Libelo de sangre
CAPÍTULO 51 Verdades para Alonso
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CAPÍTULO 51Verdades para Alonso
Confirmar que la Inquisición acusaba a los Castro de los Crímenes del Ritual y comprobar que Andrés de Bascal no se afanaría en salvarlos hundió a Alonso en un pozo de foscos augurios.
Aunque el fantasma de un desenlace fatal siempre le acompañó en aquella tortuosa travesía por el abismo, lo percibía confinado en tal nebulosa de irrealidad que, lejos de prestarle atención, cerró los ojos y siguió adelante. Sin embargo, la reunión con el abogado carió la nebulosa, el fantasma escapó de la irrealidad y se mostró ante Alonso como lo que era: una imagen aterradoramente real que se apoderó de sus ojos cerrados y a la fuerza se los abrió.
Vio entonces una hoguera crepitante y, en medio de esa hoguera, vio a sus padres. Atados a una pira, sus cuerpos flameaban y ellos chillaban; sus cuerpos se consumían y ellos se retorcían; sus cuerpos desaparecían y ellos… morían.
Desde ese día, el joven vivía en una perpetua zozobra porque intentaba volver a recluir al fantasma en su antigua cárcel de irrealidad, pero ya no lo conseguía. Al contrario. El fantasma le resultaba cada vez más real y, lo que era peor, se había apoltronado en un rincón de su corazón muy inquietante: el de los presentimientos.
Una tarde de principios de marzo, se encontraba junto a Juan y Antonio en la cima de un collado extramuros de Madrid cuando, atrapado en aquel angustioso presagio que no le daba tregua, rompió en un llanto silencioso.
Al advertirlo, Juan trató de reconfortarle.
—No perdáis la fe, hermano. Este entuerto se esclarecerá y soltarán a vuestros viejos.
—No los soltarán —rechazó Alonso, enjugándose las lágrimas con un rabioso manotazo, pues odiaba mostrar debilidad ante nadie y, en particular, ante su amigo—. Les atribuyen los Crímenes del Ritual y ese Andrés de Bascal es un maldito pelauvas que no moverá un dedo por ellos. Los van a quemar, Juan. Los van a quemar y no sé qué hacer para evitarlo.
—Yo sí lo sé. Debéis continuar luchando. Claudicar no está entre las opciones, Alonso. Porfiar hasta desfallecer. He ahí la forma de evitar que los quemen.
—¿Porfiar cómo? ¿Qué otra alternativa me queda, excepto rendirme?
—Antes de la entrevista con el profeta ya os barruntabais que les achacaban los Crímenes del Ritual y ni os planteabais capitular. ¿Qué ha cambiado ahora?
—Todo, Juan. Ha cambiado todo. El barrunto me permitía pensar que los rumores desatinaban y que el brete no alcanzaría este cariz. Sin embargo, la certeza ha devastado ese pensamiento y me ha mostrado una siniestra realidad que se torna más sombría cada luna y de la que no consigo sustraerme. El barrunto me animaba a esperar, pero la certeza me lleva a desesperar; y así estoy: desesperado.
Juan le escuchaba inmerso en un mar de remordimientos. No soportaba asistir al desplome de Alonso mientras él celaba una información que quizá le resultase útil. Tenía que referírsela. Probablemente intentaría que Antonio contase a los dominicos cuanto vio. Aunque adorase al niño, aunque supiese que eso le supondría el ingreso en una casa de orates…, lo intentaría. La vida de sus padres estaba en juego y había demostrado que haría cualquier cosa por ellos.
Se coló en una escribanía precintada en busca de la Bolsa de la Esperanza. Obviando que lo perseguían, se plantó en el centro de la polémica al objeto de averiguar sobre los Castro; primero en las Gradas de San Felipe y luego en las Losas de Palacio, enclaves atestados de gente donde podían identificarlo y echarle el guante. Volvió a rasgar un precinto inquisitorial, esta vez el de la residencia familiar, para procurarse avíos decentes y comparecer ante el Abogado de las Causas Imposibles sin importarle el grave riesgo de delación.
Desmayado de hambre, se abstuvo de tocar un maravedí de la Bolsa de la Esperanza, encalabrinado como estaba en dedicarla al rescate de los Castro. Abandonó a su hermano en la Inclusa no solo porque el rorro agonizaba, sino también porque ambicionaba libertad de movimientos en la búsqueda de una solución. Triplicó la Bolsa de la Esperanza trampeando a dos cuervos, cierto que con una habilidad extraordinaria, pero recién evidenciada y apenas practicada. Tentó de nuevo a la suerte visitando a un jurista asalariado de quienes querían prenderlo en un lugar ubicado frente al cuartel general de la corchetesca…
En definitiva, había consagrado un auténtico catálogo de temeridades a la redención de los Castro y Juan sabía que no vacilaría en engordar el surtido añadiendo cuantas considerase capaces de acercarle a su objetivo.
El muchacho no se engañaba. Si Alonso descubría que Antonio presenció los Crímenes del Ritual, insistiría en que este declarase y entonces estallaría el problema, porque, aunque el niño accediera, él se negaría en rotundo. La seguridad de Antonio primaba y la defendería cayera quien cayese.
Pese a todo, debía contarle la verdad. Alonso era su amigo; su compadre. Callando lo estaba traicionando y a un compadre no se le traicionaba.
Confesaría y después capearía el temporal. Si Alonso no se avenía a razones y se obcecaba en exponer a Antonio a los curas, le haría ver que el testimonio del chiquillo no solventaría el apuro de los Castro, pero que, libres ya de secretos, entre los dos podían hallar el modo de lograrlo.
—No aflojéis, socio —dijo sin saber cómo empezar a devanar la madeja, pues, aunque no quería admitirlo, temía la reacción de Alonso—. Aferraos a la Bolsa de la Esperanza. Alberga la esperanza de los Castro y la vuestra propia. Don Sebastián afirmó que, cuando os extraviarais, ella os guiaría. Permitid que lo haga.
—¡La Bolsa! —bufó Alonso—. ¡Ni me la mentéis! ¡Hastiado me tiene! Arriesgué la pelleja sacándola de la escribanía; después duplicándola, y luego tratando de entregarla a un abogado. Y ¿dónde me ha conducido tanto avatar? Al estudio de un midas que la estimó parca y al de un mequetrefe vendido a las regalías de la condenada Inquisición. ¡Mal rayo acalambre a los dos!
—La Bolsa no desea terminar en manos de un profeta. De ahí que haya abortado vuestros conatos al respecto. Su destino es otro.
—¿Y cuál es su destino? Porque, dadas las circunstancias, a mí no se me ocurre en qué menester distinto a un jurista he de emplearla.
—A mí tampoco, pero la Bolsa sí lo sabe y, tarde o temprano, se pronunciará.
—Pues que arree, porque la cuestión urge —saltó Alonso, enfurecido—. En serio, Juan, aparcad la fábula del ángel de la guarda con forma de bolsa. Al principio le concedí pábulo, pero ya me he hartado de la tontería. La cederé a la Inclusa y asunto arreglado. Si no me sirve para aportar esperanza a mis padres, al menos servirá para aportársela a Diego.
—Intentadlo. ¿Qué os apostáis a que sucede algo que balda el amago? La Bolsa tampoco proyecta desembocar en la Inclusa. Os reitero que su destino es otro.
—¡Y dale Perico al torno! Muy bien. Ya que piensa, opina y respira, propongámosle intervenir en la tertulia. Podríamos convidarla a un pichel de vino. Acaso se achispe y nos cuente de una bendita vez qué diantres pretende.
—De acuerdo, camarada —suspiró Juan, determinado a encarar el lance—. Ignoro si la Bolsa piensa, opina o respira, pero intuyo que está detrás de lo que me dispongo a hacer. Os empujó a vos a revelarme su existencia porque quería que yo os persuadiera de ir a la coima. Aunque desconozcamos la razón, necesitabais reponer lo donado a la Inclusa y ella nos indicó el modo de conseguirlo. Ahora vuelve a actuar y me empuja a mí a deciros la verdad. ¿Por qué? No lo sé. Quizá porque así encontraremos la manera de llevar esperanza a los Castro.
—¿Decirme la verdad? —repitió Alonso, intrigado—. ¿Qué verdad?
Juan llamó a Antonio, que jugaba en los alrededores con la peonza.
—Únete a nosotros un instante, canijo —le requirió cuando el niño se acercó—. He de participarte algo.
Colocándose frente a un pasmado Alonso y un expectante Antonio, comenzó a desvelar el misterio.
—Antonio, ¿recuerdas al sujeto que vimos aquella noche en Santa Isabel? ¿El que yo creía asesino de Mateo? Nuestro amigo es su hijo.
Sorprendido, el párvulo miró a Alonso, regresó los ojos a Juan y se encogió de hombros.
—Te lo oculté en el ánimo de no traerte a las mientes lo que presenciaste.
Antonio señaló entonces a Alonso y volvió a encogerse de hombros.
—A Alonso le oculté que vimos a su padre y también lo hice para protegerte.
Cuando el niño se tocó los ojos y se encogió de hombros por tercera vez, Juan se ruborizó.
—No, canijo. No le he referido lo que presenciaste. Pensé que era lo mejor para ti.
Alarmado, Antonio extendió los brazos como abarcando una muchedumbre, chocó los dedos entre sí aludiendo al chismorreo, señaló a Alonso y negó con la cabeza. Después se llevó la mano al pecho y reincidió en la negativa.
—¡Sosiégate, zagal! Alonso nunca se tragó las pamemas que corren sobre su viejo y sabe que tú tampoco.
Antonio se tocó la boca en actitud apremiante y volvió a señalar a Alonso.
—Ahora mismo le voy a contar toda la historia, así que templa, ¿de acuerdo?
—¿Os importaría aclararme de qué demonios habláis? —interrumpió Alonso, que había palidecido de golpe—. ¿Qué significa que visteis a mi padre una noche en Santa Isabel? ¿Y por qué Antonio parece convencido de su inocencia? ¿Y qué presenció? ¿Y qué historia vais a contarme? ¿Qué está pasando aquí, Juan?
Mientras Alonso lo tundía a preguntas, Juan trataba de desembarazarse de Antonio, que, desazonado, le tironeaba de la manga acuciándole a confesar.
—¡Basta, carajo! —ordenó, exasperado—. Antonio, permanece quieto. Yo me encargaré de esto. Y vos, Alonso, si aliviáis el interrogatorio, os lo explicaré.
—Adelante —invitó Alonso, esforzándose en sofocar la ansiedad—. Os escucho.
—El día que nos reencontramos, esperabais que, sabiéndoos el hijo prófugo, avisase a los varados; sin embargo, yo os aseguré que no piaría porque conocía al plumilla y no le concebía aniquilando infantes. ¿Lo recordáis?
—Lo recuerdo.
—En realidad, os mentí. Durante un tiempo sí le concebí aniquilando infantes. Presté oído a los rumores y le achaqué el final de Mateo. Pero cambié de idea cuando… averigüé la verdad.
—¡Virgen de la Soledad, Juan! Dejad de anunciar esa enigmática verdad y desglosadla de una vez.
—Una madrugada, antes de reencontrarnos, Antonio y yo estábamos en la covacha de Santa Isabel y salimos a regar el jardín. En aquel momento un séquito de la Inquisición recorría la vía principal. Portaba dos sillas de manos y se dirigía al convento de Atocha. De pronto, el preso que viajaba en una de las sillas empezó a gritar que se asfixiaba y que necesitaba aire fresco. La comitiva se detuvo y los belleguines apearon a un individuo encapuzado. Al quitarle la nube de la pensante, el hombre inspiró hondo y… cayó desfargalado al suelo.
—Ese hombre… ese hombre… ¿era mi padre? —tartamudeó Alonso con el rostro desencajado.
—Talmente, amigo.
—Ha… muerto, ¿cierto? He ahí la verdad que tanto os cuesta contarme.
—No os perdáis en enormidades. Solo se desvaneció, pero lo atendieron y se recuperó.
—¿Y mi madre? ¿Visteis a mi madre?
—Aunque no la vimos, me la barrunté en la otra silla. En medio de la cascarada que se organizó, distinguimos los sollozos de una mujer que llamaba al esposo y le imploraba que no la abandonase.
—¡Dios bendito! —exclamó Alonso, acongojado—. Pero ¿por qué me habéis ocultado semejante avatar?
—Todos celamos misterios, zagal, y todos tenemos motivos personales para hacerlo. Vos me ocultasteis a mí la existencia de la Bolsa de la Esperanza merced a vuestros motivos personales y me hablasteis de ella cuando lo estimasteis oportuno. Mismamente el menda. En cualquier caso, permitid que primero os relate lo acontecido y luego os daré cuantas explicaciones requiráis, ¿de acuerdo?
—De acuerdo. Disculpad mi arrebato, pero es que esta situación me supera. Proseguid, os lo ruego.
—Cuando apiolaron a Mateo, mi viejo andaba desfaenado. Como se aburría, el muy hideputa resolvió divertirse hojaldreándome cinto en ristre y, para poder disponer de mí a placer, me prohibió las salidas. Imaginando que Mateo y Antonio se inquietarían si no asomaba el hocico, esa noche aproveché que su habitual sacramenta lo tumbó y marché a participarles mi clausura. Trepamos a uno de los cerros del camino del Molino Quemado, les referí mi infortunio y regresé a la jaula mientras ellos se quedaban disfrutando de la libertad.
»No bien recobré la calle, los busqué y, al no hallarlos en ninguno de los sitios acostumbrados, fui al cerro donde nos separamos. Allí me topé con Antonio. Estaba solo, desastrado y aterrorizado. Al interpelarle sobre el paradero de Mateo, sufrió un ataque de pánico que me subió las turmas al pasapán. Augurando lo peor, decidí mandar al infierno a mi padre y cuidar del crío hasta que escampase.
»Poco después, apareció el cadáver de Mateo junto al de la moza ultrajada y se gestaron los Crímenes del Ritual. Rumiándome que Antonio sabía algo y que de ahí procedían sus desmesuradas reacciones, volví a demandarle razones, pero de nuevo me encontré tirándole piedras a la luna. Aunque insistí e insistí, no había forma humana de arrancarle ni un detalle. Lejos de ello, en cuanto le mencionaba la cuestión, se demudaba, desorbitaba los ojos y empezaba a convulsionar. Como padecía en gordo y luego tardaba horas en recomponerse, determiné no importunarlo más y aguardar a que le naciera cantar en voluntad.
—Y le nació al ver el síncope de mi padre —aventuró Alonso.
—En efecto. Cuando lo desencapuzaron y le reconocí, me encorajiné. Antonio me preguntó qué me avinagraba y yo le pregunté a él si aquel hombre le sonaba. Cuando lo negó, le dije que era el asesino de Mateo y al punto el zagal se descabaló. Quedó patitieso, con los ojos de visera y convulsionando. Comprobado que la cosa seguía del mismo color hormiga, me resigné a claudicar, pero entonces Antonio agarró su caballo, se lo pegó al frontispicio y, como si la proximidad del jamelgo le proporcionase los arrestos precisos para encarar fantasmas, comenzó a gesticular.
—¿Y qué gesticulaba?
—Que vio a Mateo partir al cielo y que el plumilla no auspició esa mudanza.
—¿Antonio asistió al homicidio de su hermano? —balbuceó Alonso, horrorizado—. Recién decís que sabía algo y de ahí las desmesuradas reacciones, pero de saber algo a presenciar el trance hay un trecho largo.
—Aunque me lo olía, no lo constaté hasta que desembuchó.
—Si vio morir a Mateo y afirma que mi padre no le provocó el óbito, deduzco que no solo vio el asesinato, sino también al asesino. ¿Me equivoco?
—A los asesinos, socio. Al parecer, fueron dos.
Aferrado al caballo de madera, Antonio se plantó delante de Alonso y se tocó las pupilas ratificando las palabras de Juan; luego sacudió de nuevo la cabeza intentando transmitirle que nunca consideró a Sebastián un criminal, y al final rompió a llorar convencido de que Alonso no le creería y se enfadaría con él.
—No penes, amigo —tranquilizó Alonso, aparcando su propia zozobra y abrazándole—. Sé bien que no has dudado de mi familia y, aunque lo hubieras hecho, no me enfadaría contigo. Los compadres se apoyan, no se encocoran entre sí; y nosotros somos compadres, ¿o no?
Zafándose del abrazo, Antonio se llevó el puño al corazón y después dirigió el índice hacia Alonso.
—Idéntico afecto te profesa un servidor, muchacho. Así pues, ¿por qué el lagrimeo? Despáchalo presto y alegra esa cara, que, mientras se ríe, no se llora.
El niño se limpió las lágrimas, se sonó la nariz en la manga del desastrado sayo y amagó una sonrisa compungida.
—¡He ahí un valiente de mar y tierra! —Aplaudió Alonso, satisfecho—. Y ahora dime: ¿te sientes capaz de detallarme lo sucedido aquella noche? ¿De veras viste a dos hombres?
Antonio asintió, pero, al sentir que los fantasmas retornaban, apretó el caballo y miró a Juan suplicante.
—Mateo y el rapaz estaban en el altozano donde yo me había despedido de ellos cuando dos fulanos arribaron con una doncella maniatada —intervino Juan, recogiendo la súplica del niño.
—Candela Bouza, me figuro —infirió Alonso.
—Exacto. Se internaron en una calvicie del bosque que se extiende a los pies del altozano. Merced a la espesa vegetación, desde el camino no eran visibles, pero desde la cima del altozano sí. Esos canallas violentaron a la chica de tan feroz guisa que la misericordia de Mateo se impuso a la sensatez y lo empujó a cometer un craso error que le costó la vida. Acudió a luchar por ella y… bueno… el pobre zagal solo consiguió morir por ella.
—¡Ángela María! ¿En serio Antonio presenció semejante animalada? No me extraña que quedase traumatizado.
El chiquillo llamó su atención, le señaló de nuevo, se rozó los párpados y negó vigorosamente.
—Insiste en que vuestro viejo no estaba allí —tradujo Juan.
—¡Pues claro que no estaba allí, demontres! —bufó Alonso—. ¿Qué aspecto tenían ese par de endriagos?
—Uno era un caballero de pocos abriles y mucho oro; el otro lucía la capa roja de los militares.
Un destello fugaz asaltó a Alonso.
El testamento, Sebastián encomendándole su custodia, la admisión de una traición conyugal, el sustancioso legado al fruto de esa traición, la conversación con el hijo y heredero de Pelayo Valcárcel, el rechazo que le provocó aquel mancebo cuyos escalofriantes ojos azules brillaron de miedo cuando le mentó al padre, la sorprendente impasibilidad que mostró al notificarle su defunción, la irracional certeza de que algo le vinculaba a la detención de los Castro… De repente, los acontecimientos que hasta ese momento habían permanecido desordenados en su entendimiento empezaron a ordenarse y, al escuchar la alusión al joven rico que asesinó a Mateo, un potente pálpito le aseguró que se trataba de Enrique Valcárcel.
—¡El caballero! —exclamó en tono apremiante—. Antonio, ¿el caballero tenía los ojos de un azul muy intenso y muy frío?
Tapándose el semblante, el zagal negó; después se cogió el pelo y apuntó al cielo.
—Iban embozados y no les distinguió el rostro, pero sí la pelambre cuando, al oponer resistencia, la moza logró arrancarles el tejado —indicó Juan—. El caballero era rubio y de ahí que el canijo señale el cielo y, en concreto, el sol. El miliciano era lampiño en la coronilla con greñas canosas en derredor.
—¿Rubio como el sol? —se exaltó Alonso—. ¡Por los clavos de Cristo! ¡Es él!
—¿Él? —Bizqueó Juan—. ¿De quién diantres…? ¿Qué, Antonio? ¿Qué sucede?
El niño le tironeaba del brazo y le enseñaba una mano.
—¡Ah, sí! Lo olvidaba. El crío también advirtió una mano tullida en el soldado. Le faltan todos los dedos, menos el…
De pronto, palideció. Tras la aventura en la coima, preguntó a Alonso los motivos que le habían llevado a arriesgar el plan floreando al sargento Salcedo y, cuando el chico le refirió el ultraje a Luisa, la fascinación que Márquez le inspiraba trocó en desprecio. En ese momento no ató cabos, pero ahora la descripción en voz alta del violador de Candela suscitó el engarce de datos.
—¿Un soldado ensabanado en un fieltro rojo, de coronilla lampiña, crines níveas alrededor y sin falanges, excepto el pulgar? —Recapituló Alonso—. ¿Estáis pensando lo mismo que yo?
—¡Márquez! —jadeó Juan—. ¡La Virgen! ¿Trabajo para el asesino de Mateo?
—Me temo que los hados se han echado unas risas a vuestra costa, compadre. ¡Tamaña casualidad!
—No me lo creo, Alonso. De seguro estamos meando fuera del tiesto.
—Si hubierais visto lo que ese luzbel y sus compinches le hicieron a Luisa, no dudaríais en asociarle ni al estupro de la Bouza ni al crimen de Mateo. Ya os dije que los mechones de la pelleja que veneráis pertenecen a mujeres víctimas de sus bestialidades. Apostaría a que la colección incluye uno de Luisa y otro de Candela.
—Pero Antonio nunca ha mencionado galanuras capilares. Canijo, ¿observaste guedejas prendidas en la red del miliciano?
El niño fingió apearse de un caballo, despojarse de una capa y tirarla al suelo; después cerró los ojos y negó.
—¿Os dais cuenta? —arguyó Juan—. No vio pelos en el fieltro del miliciano.
—Porque el miliciano se lo quitó al descabalgar, cabezabuque. Prestadme mientes, Juan. Os garantizo que fueron Márquez y ese siniestro de Enrique. ¿Os suena un linajudo rubio de ventanas azul hielo visitando el mandracho de Márquez?
—Los linajudos no visitan el mandracho de Márquez, socio. ¿A qué Enrique os referís?
Convencido de no disparatar y atisbando la posibilidad de salvar a sus padres, Alonso decidió desvelar la existencia del testamento. Extrajo de los ropajes el cartapacio del que nunca se separaba y se lo tendió a Juan.
—La noche del arresto, en cuanto mi padre oyó los gritos de la Santa, agarró este documento y me ordenó celarlo. Es el testamento que un principal de nombre Pelayo Valcárcel otorgó en la escribanía. Reconoce a un bastardo llamado Miguel Valcárcel y le adjudica un pellizco gordo de su patrimonio en detrimento del heredero, Enrique Valcárcel. Luego de abandonar a Diego en la Inclusa, me personé en la morada del tal Pelayo pensando que podría explicarme por qué mi padre me confió su testamento cuando estaban a punto de prenderlo.
—¿Valcárcel? —repitió Juan, frunciendo el ceño—. La muerta faenaba en el castillo de una familia con ese apellido.
—¿De dónde sacáis que Candela Bouza faenaba en la mansión Valcárcel? —inquirió Alonso, atónito.
—De donde se saca cualquier chisme: de los mentideros. La raptaron al salir de servir en unos fastos que se organizaron allí.
—¡Valiente investigador de pacotilla estoy hecho! Horas husmeando en las Gradas de San Felipe y no me entero de lo esencial. ¡Caracoles! Ahora sí encajan las piezas. Enrique Valcárcel celebró jarana en casa e invitó a Márquez y, como les apeteció clausurar la jornada a lo grande, secuestraron a una de las doncellas, la forzaron y, de paso, se cargaron al muchacho que los pilló en plena bellacada.
—Yo me he perdido —farfulló Juan, confundido—.
En primer lugar, ¿qué relación hay entre el arresto de los Castro y el testamento Valcárcel?
—Lo ignoro, pero imaginad la escena. Nos encontrábamos cenando tranquilamente; de repente, la Inquisición empezó a aporrear la puerta y lo único que se le ocurrió a mi padre fue coger el testamento, entregármelo y conminarme a custodiarlo. Resulta palmario que algo enlaza ambos sucesos; de lo contrario, en tan acuciante tesitura, mi padre se habría dedicado a otros menesteres, ¿no os parece?
—Admito que me parece. Continuemos, pues. Decís que os reunisteis con el prócer del testamento. ¿Qué os aclaró?
—Nada, porque no logré hablarle. Había fallecido. Mirad el testamento. Lo otorgó en noviembre y la diñó en enero. Dos meses después. ¿Rechina o no rechina?
—Quizá andaba enfermo, sintió que la Chata lo rondaba, gastó prudencia y testó.
—O quizá no lo rondaba la Chata, sino el hijo.
—¿Insinuáis que el hijo apioló al padre? —preguntó Juan, perplejo.
—¿Y si el roto de la herencia en favor de un espurio lo encalabrinó tanto que lavó la afrenta de manera expeditiva? Cuando llegué al palacete y pedí al portero que me condujese hasta Pelayo Valcárcel, asomó el tal Enrique. ¡Dios! En cuanto me clavó esos ojos de serpiente albina que tiene, un escalofrío me recorrió el envés. Os juro que el fulano eriza la piel del más bizarro.
»El caso es que, al mentar a don Pelayo, primero le noté amilanado, como si la cuestión le desazonase, y después me participó su muerte con la indolencia de quien comenta una trivialidad. Ni un mínimo gesto de aflicción mostró, actitud harto sorprendente tratándose de un padre. No me extrañaría que esté tras el óbito de don Pelayo y de seguro es el aterciopelado que vio Antonio. Si encima la Bouza faenaba en sus predios, la cosa se me antoja nítida cual cielo estival.
—En cambio, a mí se me antoja encapotada cual cielo invernal —rezongó Juan—. Antonio no le distinguió la faz ni tampoco el color de ojos.
—Pero distinguió una melena rubia. Y una melena rubia implica ojos azules.
—¡Menuda ansarada! Vos mismo sois de ojos verdes y crines pardas.
—Los ojos verdes pueden sucederse en morenos o castaños. Sin embargo, los azules solo se suceden en rubios.
—¿Se os ha frito la sesera, zagal? En una tarde os lleno San Felipe de morenos con ojos azules y rubios con ojos negros.
—Me da igual, Juan. Las entrañas me susurran que Antonio vio a Enrique Valcárcel y a Márquez.
—¡Estupendo! ¿Y cómo ensambláis que el amigo Pelayo confiese haber engendrado un bastardo, el extravagante comportamiento de don Sebastián antes de que la Santa lo prendiese y al rubiales mancillando a la fámula y descepando a Mateo? ¿Las entrañas os susurran cómo demonios armar un cuento coherente utilizando tan inconexos avatares?
—Las entrañas suelen susurrar el final del cuento, no los pormenores. En mi opinión, todo cuadra.
—Pues a mí no me cuadra un carajo, compadre. Únicamente la criada involucra al albino en los crímenes. El resto va por libre; en particular, Márquez. Un nariz empinada no se enfangaría con un miliciano destartalado en algo así de turbio. Eso exige un contacto estrecho y Márquez no frecuenta la alta parroquia.
—Vos solo le veis en la coima. Quizá allende sus muros tenga vecindades de fuste.
—¿Qué vecindades de fuste va a tener un bolichero? Los ensedados detestan a los de su calaña. ¡Que no casa, hermano! ¡No casa!
—En cualquier caso, hemos de comunicarlo a la Inquisición —exhortó Alonso, entusiasmado—. El testimonio de Antonio demostrará la inocencia de mis padres.
—He ahí el motivo por el que os oculté mis misterios —anunció Juan, afligido al confirmar que sus peores augurios se cumplían—. Sabía que propondríais eso y lo lamento, amigo, pero no comunicaremos nada a los curas.
—¿De qué habláis? Antonio debe declarar que presenció lo acontecido y que no vio a mis padres. Si no denunciamos a los auténticos responsables, los quemarán.
—¿En serio pretendéis denunciar a Enrique Valcárcel y a Márquez?
—¡Y tan en serio! Ellos mataron a Candela y a Mateo.
—¿Y cómo lo fundamentaréis? ¿Diréis que un mocoso de apenas siete abriles, mudo, de techo desgobernado y menesteroso asegura que una noche oscura, desde lo alto de un cerro, sorprendió a dos embozados de los que solo alcanzó a ver la cabellera y luego acusaréis a Enrique Valcárcel y a Márquez? ¿Os hacéis una idea de lo absurdo que suena?
—El fieltro rojo militar, la coronilla pelada y una mano tullida me parece una descripción bastante exhaustiva de Márquez.
—De Márquez y de toda la fauna miliciana de la Villa, Alonso. Madrid está atestada de soldados ensabanados en nubes púrpuras, calvos y mancos.
—Si añadimos el dato del pudiente rubio y yo aporto el testamento, la baila cambia. Lo otorgó el padre de Enrique Valcárcel, un mancebo rubio y patrón de una de las víctimas.
—No poseéis evidencias de la amistad entre Márquez y Enrique Valcárcel. Además, si señalar a Márquez basándose en un aspecto en absoluto identificativo ya resulta arriesgado, acusar a Valcárcel apoyándose en el color del pelo es un suicidio. ¿Qué contestaréis cuando os demanden justificar tamaño agravio a un ilustre? ¿Sentenciaréis que la cosa pinta «nítido cual cielo estival» porque la Bouza le servía? ¿O porque, al barruntarse en apuros, el plumilla os confió el testamento de su padre donde este regala un dineral a un adulterino y eso le llevó a cometer parricidio? ¿O porque sus ojos estremecen y encima solo los trigueños los tienen azules? Si soltáis semejante ristra de majaderías y la rematáis proclamando que las entrañas os las susurran, os auguro un encierro perpetuo.
—No me encerrarán. Expondré los hechos ordenadamente y me creerán.
—Os creerán un trastornado. He ahí lo que creerán. Enrique Valcárcel es un don, Alonso. No podéis endilgar a un don una atrocidad de ese calado abanderando una historia que no se sostiene ni echándole ganas.
—Mi historia unida a la de Antonio sí se sostiene y, aunque no procure la inculpación de Enrique, procurará la exculpación de mis padres.
—No procurará ni la exculpación de los Castro ni la inculpación de Enrique. Procurará vuestra reclusión y la del canijo en una galera de desnortados. ¿No comprendéis que el testamento no prueba nada y el testimonio de un crío parco de mientes carece de valor?
—No se trata de un simple crío parco de mientes. Se trata del hermano de Mateo. Vio el asesinato y a los asesinos. Su testimonio se me antoja muy relevante.
—Olvidáis que solo les vio el pelo. Y también olvidáis el asunto del corazón. Antonio no asistió al ceremonial luciferino ni a la mutilación. Asistió al ultraje de la chica y al apiolamiento de Mateo; después se llevaron los cuerpos y el espectáculo terminó.
—No importa quién mutiló a Mateo. Basta revelar quién lo mató. A partir de ahí, las autoridades investigarán los detalles.
—Lo del corazón no es un detalle, muchacho. Es el núcleo de la cuestión. Sin corazón mediante, estos crímenes no habrían suscitado interés. Cadáveres de niños o de mujeres estupradas aparecen a diario, pero no les desgajan el principal izquierdo. Achacando los homicidios a Márquez y Valcárcel, os preguntarán sobre la mutilación e ignoramos si de veras la ejecutaron ellos.
—Sabemos de cierto que mis padres no mataron a Mateo. Resulta más razonable atribuir la mutilación a quien lo mató que a quien ni siquiera estaba allí.
—Aunque resulte más razonable, no podemos probarlo y menos con un prócer de por medio del que apuesto los curas reciben generosas caridades. Antes de arriesgarse a perderlas, os sellarán la boca enterrándoos en una banasta de mala muerte y tirarán la llave al Manzanares.
—¿Y qué proponéis? —bramó Alonso, descompuesto de impotencia—. ¿Que me resigne? ¿Que permanezca impasible mientras se fragua el peor de los desenlaces? ¿Que proteja a dos satanes para evitar que me encierren? ¡Pues que me encierren! Que me manden al maldito infierno, pero lucharé por mis padres hasta el último aliento. Si me rindo ahora, jamás me lo perdonaré, amigo. Ya abandoné a mi hermano en el hospicio. No me pidáis que también los abandone a ellos.
—No os pido que los abandonéis. Os pido que gastéis tiento. La Inquisición es gente muy peligrosa.
—Yo no quiero gastar tiento, Juan. Quiero salvar a mis padres. Me dan igual los peligros. Me da igual lo que me suceda. Entregaría mi vida a cambio de la suya y por Dios que lo haré si ha menester.
—¿Y Antonio? ¿Tampoco os importa lo que le suceda a él? Miradle, Alonso. Miradle y decidme: ¿de verdad os da igual lo que le suceda?
El chiquillo estaba sentado en el suelo y, aferrado a su caballo de madera, se esforzaba en entender el alcance de la polémica. Cuando Alonso se volvió hacia él, esbozó una sonrisa radiante, se levantó de un brinco y se encogió de hombros preguntando dónde debían acudir para contar que no vio a Sebastián asesinando a Mateo.
—Ahí le tenéis —continuó Juan—. Presto a ayudaros en lo que preciséis. Aunque desconoce lo que le ocurriría de plantarse ante el clero y acusar a un don de la masacre, no dudéis que, incluso sabiéndolo, por cualquiera de nosotros lo haría. Sin embargo, vos sí sabéis lo que le ocurriría y no me creo que os dé igual. Además, os consta que su testimonio sería baldío y no supondría la absolución de los Castro.
Atrapado en la encrucijada, Alonso calló. Aunque él no vacilaría en inmolarse, de ninguna manera sacrificaría a aquel zagalillo a quien quería como a un hermano pequeño. Para colmo, Juan no desvariaba aduciendo que lo declararían incapaz y desecharían su testimonio, sobre todo si ese testimonio perjudicaba a un poderoso.
Cuando Antonio le tironeó de la manga instándole a incorporarse y apremiar, negó afligido. Entonces el niño le abrazó. Alonso le devolvió el abrazo reprimiendo las lágrimas, pero, al tomar conciencia de que no exponerlo a la Inquisición implicaba la probable muerte de sus padres, rompió a llorar.
—Marcha a jugar, canijo —intervino Juan—. Yo me ocupo de nuestro amigo.
Antonio besó la mejilla de Alonso y se alejó de la forma habitual: trotando cual jinete a lomos de un rocín.
—Os referiré algo —dijo Juan luego de un respetuoso silencio—. La noche que regalé a Antonio esa talla equina de la que nunca se separa, le prometí que algún día lo llevaría al Paraíso de los Caballos, un lugar repleto de jamelgos. Lo llamé la Gran Zarandaja de la Sonrisa. ¡Si le hubierais visto! Se puso a brincar y a aplaudir, loco de alegría.
Se detuvo un momento para que sus palabras calasen en un Alonso que, deshecho en llanto, parecía no escucharle; después prosiguió.
—Aunque no sé si lograré consumar la Gran Zarandaja de la Sonrisa, aunque no sé si lograré localizar el Paraíso de los Caballos…, aunque no sé si lograré hacerle feliz, hay algo que sí sé. Me dejaré la piel en el empeño de evitar que lo empareden en un averno de alunados donde languidezca hasta expirar de pena y soledad.
»Posiblemente sentís que os traiciono baldándoos la intención de embarcarlo en vuestra batalla y lo comprendo. Solo os pido que me comprendáis a mí. Me propuse honrar la memoria de Mateo cuidando a su hermano y me enfrentaré a cualquier cosa que me impida cumplir. Recién decís que entregaríais la vida por la de los Castro. De idéntica guisa obraría yo por Antonio y por vos. Sois mi familia, Alonso, lo único que tengo en este miserable mundo, pero, si he de elegir y aun a riesgo de perderos, le elijo a él.
Al terminar el discurso, Juan aguardó una reacción que no llegó, pues Alonso se mantenía inmóvil, oculto el rostro entre las rodillas y sin pronunciarse. Un buen rato después, cuando, apesadumbrado, ya empezaba a asumir las consecuencias de su decisión, oyó la voz de Alonso.
—La próxima vez que hagáis una promesa, aseguraos de poderla cumplir, porque dudo que exista un Paraíso de los Caballos. ¡Menuda boca, zagal! A fe que supera las dimensiones del Alcázar.
—Me arrepiento de esa bendita promesa más que Eva de morder la manzana —contestó Juan, sonriendo aliviado—. Esperaba que el menino pasase página, pero cada cierto tiempo me pregunta si he encontrado ya el Paraíso de los Caballos.
—Os comprendo, amigo —dijo Alonso, levantando la cabeza y mirándole con una honda tristeza en los ojos—. Lejos de sentirme traicionado, me inclino ante vuestro propósito de honrar la memoria de Mateo amparando a su hermano. Al fin y al cabo, lo mismo intento hacer yo por mis padres: ampararlos. No temáis, pues. Sé del afecto que nos profesáis y nunca os obligaría a elegir.
—Agradecido, compañero. No imagináis el peso que me quitáis de encima. Pensé que me mandaríais al carajo.
—Jamás os mandaré al carajo, Juan. Nuestra amistad es para siempre. No lo olvidéis.
—Vos y un servidor, a pan y cebolla. Y en cuanto a los Castro, os ayudaré en lo que necesitéis. No os desaniméis. Entre los dos, hallaremos el modo de salvarlos.
Y así, con la verdad en las manos y una amistad que se las ataba, Alonso encaró un futuro sin sus padres.
Cerró los ojos tratando de agarrarse a la última esperanza, la que reside en el corazón, pero allí también estaba muy oscuro.