Libelo de sangre
CAPÍTULO 49 En la plaza de Santa Cruz
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CAPÍTULO 49En la plaza de Santa Cruz
Días después, Juan regresó de la coima de madrugada y despertó a Alonso procurando no hacer lo propio con Antonio.
—Espabilad, figura —susurró—. Traigo noticias frescas.
—¿Qué tripa se os ha roto? —farfulló Alonso, somnoliento—. Ni siquiera despunta el alba.
—Salgamos fuera. Lo que he de participaros es muy delicado y prefiero a Antonio al margen de esta vaina.
Intrigado, Alonso se arrebujó en la capa y obedeció.
—Podemos detener la búsqueda del profeta —refirió Juan—. En el mandracho he escuchado decir a dos fulanos que los Castro ya disponen de uno.
—¿De veras? —exclamó Alonso, esbozando una sonrisa—. ¡Gracias a Dios!
—He memorizado la dignidad. Se trata de un abogado de presos del Santo Oficio.
—¿Un abogado de presos del Santo Oficio? —repitió Alonso, transformando la sonrisa en una mueca de disgusto—. Entonces, retiro mis gratitudes a Dios. ¡Qué pésima nueva, compadre!
—¿De qué habláis? —preguntó Juan, desconcertado.
—El de las causas imposibles me contó que la defensa de todo cautivo inquisitorial compete a los abogados de presos del Santo Oficio y que los curas les pagan la soldada. Se me antojó tal despropósito que el defensor cobre del acusador que no me lo creí, pero, a lo visto, es verdad. Esto cada vez pinta peor, Juan. ¿Qué defensa pueden esperar mis padres de un vasallo de la Inquisición?
—En mi opinión, receláis en exceso. Si el doctrino gasta honestidad, velará por los Castro le pague quien le pague.
—¿Vos enmendaríais la plana a quien os abona el jornal en favor de alguien cuya suerte no os interesa?
—Pensaba que a los profetas sí les interesa la suerte de sus clientes.
—Mismamente yo, pero comprobado tengo que solo les interesa el metal —bufó Alonso—. ¿Captasteis el nombre del leguleyo?
—Andrés de Bascal. Al parecer, hace unos días acudió a la Cárcel de la Corona, en la calle de la Cabeza. Quizá vuestros viejos estén tras esos muros.
En aquel quizá Juan camuflaba bastante más certeza de la que aparentaba. Santa Isabel quedaba a escasa distancia de la calle de la Cabeza y, testigo como fue del vahído allí sufrido por Sebastián, cuando se enteró de que su abogado había visitado la Cárcel de la Corona, adivinó el paradero de los Castro.
Ahora pretendía transmitir a Alonso sus conclusiones, pero, empeñado en proteger a Antonio, no quería desglosar los datos que le habían permitido alcanzarlas. Tampoco lo consideraba necesario; al fin y al cabo, lo importante era la meta, no el recorrido. Pronto descubrió cuánto se equivocaba, pues no le resultaría tan sencillo convencer a Alonso de hacer pan sin procurarle harina.
—No están tras esos muros —le oyó discrepar—. La Inquisición encierra a la gente en cárceles secretas y la de la Corona carece de secretas. Lo sé porque he investigado todas las cárceles e inmuebles de tal usanza que hay en la Villa.
—¿Lo sabéis? ¿Y cómo demonios lo sabéis? Las cárceles secretas no se anuncian en la puerta. De ahí lo de secretas. Prestadme mientes, socio. Los Castro penan en esa banasta.
—¡Que no! La he rondado varias veces y nada indica que albergue secretas.
—Claro que nada lo indica, melón —masculló Juan, frustrado—. Insisto: son secretas.
—En Madrid no existe manera humana de mantener ningún asunto en confidencia, mucho menos el paradero de los presuntos líderes de la Secta y, pese a ello, ni un rumor hay al respecto. Semejante proeza no se consigue confinándolos en un presidio ubicado en mitad de la urbe y encima atestado de reclusos. Alguien los habría visto.
—Quizá no. Entraron allí de madrugada.
—Pero supongo que habrán salido a interrogatorios o diligencias parecidas —arguyó Alonso.
—De seguro los han interrogado en la trena. Por eso el abogado fue allí; para asistirlos durante el interrogatorio.
—No, Juan. Me consta que los testigos han declarado en el convento de Atocha y, si así han procedido con los testigos, así han debido proceder con mis padres. Salvo que los hayan encerrado en el propio convento de Atocha, cosa improbable, han tenido que trasladarlos a aquellos predios. En la cárcel de la Cabeza se distinguen unos pocos tragaluces. Aunque los hubieran trasladado de noche, algún preso se habría pispado al mirar por el tragaluz de su celda; o se habría pispado algún vecino a lo largo del periplo hasta Atocha. Ambas tesituras habrían gestado un jugoso chisme que ni una luna habría tardado en pisar los mentideros. Os lo reitero: han de estar en otro sitio.
Juan se mordió la lengua. Si revelase que, en efecto, llevaron a los Castro al convento de Atocha y que no un vecino, sino dos presenciaron esa singladura, le convencería, pero, de hacerlo, expondría a Antonio, posibilidad que ni se planteaba.
El joven maldijo en silencio aquella encrucijada. Los primeros días tras su reencuentro no le incomodó tanto ocultar a Alonso lo que sabía. Sin embargo, la convivencia, la cercanía y una creciente amistad habían cambiado las cosas. Ahora le profesaba un gran afecto y sentía que lo estaba traicionando. Además, le costaba un triunfo callar mientras le escuchaba detallar sus desesperadas pesquisas e hilar no menos desesperadas conjeturas y siempre necesitaba una dosis extra de fuerza de voluntad para sofocar las ganas de confesarle la verdad.
—Proyecto marchar a Toledo —anunció Alonso—. Creo que, como los dominicos temen la afición al comadreo de estas tierras, se han curado en salud y los han mudado allí.
—¡Menuda acemilada! —saltó Juan, alarmado—. Ni se os ocurra abandonar la Villa.
—No se me antoja ninguna acemilada. Eso explicaría la ausencia de rumores.
—Pero no explicaría la intervención de un doctrino madrileño a quien no se le conocen expediciones a Toledo.
—Ahí no disparatáis —coincidió Alonso, reflexivo—. Cuando me surgió la idea de emprender viaje, ignoraba el dato del letrado. Entonces, ¿dónde diantres los esconden?
—Os lo acabo de decir, ¡carajo! —Se impacientó Juan—. En la Cárcel de la Corona.
—Pero ¿por qué estáis tan seguro?
—Porque le doy al caletre, hábito que, al parecer, vos no practicáis. ¿No veis que todo encaja? La Santa arrestó a los Castro; Andrés de Bascal es un profeta de penantes de la Santa; los Castro tienen un profeta de penantes de la Santa llamado Andrés de Bascal, y Andrés de Bascal ha visitado la Cárcel de la Corona. Blanco, redondo y de gallina, zagal.
—A mis ojos la cuestión no asoma así de palmaria. Los abogados asesoran a mucha gente. El tal Andrés de Bascal puede haber ido a esa cárcel para entrevistarse con otro de sus clientes.
—Tenéis el campanario de pedernal, ¡rediez! ¿No me creéis? Visitad al picapleitos en su choza y preguntadle si han emparedado a vuestros padres en la gayola de la Corona. Apuesto la diestra a que os lo confirma.
—Y yo apuesto la diestra a que, de preguntarle semejante cosa, me identificará, avisará a los bargelos y entonces averiguaré de primera mano dónde están porque me meterán en la misma jaula.
—Hablo en serio, socio. Plantificaos en los feudos del profeta y conseguid información.
—¡Qué fácil! —se mofó Alonso—. «Reportadme sobre mis padres, letrado». «Al punto, muchacho. Degustemos un vino y os referiré cuanto preciséis». ¿Os suena verosímil? A mí, ni una miaja. Ese hombre no desembuchará ni bajo tormento.
—Bajo tormento no, pero bajo una lluvia de amarillos os garantizo que sí. Ofrecedle la Bolsa de la Esperanza y piará cual ruiseñor en junio.
—No puedo ofrecerle la Bolsa de la Esperanza. La necesito para contratar un abogado.
—Contratadlo a él.
—Os repito que un abogado de presos del Santo Oficio cobra del Santo Oficio. En consecuencia, trabaja para el Santo Oficio.
—Si cobra de vos, trabajará para vos. ¿No buscábamos un Justinio económico y sin miedo a aceptar el caso? Bueno, misión cumplida.
—Amén de desconocer si se trata de un profesional económico, sospecho que ha aceptado el caso sin miedo porque pretende bailarle el agua a los curas mimando la acusación y soslayando la defensa. Además, dudo que ose encorajinar a sus actuales amos abjurando de ellos y aliándose con el vástago de los herejes.
—Empleado de tonsurado cobra poco y demorado —sentenció Juan—. De seguro los dominicos le pagan una miseria, de modo que presumo sus tarifas menos sustanciosas que sopa de convento. Enseñadle la Bolsa de la Esperanza y veréis qué rápido abjura de lo que se encarte.
—¿Y si es un alma leal que no se vende por dinero?
—Aunque, en mi humilde opinión, el desierto alberga más ranas que almas leales este mundo, admito que cabe la posibilidad. Desde que frecuento a un bicho raro que, manejando los naipes como un rorro el llanto, prefiere el ajedrez a Vilhán, cualquier chaladura se me antoja concebible.
—Apead la guasa y contestadme. ¿Y si rechaza la Bolsa?
—Pues él se lo pierde, compadre; pero vos podréis aprovechar la coyuntura y arrancarle información.
—No está mal pensado —sopesó Alonso—. Sin embargo, temo que me reconozca y me delate. Únicamente el hijo de los Castro ofrecería tamaña fortuna para socorrerlos.
—Utilizad el cuento del foráneo ansioso de compensar añejos favores.
—No servirá. El de las causas imposibles no se lo tragó. Me libré por los pelos de una denuncia y ni de chanza me arriesgaré de nuevo.
—Fingíos, entonces, un descomulgado a quien don Sebastián suministraba abrigo y pitanza.
—¡Claro! Y, a continuación, saco una mochila rebosante de grano. ¡Muy lógico en un descomulgado!
—En ese caso, decid la verdad: sois un matasietes siniestro que recibió mercedes del plumilla, os entalegasteis los caudales una bienaventurada noche de coima y deseáis dedicarlos a corresponderle.
—Esa filfa no es creíble, Juan.
—¿Dónde veis la filfa? No mentiríais un ápice. Hoy día sois un matasietes siniestro; habéis recibido de don Sebastián una merced harto enjundiosa: la vida, y ganasteis la guita en una noche de coima bienaventurada. ¿Cierto o no cierto?
—Reemplazando lo de bienaventurada por amañada, admito que no se aleja mucho de la triste realidad —convino Alonso, consternado—. No obstante, a poco que el abogado le dé al magín, me calará.
—Se requieren arrobas de magín para pensaros un ninfo de trece cándidas primaveras, hermano. Con esa alzada de gigantón, la capa de leviatán, el sombrero que os deja sin cara y el tono de voz de quien recién se echa al coleto un cuartillo de sangre fresca, nadie os vincularía al melifluo retoño de un escribano ilustre.
—Pues el de las causas imposibles tardó un amén en identificarme.
—Según contáis, ese era tinto en lana. Nuestro Andrés de Bascal no se me antoja tan zorro. Visitadle, intentad contratarle y, si declina la oferta, sondeadle. Estoy convencido de que luego iréis en derechura a la trena de la Corona.
—¡Vive Dios que iré en derechura, pero engrilletado! Y no me lo puedo permitir, Juan. Mis padres me necesitan fuera.
—¡Vamos, camarada! Habéis mauleado delante de sus ñefas a dos cuervos de los de Cristo me lleve y después sorteado a una cuadrilla de rompenueces que os perseguían faca en ristre. ¿De veras un alfeñique aterciopelado os va a amilanar ahora?
—No me amilana el alfeñique; me amilana que me reconozca y me atrapen.
—Da igual lo que os amilane, Alonso. El destino os ha proporcionado un magnífico cabo y debéis tirar de él.
—Tenéis razón. Aunque me expongo en exceso, debo tirar de ese cabo y tiraré. ¿Dónde para el estudio del letrado?
—El fulano del mandracho dijo que, al lado de su librería, en la plaza de Santa Cruz.
—¿En la plaza de Santa Cruz? —farfulló Alonso, asustado—. ¿Junto a la Sala de Alcaldes y la cárcel? ¡Ángela María! ¡Allí se concentra toda la corchetesca de Madrid!
—Sosegaos, figura —tranquilizó Juan, soltando un sonoro bostezo—. Vuestro fiel hermano de fatigas os acompañará. Aguardaré en la rúa y, si se tercia una espantada, intervendré. Y ahora planchemos la oreja una miaja, os lo ruego. Fraile con sueño tiene mal rezo y fray Juan está molido.
—Fray Alonso, sin embargo, está que se sube por las paredes. No podría pegar ojo. Ya alborea, así que marcho a Santa Cruz a explorar el territorio y delimitar las vías de fuga. Os espero a media mañana en la plazuela de la Leña.
La plaza de Santa Cruz se consideraba un enclave muy emblemático de Madrid merced a las destacadas instituciones humanas y divinas allí afincadas.
A nivel civil, acogía la Sala de Alcaldes de Casa y Corte y la Cárcel de Corte; a nivel religioso, la parroquia de Santa Cruz, cuyo campanario era uno de los dos más altos de la ciudad. La Atalaya de la Corte. Así llamaban los madrileños a aquella torre, alias que pergeñaron a raíz de su altura y de la vinculación con la Corte de los organismos oficiales del lugar.
El otro campanario lo tenía la iglesia de San Salvador y se denominó conforme al mismo criterio. Si en la plaza de Santa Cruz residía la representación de la Corte, en la de San Salvador moraba la representación de la Villa, esto es, el Concejo, y de ahí surgió el apellido: la Atalaya de la Villa.
Como ambos campaniles se divisaban y escuchaban desde cualquier rincón de la urbe, las respectivas parroquias se ocupaban de tocar a rebato en caso de peligro o incendio a cambio de un donativo municipal[80].
Junto a la iglesia de Santa Cruz se abría la plazuela de la Leña. Según los ilustrados, el título traía causa de las barricadas de leña que los comuneros levantaron para defenderse de los ejércitos del emperador Carlos, pero, considerando que allí había un mercado de leña, el personal obviaba las filigranas eruditas y se agarraba a la lógica[81].
Justo enfrente de la iglesia se alzaban unas construcciones destartaladas donde se asentaban la Cárcel de Corte y la Sala de Alcaldes de Casa y Corte. Aquel triste desecho inmobiliario procuraba un servicio deplorable a sus habitantes porque los despachos de los alcaldes, emplazados en los pisos superiores, se hallaban en condiciones calamitosas y el estado de las celdas, situadas en los sótanos, iba allende lo tolerable.
No era, pues, de extrañar que las protestas llovieran de arriba y brotasen de abajo. Los alcaldes alegaban que un prócer de la Justicia no podía faenar en una cochiquera y los reclusos clamaban que una cochiquera lucía mejor.
Importando poco la comodidad de los intendentes y nada la de los delincuentes, el Consejo de Castilla recomendaba paciencia mientras registraba las quejas en el libro de urgencias no urgentes. Sin embargo, cuando las páginas de aquel socorrido libro se agotaron y la paciencia de los afectados también, al Consejo no le quedó otra que replantearse el problema. Entonces pasó de cero a cien y se propuso construir un fastuoso presidio digno de la Corte[82].
A espaldas de la cárcel se ubicaba la Casa-Palacio de los Ramírez, edificada a instancia de Francisco Ramírez y cuyas obras finalizó tras enviudar su esposa Beatriz Galindo, piadosa dama bautizada la Latina y fundadora del cercano convento de la Concepción Jerónima[83].
Al inicio de la calle Atocha y vecino a la penitenciaría se erigía el convento de Santo Tomás. Aunque comenzó siendo un colegio dependiente de Nuestra Señora de Atocha donde los frailes dominicos estudiaban Teología (de ahí que también se le llamase colegio de Atocha), andando el tiempo devino en un priorato autónomo sede de un amplio surtido de cofradías, entre otras, la de carpinteros, ebanistas, alguaciles y porteros de Casa y Corte, confiteros, reposteros o pobres vergonzantes.
En las proximidades funcionaban sus dos principales fuentes de ingresos: la hospedería de Nuestra Señora de Atocha, adyacente al convento, y una bodega situada en la calle Barrio Nuevo, esquina Concepción Jerónima, que, en opinión de muchos, despachaba un tinto, un pardillo y un moscatel «que ya los quisiera un coronel[84]».
Siendo la plaza de Santa Cruz diócesis de la Justicia, en los aledaños se congregaba la mayoría de los profesionales relacionados con ella: abogados, procuradores, escribanos, relatores, oidores, alguaciles, ministriles, verdugos, porteros, maceros y cualquier otro vinculado a menesteres jurídicos.
Ponían la nota diferente tres gremios ajenos a las leyes: las floristas, los libreros y los pintores.
El mercado de flores de la Villa tenía allí su centro de operaciones, venturosa circunstancia que convertía la plaza en un auténtico vergel. Al alba se llenaba de coloridas tartanas y de voces femeninas que, si bien anunciaban un género exquisito, no lo hacían de muy exquisita guisa.
Al rato asomaban los libreros. Los que poseían establecimiento propio lo abrían e iniciaban la jornada y los que solo disponían de un cajón se instalaban en los alrededores de la cárcel mezclándose con los pintores, que acostumbraban a colgar sus lienzos en los muros.
Las reyertas entre libreros y pintores menudeaban porque todos procuraban acampar lejos de las troneras que, a ras de suelo, horadaban las paredes del presidio. Eran las aberturas al exterior de las celdas del sótano y, desde ellas, los internos rogaban caridad entonando desgarradoras letanías, sacando cadavéricas manos e incluso sombreros insertados en palos de madera, desgraciada estampa que los comerciantes rehuían, pues, espantando como espantaba a la clientela, temían clausurar el día vírgenes de ventas.
En torno a los oficios legales pululaban los clandestinos: ropavejeros, zurcidores, zapateros de viejo, traperos, quincalleros, buhoneros, barateros y una variopinta ristra de cristianos que intentaban ganarse los garbanzos sin relajar la guardia en ningún momento porque, estando proscrito el comercio ambulante, ejercerlo ante las narices de la autoridad exigía extremar las precauciones.
La proximidad policial tampoco intimidaba a las huestes de pícaros que convertían el cementerio de la iglesia de Santa Cruz en el más ameno de la ciudad y divertían a los difuntos echando partidas de naipes sobre las lápidas. La afluencia alcanzó tal desmesura que la Sala de Alcaldes terminó prohibiendo aquellas reuniones. Pese a todo, las timbas siguieron celebrándose y los infractores se limitaban a aventarse en cuanto algún varado se acercaba a husmear.
Junto a los justicias, ajusticiados, mercaderes acreditados, ambulantes soslayados, vivos animadores y muertos animados, otro par de personajes integraba la feligresía cotidiana de la plaza. Se trataba de los aguadores y los aficionados al comadreo, ambos empadronados en la fuente que presidía el lugar: la fuente de Santa Cruz.
Los madrileños la llamaban fuente de Orfeo porque la coronaba una marmórea escultura del músico de la mitología griega que calmaba a los demonios cuando tocaba su lira. Se había inaugurado tres años atrás, en 1618, y, aparte de ser una de las más bonitas de la Villa, daba unas deliciosas aguas procedentes del viaje de la Castellana.
Un pretil cercaba el monumento y formaba una explanada pavimentada con cantos rodados. En el interior los aguadores llenaban los cántaros y los aficionados al comadreo se sentaban a comadrear. Allende el pretil, aguardaban borricos, carrillos y bateas, escuadrilla vehicular que ni dejaba aparcar a los aguadores recién llegados ni dejaba entrar en el recinto a los tertulianos, avatares que desencadenaban continuos zafarranchos[85].
Puntual a la cita, Juan arribó a media mañana y halló la zona sumida en el rutinario delirio. En mitad de la turba, apareció Alonso.
—Un librero me ha asegurado que ese es el estudio de Andrés de Bascal —informó, señalando una construcción de aspecto humilde.
—¿Qué os dije? —replicó Juan con gesto despectivo—. Un profeta de parca tarifa. Cuando le mostréis la Bolsa de la Esperanza empezará a salivar. Bueno, zagal, ¿preparado?
—Aterrado, más bien —masculló Alonso—. Estamos rodeados de bellerifes. Si el de Bascal malicia algo, le bastará suspirar para que la Justicia al completo me caiga encima.
—Controlad los nervios y no aliviéis la alerta. Yo me quedaré aquí vigilando y, al mínimo movimiento extraño, aporrearé la puerta. En cuanto eso suceda, enseñad la herradura sin mirar atrás.
—Solo podré enseñar la herradura si me avisáis con la suficiente antelación, de modo que ni se os ocurra arrimaros al camposanto de la iglesia, que nos conocemos.
—¿En serio me creéis capaz de irme de timba mientras vos os jugáis la pelleja? ¿Por quién diantres me tomáis, merluzo?
—Disculpadme, amigo. Es que me tiemblan hasta las pestañas.
—Como, entre los rizos y el sombrero, apenas se os ven, no hay problema —bromeó Juan—. Serenaos, compadre. Ese picapleitos no supone ningún peligro. Amenazadle de muerte si no se somete a vuestros designios y se le aflojará la vejiga.
—En mi opinión, se le aflojará la quijada y se tronchará de risa. No se tragará que pretendo destriparlo frente a la cuna policial de Madrid.
—Se tragará lo que queráis que se trague, Alonso. Echaos un vistazo, por favor. Palabra que dais mucho más miedo del que tenéis.
—Dios os oiga —dijo Alonso, persignándose y después irguiéndose con determinación—. De acuerdo. Allá voy.
—¡Suerte, hermano!
Alonso se dirigió al inmueble y llamó a la puerta. Le sorprendió encontrarla abierta y escuchar un simple «adelante», pues todo letrado disponía de al menos un ayudante responsable de recibir a los clientes. «Tanto mejor», pensó, encogiéndose de hombros. «De torcerse el asunto, la ausencia de criados me facilitará la fuga».
Entró y volvió a sorprenderse al encarar una refinada estancia que la modesta fachada en absoluto sugería. Incluso sintió una punzada de nostalgia porque le recordó a la escribanía de Sebastián.
Una alfombra de Cuenca tejida con urdimbre de lino, trama en lana naranja y nudo español verdiazul cubría los cantos rodados del suelo; un cortinón de terciopelo aceitunado ocultaba una ventana enrejada; a derecha e izquierda se alzaban dos armarios de roble y, al fondo, sobre un pie de puente castellano, se ubicaba una papelera italiana de nogal, palosanto y carey; al lado de la papelera había un bufetillo de ébano, y encima del bufetillo se alineaban una lamparilla de aceite, un búcaro, cuatro tazas y un pebetero que sahumaba hierbabuena. Un brasero de bronce culminaba la cálida decoración.
El centro del gabinete lo ocupaba un bufete repleto de legajos. Tras él, arrellanado en un frailero de cordobán, un joven de cabellos trigueños y atuendo oscuro estudiaba un volumen de la Novísima Recopilación.
Al verle, Alonso se llevó la tercera sorpresa. Esperaba un veterano, no aquel bisoño. Figurándose que quizá había recalado en el despacho del auxiliar, examinó el lugar buscando una pieza aneja, pero, como no atisbó ninguna, hubo de aceptar la infausta realidad: sus padres dependían de un abogado que parecía un párvulo disfrazado de adulto.
Entretanto, Andrés le miraba amedrentado y pensando que definitivamente debía contratar un criado. Trataba de eludir el dispendio porque, aunque su familia nadaba en caudales, él se negaba a admitir lo triste de sus ganancias y solo les pedía ayuda cuando lo consideraba imprescindible. Además, emplazado frente a la Sala de Alcaldes, no temía percances… hasta que la entrada de aquel siniestro individuo le mostró que era momento de tragar orgullo y tirar de los haberes paternos.
«Dios sabe qué propósitos trae este tipo, pero no creo que ose consumarlos a dos pasos de la cárcel», se dijo a sí mismo en un vano afán de sofocar el miedo.
—Buenos días —saludó Alonso en tono torvo, embozado en la capa y mirándole por debajo del ala del sombrero—. ¿Me hallo ante el licenciado Andrés de Bascal?
—Os halláis —respondió Andrés, intentando que no le temblase la voz—. ¿Qué se os ofrece?
—¿Es cierto que defendéis a los Castro en el juicio de los Crímenes del Ritual? —interpeló Alonso a bocajarro.
Era lo primero que precisaba confirmar y no quería perder tiempo en rodeos. Pese a estar casi seguro de que el arresto se debía a los Crímenes del Ritual, una parte de él se aferraba a ese casi y albergaba un esperanzador resquicio de duda. Desgraciadamente, la alarma que encendió los ojos del letrado al escuchar la pregunta devastó aquella exigua esperanza y sumió al muchacho en una estremecedora certeza.
—Esa causa compete al Santo Oficio y está bajo secreto inquisitorial —farfulló Andrés, tan azorado que ni siquiera reparó en lo esclarecedor de su contestación.
—Entonces, el secreto inquisitorial hace aguas, porque me consta que acusan a los Castro y que vos ejercéis la defensa.
—Lo que os conste u os deje de constar no me concierne. Si no se os ofrece nada más, os ruego que marchéis. La tarea se me acumula y…
—Sí se me ofrece algo más —interrumpió Alonso sin moverse del sitio—. Los Castro son inocentes.
Andrés quedó desconcertado. Imaginaba una agresión, un robo o una felonía peor, no la proclamación de inocencia de un matrimonio hereje. La insólita tesitura le instó a elucubrar y solo le surgieron dos posibilidades: o le hablaba el hijo huido que acudía al rescate de los padres, o el verdadero asesino dispuesto a liquidar al jurista encargado de evitar que otros apencasen con su delito.
Inclinó la cabeza intentando distinguirle el rostro y, aunque no lo logró, la lógica le forzó a manejar la segunda alternativa, porque aquel sujeto ni de lejos encajaba en el perfil de un adolescente. Espantado, miró de soslayo la gaveta lateral del bufete donde guardaba una daga y, mientras cavilaba la manera de abrirla solapadamente para agenciarse el arma, decidió ganar tiempo tanteando la opción más deseable pero menos verosímil.
—¿Sois Alonso Castro? ¿El vástago evadido?
—He oído que ese doncel aún no ha cumplido los catorce —señaló Alonso, procurando mantener el temple—. ¿Tan pocas primaveras me calculáis?
—Admito que no —balbuceó Andrés—. En realidad, parecéis… el verdadero asesino.
—Así pues, también barajáis la inocencia de los Castro.
—Yo no he dicho eso.
—No ha menester que lo digáis. Si me pensáis el asesino, resulta palmario que tal opináis.
—Me refería a que no prodigáis juventud, sino bastante… bueno… mundología.
—Elegante forma de describir a un signacaras peligroso.
—Vos mismo os calificáis. Líbreme el Altísimo de prejuzgar al prójimo.
—No invoquéis al Altísimo en medio de un embuste, letrado. Ambos sabemos que me habéis prejuzgado en cuanto he asomado. Sin embargo, sosegaos, porque no me siento agraviado. ¿Cómo hacerlo si no desbarráis? En efecto, soy un signacaras peligroso con mucha… mundología, mas no el que os barruntáis. No gusto de masacrar criaturas.
—¿Y de qué gustáis? ¿Acaso preferís masacrar abogados?
—Acaso. De seguro la Justicia me agradecería que la librase de algunos.
—Estamos a tres varas de la Sala de Alcaldes —tartamudeó Andrés—. No podéis atacarme frente al cuartel general de los alguaciles. Os cazarían en el acto.
—No me subestiméis, amigo —siseó Alonso—. Podría rajaros la corambre frente a una horda de alguaciles y antes cazarían a Verónica la de Jaén que a un servidor. Pero destensaos, porque no planeo daros tierra; al menos, no… todavía.
—Si no planeáis matarme, ¿qué planeáis, entonces? ¿Qué queréis de mí?
—Quiero que breguéis por los Castro a tumba abierta. Ellos no han cometido los Crímenes del Ritual.
—¡Excelente noticia! Id a su abogado y transmitídselo.
—En tal componenda me hallo. Vos sois su abogado.
—En ningún momento he ratificado ese extremo.
—No preciso de ratificaciones, pero, si os quedáis más tranquilo, ratificádmelo.
—Me quedaré más tranquilo cuando salgáis de aquí.
—No me obliguéis a transgredir el quinto mandamiento, licenciado —advirtió Alonso, trajinando bajo la capa para simular que desenvainaba un cuchillo—. Os repito que no me quitaría el sueño redimir a la Justicia de uno de sus canónigos.
—De acuerdo —cedió Andrés, acobardado—. Lo ratifico. Soy el abogado de los Castro y se les acusa de los Crímenes del Ritual. ¿Contento?
—¿Vos lo estáis conociendo el desafuero perpetrado sobre dos inocentes?
—No me pronunciaré al respecto —refutó Andrés, reprimiendo un suspiro de alivio, pues al fin había logrado abrir la gaveta y localizar la daga—. Se trata de un pleito vinculado al secreto que preside la práctica forense de la Inquisición y no se me permite comentarlo con nadie.
—Lo comentaréis conmigo por las buenas o por las malas —estipuló Alonso, arrastrando las palabras—. Y os recomiendo que saquéis la mano de la gaveta. No bien rocéis la faca que escondéis ahí, tendréis la mía en el corazón.
Pegando un respingo, Andrés obedeció de inmediato. Atrincherado en el ala del sombrero y pese a la desazón que lo embargaba tras confirmar el apuro de sus padres, Alonso sonrió. ¡Si aquel pobrecito supiera que temblaba más que él y que ni una pluma podría empuñar!
—Y perded cuidado —continuó hablando—. Respetaré el silencio inquisitorial. No ambiciono comadreos de mentidero sobre el asunto. Solo quiero que porfiéis en la verdad y probéis la inocencia de los Castro.
—¿Quién sois que tanto os interesa la cuestión? —preguntó Andrés, intrigado—. Excepto el hijo prófugo y el auténtico asesino, si realmente es otro, no se me ocurre nadie a quien importe la suerte de esos dos.
—Esos dos tienen nombre y apellidos, letrado —se sulfuró Alonso—. Sebastián Castro y Margarita Carvajal. Resulta evidente que al auténtico asesino, que realmente es otro, no le importa su suerte e ignoro si el hijo prófugo anda en las mismas, pero a su abogado sí debería importarle.
—No me habéis contestado. ¿Quién sois?
—Os lo dije al llegar. Un signacaras peligroso con mucha mundología.
—¿Y en qué afecta el destino de los Castro a un signacaras peligroso con mucha mundología?
—Me ayudaron en el pasado y quiero compensarlos —explicó Alonso, depositando la Bolsa de la Esperanza encima del bufete—. Anoche gané esta mochila y deseo invertirla en procurarles una defensa honorable. Comprometeos a proporcionársela y será vuestra.
—¿Cómo la ganasteis? —inquirió Andrés, rozando el hatillo con dedos codiciosos.
—En una timba fausta.
—Grande merced debieron rendiros los Castro si merita tamaño caudal. ¿Os salvaron la vida o algo parecido?
—Algo parecido. Vivo gracias a ellos y ahora es tiempo de corresponder sus desvelos.
—Ofrecéis la bolsa a cambio de una defensa honorable. ¿Pensáis que les brindaré una defensa desprovista de honor?
—Lo pienso.
—¿Qué os induce a maliciar tal cosa?
—El Santo Oficio os abona la soldada. No os supongo impugnando la versión del patrón.
—Ciertamente no impugnaré la versión del patrón —se revolvió Andrés, ruborizado al sentirse descubierto—. Y ¿sabéis por qué? Porque mi patrón es el encausado y su versión, la mía. Además, él costea mi minuta, no el Santo Oficio. Para ese menester, entre otros, le secuestran la hacienda.
—Esos zorros han montado bien el belén —resopló Alonso, disimulando el asombro, pues desconocía aquel detalle—. ¡La baila tiene guasa! El encausado se costea su propia sentencia de muerte.
—El encausado se costea un jurista que brega por eludir una sentencia desfavorable —rebatió Andrés.
—No me contéis cuentos, licenciado. Los frailes sufragan sus cabildadas expoliando al reo y contratando juristas de su cuerda que no jeringuen demasiado. Y encima, como acatan la ley del puño cerrado mejor que la ley de Dios, tasan el servicio del jurista a precio de cebolla agusanada intentando gastar poco y agenciarse así la mayor suma posible. De seguro os han endilgado la defensa de ambos esposos para arañar un dos por uno. En consecuencia, costee quien costee la minuta, respondéis ante la curia y os interesa complacerla mimando su versión, no discutiéndosela.
Turbado e incapaz de alegar nada en su descargo, Andrés guardó silencio. La triste realidad lo avergonzaba y la descarnada forma en que Alonso recién la exponía le hirió el orgullo en lo más profundo.
—La ventura os sonríe, sin embargo, pues yo os daré la oportunidad de practicar el derecho de manera decente —prosiguió Alonso—. A partir de hoy responderéis ante mí y me complaceréis a mí. Os dejaréis la piel en la defensa de los Castro y, en retribución a tanto denuedo, recibiréis un estipendio muy superior a la miseria que me barrunto os reservan los tonsurados.
—¡Fabuláis! —repudió Andrés, recomponiéndose—. En el procedimiento que mentáis ejerzo de abogado de presos del Santo Oficio y a tal institución me debo.
—Esa aserción os delata, letrado. Os debéis a los presos del Santo Oficio, no al Santo Oficio.
—La abogacía de presos del Santo Oficio es una institución disociada del Santo Oficio y a ella me refiero. Aunque no lo creáis, presentaré batalla por los Castro, pero he de hacerlo desde el título que ostento y eso me impide percibir pagos particulares.
—Nadie se enterará de que los percibís y recabaréis mucha guita. Hablo en serio, licenciado. Lograd la absolución de los Castro y palabra que añadiré a esa mochila cuantas me pidáis.
—¿Os habéis desnortado? —saltó Andrés, asustado—. ¿De veras estáis proponiendo que vulnere las reglas de la Inquisición?
—Estoy proponiendo que os volquéis en salvar a personas inocentes.
—Me volcaré en salvar a personas cuyo caso me han asignado, pero lo haré respetando las normas, cobrando lo que me corresponda y de quien corresponda.
—Tildando a los Castro de «personas cuyo caso me han asignado» les auguro una condena precoz.
—Dios proveerá.
—¿Y si proveyese yo antes sajándoos el gaznate? —Se impacientó Alonso.
—¡Adelante! —desafió Andrés, crispado—. Sajadme el gaznate, desmembradme y tiradme al río. De actuar del modo que pretendéis, ardería en el brasero y cualquier calvario me parece menos tormentoso que ese.
—¿Tanto teméis el fuego? De acuerdo. Os ataré a un poste y os quemaré. De una u otra forma, o colaboráis, o moriréis.
—Moriré, entonces. Si ha de ser merced al fuego, prefiero que vos prendáis la hoguera. Así pereceré como un mártir del Señor, no como un excomulgado que nunca conocerá el paraíso.
—Muy bien —silabeó Alonso en un macabro tono que acongojó a Andrés—. En ese caso, extremad el tiento, porque, en cuanto lo aliviéis, una sombra surgirá de algún recodo presta a inscribiros en la cofradía de los mártires del Señor.
—Aunque confieso que me inspiráis miedo, los dominicos me inspiran mucho más —musitó Andrés, a punto de echarse a llorar—. Amenazadme con el infierno si os place, pero no vulneraré sus normas.
Tan sincera y rotunda declaración obligó a Alonso a reestructurar el plan. La visita a Andrés de Bascal perseguía tres objetivos: obtener la asistencia del licenciado, cerciorarse de los delitos atribuidos a los Castro y averiguar su paradero. Fracasado el primero y conquistado el segundo, decidió centrarse en el tercero.
—Os ofrezco un trato alternativo. Decidme dónde penan los Castro y os perdonaré la vida.
—Lo ignoro —rechazó Andrés, resuelto a no continuar quebrantando el secreto inquisitorial.
—Mentís. Sois su abogado. Alguna visita les habréis rendido.
—Repito que lo ignoro.
—Están en la Cárcel de la Corona, ¿cierto? —aventuró Alonso, recordando la teoría de Juan.
—Yo no… no… no lo sé —tartamudeó Andrés de manera elocuente.
—Entiendo —sonrió Alonso.
—¿Por qué aludís a ese presidio?
—Por nada en particular. Solo divagaba, pero vuestra reacción ha resultado sumamente ilustrativa. Os agradezco la información.
—No os he facilitado ninguna información —se encrespó Andrés—. ¡Y se acabó! Esta enojosa entrevista ha terminado. Si no os largáis y tampoco pretendéis matarme, entonces me iré yo.
—Id tranquilo —accedió Alonso, atisbando una magnífica oportunidad de registrar el lugar e intentar encontrar algún documento relativo al proceso de sus padres—. Custodiaré vuestras posesiones hasta que regreséis.
—Si proyectáis un registro, perdéis el tiempo —avisó Andrés, adivinándole las intenciones—. No encontraréis nada referente al litigio de los Castro. El tribunal tutela los autos. Cuando preciso examinarlos, debo acudir al convento de Atocha y proceder bajo la vigilancia de un escribano del secreto.
—Insisto: esos zorros han montado el belén de augusta suerte —masculló Alonso, frustrado.
—Yo también insisto: ¿marcháis vos o marcha un servidor y ahí os quedáis amedrentando a las paredes? —replicó Andrés, levantándose en actitud expeditiva.
—No les prestaréis una defensa honesta, ¿verdad? —vaticinó más que preguntó Alonso, sintiéndose vencido—. Os limitaréis a interpretar una pantomima que otorgue legitimidad a un pleito ilegítimo y, en recompensa, recabaréis prebendas. Por eso os resignáis a un jornal infame; porque en el futuro os retribuirán con regalías. Tal vez un puesto en la Administración, un trato de favor, alguna excelencia… ¿Me equivoco?
Al percibir un oscuro destello de ambición en las pupilas de Andrés, se estremeció y durante un instante fugaz visualizó a sus padres expirando en la hoguera. A punto de derrumbarse ante la lóbrega estampa, necesitó de todo el desprecio que aquel cretino le inspiraba para inocularle el veneno del remordimiento.
—Decidme: ¿qué gentileza os han prometido a cambio de vejar así la justicia que deberíais honrar? Me la barrunto de enjundia si vale la cabeza de dos inocentes. ¿O acaso vale más? ¿Cuántas más, abogado? ¿Cuántos inocentes han agotado sus días en una pira a causa de la vacua defensa que les habéis brindado? ¿Cuántas vidas lastran ya vuestra conciencia?
El rosario de preguntas abrumó a Andrés. Nunca se había planteado que, en efecto, la mayoría de sus clientes terminaron en el brasero y, al reparar en ello, vientos de culpa le agitaron la paz de espíritu, vientos que, sin embargo, capeó poniéndose de perfil y elaborando un muy reconfortante pliego de descargos.
De ninguna manera se le podían achacar aquellos aciagos desenlaces porque no era responsable de las ofensas a Dios que otros perpetraban. Lejos de meritar reproches, meritaba encomio, pues, cuando alguien transgredía las normas de la Iglesia, él no lo desasistía; al contrario, lo apoyaba y lo ayudaba.
Omitiendo juicios y censuras, lo amparaba, lo escuchaba, lo consolaba, recogía explicaciones, pretextos, evasivas, subterfugios, reivindicaciones, lamentos… Lo recopilaba todo y, exponiéndose a las suspicacias de la Inquisición, lo abanderaba. Aunque no diese crédito, aunque discrepase, aunque le disgustase…, lo abanderaba y consagraba noches enteras a montar complicados alegatos exculpatorios que justificaran lo injustificable. Y, si, pese a su ahincado empeño, lo injustificable se imponía, porfiaba hasta desfallecer en las ventajas de confesar. A muchos ahorró el calvario del fuego en vida consiguiéndoles el piadoso garrote previo.
No se trataba, pues, de cuántos murieron a causa de sus vacuas defensas, sino de cuántos lo hicieron sin sufrir gracias a una confesión que él auspició.
Tras estas clementes reflexiones, Andrés compuso una mueca altiva destinada a enmascarar la tormenta que le había estallado dentro y se irguió ante Alonso.
—Ninguna vida lastra mi conciencia —afirmó, esforzándose en no evidenciar lo que de veras sentía—. ¿Podéis vos decir lo mismo?
—Puedo decir que no arrastro vidas por las que debí luchar y no luché.
—Yo lucho por vidas herejes, maese. Lucho por vidas que quizá no merecen vivir.
—Lucháis por vidas que, según una cuadrilla de leviatanes vestidos de clérigos, no merecen vivir —matizó Alonso—. A vos os corresponde truncar sus desmanes y, sin embargo, ¿qué hacéis? Les barréis el camino y después os sentáis a esperar los laureles de vuestra ignominia.
—No hay ignominia en esperar laureles dimanantes de un trabajo realizado conforme a la ley —rebatió Andrés en tono gélido—. Sí la hay en sugerir violarla y pretender premiar el ultraje con caudales indignos. Así que coged ese dinero cosechado en tierras de pecado y largaos de una vez.
Temblando de ira e impotencia, Alonso agarró la Bolsa de la Esperanza y se dirigió a la puerta. De pronto, la rabia le impulsó a girarse y lanzar una maldición sobre aquel desgraciado.
—Ojalá que cada lisonja, cada dádiva, cada privilegio nacido de vuestra vil práctica del derecho os traiga pesares. Ningún hombre es inmune a las jugarretas del destino, licenciado; ni siquiera un jurista cómplice de las tropelías del Santo Oficio. Quizá esos a los que hoy rendís pleitesía allende la ética profesional mañana os procuren una situación similar a la de los Castro y quizá entonces, cuando reclaméis la justicia que ahora pisoteáis merced a una codicia insana, vuestro abogado se encoja de hombros y os diga que lucha por vidas herejes que quizá no merecen vivir. Quedad con Dios y que él os proteja de vos mismo.