Las mentiras de Locke Lamora

Las mentiras de Locke Lamora


Libro I » Capítulo 1 » 8

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Un guardia, uno que pensaba ciertamente deprisa, se llevó el silbato a la boca y sopló en él con sonido desigual mientras no dejaba de correr: tres soplidos cortos, una pausa, y otros tres cortos. Que venga la Guardia. ¡Oh, mierda! Aquello traería a la carrera a los casacas amarillas de media ciudad con las armas en ristre. Traerían ballestas. Era de importancia más que capital que Bicho consiguiera mantener a aquella escuadra en sus talones antes de que las demás decidieran enviar observadores a lo alto de los tejados. La premonición que había tenido al suponer que la cacería sería divertida acababa de esfumarse; disponía de poco más de minuto y medio para llegar a uno de sus escondrijos habituales y desaparecer en él.

Entonces, de repente, la lengua comenzó a dolerle muchísimo.

6

Don Lorenzo Salvara salió del pórtico del templo y se adentró en la fortísima luz cegadora del sol de mediodía en su apogeo, sin imaginarse la lección que, en lo concerniente al concepto de demasiado listo y con creces, cierto chico-ladrón estaba recibiendo en aquel mismo distrito. El sonido agudo de los silbatos de los guardias se escuchó a cierta distancia. Salvara aguzó la mirada y observó con cierta curiosidad la figura distante de uno de los guardias de la ciudad que se tambaleaba por el suelo empedrado y que, ocasionalmente, chocaba contra las paredes, agarrándose la cabeza como si tuviera miedo de que abandonase, flotando, su cuello y se perdiera en el cielo.

—¿Podéis creerlo, mi señor? —Conté acababa de traer los caballos después de que éstos se hubieran paseado por el discreto establo al que se entraba por una de las paredes del templo—. Tan borracho como un recién nacido metido en una cuba de cerveza, y apenas pasan unos segundos del mediodía. Maldito montón de memos, esos nuevos guardias. —Conté era un hombre de mediana edad muy curtido por el sol, que tenía la cintura de un bailarín dedicado a su profesión y los brazos del que se ha dedicado toda su vida a remar. La actividad que cumplía para el joven caballero era tan obvia que el par de larguísimos estiletes que pendían de sus trinchas de cuero parecía redundante.

—Demasiado para los antiguos usos a los que estás acostumbrado, ¿no es así?

El noble, por otra parte, era uno de esos jóvenes agraciados de rancia sangre camorrí, de cabellos negros y piel del color de la miel oscura. Su rostro masivo era plácido por su redondez, aunque fuera enjuto de cuerpo; su mirada era lo único en él que hacía pensar que su dueño no era ningún joven estudiante universitario disfrazado de noble. Tras sus gafas de diseño sin armadura, aquel caballero tenía la mirada del arquero que se impacienta por no conseguir un blanco. Con un bufido, Conté añadió:

—En mis tiempos al menos sabíamos que comportarse como una mierda era un pasatiempo de puertas adentro —Conté pasó al noble las riendas de su montura, una delgada yegua gris no mayor que un pony y muy bien entrenada, aunque no apaciguada. Precisamente el mejor animal para echarse unos cuantos trotes por una ciudad mejor pensada para las barcas (o para los acróbatas, como su esposa se lamentaba con frecuencia) que para los caballos. El guardia tambaleante desapareció por una esquina, dirigiéndose con paso impreciso hacia donde sonaba el apremiante ruido de los silbatos. Cuando le pareció que éste se alejaba, el señor de Salvara se encogió de hombros y llevó su cabalgadura hacia la calle.

Una vez en ella, la segunda curiosidad de aquel día se desplomó sobre ellos en toda su gloria. Cuando el aristócrata y su hombre de confianza apenas habían girado a la derecha, contemplaron el callejón encajado entre altos muros que se encontraba junto al templo de las Aguas Afortunadas… donde dos hombres bien vestidos intentaban salvar sus vidas de una pareja de matones.

El señor de Salvara se quedó helado, inmóvil por la sorpresa… ¿unos asesinos enmascarados en el distrito del Templo? ¿Unos asesinos enmascarados a punto de asfixiar a un hombre vestido de negro, a la moda, incómoda, abrumadora y miserablemente inadecuada, de uno de los naturales de Vadran? ¡Por los Doce misericordiosos! Y un caballo apaciguado estaba viéndolo todo sin hacer más que quedarse quieto.

Después de muchos segundos perdidos por el asombro que sentía, el noble aflojó las riendas de su caballo y cabalgó hacia la entrada del callejón. No necesitaba mirar hacia los lados para saber que Conté cabalgaba casi pegado a él, los cuchillos preparados.

—¡Vosotros! —la voz del noble sonaba razonablemente segura, aunque chillona por la excitación—. ¡Soltad a esos hombres y largaos!

El criminal más cercano movió la cabeza en redondo; sus ojos negros se abrieron como platos bajo la máscara improvisada cuando vio acercarse al noble y a Conté. El asesino alzó en vilo a su víctima de rostro abotagado e interpuso su cuerpo entre él mismo y quienes querían entrometerse.

—No hay necesidad alguna de que os inmiscuyáis en mis asuntos, mi señor —dijo el criminal—. Sólo es una pequeña diferencia de pareceres. Un asunto privado.

—Que quizá debieras haber tratado en un lugar menos público.

El criminal intentó dar una imagen de sí mismo más exasperada cuando añadió:

—¿Acaso queréis decir que el Duque os entregó este callejón en propiedad? Dad un paso más y le romperé el cuello a este pobre bastardo.

—Pues rómpeselo —como aviso, el señor de Salvara llevó su mano al pomo de la empuñadura de cazoleta de su estoque—. Da la casualidad de que mi criado y yo dominamos la única salida de este callejón. Estoy seguro de que aún te durará la alegría de haber matado a este hombre cuando tengas un metro de acero en el gaznate.

El primer asesino no aflojó la tensión de la cuerda con que atenazaba a su, apenas consciente, víctima, sino que comenzó a retroceder muy despacio hacia el final del callejón, arrastrando torpemente al hombre vestido de negro. El otro asesino que le acompañaba se apartó de la forma tumbada del hombre al que había estado pataleando. Ambos bandidos enmascarados se lanzaron sendas miradas de inteligencia.

—¡Amigos, no seáis estúpidos! —don Lorenzo desenvainó a medias su estoque y el sol relució esplendente en su hoja de magnífico acero camorrí, mientras Conté se acuclillaba para dar un salto, pasando a la postura de caza de quien no sólo era un luchador de cuchillo nato sino que se había entrenado para serlo.

Sin mediar más palabras, el primero de los asesinos lanzó a su víctima hacia donde se encontraban Conté y don Lorenzo. Mientras el infortunado individuo vestido de negro se agarraba entre vahídos a quienes le habían rescatado, los dos criminales enmascarados huyeron por el muro de la parte posterior del callejón. Conté evitó al jadeante y estremecido hombre de Vadran y se lanzó hacia ellos, pero eran tan ágiles como astutos. Apenas visible, una soga delgada pendía a lo largo del muro, con nudos a intervalos regulares. Los dos asesinos subieron por ella y desaparecieron al otro lado. Conté y sus estiletes llegaron dos segundos tarde. El otro extremo de la soga asomó por encima del muro y aterrizó con un sonido seco en la costra de mugre que había a sus pies.

—¡Jodidos, vagos e inútiles bastardos! —con la familiaridad que le daba la fuerza de la costumbre, el hombre de Salvara devolvió los estiletes a sus vainas y se inclinó sobre el cuerpo pesado, por lo inerte, que aún yacía en medio de la suciedad del callejón. Dio la impresión de que la mirada irreal y vacía del caballo apaciguado siguió sus dedos cuando éstos se movieron apresurados sobre el grueso cuello de aquel hombre para intentar descubrir su pulso—. ¡Guardias que se tambalean, borrachos, a la luz del día, y mira lo que sucede en el maldito distrito del Templo cuando la cagan…!

—¡Oh, gracias a los Compañeros! —dijo, medio ahogándose, el hombre vestido de negro mientras se quitaba del cuello la soga y la tiraba al suelo. El señor de Salvara pudo ver entonces que sus ropas eran de gran calidad, a pesar de sus manchones de mugre y de lo poco que se adecuaban a la estación del año… excelentemente cortadas por un profesional de la sastrería y adornadas con una sutileza que, aunque cara, nada tenía de opulenta—. Gracias a lo Salado y a lo Dulce. Gracias a las Manos Bajo las Aguas… esos bastardos nos atacaron en este lugar repleto de poder cuyas corrientes nos trajeron su ayuda.

El therinés del hombre era preciso, aunque con un acento muy marcado, y su voz ronca, lo cual era lógico. Masajeó con una mano las rozaduras de su cuello y abrió y cerró los ojos mientras pasaba la otra mano por encima de la suciedad que le cubría, como si buscara algo.

—Creo que puedo ayudarle una vez más —dijo don Lorenzo con una perfecta entonación del idioma vadraní, tan precisa y con tanto acento como la que había empleado el hombre que tenía frente a sí. Luego recogió del suelo unas gafas con montura de perlas (notando que, a pesar de la robustez de su construcción, casi no pesaban… un par de gafas excelentes y, además, muy caras) y las limpió con la manga de su propia casaca escarlata antes de tendérselas a aquel hombre.

—¡Y habla en vadraní! —el extranjero acababa de hablar en la lengua que le era propia con una fluidez y acento perfectos, al menos a los oídos de don Lorenzo. El hombre vestido de negro se ajustó las gafas a los ojos y parpadeó, mirando luego a quien le había rescatado—. ¡Ahora el milagro es completo, mucho más de lo que me hubiera imaginado! ¡Oh! ¡Graumann!

El vadraní vestido de negro se levantó titubeante y tropezó con su compañero. Como Conté había intentado darle la vuelta al corpulento extranjero, éste yacía ahora de espaldas, y su pecho, lleno de suciedad al moverse por el suelo, subía y bajaba con regularidad.

—Es evidente que aún vive —Conté deslizó las manos a lo largo de la caja torácica y del estómago de aquel pobre individuo—. No creo que se le haya roto o dislocado nada, aunque los moratones, que se le pondrán verdes, le durarán varias semanas. Si no se le ponen verdes como el agua del estanque y luego negros como la noche, es que no tengo ni puñetera idea de cómo son las tartas de flan.

El vadraní delgado, el que estaba bien vestido, dejó escapar un largo suspiro de tranquilidad.

—Tartas de flan, además. Realmente, los Compañeros son de lo más generosos. Graumann es mi ayudante, mi secretario, mi diligente mano derecha. Pero ¡ay!, no es ducho en el manejo de las armas, lo cual me pone en más de un aprieto —el extranjero había vuelto a hablar en therinés y miraba a don Lorenzo con ojos muy abiertos—. Y ahora os diré con toda sinceridad que perdonéis mi descortesía, pues vos habéis de ser uno de los nobles de Camorr —e hizo una reverencia aún mayor de lo que la etiqueta exigía a los extranjeros a la hora de saludar a uno de los nobles del Sereno Ducado de Camorr, al punto de que poco le faltó para romperse el espinazo.

»Me llamo Lukas Fehrwight, servidor de la Casa de Bel Auster, del cantón de Emberlain y del Reino de los Siete Compañeros. Estoy por entero a vuestro servicio y completamente agradecido por encima de cualquier elogio a causa de lo que hoy habéis hecho por mí.

—Yo soy Lorenzo, señor de Salvara, y éste el Conté, mi hombre de confianza; somos nosotros quienes estamos a su servicio, sin que usted se sienta obligado a estar al nuestro —el noble cumplió la reverencia debida con el ángulo de inclinación correcto y extendió la mano derecha a modo de invitación—. En cierto sentido, soy responsable de la hospitalidad de Camorr, y lo que les sucedía aquí no era nada hospitalario. Mi honor me obligaba a acudir en su ayuda.

Fehrwight estrechó el brazo del noble, justo más arriba de la muñeca, y el noble hizo lo mismo. Don Lorenzo tuvo la deferencia de achacar la poca fuerza del apretón de Fehrwight al hecho de que éste había estado a punto de morir estrangulado. Cuando Fehrwight bajó la frente hasta tocar suavemente con ella el dorso de la mano del noble, aquella ceremonia de cortesía que acababa de establecerse entre ambos quedó finalizada.

—Permitidme que disienta —dijo—. Os acompaña un hombre implacable que parece ser muy competente. Vuestro honor hubiera quedado a salvo sólo con enviarlo en nuestra ayuda, mientras os mantenías a la expectativa por si os veías obligado a luchar. Desde donde yo estaba, me pareció ver que corría para protegeros. Puedo aseguraros que mi perspectiva de lo sucedido, aunque muy poco confortable, era excelente.

El noble movió la mano con gentileza, como si pudiera borrar con ella las palabras que habían quedado prendidas en el aire.

—Maese Fehrwight, lamento muchísimo que se hayan escapado. Es casi imposible que pueda hacerse justicia con ustedes. Por eso mismo, les ofrezco mis disculpas en nombre de Camorr.

Fehrwight se arrodilló junto a Graumann y jugueteó con los cabellos negros que, empapados de sudor, cubrían la frente del hombretón.

—¿Justicia? Soy afortunado por seguir vivo. He sido bendecido con un viaje sin problemas, al menos hasta llegar a esta ciudad, y con vuestra ayuda. Sigo vivo para proseguir mi misión, y eso me hace sentir que la justicia funciona bastante bien —aquel hombre delgado miró de nuevo a don Lorenzo—. ¿No seréis vos ese señor de Salvara que es el propietario de Viñedos Nacozza? ¿No estaréis casado con doña Sofía, la famosa alquimista botánica?

—Tengo ese honor y ese placer —dijo don Lorenzo—. Y, ¿dice usted que sirve a la Casa de Bel Auster? ¿No tratará con… ah…?

—Sí, claro que sí, sirvo precisamente a esa Casa de Bel Auster; me ocupo de la venta y del transporte de esa sustancia en la que estáis pensando. Es, realmente, muy curioso. Los Compañeros juegan conmigo; las Manos deben querer que me muera del susto al ver tan extraña maravilla. Que me salvarais la vida, que habléis vadraní, que ambos nos dediquemos a los mismos negocios… es algo extraordinario.

—Yo también lo encuentro extraordinario, aunque bastante enojoso —don Lorenzo echó un vistazo al callejón mientras pensaba—. Mi madre era de Vadran, lo que explica que me guste hablar su lengua, aunque no la hable más que torpemente. ¿Qué estaban haciendo aquí? La soga del muro indica cierta premeditación, y el distrito del Templo… bueno, por lo general es tan seguro como la sala de lectura del propio Duque.

—Llegamos esta mañana —dijo Fehrwight—, y después de reservar nuestras habitaciones (en la posada del Hogar Vacilante, seguro que la conocéis) nos vinimos derechos hasta aquí para hacer una ofrenda en agradecimiento por haber hecho el viaje sanos y a salvo desde Emberlain. No sé de dónde salieron esos hombres —Fehrwight caviló durante unos instantes—. Creo que uno de ellos echó aquella cuerda por encima del muro después de derribar a Graumann. Aunque parecían precavidos, no preparaban una emboscada contra nosotros.

Don Lorenzo emitió un gruñido y centró su atención en la inexpresiva mirada del caballo apaciguado.

—Curioso. A la hora de hacer ofrendas, ¿siempre acude al templo con caballos y mercancías? Si esos arzones están tan llenos como parece, no es de extrañar que los criminales se sintieran tentados al verlas.

—Por lo general, las mercancías se quedan en la posada, encerradas a cal y canto —Fehrwight dio a Graumann dos amistosas palmadas en el hombro y prosiguió—. Pero, en lo concerniente al cargamento de la presente misión, me veía en la necesidad de tenerlo siempre conmigo. Así que ahora me temo que fuéramos un blanco tentador —Fehrwight se rascó la barbilla varias veces seguidas—. Me siento en deuda con vos, don Lorenzo, y temo tener que molestaros al pedir una vez más vuestra ayuda. Aunque tenga que ver con la misión que ahora debo cumplir en Camorr. Puesto que sois un noble, ¿conocéis a un tal señor de Jacobo?

Los ojos de don Lorenzo se quedaron fijos en Fehrwight mientras fruncía de modo imperceptible una de las comisuras de sus labios.

—Sí, lo conozco —se limitó a decir después de un tenso silencio que duró varios segundos.

—Del tal señor de Jacobo… se dice que es muy rico. Extremadamente rico, incluso para un noble.

—Es… cierto.

—Se dice que le gusta la aventura. Incluso la que supone cierto riesgo. Que… no sé cómo decirlo, que tiene cierto buen ojo para las oportunidades extrañas. Que tolera muy bien el riesgo.

—Quizá ésa sea una manera de describir su carácter.

Fehrwight se humedeció los labios.

—Don Lorenzo… es importante… si todo eso que se dice de él es cierto… ¿no podríais vos (dada vuestra condición de noble de Camorr) concertarme una entrevista con el señor de Jacobo? Me sonroja el pedíroslo, pero más me sonrojaría fracasar en la misión encomendada por la Casa de Bel Auster.

El señor de Salvara sonrió sin una pizca de humor y volvió la cabeza durante varios segundos como mirando a Graumann, que seguía descansando encima de la porquería del suelo. Conté se había puesto en pie y miraba directamente a los ojos del noble con expresión de incredulidad.

—Maese Fehrwight —dijo, finalmente, el noble—, ¿ignora que Paleri Jacobo sea, posiblemente, mi mayor enemigo? ¿Que ambos nos hemos batido dos veces y que sólo una orden del mismísimo duque Nicovante evitó que zanjáramos nuestras diferencias de una vez y para siempre?

—Oh —dijo Fehrwight con el tono y la expresión del hombre que acaba de dejar caer una antorcha en un barril lleno con más de doscientos litros de aceite de lámparas—. Qué torpeza, qué estupidez la mía. Aunque no es la primera vez que hago negocios en Camorr, ignoraba… Os he insultado. Os he exigido demasiado.

—Apenas —el tono de don Lorenzo volvía a ser cálido mientras tamborileaba con los dedos de la mano derecha la empuñadura de su estoque—. Pero usted está aquí para cumplir una misión en nombre de la Casa de Bel Auster. Lleva un cargamento que no quiere perder de vista. Veo que, de algún modo, se ha fijado un plan en lo concerniente al señor de Jacobo… aunque aún sigue necesitando disponer de una audiencia formal con él. Así pues, es evidente que él no sabe que usted está aquí ni que ha hecho planes para verle, o ¿sí lo sabe?

—Me temo que… no puedo hablar de mis asuntos…

—Pero sus asuntos son evidentes —dijo don Lorenzo con una cordialidad más que innegable— y, ¿acaso no ha insistido en decir que estaba en deuda conmigo, maese Fehrwight? Y, a pesar de que yo insistiera en lo contrario, ¿no ha insistido en que se sentía obligado para conmigo? ¿Y ahora va a prescindir de dicha obligación?

—Yo… señor… con la mejor de las voluntades… ¡condenación! —Fehrwight estaba muy agitado—. Me siento avergonzado, don Lorenzo. Me encuentro ante el dilema de cumplir con la obligación que debo al hombre que me salvó la vida o con la promesa que hice a la Casa de Bel Auster de mantener este asunto del modo más privado que fuera posible.

—No puede cumplir ambas cosas al tiempo —dijo el noble— y quizá yo pueda ayudarle directamente en la consecución de los negocios de sus superiores. ¿No lo comprende? Si el señor de Jacobo no sabe que está aquí, ¿cómo puede sentirse en deuda con él? Es evidente que ha venido a este lugar con un negocio en mientes. Un plan, un esquema, una proposición de alguna suerte. Está aquí para comenzar algo o, de otro modo, ya habría establecido algún tipo de contacto. Así pues, no se enfade consigo mismo, pues todo lo que le digo es lógico. ¿Estoy en lo cierto?

Fehrwight miró al suelo y asintió a regañadientes.

—¡Vaya, tenía razón! Aunque no tengo tanta fortuna como el señor de Jacobo, dispongo de unos fondos bastante notables. Sus negocios se complementan con los míos, ¿no es así? Espéreme mañana a bordo de mi barcaza durante la Fiesta Cambiante. Haga entonces su propuesta, pero a mí; luego la discutiremos —los ojos de don Lorenzo refulgieron con un brillo malicioso que prevalecía contra el fulgor del sol que estaba en lo alto—. Y puesto que se encuentra en deuda conmigo, repárela diciendo que sí. Luego, ya libre usted de esa deuda, ambos hablaremos de negocios e intentaremos sacar lo que más nos beneficie. ¿No ve que tengo un especial interés en quitarle al señor de Jacobo cualquier negocio que usted quiera ofrecerle, incluso aquellos de los que ni siquiera haya oído hablar? ¿Y que, sobre todo, si ni siquiera se entera de ellos, jamás podrá sentirse molesto con usted? ¿Acaso le parezco demasiado atrevido? Veo que pone cara larga, como si acabaran de hacerle algún encantamiento. ¿Qué es lo que no va?

—No sois vos, don Lorenzo. Es, simplemente, que las Manos vuelven a mostrarse generosas conmigo una vez más. Tenemos un dicho: «La buena fortuna que llega hasta uno sin merecérsela, siempre esconde una trampa».

—No se preocupe, maese Fehrwight. Si, realmente, quiere discutir de negocios, no debe olvidar que a lo largo del camino nos aguardarán trabajos duros y problemas amargos por resolver. Así pues, ¿cerramos el trato? ¿Comerá conmigo mañana y asistirá a la Fiesta Cambiante para que ambos lo discutamos?

Fehrwight tragó saliva, mirando a don Lorenzo a los ojos, y asintió con decisión.

—Vuestra proposición tiene mucho sentido. Y quizá nos ofrezca a ambos una gran oportunidad. Aceptaré vuestra hospitalidad y os lo contaré todo. Mañana, como decís. Aguardaré impaciente ese momento.

—Ha sido un placer conocerle, maese Fehrwight —dijo don Lorenzo con una inclinación de cabeza—. ¿Podemos levantar del suelo a su amigo y escoltarles hasta su posada para asegurarnos de que no les sucedan posteriores quebrantos?

—Vuestra compañía será de lo más placentera siempre que vigiléis un instante al pobre Graumann y a nuestro cargamento mientras yo hago la ofrenda en el templo —Locke extrajo un paquete de cuero del revoltijo de mercancías y cajas que soportaba el caballo—. La ofrenda tendrá que ser más sustanciosa de lo que había planeado. Espero que mis superiores comprendan que las oraciones de acción de gracias son un gasto indispensable para la consecución de nuestros negocios.

7

El regreso al Hogar Vacilante fue lento, pues Jean se esmeró en mostrar su miseria, desorientación y confusión. Si la vista de aquellos dos extranjeros vestidos con demasiada ropa y manchados de barro, y de los tres caballos, todos ellos escoltados por un noble, le pareció a alguien inusual, no hay duda de que guardó para sí sus comentarios y de que reservó sus miradas para la espalda de don Lorenzo. A lo largo del camino dejaron atrás a Calo, que caminaba distraídamente vestido de jornalero. Hizo con las manos unas señas rápidas y cargadas de significado. Como no sabía nada de Bicho, tomaría posiciones en uno de los sitios preparados de antemano para el reencuentro. Y rezaría.

—¡Lukas! ¡No puede ser! ¡Pero si es Lukas Fehrwight!

Mientras Calo desaparecía entre la muchedumbre, Galdo apareció de repente, vestido con el algodón y la seda brillante de un próspero comerciante camorrí; sólo su casaca, gastada y casi rota, era lo único en peor estado que la barcaza que aquella mañana había transportado a los Caballeros Bastardos. Nada había en él que pudiera recordar, al noble o a su hombre, a los estranguladores del callejón; sin máscara, con el cabello recogido bajo un pequeño sombrero redondo, Galdo era la auténtica reencarnación de la respetabilidad física y fiscal. Giró con rapidez un pequeño bastón laqueado y avanzó hacia la pequeña partida que capitaneaba don Lorenzo, sonriendo de oreja a oreja.

—¿Cómo… Evante? —el Locke que era Fehrwight se detuvo y se le quedó mirando como atónito; entonces adelantó una mano para estrechar la del recién llegado—. ¡Que… sorpresa tan agradable!

—Del todo, Lukas, del todo… pero ¿qué diablos te ha sucedido? ¿Y a ti, Graumann? ¡Parece como si acabarais de perder una pelea!

—Ah, la hemos perdido —Locke bajó la mirada y se restregó los ojos—. Evante, ha sido una mañana muy peculiar. Grau y yo estaríamos muertos de no ser por el extraordinario guía que se encuentra ante ti —y acercando a Galdo hacia sí, Locke señaló al noble con una mano—. Mi señor de Salvara, ¿puedo presentaros a Evante Eccari, secretario legal de vuestro distrito de Razona? Evante, he aquí a don Lorenzo Salvara. De Viñedos Nacozza, si es que aún sigues preocupándote por esas propiedades.

—¡Por los Doce! —Galdo se despojó del sombrero e hizo una profunda reverencia—. Un noble, debería haberos reconocido inmediatamente, señor.

Mil perdones, Evante Eccari enteramente a vuestro servicio.

—Es un placer, maese Eccari —con gran desenfado, don Lorenzo se inclinó justo lo que debía y fue a estrecharle la mano al recién llegado, lo que significaba que no tendría en cuenta su exagerada reverencia ni las incorrecciones que pudiera cometer en el transcurso de la conversación—. Vaya, ¿así que, entonces, conoce a maese Fehrwight?

—Lukas y yo ya nos conocíamos, mi señor —dijo, y sin darle la espalda a don Lorenzo, apartó con muchos remilgos una pizca de barro seco de los hombros de la casaca negra de Locke—. Le he quitado casi todo el trabajo al Meraggio, haciendo el papeleo y las licencias para nuestros amigos del norte. Lukas es uno de los mejores y más brillantes de Bel Auster.

—Vamos —Locke tosió y sonrió con cara de bobo—. Evante toma las leyes y regulaciones más interesantes de vuestro ducado y las traduce a un therinés muy sencillo. Fue mi salvación en anteriores aventuras. Da la impresión de que tengo talento para caer en las trampas de Camorr y también para encontrar a buenos camorríes que me ayuden a librarme de ellas.

—Pocos clientes podrían describir lo que hago con términos más elogiosos. Pero ¿qué significan estas manchas y abrasiones? ¿Dijiste algo de una pelea?

—Sí. Tu ciudad tiene algunos ladrones, ah, muy emprendedores. Don Lorenzo y su hombre de confianza acaban justo de echar a dos de ellos. Temía que Graumann y yo acabáramos llevándonos la peor parte.

Galdo se acercó a Jean y le dio una palmada amistosa en la espalda; la mueca de Jean fue del más puro teatro.

—¡Por los Doce Dioses! Mis cumplidos, mi señor de Salvara. Lukas es lo que podríais llamar una buena cosecha, aunque no sea lo suficientemente sabio para dejar esas tontas lanas de invierno. Me siento profundamente obligado a vos por lo que habéis hecho, y estoy a…

—Suficiente, señor, suficiente —don Lorenzo alzó una mano en alto, con la palma hacia fuera, mientras llevaba la otra al cinturón del que pendía su estoque—. Hice lo que exigía mi posición, no más. Y esta mañana ya tengo demasiados reconocimientos orbitando a mi alrededor.

Después de aquello, don Lorenzo y «maese Eccari» se defendieron con evasivas durante algún rato, mientras, eventualmente, Galdo se libró con la versión más educada de «Gracias, pero me tengo que largar».

—Bueno —dijo, finalmente—. Ha sido una sorpresa maravillosa, pero me temo que me está aguardando un cliente, y es evidente, mi señor de Salvara, que vos y Lukas tenéis que hablar de negocios en los que no debo inmiscuirme. ¿Tengo vuestra venia?

—Claro que sí. Ha sido un placer, maese Eccari.

—El placer ha sido mío, os lo aseguro, mi señor. Lukas, si tienes un rato libre, ya sabes donde encontrarme. Y, si acaso mis pobres conocimientos son de alguna utilidad para tus asuntos, ya sabes que acudiré corriendo…

—Por supuesto, Evante —Locke tomó su mano derecha entre las suyas y la estrechó con mucho entusiasmo—. Sospecho que, antes o después, acabaremos necesitando tu ayuda —y luego se pasó un dedo por el caballete de la nariz; Galdo asintió y entonces tuvo lugar un intercambio general de reverencias y de estrecharse las manos, así como las demás cortesías que suelen emplearse a la hora de librarse de alguien. Mientras Galdo se iba a toda prisa, le hizo unas cuantas señas que disfrazó como si quisiera ajustarse el sombrero, las cuales significaban:

No sé nada de Bicho. Echa un vistazo, a ver si lo encuentras.

Don Lorenzo se le quedó mirando pensativo durante unos segundos y luego se volvió hacia Locke mientras éste reanudaba el camino hacia el Hogar Vacilante. Durante algún tiempo intercambiaron algunas palabras, muy pocas. En su papel de Fehrwight, Locke parecía un tanto turbado por el desliz de «Eccari», así que fingió un humor un tanto alicaído que adjudicó a un incipiente dolor de cabeza debido al estrangulamiento frustrado. Don Lorenzo y Conté dejaron a ambos Caballeros Bastardos en los jardines de pomelos que estaban al lado del Hogar Vacilante, aconsejándoles que descansaran profundamente aquella noche y posponiendo para el día siguiente los asuntos que les aguardaban.

Después de que Locke y Jean se encontraran a solas en la seguridad de su suite (y de que Jean se quitara de los hombros el arnés lleno de «preciados» bienes) y se despojaran de las elegantes ropas llenas de barro, comenzaron a pensar en la ropa con la que podrían disfrazarse a toda prisa para acudir a los puntos de encuentro donde podía estar esperándoles Bicho, por si acaso le había sucedido algo.

En aquella ocasión, la rápida silueta negra, que de tejado en tejado saltaba en silencio, los abandonó sin que ellos se percataran de su presencia.

8

La Falsa Luz comenzaba a desvanecerse. El Viento del Ahorcado y la bruma que surgía de las marismas hicieron que a Calo y a Galdo se les pegaran las ropas y que se condensara rápidamente el humo del tabaco que fumaban, medio ocultándolos en una catarata de luz gris. Los gemelos, cubiertos con sus capuchas y sudorosos, se sentaban en el portal de una casa de empeños bastante bonita y bien conservada, situada al extremo norte del distrito de la Ciudadela Vieja. La tienda se encontraba cerrada a cal y canto a causa de alguna fiesta, pues la familia del dueño debía de celebrar algo dos pisos más arriba, a juzgar por el alegre jolgorio que se escuchaba.

—Este primer contacto ha sido muy bueno —dijo Calo.

—En efecto.

—De lo mejorcito que hemos hecho. Es muy incómodo trabajar disfrazados, siendo tan buenos mozos.

—Confieso que no las tenía todas conmigo de que pudiéramos salir de aquel lío.

—Vamos, vamos, no seas tan duro contigo mismo. A fin de cuentas, eres igual que yo en lo físico. Lo que te faltan son mis dotes intelectuales. Y mi natural impavidez. Y mi don para las mujeres.

—Si te refieres a la facilidad con que dejas caer las monedas cuando te falta un coño, entonces tienes razón. Eres como un baile de caridad para las fulanas de Camorr en el que sólo hubiera un hombre.

—Eso ha sido una grosería enorme —dijo Calo.

—Tienes razón —los gemelos rieron en silencio durante unos pocos segundos—. Lo siento. Esta noche estoy poco inspirado. El pequeño bastardo ha hecho que sienta el estómago como retorcido. Ya viste…

—Hay más patrullas que de ordinario. Vaya, esto está muy movido. Escucha los silbatos. Siento una gran curiosidad por saber qué hizo y por qué lo hizo.

—Tendría sus razones. Si realmente fue un primer contacto bastante bueno, él tiene todo el mérito. Espero que se encuentre lo suficientemente bien para que no haya que quitarle la mierda de encima.

Unas siluetas dispersas se recortaron en la bruma circundante; como había muy poco cristal antiguo en la isla de la Ciudadela Vieja, apenas podía verse la luz moribunda que desprendía. En aquel momento les llegaba del sur, cada vez más fuerte, el sonido de los cascos de un caballo que avanzaba por el empedrado.

Para entonces Locke debía estar vigilando el Palacio de la Paciencia, viendo el ir y venir de las patrullas por el Puente Negro, asegurándose de que no llevaban consigo a cierto prisionero bajito y familiar. Seguro que Jean se mantendría a distancia de las patrullas en uno cualquiera de los puntos de encuentro, dando vueltas y haciendo crujir sus nudillos. Bicho jamás regresaría en línea recta al templo de Perelandro ni se acercaría al Hogar Vacilante. Para encontrarlo, los Caballeros Bastardos de mayor edad tendrían que vigilar el río y las afueras de la ciudad.

Unas ruedas de madera se acercaron entre crujidos, mientras un animal, molesto por algo, relinchaba; el sonido de un carro tirado por caballos se detuvo con un chasquido a menos de siete metros del lugar donde, cubiertos por un sudario de bruma, se encontraban los hermanos Salza.

—¿Avendando? —aunque nítida, la voz sonaba asustada.

Calo y Galdo se pusieron en pie al unísono, pues «Avendando» era su contraseña privada para un encuentro imprevisto.

—¡Aquí! —exclamó Calo, dejando caer su cigarrillo y olvidando apagarlo con el pie. Un hombre se materializó al salir de la bruma, calvo y barbudo, con los brazos fuertes de un artesano y una barriga que era indicio de cierta prosperidad.

—No sé exactamente de qué va todo esto —dijo aquel hombre—, pero me han dicho que si alguno de vosotros es el tal Avendando, que entonces tiene que darme diez solones por entregar este barril en esta dirección —y, pasándose un pulgar por encima del hombro, señaló hacia el interior del carro.

—Un barril. Claro —Galdo se peleó con una bolsa llena de monedas que no conseguía abrir, pues el corazón le latía más deprisa—. ¿Y… qué hay dentro?

—No es vino —dijo el desconocido— y tampoco es un chaval muy educado. Pero me prometió diez monedas de plata.

—Por supuesto —Galdo contó rápidamente y depositó los brillantes discos de plata en la palma de aquel hombre—. Diez por el barril, y una más por olvidar todo éste, hmmm, asunto.

—Por todos los infiernos, debo de estar volviéndome chocho, porque ya no recuerdo a cuento de qué viene tanto dinero.

—Buen hombre.

Galdo devolvió la bolsa al interior de su capa y corrió a ayudar a Calo, que se había subido en el carro y miraba un barril de madera de tamaño mediano. El tapón de corcho que, por lo general, suele obstruir la abertura de su parte superior había desaparecido, dejando un agujero oscuro por el que entraba el aire. Por tres veces, Calo dio otros tantos golpes en el barril, que fueron contestados por tres débiles sonidos del interior. Haciendo muecas, los gemelos Sanza bajaron el barril del carro y despidieron con las manos al conductor, que volvió a subir a su carro y no tardó en desvanecerse, silbando, en la noche, en medio del tintineo que hacían sus bolsillos al recibir una suma que valía veinte veces más de lo que costaba el barril vacío.

—Bien —dijo Calo después de llevar rodando el barril hasta el refugio que les ofrecía el portal—, quizá esta añada sea demasiado joven y gruesa para engarrafarla.

—¿La dejamos en la bodega cincuenta o sesenta años?

—Estaba pensando que podríamos tirarla al río.

—¿Tú crees? —Galdo tamborileó con los dedos en el barril—. ¿Y qué nos ha hecho el río para merecer algo semejante?

En el interior del barril hubo una serie de ruidos que sonaron como una especie de protesta. Calo y Galdo se acercaron al improvisado respiradero.

—Y ahora, Bicho —comenzó Calo—, estoy seguro de que tienes una explicación perfectamente plausible para el hecho de que te encuentres ahí dentro y que tengamos que molestarnos por ti.

—La tengo, y es magnífica, de veras —la voz de Bicho sonaba ronca y con algo de eco—. Seguro que os gustará. Pero, hum, antes decidme cómo salió el juego.

—Fue algo hermoso —dijo Galdo.

—Tres semanas, figuras, y a ese caballero le habremos quitado hasta el último par de bragas de seda de su esposa —añadió Calo.

El chico enseñó los dientes con evidente consuelo.

—Magnífico. Bueno, pues, ahhh, lo que pasó es que esa jauría de casacas amarillas iba de frente hacia vosotros. Y como lo que les hice les cabreó mucho, tuve que salir pitando para ir a ver a ese tonelero de la Ciudadela Vieja. Como hace negocios con algunas de las tiendas de vinos río arriba, tiene un patio lleno de barriles. Bueno, pues, yo llego hasta allí, me meto de un salto en uno de ellos y le digo que, si puedo quedarme dentro hasta que me entregue donde yo le diga después de que haya pasado la Falsa Luz, obtendrá ocho solones.

—¿Ocho? —Calo se rascó la barbilla—. Ese bastardo descarado pidió diez, y le dimos once.

—Bueno, no importa —Bicho tosió—. Como me aburría de estar sentado dentro del barril, le robé la bolsa. Tenía unos dos solones en cobre, así que hemos recobrado algo de dinero.

—Iba a decir algo simpático respecto a que te habías pasado medio día metido dentro del barril —dijo Galdo—, pero eso que hiciste fue una gilipollez.

—Vamos, hombre —Bicho estaba auténticamente irritado—. Puesto que él pensaba que yo estaba todo el tiempo dentro del barril, ¿cómo iba a sospechar? Y, dado que le disteis mucho dinero, ¿cómo podría sospechar de vosotros? ¡Es perfecto! A Locke le hubiera gustado.

—Bicho —dijo Calo—, Locke es nuestro hermano, y nuestro amor por él no tiene límites. Pero las cinco palabras más fatídicas dichas en la lengua de Therin son precisamente éstas: «A Locke le hubiera gustado».

—Que sólo pueden compararse con estas otras: «Locke me ha enseñado un truco nuevo» —añadió Galdo.

—La única persona capaz de acabar sin riesgo los juegos de Locke Lamora…

—… es Locke…

—… porque creemos que los dioses le libraron de una muerte terrible. Algo que tenía que ver con cuchillos y hierros al rojo…

—… y cincuenta mil espectadores que aplaudían.

Los hermanos carraspearon al unísono.

—Bueno —terminó diciendo Bicho—, lo hecho, hecho está. ¿Ya podemos volver a casa?

—A casa —dijo, burlón, Calo—, claro que sí. Locke y Jean se echarán a llorar sobre tu hombro como si fueran tus abuelas cuando descubran que estás vivo, así que no les hagamos esperar.

—No tienes necesidad de salir afuera; seguro que se te han dormido las piernas —dijo Galdo.

—¡Seguro que sí! —dijo Bicho, con un chillido—. Pero no creo que tengáis que llevarme encima todo el trayecto…

—Jamás has dicho algo tan cierto en tu vida, Bicho —dijo Galdo, tomando posiciones a uno de los lados del barril mientras le hacía un gesto a Calo, para, acto seguido, comenzar a silbar al unísono con él y hacer que el barril rodara por el empedrado mientras lo guiaban hacia el distrito del Templo, aunque no necesariamente por la ruta más corta o mejor pavimentada.

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