Las mentiras de Locke Lamora

Las mentiras de Locke Lamora


Prólogo » 9

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El muchacho que robaba demasiado

1

Cuando el largo y húmedo verano del septuagésimo séptimo año de Sendovani estaba en su culmen, el Hacedor de Ladrones de Camorr fue al templo de Perelandro para hacerle una visita inesperada al Sacerdote Sin Ojos, con intención de venderle del modo que fuera al chico apellidado Lamora.

—¡Vengo a proponerte un trato! —le espetó sin más el Hacedor de Ladrones con evidente falta de tacto.

—¿Como cuando me vendiste a Calo y a Galdo? —replicó el Sacerdote Sin Ojos—. Aún estoy intentando arrancarles a esos idiotas sonrientes los malos hábitos que tomaron de ti, pues quiero reemplazarlos por otros igual de malos que me serán mucho más útiles.

—Vamos, Cadenas —el Hacedor de Ladrones se encogió de hombros—, cuando cerramos el trato te dije que eran unos monicacos arrojamierdas y no pareció importarte…

—¿Y si me propusieras un trato igual de bueno que el que propusiste al venderme a Sabetha? —la voz profunda y sugerente del sacerdote consiguió que el Hacedor de Ladrones se tragara la objeción que aún no había acabado de formular—. Estoy seguro de que, después de vendérmela, me echarías la culpa de todo, excepto de las rótulas de mi madre, que en paz descanse. Tendría que haberte pagado en cobre y ver cómo te herniabas al cargar con toda la calderilla.

—¡Ahhhhhh, pero es que ella era especial, lo mismo que este chico! —repuso el Hacedor de Ladrones—. Posee todos los requisitos que tenían Calo y Galdo, los requisitos que te interesaban. ¡Tiene lo mismo que tenía Sabetha! Aunque camorrí, es mestizo. Sangre de Therin y de Vadran. Lleva el latrocinio en el corazón, tan cierto como que la mar está llena de meados de pez. Incluso podría hacerte un… descuento.

El Sacerdote Sin Ojos estuvo rumiando la proposición durante un buen rato.

—No te importará —dijo finalmente— que, antes de ir al encuentro de esa inesperada generosidad que muestras, me fíe de mi experiencia, la cual me dice que me arme y que apoye la espalda contra el muro.

Y aunque el Hacedor de Ladrones se esforzó en conseguir que una vaga expresión de sinceridad se insinuara en su propio rostro, para su evidente desagrado sólo obtuvo una mueca. Cuando se encogió de hombros como despreocupado, sólo hacía el más puro teatro.

—Sí, es cierto que, hum, el chico tiene un problema. Pero sólo se debe a que depende de mí. Cuando tú cuides de él, estoy seguro de que, ahhhh, desaparecerá.

—Vaya, vaya. Así que tienes un chico mágico. ¿Por qué no lo has dicho antes? —el sacerdote se rascó la frente por debajo de la venda de seda blanca que le cubría los ojos—. Magnífico. Lo plantaré en el puñetero suelo para que salga una planta con la que llegar a la tierra encantada que se encuentra al otro lado de las nubes.

—¡Ahhhhh! ¡Ja, ja, ja! Cadenas, ya había paladeado antes el sabor de tu sarcasmo —la reverencia que hizo el Hacedor de Ladrones era más propia de un bufón artrítico—. Dime, ¿puedo tener el atrevimiento de sugerir que estás un poquitín interesado?

El Sacerdote Sin Ojos escupió.

—Supongamos que Calo, Galdo y Sabetha pudieran disfrutar de un nuevo compañero de juegos o, al menos, de un saco de arena para boxear. Supongamos que yo estuviera dispuesto a gastar tres cobres y un orinal por un inesperado chico-prodigio. ¿Qué problema hay con él?

—El problema —dijo el Hacedor de Ladrones— es que, si no consigo vendértelo, tendré que cortarle el gaznate y arrojarle a la bahía. Y tendré que hacerlo esta misma noche.

2

La noche en que el chico que se apellidaba Lamora pasó a depender del Hacedor de Ladrones, el viejo cementerio de la Colina de las Sombras se hallaba repleto de niños que aguardaban con silenciosa atención la llegada de sus nuevos hermanos de ambos sexos para conducirlos al interior de los mausoleos.

Todos los pupilos del Hacedor de Ladrones llevaban velas; sus frías luces azules brillaban en medio de las cortinas plateadas, creadas por la niebla del río, como las lámparas de la calle a través del cristal de una ventana, mugriento por el humo. Una línea de luz espectral bajaba serpenteante desde lo alto de la colina, recorriendo los mojones de piedra y los senderos ceremoniales hasta el ancho puente de cristal que cruzaba el canal del Humo de Carbón, parcialmente visible en medio de la niebla tan cálida como la sangre que, durante las noches del verano, rezuma hacia lo alto desde los húmedos huesos de Camorr.

—Venid, mis amorcitos, mis joyas, mis adquisiciones más recientes, mantened el paso —susurró el Hacedor de Ladrones mientras le daba un codazo al último de la treintena, más o menos, de los huérfanos procedentes del Fuego Encendido que cruzaban el puente del canal del Humo de Carbón—. Esas luces son de vuestros nuevos amigos, que acuden a guiaros hasta lo alto de mi colina. Moveos, tesoros míos. No desaprovechemos la oscuridad, pues tenemos que hablar de muchas cosas.

En sus raros momentos de reflexión vana, el Hacedor de Ladrones se tenía por un artista. Un escultor, para ser preciso, que creía que los huérfanos eran su arcilla y el viejo cementerio de la Colina de las Sombras su estudio.

Ochenta y ocho mil almas generaban un volumen considerable e ininterrumpido de desperdicios, los cuales incluían un goteo constante de niños perdidos, desechados y abandonados. Los traficantes de esclavos capturaban, de eso no había ninguna duda, a algunos de ellos para llevárselos fuera, a Tal Verrar o a las islas de Jerem. Técnicamente, la esclavitud era ilegal en Camorr, pero ante el hecho de tomar a alguien por esclavo solía hacerse la vista gorda, siempre, claro, que no quedase nadie para hablar a favor de la víctima.

Así pues, los traficantes de esclavos se llevaban a unos cuantos y la simple estupidez a otros más. La inanición y las enfermedades que allí estaban presentes solían convertirse en las escapatorias usuales para aquellos a quienes les faltaba el coraje o la habilidad para vivir a expensas de la ciudad que los rodeaba. Y entonces, ciertamente, aquellos que tenían el coraje, pero no la habilidad, acababan balanceándose en el Puente Negro que se halla enfrente del Palacio de la Paciencia. Los magistrados del Duque colgaban a los pequeños ladrones con la misma cuerda empleada antes para los mayores, aunque sin privarse de atarles unos pesos en los tobillos para que colgaran con mayor prestancia.

A todos los huérfanos que seguían vivos después de soportar aquellas posibilidades tan coloristas que les brindaba el azar, los cogían los hombres del Hacedor de Ladrones, uno a uno o en pequeños grupos, para que escucharan su voz tranquilizadora y se tomaran una comida caliente. No tardaban mucho en descubrir qué tipo de vida les aguardaba bajo aquel cementerio que era el corazón de su reino, donde siete veintenas de niños abandonados doblaban la rodilla ante un único hombre anciano y contrahecho.

—Apresuraos, mis amorcitos, mis nuevos hijos e hijas; seguid la hilera de luces y llegad a la cima. Ya casi estamos en casa, ya casi vamos a comer. Ya se acabó la lluvia, la bruma y el calor apestoso.

Las plagas suponían una ocasión especialmente interesante para el Hacedor de Ladrones, y, en aquella ocasión, los huérfanos del Fuego Encendido habían escapado por los pelos de la que era su favorita: el Susurro Negro. Luego de que el Susurro Negro penetrase en el distrito del Fuego Encendido por diferentes sitios no localizados y de que la cuarentena se diese por terminada (cualquiera que intentara cruzar un canal o escapar en un bote era castigado con la pena de muerte: ahogado en un pozo lleno de ropa), el resto de la ciudad se salvó de la plaga, aunque no de la intranquilidad y de la paranoia. El Susurro Negro suponía una muerte miserable para cualquier persona que hubiese superado la edad de once o doce años (en decir de los físicos, pues la plaga no solía cosechar sus víctimas según reglas claramente definidas) y unos cuantos días de ojos hinchados y mejillas enrojecidas, algo sin importancia, para los que fueran más jóvenes.

Al quinto día de la cuarentena cesaron los gritos y los intentos de cruzar los canales, de suerte que el distrito del Fuego Encendido se libró de lo que le había dado el nombre, que muchas veces había caído sobre él durante los años de pestilencia. Al undécimo día, cuando se levantó la cuarentena y los Gules del Duque llegaron para examinar los daños producidos por el desastre, de los cuatrocientos niños que allí vivían, aproximadamente uno de cada ocho había logrado sobrevivir. Y habían formado bandas para protegerse los unos a los otros y aprendido algunas de las crueles necesidades que supone el vivir lejos de los adultos.

El Hacedor de Ladrones esperó a que todos acabaran de reunirse y les sacó del siniestro silencio de su antiguo entorno.

Pagó buenas monedas de plata por los treinta mejores y muchas más para que los Gules y los guardias no dijeran que se había llevado a los niños. Luego los condujo, aturdidos, las mejillas hundidas y tan apestosos como el infierno, a la negrura y a las brumas cálidas y húmedas de la noche camorrí, hacia el viejo cementerio de la Colina de las Sombras.

El niño que se hacía llamar Lamora era el más menudo y joven del lote, con unos cinco o seis años de edad, facciones cadavéricas y huesos a punto de salírsele por la piel, muy rica, eso sí, en mugre. Aunque el Hacedor de Ladrones no le había escogido, Lamora decidió seguir a los demás, como si formara parte de ellos. Y aunque el Hacedor de Ladrones lo vio, no dijo nada, porque, dada la vida que llevaba, un solo huérfano de la plaga era como una fruta caída que no podía desperdiciarse.

Todo aquello sucedía durante el verano del septuagésimo séptimo año de Gandolo, Padre de las Oportunidades, Señor de la Moneda y del Comercio. Y el Hacedor de Ladrones caminaba sin hacer ruido en medio de la noche velada, pastoreando aquella hilera de niños andrajosos.

En apenas dos años estaría rogando al padre Cadenas, el Sacerdote Sin Ojos, que le quitara de las manos al chico que se hacía llamar Lamora y afilando sus cuchillos por si el sacerdote se negaba a ello.

3

El Sacerdote Sin Ojos se rascó el cuello, que tenía tan gris como un rastrojo.

—¿Así, sin más?

—Sí, tal y como te lo cuento.

El Hacedor de Ladrones llevó una mano a la parte delantera de su jubón, raído desde hacía incontables años, y extrajo de él una bolsa de piel, cerrada con una fina cuerda de la misma materia; la bolsa estaba manchada con el color rojizo de la sangre seca.

—Fui a ver al gran hombre y le pedí permiso. Al chico lo rajaré de oreja a oreja y lo mandaré a los peces para que le den unas cuantas lecciones de dientes.

—Dioses. A fin de cuentas es una historia triste —para ser ciego, el sacerdote acababa de clavarle al Hacedor de Ladrones los dedos en el esternón con gran rapidez y pericia—. Búscate otra mejor para conmover los grilletes de tu conciencia.

—La conciencia, Cadenas, es como querer llegar con la meada a lo más alto de una chimenea. Estoy hablando de avaricia, de la tuya y de la mía. No puedo quedarme con el chico y te ofrezco una oportunidad única, un buen trato.

—Y si el chico es demasiado difícil de gobernar, ¿por qué no le haces entrar en razones para que madure y sea lo suficientemente mayor para venderlo?

—Es totalmente imposible, Cadenas. Mis opciones son limitadas. No serviría de nada darle de bofetadas, porque no puedo permitir que ninguno de los otros mierdecillas sepan lo que, ahhh, hizo. Si uno solo de ellos se sintiera mínimamente decidido a repetir lo que hizo… ¡por los dioses!, jamás podría volver a controlarlos. O le mato cuanto antes o le vendo lo más deprisa que pueda. No sacaré provecho con una suma insignificante. ¿Cuál de las dos opciones supones que prefiero?

—¿El chico ha hecho algo que ni siquiera puedes contárselo a los demás? —Cadenas se masajeó la frente por encima de la venda y suspiró—. Mierda. Creo que valdrá la pena escucharlo.

4

Un antiguo proverbio camorrí afirma que lo único constante en el alma humana es la inconstancia; todo puede pasarse de moda, incluso algo tan útil como una colina atestada de cadáveres.

La Colina de las Sombras era el primer cementerio importante en la historia de Camorr, situado estratégicamente para mantener fuera del alcance de la zarpa salada del Mar de Hierro los huesos de los que antaño estuvieron bien alimentados. Pero con el paso del tiempo, el poder, en las vueltas que da, fue a parar a las familias de los constructores de criptas, de los embalsamadores y de los que se vestían profesionalmente con paños mortuorios; a medida que la cercana Colina de los Susurros iba ofreciendo mayor espacio para panteones más grandes y vistosos a costa de comisiones mucho mayores, cada vez se enterraba a menos gente de calidad en la Colina de las Sombras. Las guerras, las plagas y las intrigas ocasionaron que el número de familias vivas que aún cuidaban de los panteones que poseían en la Colina de las Sombras fuera en declive a lo largo de las décadas. Eventualmente, los únicos que los visitaban con regularidad eran los sacerdotes y sacerdotisas de Aza Guilla, que dormían en sus tumbas durante su aprendizaje, y los huérfanos sin techo que se acurrucaban en el polvo y las tinieblas de las desatendidas criptas funerarias.

El Hacedor de Ladrones (que, ciertamente, no era tan célebre por entonces como ahora) decidió compartir una de aquellas criptas cuando su vida tocó fondo, cuando ya no era más que una miserable curiosidad, un carterista con nueve dedos rotos.

Al principio, su relación con los huérfanos de la Colina de las Sombras fue una mezcla de súplicas y de bravuconerías, siendo muy posible que los vestigios de la necesidad por encontrar una figura autoritaria les impidieran acabar con él mientras dormía. Por su parte, aunque a regañadientes, él había comenzado a explicarles algunos trucos de su oficio.

A medida que sus dedos fueron recuperándose lentamente (en cierta manera, la mayor parte de ellos serían para siempre como ramas partidas en dos), comenzó a enseñar su retorcida sabiduría a los niños cochambrosos que compartían con él la lluvia y las visitas de la Guardia ciudadana. Y como su número aumentó en igual proporción que lo que le traían, pudieron disponer de más sitio en las húmedas estancias del viejo cementerio.

Con el tiempo, aquel ratero de huesos quebradizos se convirtió en el Hacedor de Ladrones, y la Colina de las Sombras en su reino.

El chico que se hacía llamar Lamora y sus compañeros, los huérfanos del Fuego Encendido, entraron en aquel reino unos veinte años después de su fundación; lo que aquella noche vieron sólo fue un cementerio no más profundo que la suciedad amontonada encima de las viejas tumbas. Una extensa red de túneles y galerías conectaba entre sí las tumbas importantes; sus paredes sólidas estaban apuntaladas con unos soportes que parecían las costillas de dragones de madera muertos desde hacía mucho tiempo. Los anteriores inquilinos habían sido desenterrados en silencio y arrojados a la bahía. Por aquel entonces, la Colina de las Sombras se parecía a uno de esos montículos que levantan las hormigas, aunque lleno de ladrones huérfanos.

Los huérfanos del Fuego Encendido entraron por la negra boca del mausoleo más alto y descendieron por los túneles apuntalados con maderos, bajo el parpadeante fuego plateado de los fríos globos alquímicos, perseguidos por los pegajosos rizos de la niebla que se aferraban a sus tobillos. Los huérfanos de la Colina de las Sombras los vigilaban desde cada uno de sus escondrijos y madrigueras. El aire del estrecho túnel estaba saturado por los relentes nocturnos de la tierra húmeda y del olor a rancio de los cuerpos… un olor que los huérfanos del Fuego Encendido no tardarían en incrementar con su sola presencia.

—¡Adentro, adentro! —exclamaba el Hacedor de Ladrones, frotándose las manos—. ¡Sed bienvenidos a mi casa, que es la vuestra! Aquí todos tenemos una cosa en común… carecemos de padre y de madre. Y aunque eso sea muy de lamentar, ahora podréis disponer de todos los hermanos y hermanas que queráis y de un poco de tierra seca donde apoyar la cabeza. Un hogar… una familia.

Un contingente de huérfanos de la Colina de las Sombras bajaba rápidamente por el túnel después de despertarse, tragándose por la nariz el irreal humo de sus inquietantes velas azules hasta que la radiación plateada de los globos de las paredes iluminó el camino que debían seguir.

En el corazón del reino del Hacedor de Ladrones había una oquedad espaciosa y cálida cuyo suelo estaba lleno de mugre, la cual tenía una altura similar al doble de la estatura de un hombre alto y algo menos de treinta metros de longitud y de anchura. Sólo una silla de respaldo alto, fabricada con la aceitosa madera del álamo negro, se apoyaba en la lejana pared; en ella, gozando del espectáculo, se sentaba apaciblemente el Hacedor de Ladrones.

Varias docenas de mantas raídas estaban esparcidas por el suelo, cubiertas con alimentos: cuencos de pollos huesudos marinados con vino barato de almendras, marrajo, colas revenidas de gambas envueltas en panceta y emborrachadas en vinagre, y pan oscuro con sabor a grasa de salchichas. También había guisantes salteados y lentejas, así como cuencos de peras y de tomates pasados. Era una comida bastante pobre, pero en tan gran cantidad y variedad que la mayoría de huérfanos del Fuego Encendido jamás habían visto antes nada parecido. Sus acometidas a la comida eran súbitas y faltas de coordinación; el Hacedor de Ladrones sonreía con indulgencia.

—No soy tan estúpido para interponerme entre vosotros y un plato decente, queridos. Así que comed hasta hincharos. Comed más de lo que podáis. Comed como si fuera la última vez que coméis. Luego hablaremos.

Y mientras los huérfanos del Fuego Encendido hinchaban los carrillos, los huérfanos de la Colina de las Sombras se arremolinaron a su alrededor, mirando, sin decir nada. Poco después la habitación se llenó hasta los topes y el aire comenzó a oler mal. El festín prosiguió hasta que, literalmente, no quedó nada; quienes habían sobrevivido al Susurro Negro se chuparon de los dedos los últimos restos de vinagre y de grasa y luego dirigieron con cautela sus miradas hacia el Hacedor de Ladrones y sus paniaguados. El Hacedor de Ladrones levantó tres dedos torcidos para llamar la atención.

—¡Negocios! —exclamó—. Tres cuestiones sobre los negocios.

—La primera —dijo— es que estáis aquí porque he pagado por vosotros. He pagado un extra para que nadie pudiera adelantárseme. Puedo aseguraros que todos aquellos de vuestros amiguitos por los que no pagué fueron a parar a los traficantes de esclavos. Eso es lo que suele hacerse con los huérfanos. No hay lugar para vosotros, nadie quiere llevaros consigo. La Guardia vende vuestro futuro por dinero para comprar vino, queridos; a los sargentos de la Guardia no les importa el omitiros en sus informes y menos a los capitanes de la Guardia, a quienes no les importáis ni una mierda.

»Ah —prosiguió—, y ahora que se ha terminado la cuarentena en el Fuego Encendido, todos los traficantes de esclavos de Camorr y todos los que han pensado serlo van a estar muy excitados y muy en alerta. Sois libres de marcharos y de abandonar esta colina siempre que lo deseéis… pues estoy seguro de que no tardaríais en convertiros en unos chupapollas o en ser encadenados a un remo para el resto de vuestras vidas.

»Esto me lleva a la segunda cuestión. Todos estos amigos míos que veis a vuestro alrededor —y señaló con un ademán a los huérfanos de la Colina de las Sombras que se alineaban a lo largo de las paredes— pueden salir cuando quieran, y la mayoría lo hacen cuando les entra en gana, porque se hallan bajo mi protección. Yo sé —añadió con rostro serio y solemne— que no soy nada especialmente formidable si se me considera como individuo; no os engañéis. Pero tengo amigos poderosos, queridos míos. Lo que os ofrezco es la seguridad que me viene de esos amigos. Si alguien, un traficante de esclavos, por ejemplo, se atreviera a ponerle la mano encima a uno cualquiera de mis chicos de la Colina de las Sombras, o de mis chicas, entonces las consecuencias serían inmediatas y, gratamente para mí, ahhh, crueles.

Y como ninguno de los recién llegados pareció entusiasmarse en demasía por aquellas palabras, el Hacedor de Ladrones se aclaró la garganta.

—Haría que matasen a esos miserables bastardos. ¿Entendido?

Por supuesto que lo habían entendido.

—Lo que nos lleva directamente a la tercera cuestión que, ciertamente, os interesa a todos vosotros. Esta pequeña familia siempre se halla necesitada de nuevos hermanos y hermanas, así que podéis consideraros invitados y también animados, ahhh, a condescender en concedernos el placer que supondría para nosotros vuestra aquiescencia íntima y permanente al respecto. Haced de esta colina vuestro hogar, de mí vuestro maestro, y de estos buenos chicos y chicas vuestros hermanos y hermanas. Seréis alimentados, abrigados y protegidos. O ahora mismo podéis iros y acabar como fruta fresca en alguna casa de putas de Jerem. ¿Os atrevéis a intentarlo?

Ninguno de los recién llegados dijo nada.

—Sabía que podría contar con vosotros, mis queridas joyas del Fuego Encendido —el Hacedor de Ladrones abrió los brazos y sonrió, revelando una medialuna de dientes tan marrones como el agua de un pantano—. Pero también tendréis responsabilidades, por supuesto. Hay que dar y recibir, esto por lo otro. La comida no me sale por el ojo del culo. Los orinales no se vacían por sí mismos. ¿Pilláis lo que quiero decir?

La mitad de los huérfanos del Fuego Encendido asintieron tímidamente.

—¡Las reglas son sencillas! Las aprenderéis a su debido tiempo. Por ahora debe bastaros con esto: el que trabaja come. Y lo que nos lleva a trabajar es la cuarta cuestión… ¡oh, queridos! Niños, niños, hacedle a un viejo de mente olvidadiza el favor de imaginar que ha levantado cuatro dedos. Ésta es la cuarta cuestión importante.

»Ahora os diré las tareas que tenemos que hacer aquí, en la colina, aunque también tenemos que cumplir ciertas tareas en otros sitios. Ciertas tareas… delicadas y poco corrientes. Tareas interesantes y divertidas. Todas en la ciudad, algunas de día y otras de noche. Requerirán valor, destreza y, ahhh, discreción. Apreciaríamos mucho el poder disponer de vuestra asistencia en esas… tareas especiales.

Y señaló al chico que no había comprado, al pequeño parásito cuyos ojos duros y malhumorados le miraban desde más arriba de una boca aún pringosa de pulpa de tomate.

—Tú, chico sobrante, trigésimo primero de treinta. ¿Qué me dices? ¿Eres de la especie de los serviciales? ¿Querrás ayudar a tus nuevos hermanos y hermanas en sus interesantísimas tareas?

El muchacho rumió durante unos segundos lo que iba a contestar.

—Te refieres —dijo con una vocecita chillona— a que quieres que robemos cosas.

Durante un largo momento el viejo miró en silencio al chiquillo, mientras algunos huérfanos de la Colina de las Sombras hacían esfuerzos por contener la risa.

—Sí —terminó por decir el Hacedor de Ladrones, asintiendo lentamente—. Quiero decir eso, aunque veo que tú posees, ahhh, una visión muy poco comprometida respecto a cierto ejercicio de iniciativa personal que nosotros preferimos formular en términos más ingeniosos e imprecisos.

Y no espero que tenga un significado para ti. Chico, ¿cómo te llamas?

—Lamora.

—Tus padres tenían que ser bastante míseros para darte sólo un apellido. ¿No te pusieron un nombre?

Dio la impresión de que el chico reflexionaba acerca de lo que le habían preguntado.

—Me llamaron Locke —dijo, al fin—. Por mi padre.

—Muy bien. Hace vibrar la lengua. Bien Locke-por-tu-padre-Lamora, ven aquí y charla conmigo. Los demás, desapareced. Vuestros hermanos y hermanas os mostrarán dónde habréis de dormir esta noche. También os mostrarán dónde habéis de vaciar eso y dónde llevar a cabo aquella… tarea, creo que me comprendéis. Por ahora, sólo lo necesario para mantener aseada esta habitación, pues ya habrá más tareas para vosotros en los días venideros. Os prometo que, cuando descubráis cómo me llaman en el mundo que se encuentra más allá de nuestra pequeña colina, todo tendrá sentido para vosotros.

Locke avanzó para ponerse al lado del Hacedor de Ladrones, mientras éste se sentaba en su trono de alto respaldo; la muchedumbre de recién llegados se levantó y se arremolinó hasta que los huérfanos de la Colina de las Sombras, más grandes y mayores que ellos, los cogieron por el cuello y comenzaron a darles instrucciones. Al poco tiempo, Locke y el amo de la Colina de las Sombras estaban tan solos como habían deseado.

—Muchacho —dijo el Hacedor de Ladrones—. Suelo mostrar cierta reticencia al dirigirme a mis nuevos hijos e hijas la primera vez que llegan a la Colina de las Sombras. ¿Sabes a qué tipo de reticencia me refiero?

El chico apellidado Lamora negó con la cabeza. Su flequillo grasiento, de color marrón sucio, se pegaba a su carita redonda, y las manchas de tomate que rodeaban su boca se veían secas e indecorosas. El Hacedor de Ladrones las limpió delicadamente con uno de los puños de su gastada casaca azul; el chico no se acobardó.

—Me refiero a que les han dicho que robar cosas es malo, así que yo tengo que trabajar con el nuevo concepto hasta que se acostumbren a él. ¿Comprendido? Bueno, como veo que no pareces resentirte por reticencias parecidas, ambos podemos proseguir. ¿Has robado alguna vez?

El chico asintió.

—¿Antes de la plaga?

Otro asentimiento.

—Lo suponía. Querido, mi querido muchacho… ahhh, no perdiste a tus padres por culpa de la plaga, ¿verdad?

El muchacho bajó la mirada y apenas negó con la cabeza.

—Así que has estado cuidando de ti mismo durante algún tiempo. No es algo de lo que ahora tengas que avergonzarte. Incluso puede proporcionarte una posición de respeto en este lugar, siempre que pases las pruebas.

A modo de respuesta, el muchacho apellidado Lamora hurgó entre sus andrajos y le entregó algo al Hacedor de Ladrones. Dos pequeñas bolsas de piel cayeron sobre la palma abierta del hombre mayor… pequeñas, llenas y manchadas, cuyas respectivas aberturas estaban ceñidas por cuerdas deshilachadas.

—¿De dónde las has sacado?

—De los hombres de la Guardia —dijo Locke con un susurro—. Algunos de ellos nos recogieron y nos llevaron consigo.

El Hacedor de Ladrones dio un respingo como si una avispa acabara de clavarle su dardo en la espina dorsal y se quedó mirando las bolsas como si no se lo creyera.

—¿Así que se las quitaste a los jodidos hombres de la Guardia? ¿A los casacas amarillas?

Locke asintió, en aquella ocasión con más entusiasmo que antes.

—Nos recogieron y nos llevaron consigo.

—¡Por los dioses! —musitó el Hacedor de Ladrones—. ¡Oh, dioses! Has podido jodernos a todos de un modo soberbio, Locke-por-tu-padre-Lamora. Ciertamente soberbio.

5

—Aquel bastardo pequeño y descarado apenas me conocía y ya acababa de romper la Tregua Secreta —el Hacedor de Ladrones se sentaba confortablemente en el jardín del tejado más alto del templo donde vivía el Sacerdote Sin Ojos y mantenía entre sus manos una copa de piel embreada llena de vino. Y, a pesar de que, por lo agriado que estaba, pareciera vino de recuelo y supiese a vinagre, supo que era un buen presagio de que las negociaciones iban bien—. Jamás había sucedido antes y no volvió a suceder después.

—Si alguien le enseñó cómo robar de una casaca, no le dijo que los casacas amarillas estaban fuera de su alcance —el padre Cadenas frunció los labios—. Es muy curioso. Ciertamente lo es. A nuestro querido Capa Barsavi le gustaría conocerle.

—Jamás supe quién le había enseñado. El muchacho siempre alegó que había aprendido por sí mismo, pero eso es una tontería. Cadenas, cinco años jugando con peces muertos y boñigas de caballo no te enseñan de repente cuáles son los mejores modos de palpar una bolsa y de llevártela.

—¿Qué hiciste con las bolsas?

—Regresé al destacamento que la Guardia tenía en el Fuego Encendido y besé culos y botas hasta que los labios se me quedaron negros. Expliqué al capitán de la Guardia en cuestión que uno de los recién llegados no sabía cómo funcionaban las cosas en Camorr, y luego les devolví las bolsas con sus intereses, dándoles las gracias por su magnanimidad y gentileza, etcétera, etcétera.

—¿Y lo aceptaron?

—Cadenas, el dinero hace alegres a los hombres. Llené de plata las bolsas hasta reventar. Luego entregué a todos y cada uno de los hombres del destacamento dinero para que bebieran durante cinco o seis noches y acordamos que alzaran algunas copas a la salud de Capa Barsavi, quien, a buen seguro, no lo necesitaba, ahhh, pues parecía una cosa sin importancia que su leal Hacedor de Ladrones la hubiera cagado al permitir que un chico de cinco años rompiera la puñetera Tregua.

—Así que eso fue lo sucedido la primera noche que te asociaste con mi misterioso muchacho, el que acabas de ofrecerme a precio de ganga —dijo el Sacerdote Sin Ojos.

—Me congratula, Cadenas, que te decidas a emplear el posesivo con ese chaval, aunque sólo sea para darle un poco de color al asunto. De veras que no sé cómo plantearlo. He tenido a chicos que no sabían si el robar se hacía de tal o cual manera y chicos que se resignaban a robar porque no sabían hacer nada más. Pero nadie, y recalco nadie, tuvo jamás tantas ganas de robar como este chico. Si le sangrara el gaznate porque se lo hubieran abierto de oreja a oreja y un físico intentara cortarle la hemorragia, Lamora le robaría hilo y aguja y moriría riendo. Él… roba demasiado.

—Roba demasiado —repitió el Sacerdote Sin Ojos—. Roba demasiado. De todas las quejas imaginables, jamás hubiera pensado que escucharía ésa de la boca de un hombre que lleva toda la vida entrenando a pequeños ladrones.

—Ríete todo lo que quieras —dijo el Hacedor de Ladrones—, porque ahí es donde me duele.

6

Pasaron los meses. Parthis se convirtió en Festal, que se convirtió en Aurim, y los chubascos cargados de neblina del verano dieron paso a las lluvias torrenciales del invierno, mucho más molestas. El septuagésimo séptimo año de Gandolo se convirtió en el septuagésimo séptimo año de Morgante, el Padre de la Ciudad, Señor del Dogal y de la Paleta.

Ocho de los treinta y un huérfanos del Fuego Encendido que no habían conseguido aficionarse a las delicadas e interesantes tareas del Hacedor de Ladrones se balancearon en lo alto del Puente Negro, que está enfrente del Palacio de la Paciencia. Y cuando sucedió tal cosa, los sobrevivientes se afanaron tanto por las tareas delicadas e interesantes que tenía que cumplir cada uno de ellos, que apenas se preocuparon por lo sucedido.

La sociedad de la Colina de las Sombras, como Locke no tardaría en descubrir, se hallaba férreamente dividida en dos tribus: los Calles y los Ventanas. La última era un grupo más pequeño y restringido que recogía todas sus ganancias después de la puesta de sol. Se arrastraban por los tejados y bajaban por las chimeneas, abrían con ganzúas las cerraduras y se deslizaban por los alféizares protegidos por barras, robándolo todo, desde monedas y joyas hasta los bloques de manteca de las despensas desprotegidas.

Por otra parte, durante el día, los chicos y chicas que pertenecían a los Calles rondaban en busca de presas por los paseos, las callejuelas y los puentes de los canales, formando equipos. Los muchachos más mayores y experimentados (los tironeros) centraban su trabajo en los bolsillos, bolsas y puestos que estaban a la vista, mientras que los más jóvenes y menos capacitados (los ganchos) preparaban distracciones, llorando por madres inexistentes, o fingiéndose enfermos, o dando vueltas como locos por todas las direcciones gritando «¡Alto! ¡Al ladrón!», dando tiempo a que los tironeros se hicieran con su botín.

Al regresar al cementerio después de todas y cada una de las incursiones realizadas en el exterior, cada uno de los huérfanos era extorsionado por otro chico mayor o más grande, de suerte que todo lo robado o recogido recorría el escalafón de pegones y de matones hasta llegar al Hacedor de Ladrones, que anotaba los nombres y lo recogido durante el día en una lista inquietante y muy precisa que llevaba en la cabeza. Los que habían producido beneficios cenaban; los que no, aquella misma tarde eran castigados a realizar dos salidas para practicar.

Noche tras noche, el Hacedor de Ladrones organizaba un desfile por las madrigueras de la Colina de las Sombras cargado con los monederos, los pañuelos de seda, los collares, los botones de metal y una docena de toda suerte de cosas raras que valía la pena llevarse de un tirón. Sus pupilos tropezaban con él disimulada o accidentalmente; aquellos a los que descubría o sentía mientras intentaban robarle eran castigados en el acto. Como el Hacedor de Ladrones prefería no dañar físicamente a quienes no pasaban aquellos juegos de entrenamiento, les obligaba a beberse una botella de aceite de jengibre sin diluir, mientras sus pares se reunían a su alrededor y entonaban cánticos de burla. El aceite de jengibre de Camorr es algo impresionante, aunque sin parangón (según la opinión del mismísimo Hacedor de Ladrones) con el hecho de tragarse las cenizas ardientes del veneno de roble.

A los que no querían abrir la boca se lo echaban por la nariz, mientras los chicos más mayores los mantenían echados hacia atrás, la cabeza erguida. Hay que decir que nadie había sufrido aquel castigo dos veces.

Poco después, aquellos que aún seguían con la lengua escaldada y la garganta hinchada aprendían los rudimentos de cómo hacer un corte en las casacas y de cómo «llevarse prestadas» las mercancías de los comerciantes muy poco atentos y aún menos despiertos. El Hacedor de Ladrones les instruía con gran entusiasmo en la arquitectura de los jubones, de los chalecos, de las levitas y de las bolsas que se llevan a la cintura, poniéndose al día en todos los avances de la moda a medida que los chicos llegaban a puerto; sus pupilos aprendían qué podía cortarse, qué podía rasgarse y qué debía acariciarse con ágiles dedos.

—La cuestión, queridos, estriba en no agarraros a la pierna del sujeto como si fuerais un perro, o en no cogeros de su mano como niñitos extraviados. Con frecuencia, medio segundo de contacto con el sujeto suele ser demasiado tiempo, realmente muchísimo —el Hacedor de Ladrones hizo como si acabaran de ponerle un nudo corredizo alrededor del cuello y sacó la lengua fuera—. Tres son las reglas sagradas gracias a las cuales viviréis o moriréis. La primera, aseguraos siempre de que el sujeto está completamente distraído, ya sea por las tonterías que haréis o por algo que vuestra truhanería os permita improvisar sobre la marcha, como una pelea o decir que tal o cual casa está en llamas. Los incendios son magníficos para nuestros propósitos; mimadlos. La segunda, minimizad, y subrayo minimizad, el contacto con el sujeto, incluso cuando esté distraído —se liberó del lazo invisible e hizo una mueca llena de socarronería—. Y, finalmente, la tercera es que, una vez que hayáis finalizado vuestro asunto, salgáis pitando del vecindario, aunque la víctima sea más tonta que una caja de maracas. ¿Qué os he enseñado?

—Da un tirón y escaparás. Da otro tirón y colgarás —cantaron a coro sus alumnos.

Los nuevos huérfanos llegaban de uno en uno y por parejas; daba la impresión de que, cada dos semanas, los chicos más mayores abandonaban la colina sin que nadie los echara de menos. Locke suponía que aquello revelaba la existencia de una disciplina superior a la del aceite de jengibre, pero, puesto que se encontraba muy por debajo en la delicada jerarquía de la colina, no se atrevió a hacer ninguna pregunta, pues aún menos confiaba en las respuestas que pudiera obtener.

En lo que respecta a su propio entrenamiento, Locke salió con los Calles el mismo día que llegó, los cuales le relegaron inmediatamente a los ganchos (como castigo, había supuesto). A finales del segundo mes, su destreza le había valido un ascenso entre las filas de los tironeros. Y aunque dicho ascenso fuera considerado un paso adelante en su grupo social, Lamora fue el único en toda la colina que prefirió seguir trabajando con los ganchos después de tener la facultad de no hacerlo.

Dentro de la colina era taciturno y no tenía amigos, pero cuando hacía de gancho era todo un artista; y aquello le devolvió las ganas de vivir. Perfeccionó el empleo de la pulpa de naranja excesivamente masticada como sustituto del vómito; mientras que los otros ganchos se limitaban a sujetarse el estómago y quejarse, Locke sazonaba sus actuaciones vomitando una bocanada de gachas blanco-anaranjadas a los pies de su devota audiencia o (siempre que fuera el caso de encontrarse con pésimo humor) encima de sus dobladillos y polainas.

Otro de sus recursos favoritos consistía en una ramita larga y seca atada a uno de sus tobillos y oculta bajo la pernera de las calzas. Al arrodillarse súbitamente la ramita se rompía con un ruido que todos podían escuchar; dicho ruido, seguido por un penetrante baladro, era un magnífico imán para suscitar atención y simpatía, sobre todo si algún vehículo se hallaba cerca de él. Y cuando estaba a punto de sobrepasar el tiempo que podía engañar a los parroquianos, entonces llegaban otros ganchos que anunciaban en voz alta hallarse dispuestos a «llevárselo a casa, al lado de madre», para que le atendiera un físico. Y la habilidad para caminar la recobraba milagrosamente en cuanto doblaba la esquina.

De hecho, había desarrollado en tan poco tiempo tan gran repertorio de trucos bien pensados, que el Hacedor de Ladrones no tuvo más remedio que llamarle a su lado para mantener con él una nueva conversación privada (aquello sucedió después de que Locke fuera responsable del inconveniente desmayo en público de una joven dama a quien, mediante los rápidos y precisos golpes de un estilete, había despojado de falda y corpiño).

—Atiende, Locke-por-tu-padre-Lamora —dijo el Hacedor de Ladrones—, esta vez nada de aceite de jengibre, te lo aseguro, aunque preferiría, y con mucho, que tus trucos dejaran de ser un entretenimiento y se convirtieran en algo práctico.

Locke se limitó a mirarle fijamente desde su poca estatura y a mover los pies.

—Así que voy a hablarte claramente. Los demás ganchos salen día tras día para verte, a ti, dejando de lado sus puñeteros asuntos. No os estoy dando de comer para que os convirtáis en mi compañía privada de teatro. Lo que quiero es que mi tropa de pequeños desarrapados felices se preocupe de sus propios trucos y dejen de pensar en querer ser una celebridad como tú.

Y algún tiempo después, todo volvió a quedar en calma.

Entonces, justo seis meses después de llegar a la colina, Locke prendió fuego accidentalmente a la taberna llamada la Viña del Cristal Antiguo y propició un tumulto que dio lugar a una cuarentena en la que bien poco faltó para que el Estrecho fuera borrado del mapa de Camorr.

El Estrecho era un valle repleto de madrigueras y casuchas que se encontraba en el extremo más septentrional de los bajos fondos de la ciudad; con forma de riñón y parecido a un vasto anfiteatro, el corazón de la isla estaba en una depresión de algo más de quince metros de profundidad respecto a sus límites exteriores. Varias hileras ladeadas de bloques de casas y tiendas sin ventanas sobresalían de las gradas de tan colosal cazuela; las fachadas se apoyaban en otras fachadas y las callejas se entrecruzaban con otras callejas, plateadas bajo la bruma, haciendo del suelo del Estrecho algo tan angosto que sólo permitía el apretujado paso por él de dos hombres a la vez.

La Viña del Cristal Antiguo se acurrucaba encima de los guijarros de la carretera que iba hacia el oeste, la cual llevaba, gracias a un puente de piedra, desde el Estrecho hasta las verdes profundidades de la Mara Camorazza. Era como una bestia yacente de tres plantas cuyas maderas hubiesen sido deformadas por el clima, con escaleras raquíticas por dentro y por fuera que, al menos, dejaban tullido cada semana a uno de sus parroquianos (de hecho, los clientes asiduos hacían unas apuestas muy divertidas acerca de cuál de ellos sería el siguiente en romperse el cráneo). Era un antro de gente que fumaba en pipa y de adictos a la Mirada Fija, capaces, delante de todos, de instilarse en los ojos las preciadas gotas de aquella droga y de quedarse inmóviles, estremeciéndose por las visiones, mientras los desconocidos se llevaban sus pertenencias o los usaban a ellos a modo de mesas.

Cuando apenas acababa de comenzar el septuagésimo séptimo año de Morgante, Locke Lamora irrumpió en el salón de la Viña del Cristal Antiguo sollozando y sorbiéndose los mocos a sus anchas, mostrando sobre su rostro las mejillas ardientes, los labios sangrantes y los ojos enrojecidos que eran característicos del Susurro Negro.

—Por favor, señor —dijo en voz baja a uno de los matones del local que le miraba aterrorizado, mientras jugadores de dados, camareros, putas y ladrones se quedaban inmóviles, mirándole—. Por favor, padre y madre están enfermos; no sé qué les pasa. Soy el único que puede andar… usted (un sorbetón)… ¡ayuda! Por favor, señor…

Después de escuchar aquellas palabras, al matón sólo se le ocurrió gritar a voz en cuello «¡El Susurro! ¡El Susurro Negro!», de suerte que sólo él fue el responsable de que todos los que se encontraban en la Viña del Cristal Antiguo abandonaran de cabeza el establecimiento. Ningún chico de la estatura de Locke Lamora hubiera sido capaz de sobrevivir a la orgía de empujones y de pánico que aconteció entonces, a menos de tener sobre el rostro la enseña de la enfermedad, que era mejor que cualquier escudo. Los dados repiquetearon encima de las mesas y los naipes cayeron volando al suelo como hojas caídas; las jarras de peltre y las embreadas, todas llenas de cerveza negra, lanzaron salpicaduras de bebida barata al golpear el suelo. Se volcaron las mesas, los cuchillos y las porras alcanzaron a otros al salir volando, y los de la Mirada Fija fueron pisoteados cuando una marea indisciplinada de detritos humanos brotó por cada una de las puertas, excepto aquella ante la que se encontraba Locke, que no había dejado de suplicar en vano (o eso parecía) a los gritos y a las espaldas que los demás le ofrecían.

Cuando la taberna se hubo vaciado de todo el mundo, excepto de unos pocos adictos gemebundos (e inmóviles) a la Mirada Fija, los compañeros de Locke entraron cautelosamente en su busca: una docena de los ganchos y tironeros más rápidos de los Calles, especialmente invitados por Lamora a la incursión. Se desplegaron entre las mesas caídas y la barra en desorden y saquearon como salvajes todo lo que podía tener algún valor. Aquí un puñado de monedas caídas a un lado, ahí un buen cuchillo, allá un juego de dados de hueso de ballena adornados con puntitos de color granate. De la despensa, cestas de pan duro, aunque aprovechable, y mantequilla salada envuelta en papel encerado, así como una docena de botellas de vino. Medio minuto fue todo lo que Locke les concedió, contando mentalmente mientras se quitaba el maquillaje del rostro; al terminar la cuenta, hizo una seña a sus socios para que salieran y se adentraran en la noche.

No tardaron en sonar los tambores que, siempre que había un tumulto, servían para llamar a la Guardia; poco después, sobreponiéndose a su sonido rítmico, se escuchó un tenue sonido de gaitas; aquel sonido helaba la sangre, porque servía para llamar a los Gules del Duque, la Guardia de Cuarentena.

Los participantes en la aventura de tan imponente latrocinio dirigido por Locke se abrieron paso entre la muchedumbre creciente que formaban los habitantes del Estrecho, cada vez más confusos y asustados, y echaron a correr hacia su hogar dando un rodeo por la Mara Camorazza y por el distrito de Humo de Carbón.

Luego entraron en él con el mayor botín de enseres y de alimentos que jamás recordaran los huérfanos de la Colina de las Sombras, por no hablar del montón de medios barones de cobre mayor de lo que Locke hubiera esperado (ignoraba que la gente que juega a los dados o a las cartas lo hacía con dinero, puesto que aquel tipo de juegos era del exclusivo dominio de los huérfanos de mayor edad y popularidad, características que él no compartía).

Durante algunas horas, el Hacedor de Ladrones se sintió sencillamente abrumado.

Aquella noche unos borrachos asustados prendieron fuego a la Viña del Cristal Antiguo, y la gente huyó a centenares del Estrecho cuando la Guardia de la ciudad fue incapaz de localizar al chico que había desatado el pánico. Los tambores del tumulto sonaron hasta el amanecer, los puentes fueron bloqueados y los arqueros del duque Nicovante ocuparon los canales que rodeaban el Estrecho, subidos en barcas de fondo plano y provistos de flechas para toda la noche y algunas horas más.

A la mañana siguiente el Hacedor de Ladrones volvía a tener una conversación en privado con el huérfano más joven de la plaga.

—El problema que tengo contigo, Locke-y-jode-Lamora, es que no eres circunspecto. ¿Sabes qué significa circunspecto?

Locke negó con la cabeza.

—Permíteme que te lo explique. Esa taberna tenía un dueño. Ese dueño trabajaba para Capa Barsavi, el gran hombre en persona, al igual que yo. Bien, pues el dueño de la taberna pagaba al Capa, al igual que yo, para evitar accidentes. Gracias a ti, ha tenido un accidente muy jodido, aunque él se estuviera gastando el dinero para que no sucediera. Y ahora llego a donde quería: incitar a un hatajo de malditos borrachos que son como animales a quemar ese lugar hasta los cimientos, por miedo a una plaga falsa, es lo contrario de lo que significa llevar a cabo una operación con circunspección. ¿Puedes comprender lo que esto significa?

Al escuchar aquello, Locke supo que era el momento apropiado para asentir con la cabeza.

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