Las mentiras de Locke Lamora

Las mentiras de Locke Lamora


Libro II » Capítulo 4 » 9

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En aquel momento se escuchó otro grito, fuerte y muy vívido porque ya no podía atenuarlo la puerta de madera, procedente de la habitación que se encontraba al otro lado.

—Es peor de lo que suena —dijo Nazca.

—Sé lo que el sabio hace para tu padre, Nazca.

—Saber es una cosa, verlo otra muy diferente.

Por lo general, el sabio solía hacerle uno o dos trabajos de vez en cuando. Ahora papá tiene trabajando al muy bastardo todo el día.

6

—Si ya te ha quedado claro que no disfruto con esto —decía Capa Barsavi—, ¿por qué me obligas a insistir en ello?

El joven de cabellos negros estaba atado a un potro de madera. Lo habían puesto boca abajo, con las piernas en unos grilletes de metal; los brazos atados los tenía estirados al máximo. El pesado puño del Capa alcanzó al prisionero justo debajo de una axila; el sonido fue como el de un martillo golpeando la carne. Unas perlas más de sudor y el prisionero gritó y se retorció en sus ligaduras.

—¿Por qué me insultas de esta manera, Federico? —otro puñetazo en el sitio de antes, con los nudillos extendidos de un modo cruel—. ¿Por qué no tienes ni siquiera la delicadeza de contarme una mentira convincente? —Capa Barsavi golpeó el cuello de Federico con el dorso de una mano; el prisionero jadeó, y fue más estrepitoso cuando la sangre, la saliva y el sudor se le metieron por la nariz.

El corazón de la Tumba Flotante era algo así como una opulenta sala de baile de paredes curvas; la iluminaba una cálida luz ambarina procedente de los globos de cristal que colgaban de unas cadenas de plata. Las escaleras daban a las galerías de más arriba, por las que se subía hasta el puente del viejo casco entoldado con sedas. Una pequeña plataforma que se apoyaba en la pared más alejada soportaba el peso de la enorme silla de madera donde usualmente se sentaban las visitas de Barsavi. Aunque la estancia estaba decorada con un gusto mesurado y regio, al menos aquel día apestaba a miedo, a sudor y a calzones sin mudar.

El armazón que atenazaba a Federico se dobló hacia abajo; el semicírculo donde se encontraban los aparatos de tortura podía bajarse hasta donde se quisiera, pues el volumen de aquel tipo de negocios que realizaba Barsavi había llegado a ser tan grande que le había hecho merecedor de un procedimiento estándar. En aquellos momentos, seis estaban vacíos y manchados de sangre; sólo dos seguían ocupados por prisioneros.

El Capa alzó la mirada cuando entraron Locke y Nazca; los saludó con un asentimiento de cabeza al tiempo que les indicaba que esperaran apoyados en la pared. Aunque el viejo Barsavi seguía pareciendo un toro, podía apreciarse en él el paso de los años. Se había hecho más orondo y blando, y sus tres barbas trenzadas de color gris se apoyaban en otras tantas papadas bamboleantes. Los ojos los tenía enmarcados por negras ojeras y el rubor de sus mejillas poseía ese tono rojizo, tan poco recomendable para la salud, que sólo confiere la botella. Acalorado por el esfuerzo, se había quitado la casaca y quedado con la camisa de seda.

Cerca de él, inmóviles y con los brazos cruzados, se encontraban Anjais y Pachero Barzavi, los hermanos mayores de Nazca. Anjais era una versión en miniatura del Capa, con treinta años y dos barbas menos, mientras que Pachero era parecido a Nazca, alto, delgado y de cabellos rizados. Ambos hermanos llevaban gafas, pues cualquiera que hubiera sido la dolencia ocular de la vieja señora Barsavi, se la había pasado a los tres hijos que la habían sobrevivido.

Había dos mujeres apoyadas en una de las paredes. No eran delgadas; sus brazos, desnudos y curtidos, estaban macizos por los músculos y surcados por las cicatrices; y mientras desprendían una sensación de salud casi ferina, por lo atléticas que eran, comenzaban a dejar atrás la apariencia infantil de la primera juventud. Cheryn y Raiza Berangias, gemelas idénticas, eran las mejores contrarequialla que la ciudad de Camorr jamás hubiera conocido. Participando ellas dos solas como pareja, habían dado más de cien representaciones en la Fiesta Cambiante, luchando contra tiburones, calamares gigantes, anguilas y demás depredadores del Mar de Hierro.

Durante cerca de cinco años habían sido las guardaespaldas y verdugos personales de Capa Barsavi. Sus largas y salvajes cabelleras del color del humo negro estaban recogidas hacia atrás bajo unas redecillas de plata que sonaban de modo discordante, aunque no desagradable, al chocar entre sí los dientes de tiburón prendidos en ellas. Se decía que había tantos dientes como muertos por las Berangias al servicio de Barsavi.

El último de los asistentes a aquella reunión privada, aunque no el que menos imponía en ella, era el sabio Amabilidad, un hombre de cabeza redonda, peso moderado y mediana edad. Su cabello corto tenía el mismo color de lino que el de ciertas familias de Therin asentadas en las ciudades occidentales de Karthain y Lashain; daba la impresión de que sus ojos estuvieran permanentemente húmedos por la emoción, aunque su expresión se mantuviera inmutable. Quizá era el hombre con mayor temple de Camorr; podía arrancar las uñas con el meloso desinterés de un limpiabotas. Y Capa Barsavi, a pesar de ser un torturador eficiente, solicitaba la ayuda del sabio cuando estaba decaído.

—¡No sabe nada! —exclamó a voz en cuello el último de los prisioneros que aún no había recibido tormento, cuando Barsavi golpeó una vez a Federico—. Capa, señoría, sabed que ninguno de nosotros sabe nada. ¡Por los dioses! ¡Ninguno de nosotros recuerda nada!

Barsavi cruzó el suelo de madera y obligó a callar al prisionero dándole un fuerte apretón en la tráquea.

—¿Acaso te estaba preguntando a ti? ¿Tienes prisa por recibir este tratamiento? Te quedaste muy quieto cuando arrojé al agua a tus otros seis amigos. ¿Por qué gritas por éste?

—Por favor —dijo aquel hombre con voz estrangulada, boqueando cuando Barsavi aflojó su presa lo suficiente para que pudiera hablar—. Por favor, no hay necesidad de esto. Capa Barsavi, debéis creernos, por favor. Os hubiéramos dicho todo lo que queríais oír si lo supiéramos. ¡No nos acordamos de nada! ¡No nos…!

El Capa le hizo callar con una fuerte bofetada. Durante unos instantes, los únicos sonidos dentro de aquella habitación fueron los sollozos de terror y la respiración entrecortada de los dos prisioneros.

—¿Por qué tengo que creerte? No me creo nada de todo eso, Julien. ¿Me das de comer mierda y me dices que es carne asada? Eso es lo que habéis hecho todos y, en lo que a ti concierne, ni siquiera te molestas en contarme una historia con sentido. Cualquier intento serio por mentirme me hubiera molestado un huevo, pero, al menos, lo hubiera comprendido. Pero en lugar de eso, gimes y me dices que no te acuerdas. Vosotros, los ocho miembros con más poder de los Coronas Enteras después del propio Tesso. Sus elegidos. Sus amigos, sus guardaespaldas, sus leales pethons. Y gritáis como niños diciendo que no recordáis ni los lugares donde estuvisteis la pasada noche, cuando dio la casualidad de que murió Tesso.

—Pero ésa es precisamente la verdad, Capa Barsavi. Por favor, es…

—Voy a preguntártelo de nuevo. ¿Dónde estuvisteis bebiendo la pasada noche?

—¡No tenemos ni idea!

—¿Estuvisteis fumando algo? ¿Todos juntos?

—No, no fumamos nada. Al menos… juntos.

—Entonces, ¿la Mirada? ¿Una pizca de lo que preparan los perversos alquimistas de Jerem? ¿Aspirasteis un poquito de ese polvo?

—Tesso jamás hubiera permitido…

—Está bien —como quien no quería la cosa, Barsavi le pegó un puñetazo a Julien en el plexo solar. Mientras aquel hombre jadeaba de dolor, Barsavi se dio la vuelta y levantó los brazos en un gesto lleno de estudiada jovialidad—. Puesto que hemos eliminado cualquier posible explicación terrenal en lo concerniente a tamaña negligencia, sólo nos queda la brujería o la intervención divina… Por favor, no me irás a decir ahora que los mismísimos dioses os habían encantado. Es difícil de creer.

Julien se retorció en sus ataduras, el rostro colorado, agitando la cabeza.

—Por favor… por favor…

—Entonces no fueron los dioses. Estaba diciendo… decía que vuestro jueguecito comienza a aburrirme soberanamente. Amabilidad.

El hombre de cabeza redonda bajó la barbilla hasta el cuello y levantó las palmas de las manos hacia arriba, como si fuera a recibir un regalo.

—Quiero algo de creatividad. Si Federico no quiere hablar, dale una última oportunidad a Julien para que recobre la lengua.

Federico comenzó a chillar incluso antes de que Barsavi hubiera terminado de hablar… era el chillido agudo y lleno de dolor de quien se sabe condenado. Locke se sorprendió al sentir que él mismo apretaba los dientes para que no le castañetearan. Demasiadas entrevistas con una carnicería como telón final… los dioses podían llegar a ser muy perversos.

El sabio Amabilidad se dirigió a la mesita dispuesta junto a una de las paredes de la habitación donde estaban amontonados unos vidrios de pequeño tamaño y un pesado saco de tela cerrado con una cuerda. Amabilidad metió unos cuantos vidrios en el saco y comenzó a aporrear con él la mesa; aunque el sonido del vidrio al romperse y el roce de sus fragmentos eran inaudibles a causa de los fuertes chillidos de Federico, Locke consiguió imaginárselos. Tras unos instantes, Amabilidad pareció satisfecho y se acercó lentamente hasta Federico.

—No lo hagas, no lo hagas, no, no lo hagas, no lo hagas, por favor, no, no…

Amabilidad sujetó con una mano la cabeza de aquel joven desesperado y con la otra metió rápidamente el saco por encima de su coronilla y de su rostro hasta llegar al cuello, donde lo aseguró con la cuerda. El saco amortiguó los chillidos de Federico, que habían vuelto a ser muy fuertes e inarticulados. Entonces Amabilidad comenzó a pasar una mano por encima del saco, al principio muy despacio, casi con ternura; los largos dedos del torturador movieron los vidrios que había dentro por encima del rostro de Federico. Unas manchas oscuras comenzaron a insinuarse en la superficie del saco; Amabilidad manipulaba su contenido como el escultor que da forma a su arcilla. Afortunadamente, para entonces Federico se había quedado sin resuello, de suerte que aquel desgraciado sólo pudo balbucir unos cuantos quejidos roncos; Locke rezó en silencio para que hubiera dejado atrás el dolor y hubiese encontrado un refugio temporal en la locura.

Amabilidad masajeó con más fuerza el saco. Ahora hacía presión en los lugares donde debían de encontrarse los ojos, la nariz, la boca y la barbilla de Federico. El saco se volvió más húmedo y rojo hasta que Federico sufrió un espasmo y se quedó inmóvil. Cuando Amabilidad apartó sus manos del saco, dio la impresión de que hubiera estado aplastando tomates con ellas.

Con una sonrisa triste, no evitó que sus manos rojas dejaran un reguero rojo sobre la madera del suelo cuando se inclinó sobre Julien, mirándole intensamente sin decir nada.

—Supongo —dijo Capa Barsavi— que si he logrado convencerte de algo, habrá sido de la rotundidad de mi decisión. ¿Hablarás?

—Por favor, Capa Barsavi —susurró Julien—. Por favor, esto no es necesario. No tengo nada que contaros. Preguntadme cualquier cosa, lo que queráis. Lo sucedido la noche pasada está en blanco. No lo recuerdo. Si no, os lo diría, oh, por los dioses, creedme, os lo contaría. Éramos unos pethons leales, los más leales que jamás hayáis tenido.

—Espero sinceramente que no.

Barsavi debió de haber tomado una decisión, porque hizo un gesto a la hermanas Berangias y señaló a Julien. Aquellas damas de negra cabellera trabajaron rápida y silenciosamente, deshaciendo los nudos y grilletes que le mantenían sujeto al armazón de madera mientras soltaban las cuerdas que lo mantenían atado de pies a cabeza. Luego, sin esfuerzo, llevaron a aquel hombre lleno de estremecimientos entre las dos, una cogiéndole de los hombros y otra de los pies.

—¿Leales? Por favor. Ya somos mayorcitos, Julien. El negarte a contarme la verdad acerca de lo sucedido la pasada noche no creo que sea un acto de lealtad. Como os pusisteis por encima de mí, yo haré lo mismo con vosotros —en el extremo izquierdo de aquella gran sala acababan de mover hacia un lado un panel de madera tan largo como un hombre; apenas un metro más abajo podía verse la oscura superficie de las aguas sobre las que flotaba la Tumba. El suelo que rodeaba aquella abertura estaba manchado de sangre húmeda—. Os pondré debajo.

Julien gritó por última vez cuando las hermanas Berangias le lanzaron por la abertura, la cabeza por delante; al caer levantó una salpicadura de agua y no subió flotando a la superficie. El Capa había desarrollado el hábito de tener algo siniestro por debajo de la Tumba en todo momento, algo que no podía escapar de allí a causa de las recias redes de cables metálicos que rodeaban la parte inferior del casco del galeón.

—Amabilidad, puedes irte. Muchachos, cuando vuelva a llamaros me traeréis a ciertos individuos a los que debo preparar; por el momento podéis iros al puente y esperar allí. Raiza, Cheryn… por favor, idos con ellos.

Caminando despacio, Capa Barsavi se dirigió a su viejo sillón, tan confortable como desprovisto de adornos, y se sentó en él. Respiraba con mucha agitación y aún más temblaba a causa del esfuerzo que hacía para que no se le notara. Una copa de latón llena de vino, con una capacidad equivalente a la de una sopera, descansaba sobre la mesita de al lado; el Capa se echó un largo trago de ella y cerró los ojos durante un momento, como si quisiera vencer con la meditación su mal humor. Finalmente, volvió a la vida e hizo una seña a Locke y a Nazca para que fueran hasta él.

—Bien. Mi querido maese Lamora, ¿cuánto dinero me traes esta semana?

7

—Treinta y seis solones y cinco cobres, vuestra señoría.

—Mmm. Una semana un tanto floja, o eso parece.

—Sí, lo lamento profundamente, Capa Barsavi. La lluvia… no suele ayudar a los que trabajamos con escalo.

—Mmmm —Barsavi dejó la copa y cubrió con la mano izquierda el puño en que se había convertido la derecha, acariciando los nudillos manchados de rojo—. Es evidente que en muchas otras ocasiones me has traído más dinero. Serían semanas mejores.

—Ah… sí.

—Hay otros que no se comportan como tú, ya lo sabes. Siempre me traen la misma cantidad, semana tras semana tras semana, hasta que, finalmente, pierdo la paciencia y les impongo un correctivo. Locke, ¿sabes qué es lo que tienen esos garristas?

—Uh, ¿una vida… muy aburrida?

—¡Ja! Sí, eso es lo que tienen. Tienen que llevar una vida muy estable para tener los mismos beneficios todas las semanas y así darme lo que me corresponde según el porcentaje establecido. Como si yo fuera un niño que no se entera de nada. Y luego hay otros garristas como tú. Sé que me traes la parte que me corresponde en ley porque no tienes miedo de venir hasta aquí y disculparte por haberme traído menos que la última semana.

—Yo, bueno, esperaba que no se me considerase un poco lanzado por repartir las pérdidas cuando no sale lo que uno se esperaba…

—De ninguna manera —Barsavi sonrió mientras se acomodaba en el sillón. Unos chapoteos y golpes apagados, bastante siniestros, llegaban desde más abajo del suelo, cerca de la portilla por donde Julien había desaparecido—. Eres algo más que el garrista más correcto y de fiar de los que se encuentran a mi servicio. Eres como un reloj de Tal Verrar. Tú mismo en persona me entregas lo que me toca a su debido tiempo sin que haya que recordártelo; y esto durante los últimos cuatro años, una semana tras otra. Sin faltar ni una sola desde que Cadenas murió. Jamás diste a entender que nada era más importante que presentarte personalmente ante mí con esa bolsa en la mano.

Capa Barsavi señaló la pequeña bolsa de piel que Locke llevaba en la mano izquierda y le hizo un gesto a Nazca. El trabajo oficial que le tocaba hacer en la organización de Barsavi era el de registradora, la que anotaba las cuentas. Podía enumerar rápidamente el montante total de los pagos efectuados por cualquier banda de la ciudad y detallarlo exactamente por semanas y por años. Locke sabía que aunque escribiera en pergamino las cuentas actualizadas para que su padre pudiera verlas, todas y cada una de las monedas del fabuloso tesoro de Barsavi pasaban por delante de sus fríos y adorables ojos a la hora de ser registradas, o eso decían los súbditos del Capa. Locke le lanzó la bolsa de cuero y ella la cogió en el aire.

—Jamás envíes a un pethon a hacer el trabajo de un garrista —comentó Capa Barsavi.

—Bueno, vuestra señoría es muy amable. Pero hoy es muy fácil cumplir lo que decís, puesto que sólo se permite entrar a los garristas.

—No disimules. Ya sabes de lo que estoy hablando. Nazca, cariño, Locke y yo tenemos que tratar cierto asunto en privado.

Nazca asintió con una profunda inclinación de cabeza a las palabras de su padre y dedicó otra mucho más breve a Locke. Luego se volvió y se dirigió hacia las puertas de la entrada de la sala, con las suelas de hierro resonando sobre la madera.

—Tengo muchos garristas —dijo Barsavi cuando se hubo ido— más duros que tú. Otros mucho más populares, otros mucho más encantadores, otros con bandas mucho más grandes y prósperas que la tuya. Pero muy pocos que se molesten constantemente en ser tan corteses y tan cuidadosos como tú.

Locke no dijo nada.

—Mi joven amigo, aunque suela ofenderme por muchas cosas, puedo asegurarte que la cortesía no es una de ellas. Ven, tranquilízate. No voy a echarte un lazo al cuello.

—Lo siento, Capa. Es sólo… que como habíais comenzado a mostrar vuestro desagrado de una manera muy… ahhh…

—¿Indirecta?

—Cadenas me contó lo suficiente acerca de los estudiosos de la Universidad de Therin —dijo Locke— para saber que vuestro primario hábito de hablar era, ah, una trampa para tontos.

—¡Ja! Es cierto. Si alguien te dice, Locke, que los hábitos suelen perderse, te estará mintiendo… pues jamás mueren del todo —Barsavi rió entre dientes y bebió un sorbo antes de proseguir—. Son tiempos… alarmantes, Locke. Ese maldito Rey Gris ha acabado por convertirse en una especie de sarpullido. La pérdida de Tesso es particularmente… Bueno, tenía planes para él. Ahora me veo obligado a hacer otros planes antes de lo que había pensado. Dime, pethon, ¿qué opinión te merecen Anjais y Pachero?

—Uh. Ah. Bueno… ¿vuestra señoría quiere mi honesta opinión?

—Tu opinión honesta y completa, pethon. Te lo ordeno.

—Bueno, pues son muy respetados y muy buenos en su trabajo. Nadie se burla de ellos a sus espaldas. Jean dice que realmente saben cómo comportarse en una pelea. Los Sanza se ponen nerviosos cuando tienen que jugar a las cartas con ellos sin hacer trampas, lo cual dice algo a su favor.

—Eso que me cuentas me lo podrían decir dos docenas de espías siempre que se lo preguntara. Ya sé todo eso. Lo que quiero escuchar es qué opinas personalmente de mis dos hijos.

—Ah… —Locke tragó saliva y miró a Capa Barsavi directamente a los ojos—. Bueno, pues que merecen respeto. Hacen bien su trabajo y saben desenvolverse en una pelea. Son buenos trabajadores y bastante brillantes… pero…, si vuestra señoría me perdona, diré que se burlan de Nazca cuando deberían hacer caso de sus advertencias y seguir sus consejos. Ella posee la sutileza y la paciencia que… que…

—¿Que les falta a ellos?

—Veo que ya sabíais lo que quería decir.

—Ya te he dicho, Locke, que eres un garrista cuidadoso y considerado. Son características que te distinguen, aunque impliquen muchas otras cualidades. Después de que hicieras aquellas prodigiosas barbaridades te convertiste en el vivo retrato de un ladrón cauto, firme a la hora de controlar a los tuyos. Supongo que has de ser muy sensible ante cualquier falta de precaución de los demás. Mis hijos… han vivido todo el tiempo en una ciudad que los teme a causa de su apellido. Esperan deferencia al modo de los aristócratas. Son muy poco precavidos y un tanto despreocupados. Necesito hacer algunos preparativos para asegurarme de que reciban buenos consejos en los meses y años por venir. No viviré para siempre, sobre todo después de tratar con el Rey Gris.

La certidumbre tan llena de jovialidad de la voz de Capa Barsavi, al pronunciar aquellas últimas palabras, le erizó a Locke los cabellos de la nuca. El Capa estaba sentado en el interior de una fortaleza que no había abandonado durante más de dos meses, bebiendo vino en una atmósfera aún rancia por la sangre de los ocho miembros de una de las bandas más poderosas y leales.

¿No estaría hablando con un hombre que poseía unos planes más sutiles y de mayor alcance de lo que había pensado? O, ¿no sería que, finalmente, Barsavi había acabado por quebrarse, como le sucede al cristal de las ventanas al recibir el fuego?

—Me gustaría muchísimo —dijo el Capa— que te encontraras en la posición precisa para darles a Anjais y a Pachero los consejos que necesiten.

—Ah… eso es tremendamente halagador…, vuestra señoría, pero… aunque yo me lleve bastante bien con Anjais y Pachero, no le llamaría a eso una amistad íntima. De vez en cuando jugamos a las cartas, pero… seamos honestos: no soy lo que se dice un garrista importante.

—Como antes dije, incluso ahora, con el Rey Gris haciendo lo que esté haciendo en mi ciudad, tengo a muchos que son más duros que tú, más atrevidos, más populares. Y con ello no quiero hacerte de menos, pues ya he discutido antes tus cualidades. Pero son esas cualidades las que necesito con urgencia. No la dureza, la bravura o el encanto, sino la fría y firme cautela. La prudencia. Eres el más prudente de mis garristas; crees ser el menos importante porque eres el que hace menos ruido. Y ahora dime, ¿qué piensas de Nazca?

—¿Nazca? —de repente Locke presintió que debía hablar con mayor cautela que antes—. Es… brillante, vuestra señoría. Puede repetir conversaciones que ambos mantuvimos hace diez años y reproducir correctamente todas sus palabras, sobre todo las que puedan causarme algún embarazo. ¿Pensáis que soy prudente? Pues comparado con ella soy tan imprudente como un oso dentro del laboratorio de un alquimista.

—Sí —dijo el Capa—. Sí. Ella debería ser el próximo Capa Barsavi después de que yo me haya ido, pero no funcionaría. Ya sabes que no tiene nada que hacer por ser mujer. Sus hermanos mayores jamás aceptarían el recibir órdenes de su hermana pequeña. Así que no puedo obligarles a que la acepten, pues no me gustaría que mis niños se mataran los unos a los otros por las briznas del legado que pienso dejarles.

»Pero lo que puedo hacer, y voy a hacer, es asegurarme de que a su debido tiempo encuentren la voz de la moderación en un lugar del que no podrán prescindir. Creo que tú y Nazca sois viejos amigos. Recuerdo la primera vez en que os conocisteis, hace muchos años… cuando ella solía sentarse en mis rodillas y pretender dar órdenes a los hombres que me rodeaban. En los años posteriores, ¿acaso no has venido siempre a verla? ¿No le has dedicado siempre palabras amables? ¿No has sido siempre su buen pethon?

—Ah… así lo creo con toda honestidad, vuestra señoría.

—Sé que lo has sido —Barsavi se echó un largo trago de la copa de vino y luego la dejó encima de la mesita con mano firme y una sonrisa de magnanimidad en su rostro redondo y lleno de arrugas—. Por tanto, tienes mi permiso para cortejar a mi hija.

¿Qué tal si nos caemos al suelo?, preguntaron las rodillas de Locke; pero aquella sugerencia no tardó en verse anulada por el acertado juicio de Locke, que le decía que se quedara como congelado en el sitio y no hiciera nada, como el hombre que patalea en el agua y que, de repente, ve que una fina aleta negra va derecha hacia él.

—Oh —dijo al fin—, no… me lo esperaba… no me lo esperaba…

—Claro que no —dijo Barsavi—. Pero en esta proposición nuestras intenciones se complementan. Sé que tú y Nazca compartís muchos sentimientos. Una unión entre vosotros dos te permitiría entrar en la familia Barsavi. Te convertirías en la responsabilidad de Anjais y de Pachero… y ellos en la tuya. ¿No lo ves? Un cuñado les sería más difícil de ignorar que el más poderoso de sus garristas —Barsavi cubrió con su mano derecha el puño en que se había convertido la izquierda y sonrió abiertamente de nuevo, como si fuera algún dios de rostro encendido que dispensara benevolencia desde su trono celestial.

Locke respiró profundamente. No había nada que hacer; la situación requería una aquiescencia absoluta, como si el Capa le estuviera apuntando con una ballesta en la sien. La gente moría por mucho menos que aquello; negarse a aceptar a la propia hija del Capa sería un suicidio de lo más tonto. Probablemente no le matara en aquel lugar ni en aquel momento, pero si Locke frustraba el plan del Capa, no vería el día siguiente.

—Me siento… muy honrado, Capa Barsavi. Profundamente honrado. Espero no decepcionaros.

—¿Decepcionarme? Seguro que no. Sé que en ciertas ocasiones algunos de los demás garristas han mirado a Nazca con buenos ojos. Pero si alguno de ellos pensara ahora en echarle el ojo, no duraría mucho. Vaya sorpresa cuando se enteren. ¡Jamás se lo hubieran imaginado!

¡Y como regalo de bodas, los celos feroces de ni se sabe cuántos pretendientes rechazados!, pensó Locke.

—Entonces, señoría, ¿cuándo… puedo comenzar?

—Veamos —dijo Barsavi—, ¿por qué no te tomas unos cuantos días para pensártelo? Mientras tanto, hablaré con ella. Por supuesto que, llegado el momento, no debe abandonar la Tumba Flotante. Una vez que yo haya hablado con el Rey Gris… espero que comiences a cortejarla de una manera más pública y notoria.

—Entonces debéis decirme —dijo Locke, midiendo las palabras— si queréis que siga robando.

—Considéralo como un desafío que te otorgo junto con mis bendiciones —Barsavi sonreía con gran afectación—. Y ya veremos si puedes mantenerte prudente al tiempo que más productivo. Sospecho que sí puedes… y sé que no quieres decepcionarnos a mí y a mi hija.

—Ciertamente no, vuestra señoría. Lo haré… lo mejor que pueda.

Capa Barsavi hizo una seña a Locke para que se acercara más y le tendió la mano izquierda con los dedos hacia delante y la palma hacia abajo. Locke se arrodilló ante el sillón de Barsavi, tomó aquella mano con las suyas y besó el anillo del Capa, con aquella perla negra tan familiar que tenía una parte central de color rojo sangre.

—Capa Barsavi —dijo, mirando al suelo.

El Capa le tomó de los hombros e hizo que se levantara.

—Te doy mi bendición, Locke Lamora, la bendición de un hombre mayor que se preocupa por sus hijos. Al hacer esto por ti, te alzo sobre una muchedumbre de gente peligrosa. Seguramente se te habría pasado por la imaginación que mis hijos heredarían un oficio peligroso. Y que si no eran lo suficientemente cuidadosos o duros para la tarea encomendada… sucederían cosas extrañas. Es posible que, algún día, esta ciudad sea gobernada por Locke Lamora. ¿Nunca lo habías pensado?

—En honor a la verdad —susurró Locke—, jamás deseé el poder del Capa porque jamás quise tener los problemas del Capa.

—Bien, una muestra más de prudencia —el Capa sonrió y señaló hacia las puertas, dándole a Locke la venia para irse—. Los problemas de un capa son muy reales. Pero tú me has ayudado a librarme de uno.

Locke se encaminó a la entrada de la sala, los pensamientos atropellándosele en la cabeza. Detrás de él, el Capa seguía sentado en su sillón, en silencio y con la mirada perdida. Los únicos sonidos que pudo escuchar provenían de las pisadas de Locke y del rítmico goteo de la sangre que caía del saco, repugnantemente empapado, que cubría la cabeza de Federico.

8

—Nazca, qué quieres que te diga; si tuviera mil años y hubiese visto seis veces todo lo que hay que ver, aún seguiría diciendo que ni siquiera habría podido imaginarme este maldito asunto

Ella le había estado esperando en el pasillo que llevaba al vestíbulo; después de que el mecanismo cerrara tras ellos la puerta que conducía a la sala principal, le echó una mirada cargada de disculpas que más parecía una mueca.

—¿Pero no comprendes que te hubiera extrañado aún más que yo te lo contara antes que él?

—Todo este maldito asunto hubiera podido terminar en un follón de mil diablos, Nazca. Por favor, no quieras darle la vuelta a las cosas. Yo…

—Locke, yo no quiero darle la vuelta a las cosas…

—Eres una buena amiga, y…

—Yo también siento lo mismo por ti, y sin embargo…

—No es fácil arreglar este asunto…

—No, no lo es. Mira —le tomó de los hombros y se agachó lo suficiente para mirarle a los ojos—. Eres un buen amigo, Locke. Probablemente el mejor que jamás haya tenido. Mi leal pethon. Me gustas muchísimo, pero… no como un posible marido. Y sé que tú…

—Yo… ah…

—Locke —dijo Nazca—, sé que la única mujer que posee la llave que abre ese corazón tuyo tan extraño se encuentra lejos, a miles de kilómetros. Y sé cuánto más prefieres ser miserable a su lado que feliz con cualquier otra.

—¿De veras? —Locke acababa de cerrar los puños—. Esa información debe de estar al alcance de cualquier idiota. Seguro que el Duque lo sabe por los informes periódicos. Da la impresión de que tu padre es la única persona que no está enterada.

—O que no le importa —Nazca enarcó las cejas—. Locke, es la relación entre capa y pethon. No es personal. Él da las órdenes y tú las cumples. Siempre.

—¿Y esta vez no? Yo pensaba que querías ser feliz. Al menos ha vuelto a hacer planes para el futuro.

—Yo hablé de planes razonables —Nazca sonrió en aquella ocasión de verdad, con franqueza—. Vamos, pethon. Síguele el juego durante unos días. Podemos seguirle la corriente y juntar nuestras cabecitas mientras pensamos en otras cosas. Que hablen de nosotros, ¿de acuerdo? El viejo no puede ganar, y no lo hará cuando sepa que no tiene nada que hacer.

—De acuerdo. Si tú lo dices…

—Lo digo. Vuelve pasado mañana. Prepararemos un plan. Nos quitaremos este nudo corredizo de encima. Y ahora, ve a atender a tus muchachos. Y ten cuidado.

Locke regresó al vestíbulo y Nazca cerró las puertas tras de él; Locke se quedó mirándola mientras el espacio entre ambas puertas se iba haciendo más estrecho, apartándola gradualmente de su vista hasta que se cerraron y cayeron los picaportes. Y hubiera jurado que ella le había guiñado un ojo antes de que las pesadas puertas se interpusieran entre ellos.

—… Y ésta es la carta que habíais sacado. El seis de chapiteles —dijo Calo, manteniendo levantada una carta y enseñándosela a los guardias del vestíbulo.

—No me jodas —dijo uno de ellos—, eso es brujería.

—Qué va, sólo es el antiguo toque de los Sanza —Calo barajó el mazo con una mano y se lo tendió a Locke—. ¿Una manita, jefe?

—No, gracias, Calo. Nos vamos, muchachos. Los asuntos que nos llevaron a este lugar se han terminado por hoy, así que dejemos de dar la lata a los chicos de las ballestas —y resaltó estas palabras diciendo con las manos—: Las complicaciones importantes se discuten en otro lugar.

—Maldición, estoy hambriento —dijo Jean, disponiéndose a seguirle—. ¿Por qué no cogemos algo en el Último Error y nos lo llevamos a nuestros aposentos?

—Sí —dijo Bicho—, ¡cerveza y tartitas de albaricoque!

—Me siento extrañamente inclinado a probar esa combinación tan repugnante —dijo Jean, dándole un capón en la coronilla al más joven de los Caballeros Bastardos y entrando el primero en el estrecho sendero de madera que mantenía apartada a la Tumba Flotante del resto del mundo.

9

Salvo Capa Barsavi (que se imaginaba que la banda de Locke aún seguía sentándose en los escalones los días de la semana que les tocaba, incluso con Cadenas en la tumba), nadie de la Buena Gente de Camorr sabía que los Caballeros Bastardos aún operaban en el templo de Perelandro. Mientras que Calo, Galdo y Bicho alquilaban habitaciones en diferentes lugares, dentro y fuera de la Trampa, mudándose de ellas a los pocos meses, Locke y Jean llevaban varios años manteniendo la ficción de que vivían juntos. Gracias a un tremendo golpe de suerte (aunque aún estaba por determinar si había sido buena o mala), Jean había conseguido unas habitaciones para ambos en el séptimo piso de la Torre Rota.

La noche era oscura y dominada por la lluvia, y ninguno de la banda se sentía particularmente ansioso por recorrer el camino que tenía que llevarles hasta las chirriantes escaleras exteriores que se bamboleaban en la cara norte de la Torre Rota. La lluvia que caía repiqueteaba en las jambas de las ventanas, y el viento, que llegaba y se iba, inducía un sollozo horripilante en las rendijas y huecos de la vieja torre. A la luz de las linternas de papel, los Caballeros Bastardos se sentaban en el suelo encima de unos cojines para paladear la cerveza que les quedaba, de la variedad pálida y dulce que la mayor parte de los nacidos en Camorr preferían a la oscura de Tal Verrar, más amarga. Y aunque el aire estuviera viciado, al menos era tolerablemente seco.

Mientras cenaban, Locke les había contado toda la historia.

—Bueno —dijo Galdo—, es la cosa más requetecomplicada de todas las cosas complicadas que nos han pasado.

—Sigo diciendo —dijo Jean— que deberíamos acabar cuanto antes con el juego de Don Salvara y hacer los preparativos para largarnos cuanto antes. Este asunto del Rey Gris comienza a dar miedo y no podemos distraernos si Locke se encuentra metido en todo el fregado.

—¿Y cuándo lo damos por terminado? —preguntó Calo.

—Podríamos darlo por terminado ahora mismo —dijo Jean—. Ahora o en cuanto don Lorenzo nos entregue un nuevo pagaré. No más tarde.

—Mmmm —Locke se quedó mirando los posos de su jarra—. Hemos sudado mucho para hacer este trabajo. Confío en que podamos sacarle otras cinco o diez mil coronas, por lo menos. Quizá no las veinticinco mil que habíamos pensado, pero sí lo suficiente para sentirnos orgullosos. Ya sabéis que, para conseguir ese dinero, yo tuve que sacudirme la mierda de encima y Bicho saltó de un edificio.

—¡Y recorrí tres kilómetros dentro de un maldito barril!

—Vamos, Bicho —dijo Galdo—, hubiera sido peor si ese maldito barril hubiera saltado encima de ti en un callejón y te hubiera obligado a gatear dentro de él. Y coincido con Jean. Lo he dicho esta tarde, Locke. Aunque no creas que puedan servirte de mucho, ¿nos permites que, al menos, hagamos algunos arreglos para que puedas esconderte cuanto antes? Quizá incluso fuera de la ciudad.

—Apenas puedo creer que acabe de escuchar a un Sanza dando consejos acerca de cómo ser precavido —comentó Locke con una mueca—. Pensaba que éramos más ricos y más astutos que todos los demás.

—Y seguirás escuchándolos una y otra vez, Locke, mientras exista la posibilidad de que alguien pueda cortarte la garganta —dijo Calo, retomando el argumento de su hermano—. De una vez por todas he cambiado de idea acerca del Rey Gris. Es posible que ese lunático solitario pueda a los tres mil. Tú podrías ser uno de sus blancos. Y el hecho de que Barsavi quiera que te unas a su círculo más selecto sólo supondrá más problemas para ti.

—¿Podemos dejar de hablar de rebanar cuellos aunque sólo sea durante un momento? —Locke se levantó para acercarse a los batientes de la ventana que daba al mar, con intención de quedarse mirándolo con los brazos cruzados por detrás—. A fin de cuentas, ¿quiénes somos? Admito que estuve a punto de saltar a la maldita bahía cuando el Capa me encasquetó este asunto. Pero luego he tenido tiempo de pensar y de verlo claro… hemos llevado al viejo zorro a donde queríamos. Lo tenemos en la palma de la mano. Sinceramente, muchachos. Somos tan buenos en todo lo que hacemos, que acaba de pedir a la Espina de la puñetera Camorr que se case con su hija. Hemos llegado tan lejos, que la situación es casi cómica.

—No obstante —dijo Jean—, es una complicación que podría echar a perder para siempre todo lo que habíamos preparado, y no un logro del que tengamos que ufanarnos.

—Por supuesto que podemos ufanarnos, Jean, y eso es lo que voy a hacer ahora mismo. ¿No lo ves? No es diferente de lo que hacemos a diario. Es uno de tantos trabajos que hacen los Caballeros Bastardos… sólo que ahora Nazca trabajará conmigo para sacar las cosas adelante. No podemos perder. Tengo las mismas ganas de casarme con ella como de que mañana mismo me nombren heredero del duque Nicovante.

—¿Tienes algún plan? —la mirada de Jean reflejó curiosidad, pero también recelo.

—Ni remotamente. No tengo ni la más puñetera idea de lo que tenemos que hacer. Los mejores planes que he preparado siempre han comenzado de esta manera —Locke se pasó por el gaznate la cerveza que le quedaba y estrelló la copa contra la pared—. Y después de tomarme la cerveza y las tartitas de albaricoque digo que el Rey Gris y Capa Barsavi pueden irse al infierno. Nadie va a apartarnos del juego de Don Salvara y nadie va a arrejuntarnos a Nazca y a mí en contra de nuestra voluntad. Nosotros siempre hacemos lo que queremos: esperar la oportunidad, aprovecharla y ganar cojonudamente bien.

—Uh… bueno —dijo Jean con un suspiro—. ¿Nos dejarás al menos que tomemos algunas precauciones? ¿Y querrás cubrirte tú mismo las espaldas en todas tus idas y venidas?

—Naturalmente, Jean, naturalmente. Consigue unos pasajes en cualquier barco que te guste; gasta todo lo que haya que gastar. No me importa a donde vaya con tal de que no sea Jerem. Así podremos perdernos durante unas cuantas semanas en cualquier sitio y regresar a escondidas cuando nos plazca. Calo, Galdo, mañana id a la Puerta del Vizconde. Dejadles alguna remuneración a los chicos de amarillo por si tenemos necesidad de abandonar la ciudad a una hora intempestiva. No seáis tacaños con el oro y la plata.

—¿Y yo qué hago? —preguntó Bicho.

—Tú puedes vigilar nuestras espaldas. Mantener los ojos bien abiertos. Merodear alrededor del templo. Descubrir a quien esté fuera de lugar, a cualquiera que se quede quieto demasiado tiempo. Si alguien intenta echarnos el ojo encima, os prometo, os garantizo, que acabaremos con él y que desaparecerá como una meada en el océano. Hasta que llegue ese momento, confiad en mí. Prometo moverme los próximos días disfrazado la mayor parte del tiempo como Lukas Fehrwight. También puedo ponerme otros disfraces más chabacanos.

—Entonces supongo que eso es todo —dijo Jean con voz tranquila.

—Jean, puedo ser tu garrista o el tipo que compra cerveza y tartitas cuando a todos se les ha perdido, curiosamente, la bolsa —Locke miró a todos los allí reunidos con el ceño exageradamente fruncido—. Pero no puedo ser ambos, o uno u otro.

—Estoy nervioso —dijo Jean— porque no me gusta tener tan poca información como la que creo que tenemos. Comparto las sospechas de Nazca. El Rey Gris se guarda algo en la manga, algo que no alcanzamos a comprender. Nuestro juego es muy delicado y nuestra situación muy… fluida.

—Lo sé. Pero estoy siguiendo lo que me dicen mis tripas, y mis tripas me dicen que debemos ir al encuentro de lo que nos aguarda con la sonrisa en el rostro. Mira —añadió Locke—, cuanto más avanzamos en esta situación, tanto más comprendo los motivos por los que Cadenas nos entrenó. Y eran estos que ahora os diré. No nos entrenaba para vivir en un mundo tranquilo y ordenado donde pudiéramos coger y escoger lo que quisiéramos siempre que fuésemos lo suficientemente astutos. Nos entrenaba para una situación en que todo estuviera jodido por cualquier parte por donde mirásemos. Bueno, pues ya nos encontramos metidos en ella, y yo digo que estamos como ella. No necesito recordaros que estamos metidos hasta el cuello en un agua oscura. Lo único que quiero de vosotros, muchachos, es que recordéis que nosotros somos los malditos tiburones.

—¡Diablos, sí! —exclamó Bicho—. ¡Sabía que había algún motivo para que fueras el jefe de nuestra banda!

—Bueno, no voy a discutir la evidente sabiduría del chaval que salta desde los tejados de un templo. Pero confío en que hayas tomado nota de mis consideraciones —dijo Jean.

—Están más que anotadas —dijo Locke—. Han sido recibidas, reconocidas y debidamente consideradas con la seriedad que merecen. Selladas, pasadas por el notario y firmemente impresas en la parte que me hace racional.

—¡Por los dioses! Te lo estás tomando con mucha alegría. Sólo juegas con las palabras cuando te sientes realmente a gusto con el mundo —musitó Jean, pero sin que el más leve asomo de sonrisa le aflorara en las comisuras de los labios.

—Locke, si, después de todo, llegas a encontrarte en peligro —dijo Calo—, quiero que sepas que ignoraremos las órdenes de nuestro garrista y que a nuestro amigo le daremos un porrazo en su dura mollera y lo sacaremos de contrabando fuera de Camorr metido en una caja. Tengo la cachiporra imprescindible para el trabajo.

—Y yo tengo la caja —añadió Galdo—. Llevo años esperando una excusa para usarla.

—También anotado —dijo Locke— con mis más efusivos agradecimientos. Y, por la gracia del Guardián Avieso, voy a confiar en vosotros. También confiaré en el buen juicio de todo lo que nos dijo Cadenas. Y confiaré en que vamos a hacer lo mejor. Mañana tengo que actuar como Fehrwight y pasado mañana ver a Nazca. El Capa estará esperando que vaya a verla y seguro que a ella ya se le habrán ocurrido unas cuantas ideas.

Locke volvió a recordar la última imagen que había contemplado de ella, su guiño, cuando las dos grandes puertas de madera oscura se cerraron de golpe entre ellos. Mantener a salvo los secretos de su padre lo había sido todo para Nazca. ¿Acaso el tener a alguien sólo para sí podía significar algo para ella?

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