Libelo de sangre
CAPÍTULO 48 Floreando en la coima
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—Bienvenido, maese —saludó el hombre a quien Alonso se había dirigido—. Felicitaciones por el magnífico parar de antes.
—No me felicitéis, pues ni un lance he ganado desde entonces —se lamentó Alonso—. Decidme: ¿a cuántos huesos se envida?
—A tres. Gastad tiento. Las posturas andan subidas.
Alonso respetó lo acordado y continuó perdiendo mientras Juan desplumaba al personal.
Avanzada la madrugada, los ánimos se exaltaron.
—Aparquemos el trío de albaneses y saquemos ya el auténtico juego de los hombres —gritó un individuo en medio del frenesí—. ¡Venga un veintiuno!
Como la gente acogió la propuesta con enardecidos vítores, se restó un dado y empezaron a llover apuestas.
El veintiuno consistía en acumular veintiún puntos en un número de tiradas a convenir. Los participantes podían plantarse o resistir, aunque, de resistir y traspasar el límite, caían eliminados. En la última tirada se sumaban los puntos de los supervivientes y el más próximo al veintiuno se llevaba el pozo.
En la mesa de Juan y Alonso se pactaron suertes de tres tiradas. Juan vencía la mayoría de las veces gracias a sus fustas; entretanto, Alonso interpretaba la comedia del versado que, ajeno a la trampa, perdía de continuo.
En la distancia, Márquez observaba satisfecho aquella dinámica. Creía a Salcedo incapaz de restituir el préstamo y, si Juan lograba sangrar al embozado lo que este había ganado en la estocada, al menos, recuperaría lo fiado.
Uno a uno, los jugadores fueron abandonando y, al final, solo quedaron Alonso y Juan.
—¡Caracoles! —exclamó Alonso—. Me habéis mondado el bolsillo, amigo. La mitad de las perras que me entalegué en la rifa con un miliciano han volado.
—Veleidades de los hados —replicó Juan—. Lo mismo besan que escupen. ¿He de entender que os retiráis?
—Al contrario —refutó Alonso, poniendo la Bolsa de la Esperanza encima de la mesa—. Os propongo un veintiuno a dos tiradas. Todo o nada.
—Aquí hay mucha sustancia, caballero —objetó Juan, examinando el hatillo.
—No más de la que recién vendimiáis vos, porque nadie ha marchado ileso de vuestra tabla. ¿Recogéis el guante?
Juan lanzó una rápida mirada a Márquez, quien volvió a rascarse la nariz.
—Lo recojo —accedió al identificar la silenciosa autorización patronal—. Un veintiuno a dos tiradas.
—Al avío, pues —exhortó Alonso.
Juan le había enseñado tres técnicas de manipulación de dados. En una se limaban algunas aristas para que rodasen hacia el resultado codiciado; en otra se acercaba al fuego el lado deseado con el fin de aligerarlo, de forma que el opuesto pesase más y siempre tocase la madera, y en la tercera, su predilecta, se ensanchaban los agujeros de una cara con un cuchillo, se rellenaban de plomo o barro y se disimulaba el ardid alisando la superficie, lastre que obligaba al dado a caer sobre la cara afectada favoreciendo así la contraria y, a la postre, la pretendida.
—Como las caras enfrentadas siempre suman siete, habréis de cargar la que no perseguís —ilustró Juan—. Si buscáis un cinco, cargaréis el dos; si buscáis un seis, cargaréis el uno; si buscáis un cuatro, cargaréis el tres, y lo mismo para el resto.
Alonso ocultaba cuatro fustas. Dos iban gravadas en el uno, de manera que mostrarían el seis; la tercera, en el dos facilitando el cinco, y la cuarta, en el tres procurando un cuatro. Utilizándolas en conjunto, alcanzaría la única puntuación susceptible de superar las fustas de Juan: veintiuno.
Los muchachos se instalaron en la mesa y de inmediato una turba expectante los rodeó.
Alonso tragó saliva. Se sentía más seguro floreando naipes que palmeando dados y temía fallar. Afortunadamente, sus mágicos dedos mimbreaban solos y, ajenos a los sudores del chico, no se achantaban ante nada relativo a la ciencia de Vilhán. En aquella ocasión tampoco lo hicieron y, en cuanto comenzó el lance, cobraron vida e inauguraron la fiesta.
El joven cogió los dados, en un fugaz movimiento los reemplazó por el par trucado en el uno, agitó el cubilete y tiró.
—Doblete de seises y doce puntos —anunció.
Juan tomó los dados y, como pretendía el mismo resultado, no los cambió.
—Doce contra doce —declaró—. Segunda y última ronda.
Intentando abstraerse de los gritos con que el público jaleaba el duelo, Alonso respiró hondo y se concentró. Agarró los dados y, antes de introducirlos en el cubilete, los trocó de nuevo diligenciándose ahora los lastrados en el dos y en el tres que le proporcionarían un cinco y un cuatro. Tiró y no hubo sustos.
—Cuatro y cinco, nueve; más doce, veintiuno. O igualáis, o me llevo el pozo.
Consciente de que Márquez ya se habría percatado de la hecatombe, Juan compuso una mueca de fastidio para que el soldado la viera y no maliciase. Sabiéndolos manipulados, podía no haber sustituido los dados de Alonso por los suyos provocando así un empate, pero, en no siendo ese el objetivo, hizo el cambio y obtuvo lo esperado: un cinco y un tres.
—Cinco y tres, ocho; ocho más doce, veinte —dijo en ademán frustrado—. Ganáis en buena lid.
En medio de una tromba de acalorados aplausos, Alonso y Juan se estrecharon la mano.
Tras rendir pleitesía al barato, Alonso se ató a la cintura una pletórica Bolsa de la Esperanza y se dispuso a marchar. Había visto a Márquez parlamentando con unos sujetos de muy siniestro aspecto y, al comprobar que lo escrutaban de soslayo, supo que, como vaticinó Juan, una manada de perros de presa proyectaba emboscarle a la salida.
El corazón le dio un vuelco cuando observó que Márquez se alejaba de los sicarios y se dirigía hacia él. Las pupilas le brillaban de tan escalofriante suerte que se estremeció de miedo.
El miliciano estaba crispado, pero, como fingía no conocer a Juan ni al resto de cuervos infiltrados y, en consecuencia, sus fracasos supuestamente no le afectaban, no podía exteriorizar su crispación, lo cual le crispaba todavía más. Porque la realidad era que sí conocía a Juan y que su fracaso sí le afectaba; de ahí que las entrañas lo empujaran a escanciar rabia sobre el culpable de tamaño descalabro. Aunque sabía que no debía pronunciarse, pues, de hacerlo, se pondría en evidencia, una incontrolable ira tornó prudencia en temeridad y lo llevó al borde del abismo.
—¡Menuda jornada próspera, caballero! —siseó en tono avieso al tiempo que intentaba atisbarle el rostro.
—A fe que sí —corroboró Alonso con voz igual de sórdida y atalayado en el ala del sombrero.
—Nunca habíais pisado mis predios. ¿Sois foráneo?
—¿Mi persona sugiere tal cosa?
—Vuestra persona sugiere poco, pues la celáis bien. Llevo toda la noche pugnando por vislumbraros el semblante y no lo he logrado.
—Tranquilo. No os perdéis nada de interés.
—¿Puedo solicitaros la merced de que os descubráis?
—Podéis solicitar lo que gustéis, pero, lamentándolo mucho, no os complaceré. Ya se lo comenté a vuestro amigo, el sargento. Solo me descubro ante el titular de esa prerrogativa: el Rey de las Españas.
—¿Me permitís al menos preguntaros la edad? Aunque parecéis varón curtido, os intuyo escasas primaveras.
—¿Me permitís a mí preguntaros si acostumbráis a interrogar de esta irritante guisa a vuestros feligreses? —rebatió Alonso, cada vez más nervioso.
—A los que me despluman sí —soltó Márquez sin pensar, tanto le ofuscaba no conseguir arrancarle ninguna información.
—¿A los que os despluman? —repitió Alonso, simulando extrañeza—. No os he desplumado, garitero. He vencido al sargento en una estocada que él mismo ha propiciado y a un mozo a quien presumo parroquiano como un servidor. ¿O acaso no es un simple parroquiano y sus naufragios os conciernen?
—Los naufragios del mozo me resbalan, los del sargento no —se apresuró a rectificar Márquez, maldiciendo su estupidez—. Le obligasteis a pedir un ribete que quizá no me devuelva.
—Yo no le obligué a pediros un ribete. Me demandó un desquite y la cortesía me forzó a aceptar. Si augurabais problemas en la restitución del fiado, no habérselo concedido.
—Ciertamente no debí hacerlo —rumió Márquez.
—Me intrigáis, maese —repuso Alonso, resuelto a incomodar a aquel depravado—. Primero gano una andaboba y, cuando os noto asombrado, me decís que no es asombro, sino pesar por las fatigas de un camarada. Luego continúo apostando, la fortuna me esquiva y os resulto indiferente. Después engancho una buena mano y me sometéis a un cuestionario harto peculiar en el que vuelvo a sentiros azogado, pues en vuestros ojos leo que, lejos de resbalaros, los naufragios de ese mozo os atañen. ¿No os parece un comportamiento un poco… extravagante?
—Espero que no estéis insinuando lo que creo que estáis insinuando porque, entonces, pasaremos de una cordial lectura de ojos a un no tan cordial choque de tajadoras —masculló Márquez, airado—. La duda ofende.
—A la luz de un sorprendente «interrogo a los feligreses que me despluman», se me antoja una duda razonable.
—Cuidado, caballero. Ya os he aclarado el motivo de la apostilla y, allende eso, nada he de justificar.
—Ni yo os lo requiero —aseveró Alonso, que, aunque estaba disfrutando en gordo viéndole bufar, decidió no tensar la cuerda y batirse en retirada—. Mis excusas si os agravié. De seguro he malinterpretado vuestras palabras, pero comprendedme. Hoy he arriesgado más guita de lo normal y las emociones han exaltado mi susceptibilidad. Reitero, pues, mis disculpas y marcho a casa. Con Dios.
Sin aguardar respuesta, se giró, subió la escalera y salió a la calle.
Atento al acecho de los vigías, exhibió una serenidad que en absoluto le embargaba y, silbando jovialmente, se encaminó a la plaza de la Cebada. Allí miró atrás y, pese a no distinguir un alma, echó a correr rumbo al Tapón del Rastro, convencido de que en breve comenzarían a perseguirlo.
No se equivocaba. De repente, percibió zancadas a su espalda y adivinó en ellas a los secuaces de Márquez. Aterrado, avanzó hacia Embajadores, localizó el chamizo abandonado, pateó la puerta y se coló dentro.
Al poco, escuchó una voz lóbrega en el exterior.
—Quiñones, Carbonilla, buscadlo en Embajadores. Nosotros inspeccionaremos los alrededores. Si lo trincáis, desgajadle el gaznate y quitadle la mochila.
Temblando de miedo, Alonso se encastró en la pared y así permaneció hasta casi el alba. Cuando al fin asomó la nariz y se cercioró de que no había enemigos en el horizonte, se lanzó a la carrera y solo se detuvo en los aledaños de Santa Isabel.
Jadeando, se metió en la cueva y se tumbó junto a un somnoliento Antonio. Un rato después llegó Juan y, estallando en escandalosas risotadas, se fundieron en un abrazo.
—¡Habéis estado fantástico, amigo! —alabó Juan—. ¡Magistral! ¡Sublime! ¡Soberbio!
—Soy el rey del floreo y con Vilhán no titubeo —se carcajeó Alonso.
La zarabanda acabó de despertar a Antonio y, aunque no entendía la causa del barullo, se unió al jolgorio y empezó a bailotear.
Luego de un tiempo comentando la aventura, callaron y, exhaustos, se durmieron.
Alonso lo hizo ilusionado.
Habían restituido la Bolsa de la Esperanza. Ahora ella les indicaría el siguiente paso.