Las doce moradas del viento
13. Las estrellas en la roca
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Los mineros estaban cerca de él y le miraban; Per y Hanno con las espaldas tensas para sostener el carretón y evitar que se deslizase; hombres encorvados de caras fatigadas y sucias y grandes manos dobladas endurecidas por el contacto del pico, la pala y la almádena. Estaban confusos, compadecidos, impacientes.
—Ya nos íbamos. Nos vamos a casa a cenar. Ya veremos eso mañana —dijo Bran.
El astrónomo les miró a la cara, y no dijo absolutamente nada.
Hanno dijo con su voz ronca y amable:
—Sube con nosotros por una vez, amigo. Allá arriba es noche cerrada, y seguramente llueve. Estamos en noviembre; nadie te verá si vienes a mi casa y te sientas junto a mi fuego, por una vez, y tomas una comida caliente, y duermes bajo un techo y no bajo la tierra aquí solo…
Guennar retrocedió unos pasos. Fue como si se apagase una luz, como si su cara se hundiese en la sombra.
—No —dijo—. Me quemarían los ojos.
—Dejadle tranquilo —dijo Per, y se puso a empujar el pesado carretón hacia el pozo.
—Mira donde te he dicho —le dijo Guennar a Bran—. La mina no está muerta. Compruébalo con tus propios ojos.
—Sí. Vendré contigo y lo veré. ¡Buenas noches!
—Buenas noches —dijo el astrónomo.
Se volvió hacia el túnel lateral mientras ellos se alejaban. No llevaba lámpara ni vela; le vieron un momento, y después solo vieron la obscuridad.
A la mañana siguiente, no estaba esperándoles. No apareció.
Bran y Hanno le buscaron, a ratos al principio, y después un día entero. Bajaron tanto como se atrevieron, hasta que llegaron a la entrada de las cuevas, y entraron, llamando de vez en cuando, aunque en aquellas grandes cavernas ni siquiera ellos, que habían sido mineros toda su vida, se atrevían a gritar debido al terror de los interminables ecos en la obscuridad.
—Ha ido más abajo —dijo Bran—. Más abajo. Esto es lo que dijo. Para encontrar la luz, hay que ir más abajo.
—Aquí no hay luz —susurró Hanno—. Aquí nunca ha habido luz, nunca, desde que se creó el Mundo.
Pero Bran era un viejo testarudo, con una mente literal y crédula, y Per le escuchaba. Un día, fueron los dos al lugar del que les había hablado el astrónomo, donde una gran vena de duro granito claro bajaba por entre la roca más obscura que se había dejado intacta, cincuenta años atrás, porque parecía piedra estéril. Volvieron a entibar el techo de la antigua bancada allí donde las vigas se habían movido, y se pusieron a cavar, no en la roca blanca sino en el suelo, debajo de ella, donde el astrónomo había dejado una señal, una especie de símbolo dibujado con hollín de vela en el suelo de piedra. A un pie de profundidad encontraron mineral de plata, debajo de la capa de cuarzo, y debajo del mineral —trabajando ahora los ocho mineros— los picos descubrieron plata en bruto, venas, ramas, haces y nudos de plata que brillaban entre los cristales rotos y entre los fragmentos de roca, como estrellas, como grupos de estrellas, capa tras capa, sin fin, la luz.