Las mentiras de Locke Lamora

Las mentiras de Locke Lamora


Libro VI » Capítulo 16 » 10

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Reynart acababa de agarrarle del hombro izquierdo para, una vez que se hubo girado, propinarle un puñetazo en la mandíbula. Si el de Angiavesta había sido sorprendente en alguien de su edad y su constitución, el de Reynart era pura fuerza. A Locke le dio la impresión de que la habitación desaparecía durante unos segundos, aunque después, cuando volvió a estar donde siempre, resultó que lo que había cambiado de sitio era él, pues yacía de costado, desmadejado en un rincón. Y fue como si unos herreros diminutos golpearan en unos yunques que, desafortunadamente para él, estaban justo encima de sus ojos; Locke se preguntó cómo podrían haber llegado hasta allí.

—Sabía que doña Angiavesta era mi madre adoptiva —decía Reynart.

—Vaya —dijo un Conté divertido—, ahora llegamos a la parte de la fiesta que me gusta.

—¿Ninguno se ha preguntado por qué diablos regresé al Alcance del Cuervo cuando ya había conseguido poner tierra de por medio?

—Saltó desde uno de los saledizos y después se dejó caer encima de uno de los ascensores cuando pasó cerca de usted, ¿fue así, verdad?

—Sí, porque cualquier otra manera de llegar al suelo hubiera sido excesivamente perjudicial para mi salud.

—¿Ves? Ya te lo había dicho, Stephen.

—Quizá pensaba que fuera posible, pero no quería reconocer que lo había logrado —dijo el vadraní.

—A Stephen no le gustan las alturas —comentó Angiavesta.

—Y tiene mucha razón —dijo Locke—, pero les ruego que me escuchen. He vuelto para advertirles… de esas esculturas. Capa Raza trajo cuatro. Todos los de esta torre se encuentran en un peligro tremendamente mortal.

—¿Unas esculturas? —doña Angiavesta le miró con aire pensativo—. Un caballero vino a dejarnos cuatro esculturas de oro y cristal; eran un regalo para el Duque —miró a Stephen—. Puedo asegurar que los propios hombres del Duque comprobaron que eran inocuas. Pero de hecho no lo sé, porque mi papel en este asunto fue el de interceder a favor de uno de mis pares.

—Eso me dijeron mis superiores —dijo Reynart.

—Vamos, déjenlo ya —dijo Locke—. Vos sois la Araña. Y yo la Espina de Camorr. ¿Os entrevistasteis con Capa Raza? ¿Le acompañaba un mago mercenario que se dice halconero? ¿Os hablaron de las esculturas?

Los Salvara se quedaron mirando a doña Angiavesta, que tartamudeó y tosió.

—Vaya —dijo Locke—, no se lo había contado a Sofía y a Lorenzo. Siempre jugando al amigo-del-amigo. Lo siento. Pero necesito hablar con la Araña. Cuando llegue la Falsa Luz todos los del Alcance del Cuervo estaremos jodidos.

—¡Lo sabía! ¡Lo sabía! —dijo Sofía, agarrando a su marido del brazo y apretándoselo con tanta fuerza que suscitó en él una mueca de dolor—. ¿No te lo había dicho?

—Yo aún no estoy seguro —dijo Lorenzo.

—No —dijo doña Angiavesta con un suspiro—. Sofía tiene razón. Soy la Araña del Duque. Ya lo he dicho. Si sale de esta habitación, rodarán cabezas.

Conté la miró con ojos de sorpresa, pero también con asentimiento; Locke volvía a caerse al suelo.

—Y en lo concerniente a las esculturas —dijo doña Angiavesta—, yo misma supervisé su entrada; son un regalo para el Duque.

—Forman parte de una conspiración —dijo Locke—. Son una trampa. ¡Abrid una de ellas y lo comprobaréis! Capa Raza quiere arruinar la vida de cada hombre, mujer y niño de esta torre… sería mucho peor que si los asesinara.

—Capa Raza —dijo doña Angiavesta— es el perfecto caballero; cuando le invité a la fiesta, aceptó a regañadientes y apenas estuvo unos instantes. Es otra más de sus fabulaciones con la que quiere obtener alguna ventaja.

—Mierda, claro que sí. Después de escaparme de aquí, regresé por las buenas para que me ataran y me empujaran todos los de la Compañía del Cristal Nocturno. Y ahora vamos a llegar a donde quería llegar. Esas esculturas están repletas de piedra fantasma. ¡Angiavesta, piedra fantasma!

—¿De piedra fantasma? —Sofía estaba horrorizada—. ¿Cómo lo sabe?

—No lo sabe —dijo Angiavesta—. Miente. Las esculturas son inocuas.

—Abran una —dijo Locke—. Podemos comprobarlo de una manera muy sencilla. Por favor, la Falsa Luz está a punto de llegar. Abran una. Se prenderán cuando llegue la Falsa Luz.

—Esas esculturas —dijo Angiavesta— son una propiedad ducal que cuesta miles de coronas. No voy a estropearlas por el capricho enloquecido de un notorio criminal.

—Miles de coronas —dijo Locke— a cambio de cientos de vidas. Todos los nobles de Camorr se convertirán en tontos de baba, ¿no lo comprenden? ¿Pueden imaginarse a todos esos niños del jardín con los ojos igual de blancos que los de un caballo apaciguado? Pues eso es lo que va a sucederles —en ese momento subió la voz—: ¡Apaciguados! ¡Esa mierda se comerá nuestras jodidas almas!

—¿Acaso puede hacernos algún daño el comprobarlo?

Locke miró agradecido a Reynart.

—Claro que no puede hacerles daño, Reynart. Compruébelo, por favor.

Doña Angiavesta se dio un masaje en las sienes.

—Es imposible —dijo—. Por favor, Stephen, encierra a este hombre en algún lugar seguro mientras dure la fiesta. Una habitación sin ventanas, si eres tan amable.

—Doña Angiavesta —dijo Locke—, ¿el nombre de Avram Anatolius significa algo para vos?

Ella le miró fríamente.

—No podría decirle, ¿qué se supone que significa para usted?

—Capa Barsavi asesinó a Avram Anatolius hace veintidós años —dijo Locke—, y vos lo sabíais. Sabíais que suponía un obstáculo para la Tregua Secreta.

—No consigo comprender qué importa eso ahora —dijo doña Angiavesta—. Cállese o ahora mismo le haré callar.

—Anatolius tenía un hijo —dijo Locke muy deprisa, movido por la desesperación, mientras Stephen daba un paso hacia él—. Un hijo que le sobrevivió, doña Angiavesta. Luciano Anatolius. Luciano es Capa Raza. Luciano se vengó de Barsavi por matar éste a sus padres y hermanos, ¡y ahora quiere vengarse de vos! De vos y de todos los nobles.

—No —dijo doña Angiavesta, llevándose nuevamente las manos a la cabeza—. No, eso no es cierto. Mientras estuve charlando con Capa Raza disfruté de su conversación. No puedo ni imaginar que quisiera hacer algo semejante.

—El halconero —dijo Locke—, ¿os acordáis del halconero?

—El socio de Raza —dijo Angiavesta, como si se hallara muy lejos—. También disfruté de su conversación. Era un hombre muy tranquilo y educado.

—Os hizo algo, doña Angiavesta —insistió Locke—. Yo le he tenido delante de los ojos. ¿Pronunció vuestro auténtico nombre? ¿Le visteis escribir algo en un trozo de pergamino?

—No… puedo… Es… —doña Angiavesta se encogió; las arrugas de su rostro se acentuaron como si le doliese algo—. Tengo que invitar a Capa Raza… Sería una falta de educación no invitarle… a la fiesta… —se dejó caer en la silla y gritó.

Lorenzo y Sofía intentaron ayudarla; Reynart agarró a Locke por la casaca y lo levantó con fuerza, apoyándolo en la pared. Sus pies se quedaron bamboleándose a treinta centímetros del suelo.

—¿Qué le ha hecho? —aulló Reinart.

—Nada —dijo Locke, atragantándose—. Un mago mercenario le hizo un conjuro. Piense, ¿acaso se está comportando racionalmente con el asunto de las esculturas? El muy bastardo debió de hacerle algo a su mente.

—Stephen —dijo doña Angiavesta casi sin voz—, baja a la Espina. Él tiene razón. Tiene razón… Raza y el halconero… Lo había olvidado hasta ahora. Yo no estaba dispuesta a aceptar la petición de Raza… entonces el halconero se acercó al escritorio y yo… yo…

Volvió a ponerse en pie, ayudada por Sofía.

—Dijo que es Luciano Anatolius, que Capa Raza es el hijo de Anatolius. ¿Cómo ha podido saberlo?

—Porque hasta hace menos de una hora he tenido a ese mago mercenario atado en el suelo —dijo Locke, mientras Reynart le bajaba al suelo—. Le tuve que cortar todos los dedos para que hablara, y cuando me hubo revelado todo lo que yo quería oír, le corté la maldita lengua y cautericé la herida.

Todos los de la habitación se le quedaron mirando.

—También le dije que era un capullo —añadió Locke—, y no le gustó.

—Matar a un mago mercenario es una suerte peor que la muerte —dijo doña Angiavesta.

—No ha muerto; sólo está hecho un maldito desastre.

Doña Angiavesta denegó con la cabeza y dijo:

—Stephen, las esculturas. Creo que hay una en esta misma planta, junto al bar.

—Sí —dijo Reynart, dirigiéndose hacia la puerta—. ¿Qué más sabe de este asunto, Espina?

—Que tienen unas mechas alquímicas y unos recipientes de aceite ardiente. Cuando llegue la Falsa Luz se inflamará el aceite y toda la torre se llenará con el humo de la piedra fantasma. Ahora Anatolius se dispone a hacerse a la mar mientras se ríe de todos nosotros.

—¿El tal Luciano Anatolius es el individuo que vimos en la escalera? —preguntó Sofía.

—El mismo —dijo Locke—, Luciano Anatolius, alias Capa Raza, alias el Rey Gris.

—Si esas cosas son alquímicas —dijo Sofía—, no estaría de más que les echase un vistazo.

—Si puede haber peligro, yo iré contigo —dijo Lorenzo.

—Y yo —dijo Conté.

—¡Genial! ¡Vayamos todos! ¡Será divertido! —Locke señaló la puerta con sus manos atadas—. Pero si no vamos enseguida, la fastidiaremos.

Conté le tomó del brazo y le empujó a la retaguardia de la procesión; Reynart y Angiavesta iban en cabeza, mientras los casacas negras los miraban atónitos. Reynart les ordenó que los siguieran. Dejaron el vestíbulo y regresaron a la galería principal.

La muchedumbre de invitados, todos ellos con el rostro más que encendido, desapareció de la galería cuando la extraña procesión entró por ella. Reynart avanzó a zancadas hacia el casaca negra que se encontraba al lado de la reluciente pirámide de vasos de vino.

—Esta parte del bar se halla cerrada temporalmente. Haz que se cumpla la orden —y volviéndose hacia los demás soldados, dijo—: Acordonad esta área cinco o siete metros por ese lado. No dejéis que se acerque nadie, en nombre del Duque.

Doña Sofía pasó por debajo del cordón de terciopelo y se agachó al lado de la escultura con forma de pirámide. Las lucecitas seguían encendidas, cambiando de color por debajo de las ventanillas de cristal dispuestas en las caras; cada una de las pirámides tenía setenta y cinco centímetros de base y un metro de altura.

—Capitán Reynart —dijo Sofía—. Me parece que lleva un par de guantes al cinto, ¿tiene la amabilidad de dejármelos?

Reynart le pasó los guantes de piel negra y ella se los puso.

—No es aconsejable ser demasiado confiado; los venenos de contacto son un juego de niños —dijo para sí, mientras pasaba los dedos por la superficie de la escultura, al tiempo que la observaba con todo detalle. Cambió de posición varias veces, frunciendo el ceño cada vez que lo hacía.

»No consigo ver ninguna abertura en la cubierta exterior —dijo, poniéndose de pie—. No he descubierto ninguna junta; el trabajo es muy bueno. Si el mecanismo ha sido ideado para generar humo, no sé por dónde puede salir —y dio un golpecito con uno de sus dedos enguantados en una de las ventanillas de cristal.

»A menos… —y repitió el golpecito—. Este cristal es del tipo que llamamos ornamental; es muy delgado y frágil. No suele emplearse en escultura ni en el laboratorio, porque no resiste el calor…

Volvió la cabeza hacia Locke; sus rubios rizos del color de las almendras brillaron como si los envolviese un halo cuando le preguntó:

—¿Ha dicho usted que ahí dentro puede haber recipientes de aceite ardiente?

—Eso me dijo cierto hombre que sentía mucho apego por su lengua.

—Entonces es posible —dijo Sofía—. El aceite ardiente generaría mucho calor en el interior de este recipiente de metal. El cristal estallaría… ¡y dejaría escapar el humo! Capitán, desenvaine su estoque, por favor. Me gustaría servirme de él.

Desechando cualquier escrúpulo que aquella petición hubiera podido ocasionarle, Reynart desenvainó su estoque y se lo tendió con la empuñadura por delante. Ella examinó el pomo dorado del arma, asintió y golpeó con él el cristal, que se rompió con un sonido muy agudo. Luego le dio la vuelta al estoque y empleó su punta para apartar de la ventanilla los fragmentos de cristal, devolviéndoselo luego a Reynart. Hubo murmullos y exclamaciones en la muchedumbre que observaba, la cual fue contenida con mil disculpas por el tenue arco formado por los casacas negras de Reynart.

—Mucho cuidado, Sofía —dijo don Lorenzo.

—No digas a un marinero cómo cagar en el océano —replicó ella con voz muy baja mientras miraba por la ventanilla, cuya base medía unos veinte centímetros, y daba unos golpecitos en su extremo superior. Luego metió por ella una de sus manos enguantadas y tocó una de las lamparillas alquímicas; acto seguido, retorció el puño y la extrajo.

—No está conectada con nada —dijo, dejándola en el suelo—. Oh, dioses —susurró cuando vio lo que había debajo de la lamparilla. Se llevó la mano a la boca y se levantó, muy agitada.

—¿Y bien? —doña Angiavesta acababa de llegar hasta ella.

—Es piedra fantasma —dijo doña Sofía muy asustada—. Toda la escultura está llena de esa sustancia; acabo de verla e incluso de olerla —se estremeció lo mismo que las personas que se asustan de las arañas, sobre todo de las grandes que se cruzan en su camino—. Dentro de esta escultura hay la cantidad suficiente para apaciguar a todos los de esta torre. Da la impresión de que vuestro Capa Raza no quería dejar nada al azar.

Doña Angiavesta observó por la ventana la parte norte de Camorr; el cielo estaba mucho más oscuro que cuando habían llevado a Locke a su presencia.

—Sofía —dijo la condesa del Cristal de Ámbar—, ¿qué sabes de esos chismes? ¿Puedes impedir que ardan?

—No lo creo —dijo la baronesa de Salvara—, no consigo ver dónde están las mechas alquímicas; deben de encontrarse debajo de la piedra fantasma. Y también es posible que se prendan si alguien las toca; si estuviera en mi laboratorio podría hacer algo. Creo que intentar desmontar el mecanismo será tan peligroso como dejar que se prenda sin hacer nada.

—Tenemos que sacar las esculturas de la torre —dijo Reynart.

—No —disintió Sofía—. El humo de la piedra fantasma siempre sube hacia arriba; es más ligero que el aire. No podremos librarnos de ellas antes de que llegue la Falsa Luz; si las encerráramos en los sótanos del Alcance del Cuervo, aún podría salir algo de humo. Lo mejor que podemos hacer es ponerlas bajo el agua; cuando la piedra fantasma se moja, pierde su actividad en pocos minutos. El aceite seguiría ardiendo, pero sin que la piedra fantasma despidiera humo. ¡Si pudiéramos arrojarlas al Angevino!

—No podemos —dijo Angiavesta—, pero sí podríamos arrojarlas a la cisterna del Jardín Celeste; tiene tres metros de profundidad y cinco de diámetro. ¿Funcionaría?

—¡Sí! Sólo necesitamos echarlas dentro.

—Stephen… —dijo doña Angiavesta, pero el capitán Reynart ya se le había adelantado.

—Mis señoras, mis señores —Reynart hablaba lo más fuerte que podía—, el duque Nicovante requiere con premura vuestra ayuda. A mí el Cristal de la Noche. Necesito un camino despejado hasta las escaleras, así que, mis señoras, mis señores, lamento deciros que no podremos comportarnos gentilmente con aquellos que nos impidan el paso.

»Necesitamos sacar esas malditas cosas hasta las galerías y luego subirlas hasta el Jardín Celeste —Reynart cogió por el hombro a uno de sus hombres—. Echa a correr hacia la terraza de embarque y busca al teniente Razelin. Dile que despeje el Jardín Celeste bajo mi propia responsabilidad. Dile que dentro de cinco minutos no quiero ver allí a ningún niño. Él sabrá lo que hay que hacer. Primero la acción, luego las disculpas.

—Desáteme las manos —dijo Locke—. Esas cosas son pesadas; aunque no tenga mucha fuerza, puedo echar una mano.

Doña Angiavesta le miró con curiosidad.

—¿Por qué regresó para ayudarnos, maese Espina? ¿Por qué no aprovechó para fugarse?

—Soy un ladrón, doña Angiavesta —dijo Locke muy serio—. Soy un ladrón y puede que también un asesino, pero esto me sobrepasa. Además, intento matar a Raza, así que debía frustrar todos sus planes —abrió las manos y ella asintió, moviendo despacio la cabeza.

—Puede echar una mano, pero luego tendremos que hablar.

—Es algo que deseo mucho, pero esta vez sin agujas, por favor —dijo Locke—. Conté, pórtate como un amigo y quítame estas cuerdas.

El delgado guardaespaldas cortó las ataduras de Locke con uno de sus cuchillos.

—Si intenta fastidiarla, le echaré a la cisterna para que las esculturas le caigan encima.

Locke, Conté, Reynart, don Lorenzo y varios casacas negras se arrodillaron para levantar la escultura; Sofía esperó unos segundos con el ceño fruncido y entonces se situó al lado de su marido para sostener la escultura por la misma arista que él había elegido.

—Voy a ver si encuentro al Duque —dijo Angiavesta— para informarle de lo que está sucediendo —y cruzó la galería a toda prisa.

—Bueno, con ocho no resulta tan difícil —dijo Reynart—, pero será tan molesto como el infierno. Aún nos quedan unos cuantos escalones por subir.

Tropezando todos entre sí, subieron la escultura por el primer tramo de escaleras. Varios casacas negras los esperaban en la galería.

—¡Buscad las demás esculturas! —la voz de Reynart era como un bramido—. ¡Ocho hombres para cada una! ¡Buscadlas y llevadlas hasta el Jardín Celeste! ¡Y, en el nombre del Duque, dadle un buen empujón a cualquiera que se cruce en vuestro camino! ¡Y, por los dioses, que no se os vayan a caer!

Instantes después, varios equipos de soldados afanosos y empapados de sudor imitaban al grupo de Reynart y cargaban con las esculturas. Locke estaba jadeante y sudoroso; quienes le rodeaban no se encontraban mejor que él.

—¿Qué pasará si esto se activa mientras lo llevamos? —preguntó uno de los casacas negras.

—Pues que primero nos quemaremos las manos —respondió Sofía, el rostro encendido por el esfuerzo— y luego nos quedaremos sin sentido antes de haber dado seis pasos, y entonces estaremos apaciguados. Y nos sentiremos muy tontos.

Después de subir hasta la última galería y de dejarla atrás, ya no escucharon el bullicio de la fiesta. Camareros y criados salían corriendo a medida que ellos entraban por los pasillos de servicio. En el mismísimo tejado del Alcance del Cuervo, una gran escalera de caracol hecha de mármol subía hasta el Jardín Celeste, contorneando con su trazado helicoidal la cara interior de paredes que eran tan transparentes como el humo. Toda Camorr giraba a su alrededor a medida que la recorrían; el sol no era más que la mitad de un medallón de color pálido, hundido cada vez más en el curvo horizonte; Locke tuvo que fijarse repetidas veces antes de comprender que lo que estaba viendo eran las ondulantes viñas del Jardín Celeste, agitadas por el viento del exterior.

Docenas de niños corrían en sentido contrario al suyo, gritando mientras los soldados los perseguían y los criados los regañaban. La escalera terminó por desembocar en el jardín del tejado, que realmente era un bosque en miniatura; bajo el cielo púrpura y desprovisto de nubes, olivos, naranjos e híbridos alquímicos con hojas del color de la esmeralda movían entre susurros sus hojas por el cálido viento.

—¿Dónde está la maldita cisterna? —preguntó Locke—. Jamás he subido hasta aquí.

—En el borde este del jardín —dijo Lorenzo—. Yo solía venir a jugar aquí.

La cisterna se encontraba debajo de las caedizas ramas de un sauce llorón, y venía a ser un estanque de cinco metros de diámetro, como les había anunciado doña Angiavesta. Sin ningún tipo de preámbulos, arrojaron la escultura al agua, la cual, en su despertar, les roció con una buena salpicadura de agua que empapó a dos casacas negras. Se hundió rápidamente con una estela de color lechoso y golpeó sonoramente el fondo de la cisterna.

Una tras otra, las esculturas restantes fueron llevadas allí, hasta que las cuatro descansaron bajo la superficie de las, para entonces, lechosas aguas de la cisterna, mientras el Jardín Celeste se llenaba de casacas negras.

—¿Y qué pasará ahora? —pregunto Locke, casi sin resuello.

—Ahora despejaremos el tejado —dijo doña Sofía—. Aún sigue activa una gran cantidad de piedra fantasma; nadie puede acercarse a ella, ni siquiera aunque esté bajo el agua, durante varias horas.

Y ni que decir tiene que todos los que se encontraban en el tejado se sintieron muy felices de cumplir su sugerencia.

6

Cuando la Falsa Luz acababa apenas de comenzar, doña Angiavesta se reunió con ellos en la galería más elevada del Alcance del Cuervo. A través de la alta puerta que daba a la plataforma de embarque podían verse los centelleantes gallardetes de espectral colorido que eran las torres de cristal antiguo. La reunión estaba dominada por el ruido que hacían los casacas negras mientras subían y bajaban, disculpándose con todos los nobles con quienes se tropezaban.

—Es como una guerra —comentó cuando los Salvara, Locke y Reynart se sentaron a su alrededor—. Intentar algo semejante es peor que un asesinato en masa. ¡Por los dioses! Nicovante está llamando al Cristal Nocturno; Stephen, os aguarda una noche atareada.

—¿A los Merodeadores de la Medianoche? —preguntó.

—Llévatelos a todos fuera de aquí —contestó ella—, en silencio y lo más rápido que puedas. Que se reúnan en el Palacio de la Paciencia; que se preparen para el combate. Los llevaremos a donde Nicovante decida que son más necesarios.

»Maese Espina, le estamos muy agradecidos por todo lo que ha hecho, lo cual va a suponerle un excelente trato por nuestra parte. Pero la suya en este asunto ha terminado; voy a conducirle escoltado al Cristal de Ámbar. Aunque estará bajo arresto, disfrutará de ciertas comodidades.

—Tonterías —dijo Locke—. Me debéis más que todo eso. Raza es mío.

—Raza —replicó doña Angiavesta— se ha convertido en el hombre más buscado de toda Camorr; el Duque quiere aplastarlo como a un insecto. Vamos a ocupar sus dominios y a entrar por la fuerza en la Tumba Flotante.

—¡No sean idiotas, Raza no manda sobre la Buena Gente, sólo los utiliza arteramente para sus planes! —exclamó Locke—. La Tumba Flotante está vacía; ahora mismo, mientras hablamos, Raza emprende la fuga.

No quería ser Capa, sino aprovechar su puesto para acabar con Barsavi y barrer a todos los nobles de Camorr.

—¿Cómo sabe tanto de los asuntos de Raza, maese Espina?

—Cuando Raza aún seguía llamándose el Rey Gris, me obligó a engañar a Capa Barsavi. El trato fue que después me dejaría en paz, pero me hizo una mala faena: mató a tres amigos míos y se llevó mi dinero.

—¿Su dinero? —dijo don Lorenzo, cerrando una mano y convirtiéndola en un puño—. Creo que se refiere al nuestro.

—Sí —dijo Locke—, el suyo y todo el que le quité a la señora de Marre, a don Javarriz y a los Feluccia. Más de cuarenta mil coronas… una fortuna. Raza me la robó. Así que no mentía cuando dije que ya no tenía dinero.

—¿Entonces no tiene nada de valor con lo que poder negociar? —preguntó doña Angiavesta.

—He dicho que me había quedado sin el dinero, no que no supiera dónde estaba —dijo Locke—. Raza lo tiene con la fortuna de Barsavi, y ahora se dispone a abandonar a hurtadillas la ciudad. Se supone que iba a emplearlo para pagar al mago mercenario.

—Entonces díganos dónde está.

—Raza es mío —dijo Locke—. Quiero acabar con él y seguir en libertad. Raza mató a tres amigos míos, por eso quiero atravesar con un puñal su maldito corazón; así que negociaré con todo el hierro blanco de Camorr.

—En esta ciudad se ahorca a la gente por robar unas pocas monedas de plata —dijo doña Angiavesta— y usted, culpable de haber robado decenas de miles de coronas, nos propone que le dejemos en libertad. Creo que no.

—Es la hora de la verdad, doña Angiavesta —insistió Locke—; ¿queréis recuperar el dinero? Pues yo puedo deciros dónde está. Os diré donde se encuentra, junto con la fortuna de Barsavi, que debe ser considerable. A cambio, lo único que quiero es a Raza. Seguiré en libertad y mataré al hombre que intentó acabar con vos y con todos vuestros pares. Sed razonable… ahora que conocéis mi voz y mi rostro, los días de mi antigua profesión se han terminado, al menos en Camorr.

—Supone demasiado.

—¿Acaso la Araña de Camorr evitó que Capa Raza reuniera en el Alcance del Cuervo la suficiente piedra fantasma para apaciguar a toda esta puñetera ciudad? No, porque quien lo evitó fue la Espina de Camorr, muchas gracias. Esta noche, todos los hombres, mujeres y niños de la ciudad se encuentran a salvo porque tengo un corazón demasiado blando, y no porque vos hayáis hecho vuestro trabajo. Así que me lo debéis, Angiavesta. Por vuestro honor que me lo debéis. Dadme a Raza y tendréis el dinero.

Ella le lanzó una mirada capaz de convertir el agua en hielo.

—Por mi honor, maese Espina —dijo finalmente—, y por los servicios rendidos al Duque y a mis pares, le dejo ir en libertad; y si nos conduce hasta Raza podrá hacer con él lo que quiera, aunque si no lo hace, no se lo echaré en cara. Y si vuelve a sus antiguas actividades y si nuestros caminos vuelven a cruzarse de nuevo, le ejecutaré sin juicio previo.

—Me parece justo. Necesitaré una espada —dijo Locke—. Casi lo olvido.

Para su sorpresa, el capitán Reynart se quitó el cinturón del que colgaba su estoque y se lo tendió a Locke.

—Que no siga seco —dijo—; con mis cumplidos.

—¿Y bien? —dijo doña Angiavesta mientras Locke se ajustaba el cinturón encima de las excelentes calzas azules de Meraggio—. El dinero, ¿dónde está?

—Al norte de los Dientes de Camorr —respondió Locke—, en el fondeadero privado, hay tres barcazas llenas de porquería; vos las conocéis; sacan de la ciudad toda la suciedad y los excrementos y lo llevan a los campos del norte.

—Por supuesto —dijo doña Angiavesta.

—Raza ha escondido toda su fortuna dentro de una de ellas —dijo Locke—. En cofres de madera cubiertos con telas enceradas, por razones obvias. Su plan consiste, luego de escabullirse de Camorr, en abordar la barcaza más al norte y en recuperar el tesoro. Todo está allí, debajo de todos esos montones de mierda.

—Eso es ridículo —dijo doña Angiavesta.

—No dije que lo que iba a revelaros fuese agradable —dijo Locke—. Pensadlo. ¿Cuál sería el último sitio en el que nadie miraría a la hora de buscar un escondrijo de monedas?

—Hmmm. ¿Y de cuál de las barcazas se trata?

—No lo sé —respondió Locke—. Sólo sé que es una de las tres.

Vorchenza miró a Reynart.

—Bueno —dijo el capitán—, los designios de los dioses son inescrutables.

—Oh, mierda —dijo Locke como si se atragantase, mientras pensaba Haz una buena representación. Haz una representación buenísima—. Doña Angiavesta, esto no se ha terminado.

—¿De qué está hablando?

—Barcos, barcazas, fuga. He estado pensando. El halconero estuvo haciendo juegos de palabras mientras se encontraba bajo mi cuchillo. Se burló de mí sin referirse a nada en particular y ahora acabo de caer en lo que era. El barco de la plaga. La Satisfacción; hay que hundirla.

—¿Y por qué?

—Es de Anatolius —dijo Locke—. Según el halconero, Anatolius se hizo pirata en el Mar del Hierro Blanco para amasar la fortuna suficiente con la que contratar a un mago mercenario y regresar a Camorr en busca de venganza. La Satisfacción es su nave. Pero Anatolius no planea escapar en ella… piensa abandonar la ciudad por el norte y remontar el Angevino.

—¿Por qué?

—El halconero comentó algo de un plan alternativo. El barco de la plaga es el plan alternativo. No está lleno de cadáveres, doña Angiavesta. Su tripulación fue escogida cuidadosamente… gente que sobrevivió al Susurro Negro, como los Gules del Duque. Una tripulación escogida y las bodegas llenas de animales: cabras, ovejas, monos. Pensé que el halconero se estaba mofando… pero ahora lo comprendo.

—Animales que pueden propagar el Susurro —dijo Reynart.

—Sí —dijo Locke—. No mueren por su causa, pero seguro que nos lo pueden contagiar. Hundid ese maldito barco, doña Angiavesta. Es otra jugada de Raza. Si descubre que no pudo acabar con los nobles, puede intentar vengarse de toda la ciudad. Es su última oportunidad.

—Qué locura —susurró doña Angiavesta, no muy convencida.

—Anatolius ya ha intentado barrer a todos los nobles de Camorr, incluidos los niños. Está loco, Condesa del Cristal de Ámbar. ¿Cómo suponéis que reaccionará al ver frustrado su primer intento? Lo único que tienen que hacer sus hombres es dirigir el barco hacia los muelles y soltar esos animales. O quizá lanzar unas cuantas ovejas a la ciudad con ayuda de una catapulta. Hundid ese maldito barco.

—Maese Espina —dijo doña Angiavesta—, aun siendo ese ladrón cuyos apetitos conocemos tan bien, no deja de sorprenderme que su corazón esté tan lleno de ternura.

—He hecho los votos que me ligan al Decimotercero Sin Nombre, el Guardián Avieso, el Benefactor —dijo Locke—. Soy sacerdote. No he salvado a la gente que se encontraba en esta torre para ver ahora cómo muere toda la ciudad. Por amor al decoro, doña Angiavesta, por amor al decoro, hundid ese condenado barco. Os lo ruego.

Ella se le quedó mirando por encima de los bordes de sus antiparras en forma de medialuna y se volvió hacia Reynart.

—Capitán —dijo muy despacio—, vaya al puesto de señales de la plataforma de embarque. Envíe el siguiente mensaje al Arsenal y a las Heces —cruzó las manos sobre su estómago y suspiró—: «Por la autoridad que me confiere el duque Nicovante, les ordeno que hundan a la Satisfacción y que disparen a cualquier sobreviviente que intente llegar a la costa».

Locke suspiró aliviado.

—Gracias, doña Angiavesta. ¿Y mi ascensor?

—Su ascensor, maese Espina… por mi honor que estará listo enseguida. Y si los dioses le conceden a Capa Raza antes de que mis hombres den con él… que también le concedan su fuerza.

—Os echaré de menos, doña Angiavesta —dijo Locke—, y tambien a vosotros, mi señor y mi señora de Salvara… y mis disculpas por el hecho de que la mayor parte de vuestra fortuna esté enterrada bajo la mierda. Espero que sigamos siendo amigos.

—Ponga un solo pie en nuestra casa —dijo Sofía— y se quedará para siempre en mi laboratorio.

7

Unas luces azuladas relampaguearon en la plataforma de embarque del Alcance del Cuervo; incluso bajo la luz trémula y cambiante de la Falsa Luz, tenían la suficiente potencia para ser vistas en la estación que se encontraba en lo más alto del Palacio de la Paciencia, la cual debía retransmitirlas. En unos instantes, los obturadores de las linternas se abrieron y cerraron rápidamente; el mensaje surcó el aire, por encima de los millares de personas que continuaban con la fiesta, y llegó a sus destinos… el Arsenal, la Aguja del Sur, las Heces.

—Vaya mierda —dijo el sargento de la Guardia que se encontraba en la torre de la mismísima cúspide de la Aguja del Sur, abriendo y cerrando los ojos para aclararse la vista, mientras se preguntaba si había interpretado correctamente el mensaje. Con bastante remordimiento, ocultó debajo de la silla el pellejo de vino con el que había estado celebrando, ilícitamente por cierto, el Día de los Cambios.

—Sargento —dijo su compañero más joven—, esa fragata está haciendo una cosa muy rara.

A lo lejos, sobre las aguas del Puerto Viejo, la Satisfacción acababa de girar lentamente hacia babor; podía verse a los marineros subidos a las vergas de los palos mayores y de los trinquetes, dispuestos a desplegar las gavias. Varias docenas de figuras negras más pequeñas se movían por el puente, iluminadas tanto por el resplandor de las linternas amarillas como por la claridad de la Falsa Luz.

—Está desamarrando, señor; va a hacerse a la mar. ¿De dónde ha salido toda esa gente? —dijo el guardia más joven.

—No lo sé —dijo el sargento—, pero acabo de recibir un mensaje. Por los dioses misericordiosos, quieren hundir a esa zorra iluminada de amarillo.

Unos puntitos de luz anaranjada comenzaron a encenderse por toda la periferia de las Heces; todas las torrecillas de los ingenios tenían lámparas de emergencia que se encendían para indicar que los artilleros se hallaban en sus puestos y listos para la acción. Los tambores comenzaron a sonar en el Arsenal; el sonido de los silbatos se extendió por toda la ciudad, sobreponiéndose al tenue murmullo de la multitud que celebraba el Día de los Cambios.

Con un fuerte chasquido, uno de los ingenios de la costa lanzó su carga. La piedra se convirtió en una sombra difusa que subió por el cielo; no acertó el blanco por metros, levantando un surtidor de agua cerca del costado de estribor de la fragata.

Lo siguió un segundo ingenio, del cual nació un arco de fuego naranja que se quedó suspendido unos instantes en el cielo, como si fuera un estandarte de luz ardiente capaz de hipnotizar con su sola contemplación. Los guardias de la Aguja del Sur lo miraron con respeto y temor mientras se estrellaba sobre el puente de la Satisfacción y salpicaba hilillos de fuego en todas las direcciones. Los hombres corrían frenéticamente, algunos de ellos ardiendo. Uno saltó por la borda, sumergiéndose en el agua como una carbonilla en un charco.

—Por los dioses, eso es aceite ardiente —dijo el guardia más joven—. Seguirá ardiendo hasta que lo haya quemado todo.

—No importa, a los tiburones también les gusta la carne asada —bromeó el sargento—. Pobres bastardos.

Una piedra se estrelló en uno de los costados de la fragata, aplastando las barandillas de madera y creando una lluvia de astillas; los marineros se retorcían, gritaban y caían al suelo del puente. El fuego prendía en las velas y en los aparejos, a pesar de los frenéticos esfuerzos de la tripulación para apagarlo con arena. Otra bola de fuego explotó en el alcázar; los hombres y mujeres que manejaban la rueda del timón fueron engullidos por un halo de llamas ardientes. Ni siquiera tuvieron tiempo de gritar.

Más piedras alcanzaron el barco, cayendo entre las pocas velas que quedaban. El fuego ardía, descontrolado, por proa, popa y parte central. Unos dedos de colores naranja, rojo y blanco jugueteaban entre las cubiertas y se elevaban por el cielo, junto con una humareda multicolor. Situada dentro del radio de acción de una docena de ingenios, la fragata, desarmada y prácticamente inmóvil, no había tenido ninguna posibilidad de escapar al ataque. Cinco minutos después de que la señal fuera emitida desde el Alcance del Cuervo, la Satisfacción era una pira… una montaña de llamas blancas y rojas que emergía del agua encrespada, la cual era como un espejo de color rojo dispuesto bajo el casco del moribundo navío.

Los arqueros tomaron posiciones en la costa, listos para disparar contra cualquier sobreviviente que intentara llegar nadando hasta ella, pero no llegó nadie. Con el fuego, el agua y las cosas que acechaban en las profundidades de la bahía, las flechas eran superfluas.

8

Luciano Anatolius, el Rey Gris, el Capa de Camorr, el último miembro vivo de su linaje, se mantenía erguido en el puente superior de la Tumba Flotante, bajo los toldos de seda que se mecían al recibir el Viento del Ahorcado, bajo el cielo oscuro que reflejaba el irreal resplandor de la Falsa Luz, viendo cómo ardía su barco.

Miraba fijamente hacia el oeste mientras el rojo del fuego se reflejaba en sus ojos que no parpadeaban; miraba fijamente hacia el norte, contemplando la incandescencia del Alcance del Cuervo, donde se mezclaban destellos azules y rojos, donde ninguna nube de humo pálido ascendía al cielo.

Se mantenía erguido sobre el puente de la Tumba Flotante sin llorar, aunque su corazón lo desease ardientemente en aquellos momentos.

Cheryn y Raiza no lloraron, se dijo. Madre y padre no lloraron; no lloraron cuando, a medianoche, los hombres de Barsavi echaron abajo la puerta de su casa. Cuando su padre murió, intentando protegerlos el tiempo suficiente para que Gisella pudiera envolverlos a él y a las gemelas con unas ropas y sacarlos por la puerta de detrás.

La Satisfacción ardía ante su mirada mientras él volvía a verse corriendo por la oscuridad de los jardines, con sólo trece años, tropezando por caminos que le eran familiares mientras las ramas le azotaban el rostro y las lágrimas ardientes le corrían por las mejillas. En la casa de campo que habían dejado atrás, los cuchillos se alzaban y caían, un niño pequeño llamaba llorando a su madre… y luego, de repente, sólo se escuchó el silencio.

—Jamás lo olvidaremos —había dicho Raiza en la oscuridad de la bodega del navío que los conducía hasta Talisham—, jamás lo olvidaremos, ¿verdad, Luciano?

Y su manita apretaba con fuerza la suya; junto a su otro costado, Cheryn dormía con un sueño lleno de sobresaltos, murmurando y gritando.

—Jamás lo olvidaremos —contestó él—. Y volveremos. Te lo prometo, algún día volveremos.

Se mantenía erguido en el puente de la fortaleza que Barsavi tenía en Camorr, sin poder hacer nada mientras su barco teñía de rojo las aguas del Puerto Viejo al morir.

—¿Capa Raza?

Aquella voz temerosa se encontraba ante él; un hombre acababa de abrirse paso por el pasillo que conducía a las galerías de más abajo. Uno de los Sabuesos del Ron que formaba parte del extravagante círculo de jugadores creado en su salón del trono. Se volvió lentamente.

—Capa Raza, acaban de traer esto… Uno de los Tajadores de la Falsa Luz, señoría. Dice que en la Lluvia de Ceniza un hombre le entregó un tirinto y le pidió que os lo trajera.

Le tendió un saco de harpillera donde, con unas letras negras de trazo apresurado, había sido escrita la palabra RAZA. La tinta aún estaba fresca.

Luciano tomó el saco y despidió al hombre con un ademán de la mano; el Sabueso del Ron volvió al pasillo y desapareció por él, no muy contento de lo que había visto en los ojos de su maestro.

El Capa de Camorr abrió la bolsa y descubrió el cadáver de un halcón-escorpión… sin cabeza. Volcó su contenido encima del puente; la cabeza y el cuerpo de Vestris cayeron con un sonido seco sobre las planchas de madera. Un trozo de pergamino doblado y manchado de sangre cayó, revoloteando, instantes después. Lo cogió y lo abrió. Así decía:

YA ESTAMOS LLEGANDO

Luciano permaneció mirando aquellas palabras durante algún tiempo; quizá cinco segundos, aunque bien hubieran podido ser cinco minutos. Estrujó el pergamino entre sus manos y lo tiró al suelo; cayó al puente y rodó por él hasta detenerse al lado de los ojos de mirada inmóvil y vítrea de Vestris.

Si estaban llegando, que llegaran. Aún habría tiempo de huir después de haber satisfecho aquella última deuda.

Entró por el pasillo que conducía a la galería de más abajo, en medio de la luz y la algarabía de los jugadores. El olor a humo y a licor flotaba en el aire; sus botas hicieron crujir el maderamen cuando bajó corriendo por las escaleras.

Los hombres y las mujeres levantaron la vista de sus naipes y dados cuando pasó a su lado; algunos agitaron la mano y profirieron gritos de saludo, pero nadie recibió ninguna respuesta. Capa Raza abrió de golpe la puerta de sus aposentos privados (antaño de Barsavi) y permaneció en su interior varios minutos.

Cuando salió, llevaba las vestiduras del Rey Gris, la casaca y calzas de color gris-niebla, las botas grises de piel de tiburón con las brillantes hebillas de plata, los guantes grises de espadachín, dados de sí en los nudillos por el uso, la capa gris con la capucha echada. La capa ondeó a su alrededor cuando echó a caminar; las luces de la Tumba Flotante se reflejaban en el acero desnudo del estoque que llevaba desenvainado.

La partida se terminó en un instante.

—Largaos —dijo—, largaos y no volváis. Dejad abiertas las puertas. Nada de guardias. Largaos mientras tenéis la posibilidad de iros.

Los naipes cayeron al suelo formando una espiral; los dados repiquetearon al golpear la madera. Hombres y mujeres se levantaron de un salto, llevándose consigo a los camaradas borrachos; las botellas rodaron y el vino se derramó a medida que la desbandada fue generalizándose. En menos de un minuto, el Rey Gris se había quedado solo en el corazón de la Tumba Flotante.

Caminó lentamente hacia estribor, hacia un montón de cuerdas plateadas que colgaban del techo del viejo galeón. Tiró de una de ellas y las luces blancas de los candelabros murieron; tiró de otra y las cortinas que cubrían las altas ventanas del salón del trono se plegaron, rindiendo la estancia a la oscuridad de la noche. Un tirón de una tercera y unos globos alquímicos de color rojo, instalados en los oscuros nichos de las paredes, volvieron a la vida; el corazón de la fortaleza de madera se convirtió en una cueva bañada por una luz carmesí.

Se sentó en su trono con el estoque cruzado encima de sus piernas, y la luz rojiza hizo brillar sus ojos, ocultos por la sombra que proyectaba la capucha.

Se sentó en su trono y esperó a que los dos Caballeros Bastardos que aún vivían le encontrasen.

9

A las diez y media de la noche, Locke Lamora entró en el salón del trono y se quedó mirando, una mano sobre el estoque, al Rey Gris, que se sentaba en silencio a treinta metros de él. Locke tenía la respiración agitada, aunque no por el viaje, pues había cubierto la mayor parte del trayecto en un caballo robado.

El hecho de sentir bajo su mano la empuñadura de la hoja de Reynart era tan vigorizante como terrorífico. Sabía que en un combate limpio se encontraría en desventaja, pero le ardía la sangre. Y tenía el atrevimiento de pensar que la ira, la velocidad y la esperanza podrían valerle en lo que estaba a punto de acontecer. Se aclaró la garganta.

—Rey Gris —dijo.

—Espina de Camorr.

—Me siento complacido —dijo Locke—. Pensaba que quizá ya te hubieras marchado. Lo siento… necesitabas esa fragata, claro. Conseguí que mi buena amiga la Condesa del Cristal de Ámbar la enviase al fondo de la maldita bahía.

—Esa hazaña —dijo el Rey Gris con voz cansada— dejará de parecerte tan sabrosa dentro de breves minutos, te lo aseguro. ¿Dónde está Jean Tannen?

—Viene hacia aquí —dijo Locke—. Llegará en cualquier momento.

Locke comenzó a caminar lentamente hacia él, recortando la distancia que los separaba en más de la mitad.

—Le advertí al halconero que no bromeara con Jean Tannen —dijo el Rey Gris—, lo que, al parecer, él no tomó con la debida consideración. Os felicito a ambos por vuestro inimaginable poder de recuperación, pero creo que os haré un favor matándoos antes de que los magos mercenarios se venguen en vuestras personas.

—Estás dando por sentado que el halconero ha muerto —dijo Locke—, pero no es así. Aún respira, aunque es un lisiado que jamás podrá volver a tocar un instrumento musical.

—Interesante. Me pregunto cómo pudiste conseguirlo. Me pregunto por qué la diosa de la muerte se burla de ti al haberte dejado un soplo de vida. Me gustaría saberlo.

—A la mierda con tus deseos. ¿Por qué hiciste las cosas de esa manera, Luciano? ¿Por qué no intentaste llegar a un acuerdo honroso para todos? Seguro que hubiéramos podido encontrar alguno.

—«Hubiéramos podido» —dijo el Rey Gris—; ese «hubiéramos podido» era imposible, maese Lamora. Era una cuestión de necesidad. Vosotros teníais lo que yo necesitaba, y erais demasiado peligrosos para dejaros seguir con vida después de que yo os lo quitara… como tú mismo dejaste muy claro.

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