Las mentiras de Locke Lamora

Las mentiras de Locke Lamora


Prólogo » 9

Página 4 de 56

—A diferencia de la última vez en que intentaste llevarme a la tumba, en esta ocasión no puedo sobornar a nadie, pero, gracias a los dioses, no lo necesito, porque el lío es colosal. La última noche, los casacas amarillas aporrearon a doscientas personas antes de darse cuenta de que ninguna de ellas tenía el Susurro; el Duque llamó a sus puñeteros soldados y estuvo a punto de darle al Estrecho un buen restregón de aceite ardiente. La única razón, y subrayo la palabra única, de que ahora no estés flotando con cara de pasmado dentro del estómago de algún tiburón se debe a que la Viña del Cristal Antiguo sólo es un montón de cenizas; nadie sabe que robaron en ella antes de que se convirtiera en ese montón de cenizas. Nadie excepto nosotros.

»Así pues, debemos ponernos de acuerdo para que nadie de esta colina cuente lo sucedido, y ahora vas a conocer parte de esa reticencia a la que me referí la primera vez que llegaste a este lugar.

¿Recuerdas lo que significa reticencia, verdad?

Locke asintió.

—Sólo quiero muy pocas cosas de ti, Lamora. Quiero trabajos buenos y bien hechos. Quiero una bolsa aquí, una salchicha allá. Quiero que te tragues tu ambición, que la cagues como si fuera una comida que te hubiera sentado mal y que, durante el próximo millón de años, sigas siendo un joven gancho, pero circunspecto. ¿Puedes hacer esto por mí? No robes a ningún casaca amarilla más, no quemes más tabernas, no comiences ningún jodido tumulto más. Sólo intenta ser un carterista sin imaginación como tus hermanos y hermanas. ¿Entendido?

Locke asintió una vez más, intentando parecer arrepentido.

—Bien. Y ahora —mientras hablaba, el Hacedor de Ladrones sacó su botella de aceite de jengibre, que estaba casi llena—, démosles un poco de vigor a mis advertencias.

Y algún tiempo después (luego de que Locke recobrara las facultades de hablar y de respirar sin trabas) todo volvió a estar en calma.

Pero el septuagésimo año de Morgante se convirtió en el septuagésimo año de Sendovani, y, aunque durante algún tiempo Locke consiguió ocultar sus acciones al Hacedor de Ladrones, en cierta ocasión bastante notoria dejó de ser circunspecto.

Cuando el Hacedor de Ladrones se enteró de lo que el chico había hecho, acudió a ver al Capa de Camorr y le pidió permiso para realizar una muerte sin importancia. Sólo después se le ocurrió ir a ver al Sacerdote Sin Ojos, pero no movido por la piedad, sino por la posibilidad de obtener un último beneficio, aunque pequeño.

7

El cielo era de un rojo que se desvanecía y nada quedaba del día sino una línea de oro derretido que iba bajando lentamente hacia el horizonte de Poniente. Locke Lamora caminaba a rastras, pisando la larga sombra del Hacedor de Ladrones que lo estaba conduciendo al templo de Perelandro para venderlo en él. Después de mucho tiempo, Locke acababa de descubrir el lugar donde habían desaparecido los chicos más mayores.

Una gran arcada de cristal llevaba desde la base noroccidental de la Colina de las Sombras hasta el límite oriental del largo y ancho distrito del Templo. El Hacedor de Ladrones se detuvo en el ápice de aquel puente y miró hacia el norte. Cruzando las casas sin luz del Silencio y las aguas empenachadas por la bruma del impetuoso Angevino, su vista divisó las umbrosas mansiones y los bulevares de piedra blanca, realzados por las hileras de árboles que seguían su trazado, de las islas Alcegrante, dormidas en su opulencia bajo la imposible altura de las Cinco Torres.

Las Cinco Torres eran las estructuras de cristal antiguo más notables de aquella ciudad repleta de tan arcana sustancia; otra más pequeña y menos majestuosa, Acoje a la Aurora, sólo tenía un poco más de veinticinco metros de anchura y apenas ciento cincuenta de altura. El color original de cada una de aquellas torres había comenzado a mezclarse con los tonos rojizos, como de un horno encendido, de la puesta de sol, y la telaraña de cables y de jaulas de carga que cubría las cimas de las torres apenas era visible al recortarse contra el carmín del cielo.

—Chico, quédate aquí un momento —dijo el Hacedor de Ladrones con voz extrañamente melancólica—. Aquí, encima de mi puente. Tan pocos son los que vienen por aquí para dirigirse a la Colina de las Sombras, que bien pudiera ser mío.

El Viento del Duque que llegaba durante el día desde el Mar de Hierro había rolado; como siempre, la noche estaría gobernada por el polvoriento Viento del Ahorcado, que soplaba desde la tierra hacia el mar, repleto de los relentes de las granjas y del agua estancada de las marismas.

—Ya sabes que voy a librarme de ti —añadió el Hacedor de Ladrones tras una pausa—. Ahhh, en serio, es un adiós para siempre. Es una pena que te falte tanto… sentido común.

Locke no dijo nada y se limitó a alzar la mirada y contemplar las vastas torres de cristal mientras el cielo que le rodeaba iba perdiendo el color; y cuando las estrellas blanco-azuladas comenzaron a brillar, los postreros rayos de sol se desvanecieron por el oeste como si el gran ojo que los lanzaba acabara de cerrarse.

Cuando le dio la impresión de que el primer amago de genuina oscuridad alcanzaba la ciudad, una nueva luz nació y brilló tanto que lo expulsó; aquella luz relucía dentro de las mismísimas Cinco Torres y del cristal translúcido del puente sobre el que se encontraban. Crecía a medida que respiraba, cobrando fuerza hasta bañar la ciudad con la luz feérica que señalaba que el día había terminado.

Era la hora de la Falsa Luz.

Desde las alturas de las Cinco Torres hasta la tersura de obsidiana de los vastos rompeolas de cristal y los arrecifes artificiales cubiertos por olas del color de la pizarra, la Falsa Luz era irradiada por todas las superficies y todos los objetos de cristal antiguo que había en Camorr, por todos los fragmentos de aquel material extraño que tanto tiempo atrás habían dejado las criaturas que dieron forma a la ciudad. Todas las noches, en cuanto el sol se sumía por Poniente, los puentes de cristal se convertían en hebras de luz de luciérnaga; las torres y avenidas de cristal, así como las extrañas esculturas de los jardines hechas con aquella materia, rielaban pálidas de violeta, azur, naranja y gris perla, mientras las lunas y las estrellas mudaban su color en gris.

Esto era lo que sucedía en Camorr al atardecer: el fin de la jornada de trabajo de quienes hacían el turno de día, la llamada de las rondas de la Guardia y el cierre de las puertas de la ciudad; era una hora de luz sobrenatural que no tardaba en dar paso a la auténtica noche.

—Vayamos a nuestro asunto —dijo el Hacedor de Ladrones, y ambos se dirigieron hacia el distrito del Templo, caminando bajo aquella luz tan suave como irreal.

8

Puesto que los templos de Camorr solían cerrar sus puertas en cuanto terminaba la hora de la Falsa Luz, en la Casa de Perelandro el Sacerdote Sin Ojos, sentado en los peldaños de su decrépito templo, no perdió el tiempo que aún le quedaba en llenar el caldero de cobre que se encontraba ante él.

—¡Huérfanos! —dijo con voz tan atronadora que no hubiera desentonado en un campo de batalla—. ¿Acaso antes o después no somos todos huérfanos? ¡Ay de aquellos arrancados del regazo de su madre, pues apenas tienen infancia!

A ambos lados del caldero se sentaba una pareja de muchachos jóvenes y esbeltos, ataviados con sendos hábitos blancos provistos de capucha. Dio la impresión de que, al mirar ellos fijamente cómo los hombres y las mujeres se apresuraban por las plazas y avenidas de los dioses hacia sus respectivos trabajos, el irreal brillo de la Falsa Luz inflamaba la hueca negrura que rodeaba sus ojos.

—¡Ay de aquellos que, a causa de un cruel hado, han sido arrojados a un mundo malvado que no tiene sitio para ellos y que los convierte en esclavos! —proseguía el sacerdote—. ¡Esclavos o, peor, juguetes de placer para la lujuria de los malvados y los impíos, que los obligan a llevar un asomo de vida llena de indecible degeneración al lado de la cual la esclavitud es una bendición!

Locke se maravilló al escuchar aquellas palabras, pues jamás había asistido a una representación teatral ni escuchado a un orador experimentado. Había en ellas tanto desprecio que, si hubiera habido agua encima de las piedras del suelo, se hubiera evaporado; había en ellas tanta protesta que el pulso se le aceleró por la vergüenza que le hizo sentir, pues también él era huérfano. Y deseó seguir escuchando el vozarrón de aquel hombre que vociferaba.

Tan grande era la fama del padre Cadenas, el Sacerdote Sin Ojos, que incluso Locke Lamora había oído hablar de él; era un hombre al final de la madurez, con un pecho tan grande como una mesa de escritorio y una barba pegada a su escarpado rostro como si fuera un trozo de fregona. Una gruesa venda blanca le cubría frente y ojos, unos hábitos de algodón blanco le colgaban hasta los desnudos tobillos y un par de grilletes de negro hierro rodeaban sus muñecas. De aquellos grilletes salían unas pesadas cadenas de acero que, luego de subir por los peldaños del templo, entraban por sus abiertas puertas hasta el interior del mismo. Locke pudo apreciar que, cuando el padre Cadenas hablaba gesticulando a quienes le escuchaban, las cadenas se estiraban al máximo. Su libertad de movimientos estaba al límite.

Durante trece años, o eso decían las habladurías de la gente, el padre Cadenas jamás había puesto un pie fuera de los escalones de su templo. Como muestra de la devoción que sentía por Perelandro, Padre de las Mercedes, Señor de los Vigilados, se había encadenado a sí mismo a los muros de su capilla con grilletes de hierro que no tenían ni cerraduras ni llaves, y pagado a un físico para que le arrancara los ojos delante de la muchedumbre.

—¡El Señor de los Vigilados vela por cada hijo e hija de los fallecidos hasta tal punto que ni siquiera podéis imaginaros! ¡Benditos sean ante él aquellos que, sin verse constreñidos por los deberes de la sangre, reconfortan y ayudan a quienes carecen de padre y de madre…!

Aun sabiendo que, además de ciego, se cubría con una venda, Locke hubiera jurado que el padre Cadenas se había vuelto hacia él y hacia el Hacedor de Ladrones cuando ambos llegaban a la plaza.

—¡… por la indudable bondad de sus corazones, y alimentan y protegen a los niños de Camorr, jamás movidos por la fría avaricia sino por la gentileza y el darse a los demás! ¡Benditos sean aquellos que protegen a los gentiles y menesterosos huérfanos de Camorr! —siseó Cadenas, lleno de fervor.

Cuando el Hacedor de Ladrones llegó ante los escalones del templo y comenzó a subir por ellos, tuvo la precaución de pisar fuerte con los talones en la piedra para anunciar su presencia.

—Alguien se acerca —dijo el padre Cadenas—, creo que son dos, si he de dar crédito a mis oídos.

—Te traigo al chico de quien hablamos, padre —anunció el Hacedor de Ladrones lo suficientemente alto para que varios transeúntes lo oyeran y escucharan lo que iba a decir a continuación—. Le he preparado lo mejor que he podido para las, ahhh, pruebas de aprendizaje e iniciación.

El sacerdote se tambaleó al bajar por los escalones que le conducían hacia Locke, arrastrando tras de sí las ruidosas cadenas. Los muchachos encapuchados cogieron el caldero y le echaron un vistazo a Locke, pero no dijeron nada.

—¿Entonces lo has traído? —el padre Cadenas alargó una mano con alarmante precisión, y sus dedos encallecidos recorrieron como patas de araña la frente, las mejillas, la nariz y la barbilla de Locke—. Un chico bajito, sí, creo que es muy bajito. Aunque, por los recovecos angulosos de su triste rostro de huérfano, debidos a la mala alimentación, puedo aventurar que con cierto carácter.

—Se llama —dijo el Hacedor de Ladrones— Locke Lamora, y apuesto a que la Orden de Perelandro encontrará muchas aplicaciones para su, ahhhh, inusual grado de iniciativa personal.

—Me bastará —dijo el sacerdote con voz sonora— con que sea sincero, sufrido, honesto y proclive a la disciplina. Pero no dudo de que durante el tiempo que ha estado contigo tu afecto y tu cuidado habrán instilado en él esas cualidades, entre otras —batió palmas tres veces y añadió—: Queridos niños, vuestro trabajo por hoy ha terminado; recoged las ofrendas de las buenas personas de Camorr y mostremos el templo a nuestro futuro iniciado.

El Hacedor de Ladrones dio a Locke un ligero pescozón en el hombro y, acto seguido, con mucho entusiasmo, le empujó escalera arriba tras los pasos del Sacerdote Sin Ojos. Cuando los muchachos de los hábitos blancos pasaron el tintineante caldero por delante del Hacedor de Ladrones, éste echó en él una pequeña bolsa de piel, abrió los brazos e hizo una reverencia con la teatralidad de serpiente que le caracterizaba. Lo último que Locke vio de él fue la rapidez con que cruzaba el distrito del Templo, agitando con alegría sus brazos retorcidos y sus hombros huesudos: el pavoneo de un hombre que acababa de recobrar la libertad.

9

El interior del templo de Perelandro era una habitación de piedra mohosa con varios charcos de agua estancada; a causa del moho, los tapices que cubrían las paredes estaban a punto de volver a su estado original de hilos trenzados. Su única iluminación procedía de la claridad pastel de la Falsa Luz y de los desfallecidos esfuerzos de un globo alquímico de color blanco y medio apagado, insertado precariamente en un enganche, el cual quedaba justo encima de la placa de acero que encadenaba al Sacerdote Sin Ojos a la pared del santuario. En la pared de enfrente, Locke vio una puerta oculta bajo una cortina y nada más.

—Calo, Galdo —dijo el padre Cadenas—, sed buenos chicos y atended las puertas, por favor.

Los dos muchachos de los hábitos dejaron en el suelo el caldero de cobre y se dirigieron a uno de los tapices, que levantaron entre ambos para maniobrar un dispositivo oculto; algún enorme e invisible mecanismo hizo crujir las paredes del santuario y, acto seguido, las puertas gemelas que conducían a los peldaños por los que se entraba al templo comenzaron a cerrarse. Cuando terminó aquel proceso, en medio del roce de unas piedras contra otras, el globo alquímico brilló súbitamente con más fuerza.

—Ahora —dijo el Sacerdote Sin Ojos mientras se arrodillaba en medio de los pequeños montículos de acero que formaban las cadenas al dejar de estar en tensión— ven aquí, Locke Lamora, para comprobar si posees algunas de las dotes exigidas para convertirte en uno de los iniciados de este templo.

Con el padre Cadenas de rodillas, Locke y él casi se tocaban con la frente. Como respuesta a las señas que Cadenas le hacía con las manos, Locke se acercó más y aguardó. El sacerdote frunció la nariz.

—Ya veo que a tu anterior maestro no parecía importarle el olor acre de sus pupilos; no importa. Pronto lo arreglaremos. Por ahora, déjame solamente tus manos, así —Cadenas guió con firmeza, pero también con suavidad, las pequeñas manos de Locke hasta que quedaron encima de su venda—. Ahora… simplemente cierra los ojos y concéntrate… concéntrate. Deja que cualquier pensamiento virtuoso que haya en tu interior suba como una burbuja hacia la superficie… deja que el calor de tu espíritu generoso fluya por tus manos inocentes… Ah, sí, así…

Locke se sentía entre alarmado y divertido cuando las arrugas del curtido rostro del padre Cadenas se distendieron y la boca se le quedó colgando como un signo premonitorio de beatitud.

—¡Ahhhhhhh! —musitó el sacerdote, la voz cargada de emoción—. ¡Sí, sí, tienes cierto talento… cierto poder… Puedo sentirlo…! Tiene que ser… ¡un milagro!

Y mientras decía todo aquello, Cadenas echó la cabeza hacia atrás y Locke saltó en el sentido opuesto. En medio de un repiqueteo de cadenas, el sacerdote se llevó las manos con los grilletes a la venda y la arrancó triunfalmente. Locke retrocedió, no teniéndolas todas consigo por lo que aquellas cuencas de los ojos pudieran mostrarle… y entonces comprobó que los ojos del sacerdote eran muy normales: de hecho, Cadenas torció la mirada por el dolor y se los restregó varias veces, estremeciéndose al recibir la luz del globo de cristal.

—¡Ahhhh! ¡Ja, ja, ja! —exclamó, llevando sus manos hacia donde se encontraba Locke—. ¡Me he curado! ¡Me he curado! ¡Puedo VER DE NUEVO!

Por segunda vez en el transcurso de aquella noche, Locke se le quedó mirando con la boca abierta como un abobado, sin saber qué decir. A su espalda, los dos chicos encapuchados lanzaron unas risitas y Locke frunció el ceño sospechando algo.

—En realidad… no estabas ciego —dijo.

—¡Y en realidad tú no eras un idiota! —exclamó Cadenas, levantándose de un salto que hizo crujir sus rótulas. Agitó las manos aún con los grilletes como si fuera un pájaro que intentase levantar el vuelo—. ¡Calo, Galdo! ¡Quitadme estos malditos chismes de las muñecas para que pueda contar las bendiciones recibidas en el día de hoy!

Los dos chicos encapuchados se apresuraron y les hicieron algo a los grilletes que Locke fue incapaz de apreciar; de repente se abrieron y cayeron al suelo con un ruido muy desagradable. Cadenas se masajeó con cuidado la piel que había estado bajo ellos; era tan blanca como la carne de un pescado fresco.

—¡En realidad… no eres sacerdote! —añadió Locke, mientras el hombre mayor seguía masajeándose hasta que sus antebrazos cobraron algo de color.

—Oh, no —dijo Cadenas—. No soy sacerdote. Bueno, no soy un sacerdote de, hum, Perelandro. Ni mis iniciados lo son de Perelandro. Ni tú tampoco serás un iniciado de Perelandro. Locke Lamora, di hola a Calo y a Galdo Sanza.

Los dos chicos que se cubrían con los hábitos echaron hacia atrás sus respectivas capuchas y Locke comprobó que eran gemelos; aunque sólo fueran uno o dos años mayores que él, parecían mucho más robustos. Tenían la piel aceitunada y el cabello negro de los auténticos camorríes; sin embargo, la nariz que poseían en común, larga y ganchuda, desentonaba. Ambos sonrieron y, juntando las manos, le hicieron una reverencia.

—Hum, hola —dijo Locke—. ¿Quién es cada cuál?

—Hoy me toca a mí ser Galdo —dijo el que estaba a la izquierda de Locke.

—Es posible que mañana me toque a mí —dijo el otro.

—O quizá ambos queramos ser Calo —añadió el que había hablado primero.

—Con el tiempo —les interrumpió el padre Cadenas— aprenderás a distinguirlos por el número de cardenales que les habré hecho a patadas en sus respectivos culos. De cualquier manera, uno de ellos siempre quiere estar por delante del otro —se quedó detrás de Locke y, con sus enormes y pesadas manos, puso las cabezas de ambos sobre los hombros del recién llegado—. Idiotas, éste es Locke Lamora. Como habéis podido ver, acabo de comprárselo a vuestro antiguo benefactor, el amo de la Colina de las Sombras.

—Nos acordamos de ti —dijo el que supuestamente era Galdo.

—Un huérfano del Fuego Encendido —dijo el que supuestamente era Calo.

—El padre Cadenas nos compró justo después de que llegaras —dijeron ambos al unísono, haciendo una mueca.

—Dejaos ya de tonterías —dijo el padre Cadenas con voz que casi sonaba regia—. Os recuerdo a los dos que os habéis ofrecido voluntarios para preparar la cena. Peras y salchichas en aceite, y una ración doble para vuestro nuevo hermanito. Vamos. Locke y yo tenemos que hablar del caldero.

Haciendo muecas y gestos de lo más ofensivos, los gemelos se dirigieron hacia la puerta cubierta con una cortina y desaparecieron en su interior. Cuando Locke estaba escuchando el sonido que hacían sus pasos saliendo y entrando de alguna especie de despensa, el padre Cadenas le indicó que se sentara al lado del caldero del dinero.

—Siéntate, chico. Hablemos un poco de lo que hacemos aquí —Cadenas se acomodó encima del suelo húmedo y cruzó las piernas, para luego mirar pensativamente a Locke—. Tu anterior maestro me dijo que sabías hacer sumas sencillas. ¿Es cierto?

—Sí, maestro.

—No me llames «maestro». Eso hace que se me arruguen las pelotas y que me castañeteen los dientes. Ahora que estamos sentados aquí dentro, acércate al caldero y cuenta todo el dinero que hay en su interior —Locke tiró con fuerza del caldero por una de las asas, y comprendió por qué Calo y Galdo habían compartido su peso. Cadenas dio un empellón a la base del caldero y su contenido acabó por derramarse en el suelo, al lado de Locke—. Si quieres levantarlo te será muy incómodo, porque pesa demasiado —explicó Cadenas.

—¿Cómo puedes… cómo puedes pretender hacerte pasar por sacerdote? —preguntó Locke mientras apilaba las monedas enteras de cobre, y las que sólo eran partes, en pequeños montones—. ¿No temes a los dioses? ¿No temes la ira de Perelandro?

—Por supuesto que sí la temo —repuso Cadenas, pasándose los dedos por su encrespada y redonda barba—. Temo mucho a los dioses. Como dije, soy sacerdote, pero no de Perelandro. Soy un servidor iniciado del Decimotercero Sin Nombre, el Que Vela Por Los Ladrones, el Guardián Avieso, el Benefactor, el Padre de los Pretextos Necesarios.

—Pero si los dioses sólo son doce.

—Me resulta muy divertido comprobar que hay mucha gente tan poco informada al respecto, mi querido muchacho. Supón, si eres tan amable, que resulta que los Doce tienen en la familia a un hermano más joven que es, como si dijéramos, la oveja negra, el cual resulta que sólo manda sobre los ladrones como tú y como yo. Y que, aunque los Doce no permiten que nadie escuche ni pronuncie su Nombre, sienten cierto inveterado afecto por su manera divertida y cachonda de hacer las cosas. Esto explica que un viejo avieso y contestatario como yo no acabe fulminado por un rayo ni despedazado por la muchedumbre al usurpar el templo de un dios más respetable como Perelandro.

—¿Eres un sacerdote del… Decimotercero?

—Ciertamente. Un sacerdote de ladrones, y un ladrón que es sacerdote. Como algún día lo serán Calo y Galdo, y como también lo serás tú, siempre que seas digno incluso de la miseria que he pagado por ti.

—Entonces… —Locke recogió la bolsa del Hacedor de Ladrones (el color rojo de su piel tenía tonos como de óxido) del lugar donde descansaba, junto a los montones de monedas de cobre, y se la pasó a Cadenas—, si pagaste por mí, ¿por qué dejó mi antiguo maestro una ofrenda?

—¡Ah! Puedes estar seguro de que pagué por ti, de que me costaste barato y de que lo que hay aquí dentro no es una ofrenda —Cadenas desató la pequeña bolsa y su contenido cayó en su mano… sólo era el blanco diente de un tiburón, tan largo como el pulgar de Locke. Cadenas lo movió para que el chico lo viera—. ¿Habías visto alguno de éstos antes de ahora?

—No… ¿qué es?

—Es una señal de muerte. El diente del tiburón-tigre es el sello personal de Capa Barsavi… el jefe de tu anterior maestro. Mi jefe y el tuyo, en la materia que nos concierne. Significa que eres una cosita muy molesta, cabezona y jodida, y que tu antiguo maestro fue a ver al Capa para obtener el permiso de poder matarte, el cual consiguió.

Cadenas hizo una mueca como si sólo estuviera haciendo una broma de mal gusto. Locke se estremeció.

—¿Servirá esto para que te comportes de un modo más sosegado, muchacho? Entonces bien. Mira esta cosa, Locke. Mírala profundamente, todo lo que quieras. Significa que han pagado por tu muerte. Y que yo he comprado el derecho de matarte cuando te compré por cuatro cuartos. Significa que si el mismísimo duque Nicovante te adoptara mañana y te proclamara heredero suyo, yo podría partirte el cráneo y clavarte en un poste, y nadie de esta ciudad movería ni un puñetero dedo para salvarte.

Cadenas devolvió rápidamente el diente a la bolsa roja y, sirviéndose de la delgada cuerda que servía para cerrarla, se la colgó a Locke del cuello.

—Vas a llevar esto —dijo el hombre mayor— hasta que considere que eres digno de quitártela o hasta que haga uso del poder que me otorga y entonces… —chasqueó los dedos cerca de la garganta de Locke—. Llévala debajo de la ropa y tenla cerca de la piel para que puedas recordar en todo momento lo cerca, lo muy cerca, que estuviste de que esta noche te cortaran el cuello. Si tu antiguo maestro tuviera una sombra[1] más vengativa que codiciosa, no dudo de que ahora estarías flotando en la bahía.

—¿Qué hice mal?

Cadenas hizo algo con los ojos que tuvo el efecto de que el chico se sintiera mucho más insignificante después de haber intentado protestar; Locke manoseó la bolsa que contenía la señal de muerte y jugueteó con ella.

—Por favor, chico, no comencemos con mal pie insultando a nuestras respectivas inteligencias. Sólo hay tres tipos de personas en la vida a las que jamás debes engañar: los prestamistas, las putas y tu madre. Puesto que tu madre ha muerto, yo ocupo su lugar, y soy a prueba de tonterías —la voz de Cadenas se hizo más seria—. Conoces perfectamente los motivos que tenía tu antiguo maestro para estar molesto contigo.

—Dijo que yo no era… circunspecto.

—Circunspecto —repitió Cadenas—. Buena palabra. Por supuesto que no lo eres. Él me lo contó todo.

Locke apartó la mirada de los montoncitos de monedas, los ojos abiertos como platos y muy húmedos.

—¿Todo?

—Absolutamente todo —Cadenas se quedó mirando al chico durante un momento tan largo que resultó embarazoso, y luego suspiró.

—¿Qué aportaron hoy los buenos ciudadanos de Camorr a la causa de Perelandro?

—Me parece que treinta y siete barones de cobre.

—Hummm, creo que eso es más de cuatro solones de plata. Un día poco animado. Pero eso es mejor que cualquier otra manera de robar que yo conozca.

—¿También le robas este dinero a Perelandro?

—Claro que sí, muchacho. Creo haber mencionado que era un ladrón, ¿o no? Pero no el tipo de ladrón al que estás acostumbrado, sino uno mejor. Toda la ciudad de Camorr está llena de idiotas que no hacen más que correr para acabar ahorcados, y todo porque creen que el robar es algo que hay que hacer con las manos —el padre Cadenas escupió.

—Hum… y tú, padre Cadenas, ¿qué parte del cuerpo empleas para robar?

El sacerdote barbudo se tamborileó en una de las sienes con dos dedos de una mano y luego hizo una gran mueca, tras lo cual prosiguió su tamborileo, pero esta vez en los dientes.

—El cerebro y la boca, si es bien grande, muchacho, cerebro y boca grande. Aquí planté mi culo hará ya trece años, y los píos mamones de Camorr me han alimentado desde entonces con monedas. Además, soy famoso desde Emberlain a Tal Verrar, y si sigo aquí es por el frío metal.

—¿No te resulta incómodo vivir aquí sin salir jamás? —preguntó Locke, contemplando el triste interior del templo.

—La auténtica realidad de mi templo se reduce a la vida entre estos tristes y pequeños bastidores, del mismo modo que tu antigua casa era realmente un cementerio —Cadenas rió entre dientes—. Los que vivimos aquí dentro somos ladrones de un tipo diferente, Lamora. El engaño y el llevar a la gente por el mal camino son nuestras herramientas; no creo en el trabajo duro cuando un rostro falso y una buena retahíla de disparates pueden hacer mucho más.

—Entonces… sois como los… ganchos.

—Es posible, siempre que un barril de aceite ardiente se parezca a un pellizco de pimienta roja. Por eso pagué por ti, muchacho, porque te falta hasta el sentido común que los dioses le dieron a la zanahoria. Mientes más que una alfombra. Eres más retorcido que la espina dorsal de un acróbata. Sólo podré hacer algo de ti si decido que eres de fiar.

Sus ojos siempre inquietos se posaron una vez más en Locke, y el chico supuso que le había llegado la hora de decir algo.

—Me gusta —dijo en voz baja—. ¿Qué tengo que hacer?

—Puedes comenzar por hablar. Quiero escuchar lo que hacías en la Colina de las Sombras; toda la mierda que tuviste que revolver para que tu antiguo maestro se disgustase contigo.

—Pero… si dijiste que te habías enterado de todo.

—Sí, pero ahora, lisa y llanamente, quiero escucharlo de ti, y quiero que me lo cuentes todo de un tirón, sin tener que dar marcha atrás ni comerte ninguna parte. Si intentas esconder algo que a mi entender debas mencionar, no tendré otra opción que considerarte indigno de mi confianza… y obraré en consecuencia con lo que llevas colgado del cuello.

—¿Por dónde quieres que comience? —preguntó Locke, con una pizca de nerviosismo.

—Podemos comenzar por tus trasgresiones más recientes. Sólo hay una ley que los hermanos y hermanas de la Colina de los Sueños no pueden quebrantar, la cual, en palabras de tu antiguo maestro, quebrantaste en dos ocasiones, pensando que serías lo suficientemente listo para salir de rositas.

Las mejillas de Locke se tiñeron de un profundo arrebol y él se quedó mirándose los dedos de la mano.

—Cuéntamelo, Locke. El Hacedor de Ladrones dijo que tú urdiste los asesinatos de otros dos chicos de la Colina de las Sombras, y que él no descubrió tu implicación en el primero hasta que no sucedió el segundo —Cadenas se pasó los dedos por la cara y se quedó mirando tranquilamente al chico que llevaba colgada del cuello la señal de muerte—. Quiero saber por qué los mataste, y quiero saber cómo lo hiciste, y quiero escucharlo de tus propios labios, así que adelante.

Ir a la siguiente página

Report Page