Las doce moradas del viento
13. Las estrellas en la roca
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LAS ESTRELLAS EN LA ROCA
El concepto popular de ciencia ficción, creo, es el de una historia que toma algún posible o imposible artefacto tecnológico del futuro —Soylent Green, la máquina del tiempo, el submarino— y lo pone patas arriba. Existen, desde luego, relatos de ciencia ficción que hacen exactamente esto, pero el definir la ciencia ficción según esos relatos es un poco como definir los Estados Unidos según Kansas. Cuando escribí Las estrellas en la roca, creía saber lo que estaba haciendo. Como en el relato The masters, contaba una historia no sobre un artilugio ni sobre una hipótesis, sino sobre la ciencia misma, sobre la idea de la ciencia. Y sobre lo que le ocurre a esta idea cuando se encuentra con ideas totalmente opuestas y muy poderosas, representadas por el gobierno, como en el siglo diecisiete, cuando la astronomía chocó con las ideas del Papa, o en los años treinta, cuando la genética chocó con las ideas de Stalin. Pero a todo esto le había dado yo la forma de psicomito, un relato fuera del tiempo real, pasado o futuro, en parte para generalizarla y en parte porque yo usaba también la ciencia como un sinónimo del arte. ¿Qué le ocurre a la mente creativa cuando se ve obligada a ocultarse? Esta era la cuestión, y yo creía conocer mi respuesta. Todo parecía claro: una simple alegoría. Pero no es tan fácil explorar las regiones clandestinas. Los símbolos que se creía que eran simples equivalencias, signos, toman vida y adquieren significados que el autor no buscaba y que no puede explicar. Mucho tiempo después de escribir el relato, encontré un pasaje en Sobre la naturaleza de la psique, de Jung: «Haríamos bien en pensar en la conciencia del yo como rodeada por una multitud de pequeñas luminosidades (…) Intuiciones introspectivas (…) captan el estado del inconsciente: los cielos estrellados, estrellas reflejadas en el agua obscura, pepitas de oro o arena de oro esparcida por la tierra negra». Y Jung cita de un alquimista: «Seminate aurum in terram albam foliatam», el precioso metal esparcido por las capas de blanca arcilla. Tal vez este relato no habla de la ciencia, ni del arte, sino de la mente, de mi mente, de cualquier mente que se vuelve hacia sí misma.
La casa y las construcciones anexas, todas ellas de madera, ardieron rápidamente, pero la cúpula, que era de yeso y ladrillo, no ardió. Después, los hombres amontonaron los restos de los telescopios, instrumentos, libros, mapas y dibujos, en mitad del suelo, debajo de la cúpula, vertieron aceite encima y les prendieron fuego. Las llamas se extendieron a las vigas que sostenían el telescopio grande, y a los mecanismos de relojería. Los aldeanos que contemplaban el espectáculo desde el pie de la colina vieron cómo la cúpula, blanquecina contra el cielo verde del atardecer, se estremecía y giraba, primero en un sentido y luego en otro, mientras de la hendidura alargada surgía un humo negro y amarillo lleno de chispas: una visión fea y extraña.
Obscurecía; al este aparecían las estrellas. Alguien gritó unas órdenes. Los soldados bajaron por el camino en fila india, en silencio, hombres obscuros con arneses obscuros.
Los aldeanos se quedaron donde estaban hasta después de que se hubieran marchado los soldados.
En una vida sin cambios y sin amplitud, un incendio equivale a un festival. No subieron a la colina, y, a medida que anochecía, se fueron apiñando. Después, empezaron a regresar a sus pueblos. Algunos volvían la cabeza para mirar la colina, donde nada se movía. Las estrellas giraban lentamente detrás de la negra colmena de la cúpula. Pero esta no giraba para seguirlas.
Una hora antes del amanecer, un hombre subió a caballo por el empinado zigzag, desmontó junto a las ruinas de los talleres y se acercó a pie a la cúpula. La puerta había sido derribada. Por la abertura se veía una neblina rojiza de luz, muy tenue, procedente de una gran viga que había caído y que había ardido en rescoldo durante toda la noche. Debajo de la cúpula, espesaba el aire un humo acre e inmóvil. Allí se movía una figura alta. A veces se inclinaba, o se detenía, y después seguía avanzando torpe y lentamente.
—¡Guennar! ¡Maestro Guennar! —llamó el recién llegado.
El otro se quedó inmóvil, mirando la puerta. Acababa de recoger algo de entre la confusión de restos medio quemados que había en el suelo. Con un gesto mecánico, se guardó el objeto en el bolsillo del abrigo, sin dejar de mirar la puerta. Fue hacia ella. Tenía los ojos enrojecidos, y casi cerrados de tan hinchados; su respiración era difícil y entrecortada; tenía el pelo y las ropas chamuscados y embadurnados de negra ceniza.
—¿Dónde estabais, maestro?
El hombre señaló vagamente al suelo.
—¿Hay un sótano? ¿Estabais ahí durante el incendio? ¡Dios mío! Yo lo sabía, sabía que estaríais aquí —Bord se rio, algo histéricamente, y tomó a Guennar por el brazo—. Venid, salid de aquí, por el amor de Dios. Está empezando a amanecer.
El astrónomo lo acompañó de mala gana, no mirando la luz gris del amanecer sino volviendo la cabeza para mirar la hendidura de la cúpula, en la que ardían algunas estrellas. Bord le obligó a salir, le hizo montar el caballo, y después, con la brida en la mano, echó a andar colina abajo llevando el caballo a paso rápido.
El astrónomo se apoyaba con una mano en la silla de montar. La otra mano, que se había quemado en la palma y los dedos al recoger un objeto de metal que estaba aún al rojo vivo, bajo una capa de ceniza, la llevaba apretada contra el muslo. No se daba cuenta de esto, ni del dolor. De vez en cuando, sus sentidos le decían: «Voy a caballo», o bien «Está amaneciendo», pero aquellos mensajes fragmentarios no tenían sentido para él. Se estremeció de frío cuando se levantó el viento del amanecer, que hacía susurrar los obscuros bosques junto a los cuales pasaban ahora los dos hombres y el caballo, por un profundo sendero envuelto en cardenchas y brezos; pero los bosques, el viento, el cielo que clareaba, el frío, estaban muy lejos de su mente, en la que no había otra cosa que obscuridad, mezclada con la fetidez y el calor del incendio.
Bord le hizo desmontar. Ahora los rodeaba la luz del Sol, que daba sombras alargadas a las rocas por encima del lecho de un río. Había allí un lugar obscuro, y Bord lo apremió para que se dirigiese a él. Aquel lugar no era caluroso y cerrado, sino frío y silencioso.
Tan pronto como Bord le permitió detenerse, se dejó caer al suelo, pues las rodillas no le sostenían, y sintió la fría roca contra las manos quemadas y doloridas.
—Aquí, bajo tierra, podéis ocultaros —dijo Bord, echando una mirada a los veteados muros, marcados por las cicatrices de los picos de los mineros, a la luz de su linterna—. Yo volveré; cuando haya obscurecido, quizá. No salgáis. No vayáis más adentro. Esto es la antigua entrada de una mina; ahora ya no trabajan por esta parte. En esos antiguos túneles puede haber derrumbamientos y otros peligros. ¡No salgáis! ¡No os dejéis ver! Cuando esa jauría se haya calmado, os haremos cruzar la frontera.
Bord se marchó. Mucho rato después de que se hubiese apagado el sonido de sus pisadas, el astrónomo levantó la cabeza y miró a su alrededor, las obscuras paredes y la pequeña vela encendida. La apagó. Le envolvió entonces la obscuridad, silenciosa y total, y el olor de la tierra. Vio sombras verdes, formas de color ocre que se movían por la negrura, que se fueron disipando. Aquella negrura opaca y fría era un bálsamo para sus ojos inflamados y doloridos, y para su mente.
Si pensó algo, sentado en aquella obscuridad, sus pensamientos no encontraron palabras. Estaba febril por el agotamiento, por el humo que había respirado y por algunas heridas leves, y su mente estaba alterada; pero quizá los procesos de su mente, aun en los momentos de lucidez y serenidad, no habían sido nunca normales. No es normal que un hombre se pase veinte años puliendo lentes, construyendo telescopios, observando las estrellas, haciendo cálculos, listas y mapas de cosas que nadie conoce y que a nadie interesan, cosas que no se pueden alcanzar ni tocar. Y ahora todo aquello a lo que había dedicado su vida había desaparecido, había ardido. Lo que quedaba de él podía muy bien estar enterrado, como de hecho lo estaba.
Pero esta idea de estar enterrado no se le ocurrió. Solo tenía conciencia, agudamente, de una gran carga de cólera y dolor, una carga que no estaba preparado para llevar. Le aplastaba la mente, la razón. Y la obscuridad que reinaba en aquel lugar parecía aligerar aquella carga. Él estaba acostumbrado a la obscuridad, pues había vivido de noche. En aquel lugar, el único peso era la roca, la tierra. Ningún granito es tan duro como el odio, y ninguna arcilla es tan fría como la crueldad. Le envolvía la negra inocencia de la Tierra. Se tumbó dentro de aquella obscuridad, temblando un poco a causa del dolor y del alivio que sentía en el dolor, y se quedó dormido.
Le despertó una luz. Allí estaba el conde Bord, encendiendo la vela con pedernal y eslabón. El rostro de Bord aparecía animado en aquella luz: el color subido y los ojos azules del cazador entusiasta, la boca roja, sensual y obstinada.
—Os están buscando —decía—. Saben que habéis escapado.
—¿Por qué…? —dijo el astrónomo; su voz era débil; su garganta, al igual que sus ojos, estaba aún irritada por el humo—. ¿Por qué me persiguen?
—¿Que por qué os persiguen? ¿Necesitáis que os lo diga? ¡Os buscan para quemaros vivo, hombre de Dios! ¡Por hereje!
Los ojos azules de Bord le miraban, furiosos, desde el otro lado de la quieta luz de la vela.
—Pero si todo lo que he hecho está destruido, quemado…
—Sí, pero ellos quieren su presa. Aunque yo no dejaré que os atrapen.
Los ojos del astrónomo, claros y separados, se encontraron con los del conde y le miraron fijamente.
—¿Por qué hacéis esto, conde?
—Vos creéis que soy un estúpido —dijo Bord con una sonrisa que no era una sonrisa, sino la sonrisa de un lobo, la sonrisa del perseguido y del cazador—. Y lo soy. Fui un estúpido cuando os advertí del peligro, porque no me hicisteis caso. Fui un estúpido al escucharos. Pero me gustaba escucharos. Me gustaba oíros hablar de las estrellas, del curso de los planetas, del principio y el fin de los tiempos. Nadie me había hablado nunca de otra cosa que del maíz de sembrar y del estiércol de vaca. ¿Comprendéis? Además, no me gustan los soldados ni los forasteros, ni los juicios ni las ejecuciones. Vuestra verdad, la verdad de ellos, ¿qué sé yo de la verdad? ¿Soy acaso un maestro? ¿Conozco el curso de las estrellas? Quizá vos lo conocéis. Quizá lo conocen ellos. Yo solo sé que vos os habéis sentado a mi mesa y me habéis hablado. ¿Debo presenciar cómo os llevan a la hoguera? Es el fuego de Dios, dicen ellos; pero vos me habéis dicho que las hogueras de Dios son las estrellas. ¿Por qué me hacéis esta pregunta? ¿Por qué le hacéis a un estúpido una pregunta estúpida?
—Perdonadme —dijo el astrónomo.
—¿Qué sabéis vos de los hombres? —preguntó el conde—. Creíais que ellos os dejarían trabajar en paz. Y creíais que yo os dejaría ir a la hoguera —miró a Guennar a través de la luz de la vela, sonriendo como un lobo, pero en sus ojos azules había un destello de verdadera hilaridad—. Yo vivo en la Tierra, ¿sabéis?, no allá arriba, entre las estrellas…
Había traído un yesquero y tres velas de sebo, una botella de agua, un pedazo de torta de guisantes y una bolsa de pan. No tardó en marcharse, y advirtió otra vez al astrónomo que no se aventurase fuera de la mina.
Cuando Guennar volvió a despertarse, le preocupó una cosa extraña de su situación. No era algo que hubiese preocupado a la mayoría de las personas, caso de encontrarse ocultas en un agujero para salvar la piel, pero a él le resultaba angustiosa: no sabía la hora que era.
No eran los relojes lo que echaba en falta, el dulce tañido de las campanas de las iglesias de los pueblos que llamaban a oración por la mañana y por la tarde, la delicada y deliberada exactitud de los relojes que usaba en su observatorio, a cuya exquisita precisión se debían tantos de sus descubrimientos; no eran los relojes lo que echaba en falta, sino el gran reloj.
Sin ver el cielo, no se puede percibir la rotación de la Tierra. Todos los procesos del tiempo, el luminoso arco del Sol y las fases de la Luna, la danza del planeta, el girar de las constelaciones en torno a la estrella polar, el girar más amplio de las estaciones de las estrellas, todo esto estaba perdido, la urdimbre sobre la que estaba tejida su vida.
En aquel lugar no existía el tiempo.
—Oh, Dios mío —rezó el astrónomo Guennar en aquella obscuridad subterránea—, ¿cómo puede ofenderos que se os alabe? Todo lo que yo vi con mis telescopios era una chispa de vuestra gloria, un pequeño fragmento del orden de vuestra creación. ¡Esto no podía ofenderos, Señor! Y, aun así, eran bien pocos los que me creían. ¿Ha sido por mi arrogancia al atreverme a describir vuestras obras? Pero ¿cómo podía evitarlo, Señor, cuando vos me permitíais ver aquellos inacabables campos de estrellas? ¿Cómo podía ver aquello y permanecer en silencio? Oh, Dios mío, no me castiguéis más; permitidme reconstruir el telescopio pequeño. No hablaré, no publicaré, si ello molesta a vuestra santa Iglesia. No diré nada más sobre la órbita de los planetas, sobre la naturaleza de las estrellas. ¡No hablaré, Señor, pero dejadme ver!
—Por todos los demonios, callaos, maestro Guennar. Se os oye desde la entrada del túnel —dijo Bord, y el astrónomo abrió los ojos, deslumbrado por la linterna—. Os siguen buscando. Ahora dicen que sois un nigromante. Juran que, cuando llegaron a vuestra casa, os vieron allí durmiendo, y que atrancaron las puertas; y ahora no encuentran huesos entre las cenizas.
—Estaba durmiendo —explicó Guennar, cubriéndose los ojos—. Llegaron los soldados… Habría debido haceros caso. Me fui al pasillo que hay debajo de la cúpula. Dejé un pasillo para poder acercarme a la chimenea durante las noches frías; a veces se me entumecen los dedos, y tengo que bajar a calentarme las manos —extendió sus manos ennegrecidas, cubiertas de ampollas, y las miró vagamente—. Y entonces les oí encima de mí…
—Aquí tenéis algo más de comida. Qué demonio, ¿no habéis comido nada?
—¿Cuánto tiempo ha pasado?
—Una noche y un día. Ahora es de noche. Y llueve. Escuchad, maestro: en este momento se alojan en mi casa dos de esos perros negros. Son emisarios del Consejo, y no he tenido otro remedio que ofrecerles hospitalidad. Este es mi condado, ellos están aquí, yo soy el conde. Me resultará difícil volver aquí. Y no quiero enviaros a ninguno de mis hombres. ¿Qué ocurriría si los sacerdotes les preguntasen?: «¿Sabéis dónde está? ¿Juráis por Dios que no sabéis dónde está?». Es mejor que no lo sepan. Yo vendré cuando pueda. ¿Estáis bien aquí? ¿Os quedaréis aquí? Yo os acompañaré a la frontera cuando se hayan marchado los soldados. Ahora son como moscas. Y no habléis en voz alta. Podrían buscaros en estos viejos túneles, Deberíais ir más adentro. Yo volveré. Quedad con Dios, maestro.
—Id con Dios, conde.
Vio el color de los ojos azules de Bord, el salto de las sombras por el rugoso techo cuando él tomó la linterna y dio media vuelta. La luz y el color murieron cuando Bord, cerca de la salida, apagó la linterna, Guennar le oyó tropezar y maldecir mientras avanzaba a tientas.
Guennar encendió una de las velas y comió y bebió un poco, empezando por el pan más seco, y tomando un pedazo de la reseca costra de la torta de guisantes. Esta vez, Bord le había traído tres hogazas y algo de carne salada, dos velas más y un segundo odre de agua, y una gruesa capa de lana basta. Guennar no tenía frío. Llevaba el abrigo que se ponía siempre en las noches frías en el observatorio, y con el que muchas veces dormía, cuando se metía en la cama, tambaleándose por el cansancio, al amanecer. Era de buena piel de cordero, y estaba muy sucio y chamuscado a raíz del incendio, pero era tan cálido como siempre, y a Guennar le resultaba tan familiar como su propia piel. Con el abrigo puesto se sentó a comer, mirando, a través de la esfera de la débil luz amarilla de la vela, la obscuridad del túnel que tenía ante sí. Recordaba las palabras de Bord: «Deberíais ir más adentro». Cuando hubo acabado de comer, envolvió las provisiones en la capa, tomó el fardo en una mano y la vela encendida en la otra, y echó a andar por el túnel lateral y después por la bocamina, hacia abajo y hacia adentro.
Después de unos cientos de pasos, llegó a un túnel transversal más grande, del que partían muchos filones cortos y algunas estancias grandes o bancadas. Torció a la izquierda, y llegó a una gran bancada de tres niveles. Entró en ella. El nivel más alejado estaba solo a cinco pies del techo, el cual estaba aún bien entibado con postes y vigas. En una esquina del nivel inferior, detrás de un ángulo de intrusión de cuarzo que los mineros habían dejado sobresaliendo para que hiciese de contrafuerte, estableció Guennar su nuevo campamento, colocando la comida, el agua, el yesquero y las velas donde pudiese encontrarlos fácilmente en la obscuridad, y extendiendo la capa, a modo de colchón, en el suelo, que era de una arcilla dura y cascajosa. Después apagó la vela, que estaba ya consumida en una cuarta parte, y se tumbó en la obscuridad.
Después de haber vuelto tres veces a aquel primer túnel lateral, sin haber encontrado indicios de que Bord hubiese venido otra vez, regresó a su campamento y miró sus provisiones. Le quedaban dos hogazas, media botella de agua y la carne salada, que aún no había tocado, y cuatro velas. Calculó que debían de haber pasado seis días desde la última visita de Bord, pero habrían podido ser tres, u ocho. Tenía sed, pero no se atrevía a beber mientras no tuviese otra provisión de agua.
Se puso en marcha para encontrar agua.
Al principio, contó los pasos. A los ciento veinte pasos, vio que el entibado del túnel estaba torcido, y que había puntos en los que el relleno de grava se había roto y había caído en el suelo del túnel. Llegó a un pozo ciego, un pozo de chimenea, por el que le fue fácil bajar gateando por lo que quedaba de la escalera de madera, pero después, en el nivel bajo, se olvidó de contar los pasos. Pasó junto a un mango de pico, roto; y más adelante vio una lámpara de minero abandonada, con un cabo de vela metido aún en la cavidad de la frente. Se guardó el cabo de vela en el bolsillo del abrigo y siguió adelante.
La monotonía de los muros de piedra cortada y de entablado de madera embotaba su mente. Seguía avanzando, como quien está dispuesto a caminar eternamente. La obscuridad le seguía y le precedía.
La vela, que se consumía, le derramó en los dedos unas gotas de sebo caliente, quemándole. Él la dejó caer, y la vela se apagó.
La buscó a tientas en la súbita obscuridad, asqueado por la fetidez de su humo, levantando la cabeza para evitar aquel hedor a quemado. Delante de él, en línea recta, a lo lejos, veía las estrellas.
Diminutas, luminosas, remotas, atrapadas en una estrecha abertura parecida a la abertura de la cúpula del observatorio: una zona alargada de estrellas en la obscuridad.
Se puso en pie, olvidándose de la vela, y echó a correr hacia las estrellas.
Las estrellas se movieron y bailaron, como lo hacían en el campo de visión del telescopio cuando se estremecía el mecanismo de relojería o cuando el astrónomo tenía los ojos muy cansados. Bailaron y se volvieron más luminosas.
Él llegó a donde estaban, y ellas le hablaron.
Las llamas proyectaron extrañas sombras en las caras ennegrecidas, y sacaban extraños brillos de los ojos vivos y luminosos.
—¡Eh! ¿Quién está ahí? ¿Eres tú, Hanno?
—¿Qué estabas haciendo en esa galería, compañero?
—¡Eh! ¿Quién anda ahí?
—¿Quién demonios anda ahí? ¡Detente!
—¡Eh, compañero! ¡Espera!
Guennar corrió ciegamente hacia la obscuridad, hacia el lugar del que venía. Las luces le siguieron, y él persiguió su propia sombra, tenue y enorme, túnel abajo. Cuando la sombra fue tragada por la obscuridad de antes y volvió el silencio de antes, siguió avanzando a tientas, agachándose y buscando el camino con las manos, de modo que avanzaba a cuatro patas o bien con los dos pies y una mano. Después se dejó caer en el suelo y se quedó agazapado contra la pared, con el pecho lleno de fuego.
Silencio, obscuridad.
Encontró el cabo de vela en la palmatoria de estaño que llevaba en el bolsillo, lo encendió con el pedernal y el eslabón, y a su luz encontró el pozo vertical, a menos de cincuenta pies de donde se había detenido. Volvió a su campamento. Allí durmió. Cuando despertó, comió, y bebió la última agua que le quedaba; decidió levantarse e ir otra vez a buscar agua; pero se quedó dormido, o aletargado, y soñó que le hablaba una voz.
—Aquí estás. Muy bien. No tengas miedo; no te haré ningún daño. Ya decía yo que no era ningún gnomo. ¿Quién ha oído hablar nunca de un gnomo que sea tan alto como un hombre? ¿O quién ha visto nunca a uno, alto o bajo? «Los gnomos son lo que no se ve, compañeros —les he dicho—. Y lo que hemos visto era un hombre, creedme». «¿Qué está haciendo en la mina? —han dicho ellos—, y ¿qué haremos si es un fantasma, uno de los amigos que quedaron atrapados cuando se rompió el depósito de agua en la vieja bocamina del sur?». «Pues bien —les he dicho yo—, voy a ver. No he visto nunca un fantasma, a pesar de lo mucho que he oído hablar de ellos. No quiero ver lo que no debe ser visto, como los gnomos, pero ¿qué mal hay en volver a ver a Temon, o al viejo Trip? ¿Acaso no les he visto en sueños, de todos modos, en los túneles, trabajando y con la cara sudorosa, igual que cuando vivían? ¿Por qué no?». Y por esto he venido. Pero tú no eres un fantasma, ni tampoco un minero. Podrías ser un desertor, o un ladrón. ¿O es que has perdido el juicio, pobre hombre? No tengas miedo. Escóndete si quieres. A mí no me importa. Aquí abajo hay sitio para ti y para mí. ¿Por qué te escondes de la luz del Sol?
—Los soldados…
—Ya me lo parecía.
Cuando el minero asintió, con un gesto de la cabeza, la vela que llevaba sujeta a la frente proyectó al techo de la bancada una luz que saltaba. Se agachó a unos diez pies de Guennar, dejando colgar las manos entre las rodillas. Llevaba colgando del cinturón un manojo de velas y el pico, una herramienta bien hecha y de mango corto. Su cara y su cuerpo, debajo de la inquieta estrella de la vela, eran toscas sombras de color de tierra.
—Déjame quedarme aquí…
—¡Quédate, claro! ¿Acaso es mía la mina? ¿Por dónde has entrado, por la vieja galería que da al río? Has tenido suerte al encontrarla, y también ha sido una suerte que viniesen hacia aquí desde el crucero, en lugar de ir hacia el este. Por allí, este nivel lleva a las cuevas. Allí hay unas cuevas muy grandes, ¿lo sabías? No lo sabe nadie más que los mineros. Abrieron esas cuevas antes de que yo naciese, siguiendo el antiguo filón que había allí, en dirección al Sol. Las vi una vez, cuando me llevó mi padre. «Tienes que ver aquello aunque solo sea una vez —me dijo—. Tienes que ver el Mundo que hay debajo del Mundo». Y vi una cueva que parecía no tener fin. Una caverna grande y alta como el cielo, y un arroyo negro que corría por ella, que llegaba hasta más allá de lo que alcanzaba la luz de la vela. Hacía un ruido como un susurro sin fin que saliera de la obscuridad. Y más allá de aquella cueva, y debajo de ella, había otras.
Quizá hay un número infinito de ellas. ¿Quién sabe? Están unas encima de otras, y todas brillan por el cristal de roca. Por allí, todo es piedra estéril. Y esta parte de aquí está agotada, hace años. El agujero que has escogido es bastante seguro, compañero, si no hubieses salido y tropezado con nosotros. ¿Qué buscabas? ¿Comida? ¿Una cara humana?
—Agua.
—No es agua lo que falta por aquí. Ven, te enseñaré dónde está. Aquí debajo, en el otro nivel, hay muchas fuentes. Has tomado una dirección que no es. Yo trabajaba allá abajo, metido hasta las rodillas en la maldita agua fría, antes de que se agotase la veta. Hace mucho tiempo. Ven.
El viejo minero le dejó en su campamento, después de mostrarle dónde nacía la fuente y de advertirle que no siguiese el curso del agua, pues el entibado debía de estar podrido y una pisada o un ruido podía dar lugar a un desprendimiento. Allá abajo, todas las vigas estaban cubiertas de una gruesa y centelleante piel blanca, salitre quizá, o un hongo: era algo muy extraño, por encima del agua aceitosa. Cuando se quedó solo, Guennar pensó que había soñado con aquel túnel blanco lleno de agua negra, y con la visita del minero. Cuando vio un destello de luz en el túnel, a lo lejos, se agazapó detrás del puntal de cuarzo con un gran trozo de granito en la mano, pues todo su miedo, su cólera y su dolor se habían reducido a una sola cosa allí en la obscuridad, se habían convertido en la decisión de que nadie le pondría las manos encima. Era una determinación ciega, roma y pesada como una piedra rota, pesada en su alma.
Pero no era más que el viejo minero, que le traía un pedazo de queso seco.
Se sentó con el astrónomo, y le habló. Guennar se comió todo el queso, pues no le quedaba ningún otro alimento, y escuchó cómo hablaba el minero. Mientras escuchaba, le pareció que se aligeraba un poco el peso que oprimía su alma, le pareció ver un poco más lejos en la obscuridad.
—Tú no eres un soldado corriente —dijo el minero.
—No, he sido estudiante —respondió él.
Pero no le dijo nada más, pues no se atrevía a decirle al minero quién era. El minero sabía todas las cosas que habían ocurrido en la región; le habló del incendio de la Casa Redonda de la colina, y del conde Bord.
—Esos soldados vestidos de negro se lo llevaron a la ciudad, para que lo juzgaran, según dicen, para que compareciese ante el Consejo. ¿Por qué han de juzgarle? ¿Qué ha hecho el conde sino cazar osos, ciervos y zorros? ¿Le va a juzgar un consejo de zorros, acaso? ¿Qué significa todo este espiar, esos soldados, esos incendios y juicios? Más les valdría dejar en paz a la gente honrada. El conde era un hombre honrado, tan honrado como puede serlo un rico, y era justo con sus siervos. Pero toda esa gente, los señores, no son de fiar. Solo aquí abajo hay gente de fiar, los hombres que bajan a la mina. ¿Qué otra cosa tiene un hombre aquí abajo sino sus manos y las manos de sus compañeros? ¿Qué hay entre él y la muerte, cuando hay un desprendimiento o cuando se cierra un pozo ciego y él se queda atrapado sino las manos de sus amigos, sus palas y su voluntad de sacarle? No habría plata allá arriba, al Sol, si no hubiese confianza entre nosotros aquí abajo, en la obscuridad. Aquí abajo uno puede contar con sus compañeros. Y aquí no baja nadie más que ellos. ¿Puedes imaginarte al dueño de la mina, con sus encajes, o a los soldados, bajando y bajando por el pozo de chimenea hacia la obscuridad? ¡No bajarían aquí por nada del Mundo! Ellos son muy valientes para pasearse por allá arriba, pero ¿de qué servirían sus espadas y sus gritos en esta obscuridad? Aquí abajo me gustaría verles un día…
Cuando volvió le acompañaba otro hombre, y le traían una lámpara y un jarro de aceite, algo más de queso, pan y unas manzanas.
—Ha sido Hanno quien ha pensado en la lámpara —explicó el viejo—. La mecha es de cáñamo; si se apaga, sopla fuerte y puede que se encienda otra vez. Y aquí tienes una docena de velas. Las ha birlado el joven Per, allá arriba.
—¿Saben todos que estoy aquí?
—Solo nosotros —respondió el minero—. Ellos no.
Uno o dos días después, Guennar volvió a recorrer el nivel inferior que había recorrido antes, en dirección al oeste, hasta que vio las velas de los mineros danzar como estrellas; y fue a la bancada. Los hombres compartieron con él su comida. Le mostraron la mina, las bombas y el gran pozo donde estaban las escaleras y las poleas con los cubos; él se apartó del pozo, pues le pareció que la corriente de aire que bajaba por él olía a quemado. Le llevaron otra vez a la bancada y le dejaron trabajar con ellos. Le trataban como a un invitado, como a un niño. Le habían adoptado. Él era su secreto.
No sirve de gran cosa pasarse doce horas al día en un agujero obscuro de la Tierra, durante toda la vida, si allí no hay nada, ningún secreto, ningún tesoro, nada escondido.
Estaba la plata, por supuesto. Pero donde habían trabajado diez cuadrillas de quince hombres, en aquellos mismos niveles, cuando se oían incesantemente los crujidos, el matraqueo y el estrépito de los cubos cargados que subían por el chirriante montacargas, y los golpes de los cubos vacíos que bajaban al encuentro de los hombres que empujaban los pesados carretones, ahora solo trabajaba una cuadrilla de ocho hombres: hombres de más de cuarenta años, hombres viejos, que no tenían otro oficio que la minería. Había aún algo de plata en el duro granito, en pequeñas venas por entre la ganga. A veces alargaban un túnel, un pie en dos semanas.
—Era una gran mina —decían con orgullo.
Le enseñaron al astrónomo cómo poner una cuña y cómo manejar la almádena, cómo romper el granito con el pico de aguda punta, bien equilibrado, cómo separar el metal de la ganga; le enseñaron lo que había que buscar, las escasas y brillantes venas del puro metal, la quebradiza y rica mena. Él les ayudaba todos los días. Cuando llegaban, estaba en la bancada esperándoles, y relevaba a unos y a otros durante todo el día con la pala, o afilando las herramientas, o empujando el carretón del mineral por su pasarela acanalada hacia el gran pozo, o abriendo túneles. Allí, no le dejaban trabajar durante mucho rato; se lo impedían el orgullo y la costumbre.
—Mira, no des golpecitos como un leñador. Se hace así, ¿lo ves?
Pero después otro le pedía:
—Dame unos golpes aquí, compañero, en la cuña. Así.
Le alimentaban con su pobre y escasa comida.
Por la noche, cuando se quedaba solo en la tierra hueca, cuando los mineros habían subido por las largas escaleras hacia el exterior, él se echaba y pensaba en ellos, en sus caras, en sus voces, en sus manos grandes, llenas de cicatrices, sucias de tierra, manos de hombres viejos con las gruesas uñas ennegrecidas por el contacto hiriente de la roca y del acero; aquellas manos, inteligentes y vulnerables, que habían abierto la tierra y que habían encontrado la brillante plata en la dura roca de aquellas tenebrosas profundidades. La plata que ellos nunca conservaban, que ellos nunca gastaban. La plata que no era suya.
—Si encontraseis una veta nueva, un filón nuevo, ¿qué haríais?
—Lo abriríamos y se lo diríamos a los amos.
—¿Por qué se lo diríais a los amos?
—¡Hombre! ¡A nosotros nos pagan por lo que sacamos! ¿Te crees que hacemos este maldito trabajo por gusto?
—Sí.
Todos se echaron a reír, con una risa estruendosa, burlona, inocente. Sus ojos vivos brillaban en las caras ennegrecidas, cubiertas de polvo y de sudor.
—¡Ah, si encontrásemos un filón nuevo! ¡Mi mujer podría tener un cerdo, como antes, y yo juro que me bañaría en cerveza! Pero, si quedase plata por aquí, ellos la habrían encontrado; por esto excavaron tan lejos hacia el este. Pero por aquí todo está yermo, agotado. No hay nada que hacer.
El tiempo se extendía detrás de él y delante de él como las obscuras galerías y traviesas de la mina, que estaban todas presentes a la vez, estuviese donde estuviese él con su pequeña vela. Ahora, cuando estaba solo, el astrónomo solía vagar por los túneles y las viejas bancadas, conociendo los lugares peligrosos, los niveles profundos llenos de agua, conociendo las escaleras inseguras y los pasos angostos, intrigado por el juego de su vela en las paredes de roca, por el brillo de la mica que parecía salir del interior de la piedra. ¿Por qué brillaba a veces de aquel modo? Brillaba como si la vela hubiese encontrado algo mucho más allá de la brillante y quebrada superficie, algo que le hacía guiños como respondiéndole y que después desaparecía, como si se hubiese deslizado detrás de una nube o del disco invisible de un planeta.
«Hay estrellas en la Tierra —pensaba—. Solo habría que saber verlas».
Era torpe con el pico, pero hábil con las máquinas. Ellos admiraban su habilidad y le traían herramientas. Él reparaba bombas y tornos; le hizo al «joven Per», que trabajaba en un largo y estrecho túnel cerrado, una lámpara con cadena, con un reflector que hizo con una palmatoria de estaño, que convirtió a fuerza de golpes en una lámina curvada, y que pulió con fino polvo de roca y con el forro de piel de su abrigo.
—Es una maravilla —dijo Per—. Es como la luz del día. Y, al estar detrás de mí, no se apaga cuando el aire se enrarece y me dice cuándo tengo que retroceder para respirar.
Pues un hombre puede seguir trabajando en un túnel cerrado algún tiempo después de que se haya apagado su vela por falta de oxígeno.
—Deberías colocarte allí un fuelle.
—¿Un fuelle? ¿Como en una fragua?
—¿Por qué no?
—¿No subes nunca allá arriba, por las noches? —le preguntó Hanno, mirándole con algo de tristeza—. ¿Solo para echar una mirada?
Hanno era un hombre melancólico, pensativo, bondadoso.
Guennar no le respondió. Se fue a ayudar a Bran a entibar; ahora, los mineros hacían todos los trabajos que antes habían hecho cuadrillas de estibadores, picadores, acarreadores, clasificadores, y otros.
—Le da pánico salir de la mina —explicó Per en voz baja.
—Solo para ver las estrellas y respirar un poco de aire fresco —dijo Hanno, como si le hablase aún a Guennar.
Una noche, el astrónomo se vació los bolsillos y miró los objetos que habían estado en ellos desde la noche del incendio del observatorio: cosas que había recogido en aquellas horas que ahora no recordaba, aquellas horas en que había andado a tientas, tropezando, entre los restos de su casa, convertidos en brasas humeantes… buscando lo que había perdido… Ahora ya no pensaba en lo que había perdido. Aquello estaba aislado en su mente por una gruesa cicatriz, la cicatriz de una quemadura. Durante mucho tiempo aquella cicatriz de su mente le impidió comprender la naturaleza de los objetos que ahora estaban ante él en el polvoriento suelo de piedra de la mina: un fajo de papeles chamuscados por un lado; un trozo redondo de vidrio o cristal; un tubo de metal; una rueda dentada bellamente trabajada; un pedazo de cobre retorcido y ennegrecido, grabado con finas líneas; y otros restos y fragmentos. Volvió a guardarse los papeles en el bolsillo, sin intentar separar las quebradizas hojas que estaban medio pegadas, sin intentar leer la fina escritura. Siguió mirando las demás cosas, tomándolas de vez en cuando para examinarlas mejor, sobre todo el pedazo de vidrio.
Sabía que aquel vidrio era el ocular de su telescopio de diez pulgadas. Había pulido la lente él mismo. Cuando lo tomó en las manos, lo manejó con delicadeza, sosteniéndolo por los bordes, para evitar que el ácido de su piel marcase la superficie. Después se puso a limpiarlo, frotándolo con un jirón de la fina lana de cordero de su abrigo. Cuando el ocular estuvo limpio, lo sostuvo en alto, miró su superficie y miró a través de él desde todos los ángulos. Su expresión era tranquila y decidida, y sus ojos, claros y separados, estaban serenos.
Inclinada en sus dedos, la lente del telescopio reflejaba la llama de la lámpara en un diminuto punto brillante próximo al borde y que parecía estar debajo de la curva de la superficie, como si la lente hubiese guardado en su interior una estrella de los muchos cientos de noches que había estado vuelta hacia el cielo.
Guennar la envolvió cuidadosamente en el jirón de lana y le hizo un lugar en el hueco de la roca, donde guardaba el yesquero. Después tomó las demás cosas, una a una.
Durante las semanas siguientes, los mineros vieron a su fugitivo con menos frecuencia mientras trabajaban. Pasaba muchas horas solo, explorando las desiertas regiones orientales de la mina, según dijo cuando le preguntaron.
—¿Para qué?
—Para encontrar plata —respondió, con la sonrisa breve y sobresaltada que le daba aspecto de loco.
—Pero, amigo, ¿qué sabes tú de encontrar plata? Esa parte de la mina está agotada. La plata se acabó, y no encontraron ningún filón al este. Quizá encontrarás un poco de mineral pobre, o una vena de estaño vidrioso, pero nada que valga la pena.
—¿Cómo puedes saber lo que hay en la tierra, Per, en las rocas que tienes bajo los pies?
—Lo sé porque conozco las señales, amigo. ¿Quién lo va a saber mejor que yo?
—Pero ¿y si esas señales estuviesen ocultas?
—Entonces es que la plata estaría escondida.
—Pero tú sabes que está allí, si supieses dónde cavar, si pudieses ver el interior de la roca. ¿Qué otra cosa puede haber allí? Vosotros encontráis el metal porque lo buscáis, porque caváis para sacarlo. ¿Qué otra cosa podríais encontrar, a mayor profundidad que la mina, si la buscaseis, si supieseis dónde cavar?
—Roca —dijo Per—. Roca, roca y roca.
—¿Y después?
—¿Después? El fuego del Infierno, que yo sepa. ¿Por qué, si no, hay más claridad en los pozos cuanto más profundos son? Esto es lo que dicen. Que, cuanto más se ahonda, más se acerca uno al Infierno.
—No —dijo el astrónomo, con voz clara y firme—. No. Debajo de la roca no está el Infierno.
—¿Qué hay allí, pues, abajo de todo?
—Las estrellas.
—Ah… —dijo el minero, desconcertado.
Se rascó el áspero cabello, en el que había gotas de sebo, y se rio.
—Esto sí que es extraño —añadió, mirando a Guennar con lástima y admiración; sabía que Guennar estaba loco, pero la dimensión de su locura era para él una cosa nueva y admirable—. ¿Y tú encontrarás esas estrellas?
—Las encontraré si encuentro la manera de buscarlas —afirmó el astrónomo, con tanta calma que Per no encontró otra respuesta que tomar su pala y volver a su tarea de cargar el carretón.
Una mañana, cuando llegaron los mineros, se encontraron con que Guennar dormía aún, envuelto en la vieja capa que le había dado el conde Bord, y vieron junto a él un objeto extraño, un artefacto hecho de tubos de plata, de codales y alambres de estaño hechos a partir de viejas lámparas de minero, una estructura de mangos de pico cuidadosamente trabajada y encajada, ruedas dentadas, un pedazo de vidrio centelleante. Era un artilugio frágil, provisional, delicado, complejo, absurdo.
—¿Qué demonios es esto?
Rodearon el aparato y se lo quedaron mirando, centrándose en él las luces de las lámparas que llevaban en la frente, un rayo amarillo iluminando a veces al hombre que dormía cuando uno de los mineros le echaba una mirada.
—Lo ha hecho él, seguro.
—Sí, no hay duda.
—¿Para qué?
—No lo toques.
—No lo iba a tocar.
Las voces le despertaron, y Guennar se incorporó.
Los rayos amarillos de las lámparas daban a su cara un color blanco y la hacían destacar contra la obscuridad. Se frotó los ojos y dio los buenos días a los mineros.
—¿Qué es eso que has hecho, amigo?
Él pareció estar turbado o confuso cuando vio el objeto de su curiosidad. Apoyó una mano en él como para protegerlo, pero, durante unos momentos, él mismo lo miró como si no lo reconociese. Por fin dijo, frunciendo el entrecejo, en un susurro:
—Es un telescopio.
—Y, ¿eso qué es?
—Un aparato que permite ver con claridad las cosas lejanas.
—¿Cómo es eso? —le preguntó uno de los hombres, desconcertado.
El astrónomo le respondió, hablando cada vez con más seguridad:
—En virtud de ciertas propiedades de la luz y de las lentes. El ojo es un instrumento delicado, pero es ciego para la mitad del Universo, para mucho más de la mitad. Decimos que el cielo de la noche es negro, que entre las estrellas solo hay vacío y obscuridad. Pero, si dirigimos la lente del telescopio hacia ese espacio que hay entre las estrellas, descubrimos más estrellas. Estrellas demasiado pequeñas y lejanas para verlas a simple vista, hilera tras hilera, esplendor tras esplendor, hasta los últimos confines del Universo. Más allá de toda imaginación, en la obscuridad exterior, hay luz: un gran esplendor de luz solar. Yo lo he visto. Yo lo he visto, noche tras noche, y he hecho mapas de las estrellas, que son los faros de Dios en las costas de la obscuridad. ¡Y también en la obscuridad hay luz! No hay ningún lugar privado de luz, del consuelo y el resplandor del espíritu creador. No hay ningún lugar desterrado, proscripto, abandonado. Ningún lugar ha quedado en la obscuridad. Donde han mirado los ojos de Dios, allí hay luz. ¡Hemos de ir más lejos, hemos de mirar más lejos! Hay luz, si queremos verla. No solo con nuestros ojos, sino con la habilidad de nuestras manos, con los conocimientos de nuestra mente y con la fe de nuestro corazón se nos revelará lo que no hemos visto, y se hará evidente lo que está oculto. Y toda la obscura Tierra brillará como una estrella dormida.
Hablaba con esa autoridad que los mineros sabían que pertenecía por derecho a los sacerdotes, a las grandes palabras que pronunciaban los sacerdotes en las iglesias resonantes. No era lógico que estuviese allí, en aquel agujero en el que ellos se ganaban penosamente la vida, en las palabras de un fugitivo loco. Más tarde, al hablar entre ellos, movían la cabeza, o se llevaban un dedo a la frente.
—Su locura va en aumento —dijo Per.
—¡Pobrecillo! —exclamó Hanno.
Pero, al mismo tiempo, no había entre ellos ninguno que no creyese lo que el astrónomo les había dicho.
—Enséñame a usar eso —le dijo el viejo Bran a Guennar cuando le encontró solo en un profundo túnel de la parte oriental, ocupado con su complicado aparato.
Bran era el primero que había seguido a Guennar, el que le había llevado comida y el que le había hecho conocer a los demás.
De buena gana, el astrónomo se hizo a un lado y le mostró a Bran cómo sostener el aparato dirigido hacia abajo, hacia el suelo del túnel, y cómo enfocarlo, e intentó explicarle su funcionamiento y lo que podía ver con él. Hablaba con vacilación, pues no estaba acostumbrado a dar explicaciones a personas ignorantes, pero sin impacientarse cuando Bran no entendía algo.
—No veo otra cosa que la tierra —dijo el minero, después de mirar seriamente, durante mucho rato, con el instrumento—. La tierra, el polvo y las piedrecillas.
—Quizá es que la lámpara te deslumbra —dijo el astrónomo con humildad—. Es mejor que mires sin ella. Yo sé hacerlo porque llevo mucho tiempo en ello. Es cuestión de práctica, como colocar las cuñas, que vosotros siempre hacéis bien y yo siempre hago mal.
—Sí. Puede ser. Dime lo que tú ves…
Bran se interrumpió. Hacía poco, había caído en la cuenta de quién era Guennar. El hecho de que fuese un hereje no le importaba, pero el saber que era un sabio le hacía difícil llamarle «compañero» o «amigo». Y tampoco podía llamarle «maestro». Había ocasiones en que, a pesar de toda su mansedumbre, el fugitivo hablaba con grandes palabras, palabras que cautivaban el alma, y en aquellas ocasiones habría sido fácil llamarle «maestro». Pero ello le habría asustado.
El astrónomo apoyó la mano en el armazón de su mecanismo y dijo con voz suave:
—Hay… constelaciones.
—¿Qué es eso, constelaciones?
Guennar miró a Bran como desde muy lejos, y después explicó:
—La Osa Mayor, el Escorpión, la Hoz junto a la Vía Láctea en verano, son constelaciones. Dibujos de estrellas, grupos de estrellas, familias, semejanzas…
—Y, ¿tú ves constelaciones aquí, con este aparato?
Mirándole aún a través de la débil luz de la lámpara con ojos claros de expresión reflexiva, el astrónomo asintió, y no habló, sino que señaló hacia abajo, la roca en la que estaban, el suelo picado de la mina.
—¿Cómo son? —preguntó Bran en voz baja.
—Solo las he visto un momento. Aún no he aprendido la manera correcta de mirar; aquí abajo es algo diferente… Pero están ahí, Bran.
Ahora, muchas veces, no veían a Guennar en la bancada cuando llegaban a su trabajo, y él no se reunía con ellos ni siquiera a la hora de comer, aunque siempre le guardaban una parte. Ahora, el astrónomo conocía la mina mejor que cualquiera de ellos, mejor incluso que Bran, y no solo la mina «viva» sino también la «muerta», los túneles abandonados y los túneles de exploración que iban hacia el este, hacia las cuevas. Allí era donde estaba la mayor parte del tiempo, y ellos no le seguían.
Cuando aparecía entre ellos y hablaban con él, se mostraban más tímidos, y no se reían.
Una noche, cuando volvían todos con el último carretón hacia el pozo principal, él salió a su encuentro, surgiendo de repente de una traviesa que había a la derecha. Como siempre, llevaba su harapiento abrigo de piel de cordero, que estaba negro por la arcilla y el polvo de los túneles. Su cabello rubio se había vuelto gris. Sus ojos eran claros.
—Bran —dijo—, ven. Ahora puedo enseñártelo.
—¿Qué puedes enseñarme?
—A ver las estrellas. Las estrellas que hay en la roca. Hay una gran constelación en la bancada del viejo nivel cuatro, donde está el granito blanco.
—Conozco el lugar.
—Está allí: debajo del suelo, junto a esa pared blanca. Una gran reunión de estrellas resplandecientes. Su brillo asciende por la obscuridad. Son como caras de bailarinas, como ojos de ángeles. ¡Ven, baja conmigo a verlas, Bran!