Las mentiras de Locke Lamora

Las mentiras de Locke Lamora


Libro I » Capítulo 1 » 8

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Capítulo 1

El juego de Don Salvara

1

Para llevar a feliz término un buen juego de engaño, la regla de oro de Locke Lamora establecía lo siguiente: tres meses para planearlo, tres semanas para ensayarlo y tres segundos para ganar o para perder, definitivamente, la confianza de la víctima. Puesto que ya había llegado el momento de lo último, había decidido emplear aquellos tres segundos en ser estrangulado.

Locke estaba de rodillas, y Calo, de pie tras él, había pasado tres veces por su cuello una soga de cáñamo. Aquel montaje era tan logrado y tan impresionante que incluso iba a conferirle al cuello de Locke una pincelada de rojo tremendamente verosímil. Por supuesto que ningún asesino camorrí lo suficientemente sereno para caminar en línea recta hubiera intentado estrangularle con cualquier cosa que no fuera de seda o de cable (mejor arrugarle la tráquea a la víctima), se decía Locke. Pero si, a la distancia de diez metros y en lo que dura un abrir y cerrar de ojos, don Lorenzo Salvara era capaz de distinguir un estrangulamiento falso de uno real, entonces habrían juzgado mal al hombre a quien pretendían robar y todo el juego se iría al garete.

—¿Puedes verlo? ¿Consigues distinguir la señal de Bicho? —Locke susurró la pregunta con toda la claridad que podía, para después emitir unos cuantos sonidos guturales que fueron impresionantes.

—No veo ninguna señal; tampoco a don Lorenzo. ¿De verdad que puedes respirar?

—Lo suficiente, sólo lo suficiente —susurró Locke—, pero zúrrame un poco más; tú zúrrame, porque ésa es la parte más convincente.

Se encontraban al final del callejón que está al lado del templo de las Aguas Afortunadas. Podían oír las cataratas oratorias del templo, que vertían sus aguas en algún lugar situado detrás de los altos muros enlucidos. Locke se agarró por un instante a los inofensivos anillos de la soga que le rodeaba el cuello y echó una mirada al caballo que, apenas unos pasos más adelante, le miraba fijamente, cargado con las vistosas mercancías propias de un mercader. Era evidente que aquel pobre animal de apariencia estúpida había sido apaciguado. Detrás de los globos tan blancos como la leche de aquellos ojos que no parpadeaban no había miedo ni curiosidad. El caballo tampoco se habría asustado si el estrangulamiento hubiese sido real.

Pasaron unos segundos preciosos; el sol estaba alto y brillaba en un cielo escaldado, sin nubes, mientras la mugre del callejón se pegaba como cemento húmedo a las perneras de las calzas de Locke. Cerca de él, Jean Tannen compartía su misma suerte, mientras que Galdo (casi todo el tiempo) fingía darle patadas en las costillas. Así siguió por lo menos durante un minuto, mientras su hermano gemelo hacía como que estrangulaba a Locke.

Se suponía que don Lorenzo Salvara tenía que llegar a la entrada del callejón en cualquier instante y que (en eso se basaba el plan) iría sin perder tiempo a salvar a Locke y a Jean de sus «asaltantes»; pero a ese paso, con el retraso que llevaba, sólo conseguiría rescatarlos del aburrimiento.

—¡Por los dioses! —musitó Calo, acercando su boca al oído de Locke, como si le estuviera susurrando alguna exigencia—. ¿Dónde diablos se encuentra el maldito Salvara? ¿Y dónde está Bicho? No podemos seguir todo el día con esta mierda, ¡puede entrar más gente en el cochino callejón!

—Prosigue con el estrangulamiento —susurró Locke—. Céntrate en veinte mil coronas contantes y sonantes y haz como que me estrangulas. Si hay que hacerlo, no me importa seguir así durante todo el día.

2

Aquella mañana, los preparativos del juego se habían desarrollado a la perfección, incluso teniendo en cuenta las lógicas malas pulgas del joven ladrón a quien, finalmente, se le permitía tomar parte en su primera operación importante.

—Por supuesto que conozco cojonudamente bien el puesto que habré de ocupar cuando comience la acción —se quejó Bicho—. ¡He pasado más tiempo encaramado en el tejado de ese templo que el que me llevó mi madre en su maldito vientre!

Jean Tannen dejó que su mano derecha siguiera la cálida corriente del canal mientras le pegaba otro mordisco a la manzana amarga de pantano que tenía en la mano izquierda. La proa de la barcaza de poco calado era un lugar ideal para relajarse bajo la luz, teñida con el color del vino aguado, de las primeras horas de la mañana, porque ofrecía fácil acomodo a los cerca de ciento diez kilos que pesaba el corpachón de Jean: la barriga como de barril, los pesados brazos, las piernas como morcillas y todo lo demás. La otra persona (que estaba haciendo todo el trabajo) de la barcaza era Bicho, un muchacho larguirucho y greñudo de doce años que agarraba la pértiga de popa con la que impulsaba y dirigía la embarcación.

—Ahora comprendo que tu madre tuviera prisa en librarse de ti, Bicho —la voz de Jean era suave, monótona y tremendamente incongruente, pues hablaba como un profesor de música o como un copista de manuscritos—. Pero como nosotros no la tenemos, recréame una vez más con el relato de la manera tan penetrante en que comprendes este juego.

—¡Diablos! —replicó Bicho, hincando la pértiga para que la barcaza avanzara contra la débil corriente de aquel canal que desembocaba en el mar—. Tú, Locke, Calo y Galdo os dirigiréis al callejón que se encuentra entre las Aguas Afortunadas y los jardines del templo de Nara, ¿de acuerdo? Y yo cruzaré la calle y me subiré al tejado del templo.

—Muy bien —dijo Jean, con la boca llena de manzana de pantano—. ¿Y dónde tiene que estar don Lorenzo?

Otras barcazas, cargadas hasta los topes de mercancías que iban desde barriles de cerveza negra hasta terneras que mugían, los dejaron atrás, siguiendo la corriente de las aguas marrones del canal. Bicho seguía avanzando en dirección norte, a través de la principal vía comercial de Camorr, la Vía Camorazza, hacia el Mercado Flotante, y la ciudad rebosaba de vida a su alrededor.

Los arracimados edificios de piedra blanca en contacto con el agua vomitaban a sus inquilinos hacia la luz del sol y el calor del naciente verano. Era el mes de Parthis, lo cual significaba que la condensación producida por la humedad de la noche, que rodeaba con sus vapores a los edificios como si se tratara de una bruma espesa, no tardaría en despejarse por el intenso calor de aquella mañana sin nubes.

—Tiene que salir del templo de las Aguas Afortunadas como suele hacerlo a mediodía todos los Días de Penitencia. Si nos sonríe la fortuna, irá acompañado por dos caballos y un hombre.

—Un ritual curioso —dijo Jean—. ¿Por qué lo hace?

—Se lo prometió a su madre en el lecho de muerte —Bicho hundió la pértiga para dirigirse hacia el canal, peleó durante un momento y, una vez más, consiguió su propósito—. Ella no abandonó la religión de Vadran después de casarse con Salvara el Viejo. Por eso su hijo hace una ofrenda al templo de Vadran una vez a la semana y regresa a su casa a toda prisa, para evitar que la gente le vea. Diablos, Jean, sé perfectamente de qué va toda esta mierda. ¿Cómo iba a estar aquí si no confiarais en mí? ¿Y por qué soy el único que puede llevar esta estúpida barcaza hasta el mercado?

—Vamos, podrías dejar de pilotar la barcaza siempre que fueras capaz de vencerme mano a mano tres de cada cinco veces —dijo Jean con una mueca de matón barato, mostrando dos filas de dientes bajo un rostro que daba la impresión de que alguien lo hubiera puesto encima de un yunque para darle una forma más agraciada—. Además sólo eres un aprendiz que se encuentra en medio de un negocio magnífico, aprendiendo de los maestros más expertos y demandados que se puedan encontrar. Hacer todo el trabajo mierdoso será excelente para tu educación moral.

—La educación moral no me la habéis dado ni por el forro.

—Tienes razón. Y ha sido debido a que Locke y yo sólo nos hemos preocupado de nosotros mismos en los últimos años. Y volviendo al plan, permíteme recordarte que un buen chantaje haría que la suerte de esos pobres bastardos pareciera un tanto divertida en comparación con lo que les espera.

Jean señaló hacia uno de los furgones del agua sucia de la ciudad, que acababa de detenerse en el canal que estaba al lado de un bulevar para recibir, desde la ventana superior de una cervecería pública, un caudaloso chorro negro de desechos nocturnos. Aquellos furgones los conducían criminales de poca monta cuyas infracciones eran tan poco importantes que no valía la pena molestarse en encarcelarlos cada dos por tres en el Palacio de la Paciencia; encadenados a los furgones y amparados en la supuesta protección de sus largos capotes de cuero, los soltaban cada mañana para disfrutar de todo el sol que pudieran, siempre que no invirtieran aquel tiempo en echar pestes acerca de la dudosa puntería de que hacían gala los varios millares de camorríes al vaciar sus orinales encima de los furgones.

—No fallaré, Jean —Bicho le daba vueltas a sus pensamientos como si volviese de dentro afuera una bolsa vacía, intentando desesperadamente decir algo que le hiciera parecer tan firme, tranquilo y seguro como él suponía que así eran Jean y los demás Caballeros Bastardos… Pero, como suele sucederles a los de su edad, la boca de aquel chico de doce años siempre se anticipaba a su mente—. No fallaré. Por cojones que no fallaré; lo prometo.

—Buen chico —dijo Jean—. Me encanta oír eso. Pero ¿a qué te refieres cuando dices que no fallarás?

Bicho suspiró.

—A lo de hacer la señal cuando Salvara haya salido del templo de las Aguas Afortunadas. Estaré vigilando por si alguien intenta entrar en el callejón, sobre todo si es de la Guardia. Y si alguien decide entrar, bajaré de un salto desde el tejado del templo con una larga espada y le dejaré muerto y descabezado en el sitio.

—¿Que harás qué?

—Que le distraeré todo lo que pueda. ¿Estás sordo, Jean?

Una alta hilera de casas de oficinas pasó a su izquierda, todas ellas con maderas laqueadas, toldillas de seda, fachadas de mármol y otros detalles ostentosos en las fachadas que daban a las aguas. El dinero y el poder estaban firmemente asentados en los cimientos de aquella hilera de casas de tres y cuatro pisos: la Hilera de los Besamonedas, el distrito más antiguo y adinerado del continente. Aquel lugar estaba tan a rebosar de poderío y de rituales complejos como las alturas de cristal de las Cinco Torres, donde el Duque y las grandes familias vivían como desterradas de la ciudad a la que gobernaban.

—Bicho, llévanos hacia esa parte de la margen que está exactamente bajo los puentes —dijo Jean, señalando con la manzana—. Su señoría estará esperando para subir a bordo.

Dos arcos de cristal antiguo cruzaban la Vía Camorazza justo en la mitad de la Hilera de los Besamonedas: un puentecillo alto y estrecho para los transeúntes y otro más bajo, y más ancho, para los vehículos. El brillo sin igual del extraño cristal hacía pensar en algún líquido adamantino que unas manos gigantescas hubieran moldeado cuidadosamente con forma de arco y que luego hubiesen dejado secar encima del canal. En la margen derecha se encontraba la Fauria, una isla muy poblada, llena de apartamentos de muchas terrazas y jardines encima del tejado. Unas ruedas de madera giraban con fuerza junto a los terraplenes, logrando que el agua del canal se perdiera por una red de artesas y viaductos que cruzaban las calles de la Fauria a diferentes alturas.

Bicho condujo la barcaza hasta un muelle desvencijado que se encontraba bajo el puente pequeño; desde la menguada y difusa sombra de aquel puente un hombre se dirigió dando saltos hacia el muelle, vestido (lo mismo que Bicho y Jean) con polainas de cuero negro encerado y una camisa basta de algodón. El siguiente salto, que dio con el mismo desenfado que antes, le hizo caer sobre la barcaza, que osciló fuertemente al recibirle.

—¡Saludos, maese Jean Tannen, y mis más profusas felicitaciones por su fortuita llegada a su debido tiempo! —dijo el recién llegado.

—Felicitaciones a usted por la superlativa gracia de su entrada en nuestra humildísima embarcación, maese Lamora —Jean subrayó aquellas palabras al llevarse rápidamente a la boca lo que quedaba de la manzana, con rabo y todo, haciendo un blando sonido de masticación.

—No jodas, tío —dijo Locke Lamora—. ¿Por qué has hecho eso? ¿No sabes que los alquimistas preparan el veneno para los peces con las semillas de esas puñeteras cosas?

—Afortunado yo —dijo Jean, después de tragarse la última porción de pulpa recién masticada—, por no ser un pez.

Locke era un hombre de características medianas en todos los aspectos: de peso mediano, de estatura mediana y de cabellos cortos y medianamente oscuros que enmarcaban un rostro que no era hermoso ni memorable. Tenía la apariencia de un hombre de Therin, aunque quizá su piel fuera un poco menos aceitunada y algo más rubicunda que la de Jean o de Bicho; bajo otra perspectiva hubiera podido hacerse pasar por un natural de Vadran bastante moreno. Sus luminosos ojos grises eran lo único que le daba cierto aire distinguido; era un hombre a quien los dioses hubieran podido moldear deliberadamente para pasar desapercibido. Se instaló en la parte izquierda de la borda y cruzó las piernas.

—¡También hola a ti, Bicho! Sabía que podríamos contar contigo para que te apiadaras de tus mayores y les dejaras descansar al sol mientras echabas el resto con la pértiga.

—Jean es un viejo bastardo indolente, eso es lo que es —dijo Bicho—. Y si no impulso la barcaza con la pértiga, me dará una patada en los dientes que me los pondrá en la nuca.

—Jean es el alma más gentil de Camorr; le hieres con tus acusaciones —dijo Locke—. Ahora estará llorando toda la noche.

—Creo que, de cualquier modo, estaré levantado toda la noche —añadió Jean—, quejándome por el reumatismo y encendiendo velas para ahuyentar los vapores malignos.

—Lo que no es lo mismo que decir que nuestros huesos no vayan a romperse a la luz del día, mi cruel aprendiz —Locke se masajeó las rótulas—. Ambos tenemos, por lo menos, el doble de tu edad, lo cual es prodigioso dada nuestra profesión.

—Esta semana, las Hijas de Aza Guilla intentaron darme la extremaunción por lo menos en seis ocasiones —dijo Jean—. Bicho, eres afortunado por el hecho de que Locke y yo aún estemos lo suficientemente ágiles para permitirte venir con nosotros y participar en un juego.

Cualquiera que se hubiera encontrado lo suficientemente lejos para no oír lo que decían hubiese pensado que Locke, Jean y Bicho sólo eran los ocupantes de una barcaza de alquiler que se abría paso para recoger algún cargamento en el lugar donde la Vía Camorazza se junta con el río Angevino. A medida que Bicho los llevaba cada vez más cerca del Mercado Flotante, el agua se iba llenando de barcazas iguales que la suya, de barquichuelas con cascos pavonados de negro y de otras embarcaciones en mal estado de mil tipos diferentes que, en su mayor parte, tenían serias dificultades para mantenerse a flote o para seguir las órdenes de sus patrones.

—Hablando de nuestro juego —dijo Locke—, ¿nuestro joven e impaciente aprendiz ya se sabe el papel que le toca en el transcurso de la operación?

—Llevo toda la mañana recitándoselo a Jean —dijo Bicho.

—Y… ¿cuál es?

—¡Que tengo que mantener la sangre fría! —Bicho agarró la pértiga con todas sus fuerzas, pasando en medio de una pareja de jardines flotantes de altas bordas, pero por los pelos. Los aromas a jazmín y a naranja los rodearon cuando la barcaza se deslizó bajo las protuberantes ramas de uno de los jardines; un criado precavido les lanzó una mirada furtiva desde lo alto de una de las bordas del jardín flotante, con un palo en la mano para desviarlos si era necesario. Aquellas grandes barcazas posiblemente transportaban árboles para transplantarlos en el huerto de algún noble que vivía río arriba—. ¡Mantener la sangre fría y no fallar! ¡Lo prometo! ¡Sé la parte que me corresponde y las señales que debo hacer, y no fallaré!

3

Calo seguía zurrando vigorosamente a Locke mientras la actuación de Locke como víctima era propia de un virtuoso, aunque decayera por momentos. Eran tan prisioneros de su pantomima como los personajes inspirados en los infiernos de la teología de Therin, tan fértil en imaginación: un par de ladrones condenados a pasar toda la eternidad arrinconados en un callejón mientras aguardaban a unas víctimas que jamás pasarían por allí para entregarles el dinero.

—¿Estás tan preocupado como yo? —susurró Calo.

—Limítate a interpretar el papel —musitó Locke—. Puedes rezar y estrangularme al mismo tiempo.

En aquel momento se escuchó un chillido agudo a su derecha que resonó a través de las calles empedradas y de las paredes del distrito del Templo. Fue seguido por los gritos y las pisadas rítmicas de unos hombres que vestían el arnés de combate… pero aquellos sonidos se alejaban de la entrada del callejón y no se dirigían hacia ellos.

—Parecía Bicho —dijo Locke.

—Espero que esté preparando alguna distracción —le contestó Calo, aflojando momentáneamente la tensión que hacía sobre la soga. En aquel instante una silueta oscura se movió rápidamente por el hueco de cielo que quedaba encima de las altas paredes del callejón, y su sombra difusa les cayó encima al pasar sobre ellos.

—Entonces, ¿qué diablos era eso? —preguntó Calo.

Bastante lejos, a su derecha, volvió a sonar aquel chillido.

4

A fuerza de darle a la pértiga, Bicho los había llevado a todos, a él mismo, a Locke y a Jean, desde la Vía Camorazza hasta el Mercado Flotante según el horario previsto, justo cuando el enorme carillón eólico de cristal antiguo instalado encima de la torre Vigía del Oeste recibía la brisa que soplaba desde el mar y daba las once de la mañana.

El Mercado Flotante era un lago de aguas relativamente tranquilas en el mismísimo corazón de Camorr, de algo menos de ochocientos metros de circunferencia, protegido de las tumultuosas acometidas del Angevino y de los canales circundantes por una serie de rompeolas de piedra. La única corriente real en el Mercado era la humana, puesto que cientos de mercaderes a bordo de sus embarcaciones se perseguían interminablemente los unos a los otros en el sentido contrario a las agujas del reloj, peleándose por conseguir los mejores puestos cerca de los rompeolas, abarrotados por los compradores y excursionistas que habían llegado a pie.

Los miembros de la Guardia ciudadana, enfundados en sus casacas de amarillo mostaza, iban a bordo de unos cúteres de color negro azabache, llevando en cada uno de ellos a una docena de prisioneros encadenados que procedían del Palacio de la Paciencia, los cuales empleaban largas pértigas y un lenguaje soez para mantener abiertos varios canales en medio del caos flotante del Mercado. A través de dichos canales pasaban las barcazas de placer de la nobleza, otras que se veían muy cargadas y las que iban casi vacías, como la que llevaba a los tres Caballeros Bastardos, que iban de tiendas con la mirada mientras atravesaban un mar de anhelos y de avaricia.

Con apenas unos cuantos impulsos de la pértiga de Bicho dejaron atrás a una familia de vendedores de baratijas que iban a bordo de varias barquichuelas destartaladas, a un mercader de especias que llevaba su mercancía en unos estantes triangulares situados en el centro de una lentísima almadía de forma circular, del tipo que llaman vertola, y a un árbol del Canal que se sacudía y meneaba encima del pontón construido con un pellejo hinchado que aguantaba sus raíces. Dichas raíces corrían por el agua absorbiendo los orines y otros efluvios de la bulliciosa ciudad; el dosel formado por sus susurrantes hojas de color esmeralda arrojó millares de sombras minúsculas sobre los Caballeros Bastardos cuando éstos pasaron bajo ellas, así como un aroma a cítricos. Aquel árbol (un híbrido obrado por arte alquímica que producía limas y limones) era cuidado por una mujer de mediana edad y tres niños pequeños, los cuales, en respuesta a las órdenes dadas desde las barcas que pasaban, agitaban las ramas para que pudieran caer sus frutos.

Por encima de las embarcaciones del Mercado Flotante se elevaba un prado de banderas, pendones y estandartes de seda que ondeaban al viento, todos ellos compitiendo con sus colores alegres y sus símbolos para motivar con sus mensajes a los compradores que los miraban. Había allí banderas adornadas con la simple silueta de un pez o de un ave de corral, o con ambas; banderas decoradas con jarras de cerveza, botellas de vino, hogazas de pan, botas, zapatos y agujas enhebradas de sastre, frutas, utensilios de cocina, herramientas de carpintería y mil otras suertes de mercancías y servicios. Aquí y allá, pequeñas flotas de barcas bajo la bandera del pollo o de balsas bajo la del zapato se juntaban en estrecho combate, en el transcurso del cual sus propietarios proclamaban a voz en cuello la superioridad de sus respectivas mercancías o la bastardía de los hijos de los demás, mientras las embarcaciones de la Guardia se mantenían a cuidadosa distancia, por si acaso alguno de ellos llegaba a hundirse o a comenzar alguna acción de abordaje.

—En ciertas ocasiones es una pena el tener que pasar por pobre —Locke echó un vistazo a su alrededor, sumido en una de aquellas ensoñaciones en las que Bicho solía perderse, a menos de tener que concentrarse para evitar una colisión, como era el caso. Una barcaza cargada con docenas de gatos domésticos encerrados en cajas de madera, que no dejaban de maullar, les llamó la atención. Enarbolaba un gallardete azul en el que se había representado con mucho arte un ratón muerto: de manera muy convincente, unas hebras escarlata fluían de la herida que tenía en la garganta—. En este lugar sucede algo curioso, y es que uno puede llegar a convencerse de que realmente necesita con urgencia medio kilo de peces, unas cuerdas para el arco, unos zapatos viejos y una pala nueva.

—Afortunadamente para nuestra credibilidad —dijo Jean— estamos a punto de cumplir el mayor hito de nuestra historia: acercarnos hasta el enorme montón de dinero de don Lorenzo Salvara —y señaló hacia el rompeolas que se encontraba al noreste del mercado, al lado del cual, situada entre aquél y el distrito del Templo, se encontraba una hilera de posadas y de tabernas de aspecto próspero que miraban hacia las aguas.

—Como siempre, tienes razón. Riquezas que sobrepasan la imaginación. Vayamos en esa dirección —Locke señaló con un dedo entusiasta, aunque superfluo, la dirección que Jean acababa de indicar—. ¡Bicho! Llévanos hacia el río y luego vira a la derecha. Uno de los gemelos nos espera en el Hogar Vacilante, la tercera posada de la margen derecha.

Bicho los llevó hacia el norte, esforzándose para llegar al fondo del lecho del Mercado (cuya profundidad era la mitad de la de los canales que lo rodeaban) a cada golpe de pértiga que daba. De tal suerte pudieron librarse de los excesivamente entusiasmados proveedores de pomelos, de bocadillos de salchichas y de varitas alquímicas luminosas, mientras Locke y Jean se divertían con su juego favorito: intentar localizar a los rateros de poca monta entre la muchedumbre que atestaba los rompeolas. El descuido de aquellos bulliciosos millares de camorríes aún seguía dando de comer al viejo chocho del Hacedor de Ladrones en su húmeda guarida de la Colina de las Sombras, casi veinte años después de que Locke y Jean hubieran puesto los pies en ella por última vez.

Luego de que consiguieran salir del Mercado y llegar al río, Bicho y Jean intercambiaron sus posiciones sin decir ni una palabra. Las rápidas aguas del Angevino competirían mucho mejor con los músculos de Jean, ya que Bicho necesitaba descansar los brazos para el papel que le tocaba hacer en el juego.

Mientras Bicho se dejaba caer junto a la borda, en el sitio que antes había ocupado Jean, Locke sacó de la nada, o eso pareció, un limón de cinamomo y se lo ofreció al muchacho. Bicho se lo comió en seis mordiscos, incluida la piel, tan reseca como el hule, masticando entre sus blancos y torcidos dientes del modo más grotesco posible la pulpa rojizo-amarillenta, y luego hizo una mueca.

—Eh, ¿no harán veneno para peces con estas cosas?

—No —dijo Locke—, sólo lo hacen con las que se come Jean.

Jean se aclaró sonoramente la garganta.

—Una pizca de veneno para peces hace que te crezca pelo en el pecho. Excepto si eres un pez.

Jean los llevó hacia la margen meridional del Angevino, lejos de las partes profundas adonde no llegaba la pértiga. Unas flechas de luz cálida que poseía la blancura de las perlas cayeron sobre ellos a medida que los puentes de cristal antiguo se interpusieron entre su barcaza y el sol, aún en su apogeo. El río, que tenía una anchura de algo menos de doscientos metros, exudaba al aire su humedad junto con los olores a pescado y a sedimentos.

Hacia el norte, ondulantes bajo la calina, se encontraban las viejísimas laderas de las islas Alcegrante, hogar de la nobleza de categoría inferior de la ciudad. Era un lugar de jardines vallados, de elaboradas esculturas de agua y de casas campestres de piedra blanca, fuera del alcance de cualquiera que se vistiera como Locke, Jean y Bicho. Con el sol cerca de su cenit, las vastas sombras de las Cinco Torres habían ido a recogerse a la parte alta de la ciudad, de manera que sólo se veía de ellas un resplandor rosado, como de espejo, que caía justamente en la parte norte de las Alcegrante.

—Por los dioses, adoro este lugar —dijo Locke, tamborileando con los dedos en uno de sus muslos—. En ocasiones pienso que toda la ciudad fue creada porque a los dioses les encanta el latrocinio. Los rateros roban a la gente corriente, los comerciantes roban a todos los que pueden engañar, Capa Barsavi roba a los ladrones y a la gente corriente, los nobles de categoría inferior roban a casi todo el mundo, y el duque Nicovante sale en contadas ocasiones con su ejército y roba toda la mierda que puede de Tal Verrar o de Jerem, sin mencionar lo que roba a sus propios nobles y a la gente corriente.

—Todo eso nos convierte a nosotros en ladrones de ladrones —dijo Bicho— que pretenden ser ladrones que trabajan para el ladrón que roba a otros ladrones.

—Sí, para liar aún más las cosas en todo ese maldito cuadro —Locke meditó durante unos segundos mientras se pasaba la lengua por el paladar—. Piensa que es como si cobráramos una especie de arancel secreto a los nobles que tienen más dinero que prudencia. ¡Eh! Ya hemos llegado.

Más abajo de la posada del Hogar Vacilante había un muelle espacioso y bien cuidado que poseía una docena de puntos de amarre, todos libres. La pendiente poco inclinada de aquel lugar apenas tenía tres metros de altura; unos anchos escalones de piedra permitían acceder al nivel de la calle, así como una rampa pavimentada con guijarros para las mercancías y los caballos. Calo Sanza los esperaba a uno de los lados del muelle, vestido apenas mejor que sus compinches, con un caballo apaciguado que se encontraba muy plácido tras él. Locke agitó una mano.

—¿Qué noticias hay? —exclamó Locke. Como Jean manejaba la pértiga con destreza y cuidado, los siete metros que los separaban del muelle no tardaron en reducirse a tres, hasta que finalmente se deslizaron junto a él con un leve roce.

—Galdo ha llevado toda la mercancía a la habitación… es la suite del Bauprés, en el primer piso —dijo Calo en voz baja a modo de respuesta, mientras se inclinaba hacia Locke y Bicho para tomar la soga de amarre de la barcaza.

La piel de Calo era de un color parecido al del licor oscuro y el cabello lo tenía tan negro como un retazo de noche; la tersura de la piel que rodeaba sus ojos oscuros sólo se veía interrumpida por un tenue entrelazado de líneas producidas por su expresión risueña (aunque cualquiera que conociera a los gemelos Sanza hubiera dicho que aquella expresión era más de travesura). Una nariz de factura imposible, por lo afilada y ganchuda, precedía a sus agradables rasgos como un puñal en posición de guardia.

Después de asegurar la barcaza en uno de los puntos de amarre, Calo entregó a Locke una pesada llave de hierro atada a una larga borla de seda trenzada en rojo y negro. En cualquier albergue de calidad, como era el caso del Hogar Vacilante, las puertas de todas las habitaciones privadas estaban protegidas por una cerradura mecánica inserta en una caja (la cual sólo podía quitarse mediante una complicadísima operación que sólo conocían los propietarios) que salía por un hueco practicado en la puerta. A cada habitación alquilada se le asignaba al azar una caja nueva y su correspondiente cerradura; habiendo cientos de cajas similares almacenadas detrás del lustroso mostrador de la recepción, la posada podía garantizar sin error alguno que cualquier ladrón que hiciera copias de las llaves para después forzar las cerraduras perdería el tiempo.

Aquella deferencia también garantizaba la intimidad de Locke y de Jean en lo concerniente a la rápida transformación que iba a tener lugar.

—¡Magnífico! —Locke saltó hacia el muelle con la misma agilidad que había demostrado al embarcar en la barcaza. Jean pasó la pértiga a Bicho y luego hizo que la barcaza se estremeciera cuando le llegó la hora de saltar—. Entremos y saquemos a los invitados de Emberlain.

Mientras Locke y Jean subían los peldaños que habían de llevarles al Hogar Vacilante, Calo le hizo una seña a Bicho para que le echara una mano con el caballo. Aunque la criatura de ojos blancos carecía por completo de miedos y de iniciativa personal, su propia carencia del instinto de conservación podía llevarla a provocar algún daño en la barcaza. Después de algunos minutos de un tira y afloja realizado con el mayor de los esmeros, consiguieron situarla en el centro de la barcaza, donde quedó tan tranquila como una estatua que, casualmente, pudiera respirar.

—Es una criatura adorable —dijo Calo—. Le he puesto el nombre de Impedimento. Puedes usarla como mesa. O para apoyarte en ella.

—Los animales apaciguados me ponen la piel de gallina.

—Estoy de acuerdo contigo —dijo Calo—, aunque los novatos y los blandengues prefieren los caballos apaciguados, y eso es nuestro señor comerciante de Emberlain.

Pasados varios minutos, en el transcurso de los cuales Calo y Bicho mantuvieron un silencio cómplice bajo el sol que los castigaba, comportándose como una tripulación más que aguardaba la llegada de un pasajero de importancia, el cual había de salir de la posada del Hogar Vacilante. Muy poco después, aquel pasajero bajó por las escaleras y tosió dos veces para llamar la atención.

Era Locke, por supuesto, pero cambiado. El cabello se lo había echado hacia atrás con ayuda del aceite de rosas, los huesos de la cara parecían marcársele más en las mejillas y sus ojos se hallaban medio ocultos por unas antiparras ribeteadas con perlas negras que lanzaban destellos plateados bajo la luz del sol.

Se había ataviado con una casaca abotonada, negra y muy ajustada, al estilo de Emberlain, totalmente entallada desde los hombros hasta las costillas y muy ancha a partir de la cintura. Dos cinturones de cuero negro con hebillas de plata muy pulidas circundaban su estómago; una corbata de seda negra de tres puntas, con volantes, rodeaba su cuello para luego flotar en la cálida brisa. Sus calzas bordadas, de color gris, se terminaban en unos zapatos de piel de tiburón con mucho tacón, de los que salían hacia fuera unas cintas negras, quizá de manera absurda, las cuales colgaban encima de sus pies con la languidez de las plantas que suelen tenerse en casa. Las gotas de sudor comenzaban a perlar su frente… el verano de Camorr no propiciaba la invasión de otras modas procedentes de climas mucho más septentrionales.

—Me llamo —dijo Locke Lamora— Lukas Fehrwight —aquella voz firme y precisa, carente de las usuales inflexiones de Locke, añadía, de la misma manera que el tabernero suele mezclar los licores, una pizca del rudo acento de Vadran al acento camorrí que le era propio—. La ropa que llevo se impregnará de sudor en pocos minutos. Me encuentro tan atontado que no necesito ninguna espada para pasearme por Camorr —añadió a modo de indirecta para poner de manifiesto lo mal que se sentía—. Soy completamente de ficción.

—Siento muchísimo escuchar eso, maese Fehrwight —dijo Calo—, pero al menos su caballo y su barcaza se hallan a punto para su gran excursión.

Locke bajó cuidadosamente los escalones para dirigirse a uno de los costados de la barcaza y luego balanceó las caderas como una persona que desconociera los barcos y no estuviera acostumbrada a las superficies que se movían bajo sus pies. Mantenía tiesa la espalda y se movía de un modo remilgado. Llevaba el amaneramiento de Lukas Fehrwight como si llevara puestos encima unos ropajes invisibles.

—Mi asistente llegará en cualquier momento —dijo Locke/Fehrwight mientras él/ambos subía/subían a bordo—. Se llama Graumann, y también él se ve aquejado por un ataque benigno de sentirse imaginario.

—Dioses misericordiosos —dijo Calo—, esto puede ser contagioso.

Jean bajó por la rampa cubierta de guijarros, caminando pesadamente por cargar sesenta kilos de ruidosos arneses de caballo y de paquetes de cuero recamado, a punto de reventar por un contenido sólo a duras penas retenido por las correas que lo mantenían prieto. Jean llevaba una camisa de seda blanca bajo una casaca negra abierta por el pecho, y una pañoleta blanca al cuello. El cabello, que llevaba con raya en medio, lo mantenía tieso gracias a alguna suerte de aceite espeso de color negro; tan pintoresco como pueda suponérsele, las dos almohadillas de algodón que se curvaban por encima de su frente le daban a ésta la impresión de hallarse bajo un tejado.

—Llegamos tarde, Graumann —dijo Locke, dándole una palmada en la espalda—, así que apresúrate y déjale al pobre caballo que haga su trabajo.

Jean cargó sus bártulos sobre el lomo del caballo apaciguado, sin observar ninguna reacción visible por parte del animal. Luego se agachó y apretó las cinchas que estaban bajo el estómago del caballo. Bicho le pasó la pértiga a Calo y éste empujó con ella el muelle, de suerte que la barcaza lo abandonó lentamente.

—No me digas que no sería condenadamente divertido —dijo Calo— que don Lorenzo no cumpliera hoy con su acostumbrado ritual.

—No te preocupes por eso —replicó Locke, abandonando por unos instantes la voz de Lukas Fehrwight, aunque no su postura—, es completamente devoto a la memoria de su madre. La conciencia puede ser tan buena como una clepsidra a la hora de mantener una cita.

—Que los dioses te oigan —Calo manejaba la pértiga con una facilidad que daba gloria ver—. Y que no me despellejen las pelotas si estás confundido. Tú eres el único que lleva a mediados de Parthis una casaca de fieltro negro que pesa cinco kilos.

Siguieron avanzando Angevino arriba hasta que dejaron la parte oeste del distrito del Templo a su derecha y pasaron por debajo de un gran arco de cristal, tal y como querían. A unos quince y pico metros por encima de las aguas, subido en el punto más alto de aquel puente, se encontraba un hombre delgado de cabellos negros cuya apariencia y nariz recordaban a Calo.

Mientras Calo llevaba la barca debajo del arco, Galdo Sanza dejó caer de sus manos una manzana roja a medio comer. La fruta suscitó un ligero chapoteo en el agua cuando cayó a menos de dos metros de donde se encontraba su hermano.

—¡Salvara está en el templo! —exclamó Bicho, al ver la señal.

—Sublime —Locke abrió las manos e hizo una mueca—. ¿No os había dicho que sufría un invencible sentimiento de devoción materna?

—Me complace muchísimo que sólo elijas víctimas de la más alta cualidad moral —dijo Calo—. Escogerlas de entre las peores sería un mal ejemplo para Bicho.

En el muelle público que sobresale de la ribera oeste del distrito del Templo, exactamente debajo de las alturas de la enorme Casa de Iono (Padre de las Tormentas, Señor de las Aguas Codiciosas) que acababa de construirse en la ciudad, Jean atracó en un tiempo récord y luego sacó de la barcaza a Impedimento, que en todo momento se comportó como el caballo de un comerciante acaudalado.

Locke los siguió, dando muestras de la nerviosa dignidad de Fehrwight; las bromas se habían terminado: al igual que les sucede a las brasas de la cocina, sólo quedaban de ellas las cenizas. Bicho atravesó la muchedumbre, ansioso por ocupar el puesto de vigilancia encima del callejón donde la ambición de don Lorenzo Salvara iba a enfrentarse a una tentación aún mayor. Calo descubrió a Galdo después de que éste saliera del puente de cristal y se dirigió a su encuentro como sin darle importancia. Cada uno de los gemelos acariciaba inconscientemente las armas que llevaban ocultas en los bolsillos de sus camisas.

Por el tiempo en que los Sanza iban a su mutuo encuentro, para luego dirigirse hacia lo que debía acontecer en el templo de las Aguas Afortunadas, Locke y Jean se hallaban a una manzana de casas de distancia, acercándose por otra dirección. El juego había comenzado.

Por cuarta vez en muchos años, los Caballeros Bastardos se disponían a darle gato por liebre a una de las personas más poderosas de la ciudad de Camorr. Estaban preparando una entrevista que, si tenía éxito, despojaría a don Lorenzo Salvara de casi la mitad de su cuantiosa hacienda: ahora le tocaba al aristócrata ser puntual.

5

Bicho se encontraba en la posición perfecta para descubrir a la patrulla de a pie antes que nadie. En cierta manera, aquella patrulla también entraba en el plan. Aunque su participación en él supusiera su fracaso.

—Bicho, en este juego tú serás los ojos que lo ven todo desde arriba —Locke le había explicado su parte varias veces, y Jean se la había repetido mil veces en tono burlón—. Hemos decidido deliberadamente establecer el primer contacto con don Lorenzo en la calle menos frecuentada del distrito del Templo. Cualquier observador sobre el terreno sería visto a más de un kilómetro, pero un chico dos pisos más arriba es otra cuestión.

—¿Qué tengo que observar?

—A cualquiera que aparezca. El duque Nicovante y la Compañía del Cristal Nocturno. El rey de los Siete Compañeros. Una viejecita con un furgón de la mierda. Si aparece algún intruso, haz la señal. Quizá puedas distraer a la gente corriente. Si es la Guardia… entonces o disimulamos o echamos a correr como posesos.

Entonces aparecieron seis hombres con casacas de color amarillo mostaza y arneses de combate bien engrasados, provistos de bastones y espadas que tintineaban siniestramente al colgar de los dos cinturones que cada uno de ellos llevaba a la cintura, caminando desde el sur hasta llegar a unas pocas docenas de pasos del templo de las Aguas Afortunadas. Por la trayectoria que llevaban todo indicaba que iban derechos hacia la entrada del callejón de marras; incluso si Bicho avisaba a los demás a tiempo para que Calo escondiera la soga, Locke y Jean seguirían con la mierda hasta el cuello, pues los gemelos, vestidos (a propósito) como bandidos de opereta, el rostro cubierto con pañuelos, no podrían quitarse el disfraz. No había ninguna posibilidad de disimulo: si Bicho hacía la señal, habría que salir pitando.

Bicho pensaba más deprisa que en toda su vida, mientras el corazón le latía con tanta rapidez que era como si alguien se lo rozara al pasar las páginas de un libro que tuviera metido detrás de los pulmones. Tuvo que hacer un esfuerzo por mantener la sangre fría mientras seguía observando, buscando una solución. ¡Enumerar! Necesitaba enumerar las opciones de que disponía.

Pero sus opciones daban pena. Tenía doce años; estaba agachado a una altura de siete metros, en la periferia del jardín salvaje situado en el tejado de un templo poco frecuentado, sin ninguna arma de largo alcance y sin ningún tipo de distracciones interesantes. Don Lorenzo aún seguía ofreciendo sus respetos a los dioses de su madre dentro del templo de las Aguas Afortunadas; la única gente a la vista eran sus compañeros, los Caballeros Bastardos, y la sudorosa patrulla que iba a fastidiarles el día.

Aguarda.

Veinte metros más abajo y dos a la derecha de Bicho, apoyado contra el muro de la desvencijada estructura sobre la que se agazapaba, había un montón de basura. Daba la impresión de que eran unos cuantos sacos de arpillera mohosos y un surtido variopinto de mugre pardusca.

Lo más prudente era hacerles la señal a los otros y que salieran pitando; Calo y Galdo se habían hecho viejos jugando al escondite con los casacas amarillas, así que podrían dejarlo y volver a intentar el juego a la semana siguiente. Quizá. Quizá el juego fallido de aquel día pudiera alarmar a alguien y hacer que el lugar se poblara de patrullas durante las próximas semanas. Quizá corriera la noticia de que el distrito del Templo no era tan seguro como debiera. Quizá Capa Barsavi, acuciado por los problemas que tenía, se soliviantara por un alboroto que no había autorizado y decidiera tomar cartas en el asunto. Y entonces sería como si todo el dinero de don Lorenzo se hubiera marchado a las puñeteras lunas, pues los Caballeros Bastardos no podrían ponerle la mano encima.

No, no cabía la prudencia. Bicho tenía que vencer. La presencia de aquel montón de basura le permitía acometer una estupidez tan grande como gloriosa.

Ya estaba en el aire antes de que cualquier otro pensamiento se le pasara por la imaginación. Estaba en el aire con los brazos extendidos, cayendo de espaldas, mirando hacia arriba bajo el cielo, casi en el ardiente mediodía, confiando, con la seguridad que le daban sus doce años de edad, en que la muerte y las heridas eran cosas que sólo les estaban reservadas a los que no eran como él, Bicho. Gritó mientras caía, presa de una exaltación salvaje, para asegurarse de que contaba con la inquebrantable atención de la patrulla de a pie.

En la segunda mitad del último segundo de su caída pudo sentir la enorme sombra del suelo acercándose a él, y en aquel instante vislumbró una silueta oscura que se recortaba contra el aire que estaba justo encima del templo de las Aguas Afortunadas. Una silueta tersa y hermosa, también consistente… ¿un ave? ¿Algún tipo de gaviota? En Camorr no había aves de aquel tamaño, y, por supuesto, ninguna que se moviera tan rauda como la saeta de una ballesta, y…

El impacto contra la superficie ligeramente flexible del montón de basura vació el aire de sus pulmones con un ruido que sonó parecido a ¡fuuu!, y lanzó su cabeza hacia delante. Su barbilla afilada rebotó contra su pecho menudo; sus dientes crearon pocillos de sangre en su lengua y el cálido sabor de la sal saturó su paladar. Volvió a gritar, en aquella ocasión de forma involuntaria, y escupió sangre. Le pareció que el cielo giraba de izquierda a derecha, como si el mundo estuviera intentando crear nuevas perspectivas antes de contar con su aprobación.

Unos pies calzados con botas corrieron sobre el pavimento, acompañados por los crujidos y tintineos de las armas y los arneses. Un rostro rubicundo de mediana edad con dos mostachos caídos y empapados de sudor se interpuso entre Bicho y el cielo.

—¡Por las pelotas de Perelandro, muchacho! —el guardia parecía tan asustado como preocupado—. ¿Qué coño hacías saltando desde ahí arriba? Eres muy afortunado por haber caído en este sitio.

Hubo unos murmullos entusiastas de asentimiento procedentes de la escuadra de casacas amarillas que se arracimaban alrededor del que había hablado. Bicho pudo percibir el olor de su sudor y de sus arneses bien engrasados, así como el aroma de la porquería que había detenido su caída. Es evidente que si en Camorr te tiras de un salto encima de un fortuito montón de basura, no tardarás en descubrir que no puede oler a rosas. Bicho sacudió la cabeza para despejarla de las lucecitas blancas que bailaban detrás de sus ojos y retorció las piernas para asegurarse de que aún le servían. No parecía haberse roto nada, gracias a los dioses. Cuando todo aquel asunto se hubiera terminado, volvería a reconsiderar sus pretensiones a la inmortalidad.

—Sargento de la Guardia —dijo Bicho con un susurro apagado, mientras dejaba que le saliera de los labios un poco más de sangre (maldición, le dolía la lengua)—. Sargento de la Guardia…

—¿Sí? —aquel hombre abrió unos ojos como platos—. Chico, ¿puedes mover los brazos y las piernas? ¿Qué sientes?

Bicho levantó las manos casi involuntariamente, pues no fingía del todo que estaba conmocionado, ya que algo sí que lo estaba, y se agarró al arnés del sargento de la Guardia como para recobrar la entereza.

—Sargento de la Guardia —añadió pocos segundos después—, su bolsa es mucho más ligera de lo que debería. ¿Acaso nos fuimos de putas anoche?

Y agitó la pequeña bolsa de cuero justo debajo de los negros mostachos del sargento de la Guardia, y la parte de su alma entregada al latrocinio (que, para ser honestos, era casi toda ella) se regocijó sobremanera al contemplar la mirada de absoluta incredulidad que floreció en los ojos de aquel hombre. Durante una fracción de segundo, el dolor que Bicho sentía a causa de su aterrizaje imperfecto en el montón de basura quedó atrás. Entonces su otra mano apareció como por arte de magia, y su torzal de huérfano alcanzó al sargento de la Guardia entre los dos ojos.

Un torzal de huérfano, también llamado «pequeño custodio rojo», es un saquito pesado que tiene el mismo efecto que una coz en miniatura, el cual suele ocultarse entre las ropas (pero sin tocar jamás la piel). Por lo general, está lleno de tierra mezclada con las semillas de las doce guindillas más célebres, por picantes, de Camorr, y con unos cuantos desechos repugnantes de las tiendas de algunos alquimistas negros. No se emplea en caso de amenaza real, sino contra cualquier otro golfillo callejero. O contra ciertos adultos de manos largas.

O contra un rostro desprotegido a muy poca distancia.

Como Bicho había comenzado a girarse hacia la izquierda, la fina lluvia de polvo coloreado de rojo que brotó de su torzal no le alcanzó por unos centímetros. El sargento de la Guardia no fue tan afortunado; el golpe fue tan certero que dispersó aquel polvo infernal dentro de su nariz y encima de sus ojos. Lanzó una retahíla de estertores blandos, auténticamente sorprendentes, y cayó de espaldas, arañándose las mejillas con las manos. Bicho ya se había puesto de pie y corría con la vertiginosa elasticidad de la juventud; incluso el acuciante dolor que sentía en la lengua lo había olvidado temporalmente ante la necesidad imperiosa de correr como alma que llevara un diablo.

Para aquel entonces era evidente que la atención de todos los miembros de la patrulla de a pie se concentraba en él. Gritaban y corrían a saltos hacia él, mientras sus piececitos sopesaban los guijarros del suelo y su boca tragaba a borbotones el aire húmedo. Había cumplido su parte para que el juego pudiera proseguir. Ahora podía abandonarlo, mientras la policía del Duque cumplía su entrenamiento vespertino.

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