Las mentiras de Locke Lamora
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Capítulo 16
La justicia es roja
1
Cuando el halconero movió los dedos, Locke Lamora cayó de rodillas al suelo, presa de aquel dolor sobradamente familiar que le quemaba los huesos. Luego se vino abajo y cayó al lado de Jean.
—Ha sido un placer —dijo el brujo— descubrir que logró sobrevivir a todo lo que le hicimos en el Agujero del Eco. Estoy impresionado. Siempre pensé, a pesar de su reputación, que éramos demasiado listos para usted. Esta misma tarde creía que sólo tendría que buscar a Jean Tannen; pero así será mucho más entretenido.
—Eres un maldito cabrón retorcido —Locke escupía las palabras.
—No —replicó el mago de la Liga—, sólo obedezco las órdenes del cliente que me paga. Que consisten en asegurarme de que quien asesinó a sus hermanas tarde en morir —el halconero chasqueó los nudillos—. A usted lo consideraré como llovido del cielo.
Locke gritó e intentó acercarse hasta el mago de la Liga, haciendo de tripas corazón por el dolor que sentía; pero el halconero murmuró algo y entonces el dolor se multiplicó por diez. Locke arqueó la espalda para respirar mejor, pero los músculos que rodeaban sus pulmones estaban tan rígidos como si fueran de piedra.
Cuando el mago mercenario dejó de atormentarle, cayó nuevamente al suelo, ahogándose; y fue como si la habitación diera vueltas a su alrededor.
—Cuán extraño es —comentó el halconero— que la notoriedad de nuestras propias victorias acabe convirtiéndose en el instrumento de nuestra propia caída. Por ejemplo, usted, Jean Tannen… tiene que ser un luchador extraordinario para haber vencido a las hermanas de mi cliente, aunque acabo de ver que le costó bastante el conseguirlo. Y ahora ellas le llaman desde el otro lado de la tierra de las sombras. La adivinación nos resulta muy fácil siempre que podemos tocar algún residuo físico de la persona… los recortes de las uñas, por ejemplo. Un mechón de cabellos. La sangre del filo de un cuchillo.
Jean gimió, incapaz de responderle.
—Sí —prosiguió el halconero—, me sorprendí muchísimo al comprobar que esa sangre me conducía hacia usted; si yo hubiera estado en su pellejo, hubiese tomado la primera caravana que se dirigía al otro extremo del continente. Es posible que incluso le hubiese dejado en paz.
—Los Caballeros Bastardos —intervino Locke— no se abandonan unos a otros y no echan a correr cuando aún tienen que vengarse.
—Es cierto —dijo el mago de la Liga—, y por eso también mueren a mis pies en sitios tan infectos como este cuchitril.
Vestris echó a volar desde lo alto de su hombro y se posó en una repisa que se encontraba al otro lado de la habitación, moviendo la cabeza hacia uno y otro lado, evidentemente excitado. El halconero introdujo una mano en el interior de su casaca y extrajo una hoja de pergamino, una pluma y un frasquito de tinta. Abrió el frasquito y lo depositó encima del jergón; introdujo en él la pluma y sonrió a Locke.
—Jean Tannen —dijo el halconero—. Es un nombre sencillo; y escribirlo es aún más fácil que bordarlo.
La pluma recorrió el pergamino; escribía con muchas curvas, y su sonrisa fue en aumento a medida que delineaba cada una de las letras. Cuando hubo terminado, el hilo de plata apareció entre los dedos de su mano izquierda, que comenzó a mover con un ritmo casi hipnótico. Un resplandor plateado brotó del pergamino que sostenía en la mano, resaltando sus facciones.
—Jean Tannen —dijo—, levántate, Jean Tannen. Levántate. Tengo un trabajo para ti.
Estremeciéndose, Jean se levantó, aún medio agachado, y luego se irguió, quedándose inmóvil delante del halconero. Por su parte, Locke seguía sin poder moverse.
—Jean Tannen —prosiguió el halconero—, recoge tus hachas. Nada deseas más en este momento que recoger tus hachas.
Jean se inclinó sobre el jergón y tomó las Hermanas Malvadas con ambas manos, frunciendo las comisuras de la boca.
—Ahora te apetecería hacer algo con ellas —el halconero movió el hilo de plata que seguía en su mano izquierda—. Te gustaría sentir cómo se hunden en la carne… Te gustaría ver cómo derraman sangre. Claro que sí… Pero no te preocupes; gracias al trabajo que voy a encomendarte, podrás usarlas.
El halconero señaló a Locke con el pergamino que tenía en la mano derecha.
—Mata a Locke Lamora —dijo.
Jean se estremeció; avanzó un paso hacia Locke y se detuvo, dudando. Frunció el ceño y cerró los ojos.
—He pronunciado tu nombre, Jean Tannen —dijo el mago de la Liga—. He pronunciado tu nombre, el verdadero, el nombre del espíritu. He pronunciado tu nombre. Mata a Locke Lamora. Empuña tus hachas y mata a Locke Lamora.
Jean dio un paso más hacia Locke; comenzó a levantar las hachas poco a poco; apretaba las mandíbulas. Una lágrima cayó de su ojo derecho; respiró profundamente y dio otro paso más. Gimió y levantó las Hermanas Malvadas por encima de sus hombros.
—No —dijo el halconero—. Aún no. Aguarda. Retrocede.
Jean obedeció y se situó a más de un metro de distancia de Locke, que rezó en silencio una plegaria de agradecimiento, sólo interrumpida por el miedo a lo que podría seguir.
—Aunque Jean dé la impresión de ser el débil —dijo el halconero—, el débil es usted. Fue usted quien me imploró que dejara en paz a sus amigos, sin importarle lo que pudiera hacerle; fue usted quien se metió en el tonel sin despegar los labios, cuando hubiera podido traicionar a sus amigos y quizá salvarse… Oh, no. Sé cómo hacer esto mucho más entretenido. Jean Tannen, deja caer las hachas.
Las Hermanas Malvadas golpearon el suelo con un sonido sordo, quedándose al lado de los pies del halconero. Momentos después, el mago mercenario habló en un lenguaje muy extraño y movió el hilo que tenía en la mano izquierda. Jean Tannen lanzó un alarido y cayó al suelo, estremeciéndose débilmente.
—Creo que será mucho más entretenido —dijo el halconero— si usted mata a Jean, maese Lamora.
Vestris chirrió mientras miraba a Locke, a quien le pareció que aquel sonido encerraba un tono de burla.
Oh, joder; oh, dioses, pensó Locke.
—Por supuesto que ya sabemos que su apellido es falso. Pero no necesito el nombre completo, pues me basta con sólo un fragmento del nombre verdadero. Ya lo verá, Locke. Le prometo que lo verá —el hilo de plata desapareció. Volvió a mojar la pluma y escribió algo en el pergamino.
—Sí —dijo—, puede moverse —y era cierto; la parálisis había desaparecido, tal y como descubrió Locke al mover los dedos para comprobarlo. Entonces el mago de la Liga volvió a juguetear otra vez con el hilo; Locke sintió que algo cobraba forma en el aire que le rodeaba, ejerciendo una extraña presión, y el pergamino volvió a relucir.
—Ahora —dijo el halconero— pronuncio tu nombre, Locke. Pronuncio tu nombre, tu nombre auténtico, el nombre del espíritu. Pronuncio tu nombre, Locke —el halconero empujó las Hermanas Gemelas hacia donde estaba Locke—. Levántate. Levántate y recoge las hachas de Jean Tannen. Levántate y mata a Jean Tannen.
Locke se puso de rodillas y se apoyó con las manos durante un momento.
—Mata a Jean Tannen.
Con mano temblorosa, alcanzó una de las hachas de Jean, la acercó hasta sí y se arrastró hacia delante, con ella en la mano derecha. Respiraba con mucha dificultad. Jean Tannen seguía a los pies del mago de la Liga, a poco más de un metro de Locke, el rostro pegado al polvoriento suelo del refugio.
—Mata a Jean Tannen.
Locke se detuvo a los pies del halconero y movió lentamente la cabeza para mirar a Jean. El grandullón tenía abierto un ojo y no lo movía, auténticamente aterrorizado. Jean intentó mover los labios para formar con ellos una palabra, pero no lo consiguió.
Locke se levantó y alzó el hacha, rugiendo para sus adentros.
Lanzó un golpe con la pesada bola del hacha por delante que alcanzó al halconero entre las piernas. El hilo de plata y el pergamino cayeron volando de sus manos mientras daba una boqueada y caía hacia delante, agarrándose la ingle.
Locke giró hacia la derecha, aguardando el ataque del halcón-escorpión; para su sorpresa, descubrió que el ave acababa de caerse del lugar donde se había encaramado y se retorcía en el suelo, aleteando; una serie de chirridos débiles salían de su pico.
—¿Así que era eso? —hizo una mueca feroz al mago de la Liga mientras alzaba lentamente el hacha, la bola apuntando al suelo—. Ves lo que ella ve; cada uno de vosotros siente lo que el otro siente.
Aquellas palabras le llevaron a un estado de feroz exultación que estuvo a punto de hacerle perder el combate; el halconero acababa de disponer de la concentración suficiente para formular una sílaba y para doblar sus dedos como si fueran garras. Locke se quedó sin aire y retrocedió, tropezando. Sintió como si una daga al rojo le atravesara los riñones; el dolor era tan grande que no podía moverse, ni siquiera pensar.
El halconero intentó levantarse, pero entonces Jean Tannen se echó a rodar por el suelo y llegó hasta él para agarrarle por las solapas de la casaca. El hombretón tiró fuerte de él y el halconero quedó boca abajo en el suelo, aplastado por el peso de Jean. El dolor que Locke sentía en las tripas desapareció y Vestris volvió a chirriar desde el suelo, muy cerca de sus pies. No perdió el tiempo en contemplaciones.
Golpeó con el hacha hacia abajo y alcanzó a Vestris en el ala izquierda, que se rompió con un crujido seco.
El halconero gimió y se retorció, debatiéndose con la fuerza suficiente para librarse momentáneamente de Jean. Se agarró el brazo izquierdo y emitió un gran baladro, los ojos abiertos como platos por la conmoción. Locke le dio una fuerte patada en el rostro que le envió a rodar por el suelo, escupiendo la sangre que brotó de repente de su nariz.
—Sólo una cuestión, maldito y arrogante chupapollas —dijo Locke—. Puedo estar de acuerdo contigo en que era fácil de descubrir que el apellido Lamora era falso; la verdad es que ignoraba su significado cuando me lo puse. Lo tomé prestado de un antiguo vendedor de salchichas que cierta vez, antes de la Plaga, cuando yo vivía en el Fuego Escondido, se mostró amable conmigo. Me gustaba cómo sonaba.
»Pero ¿de dónde coño sacaste la estúpida idea de que me pusieron el nombre de Locke? —añadió, hablando muy despacio.
Volvió a levantar el hacha con el filo hacia el suelo, y la dejó caer con toda la fuerza que podía sobre la cabeza de Vestris, que quedó separada de su cuerpo.
El sonido de los últimos chirridos del ave, interrumpidos para siempre, resonó en la habitación mientras se mezclaba con los gritos del halconero, que se agarró la cabeza pataleando salvajemente. Sus gritos eran pura locura, y fue toda una bendición para los oídos de Locke y de Jean que cesaran poco después, cuando él se sumió, gimiendo, en la inconsciencia.
2
Cuando el halconero de Karthain se despertó, no tardó en descubrir que se encontraba en el suelo del escondite, con los miembros extendidos. El aire olía a sangre, la de Vestris. Cerró los ojos y comenzó a llorar.
—Está firmemente sujeto, maese Lamora —dijo Ibelius, quien después de despertarse, libre ya del encantamiento, fuera el que fuese, que le había echado el brujo, se dio buena maña en atar al khartainí. Luego de que él y Jean se hicieran con unas estacas metálicas sacadas de algún sitio, las clavaron en el suelo para, acto seguido, atar a ellas las muñecas y tobillos del mago de la Liga con ayuda de unas largas tiras de tela hechas con unas sábanas. Otras tiras más pequeñas sujetaban y separaban sus dedos, para que no pudiera moverlos.
—Magnífico —comentó Locke.
Jean Tannen se sentaba en el jergón, mirando al mago de la Liga con ojos cansados y profundamente sombríos. Locke se acercó hasta el mago y le miró sin reprimir el asco que le daba.
Un pequeño fuego ardía en un bote de cristal; Ibelius se sentaba a su lado, calentando lentamente un puñal. El delgado penacho de humo se enroscaba al llegar al techo.
—Estáis locos —dijo el halconero entre sollozos— si habéis decidido matarme. Mi Hermandad me vengará; pensad en las consecuencias.
—No voy a matarte —dijo Locke—, sólo voy a jugar contigo a un jueguecito que se llama «Grita de dolor hasta que respondas a mis malditas preguntas».
—Haz lo que quieras —dijo el halconero—. El código de mi Orden me prohíbe traicionar a mi cliente.
—Ahora no trabajas para tu cliente, capullo —dijo Locke—. De hecho jamás volverás a trabajar para él.
—Ya está listo, maese Lamora —dijo Ibelius.
El mago de la Liga estiró el cuello para mirar a Ibelius; tragó saliva y se humedeció los labios con la lengua, mirando frenético a su alrededor.
—¿Qué ocurre? —Locke se acercó a Ibelius y le quitó con mucho cuidado el puñal de las manos; la hoja estaba al rojo—. ¿Te asusta el fuego? ¿Y por qué tendría que asustarte? —Locke hizo una mueca desprovista de humor—. El fuego es lo único que impedirá que te desangres hasta morir.
Jean se levantó del jergón y puso una de sus rodillas encima del brazo izquierdo del halconero. Mientras la tenía sujeta, Locke se acercó lentamente hasta situarse encima de él, el hacha en una mano y el cuchillo candente en la otra.
—Es evidente que apruebo esto en teoría —dijo Ibelius—, pero no en la práctica… creo que no lo presenciaré.
—Como quiera, maese Ibelius —dijo Locke.
La cortina suscitó un sonido áspero por el roce, al levantarla el médico para irse.
—Acabo de comprender —dijo Locke— que no sería buena idea matarte. Así que, cuando te deje volver a rastras a Karthain, te habrás convertido en un ejemplo andante que siempre recordará a los miembros de tu consentida, retorcida y arrogante Hermandad lo que puede pasarles si joden a los amigos de alguien de Camorr.
La hoja del hacha de Jean silbó cuando le cortó al mago el dedo meñique de la mano izquierda. El halconero gritó.
—Esto por Nazca —dijo Locke—. ¿Te acuerdas de Nazca?
Y volvió a bajar el hacha; el dedo anular rodó por la mugre del suelo, salpicando sangre.
—Y esto por Calo.
Otro golpe y el dedo medio había desaparecido de la mano. El halconero se retorció para librarse de sus ataduras, agitando la cabeza de un lado para otro a causa del dolor.
—También por Galdo. ¿Te suenan estos nombres, maese mago de la Liga? ¿Estas notas a pie de página de tu cochino contrato? Para mí eran espantosamente reales. Y ahora le toca a este dedo… por Bicho. Quizá a Bicho le hubiera debido tocar el dedo meñique, pero qué diablos —el hacha volvió a caer; el dedo índice de la mano izquierda del Halconero acompañó a sus hermanos en su sangriento exilio.
—Y ahora el resto —dijo Locke—, los demás dedos, pues los dos pulgares son por mí y por Jean.
3
Fue un trabajo tedioso; tuvieron que volver a calentar el puñal varias veces para cauterizar todas las heridas. Para cuando acabaron, el halconero estaba medio loco a causa del dolor; tenía los ojos cerrados y los dientes le castañeteaban. El aire del interior de la habitación cerrada olía a carne quemada y a sangre recalentada.
—Ahora —dijo Locke, sentándose encima del pecho del halconero—, ha llegado el momento de hablar.
—No puedo —dijo el mago de la Liga—. No puedo… traicionar los secretos de mi cliente.
—Ya no tienes cliente —dijo Locke—. Ya no estás al servicio de Capa Raza; él contrató a un mago de la Liga, no a una rareza sin dedos cuyo mejor amigo es un ave muerta. Cuando te dejé sin dedos, también terminé con tus obligaciones para con Capa Raza… o así lo entiendo yo.
—Vete al infierno —le espetó el halconero.
—Vaya, has escogido el camino difícil —Locke sonrió una vez más y le entregó el puñal a Jean, que lo dejó encima de la llama para que se fuera calentando—. Si pertenecieras a otra clase de hombres, ahora les llegaría el turno a tus pelotas. Ya sabes que circulan muchos chistes de eunucos, y supongo que podrías soportarlo. Pero la mayor parte de vosotros no sois hombres. Así que creo que lo único que podría dolerte de verdad, hasta el alma, sería que te cortara la lengua.
El mago de la Liga se le quedó mirando con labios temblorosos.
—Por favor —musitó al fin—. Apiádate de mí, por el amor de los dioses, apiádate de mí; mi Orden sólo existe para servir… yo cumplía un contrato.
—Cuando aquel contrato se convirtió en mis amigos —dijo Locke—, te excediste en tu cometido.
—Por favor —susurró el halconero.
—No, te la voy a cortar, y luego te la cauterizaré mientras te retuerces en el suelo. Te convertiré en un mudo… supongo que podrías hacer algo de magia sin dedos, pero no sin lengua.
—Por favor.
—¡Habla! —dijo Locke—. Dime lo que necesito saber.
—Dioses —gimió el halconero—, que los dioses me perdonen. Hablaré. Contestaré a tus preguntas.
—Si te pillo en una mentira —dijo Locke—, primero les tocará a las pelotas y luego a la lengua. No abuses de mi paciencia. ¿Por qué quería Capa Raza acabar con nosotros?
—Por dinero —dijo el halconero—. Monedas. Vuestra cripta. La descubrí cuando os espié por primera vez. Él quería servirse de vosotros sólo para distraer a Capa Barsavi, pero cuando descubrió todas las monedas que habíais robado, quiso hacerse con ellas… para pagarme. Un mes más disponiendo de mis servicios, para ayudarle a concluir lo que aún le quedaba por hacer en la ciudad.
—¿Asesinaste a mis amigos e intentaste asesinarnos a Jean y a mí por el dinero que teníamos en la cripta?
—Tú parecías de ese tipo de personas que jamás perdona —susurró el halconero—. ¿No es divertido? Así que pensamos que lo mejor es que todos estuvierais bien muertos.
—Pensasteis bien —dijo Locke—. Y ahora Capa Raza, el Rey Gris o como cojones se llame…
—Anatolius.
—¿Ése es su nombre auténtico? ¿Luciano Anatolius?
—Sí. ¿Cómo lo sabes?
—Jódete, halconero, y responde a mis preguntas. Anatolius. ¿Qué deuda era ésa que tenía con Barsavi?
—La Tregua Secreta —contestó el mago de la Liga—. La Tregua Secreta se firmó con grandes dificultades y un gran baño de sangre. Había un comerciante bastante poderoso que disponía de los recursos necesarios para descubrir lo que Barsavi y la Araña del Duque habían tramado juntos; pero al no ser de sangre azul fue eliminado.
—Barsavi le mató —dijo Locke.
—En efecto. Se llamaba Avram Anatolius, un comerciante del Recodo de la Fontana. Barsavi le asesinó junto con su esposa y sus tres hijos más pequeños… Lavin, Ariana y Maurin. Pero los tres mayores escaparon con una de las doncellas. Ella les protegió, haciéndoles pasar por hijos suyos, y los condujo a Talisham, donde vivieron a salvo.
—Luciano, Cheryn y Raiza.
—Sí, el chico mayor y las gemelas. La obsesión de la venganza les consumió. Maese Lamora, tus preparativos a la hora de timar a alguien no pueden ni compararse con los suyos. Invirtieron veintidós años en preparar lo sucedido en los últimos dos meses. Cheryn y Raiza regresaron hace ocho años con nombre falso; se labraron una buena reputación como contrarequialla y se convirtieron en las súbditas más leales de Barsavi.
»Mientras tanto, Luciano… Luciano se hizo a la mar para aprender las artes de la guerra y del mando y amasar una fortuna. Una fortuna con la que comprar los servicios de un mago mercenario.
—¿Capa Raza se hizo capitán de un barco mercante?
—No —contestó el mago—, se hizo bucanero. No uno de esos piratas idiotas que recorren el Mar de Bronce, sino uno tranquilo, eficiente y profesional. Atacaba raras veces, pero cuando lo hacía, obtenía grandes beneficios; se apoderaba del cargamento de los galeones de Emberlain y luego los hundía, sin dejar a nadie con vida para que pudiera revelar su nombre.
—¡Maldición! ¡Por todos los dioses! ¡Es el capitán de la Satisfacción!
—En efecto, a la que llaman el barco de la plaga —dijo el halconero—. Cuán extraño es lo fácil que resulta tener a la gente alejada de tu barco y lo difícil que es entrar en él.
—Así que está cargando toda su fortuna en él, disfrazada como «provisiones de caridad» —dijo Jean—. Seguro que es todo lo que nos robó a nosotros y todo lo de Barsavi.
—Sí —dijo el mago mercenario con voz triste—, ahora pertenece a mi Orden, por los servicios cumplidos.
—Eso lo veremos. Otra cosa, hace unas horas vi a tu amo Anatolius en el Alcance del Cuervo, ¿qué puñetas trama ahora?
—Hmmm —el mago mercenario guardó silencio unos instantes. Locke le empujó en el cuello con el hacha de Jean, mientras sonreía de un modo muy siniestro—. ¿Piensas matarle, Lamora?
—Ila justica vei cala —dijo Locke.
—Tu sintaxis de la lengua del Trono de Therin es pasable —dijo el mago mercenario—, pero tu fonética me produce colitis. «La justicia es roja», ciertamente. Así que no sólo quieres apresarle, también quieres ver cómo grita cuando le amenaces con ese cuchillo.
—Será un buen comienzo.
Entonces el halconero echó hacia atrás la cabeza y comenzó a reír… Su risa, muy aguda, estaba teñida de locura. Su pecho se estremeció por la risa mientras las lágrimas se derramaban de sus ojos.
—¿Qué haces? —Locke volvió a amagarle con el hacha—. Deja de portarte como un anormal y contesta a mi jodida pregunta.
—Te daré dos respuestas —dijo el Halconero—, y entonces te verás ante un dilema que te causará dolor, eso te lo garantizo. ¿Qué hora es?
—¿Para qué coño quieres saberlo?
—Te lo contaré todo si me dices qué hora es.
—Creo que las siete y media —dijo Jean. Entonces el mago mercenario rompió a reír de nuevo. Sobre su rostro macilento se dibujó una sonrisa beatífica, incongruente en un individuo que acababa de quedarse sin dedos.
—¿Qué coño te pasa? Desembucha o te quedarás sin algo.
—Anatolius —dijo el halconero— debe de encontrarse ahora en la Tumba Flotante. Tiene amarrado un bote al lado del galeón, al que puede llegar por una de las escotillas de escape de Barsavi. Cuando llegue la Falsa Luz, la Satisfacción recogerá anclas y se hará a la mar; pero antes se dirigirá al este, para pasar rápidamente por el extremo sur de la Desolación de Madera y llegar a aguas profundas. Los que antes se encontraban en la ciudad ya han entrado a escondidas en el barco, metidos en el bote de aprovisionamiento. Como ratas que abandonan el barco que se hunde. Pero él se quedará en Camorr hasta el último momento: es su estilo. El último. Lo recogerán al sur de la Desolación.
—«Los que antes se encontraban en la ciudad» y que van a recogerlo son los hombres del Rey Gris, ¿no es así?
—Sí —dijo el mago mercenario—. Si te apresuras… aún podrás capturarlo antes de que llegue al barco.
—Eso no me ha causado dolor —dijo Locke— sino, más bien, placer.
—Aún queda la segunda respuesta. La Satisfacción se hará a la mar cuando el plan de Anatolius se haya cumplido en su práctica totalidad.
—¿Práctica totalidad?
—Piensa, Lamora, pues no eres duro de mollera. Cuando Barsavi mató a Anatolius, ¿quién no lo impidió? ¿Quién se hizo cómplice del asesinato?
—Vorchenza —dijo Locke muy despacio—. Doña Angiavesta Vorchenza, la Araña del Duque.
—Sí —dijo el halconero—. ¿Y quién poseía la autoridad suficiente para tomar tal decisión?
—El duque Nicovante.
—Muy bien —dijo el hechicero con un susurro, realmente animado por la conversación—. Muy bien, pero ahí no acaba la cosa. ¿A quiénes les beneficiaba la Tregua Secreta? ¿A quiénes les resultaba provechosa, aun a expensas de hombres como Avram Anatolius?
—A los nobles.
—Cierto. A los nobles de Camorr. Y Anatolius los quiere.
—¿Qué quieres decir con que «los quiere»? ¿A quiénes quiere?
—Los quiere a todos, maese Lamora.
—No me jodas, es imposible.
—De eso nada, mi querido maese Lamora. Las esculturas, las cuatro esculturas tan singulares que regaló al Duque. Dispuestas en varios puntos diferentes del Alcance del Cuervo.
—¿Las esculturas? Las he visto… unos trastos de oro y cristal, con luces alquímicas dentro. ¿Las hiciste tú?
—Yo no —dijo el halconero—, yo no fabrico esas cosas. Las luces alquímicas sólo son para llamar la atención… quedan muy bien, supongo. Pero aún queda dentro de esos trastos mucho espacio libre para la auténtica sorpresa.
—¿Qué sorpresa?
—Unas mechas alquímicas —respondió el halconero— dispuestas para que, a la hora señalada, prendan unos pequeños botes de cerámica llenos de aceite ardiente.
—No te creo.
—Pues créetelo, maese Lamora —el brujo sonreía con ganas—. Antes de contratarme, Anatolius gastó parte de su considerable fortuna en comprar grandes cantidades de una extraña sustancia.
—No más juegos, halconero… ¿de qué estás hablando?
—De la piedra fantasma.
Locke guardó silencio durante un largo momento; luego agitó la cabeza como para querer aclararse y dijo:
—No puedes estar hablando en serio.
—Hay cientos de kilos de esa sustancia dentro de las cuatro esculturas. Cuando llegue la Falsa Luz, toda la nobleza de Camorr ocupará las galerías… el Duque, su Araña y todos sus familiares y amigos, servidores y herederos. ¿Conoces las propiedades del humo de la piedra fantasma, maese Lamora? Apenas es más ligero que el aire. Subirá hasta ocupar todas las plantas en que se celebra la fiesta del Duque; saldrá por los respiraderos del tejado y se difundirá por el Jardín Celeste, donde ahora, mientras hablamos, juegan todos los hijos de la nobleza. Los que se encuentren en la plataforma de embarque podrán librarse —dijo con sorna—, aunque lo dudo mucho.
—A la llegada de la Falsa Luz —dijo Locke casi sin voz, una mano encima de la boca.
—Sí —dijo el hechicero, con voz más llena de silbidos que de siseos—. La Falsa Luz. Ahora te encuentras ante el dilema que te decía, tienes que elegir, maese Lamora. Cuando llegue la Falsa Luz, el hombre a quien, pase lo que pase, quieres matar, estará solo, aunque apenas unos instantes, en la Tumba Flotante. Al mismo tiempo, seiscientas personas en lo más alto del Alcance del Cuervo sufrirán un destino peor que la muerte. Tu amigo Jean no parece en muy buen estado, así que no creo que pueda ayudarte, decidas lo que decidas. La elección es tuya. Deseo que la disfrutes.
Locke se levantó y le quitó el hacha a Jean.
—No puedo elegir —dijo—. Que los dioses te maldigan, halconero, no puedo elegir.
—Vas a ir al Alcance del Cuervo —dijo Jean.
—Por supuesto.
—Perderás un tiempo precioso —dijo el halconero— en convencer de tu sinceridad a la nobleza y a los guardias; la propia Angiavesta está convencida de que las esculturas son completamente inocuas.
—Qué remedio —dijo Locke, haciendo una mueca siniestra mientras se rascaba la nuca—. Ahora soy bastante popular en el Alcance del Cuervo; seguro que se alegran de verme.
—¿Cómo piensas salir de allí? —preguntó Jean.
—No lo sé —respondió Locke—. No tengo ni puta idea; hay cierto asunto del que pude valerme hace tiempo. Me voy a toda prisa. Jean, por el amor de los dioses, si vas a acercarte a la Tumba Flotante, hazlo, pero escóndete cerca y no se te ocurra entrar en ella: no estás en condiciones de luchar —se volvió hacia el mago mercenario—. ¿Qué tal es Capa Raza con la espada?
—Mortal —respondió el halconero con una sonrisa.
—Jean, atiende. Primero me acercaré al Alcance del Cuervo y luego intentaré llegar, como sea, a la Tumba Flotante. Si no llego a tiempo, pues se acabó. Seguiremos el rastro de Capa Raza y le encontraremos donde se encuentre. Pero si llego a tiempo… si aún no se ha marchado…
—No puedes hablar en serio, Locke. Déjame, al menos, que te acompañe. Si realmente es diestro con una espada, entonces te hará morder el polvo.
—No quiero discutir más, Jean; estás demasiado maltrecho para poder ayudarme. Yo estoy bien, aunque furioso y, ciertamente, loco. Puede suceder cualquier cosa. Pero ahora tengo que irme —Locke le estrechó la mano a Jean, dio un paso hacia la cortina y se volvió—. Córtale la lengua a ese maldito bastardo.
—¡Lo prometiste! —exclamó el halconero—. ¡Lo prometiste!
—No te prometí una mierda. A mis amigos que están muertos… a ellos sí que les prometí muchas cosas.
Locke se volvió, apartó la cortina y salió por la puerta. Detrás de él, Jean calentaba una vez más el cuchillo en la llama. Los gritos del halconero siguieron a Locke mientras éste recorría la calle de baldosas levantadas, para luego perderse en la distancia cuando giró hacia el norte y comenzó a correr con zancada corta, aunque mantenida, en dirección a la Colina de los Susurros.
4
Pasaban las ocho de la tarde cuando Locke pisaba nuevamente las losas que se encuentran bajo las Cinco Torres de Camorr; no había sido fácil llegar hasta allí. Se sintió afortunado por haber hecho a salvo el trayecto, evitando tanto a las bandas de los que habían asistido a la Fiesta Cambiante, tan borrachos que habían perdido el sentido (y la sensibilidad), como a los guardias de los puestos de las Alcegrante (a quienes había podido convencer, tras muchos esfuerzos, de que era un secretario legal que iba al encuentro de uno de los invitados a la fiesta del Duque; era evidente que el «regalo del Día de Mediados del Verano», varios tirintos de oro provenientes del bolsillo oculto que tenía en la manga, había sido decisivo para que le dejaran pasar). Faltaba hora y cuarto para la llegada de la Falsa Luz; el cielo comenzaba a tornarse rojo por el oeste y azul oscuro por el este.
Avanzó entre las hileras e hileras de carruajes que se apretujaban entre sí. Los caballos pataleaban y relinchaban; muchos de ellos se habían aliviado encima de las preciosas piedras del patio más amplio de Camorr. Lacayos, guardias y criados, mezclados en grupos, compartían la comida y miraban hacia las cimas de las Cinco Torres, donde la gloria del crepúsculo a punto de llegar pintaba de extraños colores las superficies de cristal antiguo.
Como Locke estaba distraído, pensando lo que habría de decir a los hombres que manejaban los montacargas, no vio a Conté hasta que fue demasiado tarde. Aquel hombre, más alto y fuerte que él, le puso una mano en el pescuezo y uno de sus largos cuchillos en la espalda.
—Vaya, vaya —dijo—, si es maese Fehrwight. Los dioses se muestran amables. Chitón y venga conmigo.
Medio guiándole y medio tirando de él, Conté le llevó hasta un carruaje cercano; Locke lo reconoció: era el que le había llevado a la fiesta en compañía de los Salvara. El coche venía a ser una caja de madera laqueada en negro con una ventana enfrente de la puerta, cerrada y con las cortinillas echadas.
Locke cayó encima de uno de los mullidos asientos del carruaje. Conté echó el pestillo a la puerta y se sentó enfrente de él con el cuchillo en ristre.
—Conté, por favor —dijo Locke, ya sin el acento que empleaba cuando se hacía pasar por Fehrwight—, tengo que regresar al Alcance del Cuervo; todos los que están dentro se enfrentan a un grave peligro.
Locke jamás había pensado que nadie pudiera dar una patada con fuerza estando sentado, pero Conte, agarrándose al asiento con la mano que tenía libre, se lo dejó bien claro. La pesada bota del guardaespaldas le envió a un rincón del coche. Locke se mordió la lengua; la boca le supo a sangre mientras su cabeza iba de una a otra de las paredes entapizadas del coche.
—¿Dónde está el dinero, tío mierda?
—Me lo han quitado.
—No me joda. ¿Dieciséis mil quinientas coronas contantes y sonantes?
—Algo menos; olvidas el gasto adicional de la comida y los aperitivos de la Fiesta…
La bota de Conté salió disparada de nuevo, y Locke fue a parar al rincón de enfrente, donde se quedó tumbado.
—¡Joder, Conté! ¡No lo tengo! ¡No lo tengo! ¡Me lo han quitado! ¡Pero eso no tiene importancia en este momento!
—Permítame que le diga una cosa, maese Lukas-joder-Fehrwight. Yo estuve en la Colina de la Puerta de los Dioses; por aquel entonces era más joven que lo que usted es ahora.
—Mejor para ti, pero me importa una m… —dijo Locke, y, por aquella palabra que estaba a punto de decir, se tragó otra vez la bota.
—Estuve en la Colina de la Puerta de los Dioses —prosiguió Conté—, era un jodido crío, el más acojonado y bajito de los piqueros que el duque Nicovante tenía en aquella batalla. Lo estaba pasando mal; mi señor de la guerra estaba con la mierda hasta el cuello, rodeado por la caballería de Tal Verrar y del Conde Loco. La nuestra había retrocedido; mi posición estaba a punto de ser tomada. Nuestros nobles de Camorr habían emprendido la retirada, pensando sólo en salvarse… con una puñetera excepción.
—Es la cosa más irrelevante que jamás haya… —dijo Locke, moviéndose hacia la puerta; Conté levantó el cuchillo y le convenció de que regresara a su asiento.
—El barón Ilandro Salvara —dijo Conté—. Combatió hasta que su caballo cayó al suelo; siguió combatiendo hasta que recibió cuatro heridas y tuvieron que sacarlo a rastras del campo de batalla. Todos los demás nobles nos trataban como si fuéramos basura; Salvara estuvo a punto de morir por salvarnos. Cuando dejé de estar al servicio del Duque, probé con la Guardia durante unos años; cuando se convirtió en una mierda, solicité una audiencia al viejo señor de Salvara y le conté que le había visto pelear en la Colina de la Puerta de los Dioses; le dije que me había salvado la cochina vida y que estaba dispuesto a servirle por el resto de ella si me tomaba a su servicio. Y lo hizo. Y cuando dejó de estar entre nosotros decidí quedarme y servir a Lorenzo. Si vuelve a intentar acercarse una vez más a la puta puerta, tendré que sangrarle para que tanto entusiasmo no le haga daño a su organismo.
»Y Lorenzo —Conté no ocultaba el orgullo que sentía— es más negociante que su padre. Pero está hecho de la misma pasta; corrió hacia el callejón con la espada en la mano, y eso que no le conocía, pensando que le atacaban unos jodidos bandidos que eran reales y que iban a hacerle daño. ¿Se siente orgulloso, maldito cabrón? ¿Se siente orgulloso por lo que le ha hecho al hombre que intentaba salvar su asquerosa vida?
—Lo hecho, hecho está —dijo Locke con una amargura que le sorprendió incluso a él mismo—. Lorenzo no es un santo de Perelandro sino un noble de Camorr que se beneficia de la Tregua Secreta. Es muy posible que su tataratatarabuelo degollase a alguien para que le nombrasen noble. Lorenzo se beneficia de eso todos los días. En el Caldero, la gente hace té con pises y cenizas, mientras que Lorenzo y Sofía te tienen a ti para que les peles las uvas y les tires las pepitas. No me recuerdes lo que hice. Sólo te digo que tengo que volver al Alcance del Cuervo ahora mismo.
—Hablaba en serio cuando le preguntaba dónde está el dinero —dijo Conté—, así que dígame dónde está o le daré tantas patadas en el culo que hasta el más ínfimo trozo de mierda que le salga por él llevará de por vida la marca de mi bota.
—Conté —insistió Locke—, todos los que se encuentran en el Alcance del Cuervo están en peligro. Tengo que volver allí.
—No le creo —dijo Conté—. Y no le creería aunque me dijera que me llamo Conté o que el fuego quema y el agua moja. No conseguirá nada de lo que está buscando, sea lo que sea.
—Conté, atiende. De allí no podré escaparme ni de coña. Allí están todos los condenados Merodeadores de la Medianoche, la Araña, la Compañía del Cristal Nocturno… ¡y trescientos de los nobles de Camorr! Estoy desarmado. Llévame a rastras tú mismo, si quieres, pero ¡por el amor de los puñeteros dioses!, llévame hasta allí. Si no estoy antes de la Falsa Noche, será demasiado tarde.
—¿Demasiado tarde para qué?
—No tengo tiempo para explicártelo; escucha mientras se lo cuento a Angiavesta y entonces mataré dos pájaros de un tiro.
—¿Y para qué diablos tiene que hablar con esa vieja bruja caduca?
—Es culpa mía —dijo Locke—, creo que estoy más enterado de las cosas que tú. Atiende, no voy a seguir jodiendo la marrana. Hazme caso, te lo ruego. No soy Lukas Fehrwight; soy un maldito ladrón. Átame las manos, ponme el cuchillo en la espalda. Haz lo que quieras. Pero déjame regresar al Alcance del Cuervo como sea. Sólo dime que vamos a volver.
—¿Cómo se llama de verdad?
—Eso no importa.
—Desembuche —dijo Conté— y quizá le ate las manos y llame a algunos guardias y le suba hasta lo más alto del Alcance del Cuervo.
—Me llamo —dijo Locke con un suspiro de resignación— Tavrin Callas.
Conté le miró muy serio durante unos instantes y dijo:
—Muy bien, maese Callas. Junte las manos y no se mueva. Voy a atárselas tan fuerte que le dolerán muchísimo, se lo garantizo. Y luego nos daremos un paseo.
5
Cerca de la entrada que llevaba a los ascensores, se encontraban tres soldados del Cristal Nocturno a quienes se había dado la descripción de Locke; ni que decir tiene que se sintieron encantados cuando Conté le llevó a empujones hacia ellos con las manos atadas por delante. Locke volvía a subir una vez más, con Conté a sus espaldas y dos casacas negras que le cogían por ambos brazos.
—Por favor, llévenme a presencia de doña Angiavesta —dijo Locke—. Si no consiguen encontrarla, llamen a uno de los Salvara. O incluso a un capitán de su compañía, apellidado Reynart.
—Cierra el pico —dijo uno de los casacas negras—. Irás a donde tengas que ir.
La jaula se encajó en sus alojamientos de la terraza de embarque; una muchedumbre de nobles y de sus invitados se fijó en Locke cuando éste salió escoltado por los tres hombres. Cuando pasaron por la puerta, para dirigirse a la primera de las galerías de la torre, se encontraron casualmente con el capitán Reynart, que tenía en las manos un plato de barquitos de dulce; abrió unos ojos como platos, le dio un último mordisco a una vela de mazapán, se limpió los labios y confió el plato a un camarero que pasaba cerca de él, el cual por poco no se cae del susto.
—Por los dioses —dijo—, ¿dónde le habéis encontrado?
—No le hemos encontrado —respondió uno de los casacas negras—. El hombre que va delante de nosotros dice que está al servicio de los señores de Salvara.
—Lo capturé cerca de los carruajes —dijo Conté.
—Fantástico —comentó Reynart—. Bajadlo a la planta de abajo, al ala este de las suites. Allí hay un almacén vacío sin ventanas. Registradle, desnudadle hasta la cintura y arrojadlo en él. Que todo el tiempo haya fuera dos guardias. Le sacaremos de allí después de la medianoche, cuando la fiesta esté a punto de concluir.
—No puede hacer eso, Reynart —se lamentó Locke, debatiéndose inútilmente contra los hombres que le sujetaban—. He vuelto por mi propia voluntad, por la mía propia, ¿no lo comprende? Todos los que se encuentran aquí, están en peligro. ¿Ayuda usted a su madre adoptiva en sus asuntos? ¡Necesito hablar con Angiavesta!
—Se me advirtió que fuera selectivo a la hora de escuchar sus propuestas —Reynart hizo un gesto a los casacas negras—. Al almacén con él.
—¡No, Reynart! ¡Reynart, las esculturas! ¡Mire en el interior de las malditas esculturas!
Locke estaba gritando; los invitados y los nobles comenzaban a mostrar gran interés por lo que se estaba diciendo, así que Reynart le tapó la boca con una mano. Varios casacas negras salieron de la muchedumbre.
—Pronuncie una palabra más alta que otra —dijo Reynart— y todos estos señores y señoras verán de qué color es la sangre —y agitó la mano.
—¡Sé quién es, Reynart! ¡Sé lo que hace la señora de Vorchenza! Lo diré a gritos por todas estas galerías. Voy a comenzar a dar patadas y a gritar para que todos los que están aquí dentro lo sepan. Eche un vistazo al interior de las malditas esculturas, por favor.
—¿Qué les pasa a las esculturas?
—Por todos los diablos, hay algo dentro de ellas. Es una conspiración. Las ha enviado Capa Raza.
—Se las han regalado al Duque —dijo Reynart—. Mis superiores las revisaron personalmente.
—Sus superiores —replicó Locke— tienen que estar implicados. Capa Raza contrató a un mago mercenario. Conozco sobradamente sus poderes mentales.
—Es ridículo —dijo Reynart—. No sé por qué le permito que siga con sus historias. Llevadlo abajo, pero antes dejadme que lo amordace —Reynart tomó una servilleta de lino de la bandeja de otro camarero que pasaba cerca y comenzó a doblarla.
—Reynart, por favor, se lo ruego, permítame hablar con Angiavesta. ¿Por qué puñetas iba a volver si no fuera importante? Si me encierra en el almacén, todos los que se encuentren aquí morirán. Permítame hablar con Angiavesta, por favor.
Stephen le miró con frialdad y luego apartó la servilleta. Le puso un dedo en la cara mientras decía:
—Voy a llevarle a presencia de doña Angiavesta. Si pronuncia una sola palabra por el camino, le amordazaré, le golpearé hasta dejarle sin sentido y le encerraré en el almacén. ¿Ha quedado claro?
Locke asintió vigorosamente.
Reynart indicó con un gesto a los casacas negras que los siguieran; Locke recorrió la galería y bajó por dos tramos de escalera, siempre escoltado por seis soldados y Reynart, cuyo ceño fruncido revelaba lo preocupado que se encontraba. Finalmente, llegaron al vestíbulo y a la habitación donde Locke viera por primera vez a doña Angiavesta. Se sentaba en la misma silla, su labor de punto caída a sus pies, y se llevaba una servilleta húmeda a los labios. Doña Sofía estaba arrodillada a su lado. Don Lorenzo miraba por la ventana con la rodilla apoyada en el antepecho; los tres parecieron muy sorprendidos cuando Reynart empujó a Locke al interior de la habitación y entró tras él.
—Nadie más puede entrar en esta habitación —dijo Reynart a sus guardias—. Lo siento, pero eso también es para usted —añadió, cuando Conté intentó entrar.
—Stephen, deja pasar al hombre de los Salvara —dijo doña Angiavesta—; puesto que ya sabe más de la mitad, puede enterarse del resto.
Conté entró en la habitación, saludó con una reverencia a Angiavesta y cogió a Locke del brazo derecho cuando Reynart cerró la puerta. Los Salvara obsequiaron a Locke con una mirada asesina.
—Hola, Sofía. ¿Qué tal, Lorenzo? Qué placer volver a veros —dijo Locke con la voz que era natural en él.
Doña Angiavesta se levantó de la silla y recorrió con dos pasos la distancia que la separaba de Locke para propinarle un bofetón en la boca; la cabeza se le fue hacia la derecha mientras su cuello se llenaba de pinchazos de dolor.
—Uff —dijo—. ¿Qué puñetas os pasa?
—Era una deuda pendiente, maese Espina.
—¡Me clavasteis en el cuello una maldita aguja envenenada!
—Era evidente que se lo merecía —dijo doña Angiavesta.
—Bueno, entonces tendré que dis…