondría el plan en peligro. De perder, apenas le quedaría para el último envite ante Juan y, de ganar, Márquez podía recelar e impedir que este le enfrentase.

En consecuencia, debía rechazar la oferta; debía, pero… no quería. En realidad, deseaba aceptar, aniquilar a aquel miserable y regalar a Luisa una dosis adicional de paz. Además, si todo salía bien, obtendría un montante mayor de lo previsto y, a mayor montante, mayores probabilidades de contratar un abogado valiente.

Decidido a lanzarse, recapituló las explicaciones de Juan sobre la forma en que Márquez trucaba las barajas utilizadas en las estocadas.

—El juego del parar, también llamado andaboba, admite a cuantas personas quieran participar —le refirió Juan en su día—. El repartidor, que juega contra todos, pone dos naipes en la mesa. Uno contiene su suerte; el otro, la suerte de los demás. A continuación, empieza a extraer cartas hasta que emerge una que casa, o con la del repartidor, o con la de la gente. Entonces el juego se detiene o se para, y de ahí el nombre.

—¿En qué consiste el amaño de vuestro patrón? —preguntó Alonso.

—Aunque no existe límite de participantes, él solo autoriza andabobas de dos jugadores.

—El compadre a quien pretende beneficiar y algún desgraciado que se les haya cruzado, ¿me equivoco?

—Ni una miaja. La baraja incluye una empanadilla de diez naipes fabricada por un mandadero experto en este tipo de timbrado. El jefe lo ha contratado expresamente para ese menester.

—¿Un experto en confeccionar empanadillas? —se sorprendió Alonso—. Pero si solo se trata de engomar cartones. No se me antoja tan complicado.

—Pues lo es y mucho. Debe medirse bien la cantidad de ungüento para que, sin notarse que están pegados, los diez naipes se desliguen fácilmente durante la inspección del libro y vuelvan a pegarse al presionarlos. De este modo, cuando se baraje, podrán colocarse en bloque arriba del taco y desde ahí consumar la flor.

—¿En qué orden se disponen esos diez naipes?

—De los diez naipes, solo interesan tres: los dos iniciales y un tercero que case con uno de esos dos. Primero se saca la carta que lleva la suerte del timado; después la que corresponde al socio del jefe, y, entre las ocho restantes, se mete la que casa.

—Imagino que la que casa casa con la del socio del jefe y que ninguna de las demás casa con la del timado —aventuró Alonso.

—En efecto. Así, el socio del jefe se asegura la victoria.

—¿Y quién ejerce de repartidor? Porque él decide qué carta da primero a uno y después al otro.

—Reparte alguien ajeno al envite. Una mano inocente.

—Una mano inocente más culpable que Barrabás, supongo.

—Suponéis bien.

—¿Y cómo consiguen que esa mano inocente sea la elegida sin que el timado recele? Yo solo consideraría inocente mi mano e intentaría agenciarme el reparto; sobre todo, si sé camaradas a vuestro jefe y a mi rival.

—Mi patrón elude esa posibilidad y también cualquier recelo interpretando la comedia del garitero decente. Empieza resistiéndose a autorizar la andaboba aferrándose a la ilegalidad de las estocadas; luego recomienda sensatez a su amigo, pero, ante la insistencia del amigo, acaba transigiendo soltando un cariacontecido «sea por amistad, no por voluntad». Entonces solicita bueyes nuevos y, pretextando el afán de blindar la limpieza del lance, sugiere que reparta un tercero sin intereses en él. Cuando, encantada de tanta honestidad, la víctima accede, ruega el favor a un feligrés y después, invocando la honorabilidad de su negocio, propicia una inspección de la baraja que garantice pureza y ausencia de amaños.

—Así, la mano inocente, que no es la de un feligrés accidental, sino la de un cuervo infiltrado como vos, podrá dar la primera carta a la víctima y la segunda al verdugo.

—Helo ahí —sonrió Juan.

—¿Y si la víctima rechaza la mano inocente, prefiere que reparta uno de los dos contendientes, propone rifarlo tirando una moneda al aire y gana? De seguro dará la primera carta al verdugo.

—En tal caso, se la tendrían que tragar. Sin embargo, todavía no he conocido víctima que se haya conducido de esa guisa.

La voz de Salcedo le arrancó de su abstracción.

—¿Qué decís? ¿Aceptáis una andaboba?

—Si el bolichero lo licencia, acepto —respondió Alonso, obviando la alarma que de soslayo vio en el rostro de Juan.

—¿Si el bolichero licencia qué? —intervino Márquez, acercándose.

—Este caballero recién me parte por el eje —contestó Salcedo, lanzando a su amigo una mirada intencionada que Alonso captó—. Le he requerido el desquite retándole a una andaboba y me ha concedido la merced.

Mitad zozobrado, mitad divertido, Alonso observó el desarrollo del teatro que Juan le había descrito.

—Las estocadas están vetadas en mis predios —expuso Márquez—. Los justicias las huelen a distancia y no deseo que me tabiquen la madriguera.

—Una única rifa, soldado —insistió Salcedo—. Solos él y yo. No habrá turbas de jugadores y los justicias nada olerán.

—Os han hecho mesa gallega, camarada. Gastad prudencia y arriad velas.

—Antes muerto que perder la vida, Márquez. No marcharé sin recuperar mi grano.

—Y, si tenéis el costal vacío, ¿con qué pretendéis apostar?

—Pensaba pedir un ribete a vuestro prestamista.

—¿Un ribete? —fingió escandalizarse Márquez—. ¿Chanceáis? Si los hados os esquinan la suerte, quedaréis a la cuarta pregunta y entonces tocarán a rebato para vos. Amigo moroso, enemigo forzoso, sargento. Os estimo en gordo, pero yo no perdono deudas ni a la madre que me parió.

—Ni yo lo ambiciono. Siempre saldo mis deudas. No temáis. Muerda plata o muerda polvo, restituiré el parné.

Mientras escuchaba la farsa de aquellos dos, Alonso ahormaba la manga donde camuflaba su baraja cimbreando el brazo de un modo inapreciable. Había fabricado una empanadilla opuesta a la de Márquez introduciendo en esta la pareja del naipe inaugural del que se sabía receptor y dejando soltero al que recibiría Salcedo. Ahora solo necesitaba dar el cambiazo y planeaba hacerlo en el único momento factible: el de la inspección de la baraja.

El primer acto de la comedia concluyó de la manera esperada: con la cara de circunstancias de Márquez y su «espontánea» coplilla.

—De acuerdo, aunque conste que consiento por amistad, no por voluntad.

—Este viejo amigo vuestro celebra oírlo y os lo agradece —aplaudió Salcedo.

—¡Arnáiz! —gritó Márquez a un hombre acomodado en un rincón—. Prestad al sargento el peculio que precise. ¡Paulino! Sacad los avisos a la calle. ¡Berceruelo! Traed una maese Lucas.

A continuación, se quitó el chambergo y se rascó la cabeza. Era la señal indicativa del tipo de baraja que esperaba, señal que el tal Berceruelo identificó de inmediato… y un aleccionado Alonso también.

Cuando los vigías ocuparon la calzada y el portero atrancó la puerta, el segundo acto de la función comenzó.

—Una timba privada implica paila extra —informó Márquez—. Diez reales cada uno, por favor.

Tras recaudar la tasa, el soldado siguió representando el papel del garitero íntegro.

—En mi afán de garantizar la limpieza del lance, sugiero a los contrincantes que reparta una mano inocente sin intereses en el mismo. ¿Os place?

—Me place —contestó Salcedo.

—Talmente a mí —validó Alonso.

Simulando no conocerlo, Márquez se dirigió a un sujeto que deambulaba cerca.

—Caballero, nos urge una mano inocente que arbitre el reparto de un parar. ¿Os importaría cedernos la vuestra? En recompensa, obtendréis una noche de vino y cera gratis.

—¿Una noche de balde por deshojar un libro? —sonrió el interpelado, fingiéndose entusiasmado—. ¡Vive Dios que cedo mi mano! La mano, el pie, el cuello y la nave entera si a voacé se le antoja.

—Bastará con la mano, gracias —replicó Márquez en tono circunspecto—. Señores, planten silla en una tabla.

Alonso y Salcedo se instalaron en una mesa frente a frente; en medio se situó el dueño de la «mano inocente» y alrededor un nutrido público, incluido Juan, que, angustiado, maldecía en silencio a su temerario amigo.

Al principio el temerario amigo se sentía más temeroso que temerario. De hecho, estaba acongojado. Tenía los dedos anquilosados y el corazón a punto de estallar. Sin embargo, en cuanto encaró a Salcedo, la triste imagen de Luisa expirando pulverizó los miedos y dejó paso a una rabia feroz que logró serenarle. Entonces se caló el sombrero, encajó la mandíbula y se dispuso a rematar a aquel miserable.

—Al objeto de preservar la honorabilidad de mi negocio, solicito a los contrincantes que inspeccionen el libro y bendigan su pureza —conminó Márquez, tendiendo la baraja a Salcedo.

El sargento procedió y, al localizar la empanadilla, reprimió una mueca satisfecha.

—Libro puro —declaró, devolviendo el taco a Márquez—. Lo bendigo.

—Vuestro turno, caballero —reclamó el soldado, ofreciéndoselo a Alonso.

En un impresionante derroche de sangre fría e intentando obviar las decenas de ojos que lo escrutaban, Alonso lo cogió y, mientras se lo acercaba, ejecutó el trueque. Bajó un poco el brazo, dejó caer su baraja, ladeó la muñeca, acuarteló la de Márquez en la manga y, al empezar la inspección, la partida ya gozaba de naipes nuevos.

Solo Juan se percató del cambalache y, cuando un fugaz movimiento de hombro le indicó que lo había logrado, sofocó una exclamación maravillada. ¡Lo de aquel zagal era cosa de magia! Ni viviendo cien eternidades él conseguiría hacer algo semejante.

Alonso simuló estudiar las cartas, asintió y las retornó.

—Apuestas sobre el madero, señores —ordenó Márquez.

Alonso depositó la Bolsa de la Esperanza y Salcedo, una voluminosa pila de monedas.

Luego de presionar el taco para pegar los cartones trucados, el árbitro barajó y colocó la empanadilla al principio del montón. Trataba de impedir así que, al cortar, el timado la destruyese, pues, de manera refleja, solía cortarse por la mitad de la baraja o alrededores, pero no por el principio ni tampoco por el final. No obstante, de sucederse la circunstancia, y he ahí la importancia de utilizar la cantidad exacta de unte, los naipes se despegarían fácilmente y la trampa no se manifestaría. Cierto que, aparte de no manifestarse, fracasaría, pero, al menos, se evitaría un descuerno de flor.

A continuación, el árbitro invitó a los contendientes a cortar y, en efecto, ambos cortaron por la mitad, aunque no de la manera refleja propia de quien ni temía engaños ni los pretendía, sino con la premeditación de quien sabe de la trampa y no quiere estropearla.

El último corte correspondía al árbitro y, cuando este procedió, volvió a colocar la empanadilla en lo alto del montón.

No hubo sorpresas y Alonso recibió el primer naipe. Un cuatro de bastos.

—Parador al cuatro —anunció el árbitro.

—Parador —confirmó Alonso.

El árbitro puso el segundo naipe ante Salcedo. El as de oros.

—Parada al as.

—Parada —aprobó Salcedo.

—Al parador casa un cuatro y a la parada, un as —señaló el árbitro—. Iniciamos búsqueda de encuentro.

Separando la empanadilla, comenzó la extracción. El tercer naipe era un tres de copas; el cuarto, un seis de oros; el quinto, sexto y séptimo tampoco casaron.

Curiosamente, al tiempo que la tensión crecía en el público, los jugadores permanecían serenos; Salcedo creyéndose zorro y Alonso sabiéndose halcón.

Al ver un rey de espadas en el noveno naipe, el sargento se irguió, convencido de que el décimo le procuraría la gloria, pero el incipiente gesto triunfal se desvaneció cuando el repartidor mostró ese décimo naipe y voceó la peor de las noticias.

—Cuatro de espadas. Encuentro al cuatro. Gana el parador.

El árbitro parpadeó, desconcertado; Márquez, pasmado, y Salcedo, patidifuso. Mientras el uno reunía las cartas, formaba un taco y lo ponía junto al peculio, los otros dos cruzaron una mirada incrédula.

Aprovechando la diligencia del primero y la conmoción de los segundos, Alonso agarró la Bolsa de la Esperanza y, en un sutil movimiento, restituyó la baraja primitiva; después, al acopiar la montaña de monedas de Salcedo, las desparramó a propósito sobre la baraja y, fingiendo apartarlas de los naipes, esparció estos con la intención de desordenarlos y despegar la empanadilla, que seguía inalterada; luego los agrupó de nuevo.

Tenía un muy fundado motivo para actuar así: o mucho se equivocaba, o alguno de los implicados examinaría la baraja y, si la descubría intacta, sospecharía.

Ni un ápice se equivocó.

Márquez la ojeó y, tras comprobar que era la suministrada por él, solo halló dos explicaciones al desastre: o aquel extraño personaje les había dado revesa chambeando la baraja, o el mandadero la pifió al adulterarla; y, considerando que, amén de haber verificado el uso de su baraja, estimaba del todo imposible un canje en semejante coyuntura, la cosa estaba clara: debía despedir al mandadero.

—¿Qué ocurre, garitero? —preguntó Alonso, divertido ante la expresión perpleja del miliciano—. ¿Receláis de vuestro propio libro?

—Claro que no —refutó Márquez, recomponiéndose.

—Disculpad que insista, pero os percibo asombrado. ¿Acaso esperabais un desenlace diferente?

—No se espera nada de una andaboba. Es cuestión de azar. No me percibís asombrado, sino atribulado. Mi compadre ha perdido demasiado grano.

—Vuestra aflicción habla de un buen amigo y un buen amigo vale más que estos dineros —aseveró Alonso—. Dispensadme. Los paisanos aguardan el barato.

El barato consistía en una modesta propina que el ganador entregaba a los parroquianos de la coima, incluidos los derrotados. Ningún vencedor se saltaba el ritual porque, según la superstición, esa caridad reactivaba la suerte y negarla la espantaba.

Los barateros, menesterosos que acudían a las salas de juego con el único objetivo de rondar a los faustos y agenciarse unos maravedís, aceptaban el barato encantados. No así los caídos. La mayoría se resistía a coger la denigrante limosna, pero no les quedaba otra; rechazarla suponía un insulto susceptible de desencadenar una cita en armas y pocos asumían el riesgo.

Decidido a humillarlo hasta el final en honor a Luisa, Alonso se dirigió a un desencajado Salcedo que aún no se había recuperado del golpe.

—Lamento el quebranto, sargento —mintió.

—No tenéis nada que lamentar. Yo os requerí el desquite y ahora he de apencar. Felicitaciones. La fortuna cabalga a vuestra vera.

—Como pretendo seguir apostando, necesito que no deje de cabalgar a mi vera —manifestó Alonso, tendiéndole unas monedas—. He ahí, pues, el barato.

—No, gracias. Detesto las dádivas de fracasado.

—Un repudio de barato encierra grande ofensa, maese.

—De acuerdo —masculló Salcedo a regañadientes—. No ambiciono pleitos. Esta noche no. Traed acá la maldita ofrenda.

Tomando las monedas, las transfirió a Márquez.

—Descontadlo de la deuda, camarada. Y tranquilo. Saldaré el resto en breve. Marcho a casa a rumiar mis cuitas. Con Dios.

Alonso empezó a repartir dos reales entre los presentes sin advertir que algunos pasaban varias veces por caja. Juan, que sí se apercibió, aprovechó la tesitura para confirmar si el plan original persistía. Aunque ignoraba el motivo de aquella súbita estocada, lo cierto era que, a resultas de ella, la Bolsa de la Esperanza rebosaba metal. En consecuencia, ya no precisaban consumar, pero quizá Alonso opinase lo contrario y proyectase continuar.

Determinado a averiguarlo, se acercó a la hilera de barateros que desfilaba ante Alonso e interceptó a uno de los repetidores.

—¿Qué hacéis mauleando el barato, tunante? —recriminó, lanzando una mirada interrogante a Alonso—. Caballero, este pelagajos ha pasado por aquí más que el aguador por la fuente. ¡Vos! ¿Cuánto habéis afanado? Desplegad esa mano.

El aludido, un anciano de tez cadavérica, obedeció.

—¿Diez reales? —exclamó Juan, atónito—. ¿Así correspondéis a quien os agasaja? ¿Exprimiéndole la generosidad?

—Tengo hambre, joven —declaró el hombre—. Solo tengo hambre.

—Os agradezco los desvelos, pero no ha menester —intervino Alonso, entendiendo la silenciosa pregunta de Juan y asintiendo de manera imperceptible—. Conservad la guita, amigo. Si os templa la gusa, bien invertida estará.

—Dios bendiga a voacé —dijo el viejo, esbozando una sonrisa desdentada—. Me la comeré a vuestra salud.

—¿Y los demás? —Reivindicó Juan, fingiéndose enojado—. También a mí me atormenta la gusa.

—Los demás, incluido vos, recibirán dos reales y el abuelo, diez, porque tal se me antoja —espetó Alonso en tono autoritario—. Y a quejarse a la iglesia.

Resueltas las dudas, Juan adoptó un falso gesto indignado y se alejó.

—¡Atención, señores! —vociferó Márquez—. He clausurado la entrada y los vigías ya están fuera. Se abre, pues, la veda a los albaneses.

En mitad de entusiasmados aleluyas y un enorme jolgorio, los dados asomaron.

Alonso se instaló en una mesa cualquiera y comenzó a jugar. Como sentía que Márquez no le quitaba ojo, se ciñó religiosamente al plan apostando flojo y perdiendo siempre. Un buen rato después, se levantó y se encaminó a la mesa de Juan.

—¿Me permiten vuestras mercedes incorporarme a este madero? —preguntó a un tipo que allí jugaba.

Juan miró de soslayo a Márquez pidiéndole instrucciones. Temía que la estocada de Alonso hubiera generado suspicacias en el soldado y que este le ordenase cambiar de mesa, pero, cuando le vio rascarse la nariz, señal de aquiescencia, reprimió un suspiro de alivio.

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