Las mentiras de Locke Lamora

Las mentiras de Locke Lamora


Libro II » Capítulo 4 » 9

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Capítulo 4

En la corte de Capa Barsavi

1

—Diecinueve mil novecientos veinte —dijo Bicho—. Eso es todo. Y ahora, por favor, ¿ya puedo suicidarme?

—¿Cómo? Pensaba, Bicho, que te encantaba ayudarnos a cuadrar las cuentas —en el centro del comedor de la bodega de cristal que se encontraba bajo la Casa de Perelandro, Jean se sentaba con las piernas cruzadas; habían movido la mesa y las sillas para dejar sitio a la ingente cantidad de monedas de oro, hacinadas en pequeños montones, que rodeaban a Jean y a Bicho y que casi los ocultaban a la vista de quien entrase.

—No me dijiste que las traerías a casa en tirintos.

—Bueno, el hierro blanco es muy apreciado. Nadie te daría cinco mil coronas en esa moneda, ni mucho menos sería tan tonto para llevarlas encima. El Meraggio siempre paga las grandes sumas en tirintos.

Entonces escucharon un ruido proveniente del pasillo que conducía a la bodega y Locke apareció en una esquina, vestido como Lukas Fehrwight. Se quitó los anteojos que no necesitaba, se aflojó las corbatas y se despojó de su casaca de lana, dejándola caer en el suelo sin ninguna ceremonia. Estaba colorado mientras agitaba un pergamino doblado que ostentaba un sello lacrado de color azul.

—¡Siete mil quinientas más, muchachos! Le conté que habíamos encontrado cuatro galeones que nos vendrían al pelo, pero que comenzábamos a tener problemas de fluidez… flecos por pagar, tripulaciones a las que había que devolver y esperar a que estuvieran sobrias, oficiales que había que aplacar, otros fletadores a los que había que buscar… y él sólo sonrió y me las entregó. ¡Por los dioses! Ya se me hubiera podido ocurrir este truco hace dos años. No hubiéramos tenido necesidad de inventarnos tantos barcos ficticios y de hacer tanto papeleo, puesto que Salvara sabe que la parte que le toca a Fehrwight en el juego es todo mentira. Lo único que tenemos que hacer es relajarnos mientras contamos el dinero.

—Si es tan relajante, ¿por qué no lo cuentas , eh? —Bicho se puso en pie de un salto y se inclinó hacia atrás hasta que la espalda y el cuello comenzaron a hacerle chasquidos.

—¡Me encantará contarlo, Bicho! —Locke sacó una botella de vino tinto de un armario de madera y se sirvió medio vaso, aguándolo acto seguido con la tibia agua de lluvia de una jarra de cobre hasta que adquirió un suave color rosado—. Pero mañana tú jugarás a ser Lukas Fehrwight. Estoy seguro de que don Lorenzo no notará la diferencia. ¿Está ahí todo?

—Cinco mil coronas en monedas de tirinto, por un total de veinte mil de estas últimas —dijo Jean—, menos ochenta a deducir por los gastos de secretarios legales y guardias y el alquiler del carro para traerlas desde el Meraggio.

Los Caballeros Bastardos empleaban un simple método de sustitución a la hora de llevar grandes cantidades de mercancías valiosas a su escondrijo en la Casa de Perelandro: después de una serie de paradas rápidas, las cajas fuertes llenas de monedas desaparecían del carro que las había llevado para entrar en otro, dentro de barriles etiquetados como alimentos o bebida. Incluso un templo tan viejo y decrépito como aquél necesitaba una transfusión constante de suministros básicos.

—De acuerdo —dijo Locke—, ayudadme a quitarme las ropas del pobre maese Fehrwight y os echaré una mano para descargarlo todo en la cripta.

En aquellos momentos había tres criptas ocultas en la parte trasera de la bodega, detrás de los dormitorios. Dos de ellas eran otros tantos pozos recubiertos con cristal antiguo de tres metros de profundidad; su propósito original nadie lo conocía. Con unas simples puertas de madera montadas en unas bisagras puestas encima, parecían unos silos en miniatura excavados en la tierra y llenos hasta una buena altura con todo tipo de monedas.

A aquellos pozos iba a parar gran cantidad de oro y de plata; unos estrechos estantes de madera que rodeaban la periferia de la cripta contenían pequeñas bolsas o montones de monedas de menor valor. Había en ellos bolsas baratas llenas de barones de cobre, finas carteras de piel con cartuchos de solones de plata, y cuencos pequeños llenos con medios cobres, todo ello en espera de cualquier operación fraudulenta o de cualquier necesidad que pudiera sobrevenirle a uno de la banda. Incluso había algunos pequeños montones de moneda extranjera: marcos del reino de los Siete Compañeros, solari de Tal Verrar, y otras similares.

Incluso cuando vivía el padre Cadenas, jamás había habido cerraduras en los pozos ni en la habitación donde se encontraban las monedas. Y aquello no era debido a que los Caballeros Bastardos confiaran los unos en los otros (y confiaban de verdad) ni a que la existencia de su acaudalada bodega fuera un secreto estrechamente guardado (tal y como lo era). La razón fundamental era otra, y muy práctica: que ninguno de ellos, Calo, Galdo, Locke o Jean, había pensado en lo que iban a hacer con aquel montón siempre creciente de metal precioso.

Iban a convertirse en los ladrones más acaudalados de Camorr, descontando a Capa Barsavi; el pequeño libro de cuentas que descansaba en uno de los estantes apuntaría la entrada de más de cuarenta y tres mil coronas enteras en cuanto el segundo pagaré de Salvara se convirtiera en frío metal. Serían tan ricos como el hombre a quien se disponían a robar, y mucho más que la mayor parte de sus semejantes y que algunos de los monopolios y de los grupos comerciales más famosos de la ciudad.

Pero en lo que concernía a la gente de fuera, los Caballeros Bastardos eran una modesta banda de rateros, por otra parte lo bastante competentes y discretos para mantener un flujo constante de ganancias, pero que apenas aspiraban a hacer grandes cosas. Vivían confortablemente ganando cada uno diez coronas al año y gastando mucho más de lo que le hubiera gustado a cualquiera que se hubiese molestado en observarlos por orden de la autoridad, ya fuera la legal de Camorr o cualquier otra.

Durante cuatro años se habían marcado tres tantos muy importantes y estaban a punto de conseguir el cuarto; durante cuatro años la mayor parte de las monedas conseguidas había sido contada y confiada sin más a la oscuridad de las criptas.

Aunque Cadenas los hubiera entrenado magistralmente en la tarea de aligerar a la nobleza de Camorr del peso de parte de las riquezas que habían acumulado, quizá hubiese olvidado el discutir los posibles usos de las sumas conseguidas. Y aparte de que servían para financiar los robos que debían llegar después, realmente los Caballeros Bastardos no tenían ni idea de lo que podrían hacer con todo aquello.

El diezmo que pagaban a Capa Barsavi se convirtió en una corona por semana.

2

—¡Regocijaos! —exclamó Calo mientras hacía su entrada en la cocina, justo en el momento en que Locke y Jean devolvían la mesa de comer a su posición acostumbrada—. ¡Los hermanos Sanza han vuelto!

—Me pregunto —dijo Jean— si esa combinación de palabras tan particular habrá sido pronunciada antes de ahora.

—Sólo en los dormitorios de las jóvenes damas solteras de la ciudad —dijo Galdo, mientras dejaba encima de la mesa una pequeña bolsa de arpillera. Locke la abrió y examinó su contenido: unos cuantos medallones en los que habían sido engastadas unas piedras semipreciosas, un lote de tenedores y cuchillos de plata de mediana calidad y un surtido de sortijas que iban desde una barata de cobre, con grabados, a otra con oro y platino entrelazados entre sí, tachonada con obsidianas y diamantes.

—Oh, muy bonita —dijo Locke—. Muy prometedora. Jean, ¿quieres sacar unas cuantas cosas más de la caja de las chorradas y darme… veinte solones?

—Veinte solones marchando.

Mientras Locke les hacía un gesto a Calo y a Galdo para que le ayudaran a volver a poner las sillas alrededor de la mesa, Jean regresó a la habitación de las criptas y se dirigió hacia una cómoda de madera, bastante alta, que descansaba junto a la pared de la izquierda. Levantó hacia atrás la tapa, haciendo crujir los goznes que la sujetaban, y comenzó a rebuscar en su interior, con una expresión pensativa en el rostro.

La «caja de las chorradas» estaba llena hasta una altura de más de medio metro con joyas, baratijas, utensilios caseros y ornamentos inútiles. Había estatuillas de cristal, espejos con marco de marfil tallado, collares y sortijas, candelabros en cinco tipos de metal. Incluso había en ella unos cuantos frascos de drogas y de pociones alquímicas, envueltos con fieltro para que no se rompieran y marcados con pequeñas etiquetas de papel.

Puesto que los Caballeros Bastardos no podían arriesgarse a revelar al Capa la verdadera naturaleza de sus operaciones, y puesto que no disponían del tiempo necesario ni de las ganas para forzar casas o bajar por las chimeneas, la caja de las chorradas era uno de los pilares de su progresivo deterioro. Salían a venderla una o dos veces al año, aprovechando la oportunidad para recorrer las casas de empeños y los mercados de Talisham y Ashmere donde podrían conseguir abiertamente todo lo que necesitaban. Aquello lo complementaban de un modo muy cuidadoso con las mercancías conseguidas en Camorr, que, por lo general, eran objetos robados al antojo por los Sanza o conseguidos por Bicho en el transcurso de su educación permanente.

Jean seleccionó un par de copas de vino en plata, unas gafas de montura de oro metidas dentro de un elegante estuche de piel y un frasco etiquetado. Cargando todo aquello cuidadosamente en una mano, cogió veinte monedas de plata, bastante pequeñas, de un estante, cerró de una patada la caja de las chorradas y volvió a toda prisa al comedor. Bicho, que acababa de unirse al grupo, desplazaba un solón por encima de los nudillos de su mano derecha con evidente ostentación; acababa de aprender el truco pocas semanas antes, tras largos meses de observar a los Sanza, que podían hacerlo con las dos manos al mismo tiempo, cambiando de sentido a la vez.

—Permitidme que os diga —comentó Jean— que esta semana nos hemos dormido un poco en los laureles. Nadie puede esperar gran cosa de gente que sólo roba casas de dos plantas en noches tan húmedas; hubiéramos podido quedarnos colgados si hubiésemos intentado robar más. Estoy seguro de que su señoría lo comprenderá.

—Por supuesto —dijo Locke—, es una explicación razonable —alargó la mano y cogió el frasco envuelto en fieltro para mirarlo más de cerca; su etiqueta explicaba que contenía leche azucarada de opio, un vicio de las damas ricas confeccionado con amapolas secas de las islas de Jerem. Quitó la etiqueta y el fieltro y luego metió el frasco de cristal, que no era liso sino con facetas, cerrado con un tapón de latón, en la saca de arpillera. El resto del lote lo siguió.

—¡Muy bien! Y ahora, decidme, ¿se me ha quedado pegada encima alguna pizca de Lukas Fehrwight? ¿Algún resto de maquillaje o de alguna mojiganga? —y alargó los brazos y los movió varias veces hasta que Jean y los Sanza le aseguraron que, por el momento, había vuelto a ser el Locke Lamora de siempre.

—Bueno, pues entonces, si todos somos los que estamos, vayamos a pagar nuestros impuestos.

Locke levantó el saco de mercancías «robadas» y se lo pasó a Bicho como de manera accidental; el muchacho refunfuñó, dejó caer la moneda y cogió el saco entre el repiqueteo apagado de los objetos de metal que chocaban entre sí.

—Supongo que me das el saco porque debe de ser bueno para mi educación moral.

—No —repuso Locke—, en esta ocasión te lo doy porque me siento como un viejo y vago bastardo. Al menos no tendrás que manejar la pértiga.

3

Eran las tres del mediodía cuando salieron del templo de Perelandro por los túneles de fuga y las entradas laterales de que estaba provisto. Una cálida llovizna caía del cielo partiendo la bóveda celeste en dos, como si los dioses hubieran empleado para ello regla y stilus: mientras que, hacia el norte, unas nubes oscuras ocupaban la parte inferior del norte, el sol comenzaba a bajar por el radiante cielo del sudoeste. El agradable olor de la lluvia recién caída sobre la piedra caliente lo ocupaba todo, lavando durante algún tiempo los usuales miasmas del aire. Los Caballeros Bastardos volvieron a juntarse en los muelles sudoccidentales del distrito del Templo y llamaron a una góndola de alquiler.

En la embarcación, larga, casi lisa y muy castigada por el paso del tiempo, alguien había atado al palo de proa el cadáver de una rata recién muerta, justo debajo de la pequeña imagen de madera de Iono; se suponía que era una protección inigualable contra los vuelcos y otras desgracias similares. El gondolero, encaramado en la popa como un papagayo y vestido con la usual casaca de algodón a rayas rojas y naranjas, se protegía de la lluvia con un enorme sombrero de paja que le llegaba hasta sus estrechos hombros. Daba la casualidad de que le conocían, pues no era otro que un salteador de canales y ratero llamado Nervioso Vitale Vento, de la banda de los Caras Grises.

Vitale montó una sombrilla de cuero bastante desvencijada para proteger a sus pasajeros de parte del aguacero y luego comenzó a manejar la pértiga para dirigir la embarcación hacia el este, entre los altos muelles de piedra del distrito del Templo y la lujuriante lozanía de la Mara Camorazza. La Mara había sido antaño el jardín de laberinto de un gobernador muy rico, por los tiempos del Trono de Therin; como en la actualidad la Guardia de la ciudad lo tenía abandonado, estaba lleno de rateros. La única razón de que la gente honrada se aventurase por aquellos parajes llenos de verdor se debía a que se encontraba en el centro de una red de puentes peatonales que conectaban entre sí las otras ocho islas.

Jean se puso a leer el librito de poemas que llevaba sujeto al cinto, mientras Bicho seguía practicando con la moneda, que para entonces era una de cobre, más apta para exhibirla en público. Locke y los Sanza hablaban de sus respectivos trabajos con Vitale, ya que el de éste consistía en marcar una señal en las barcazas que estaban muy poco vigiladas, o llenas a rebosar, para que lo vieran sus compinches. En varias ocasiones hizo algunas señas con la mano a ciertos observadores ocultos en la ribera, que los Caballeros Bastardos, muy educados ellos, fingieron no ver.

La trayectoria que seguían los acercó a la Colina de las Sombras; incluso por el día, aquellas alturas estaban sumidas en la penumbra. Pero como, casualmente, la lluvia se hizo más fuerte, aquel viejo reino de tumbas se recortó sobre una confusión de bruma. Vitale imprimió a la embarcación un giro a la derecha, de suerte que no tardaron en avanzar hacia el sur, dejando a uno y otro lado la Colina de las Sombras y el Estrecho, impelidos por la corriente del canal que bajaba hacia el mar, para entonces animada por los impactos de las gotas de lluvia que caían sobre ella.

A medida que avanzaban hacia el sur, el tráfico fue haciéndose cada vez menor; acababan de dejar los dominios públicos del duque de Camorr para entrar en los privados de Capa Barsavi. A la izquierda, las forjas del distrito del Humo de Carbón lanzaban hacia las alturas sus columnas de negrura, que crecían rápidamente para luego atenuarse por efecto de la lluvia. El Viento del Duque las empujaría hacia Lluvia de Ceniza, la isla más fea de la ciudad, donde las bandas y los ocupas que atestaban las casas de campo (para entonces, ennegrecidas por el humo y a punto de caerse abajo) de una era siglos atrás opulenta, se peleaban por el espacio.

Una barcaza que se movía con rumbo norte pasó rápidamente a su izquierda, llenando los aires con dos tipos de hedor: uno antiguo, de excrementos, y uno reciente, de muerte. En el fondo de la barcaza yacía lo que parecía ser toda una manada de caballos muertos atendida por media docena de matarifes; mientras unos cortaban los cadáveres en lonchas con sierras tan largas como un brazo, los demás desenrollaban frenéticamente unas lonas embreadas, ajustándolas entre sí bajo la lluvia.

Ningún camorrí hubiera podido pensar en ninguna otra cosa que cuadrara tan bien con el Caldero. Si las Heces estaban sumidas en la pobreza, la Trampa tenía mala fama, la Mara Camorazza era ciertamente peligrosa y la Lluvia de Ceniza se caía a trozos, el Caldero era la suma de todas esas cosas, pero con el interés compuesto que da la desesperación humana. Olía como una jarra de cerveza barata que, en un día caluroso de verano, alguien hubiera derramado en el almacén de un embalsamador; la mayor parte de los cadáveres de quienes fallecían en aquel distrito jamás conseguían llegar a los agujeros de los pobres excavados por los convictos en las alturas del Túmulo de los Mendigos. Eran arrojados a los canales o, simplemente, quemados. Incluso antes de la Tregua Secreta, los casacas amarillas no se atrevían a entrar en el Caldero como no fuera por compañías. Ningún templo había sido capaz de mantenerse allí más de cincuenta años. Las bandas menos sofisticadas y reprimidas de Barsavi mandaban en las manzanas del Caldero; tabernas llenas de gente pendenciera, madrigueras de adictos a la Mirada Fija y cónclaves itinerantes de juego vivían pared con pared con familias atrapadas en ratoneras.

Era comúnmente admitido que uno de cada tres individuos pertenecientes a la Buena Gente de Camorr se apretujaba en el Caldero, un millar de desechos humanos, tarados y degolladores que sólo sabían discutir entre sí y atemorizar a sus vecinos, sin hacer nada y sin ir a ningún sitio. Locke procedía del Fuego Encendido, Jean de la confortable Esquina Norte. Calo y Galdo habían sido chicos de las Heces antes de pasar un tiempo en la Colina de las Sombras. Bicho era el único que procedía del Caldero, pero jamás había hablado de ello, ni siquiera durante los dos años que llevaba como Caballero Bastardo.

En aquel momento volvía a contemplarlo: los muelles medio caídos y los edificios medio en ruinas; las ropas lavadas ondeando en los tenderetes, empapándose de lluvia; las calles parduscas por los humos insanos de las cocinas mal ventiladas; los muros de contención de las riadas desmoronándose; la mayor parte del cristal antiguo tapado por la mugre y los montones de piedras. La moneda de Bicho ya no se movía entre sus nudillos, pues descansaba en el dorso de su mano izquierda.

Algunos minutos después, Locke se alegró al dejar atrás el corazón del Caldero y llegar al alto y estrecho rompeolas que marcaba los confines orientales de la Desolación de Madera. En cuanto el Caldero quedó tras la popa de la embarcación que los llevaba, el cementerio naval de Camorr le pareció mucho más alegre, comparativamente hablando.

Por supuesto que era un cementerio; una bahía muy grande y resguardada, mucho mayor que el Mercado Flotante, repleta con los bamboleantes y ondulantes restos de cientos de navíos y de barcos. Flotaban con los cascos para arriba y para abajo; unos con las anclas echadas, otros a la deriva; algunos simplemente desmoronándose, otros con grandes brechas, ya fuera por alguna colisión o por el impacto de la piedra de una catapulta; entre los derrelictos, subiendo y bajando con la marea, flotaba una capa de residuos de maderas más pequeñas que le hacía a uno recordar la espuma de la sopa caliente. En ocasiones, después de que cayera la Falsa Luz, todos aquellos restos se estremecían por el paso de las criaturas, jamás vistas de manera directa, que llegaban desde la bahía de Camorr. Mientras que todos los canales se bloqueaban con unas puertas de hierro blanco muy altas para impedir cualquier entrada indebida, la Desolación de Madera seguía abierta al mar por la parte que daba al sur.

En el centro de la Desolación flotaba un grueso casco desarbolado de cincuenta metros de largo y casi la mitad de ancho, anclado firmemente en el fondo por cadenas que se perdían en el agua, dos a proa y otras dos a popa. En Camorr jamás se había construido nada tan pesado y desgarbado; aquel navío era uno de los productos más entusiastas de los arsenales de la lejana Tal Verrar, o eso le había contado Cadenas a Locke hacía muchos años. Unos grandes toldos de seda cubrían los altos y planos castillos de la cubierta; y aunque bajo aquellos baldaquines hubieran podido celebrarse reuniones dignas de rivalizar con las que, en los tiempos de la decadencia de Jerem, se realizaban dentro de sus pabellones de recreo, la cubierta sólo se hallaba ocupada por unas siluetas de hombres armados y ataviados con capotes que miraban a través de la lluvia… Locke pudo ver, al menos, a una docena de ellos, de pie en grupos de dos o tres, con arcos y ballestas al alcance de la mano.

A través de la Desolación la gente se movía. Algunos de los navíos menos dañados albergaban a familias enteras de ocupas, siendo incluso empleados como bases de observación por grupos de individuos de mala catadura. Vitale navegaba por los canales llenos de corrientes que se formaban entre los derrelictos de mayor tamaño, cuidándose de hacer señas con las manos a los hombres de guardia en cuanto la góndola pasaba cerca de ellos.

—El Rey Gris cogió a otro la pasada noche —dijo en voz baja, agarrando con fuerza la pértiga—. Estoy condenadamente seguro de que ahora nos observan muchos chicos nerviosos provistos con todo tipo de armas de matar.

—¿Otro más? —Calo entornó los ojos—. No nos habíamos enterado. ¿A quién le tocó esta vez?

—A Tesso el Largo, de los Coronas Enteras. Lo encontraron en el Agua Ferruginosa, colgado en una vieja tienda. Ahorcado, sin pelotas. Desangrado, como les gusta.

Locke y Jean intercambiaron una mirada mientras Nervioso Vitale refunfuñaba.

—¿Os conocíais?

—Sí, en cierto modo —dijo Locke—, y hace bastante tiempo.

Locke sopesó lo sucedido. Tesso era (había sido) garrista de los Coronas Enteras, una de las bandas de confianza de Barsavi, y amigo íntimo de Pachero, el hijo menor del Capa. Y aunque nadie de Camorr se hubiera atrevido jamás a tocarle (salvo Barsavi y la Araña), era evidente que ese maldito e invisible lunático que se llamaba a sí mismo el Rey Gris le había tocado de un modo inconfundible.

—Con él ya son seis, ¿no? —comentó Jean.

—No, siete —dijo Locke—. No habían muerto tantos puñeteros garristas desde que tú y yo teníamos cinco años.

—Eh —dijo Vitale—, y pensar que en cierta ocasión tuve envidia de ti, Lamora, incluso con esa pequeña banda tuya.

Locke le miró, intentando juntar en su cabeza todas las piezas del rompecabezas, pero sin conseguirlo. Siete jefes de bandas en dos meses, todos ellos sin nada en común excepto la «distancia». Y Locke comenzó a cuestionarse la tranquilidad de que había disfrutado al desinteresarse tanto por los asuntos del Capa. ¿No estaría él mismo en la lista de alguien? ¿No tendría para Barsavi una importancia que ni él mismo conocía, tanta importancia que el Rey Gris quisiera librarse de él con una saeta? ¿Cuántos más se interpondrían entre él y la saeta?

—Maldición —dijo Jean—, como si las cosas no estuvieran ya complicadas de por sí.

—Quizá debiéramos estar más al día… de lo que sucede —Galdo se había acercado a uno de los costados de la góndola y miraba a su alrededor mientras hablaba—. Y quizá debiéramos desaparecer durante una temporada. Visitar Tal Verrar o Talisham… o quizá , Locke, debieras irte.

—Tonterías —Locke escupió por encima de la borda—. Lo siento, Galdo. Sé que parece un exceso de prudencia, pero echa las cuentas. El Capa jamás nos perdonaría que le abandonáramos en un momento tan desesperado. Nos quitaría la «distancia» y nos echaría encima al cabronazo más desgraciado e hijoputesco que pudiera encontrar. No podemos irnos mientras él se queda. Diablos, Nazca me rompería las rodillas con un mazo la primera.

—Muchachos, contáis con mi simpatía —Vitale se pasó la pértiga de una mano a otra, ejecutando pequeños empellones con ella lo suficientemente precisos para que la góndola contornease un montón de residuos demasiado grande para pasarlo por encima—. Trabajar en el canal no es cómodo, pero al menos nadie quiere matarme por otros motivos que no sean los usuales.

¿Queréis que os deje en la Tumba o en el muelle?

—Tenemos que ver a Harza —aclaró Locke.

—Oh, seguro que hoy tendrá un humor muy raro —Vitale comenzó a impulsar la góndola hacia el extremo norte de la Desolación, donde unos pocos embarcaderos de piedra sobresalían de una hilera de tiendas y de casas de alquiler—. Ahí está el muelle.

4

La casa de empeños de Desesperanza Harza era uno de los lugares más notorios del territorio de Capa Barsavi; si bien era cierto que había muchas otras casas que pagaban un poquito más, y muchísimas otras cuyos dueños eran menos malhumorados, ninguna de ellas era lo que aquélla: una piedra salida del mismísimo asiento del poder del Capa. La Buena Gente, que en la casa de Harza convertía en dinero el producto de su creatividad, sabía que Barsavi no tardaría en estar al tanto de la transacción. Y Harza siempre hacía todo lo posible para dar la impresión de que era un ladrón activo y responsable.

—Oh, por supuesto —decía el viejo vadraní cuando Jean abrió la puerta de seguridad para que pasaran los otros cuatro Caballeros Bastardos—. Figúrate que los garristas menos importantes se atrevieran a dar la cara en un día como éste. Entrad, mis poco agraciados hijos de puta camorríes. Sobad con vuestros pringosos dedos de Therin mis preciosas mercancías. Mojad con vuestra agua el magnífico suelo entarimado.

La tienda de Harza siempre estaba tan cerrada a cal y canto como un ataúd, ya lloviera o hiciera sol; las ventanas, estrechas y con barrotes, siempre estaban cubiertas por dentro con planchas de cañamazo polvoriento, y todo aquel lugar olía a abrillantador para la plata, a moho, a incienso pasado y a sudor rancio. El propio Harza era un anciano de piel nívea y ojos desmesuradamente grandes y acuosos; cada pliegue y arruga de su rostro parecía correr en dirección al suelo, como si su rostro hubiera sido esculpido por algún dios borracho que estrujó la arcilla de la que se servía un poco más verticalmente de lo que era necesario. Desesperanza se había ganado su apodo gracias a su inflexible política de no vender a crédito ni prestar dinero; en cierta ocasión, Calo hizo la observación de que si alguna vez recibía una flecha en la cabeza, antes de llamar a un físico para que se la vendara se quedaría sentado y aguardaría sin moverse a que se le cayera sola.

En el rincón de la tienda que quedaba a la derecha, un hombre joven de aspecto aburrido, con sortijas baratas de latón en los dedos y pendientes grasientos en las orejas, se movió ligeramente en lo alto del escabel de madera que ocupaba. Una maza de madera tachonada de hierro abandonó con movimiento circular el cinturón del hombre, mientras éste saludaba con una leve inclinación de cabeza a los visitantes, sin sonreír, como si pensara que eran demasiado estúpidos para comprender lo que hacía allí dentro.

—Locke Lamora —dijo Harza—. Frascos de perfume y ropa interior de señora. Vajilla y copas para beber. Metal con arañazos y melladuras que jamás podría vender a alguien con un poco de clase. Os hacéis los listos y sólo sabéis romper puertas y robar en el piso de arriba. Hasta a un perro le quitaríais la mierda del ojo del culo si dispusierais de la bolsa apropiada para llevárosla a casa.

—Qué gracia que digas eso, Harza, porque da la casualidad que este saco que traigo —Locke le quitó a Bicho el saco de arpillera que éste llevaba y lo mantuvo en alto— contiene…

—Algo que no es mierda de perro; puedo oír cómo tintinea. Acércalo hasta aquí y veamos si, por un casual, hay algo en él digno de comprar.

Las fosas nasales de Harza se dilataron mientras abría el saco y vaciaba cuidadosamente su contenido sobre una almohadilla situada encima del mostrador. La tasación de las mercancías robadas debía de ser la única gratificación sexual que le quedaba al anciano, puesto que, agitando sus largos dedos ganchudos, se afanó en aquella tarea con un entusiasmo desmesurado.

—Chatarra —levantó los tres medallones conseguidos por Calo y Galdo—. Jodida pasta alquímica y ágatas de río. Esto no se lo come ni una cabra. Dos cobres por cada uno.

—Muy poco —dijo Locke.

—Lo justo —dijo Harza—. ¿Sí o no?

—Siete cobres por los tres.

—Dos por tres son seis —dijo Harza—. Di que sí o vete a tocarle las pelotas a un tiburón, porque no te doy más.

—Entonces tendré que decir que sí.

—Hmmm —Harza examinó detenidamente las copas de plata que Jean había seleccionado de la caja de las chorradas—. Arañadas, como cabía esperar. En cuanto veis algo bonito que sea de plata, perdéis el culo para meterlo dentro de un jodido saco que acaba arañándolo. Supongo que podré pulirlas y mandarlas río arriba. Un solón y tres cobres por cada una.

—Un solón y cuatro —dijo Locke.

—Tres solones y un cobre por todas.

—Hecho.

—Y esto —Harza sacó el frasco de leche de opio, abrió el tapón, olió el contenido, gruñó para sus adentros y lo volvió a cerrar— vale más que tu propia vida, pero poco puedo hacer con ello. A las zorras remilgadas les gusta prepararlo por sí mismas o encargárselo a un alquimista, pero jamás lo compran a alguien que lo haya preparado de antemano. Quizá pueda vendérselo a cualquier pobre desgraciado que necesite librarse por algún tiempo del vino o de la Mirada Fija. Tres solones con tres barones.

—Cuatro solones con dos.

—Ni los mismísimos dioses conseguirían que me sacaras cuatro con dos. Ni el propio Morgante con una espada flamígera ni diez vírgenes desnudas tirándome de los calzones me sacarían cuatro solones con uno. Te doy tres con cuatro y es mi oferta final.

—Bien, pero sólo porque me hallo en cierto aprieto.

Harza ya estaba calculando el total con una pluma de oca y un trozo de pergamino; pasó los dedos por el pequeño montón de sortijas robadas por Calo y por Galdo y se rió: —No iríais en serio. Esa chatarra vale lo mismo que un montón de mingas de perro.

—Oh, vamos…

—Con la diferencia de que las mingas de perro podría vendérselas a los que preparan tapas —Harsa fue tirándoles a los Caballeros Bastardos una a una todas aquellas baratijas—. En serio, no andéis por ahí con toda esta quincalla; tengo cajas hasta el techo llenas de estas puñeteras cosas que jamás podré vender a este lado de la muerte —entonces llegó a la sortija de oro y platino entrelazados entre sí, tachonada con obsidianas y diamantes—. Mmmm. Por lo menos, ésta sí es buena. Cinco solones y no hablemos más. El oro es auténtico, aunque el platino sólo es mierda barata de Tal Verrar, tan genuina como un ojo de cristal. Y cada semana, lo menos seis o siete veces, recojo diamantes mucho más grandes.

—Siete con tres —dijo Locke—. Las pasé canutas para hacerme con esta pieza en particular.

—¿Tengo que pagar un extra porque tu culo y tu sesera intercambiaran sus respectivos sitios cuando naciste? Creo que no; pues si tal fuera el caso, ya lo habría sabido antes de ahora. Coge los cinco y considérate afortunado.

—Puedo asegurarte, Harza, que ninguno de los que vienen a esta tienda puede considerarse particularmente…

Y así siguió por más tiempo: el juicio aparentemente sumario; el tira y afloja que siempre terminaba en abuso; el asentimiento forzado de Locke y el rechinar de dientes (los que le quedaban) del viejo cada vez que tomaba los objetos para meterlos dentro del mostrador. Sin orden ni concierto, Harza acababa de introducir las cosas que no le habían interesado en el saco de arpillera.

—Bueno, bomboncitos, creo que hemos convenido dieciséis solones con cinco. Supongo que eso es mejor que conducir uno de los furgones de la mierda, ¿no?

—Sí, e incluso que regentar una casa de empeños.

—¡Qué gracioso! —exclamó el anciano mientras contaba dieciséis monedas brillantes de plata y otras cinco de cobre, más pequeñas y con forma de disco—. Os entrego el legendario tesoro perdido de Camorr. Tomad vuestras pertenencias y salid cagando leches hasta la próxima semana. Eso si antes no os coge el Rey Gris.

5

La lluvia se había convertido en llovizna cuando salieron de la tienda de Harza, riéndose entre dientes.

—Cadenas solía decir que nada le da tanta libertad a uno como el hecho de que lo estén constantemente subestimando —dijo Locke.

—Por los dioses, que es cierto —Calo movió los ojos en redondo y sacó la lengua—. Si fuéramos más libres, saldríamos flotando hacia el cielo para volar como las aves.

Por la parte norte de la Desolación de Madera, un largo puente de tablas lo suficientemente ancho para dos personas corría por las alturas en dirección a la fortaleza marina del Capa. En la ribera se encontraban de guardia cuatro hombres, que se movían de un lado para otro con armas ocultas bajo sus ligeros capotes de lluvia. Locke supuso que al menos habría escondidos otros tantos a menos de un tiro de ballesta. Cuando se dirigió hacia ellos, hizo con las manos las señas del mes, seguido por toda su banda, pues, aunque todos se conocían, había que guardar las formalidades, especialmente en aquellos tiempos que corrían.

—Hola, Lamora —el guardia de mayor edad, un individuo entrado en años bastante enjuto, con unos tatuajes medio descoloridos de tiburones que le subían por el cuello y las mejillas hasta la sien, salió del grupo para saludarle y estrechar su antebrazo—. ¿Te has enterado de lo de Tesso?

—Sí, hola, Bernell. Nos lo contó uno de los Caras Grises cuando veníamos hacia aquí. Entonces, ¿es cierto todo eso? ¿El ahorcamiento, lo de las pelotas?

—Sí, lo de las pelotas y todo lo demás. Y ya puedes imaginarte cómo se siente el jefe. Por cierto, esta misma mañana Nazca ha dejado dicho que fueras a verla en cuanto llegaras. Y que no pagaras los impuestos hasta que no hablaras con ella; porque estás aquí por los impuestos, ¿no?

Locke agitó una bolsita gris que contenía los veinte solones de Jean más los dieciséis y la calderilla de Harza.

—Lo cierto es que estoy aquí para cumplir con una obligación cívica.

—Bien. No suele venir mucha gente para otras cosas. Mira, aunque Nazca sea amiga tuya y todo lo demás, sé que posees «la distancia», así que es posible que hoy quieras que ésta sea auténticamente real, ¿me entiendes? Hay muchísimos pethons por aquí, los obvios y los que no lo son tanto. Más apretujados que nunca. Ahora Capa ha comenzado a investigar a los Coronas Enteras respecto a sus andanzas de la pasada noche.

—¿A investigarlos?

—A la antigua usanza. Así que vigila tus modales y no hagas movimientos súbitos, ¿me comprendes?

—Muy bien —dijo Locke—. Gracias por el aviso.

—No las vale. Los dardos de ballesta cuestan dinero. Sería una pena malgastarlos en alguien como tú.

Bernell les hizo una seña con la mano para que se acercaran y ellos entraron en el sendero de madera, que tenía unos cien metros de largo. Llevaba hasta la popa del enorme navío inmóvil, donde el maderamen del casco exterior había sido reemplazado por un par de puertas de madera de álamo negro reforzadas con hierro. Ante ellas se encontraba otra pareja de guardias, un hombre y una mujer, con evidentes ojeras. Al verlos llegar, la mujer llamó cuatro veces seguidas en la puerta, que se abrió sólo unos segundos después. Conteniendo un bostezo, la mujer se apoyó en la pared exterior y se cubrió la cabeza con la capucha de su capote encerado. Unos nubarrones oscuros comenzaban a llegar desde el norte y el calor del sol comenzaba a desaparecer.

El vestíbulo de la Tumba Flotante tenía cuatro veces la estatura de Locke, pues los estrechos puentes del viejo galeón habían desaparecido hacía mucho tiempo, salvo los del castillo superior y del combés, que se habían convertido en techos. El suelo y las paredes eran de una madera dura de color café; los mamparos estaban cubiertos con tapices rojos y negros, orlados con motivos de dientes de tiburón bordados en oro y plata.

Media docena de asesinos se mantenían en pie ante los Caballeros Bastardos, las ballestas en alto. Aquellos hombres y mujeres llevaban brazales y chalecos de cuero sobre sus camisas de seda reforzadas con bandas de metal ligero; los cuellos los llevaban cubiertos con unos collares rígidos de cuero. A diferencia de cualquier vestíbulo para gente elegante, decorado con lámparas y arreglos florales, en las paredes de aquél colgaban cestas de mimbre con cuadrillos de ballesta y estantes llenos de hojas de repuesto para las espadas.

—Tranquilizaos —dijo una mujer joven que se encontraba detrás de los poco airosos guardias—. Aunque sean menos de fiar que el infierno, no veo entre ellos a ningún Rey Gris.

Llevaba calzas de hombre y una camisa de seda negra muy holgada, con mangas muy sueltas, bajo un jubón de duelista, de cuero con rayas, que parecía haber sido más usado que guardado en el armario. Sus botas con suela de hierro (una afición que no había perdido) resonaban en el suelo mientras caminaba entre los centinelas. Su sonrisa de bienvenida no iba acorde con sus ojos, que se movían nerviosos de un lado para otro tras las lentes de sus anteojos planos de armadura negra.

—Mis disculpas por la acogida, cariños —dijo Nazca Barsavi dirigiéndose a los Bastardos, mientras posaba una mano sobre el hombro izquierdo de Locke. Le superaba en estatura en más de cinco centímetros—. Aunque sé que los cuatro os sentiréis incómodos, necesito que me esperéis aquí. Sólo garristas. Papá está de mal humor.

Entonces les llegó un grito en sordina desde detrás de las puertas que llevaban al interior de la Tumba Flotante, seguido por un débil murmullo de voces: alaridos, maldiciones y otro grito.

Nazca se acarició las sienes, se echó hacia atrás unos cuantos rizos despistados de su negra cabellera y suspiró.

—Está haciendo de uno de los Coronas Enteras… un caso ejemplar. El sabio Amabilidad le acompaña.

—Por los trece dioses —comentó Calo—, ahora sí que no nos importa esperar.

—Muy cierto —Galdo rebuscó en su chaleco y sacó de él un mazo de cartas levemente mojado—. Aquí podremos entretenernos muy bien. Por tiempo indefinido, si es preciso.

Al ver las cartas que acababa de sacar uno de los hermanos Sanza, todos los guardias que se encontraban en la estancia retrocedieron un paso, algunos de ellos visiblemente consternados por la idea de tener que levantar de nuevo las ballestas.

—Oh, no, no me fastidiéis tampoco vosotros —dijo Galdo—. Todas esas historias que cuentan sólo son chorradas. Todos los que se sentaban en aquella mesa tuvieron una noche de mala suerte…

Al otro lado de las grandes y pesadas puertas se abría un corto pasillo, vacío y sin guardias. Nazca cerró las puertas del vestíbulo tras de sí y de Locke y se volvió hacia él. Acarició su cabellera mojada echándosela hacia atrás. Frunció las comisuras de los labios.

—Hola, pethon. Veo que no has comido nada.

—Suelo comer regularmente.

—Deberías comer tanto en cantidad como en consistencia. Creo que cierta vez dije que parecías un esqueleto.

—Y yo creo que jamás había visto antes a una chiquilla de siete años tan agresiva por estar borracha.

—Bueno, quizá entonces estuviera un poco agresiva por estar borracha, pero hoy te aseguro que sólo estoy agresiva. Locke, papá se encuentra en un atolladero. Quería verte antes de que le vieras… tiene ciertas… cosas que tratar contigo. Quiero que sepas que si te pide que hagas cualquier cosa, no tendrás que hacerla… por mí. Sólo dile que sí. Haz que se sienta contento contigo, ¿me comprendes?

—Ningún garrista que desee seguir con vida intentaría hacer otra cosa. ¿Piensas que en un día como hoy podría ir a buscarle las cosquillas? Si tu padre me dice: «Ladra como un perro», yo sólo le diré: «¿De qué raza, vuestra señoría?».

—Lo sé. Discúlpame. Pero lo que quería decirte es que no es el de siempre. Ahora está asustado, Locke. Absoluta y auténticamente asustado. Se puso muy sombrío cuando madre murió, pero ahora… ahora grita en sueños. A diario toma vino y láudano para mitigar su mal humor. Por lo general, yo era la única a la que no le permitía abandonar la Tumba, pero ahora también quiere que se queden en ella Anjais y Pachero. Durante todo el tiempo hay cincuenta guardias de servicio. Ni la vida del Duque se halla tan protegida. Papá y mis hermanos estuvieron discutiendo de ello toda la noche.

—Ah… lo siento, pero no creo que pueda serte de gran ayuda en ese asunto. Y ahora dime qué supones que quiere que haga.

Nazca se quedó mirándole fijamente, con la boca entreabierta como si fuera a hablar. Pero se lo pensó dos veces y apretó los labios con una mueca.

—Diablos, Nazca, me tiraría a la bahía e intentaría aporrear a un tiburón si de verdad me lo pidieras, así que ahora vas a decirme cómo estaba de enfadado antes y cómo se encuentra ahora. ¿Me has entendido?

—Sí, pero… será menos terrible si te enteras por él mismo. Sólo recuerda lo que te he dicho. Escúchale. Haz que se sienta contento y tú y yo lo discutiremos después. Si es que hay un después.

—¿Si hay un después? Nazca, me estás preocupando.

—Es eso, Locke. Que ha llegado el malo. El Rey Gris ha terminado por llegar hasta papá. Tesso disponía de sesenta puñales, y diez de ellos no le dejaban ni a sol ni a sombra. Tesso contaba con el favor de papá; había hecho grandes planes para él en un futuro próximo. Pero como papá ha estado acostumbrado durante tanto tiempo a hacer las cosas a su manera, yo… yo no puedo decir con toda honestidad que sepa el modo de acabar con todo esto. Creo que lo que quiere es zanjar todos los asuntos pendientes y que nos recluyamos en este lugar. Mentalidad de asedio.

—Hmmmm —Locke suspiró—. Nazca, yo no puedo asegurar que eso sea una imprudencia. Él es…

—¡Papá está loco si piensa que puede retenernos a todos aquí dentro, encerrados para siempre en esta fortaleza! Solía pasar en el Último Error la mitad de las noches de la semana. Solía pasearse por los muelles, caminar por la Mara, darse una vuelta por el Estrecho cada vez que le apetecía. Solía arrojar cobres a la procesión de las Sombras. El Duque de Camorr puede encerrarse en sus aposentos privados y gobernar legítimamente, pero el Capa de Camorr no. Necesita que le vean.

—Y arriesgarse a que le asesine el Rey Gris.

—Locke, llevo encerrada dos meses dentro de esta maldita bañera de madera, y te digo que no estamos más a salvo que si nos estuviéramos bañando desnudos en la fuente más cochambrosa del patio más oscuro del Caldero —Nazca cruzó los brazos bajo sus pechos con tanta fuerza que su jubón de cuero crepitó—. ¿Qué podemos hacer? ¿Quién es ese Rey Gris y dónde está y quién es ese hombre? No tenemos ni la menor idea… mientras ese hombre alarga la mano y mata a placer, o al azar, a todos los nuestros o a quien le cuadra. Hay algo raro en todo esto. Posee recursos que no comprendemos.

—Es más listo y más afortunado. Y ninguna de ambas cosas dura para siempre, créeme.

—No es sólo que sea más listo y más afortunado, Locke. Estoy de acuerdo en que hay límites para ambas cosas. Pero ¿de dónde saca sus recursos? ¿Qué sabe? ¿A quién conoce? Si no nos están traicionando, es que nos están venciendo. Y tengo cierta confianza en que no nos están traicionando.

—¿No nos traicionan?

—No te hagas el estúpido conmigo, Locke. Los negocios podrían seguir marchando relativamente bien aunque papá y yo siguiéramos metidos en este gallinero. Pero si él no dejara salir de aquí a Anjais y a Pacheco para gobernar la ciudad, todo el sistema se iría al infierno. A los garristas que consideran prudente que algunos Barsavi se queden aquí dentro, el hecho de que todos nos encerráramos les parecería una cobardía. Y no lo comentarían a nuestras espaldas, sino que lisa y llanamente elegirían a otro Capa. Quizá a unos cuantos más. O quizá al Rey Gris.

—Por eso mismo, tus hermanos jamás permitirán que los encierren aquí dentro.

—Eso depende, Locke, de lo enloquecido y chiflado que se encuentre el viejo. Pero aunque tuvieran la libertad de poder irse, eso sólo resolvería la parte más pequeña de nuestro problema. Y, una vez más, nos sentimos vencidos. Con tres mil puñales a nuestras órdenes y el fantasma aún nos la juega.

—¿Y de qué sospechas? ¿De brujería?

—Sospecho de todo y de todos. Dicen que el Rey Gris puede matar a un hombre con sólo tocarlo. Dicen que las armas no le hieren. Sospecho hasta de los dioses. Por eso mis hermanos piensan que estoy loca. Cuando contemplan la situación ven que se trata de una guerra convencional. Y piensan que pueden acabar con ella sólo con dejar encerrados al viejo y a la hermana pequeña y esperar el momento de devolver el golpe. Pero yo no lo veo así. Veo un gato que tiene una de sus patas encima del rabo de un ratón. Y si aún no ha sacado las garras no ha sido porque el ratón haya hecho o dejado de hacer cualquier cosa. ¿Lo comprendes?

—Nazca, sólo sé… fíjate, estás muy agitada. Te escucharé. Soy una piedra. Puedes gritarme todo lo que quieras, pero apenas puedo hacer nada por ti, sólo soy un ladrón. Soy el ladrón menos poderoso de los que sirven a tu padre; si hay otra banda más pequeña que la mía, me pondré a jugar a las cartas en las fauces de un tiburón-lobo, yo…

—Locke, necesito que me ayudes a calmar a mi padre. Necesito que recobre algo de la personalidad que siempre tuvo, para así exponerle lo que pienso. Por eso te pido que entres ahí y que hagas todo lo posible para que se sienta a gusto contigo. Quiero que le agrades muchísimo. Muéstrate como un garrista leal que hará todo lo que se le diga en el momento en que se le diga. Y cuando vuelva a planificar razonablemente el futuro, sabré que ya ha conseguido el estado mental necesario para que yo pueda tratar con él.

Al final del corto pasillo había más puertas de madera gruesa, casi idénticas a la que les separaba del vestíbulo. No obstante, aquellas puertas estaban protegidas por un complicado mecanismo de relojería de Tal Verrar que mantenía en su sitio los barrotes de hierro que las cubrían. En el centro de cada una de aquellas puertas podía verse el mecanismo, y en él doce cerraduras. Nazca sacó dos llaves de una cadena que llevaba al cuello e interpuso su cuerpo entre el de Locke y las puertas, para que él no pudiera ver en cuáles cerraduras las había introducido. Entonces se produjo una serie de chasquidos producidos por la maquinaria que se encontraba dentro de las puertas; uno a uno, los picaportes ocultos fueron cayendo y los relucientes barrotes retirándose hasta que las puertas se abrieron por sus goznes centrales.

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