Las doce moradas del viento

Las doce moradas del viento


12. Más vasto que los imperios, y más lento

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Al otro lado de la cortina de politeno los otros ocho seres humanos del Mundo 4470 se movían lentamente. Sus voces eran ahogadas. Eskwana dormía; Poswet To estaba en terapia; Jenny Chong intentaba disponer las luces de su cubículo de tal manera que no proyectaran ninguna sombra.

—Están todos asustados —dijo Tomiko, asustada—. Están haciéndose mil conjeturas acerca de qué sería lo que te atacó. Una especie de patata-mono, de espinaca gigante, no sé… Incluso Harfex. Puede que tengas razón en no querer contarles la verdad. Este mundo sería peor, porque perderían la confianza entre ellos. Pero ¿por qué somos todos tan débiles, tan incapaces de enfrentarnos con los hechos, y nos desmoronamos con tanta facilidad? ¿Estamos todos realmente locos?

—Pronto lo estaremos más.

—¿Por qué?

Hay algo.

Cerró la boca y los músculos de sus labios se pusieron rígidos.

—¿Un ente sensible?

—Una sensibilidad.

—¿En el bosque?

Él asintió.

—¿Qué es…?

—El miedo —de nuevo pareció inquieto—. Cuando caí allí, ya lo sabes, no perdí el conocimiento del todo. O tal vez fui recuperándolo poco a poco. No lo sé. Se parecía más bien a un estado de paralización progresiva.

—Estabas inmovilizado.

—Yo estaba sobre el suelo. No podía levantarme. Tenía la cara metida en la suciedad, en ese suelo blanduzco. Aquella materia estaba en mis ojos y nariz. No podía moverme. No podía ver nada. Como si estuviera dentro del suelo. Como si estuviera encajado en él, como si formara parte de él. Sabía que me encontraba entre dos árboles pese a que nunca los había visto. Supongo que podía sentir las raíces. Debajo de mí, en el suelo, enterradas en el suelo. Era capaz de darme cuenta de que tenía las manos llenas de sangre y que era la sangre la que ensuciaba mi cara. Sentí el miedo. Fue en aumento. Como si finalmente hubieran sabido que yo estaba allí, yaciendo sobre ellas, bajo ellas, entre ellas, la cosa que ellas temían, y que sin embargo era parte de su miedo. No podía detener el proceso de seguir reenviándoles el miedo y este seguía aumentando, y yo no podía moverme, no podía echar a correr. Como tampoco ellos. —Tomiko sintió que el miedo erizaba sus cabellos.

—¿Ellos? ¿Quiénes son ellos, Osden?

—Ellos, ello… no lo sé. El miedo.

—¿De qué estaba hablando? —le preguntó Harfex cuando Tomiko le informó de su conversación.

Ella todavía no quería que Harfex le interrogase, notando que debía proteger a Osden de la arremetida de las poderosas y superreprimidas emociones del hainishiano. Desgraciadamente, eso fue como combustible arrojado al lento fuego de la ansiedad paranoide que ardía en el pobre Harfex, y creyó que ella y Osden estaban confabulados y que escondían un hecho de gran importancia o peligro para el resto del equipo.

—Es como el ciego que intenta describir un elefante. Osden no ha visto ni oído aquella… aquella cosa sensible, lo mismo que nos ha pasado a nosotros.

—Pero él lo sintió, mi querida Haito —dijo Harfex con rabia mal reprimida—. No enfáticamente, sino en su cerebro. La cosa llegó y le golpeó con un instrumento contundente. ¿No captó nada de ella?

—¿Qué es lo que debería haber visto, Harfex? —preguntó Tomiko, pero él no quiso entender su tono significativo; incluso había bloqueado esa comprensión—. Lo que se teme es ajeno. El asesino es un alienígena, un extraño, no uno de nosotros. ¡El mal no está en mí! El primer golpe ya le dejó fuera de combate —continuó Tomiko débilmente—, no pudo ver nada. Pero cuando volvió en sí, solo en el bosque, sintió un gran miedo. No su propio miedo, sino una sensación empática. Está seguro de eso. Y también está seguro de que no lo captó de nosotros. De forma que, evidentemente, las formas de vida nativas no son totalmente insensibles.

Harfex la miró un momento, ceñudo.

—Intentas asustarme, Haito. No comprendo tus motivos —se levantó y se alejó de la mesa del laboratorio, caminando lentamente, vacilante, como si tuviera ochenta años en vez de cuarenta.

Ella paseó su mirada, paseó su mirada por los demás. Sintió cierta desesperación. Su nueva, frágil y profunda interdependencia de Osden le proporcionaba, y estaba bien segura de ello, cierta fuerza. Pero si ni tan siquiera Harfex podía mantener la cabeza en su sitio, ¿cómo iban a hacerlo los demás? Porlock y Eskwana estaban encerrados en sus cubículos, y los demás trabajaban o se ocupaban en algo. Había algo extraño en sus posiciones. Al principio la Coordinadora no supo decir qué era, pero luego vio que todos estaban sentados dando la cara al bosque. Mientras jugaba al ajedrez con Asnanifoil, Olleroo había corrido su silla de tal forma que estaba casi junto a él.

Se dirigió hacia Mannon, que se hallaba diseccionando algunas raíces marrones, y le dijo que estuviera atento a lo que veía. Él asintió y dijo con una brevedad inusitada:

—Mantengo vigilado al enemigo.

—¿Qué enemigo? ¿Qué es lo que sientes, Mannon? —Ella había tenido una súbita esperanza al recordar que él era psicólogo, y tal vez podría interpretar mejor aquel fondo obscuro de insinuaciones y empatías donde se perdían los biólogos.

—Siento una ansiedad violenta con una orientación espacial específica. Pero no soy un empático. Por ello, la ansiedad es explicable en términos de una particular situación de stress, como el ataque sufrido por uno de los miembros del equipo en el bosque, y también en términos de situación de stress total, que es mi presencia en un entorno totalmente ajeno, por lo cual las connotaciones arquetípicas de la palabra «bosque» proporcionan una metáfora inevitable.

Horas más tarde, Tomiko se despertó al oír gritar a Osden sumido en una pesadilla; Mannon le estaba tranquilizando, y ella se volvió a sumergir en sus propios sueños obscuros. Por la mañana Eskwana no se despertó. No pudo ser despertado con drogas estimulantes. Se hundió cada vez más en su sueño, temblando suavemente de vez en cuando, hasta que quedó quieto, enroscado sobre sí mismo, con un dedo en los labios, ido.

—Dos días; dos noches. Diez indios pequeños, nueve indios pequeños… —este era Porlock.

—Y tú eres el siguiente pequeño indio —le espeto Jenny Chong—. ¡Ve a analizar tu orina, Porlock!

—Nos está volviendo locos a todos —dijo Porlock, levantándose y agitando el brazo izquierdo—. ¿No lo notáis? ¡En nombre del cielo, estáis todos ciegos! ¿No notáis lo que está haciendo, las emanaciones? Todas proceden de él, de su habitación, de su mente. ¡Nos está haciendo enloquecer de miedo!

—¿De quién estás hablando? —preguntó Asnanifoil, abalanzándose sobre el pequeño terrícola.

—¿Es preciso que diga su nombre? Pues bien, es Osden. ¡Osden! ¡Osden! ¿Por qué creéis que intenté matarle? ¡En defensa propia! ¡Para salvarnos a todos! Porque ninguno ve lo que nos está haciendo. Está saboteando la misión haciendo que discutamos, y ahora está haciéndonos enloquecer proyectando miedo sobre nosotros de forma que no podamos dormir ni pensar, como la carcasa de una radio que no hiciera sonido alguno, pero que emitiese todo el tiempo, y que no te dejara dormir, ni pensar. Haito y Harfex están ya casi bajo su control, pero el resto aún puede salvarse. ¡Y yo voy a hacerlo!

—Pues no lo estás haciendo muy bien —dijo Osden, a medio vestir, lleno de vendajes, en la puerta de su cubículo—. Yo mismo hubiera podido hacerme más daño. Por todos los demonios, Porlock, no es de mí de quien hay que tener miedo, sino de lo que hay ahí fuera, ¡ahí, en los bosques!

Porlock hizo un absurdo intento de atacar a Osden; Asnanifoil le hizo retroceder, sujetándole mientras Mannon le administraba un sedante. Se lo llevaron mientras gritaba algo acerca de radios gigantes. Al cabo de un minuto el sedante hizo su efecto y Porlock se sumó al pacífico silencio de Eskwana.

—Muy bien —dijo Harfex—. Ahora, por mis dioses, vas a decirnos lo que sabes, y todo lo que sabes.

—Yo no sé nada —dijo Osden.

Parecía a punto de desvanecerse. Tomiko le obligó a sentarse antes de que hablara.

—Después de estar tres días en el bosque pensé que estaba recibiendo ocasionalmente alguna especie de afecto sutil.

—¿Por qué no informaste de ello?

—Pensé que me estaba volviendo loco, como todos vosotros.

—También eso deberías haberlo informado.

—Me hubierais hecho regresar a la base y no podía arriesgarme a ello. Vosotros os habíais dado cuenta de que el hecho de que se me incluyera en esta misión había sido un error. No soy capaz de convivir con otras nueve personalidades neuróticas en un recinto tan pequeño y cerrado. Fue un error por mi parte el ofrecerme como voluntario a la Investigación Extrema, y la Autoridad cometió el error de aceptarme.

Ninguno dijo nada; pero Tomiko observó, esta vez con certeza, un titubeo en los hombros de Osden y que se atirantaban sus músculos faciales, como si registrara la amargura de que todos estuvieran de acuerdo con lo que estaba diciendo.

—Además, yo no quería regresar a la base porque sentía una gran curiosidad; aunque me hubiera vuelto psicótico, ¿cómo podía captar afectos empáticos donde no había ser alguno que los emitiera? Entonces no eran malos. Eran muy vagos. Sutiles. Como un trazo en una habitación cerrada, un aleteo visto de reojo. En realidad, nada.

Durante un momento cobró ánimos al notar cómo le escuchaban. Ellos escuchaban, de modo que él hablaba. Estaba totalmente en sus manos. Si les desagradaba, se haría odioso; si se burlaban de él, se convertiría en algo grotesco; si le escuchaban, contaría historias. Obedecía las exigencias de sus emociones, reacciones, estados de ánimo. Eran siete, demasiados para vencerlos, de modo que estaría constantemente a su capricho. No podía encontrar coherencia. Incluso cuando su relato les atraía más, fallaba la atención de alguno de ellos; tal vez Olleroo estaba pensando que no era atractivo; Harfex estaría buscando el significado ulterior de sus palabras; la mente de Asnanifoil, que no lograba sentirse atraída durante largo tiempo por lo concreto, estaría escapando hacia la eterna paz de los números; y Tomiko estaría distraída por la piedad, por el miedo. La voz de Osden se quebró. Perdió su tono de amenaza.

Yo… yo pensé que serían los árboles —dijo, y luego se detuvo.

—No son los árboles —dijo Harfex—. No tienen un sistema nervioso superior al de las plantas hainishianas descendientes de las de la Tierra. Ninguno.

—Los árboles no te han dejado ver el bosque, como dicen en la Tierra —señaló Mannon, sonriendo traviesamente; Harfex le miró—. Qué me dices acerca de esos nudos de las raíces que nos han sumido durante veinte días en la perplejidad… ¿eh?

—¿Qué sucede con ellos?

—Son indudablemente conexiones. Conexiones entre los árboles. ¿Correcto? Ahora bien, supongamos, lo cual es realmente improbable, que no sabes nada acerca de la estructura del cerebro animal. Y que te dan una célula para examinarlo. ¿Serías capaz de descubrir lo que era? ¿Podrías saber que la célula es capaz de sentir?

—No, porque no es cierto. Una sola célula es capaz de respuesta mecánica a los estímulos. Nada más. ¿Estás tratando de establecer la hipótesis de que esos individuos arboriformes son las «células» de una especie de cerebro, Mannon?

—No exactamente. No hago más que subrayar que están todos intercomunicados, tanto por esos nudos de las raíces como por los verdes epifitos que tienen en las ramas. Una unión de una complejidad y una extensión física increíbles. Porque incluso la hierba tiene esas conexiones en las raíces, ¿no es cierto? Sé que la sensación o la inteligencia no son una cosa; no se las puede separar o analizar fuera de las células del cerebro. Es una función de las células conectadas. En cierto sentido, es la conexión: la cualidad de conectarse. No existe. No estoy intentando decir que exista. Pero me pregunto si Osden podría ser capaz de describirlo.

Entonces Osden se levantó y comenzó a hablar como si estuviera en trance:

—Sensación sin sentidos. Ciega, sin nervios, sin movimiento. Una cierta irritabilidad, respuesta al tacto. Respuesta al sol, a la luz, al agua y a los elementos químicos que se encuentran en la tierra en torno a las raíces. No es comprensible para una mente animal. Presencia sin mente. Consciencia de ser, sin objeto ni sujeto. Nirvana.

—Entonces, ¿por qué captaste miedo? —preguntó Tomiko en voz baja.

—No lo sé. No puedo ver cómo surge la consciencia de los objetos en los demás: una respuesta imperceptible… Pero durante días hubo una especie de desasosiego. Y luego, cuando caí entre los dos árboles y mi sangre llegó a las raíces… —El rostro de Osden se cubrió de sudor—. Recibí el miedo, solo miedo.

—Si tal función existiera —dijo Harfex— no sería capaz de concebir una entidad material, ni de responder a ella. No podría ser consciente de nosotros, como nosotros no lo somos del Infinito.

—El silencio de esas inmensas extensiones me aterroriza —murmuró Tomiko—. Pascal fue consciente del Infinito, mediante el miedo.

—Puede que para el bosque —dijo Mannon— nosotros seamos fuego. Huracanes. Peligro. Para una planta, lo que se mueve rápidamente es peligroso. Los seres sin raíces serían ajenos, terribles. Y si posee mente, parece bastante probable que fuera consciente de la presencia de Osden, cuya propia mente estaba abierta a la conexión con todos los demás en tanto que es consciente de ello, y que cayó de dolor y miedo en ello, realmente dentro de ello. No os extrañe que eso temiera…

—No —dijo Harfex—. ¡No hay ningún ser, ninguna criatura, nadie! Lo más que podía haber es una función…

—No había más que miedo —dijo Osden.

Permanecieron en silencio, y escucharon el silencio del exterior.

—¿Es eso lo que yo sentí todo el tiempo detrás de mí? —preguntó Jenny Chong.

Osden asintió.

—Todos lo sentisteis, pese a vuestra sordera. Eskwana ha quedado sin sentido porque posee cierta capacidad empática. Podría emitir si aprendiera a hacerlo, pero es demasiado débil. Nunca será nada más que un médium.

—Escucha, Osden —dijo Tomiko—, tú puedes emitir. Emítele, pues, al bosque, al miedo que hay allí fuera… dile que no vamos a hacerle daño. Puesto que había, o hay, una especie de afecto que se traduce en lo que nosotros sentimos como emoción, ¿no puedes transmitírselo tú a tu vez a eso? Envía un mensaje. Dile que no hacemos daño, que somos amistosos.

—Deberías saber, Haito, que nadie puede emitir un mensaje empático falso. No puedes enviar algo que no existe.

—Pero nosotros no intentamos hacer ningún daño. Somos amistosos.

—¿Lo somos? ¿En el bosque, cuando me recogisteis, os sentíais amistosos?

—No. Aterrorizados. Pero eso es… eso, el bosque, las plantas, no mi propio miedo, ¿no?

—¿Y cuál es la diferencia? Fue todo lo que sentisteis. ¿Te das cuenta —dijo Osden, elevando la voz exasperado— de por qué yo os desagrado y vosotros me desagradáis a mí? ¿Os dais cuenta de que yo retransmito todos los afectos negativos o agresivos que sentís hacia mí desde que me visteis por primera vez? Yo os devuelvo vuestra hostilidad. Lo hago como forma de autodefensa. Como Porlock. Es autodefensa, aunque es la única técnica que he desarrollado para reemplazar mi defensa original de total separación de los demás. Desgraciadamente, ello crea un circuito cerrado, que se mantiene a sí mismo y se refuerza. Vuestra reacción inicial ante mí fue de antipatía instintiva; ahora, claro está, se ha convertido en odio. ¿Podéis haceros cargo de mi punto de vista? La mente del bosque que hay fuera transmite solo terror, y el único mensaje que yo puedo enviarle es terror, ¡porque cuando quedo expuesto a él no puedo sentir otra cosa más que terror!

—Entonces, ¿qué debemos hacer? —preguntó Tomiko.

Y Mannon le respondió apresuradamente:

—Cambiar el campamento a otro continente. Si allí también hay mentes-planta, tardarán en percatarse de nosotros, como esta ha tardado; o tal vez no se dé cuenta de nuestra presencia en absoluto.

—Sería un alivio —observó Osden ahogadamente.

Los demás habían estado mirándole con una curiosidad nueva. Se había mostrado como era en realidad, y ellos le habían visto: un hombre indefenso cogido en una trampa. Tal vez, como Tomiko, se habían dado cuenta de que la propia trampa, su cruel egotismo, era obra de ellos, no de él. Ellos habían construido la jaula y le habían encerrado dentro, y como un mono enjaulado, les lanzaba su basura por los barrotes. Si al conocerle le hubieran ofrecido confianza, si hubieran sido lo suficientemente fuertes como para ofrecerle amor, ¿qué es lo que hubiera aparecido ante ellos?

Pero ninguno lo había hecho, y ahora era ya demasiado tarde. Si le hubieran dado tiempo, Tomiko podría haber construido con él una lenta resonancia de sentimiento, una consonancia de confianza, una armonía; pero no había tiempo, tenían que hacer su trabajo. No había una habitación lo suficientemente grande para construir una cosa de tal magnitud, y ellos debían hacerlo con simpatía, con piedad, con un pequeño intercambio de amor. No había sucedido. Ella podía ver ahora cómo su rostro se iluminaba con su resentimiento feroz provocado por su curiosidad, tal vez incluso por la piedad que ella le demostraba.

—Vete a descansar. Esa herida está sangrando de nuevo —le dijo ella, y él obedeció.

Al día siguiente guardaron sus cosas, dispusieron el Gum para conducción mecánica y lo condujeron alrededor del Mundo 4470, sobre las tierras rojas y verdes, sobre los abundantes y verdes mares. Habían elegido casi al azar el continente G: toda una pradera, veinte mil kilómetros cuadrados de graminiformes movidas por el viento. En un radio de cientos de kilómetros no había ningún bosque, y no existían árboles o matorrales en la llanura. Las formaciones de plantas no se producían más que en extensas colonias de especies que nunca se entremezclaban, exceptuando algunas saprofitas y otras que se reproducían por esporas. Por la noche el equipo ya había establecido el nuevo campamento. Eskwana dormía aún y Porlock continuaba bajo los efectos de los sedantes, pero los demás estaban bien.

—¡Aquí se puede respirar!, —repetían una y otra vez.

Osden se levantó y se dirigió tembloroso a la salida; allí se apoyó y quedó contemplando la obscura masa de hierba que no era hierba, a la débil luz del amanecer. Flotaba en el ambiente un ligero olor dulzón a polen; no había más sonido que el suave silbido del viento. Su vendada cabeza le dolía un poco. Finalmente todo quedó obscuro y las estrellas no fueron más que ventanas iluminadas en la distante casa del Hombre. El viento había cesado, no había sonido alguno. Entonces escuchó.

En la larga noche, Haito Tomiko escuchaba. Estaba tumbada, escuchando la sangre de sus arterias, la respiración de los que dormían, el sonido del viento, la obscura corriente de las venas, los sueños que avanzaban, la inmensa estática de las estrellas que aumentaba a medida que el Universo moría lentamente, el sonido de la muerte al caminar. Saltó de la cama y huyó de la soledad de su cubículo. Eskwana dormía solo. Porlock soñaba en voz alta pronunciando palabras en su obscura lengua natal. Olleroo y Jenny Chong jugaban a las cartas con el rostro contraído. Poswet To estaba en el nicho de terapia. Asnanifoil dibujaba un mandala, la Tercera Forma de los Mejores. Mannon y Harfex estaban sentados junto a Osden.

Le cambió a Osden los vendajes de la cabeza. Su rojizo cabello, en aquellos lugares en que no había tenido que afeitarlo, parecía extraño. Ahora tenía hebras blancas. Mientras le curaba sus manos temblaban. Nadie había dicho nada todavía.

—¿Cómo es que el miedo está también aquí? —pregunto ella, y su voz sonó falsa en el silencio aterrador de la noche vegetal.

—No son solo los árboles; las hierbas también…

—Pero nos encontramos a doce mil kilómetros de donde estábamos esta mañana, al otro lado del planeta.

—Es todo una sola cosa —dijo Osden—. Un enorme pensamiento verde. ¿Cuánto tarda un pensamiento en ir de un lado a otro del cerebro?

—Esto no piensa; no está pensando —dijo Harfex, desanimado—. Es simplemente una red de procesos. Las ramas, la vegetación epifítica, las raíces con esas uniones nodales entre los individuos: todos ellos deben de ser capaces de transmitir impulsos electroquímicos. No hay plantas individuales, pues, propiamente hablando. Incluso el polen forma parte de la unión, no cabe duda; una especie de sensación transportada por el viento. Pero no es concebible. Que toda la biosfera de un planeta constituya una red de comunicaciones, sensitiva, irracional, inmortal, aislada…

—Aislada —dijo Osden—. ¡Eso es! Ese es el miedo. No se trata de que nosotros seamos seres con movimiento, o destructores, sino que, sencillamente, somos. Somos otros. Y aquí nunca ha habido nadie.

—Tienes razón —dijo Mannon, casi en un susurro—. No ha tenido observadores. Ni enemigos. Ni más relaciones que consigo mismo. Solo para siempre.

—Entonces, ¿cuál es su función en la supervivencia de las especies?

—Tal vez ninguna —contestó Osden—. ¿Por qué te vuelves teológico, Harfex? ¿No eres un hainishiano? ¿Acaso no es la complejidad la medida del gozo eterno?

Harfex no captó la indirecta. Parecía enfermo.

—Tenemos que abandonar este mundo —dijo.

—Ahora sabréis por qué yo siempre deseaba apartarme de vosotros —dijo Osden con una especie de genialidad morbosa—. No es agradable, es… ¿el miedo de los otros…? Si hubiera una inteligencia animal… Puedo comunicarme con los animales. Lo he hecho con cobras y tigres; su inteligencia superior es una ventaja. Debí haber sido seleccionado para un zoo, no para formar parte de un equipo humano. ¡Si pudiera conectar con esas malditas y estúpidas patatas! Si no fuera todo tan aplastante… Captaría algo más que el miedo, ¿sabéis? Antes de que el pánico me invadiera sentí… una gran serenidad. Entonces no me di cuenta de toda su magnitud. Captar toda la luz del día y toda la noche. Todos los vientos y los períodos de calma. Las estrellas de invierno y las de verano al mismo tiempo. Tener raíces y no enemigos. Ser una totalidad. ¿No comprendéis? Nada de invasiones. Nada de otros. Ser un todo…

Tomiko pensó que antes nunca había hablado.

—Estás indefenso contra eso, Osden —dijo ella—. Tu personalidad ya ha cambiado. Eres vulnerable a ello. Puede que nosotros no nos volvamos locos, pero tú sí, si no nos vamos de aquí.

Él vaciló, luego miró a Tomiko; era la primera vez que la miraba a los ojos con una mirada prolongada, clara como el agua.

—¿Es que la salud mental me ha hecho algún bien alguna vez? —dijo él en tono de burla—.

Pero tienes algo de razón, Haito.

—Deberíamos irnos —murmuró Harfex.

—Si me adentro en ello —musitó Osden—, ¿podría comunicarme?

—Por «adentrarte» —dijo Mannon con una voz rápida y nerviosa— supongo que quieres decir dejar de reenviar la información empática que recibes de la entidad-planeta: dejar de rechazar el miedo y absorberlo. Lo cual te mataría en un momento o te conduciría de nuevo a un aislamiento psicológico total, al autismo.

—¿Y qué? —dijo Osden—. Su mensaje es rechazo. Pero mi salvación es rechazo. Eso no es inteligente, pero yo sí.

—Eso es erróneo. ¿Qué puede un solo cerebro humano contra algo tan extenso?

—Un único cerebro humano puede percibir un modelo a escala de estrellas y galaxias —dijo Tomiko—, y lo interpreta como Amor.

Mannon les miraba alternativamente a uno y a otra; Harfex permanecía en silencio.

—Sería mejor en el bosque —dijo Osden—. ¿Quién de vosotros quiere llevarme allí?

—¿Cuándo?

—Ahora. Antes de que os vengáis abajo u os volváis violentos.

—Lo haré yo —dijo Tomiko.

—Ninguno de nosotros lo hará —dijo Harfex.

—Yo no puedo —dijo Mannon—. Estoy… estoy demasiado asustado. Estrellaría el aparato.

—Me llevaré a Eskwana. Si puedo llevar esto adelante, él me servirá de médium.

—¿Aceptas el plan de Sensor, Coordinador? —preguntó Harfex.

—Sí.

—Yo lo desapruebo. Sin embargo, iré contigo.

—Creo que nos vemos impulsados a ello, Harfex —dijo Tomiko, mirando a Osden a la cara, la fea máscara blanca transfigurada, anhelante como la cara de un amante.

Olleroo y Jenny Chong estaban jugando a las cartas para apartar sus pensamientos de sus camas encantadas, de su miedo en aumento, charlando como niños asustados.

—Esa cosa está en el bosque, va a venir a llevarte…

—¿Asustadas de la obscuridad? —se burló Osden.

—Pero mira a Eskwana, y a Porlock, e incluso a Asnanifoil…

—No puede haceros daño. Es un impulso que pasa a través de las sinapsis, el viento que pasa a través de las ramas. No es más que una pesadilla.

Despegaron en un helijet. Eskwana iba, todavía dormido, en el departamento posterior. Tomiko pilotaba. Harfex y Osden miraban en silencio la obscura línea del bosque al fondo de la llanura.

Se acercaron a la línea obscura, la cruzaron; ahora la obscuridad estaba bajo ellos.

Ella buscó un lugar donde aterrizar, mientras volaba bajo, luchando contra su imperioso impulso de volar muy alto, de escapar. La profunda vitalidad del mundo-planta era mucho más fuerte allí, en el bosque, y su pánico les golpeaba en inmensas oleadas obscuras. Frente a ellos apareció un pálido sendero y una pequeña elevación desnuda que sobresalía encima de la más alta de las obscuras sombras oue la rodeaban; los no árboles, las raíces; las partes del todo. Hizo un mal aterrizaje. Sus manos se apoyaban húmedas sobre los mandos, como si las hubiera introducido en un líquido frío.

En torno a ellos se elevaba ahora el bosque, negro en la obscuridad.

Tomiko se acurrucó y cerró los ojos. Eskwana se removió en su sueño. La respiración de Harfex se hizo rápida y profunda y permaneció sentado, rígido, incluso después de que Osden abriera la puerta.

Osden se levantó. Apenas se le veía la espalda y la vendada cabeza a la tenue luz del panel de mandos mientras se dirigía a la salida.

Tomiko estaba temblando. No podía levantar la cabeza.

—No, no, no, no, no, no, no —repetía en un susurro—. No. No. No.

Silenciosamente, Osden se movió, atravesó la puerta y se sumergió en la obscuridad. Se había ido.

«¡Estoy llegando!», dijo una gran voz sin sonido.

Tomiko lanzó un grito. Harfex tosió; parecía estar intentando levantarse, pero no lo hacía.

Tomiko se refugió en sí misma, en el centro de su ser; y fuera no había nada más que el miedo.

Cesó.

Levantó la cabeza; lentamente separó las manos. Se irguió. La noche era obscura y las estrellas brillaban sobre el bosque. No había nada más.

—Osden —dijo ella, pero nadie le respondió.

Volvió a hablar, más alto, mucho más alto. No hubo respuesta.

Comenzó a darse cuenta de que a Harfex le pasaba algo. Intentó encontrar su cabeza en medio de la obscuridad, porque el hombre se había deslizado de su asiento, cuando de repente, en la quietud mortal, en el obscuro compartimiento posterior, una voz dijo: «Bueno».

Era la voz de Eskwana. Ella encendió las luces interiores y vio que el Ingeniero yacía acurrucado y dormido, con la mano sobre la boca.

La boca se abrió y habló.

—Todo bien —dijo.

—Osden…

—Todo va bien —dijo la suave voz procedente de la boca de Eskwana.

—¿Dónde estás?

Silencio.

—Regresa.

Empezaba a soplar el viento.

—Voy a quedarme aquí —dijo la suave voz—. Tú no puedes quedarte…

Silencio.

—¡Te quedarás solo, Osden!

—Escucha —la voz se había hecho más ligera, como si se perdiera en el sonido del viento—. Escucha. Te aprecio.

Ella le llamó, pero no hubo respuesta. Eskwana seguía tumbado. Harfex también.

—¡Osden! —gritó ella, asomándose a la puerta, al obscuro silencio del bosque—. Volveré. Debo llevar a Harfex a la base. ¡Volveré, Osden!

Silencio y el agitar de las hojas por el viento.

Acabaron la investigación prescripta del Mundo 4470, los ocho; les llevó cuarenta y un días más. Al principio, Asnanifoil y una de las mujeres iban al bosque diariamente, en busca de Osden, pero Tomiko no estaba muy segura de cuál era exactamente la región en la que aterrizaron aquella noche de terror. Dejaron alimentos para Osden, comida suficiente para cincuenta años, ropa, tiendas, instrumentos. No buscaron más; no había modo de encontrar a un hombre solo, si este deseaba esconderse, en aquellos innumerables laberintos y obscuros corredores vegetales. Podían haber pasado junto a él y no haberle visto.

Pero sabían que estaba allí, porque ya no existía el miedo.

Racional, y valorando la razón mucho más después de aquella intolerable experiencia, Tomiko intentaba comprender racionalmente lo que Osden había hecho. Pero las palabras escapaban a su control. Él había metido el miedo dentro de sí, y al aceptarlo lo había trascendido. Había entregado su yo a lo ajeno, en donde no cabía el mal. Él había aprendido a amar al Otro, y por eso había entregado todo su yo. Pero ese no era el vocabulario de la razón.

Las personas del equipo de investigación caminaban bajo los árboles, a través de las extensas colonias de vida, rodeados por un silencio aterrador, una calma total que era semiconsciente de su presencia y totalmente indiferente a ella. Allí no había horas. La distancia no importaba. Había mundo suficiente, y tiempo… El planeta giraba entre la luz del sol y la gran obscuridad; vientos de invierno y de verano soplaron, llevando el pálido polen sobre los océanos tranquilos.

La Gum volvió después de muchas investigaciones, años y años luz, a lo que hacía algunos siglos había sido Smeming Port, en Pesm. Aún había hombres allí para recibir (incrédulos) los informes del equipo y registrar sus pérdidas: la del Biólogo Harfex, muerto de miedo, y la del Sensor Osden, que se había quedado como colono.

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