Las doce moradas del viento
14. El campo de visión
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EL CAMPO DE VISIÓN
Apenas sé qué decir acerca de El campo de visión; es una especie de rabieta sublimada. Una carta indignada al editor. Un gesto grosero. Shelley fue expulsado de Oxford —creo que nunca se ha probado la autenticidad de la anécdota, pero no importa— por haber escrito en la pared que cerraba un callejón sin salida: «Por aquí se va al cielo». Tengo el sentimiento de que esta pintada necesita una segunda mano de vez en cuando.
Vi la eternidad la otra noche como un vasto anillo de luz pura e interminable…
Henry Vaughan (1621-1695).
Los informes del Psyche XIV llegaron con regularidad, totalmente rutinarios, hasta poco antes de que se abriera su escotilla de regreso. El comandante Rogers dijo entonces repentinamente por radio que habían abandonado la superficie, habían vuelto a la nave y estaban iniciando la operación de regreso, 82 horas y 18 minutos antes de lo previsto. Por supuesto, Houston pidió explicaciones, pero las respuestas de Psyche eran excéntricas. Los 220 segundos que se tardaba en recibir la respuesta empeoraban las cosas. Psyche seguía interrumpiendo la comunicación. En una ocasión, Rogers dijo: «Si queremos llevarla a casa, tenemos que hacerlo ahora», aparentemente en respuesta a las preguntas de Houston, pero a continuación se oyó a Hughes pidiendo una lectura de panel de control, y luego algo acerca de una dosificación. La actividad solar interfería la comunicación, y la recepción era muy mala. Las voces dejaron de oírse sin que hubiera acabado la transmisión.
La entrada automática de información de la nave continuó. La salida fue normal. Durante los 26 días de vuelo siguientes, en que los astronautas estuvieron durmiendo a base de drogas, y conectados a los HKL e IV, los informes siguieron siendo normales. No había monitor médico en las misiones Psyche. El único vínculo con la tripulación era el contacto verbal. Cuando dejaron de llamar el Día 2, la larga tensión en Houston se convirtió en desesperación.
Los mandos automáticos de a bordo, dirigidos por el equipo de Tierra, acababan de establecer la trayectoria de regreso de la nave, cuando, de repente, los altavoces dijeron con la voz de Hughes: «Houston, dame la situación, por favor. Aquí hay una interferencia óptica». Trataron de dirigirle, pero el único intento que hizo de corrección manual fue desastroso, y el equipo de Tierra tardó cinco horas en compensarlo. Le dijeron a Hughes que no tocara nada, que ellos se encargarían de llevar la nave a la Tierra. Casi inmediatamente después de esto volvieron a perder el contacto verbal.
Los enormes paracaídas de color pálido se abrieron sobre el Pacífico como rosas cayendo lentamente del cielo. La nave, quemada por la alta velocidad, se hundió envuelta en nubes de vapor, volvió a emerger inmediatamente y quedó allí quieta, balanceándose en las altas olas. El control de Tierra había hecho un buen trabajo. La nave había caído a medio kilómetro del California. Los helicópteros se elevaron sobre el lugar, se reunieron las balsa salvavidas, la nave se estabilizó, se abrió la escotilla. No salió nadie.
Entraron en la nave y los sacaron de allí.
El comandante Rogers estaba en su puesto de vuelo, aún sujeto a su asiento y conectado a los HKL e IV. Llevaba unos diez días muerto, y estaba claro por qué los demás no le habían abierto el traje.
El capitán Temski parecía físicamente ileso, pero estaba aturdido y desconcertado. No hablaba ni respondía a las instrucciones que se le daban. Tuvieron que arrastrarlo para sacarlo de la nave, aunque no opuso ninguna resistencia activa.
El doctor Hughes estaba en un estado de colapso, aunque plenamente consciente; parecía estar ciego.
—Por favor…
—¿Puede ver algo?
—¡Sí! Por favor, déjeme la venda sobre los ojos.
—¿Ve la luz que le estoy enseñando? ¿De qué color es, doctor Hughes?
—De todos los colores, blanca, es demasiado fuerte.
—¿Puede señalarla con la mano?
—Está en todas partes. Es demasiado brillante.
—La habitación está casi a obscuras, doctor Hughes. Abra los ojos otra vez, por favor.
—No está a obscuras.
—Mmmm. Posible hipersensibilidad. Está bien, ¿qué le parece así? ¿Suficientemente obscura para usted?
—¡Apague la luz!
—Mantenga las manos quietas, por favor. Cálmese. De acuerdo, le volveremos a poner las compresas.
El hombre dejó de debatirse y se relajó en cuanto le taparon los ojos, y se quedó quieto, respirando hondo. Su rostro alargado, enmarcado por la obscura barba de un mes, estaba brillante de sudor.
—Lo siento —dijo.
—Volveremos a intentarlo cuando haya descansado.
—Abra los ojos, por favor. La habitación está casi a obscuras.
—¿Por qué me dice esto, si no está a obscuras?
—Doctor Hughes, apenas distingo su cara; solo hay una débil iluminación rojiza encima de mí; nada más. ¿Puede verme?
—No. ¡No puedo ver a causa de la luz!
El doctor incrementó la iluminación hasta que pudo ver la cara de Hughes, con las mandíbulas apretadas, los ojos abiertos, aturdidos y llenos de temor.
—¿Qué, está así más obscuro? —preguntó con el sarcasmo de la impotencia.
—¡No! —Hughes cerró los ojos; estaba mortalmente pálido—. Estoy mareado —murmuró—, todo me da vueltas —tomó una bocanada de aire y empezó a vomitar.
Hughes era soltero y no tenía parientes cercanos. Se sabía que su mejor amigo era Bernard Decelis. Se habían preparado juntos; Decelis había sido especialista en Psyche XII, la misión que había descubierto la ciudad de Marte, igual que Hughes había participado en Psyche XIV. Llevaron a Decelis a la estación de aclimatación en Pasadena y le pidieron que hablara con su amigo. Por supuesto, la conversación se grabó.
D. Hola, Gerry. Soy Decelis.
H. ¿Barnie?
D. ¿Cómo estás?
H. Bien. ¿Tú estás bien?
D. Claro. No fue ningún paseo, ¿no?
H. ¿Qué tal está Gloria?
D. Bien, muy bien.
H. ¿Ha pasado ya de Aunt Rhody?
D. (Risas). Oh, ya lo creo. Ahora puede tocar Greensleeves. Por lo menos ella lo llama Greensleeves.
H. ¿Para qué te han traído a este basurero?
D. Para verte.
H. Me gustaría poder devolver el cumplido.
D. Ya lo harás. Escucha. Tres diferentes oculistas, o lo que demonios sean, oftalnosequé, médicos de ojos de aquí, me han asegurado que tus ojos están perfectamente. Eran en realidad tres oftamachacantes y un neurólogo. Una especie de coro que tienen. Pero te juro que están absolutamente seguros de esto.
H. Entonces es evidente que lo que falla es mi cerebro.
D. Quizá en el sentido de una mala conexión.
H. ¿Y qué hay de Joe Temski?
D. No lo sé. No le he visto.
H. ¿Qué te dijeron de él?
D. No tienen a un coro investigando su caso. Solo dijeron que tiene tendencia a la introversión.
H. ¡Introversión! Dios mío, por supuesto. Introvertido como una roca.
D. ¿Temski? ¿Ese bromista?
H. Todo empezó con él.
D. ¿Qué empezó?
H. En aquel lugar. Dejó de responder.
D. ¿Qué ocurrió?
H. Solo eso. Dejó de responder. Dejó de hablar. Dejó de darse cuenta de las cosas. Dwight pensó que era un cafard. ¿Aún piensan eso?
D. Se menciona como una posibilidad. ¿Ocurrió algo especial allá arriba?
H. Encontramos la habitación.
D. Ah, sí, la habitación. Todo esto está en vuestros informes. Los he visto, y he visto también algunas de las holografías que os trajisteis. Fantástico. ¿Qué diablos es, Gerry?
H. No lo sé.
D. ¿Es una construcción?
H. Lo ignoro. ¿Qué es toda la ciudad?
D. Fue edificada, construida; tuvo que serlo.
H. ¿Cómo lo sabes, cómo puedes asegurarlo cuando desconoces lo que la hizo? ¿Una concha marina ha sido «hecha»? Si no lo supieras, si no tuvieras un entorno y no pudieras establecer una comparación, y miraras una concha marina y un cenicero de cerámica, ¿podrías decir cuál de los dos ha sido «hecho»? ¿Y para qué? ¿Qué significado tiene? ¿Y qué dirías de una concha de cerámica? ¿O de un nido de avispas de papel? ¿O de una geoda?
D. Sí. De acuerdo. ¿Pero, y esas cosas, esas… disposiciones que llamáis «casilleros» en los informes? He visto las holografías. ¿Qué conclusiones sacasteis?
H. ¿Qué conclusiones sacaste tú?
D. No lo sé. Son un misterio. Pensé en pasar estas disposiciones espaciales a un ordenador para buscar una pauta que tenga sentido… No te convence la idea.
H. Estupenda. Únicamente, ¿qué piensas programar como «sentido»?
D. Una relación matemática. Cualquier tipo de modelo geométrico, regularidad, código. No sé. ¿Cómo era el lugar, Gerry?
H. No lo sé.
D. ¿Estuvisteis mucho tiempo dentro?
H. Todo el tiempo, desde que lo encontramos.
D. ¿Fue entonces cuando notaste las molestias en los ojos? ¿Cómo empezó?
H. Las cosas se desenfocaban. Como con la vista cansada. Era peor fuera de la habitación. Duró varios días. Cuando volvíamos a la nave, en el ML, aún podía distinguir las cosas. Pero empeoraba. Empecé a ver esos destellos de luz que dejaron mi percepción de profundidad totalmente deshecha; me mareaba. Dwight y yo programamos el rumbo, durante casi todo el tiempo funcionaba uno de los dos. Pero él se estaba volviendo como loco. No quería utilizar la radio, no quería tocar el ordenador de a bordo.
D. ¿Qué le ocurría?
H. No lo sé. Cuando le hablé de mis ojos, me dijo que había tenido una especie de ataques de temblores. Le dije que teníamos que intentar llegar cuanto antes a la nave mientras pudiéramos. Estuvo de acuerdo, porque Joe empezaba realmente a no funcionar. Incluso antes de que despegáramos tuvo una especie de ataques, como de epilepsia…, me refiero a Dwight. Cuando salió del primero estaba tembloroso, pero parecía racional. Nos llevó muy bien a la nave, pero en cuanto estuvimos dentro sufrió otro ataque, y cada vez duraban más tiempo. Empezó a alucinar entre uno y otro. Le di algunos tranquilizantes y lo sujeté al asiento; se estaba quedando agotado. Cuando cogí el sueño, no sé, podía estar ya muerto.
D. No. Murió mientras dormía. A unos diez días de la Tierra.
H. No me lo habían dicho.
D. No hubieras podido hacer nada, Gerry.
H. No lo sé. Esos ataques eran como sobrecargas. Como si se le fundieran los fusibles. Le consumían. Durante los ataques hablaba. Como a borbotones, una especie de ladridos; como si intentara pronunciar de golpe una frase entera. Los epilépticos no hablan mientras sufren un ataque, ¿no?
D. Lo ignoro. La epilepsia está tan controlada hoy día, que no se oye hablar mucho de ella. Descubren la tendencia y la curan al principio. Si Rogers hubiera tenido esta tendencia…
H. Ya. No habría estado en el programa. Dios mío, había estado seis meses en el espacio.
D. ¿Cuánto tiempo habías estado tú, seis días?
H. Como tú. Un salto a la Luna.
D. Entonces no es eso. No crees…
H. ¿Qué?
D. ¿Algún tipo de virus?
H. ¿Plaga espacial? ¿Fiebre marciana? ¿Misteriosas esporas de otro tiempo que enloquecen a los astronautas?
D. De acuerdo, suena estúpido. Pero la habitación fue sellada. Y parece como si todos vosotros…
H. Dwight tiene una sobrecarga en la corteza cerebral, Joe se vuelve catatónico, yo empiezo a tener visiones… ¿Qué relación hay?
D. El sistema nervioso.
H. ¿Y por qué todos tenemos síntomas diferentes?
D. Bueno, las drogas afectan a cada persona de forma distinta.
H. ¿Piensas que encontramos allí alguna maldita especie de hongo psicógeno? No hay nada allí, está muerto, como el resto de Marte. ¡Tú lo sabes, has estado allí! No hay ningún maldito germen ni virus, no hay vida allí, ningún tipo de vida.
D. Pero pudo haberla habido…
H. ¿Qué te hace pensarlo?
D. La habitación que encontrasteis. La ciudad que nosotros encontramos.
H. ¡Ciudad! Santo Dios, Barnie, hablas como un estúpido periodista populachero; sabes de sobra que, por lo que conocemos, todo consiste en unas formas de barro. No se puede explicar. Es demasiado antiguo, las condiciones son demasiado distintas, carecemos de contexto. No entendemos, no podemos entender, es algo que sobrepasa a la mente humana. Ciudades, habitaciones, todo eso… únicamente estamos haciendo analogías, intentando explicarlo en nuestros propios términos. No existe un significado. Ahora me doy cuenta. ¡Es lo único que puedo ver!
D. ¿Ver qué, Gerry?
H. ¡Lo que veo cuando abro los ojos!
D. ¿Qué?
H. Todo lo que está aquí y no tiene sentido. Oh… yo…
D. Vamos, cálmate. Escucha, todo irá bien. Todo se arreglará, Gerry, te pondrás bien.
H. (confuso) luz y (confuso) intento ver lo que toco y no puedo, no entiendo y no puedo (confuso).
D. Resiste. Estoy aquí. Cálmate, muchacho.
Hughes, que se incorporó al programa espacial a partir de la astrofísica, tenía un historial muy bueno, realmente brillante. Esto inquietó a muchos de sus superiores militares, para quienes una gran inteligencia era sinónimo de inestabilidad e insubordinación. Había desempeñado correctamente sus funciones, y su conducta había sido irreprochable; pero ahora se sacaba a relucir con frecuencia que, después de todo, era un intelectual.
El caso de Temski era más difícil de explicar. Era un experto piloto de pruebas, un capitán de las Fuerzas Aéreas, un aficionado al béisbol, pero ahora su conducta era aún más aberrante que la de Hughes.
Lo único que hacía Temski era estar sentado. Podía cuidar de sí mismo y lo hacía. Es decir, cuando tenía hambre y había comida delante, comía un poco con los dedos; cuando tenía ganas, hacía sus necesidades en un rincón; cuando tenía sueño, se echaba en el suelo y dormía. El resto del tiempo permanecía sentado. Su estado físico era bueno y estaba bastante tranquilo. Nada de lo que se le dijera le producía la más mínima reacción, ni se tomaba ningún interés en lo que sucedía a su alrededor. Llevaron a su mujer ante él con la esperanza de lograr alguna respuesta. A los cinco minutos tuvieron que sacarla llorando.
Puesto que Temski no respondía y Robert, estando muerto, no podía responder, resultaba normal que se viera a Hughes como responsable de todo en cierto modo.
No le pasaba nada, únicamente algo parecido a una ceguera histérica, así que se esperaba que contestara de forma racional a las preguntas y que explicara exactamente lo que había ocurrido. Sin embargo, no pudo o no quiso hacerlo.
Se llamó a un psiquiatra, un eminente doctor de Nueva York llamado Shapir. Se le pidió que trabajara con Temski y con Hughes. Por supuesto, resultaba impensable admitir que la misión había sido un fracaso (la palabra «desastre» ni siquiera se mencionó), pero algunos rumores habían trascendido a la prensa, a pesar de todas las medidas de seguridad. Los irresponsables periodistas querían saber por qué se mantenía incomunicada a la tripulación de Psyche XIV, y reivindicaron el «derecho» del pueblo americano a saber… Fue necesario emitir un informe acerca de un nuevo chequeo médico a los astronautas que habían estado más de quince días en el espacio, a causa del inesperado y trágico fallecimiento del comandante Rogers de un ataque al corazón, y hubo que escribir una nueva serie de artículos para los periódicos acerca de planes para construir una ciudad-burbuja en Marte —Little América— a fin de mantener una actitud positiva en el público. Por supuesto, la gente que contaba sabía que el resto del programa Psyche estaba en peligro, y se ordenó al doctor Shapir que diagnosticara y curara lo más rápidamente posible a los astronautas. Shapir habló durante media hora con Hughes acerca de la comida del hospital, de Cal Tech, y del último informe de los chinos sobre su cohete a Alfa Centauro, una conversación muy relajada y trivial. Luego dijo:
—¿Qué ve cuando abre los ojos?
Hughes, que estaba fuera de la cama y vestido, siguió sentado un rato en silencio. Unos anteojos opacos le cubrían totalmente los ojos, y le daban la mirada fija y arrogante de los que llevan gafas obscuras.
—Nadie me ha hecho esta pregunta —dijo.
—¿Los oculistas no se la hicieron?
—Sí, supongo que Kray sí. Al principio. Antes de que decidieran que lo mío era mental.
—¿Qué le dijo usted?
—Es difícil de describir. El caso es que resulta indescriptible. Primero los objetos se desenfocaban, se volvían transparentes, desaparecían. Luego la luz. Demasiada luz. Como cuando se sobreexpone una película, y se vela toda. Y al mismo tiempo, una especie de remolino. Posiciones y relaciones cambiantes, transformaciones constantes. Me producía vértigo. Supongo que mis ojos enviaban señales a mi oído interno. Como esa enfermedad del oído, pero al revés. ¿No altera la orientación espacial?
—Síndrome de Méniére, creo que se llama, sí. Sobre todo en escaleras y en desniveles.
—Era como si estuviera mirando desde una gran altura, o… hacia una gran altura.
—¿Le han molestado alguna vez las alturas?
—Demonios, no. Ni siquiera tienen sentido para mí. ¿Qué está arriba y qué está abajo en el espacio? No, mire, no le estoy dando la imagen. No hay imagen. He intentado mirar más, aprender a… ver… no sirve de mucho.
Hubo un silencio.
—Para esto hace falta valor —dijo Shapir.
—¿Qué quiere decir? —preguntó con aspereza el astronauta.
—Bueno… Tener el sentido más importante para la mente consciente —la vista— dando cuenta de cosas inexistentes e incomprensibles, en contradicción flagrante con los demás sentidos: el tacto, el oído, el sentido del equilibrio y demás, y que esto suceda cada vez que uno trata de abrir los ojos, y no solo vivir con esto, sino intentar investigarlo… no parece fácil.
—Así que procuro mantener los ojos cerrados —dijo Hughes con terquedad— como un maldito mono cegato.
—Cuando tiene los ojos abiertos y mira hacia algún objeto conocido, su propia mano, por ejemplo, ¿qué ve?
—Una efervescente y vibrante confusión.
—William James —dijo Shapir con satisfacción.
—¿De qué hablaba, de cómo percibe el mundo un bebé, no? —tenía una voz agradable, con un timbre suave y metálico, no percusivo; uno no se lo podía imaginar amenazando o gritando.
Asintió varias veces, pensando en las implicaciones de lo que Hughes había dicho.
—Para aprender a ver, dijo usted. Aprender. ¿Es así como se siente?
Hughes dudó, y luego dijo con un inesperado y notable aumento de confianza:
—He de hacerlo. ¿Qué otra cosa puedo hacer? Al parecer, nunca seré capaz de… ver como antes, como los demás. Pero sin embargo, veo. Solo que no entiendo lo que veo. No tiene sentido. No hay contornos ni distinciones, ni siquiera entre más cerca y más lejos. Hay algo ahí, pero no puedo explicarlo, porque no hay cosas. No hay formas. En lugar de formas veo transformaciones, transfiguraciones. ¿Tiene esto algún sentido?
—Creo que sí —dijo Shapir—, solo que es tremendamente difícil explicar una experiencia directa con palabras. Y cuando la experiencia es nueva, única, sobrecogedora…
—E irracional. Eso es. —Hughes hablaba ahora con verdadera gratitud—. Si pudiera explicárselo… —dijo con tristeza.
Los dos astronautas permanecían ahora en el décimo piso de un gran hospital militar en Maryland. No se les permitía abandonar la planta y todo el que entraba allí tenía que pasar todavía diez días en cuarentena antes de volver al Mundo exterior. Naturalmente, salía ganando con esto la teoría de la plaga marciana. Ante la insistencia de Shapir, a Hughes se le permitió salir al jardín de la azotea del hospital (el ascensor fue debidamente esterilizado y puesto fuera de servicio durante tres días).
Obligaron a Hughes a llevar una mascarilla higiénica, y Shapir le pidió que no se pusiera los anteojos. Dócilmente, subió en el ascensor con la boca y la nariz tapadas y con los ojos destapados pero fuertemente cerrados.
A Shapir no le pareció que el cambio de la penumbra del ascensor a la cálida y lechosa luz de julio en la azotea afectara a aquellos ojos cerrados. Hughes no apretó los párpados con más fuerza contra el torrente de luz, aunque levantó la cara hacia el Sol al notar el agradable calor en sus pies, e inspiró hondo a través de la apretada gasa.
—No había salido al aire libre desde marzo —dijo.
Era cierto, desde luego. Había vivido en un traje espacial o en una habitación de hospital, respirando aire enlatado o acondicionado.
—¿Ha recuperado el sentido de la orientación? —preguntó Shapir.
—En absoluto. Estar al aire libre me hace sentir más ciego. Tengo miedo de caerme del edificio.
Hughes había rechazado toda ayuda a lo largo de los pasillos y en el ascensor, y había encontrado su camino tanteando hábilmente; y ahora, a pesar de su broma acerca de caerse a la calle, empezó a explorar el jardín de la azotea. Estaba emocionado: un hombre activo que salía de un largo período de confinamiento.
Shapir le observaba meditabundo. El bajo mobiliario constituía un peligro para Hughes, pero aprendió en seguida a localizarlo; tenía inteligencia táctil; había gracia en sus movimientos, incluso cuando andaba a ciegas.
—¿Podría abrir los ojos? —preguntó Shapir con su voz metálica e indiferente.
Hughes se detuvo.
—De acuerdo —dijo, pero se volvió hacia Shapir buscándole a tientas con la mano derecha. Shapir se adelantó y dejó que la mano se apoyara en su brazo.
Hughes apretó con más fuerza en el momento de abrir los ojos. Luego se soltó, dio un paso atrás extendiendo los dos brazos. Un grito le brotó de dentro. Movió los brazos hacia adelante y hacia arriba, con la cabeza echada hacia atrás, los ojos bien abiertos, mirando fijamente el cielo desnudo.
—Oh, Dios mío —murmuró, y se derrumbó como un hombre golpeado por un mazo.
Sesión de consulta psiquiátrica, 18 de julio. S. Shapir, Geraint Hughes.
S. Hola. Soy Sidney… No me quedaré mucho tiempo. Escucha, no fue buena idea la mía. En la azotea. Lo siento. No tenía idea. Pero tampoco el derecho… ¿Prefieres que me vaya?
H. No.
S. De acuerdo. Yo también me estoy poniendo muy nervioso. Necesito un buen paseo. Generalmente camino mucho. Unos tres kilómetros hasta el despacho, y lo mismo de vuelta. Y añado también rodeos. Digan lo que digan, New York es una bonita ciudad para pasear. Si sabes elegir la ruta. Escucha, tengo una extraña historia acerca de Joe Temski. En realidad no es una historia, sino un hecho curioso. ¿Sabías que han escrito en su historial que está «funcionalmente sordo»?
H. ¿Sordo?
S. Sí, sordo. Bueno, el caso es que empecé a hacerme preguntas. Yo entro y hablo con Joe, ya sabes, le toco, intento establecer contacto visual, cualquier tipo de contacto, intento llegar a él. Imposible. He tenido pacientes que me han dicho de muchas maneras «no puedo oírle». Una metáfora. ¿Pero y si no es una metáfora? A veces ocurre con los niños pequeños; se les considera retrasados y luego resulta que tienen una disfunción auditiva del treinta, sesenta, ochenta por ciento. Bueno, pues quizá Joe no puede realmente oírme. Igual que tú no puedes verme.
H. (Pausa de cuarenta segundos). ¿Quieres decir que oye cosas? ¿Que está escuchando?
S. Es posible.
H. (Pausa de veinte segundos). Uno no puede cerrar los oídos.
S. Eso es lo que yo pensé también. Resultaría duro, ¿no? Bueno, lo que pensé es ¿por qué no intentar taponarle los oídos? Ponerle tapones en las orejas.
H. Seguiría sin poder oírte.
S. No, pero no se distraería. Si tuvieras que mirar continuamente tu juego de luces, no podrías prestarme mucha atención a mí, ni a cualquier otra cosa, ¿no? A lo mejor esto es lo que le ocurre a Joe. A lo mejor ese ruido ahoga para él todo lo demás.
H. (Pausa de veinte segundos). Sería algo más que ruido.
S. Supongo que no querrás hablar acerca de… en la azotea… No, de acuerdo.
H. Te gustaría saber lo que vi, ¿no?
S. Por supuesto. Pero cuando estés dispuesto.
H. Claro. Tengo tantas cosas que hacer, aparte de hablar contigo. Tantos libros que leer, y tantas bellas mujeres que mirar. Sabes perfectamente que algún día te lo diré, porque no tengo a nadie más con quien hablar.
S. ¡Demonios, Geraint! (Pausa de veinte segundos).
H. Mierda. Lo siento, Sidney. Si no te tuviera a ti para hablar, me habría derrumbado totalmente. Ya lo sé. Eres muy paciente conmigo.
S. Sea lo que fuere que vieras allá arriba, te perturba. Esta es una razón por la que quiero saber qué fue. Pero diablos, si puedes cargar tú solo con ello, adelante. Después de todo, esta es la idea. ¡Mi curiosidad es mi problema, no el tuyo! Escucha, basta de hablar. Deja que te lea este artículo de Science. Tu coronel Wood me lo dio y dijo que podía interesarte. A mí me interesó. Es acerca de lo que encontraron dentro del meteorito argentino. Los autores sugieren que registremos el cinturón de meteoros en busca de los restos de una flota transestelar que sufrió un desastre en nuestro sistema solar hace unos seiscientos millones de años. Primero habrían estado en Marte, por supuesto. ¿Te parece que están locos estos tipos?
H. No sé. Lee el artículo.
Temski tenía el sueño profundo, y a Shapir le resultó fácil ponerle unos tapones de cera normales mientras dormía, como los que usan los que padecen de insomnio. Cuando se despertó, Temski no hizo al principio nada extraño. Se sentó en la cama, bostezó, se desperezó, se rascó y miró perezosamente a su alrededor, para ver si había comida a mano, en esa forma serena que Shapir consideraba para sus adentros muy distinta de todos los comportamientos psicóticos que había visto, y en realidad distinta de cualquier comportamiento humano que hubiera visto jamás. Temski le recordaba a un animal doméstico sano, satisfecho y confiado. No un chimpancé; algo más manso, más contemplativo, un orangután quizá.
Pero el orangután empezó a sentirse inquieto.
Temski miró a su alrededor, a derecha y a izquierda, con nerviosismo. Quizá no estaba mirando, sino moviendo la cabeza para intentar encontrar los sonidos desaparecidos. El acorde perdido, pensó Shapir. El nerviosismo y la atención de Temski fueron en aumento. Se levantó, volviendo aún sin descanso la cabeza. Miró al otro lado de la habitación. Por primera vez en diecisiete días de contacto diario vio a Shapir.
El bello rostro de Temski se contrajo en una mueca de ansiedad o aturdimiento.
—Dónde… —dijo—, dónde…
Llevándose las manos a las orejas en busca de la causa del silencio, encontró los tapones y se quitó uno. Eso fue suficiente.
—Ah —dijo, y se quedó callado. Su mirada aún se dirigía directamente hacia Shapir, pero no le veía. Su rostro se relajó.
Otros nuevos intentos tuvieron más éxito. Aunque al principio se encontraba aturdido, Temski se mostraba cooperativo cuando se le volvía sordo artificialmente y respondió con prontitud a los intentos que hacía Shapir para comunicarse con él mediante el tacto, el gesto, y finalmente mediante la escritura. A partir de la quinta sesión, Temski se prestó a participar en sesiones más largas que incluirían el uso de una droga para anular el nervio auditivo durante unas cinco horas cada vez.
Durante el segundo de estos largos períodos, Temski pidió que se le dejara ver a Hughes. A Shapir ya se le habían dado instrucciones de que los astronautas se hablaran si fuera posible; se pensaba que se podría obtener más información si los dos se hablaban con entera libertad. Puesto que Temski estaba artificialmente sordo, Hughes tenía que escribir; como sabía mecanografiar, hizo su parte del diálogo con una máquina de escribir portátil. Sin embargo, no todo el material encontrado en la papelera pudo ser adecuadamente intercalado en la grabación hablada de Temski. Los dos hombres hablaron principalmente del viaje de regreso y de la enfermedad y el fallecimiento del comandante Rogers, que Temski no recordaba; Hughes describió todo esto de la misma manera que en anteriores ocasiones, sin añadir nueva información. No tocaron el tema de la «habitación» (emplazamiento D) o de sus respectivas incapacitaciones excepto en lo que sigue:
T. ¿No es interno, no?
H. Si lo fuera, los tapones mejorarían tu recepción.
T. Entonces, es real.
H. Diablos, ya lo creo.
T. Mira, la primera vez que me pusieron estos tapones en los oídos, cuando me desperté y había este silencio, estaba realmente horripilado. Me costó mucho tiempo volver de donde había estado. No tenía muchas ganas de regresar. Pero cuando Shapir empezó a decirme el tiempo que había pasado, y me di cuenta de que esto era la Tierra, bueno, esto es lo que me horrorizó: pensé que a lo mejor esto había sido una especie de alucinación. Ya sabes. Dios mío, ¿he perdido la chaveta? Eso me asustó. Como si fuera dos personas diferentes. Pero empecé a hilar las cosas, empecé a ver que no era una escisión, sino…
H. Un cambio.
T. Exactamente. Me cambió a mí, te cambió a ti. Es real. Porque cuando puedo oír, eso es lo que oigo, y cuando tú puedes ver, es eso lo que ves. ¿No es cierto? En otras palabras, es real. Tienen que volvernos artificialmente sordos y ciegos para que no lo oigamos, y no lo veamos. Es así, ¿no es cierto?
(Las respuestas mecanografiadas de Hughes a lo que sigue no pudieron identificarse entre el material de la papelera).
H…
T. Oh, no. Precioso. Me llevó mucho tiempo empezar a entenderlo, por lo menos ahora sé que fue mucho tiempo. Al principio no tenía ningún sentido; Dios mío, me volvió loco de terror al principio. Tú o Dwight me decíais algo y había esa especie de acordes en torno a vuestras voces, como los arcos iris alrededor de un prisma; de manera que ni siquiera puedes ver el prisma; a ti te ocurría algo así, ¿no? Es lo mismo, solo que con el sonido, es como si todo se convirtiera en esa música, solo que no es música, es… Al principio, como te he dicho, no sabía cómo oírlo. Pensé que había algún problema en la radio de mi traje espacial. ¡Por Dios! (Risas). No podía seguir el esquema, ya sabes, como las modulaciones, las transformaciones. Era todo tan distinto. Pero aprendes. Cuanto más escuchas, más oyes. Me gustaría que pudieras oírlo. Mira, me dices que hace dos meses que volvimos de Marte, y todo eso, y yo te creo, mierda, pero no importa. La verdad es que no tiene importancia, ¿no, Gerry?
H…
T. Me gustaría poder verlo, igual que tú. Debe ser formidable. Pero te diré una cosa, estoy contento de que me saquen de esto así, cada día ahora. Creo que debe ser así. Estaba como, no sé, abrumado, sobrecogido, es demasiado. No estamos hechos para eso, quizá no somos lo bastante fuertes. Por lo menos al principio. No podemos con todo de golpe. Lo que intentaré hacer mientras estoy aislado es escribir algo de esto.
H…
T. No, no sé hacerlo. Pero no tiene por qué ser música. Mira, no es música, es simplemente una manera de describirlo, porque es bello. Creo que podría explicarlo también en palabras. Quizá mejor. Explicar lo que significa.
H…
T. ¿Si tengo miedo de qué?
Bernard Decelis y su mujer telefoneaban a Hughes cada dos días, aunque debido a la cuarentena no podían visitarle. El día 27 de julio, Hughes y Decelis tuvieron una importante conversación acerca de la llamada habitación, emplazamiento D, de la inspección llevada a cabo por Psyche XIV. Decelis dijo:
—Si no entro en el equipo Dieciséis y logro ver ese maldito lugar me cabrearé.
—Ver es creer —observó Hughes.
No estaba tan exaltado como al principio, y tendía a mostrarse lacónico y más bien agrio.
—Escucha, Gerry. ¿Hubo alguna vez maquinaria en esos casilleros?
—No.
—¡Vaya! ¡Esta es una respuesta categórica! Pensé que no querías afirmar nada acerca del emplazamiento D, excepto que resulta incomprensible para la mente humana. ¿Te estás ablandando?
—No. Estoy aprendiendo.
—¿Aprendiendo a qué?
—A ver.
Tras una pausa, Decelis preguntó con prudencia:
—¿A ver qué?
—El emplazamiento D. Puesto que es lo único que puedo ver.
—Quieres decir que esto es lo que tú… cuando tienes los ojos abiertos…
—No. —Hughes habló en tono de hastío y con desgana—. Es más complejo que eso. No veo el emplazamiento D. Veo… el Mundo a la luz del emplazamiento D. Una nueva luz. A quien deberías preguntar es a Joe Temski. Oh, escucha, ¿llegaste a pasar los casilleros por Algie, tal como dijiste?
—Tuve problemas para listar el programa.
—Apuesto a que sí —dijo Hughes con una breve carcajada—. Envíame el material. Yo listaré el programa. Con los ojos tapados.
Temski entró radiante en la habitación de Hughes.
—Gerry —dijo—, ya lo tengo.
—¿Tienes qué?
—Lo tengo todo junto. Te he oído. No, no estaba leyendo los labios. Di algo de espaldas a mí, Gerry. ¡Vamos!
—Envenenamiento ptomaínico.
—«Envenenamiento ptomaínico», ¿ves? Escucha, puedo oírte. Pero no he perdido la música. ¡Lo tengo todo al mismo tiempo!
De ojos azules y pelo rubio, Temski era normalmente un hombre guapo; ahora estaba magnífico. Hughes no podía verle (aunque la cámara oculta en la rejilla de ventilación sí podía, y lo hizo), pero oyó la vibración de su voz y se sintió conmovido y asustado.
—Quítate las anteojeras, Gerry —dijo la voz amable y vibrante.
Hughes negó con la cabeza.
—No puedes sentarte en la obscuridad, encerrado en ti mismo para siempre. Tienes que salir. No puedes elegir la ceguera, Gerry.
—¿Por qué no puedo?
—No puedes hacerlo después de haber visto la luz.
—¿Qué luz?
—La luz, la palabra, la verdad que hemos aprendido a percibir y a conocer —dijo Temski con la dulzura de la absoluta certeza y en una voz llena de calidez, una calidez como la de la luz del Sol.
—¡Vete! —dijo Hughes—. ¡Vete, Temski!
Habían pasado doce semanas desde el amerizaje de Psyche XIV. Entre el personal de la estación de aclimatación no se habían dado síntomas más alarmantes que el aburrimiento. Hughes no había empeorado y Temski parecía ya totalmente recuperado. Podía darse como seguro que lo que había afectado a la tripulación de Psyche XIV no había sido una infección portada por un virus, una espora, una bacteria o cualquier otro agente físico. La hipótesis aceptada provisionalmente por la mayoría —incluido el doctor Shapir— con diversas reservas, era que algo en la disposición de los elementos que constituían la «habitación», emplazamiento D, había causado un grado de desorganización en las ondas cerebrales de los tres astronautas, durante su larga e intensa inspección del lugar; algo parecido a la perturbación que producen en las funciones cerebrales las luces giratorias a determinadas frecuencias, etc. Aún no se conocía qué elementos de la «habitación» tenían que ver con el asunto, pero las holografías estaban siendo examinadas a fondo por los expertos. Psyche XV debía llevar a cabo una investigación aún más completa del emplazamiento, tomando las debidas precauciones para proteger y controlar a los astronautas.
Los elementos sospechosos del emplazamiento D eran tan numerosos y estaban tan intrincadamente relacionados entre sí que resultaba muy difícil para una sola mente intentar organizarlos y ordenarlos. Algunos marcianólogos estaban convencidos de que las especiales propiedades de la «habitación» eran solo un accidente geológico, y de que lo único que la «habitación» podía «contarnos» estaba en el tipo de información que tan bella y concisamente proporcionan los estratos rocosos, los anillos del tronco de un árbol, o las líneas de un espectro. Otros estaban igualmente convencidos de que la ciudad había sido construida por seres inteligentes, y de que estudiándola podríamos aprender algo acerca de su naturaleza y del funcionamiento de sus mentes: esas mentes inimaginables de hace seiscientos millones de años (ya que ahora había absoluta seguridad en cuanto a la antigüedad del desmoronamiento radiactivo del lugar). Un tal trabajo de investigación, sin embargo, era desalentador. T. A. Newman, del Instituto Smithsoniano, lo expresó con claridad:
«Los arqueólogos están acostumbrados a obtener gran cantidad de información a partir de cosas muy sencillas: recipientes, trocitos de pedernal, una pared por aquí, una tumba por allí. ¿Pero qué ocurriría si todo lo que tuviéramos de una antigua civilización fuera algo muy complicado, y complicado no solo en un sentido tecnológico: digamos, una copia de Hamlet de Shakespeare? Imaginemos que los arqueólogos que encuentran esta copia de Hamlet no son humanoides, no tienen libros ni obras de teatro, no hablan ni escriben ni piensan como nosotros en absoluto. ¿Qué conclusión sacarían de este pequeño artefacto físico, de su evidente complejidad y falta de propósito, de la repetición de ciertos elementos y la no repetición de otros, de la semirregularidad de las longitudes de líneas, y de todo lo demás? ¿Cómo van a leer Hamlet?».
Para aquellos que aceptaron la «teoría Hamlet», el primer paso obvio era el empleo de ordenadores, y varios aparatos habían sido puestos a trabajar para analizar los diversos elementos del emplazamiento D: el espaciamiento, el tamaño, la profundidad y las configuraciones de los «casilleros», las proporciones de las «subcámaras» primera, media y tercera, las extraordinarias propiedades acústicas de la habitación en su totalidad, y demás. Ninguno de estos programas había producido por el momento una evidencia clara de que existiera una planificación consciente o una pauta racional; es decir, ninguno salvo el programa listado por Decelis y Hughes en el nuevo Algebrale V de la NASA, que había obtenido ciertamente resultados, aunque no podían ser calificados de racionales. Desde luego, la trascripción resultante (print-out) había hecho estremecerse a los jefazos de la NASA, y había provocado la risa de aquellos pocos científicos a los que Decelis se la había mostrado, antes de que fuera suprimida por ser considerada un posible fraude, y por supuesto una incomodidad. La trascripción completa dice lo siguiente:
RUN
CASILLEROS EMPLAZAMIENTO D MARTE SECTOR NUEVE
DIOS
BIEN DIOS DIOS BIEN TÚ ERES DIOS
RECOMPONER
RECOMPONER TOTALMENTE COMPRENSIÓN ABSURDO
PERCIBIR ABSURDO NO SENTIDO VERDADERO BIEN DIOS
PERCIBIR RECIBIR INSTRUCCIONES DIRECCIÓN
PROCEDER INFORMAR DESINFORMADOS
DIOS DIOS DIOS DIOS DIOS DIOS
END
Cuando Shapir entró, encontró a Hughes echado en la cama con los anteojos negros puestos, como solía pasar ahora la mayor parte del tiempo. Estaba pálido y parecía enfermo.
—Me parece que has trabajado demasiado.
Hughes no respondió.
Shapir tomó asiento.
—Me mandan de regreso a New York —dijo.
Hughes no respondió.
—Ya sabes que Temski ha sido dado de alta. Ahora está en camino hacia Florida. Con su mujer. No sé lo que piensan hacer contigo. Había pedido… —después de un largo silencio completó la frase—. Había pedido que me dejaran quedarme dos semanas más contigo. No hubo manera.
—No hay problema —dijo Hughes.
—Quiero permanecer en contacto contigo, Geraint. Desde luego, no podemos escribirnos. Pero está el teléfono. Y las cintas; voy a dejarte una grabadora. Cuando quieras hablar, por favor, llámame. Si no me encuentras, habla a la grabadora. No es lo mismo, pero…
—Eres un hombre muy bueno, Sidney —dijo Hughes con dulzura—. Me gustaría…
Al cabo de un minuto se incorporó. Se llevó las manos a la cara y se quitó los anteojos negros. Los llevaba tan ajustados a las órbitas que le costó un poco quitárselos. Cuando lo hubo hecho, bajó las manos y miró directamente a Shapir, al otro lado de la habitación. Con las pupilas agrandadas por la larga ausencia de luz, sus ojos parecían casi tan negros como los anteojos.
—Te veo —dijo Hughes—. Jugar al escondite. Espío. Tú eres Eso. ¿Quieres saber lo que veo?
—Sí —dijo Shapir con suavidad.
—Una mancha. Una sombra. Algo incompleto, un rudimento, una obstrucción. Algo totalmente sin importancia. Ya ves, no sirve de nada ser un buen hombre, incluso…
—¿Y cuando te miras a ti mismo?
—Lo mismo. Exactamente lo mismo. Un estorbo, una trivialidad. Un borrón en el campo de visión.
—¿El campo de visión? ¿Qué es el campo de visión?
—¿Qué piensas que es? —dijo Hughes en tono muy bajo y cansado—. ¿Cuál es la verdadera visión? La de la realidad, desde luego. Yo he sido reprogramado para percibir la realidad, para ver la verdad. Yo veo a Dios.
Hundió el rostro entre las manos, cubriéndose los ojos.
—Yo era un hombre pensante —dijo—. Intentaba ser un hombre racional. ¿Pero de qué sirve la razón cuando uno es capaz de ver la verdad? Ver es creer… —Levantó la cabeza y volvió a mirar hacia Shapir, con sus ojos obscuros al mismo tiempo ciegos y penetrantes—. Si quieres una verdadera explicación, pregúntale a Joe Temski. Ahora se mantiene en silencio; está esperando el momento propicio. Pero él es quien te lo puede explicar. Puede traducir lo que oye: traducirlo a palabras. Resulta más difícil de hacer con las percepciones visuales. Los místicos siempre han tenido problema para expresar sus visiones en palabras; excepto aquellos que oían la Voz. Estos por lo general reaccionaban y actuaban de inmediato, ¿no? Temski actuará. Pero yo no. Me niego. No predicaré. No seré un misionero.
—¿Un misionero?
—¿No te das cuenta? ¿No entiendes lo que es la «habitación»? Un centro de preparación, un cuarto de instrucción, un…
—¿Un centro religioso? ¿Una iglesia?
—Bueno, en cierto modo. Un lugar donde te enseñan a ver a Dios, a oír a Dios y a conocer a Dios. Y a amar a Dios. Un centro de conversión. ¡Un lugar donde te conviertes! Y luego sales y predicas el conocimiento de Dios a los demás; a los paganos. Puesto que ahora sabes lo ciegos que están y lo fácil que resulta ver. No, no es únicamente una iglesia: es una misión. La Misión. Y aprendes la Misión y sales de allí con la Misión. No eran exploradores. Eran misioneros que tenían en sus manos la verdad, y la llevaban a otras razas y a las razas futuras, a todos los malditos pobres paganos que vivían en la obscuridad exterior. Ellos conocían la respuesta, y querían que todos conociéramos la respuesta. Una vez has conocido la respuesta, ya nada más importa. No importa si eres un hombre bueno o malo, si soy un hombre inteligente o un tonto. Nada acerca de nosotros importa, excepto que somos vehículos insignificantes de la gran verdad. La Tierra no importa, las estrellas no importan, la muerte no importa, nada es nada. Solo Dios es.
—¿Un dios de otro mundo?