Las mentiras de Locke Lamora

Las mentiras de Locke Lamora


Libro VI » Capítulo 16 » 10

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—Pero todo hubiera podido quedarse en un simple robo —dijo Locke—. Yo te lo hubiera entregado todo a cambio de las vidas de Calo, Galdo y Bicho. Yo te lo hubiera entregado todo si me hubieses dado la opción de elegir.

—¿Y qué ladrón no lucha para defender lo que es suyo?

—Uno que tiene algo mejor —dijo Locke—. Para nosotros, robar era más importante que atesorar; y estoy seguro de que hubiéramos acabado por malgastar el dinero de la peor manera.

—Eso es fácil de decir ahora, visto lo sucedido —suspiró el Rey Gris—. Seguro que habrías visto las cosas de manera diferente si todos hubiesen seguido con vida.

—Les robábamos a los nobles, capullo. Sólo a ellos. Nuestros juegos sólo eran para ellos… Tú ayudaste a la nobleza al querer dejarnos fuera de juego. Le entregaste a la gente a la que odiabas un regalo diabólico.

—Así que tú, maese Lamora, les ayudabas a que no les pesara tanto el dinero, intentando escrupulosamente que no se perdiera ninguna vida en el proceso… ¿tengo que aplaudirte? ¿Nombrarte mi hermano de armas? Siempre hay más dinero. El dinero no bastaba para que aprendierais la lección que debíais aprender.

—¿Cómo pudiste hacerlo, Luciano? ¿Cómo un hombre que perdió tanto, que sentía tanto odio por Barsavi, pudo hacerme lo mismo que le hicieron a él?

—¿Lo mismo? —el Rey Gris se levantó con el estoque en la mano—. ¿Lo mismo? ¿Acaso mataron a tus padres en la cama para ocultar una mentira, maese Lamora? ¿Acaso pasaron por el cuchillo a tus hijos pequeños para que no pudieran llegar a ser mayores y así vengarse?

—Yo perdí a tres hermanos por tu causa —dijo Locke—, casi a cuatro. No tenías necesidad de hacer lo que hiciste. Y cuando creíste que habías acabado conmigo, intentaste matar a cientos de personas. Entre ellos a niños, Luciano, a niños… nacidos mucho después de que Barsavi matara a tus padres y hermanos. Me gustaría ser honesto, pero sólo veo la peor de las locuras.

—Estaban protegidos por la Tregua Secreta —dijo el Rey Gris—. Eran parásitos, culpables por el simple hecho de nacer. Ahórrate tus argumentos, sacerdote. ¿Piensas que no pensé en todo eso durante los últimos veintidós años?

El Rey Gris dio un paso adelante, apuntando a Locke con la punta de su arma.

—Si hubiera estado en mi mano —añadió—, habría arrasado esta ciudad hasta sus cimientos para escribir los nombres de los míos en sus cenizas.

Ila justicca vei cala —dijo Locke con un susurro. Siguió avanzando hasta que ambos se encontraron a menos de dos metros de distancia el uno del otro. Desenvainó el estoque de Reynart y se puso en guardia.

—La justicia es roja —el Rey Gris se puso de rodillas mirando a Locke, el filo de su arma hacia el suelo, en la posición que los esgrimidores de Camorr suelen denominar «el lobo expectante»—. Es muy cierto.

Locke le atacó antes de que hubiera terminado de hablar; durante un instante, su acero cortó en el aire la imagen que había pertenecido al Rey Gris. El Rey esquivó el tajo de Locke, el fuerte contra el débil, y respondió con una velocidad superior a la empleada por él. Lamora evitó un golpe sesgado dando un salto hacia atrás que resultó muy poco elegante; aterrizó encogido, con la mano izquierda hacia delante para evitar dar con los codos y las posaderas en la dura madera del puente.

Cautelosamente, Locke se movió en círculo hacia la dirección de donde le había llegado el golpe, aún encogido. En su mano izquierda acababa de aparecer un puñal como por arte de magia, que él movió varias veces.

—Hmm —comentó el Rey Gris—. No me digas que vas a luchar al estilo de Tal Verrar. Lo encuentro insípido.

—Anímate —Locke movió rápidamente el puñal de un modo muy colorista—. Intentaré que la capa no se te manche mucho de sangre.

Suspirando de un modo muy teatral, el Rey Gris extrajo de su cinturón uno de los dos puñales que llevaba en él, de mango muy estrecho, y lo llevó hacia delante hasta que las hojas de sus dos armas se movieron en el aire que se encontraba ante él como si fueran mandíbulas. Entonces dio dos brincos muy exagerados.

Locke miró los pies del Rey Gris durante una fracción de segundo, comprendiendo demasiado tarde lo que iba a hacer. Se echó a la derecha y consiguió parar a duras penas con el puñal lo que le caía encima. La estocada del Rey Gris cortó el aire justo a pocos centímetros de su hombro izquierdo. Su respuesta se encontró con el puñal del Rey, que la estaba aguardando. Una vez más, el Rey era el más rápido, y con mucho.

Durante unos pocos segundos llenos de desesperación, ambos siguieron peleando… sus espadas tejían fantasmas de plata en el aire, cruzándose y apartándose, con fintas y falsas fintas, estocadas y paradas. Locke se mantenía a duras penas fuera del alcance de los golpes del Rey Gris, que eran más largos y poderosos, mientras que el Rey paraba y devolvía con facilidad todas las arremetidas de Locke. Finalmente, ambos se apartaron jadeantes, contemplándose el uno al otro con la mirada de odio resignada e implacable de los perros de lucha.

—Hmmm —dijo el Rey Gris—, un combate muy esclarecedor.

Y lanzó una estocada como quien no quiere la cosa; Locke se echó hacia atrás rápidamente y la paró con gran dificultad, punta contra punta, como si fuera un muchacho que se encuentra en su primera semana de aprendizaje. Los ojos del Rey Gris brillaron.

—De lo más esclarecedor —y lanzó otra estocada; y Locke volvió a retroceder—. Tengo la impresión que no dominas este arte, ¿no te parece?

—¿No te parece que quizá quiera que pienses eso?

Al escucharlo, el Rey Gris rió:

—Oh, no. No, no, no —y, con un gesto muy teatral, arrojó la capa al suelo. Su rostro macilento se llenó de surcos por la mueca salvaje que presagiaba lo que iba a suceder—. Basta de engaños, basta de juegos.

Y entonces se lanzó sobre Locke, moviendo rápidamente los pies, con una brutalidad que Locke jamás había visto; detrás de su hoja se encontraban no sólo veinte años de experiencia sino veinte años dominados por el odio más feroz. Alguna parte perdida de la mente de Locke aceptó con frialdad el hecho de que no servía para aquello, mientras paraba con gran dificultad golpe tras golpe y evitaba con la mirada y con las manos golpes fantasmales, incluso cuando el acero del Rey Gris le atravesaba las ropas y la carne.

Una, dos, tres… en tres suspiros, la hoja del Rey Gris cantó para morder la muñeca, el antebrazo y el bíceps de Locke.

El frío del acero sorprendió a Locke más que el dolor de las estocadas; luego su sangre cálida se mezcló con el sudor de su piel y le escoció muchísimo, mientras sentía una náusea en lo más profundo de su estómago. El puñal se le cayó de la mano izquierda, rojo por una sangre que no era la que debía mancharlo.

—Ya hemos llegado a donde no querías llegar, maese Lamora —el Rey Gris sacudió la sangre de Locke de la punta de su estoque y observó cómo se estrellaba en la madera después de describir un arco—. Adiós.

Entonces se dispuso a lanzar un nuevo ataque y, bajo la luz de los globos alquímicos que tenían el color del vino, su hoja relució todo lo larga que era con tonos de escarlata.

—Aza Guilla —dijo Locke con voz muy baja—, te pido justicia por la muerte de mis amigos. ¡Que pueda vengar con sangre la muerte de mis hermanos!

Y elevando la voz hasta que se convirtió en un grito, lanzó un golpe que no llegó al blanco, y luego otro, cargando todo su odio y su desesperación en cada uno de ellos, moviendo la hoja con mayor rapidez de lo que había hecho en su vida, y el Rey Gris los paró uno tras otro y los devolvió, y el Rey Gris se sintió molesto con ellos porque le parecía estar peleando con un niño.

—Creo que la diferencia entre tú y yo, maese Lamora —dijo el Rey Gris entre ataques y paradas—, es que cuando me quedé aquí a esperarte, sabía lo que podría hacer.

—No —replicó Locke, atragantándose—. La diferencia entre ambos es que yo voy a conseguir la venganza que busco.

Un dolor frío explotó en el hombro izquierdo de Locke mientras contemplaba horrorizado cómo la hoja del Rey Gris se hundía más de siete centímetros en la carne que se encontraba encima de su corazón. El Rey la retorció salvajemente al extraerla, arañando el hueso, y aquella sensación llevó a Locke a caer de rodillas y a proyectar hacia delante el brazo izquierdo, ya inservible, para evitar la caída.

Pero el instinto también le traicionó, porque cuando su mano chocó contra el puente con la palma hacia arriba, se le dobló de un modo atroz hacia dentro, debido al peso, y la muñeca se le rompió con un crujido espantoso. Tan grande fue la conmoción que le embargó, que no pudo ni gritar. Una fracción de segundo después, el Rey Gris le propinaba una tremenda patada en una mejilla, de suerte que el mundo se convirtió para él en un calidoscopio de agonía que daba vueltas sin parar mientras el escozor de las lágrimas llenaba sus ojos. El estoque de Reynart cayó al suelo con un ruido metálico.

Locke era consciente de la presión que la madera hacía sobre su espalda. Era consciente de la sangre y de la sal que nublaban su vista. Era consciente de los ardientes e intensos latidos de dolor que irradiaba su muñeca rota, así como de la agonía húmeda que sentía en la articulación del hombro. Pero también era consciente, y eso le molestaba aún más, de su propia vergüenza, del miedo de fallar y del lastre de tres amigos muertos que yacerían sin hallar la paz y sin conseguir la venganza porque Locke Lamora había perdido.

Tomó aire con una boqueada enorme que suscitó nuevas punzadas de dolor en su pecho y en su espalda, aunque ya sólo sentía un dolor, una sola sensación de verlo todo rojo que le hizo levantarse del suelo. Gritando como un poseso, arrastró las piernas hacia delante e hizo un esfuerzo para levantarse, con la esperanza de agarrar al Rey Gris por el estómago.

La estocada asesina que se dirigía hacia el corazón de Locke le alcanzó en el brazo izquierdo; impulsada por todo el peso de la ferocidad de que hacía gala el Rey Gris, taladró la carne del magro antebrazo de Locke y salió por detrás. Loco de dolor, Locke alargó el brazo hacia delante y hacia arriba mientras el Rey Gris intentaba liberar su hoja; aunque los filos del estoque causaron un terrible destrozo en la carne de Locke, siguió clavado en ella, aserrando el músculo hacia uno y otro lado mientras los dos hombres se debatían.

El puñal del Rey Gris apareció en el campo de visión de Locke, obligando a su instinto animal a emplear la única arma de que podía disponer. Sus dientes se hundieron en los tres primeros dedos de la mano que sujetaba la empuñadura; sintió el sabor de la sangre y el roce del hueso. El Rey Gris gritó y el puñal cayó, rebotando en el hombro izquierdo de Locke antes de caer al suelo con un sonido metálico. El Rey liberó su mano de un tirón y Locke le escupió la sangre y la piel que había mordido.

—¡Ríndete! —exclamó el Rey Gris, golpeando a Locke en la coronilla y luego en la nariz. Con su mano buena, Locke agarró el puñal que su contrario aún no había desenvainado. El Rey la apartó, riendo—. ¡No puedes vencer! ¡No puedes vencer, Lamora! —Y a cada grito que daba, lanzaba una lluvia de golpes sobre Locke, que seguía agarrado a él desesperadamente, como el hombre que se ahoga y se aferra a un madero flotante. El Rey rió salvajemente mientras le daba de puñetazos en el cráneo, en las orejas, en la frente y en los hombros, incluso en las heridas que sangraban—. ¡No… puedes… golpearme!

—No necesito golpearte —susurró Locke mientras dedicaba una mueca de locura al Rey Gris, el rostro surcado por las líneas que formaban la sangre y el sudor; la nariz rota y los labios partidos, la vista que se iba, orlada de negrura—. No necesito golpearte, hijo de la grandísima puta. Sólo tengo que retenerte aquí… hasta que llegue Jean.

Al oír aquello, el Rey Gris sintió auténtica desesperación, y sus golpes se hicieron más numerosos, pero poco le importaban a Locke, que, más que reír, rebuznaba como si estuviera completamente loco:

—¡Sólo tengo que retenerte aquí… hasta que llegue Jean!

Siseando de furia, el Rey Gris zarandeó a Locke lo suficiente para poder coger su puñal. Cuando liberó su mano izquierda de la presa que Locke había hecho en ella con su mano derecha, éste dejó caer en la palma de su mano un tirinto de oro que llevaba escondido en la manga; con un giro desesperado de su muñeca, lanzó la moneda hasta la pared que se encontraba a espaldas del Rey Gris, la cual hizo un sonido bastante fuerte.

—¡Ya está aquí, cabronazo! —exclamó Locke, escupiendo sangre en la pechera de la camisa del Rey—. ¡Jean! ¡Ayúdame!

Entonces el Rey Gris se dio la vuelta, medio arrastrando consigo a Locke; se volvió por el miedo que le daba Jean Tannen, antes de comprender que Locke estaba mintiendo; se volvió justo durante el medio segundo que Locke debió de haber implorado a cualquier dios que se dignara escuchar su súplica; se volvió durante el medio segundo que valía lo que toda la vida de Locke.

Se volvió lo suficiente para que Locke Lamora lanzase su brazo derecho hacia la cintura del Rey Gris, desenvainara el puñal que llevaba enfundado en ella y lo sepultara con un grito final de dolor y de triunfo en su espalda, justo a la derecha de su columna vertebral.

El Rey Gris arqueó la espalda y se quedó boquiabierto, helado por el dolor que se había apoderado de él; tomó la cabeza de Locke entre sus manos como si quisiera pedir a aquel hombre más bajo que él que deshiciera lo que había hecho, pero Locke guardó la calma y, con una voz tan serena que resultaba increíble, susurró:

—Calo Sanza. Mi hermano y amigo.

El Rey Gris cayó hacia atrás, pero Locke consiguió sacar el puñal de su espalda antes de que llegara al suelo. Locke volvió a levantar el puñal y se lo clavó al Rey Gris en mitad del pecho, justo debajo de la caja torácica. Brotó un chorro de sangre y el Rey Gris se debatió como un escarabajo al que acabaran de clavar en la caja de una colección de insectos. Locke levantó la voz mientras movía el puñal dentro de la herida:

—¡Galdo Sanza, mi hermano y amigo!

Con una última convulsión y un último esfuerzo, el Rey Gris lanzó a Locke un escupitajo de sangre (caliente y de tonos cobrizos) que le dio en el rostro, y agarró el puñal que le traspasaba el pecho. Locke le respondió dejándole caer encima la parte izquierda de su cuerpo, que no podía mover, para que apartara las manos. Con un sollozo, Locke extrajo el puñal del pecho del Rey, lo empuñó con su brazo derecho, que temblaba de un modo indecible, y se lo clavó en la garganta. Luego lo movió de un lado para otro en la tráquea hasta que poco le faltó al cuello para separarse del tronco, mientras el suelo que se hallaba bajo los dos contendientes comenzaba a llenarse con la sangre que manaba a chorros de la herida. El Rey Gris tuvo un estremecimiento final y murió, los ojos abiertos desmesuradamente, fijos en Locke.

—Bicho —susurró Locke—, cuyo auténtico nombre era Bertilion Gadek. Mi aprendiz. Mi hermano. Y mi amigo.

Entonces le abandonaron las fuerzas y cayó encima del cadáver del Rey Gris.

—Mi amigo.

Pero el hombre que tenía debajo no dijo nada y entonces Locke fue consciente de que el pecho que auscultaba, de que el corazón que hubiera debido latir al apoyar sobre él una de sus orejas, guardaban silencio. Y entonces lloró… y sus sollozos, salvajes e ininterrumpidos, hicieron que todo su cuerpo se estremeciera y que sus músculos y nervios torturados sintieran una vez más los calambres del dolor de la agonía. Enloquecido por la pena y el triunfo, por la niebla roja del dolor que sentía y por cien sensaciones más que no hubiera podido describir, permaneció echado encima del cadáver de su mayor enemigo, lloriqueando como un niño, mezclando la sal de sus lágrimas con la cálida sangre que cubría el cadáver del Rey Gris.

Y así permaneció, estremeciéndose bajo la luz roja de las lámparas, en aquel salón silencioso, a solas con su triunfo, incapaz de moverse y de impedir la pérdida de sangre que le conducía irremisiblemente hacia la muerte.

10

Jean lo encontró uno o dos minutos más tarde. El hombretón lo colocó boca arriba y lo apartó del cadáver, arrancando un aullido de dolor de su amigo que aún seguía semiinconsciente.

—Oh, dioses —se lamentó Jean—. Oh, dioses; maldito idiota, maldito y miserable idiota —hizo presión con las manos en el pecho y el cuello de Locke hasta que la sangre volvió a circular correctamente por su cuerpo—. ¿Por qué no esperaste? ¿Por qué no esperaste a que llegara?

Locke le miró con ojos de borracho y sus labios formaron una «O» de disculpa.

—Jean —dijo Locke muy serio, con voz queda—, has llegado corriendo. No estabas… en condiciones… de luchar. El Rey Gris… lo decidió. No podía negarme.

Jean lanzó un bufido a su pesar.

—Maldito seas, Locke Lamora. Le envié un mensaje. Pensaba que eso le detendría lo suficiente.

—Bendito seas. Le… vencí, a pesar de todo. Le vencí y conseguí que quemaran su barco.

—Así que era eso —dijo Jean con mucha dulzura—. Lo vi. Vi cómo ardía desde el otro lado de la Desolación de Madera; vi cómo te dirigías a la Tumba Flotante y entrabas en ella, llegué en cuanto pude. Pero no me necesitaste en ningún momento.

—No es cierto —Locke tragó saliva y luego hizo una mueca al sentir el sabor de su propia sangre—. Hice un uso excelente… de tu reputación.

Aunque Jean no hizo ningún comentario al escuchar aquellas palabras, la mirada triste de sus ojos fue más expresiva que cualquier cosa que hubiera podido decir.

—Nos hemos vengado —murmuró Locke.

—Así es —susurró Jean.

Pocos segundos después, las lágrimas comenzaron a manar nuevamente de los ojos de Locke, que cerró los ojos y movió la cabeza de un lado para otro.

—Todo esto ha sido una mierda —dijo.

—Lo ha sido.

—Tienes que dejarme… en este sitio.

Al escucharlo, Jean, que seguía arrodillado, se balanceó como si acabara de recibir una bofetada.

—¿Qué dices?

—Déjame, Jean. Moriré… dentro de pocos minutos. No sacarán nada más de mí. Aún puedes marcharte. Por favor… vete.

Jean se ruborizó, y el color rojo de su rostro prevaleció sobre la luz rojiza de los globos alquímicos, y enarcó las cejas, y todos los rasgos de su rostro se pusieron tan tensos que hasta Locke se alarmó. Jean cerró las mandíbulas y apretó los dientes, y las líneas de sus pómulos se convirtieron en las crestas dominantes de la montaña de grasa que era su rostro.

—Hay un montón de cosas que tienes que contarme —dijo, finalmente, con la voz más monocorde y siniestra que Locke jamás hubiera escuchado de sus labios.

—¡Metí la pata, Jean! —graznó un Locke desesperado—. Realmente no podía luchar contra él. Estuve a su merced antes de que pudiera descubrir la manera de ganarle con alguna artimaña. Sólo prométeme… prométeme que si alguna vez encuentras a Sabetha, tú no…

—Podras encontrarla tú mismo, so idiota, después de que ambos salgamos pitando de aquí.

—¡Jean! —Locke se agarró con la mano buena a las solapas de la casaca de Jean, pero sin fuerza—. Lo siento, estoy acabado. Por favor, no te quedes, porque te atraparán; los casacas negras no tardarán en llegar. No puedo permitir que te apresen. Por favor, déjame. No puedo caminar.

—Idiota —murmuró Jean, secándose las lágrimas que le quemaban el rostro con la mano buena—. No van a capturarte.

Y con poca maña, aunque con mucha prisa, recogió la capa del Rey Gris y se la ató alrededor del cuello, haciéndose un cabestrillo para el brazo derecho. Luego pasó éste por debajo de las rodillas de Locke y levantó su cuerpo menudo, acercándoselo luego hasta el pecho, donde quedó sujeto. Locke se quejó.

—Deja de lloriquear, maldita nenaza —musitó Jean, mientras comenzaba a andar a zancadas—, aún debe quedarte medio vaso de sangre por algún sitio. —Pero Locke se había desmayado, y Jean no sabía si por el dolor o por la pérdida de sangre, pues su piel estaba tan blanca que parecía vidrio. Aunque tenía los ojos abiertos, su mirada era fija, y de su boca abierta caía un hilillo de sangre y baba.

Jadeando y estremeciéndose, ignorando el angustioso dolor de sus propias heridas, Jean echó a correr todo lo deprisa que pudo.

El cuerpo del Rey Gris quedó a su espalda, olvidado, y la luz roja iluminó el vacío salón.

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