Las doce moradas del viento
11. Un viaje a la cabeza
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UN VIAJE A LA CABEZA
La mayoría de las personas «llevan vidas de tranquila desesperación», y algunos relatos nacen también de ese estado. Estábamos en Inglaterra, era el mes de noviembre, llovía, anochecía a las dos de la tarde, me habían robado en el puerto de Southampton la maleta que contenía todos mis originales, llevaba varios meses sin escribir nada, no entendía al verdulero y él no me entendía a mí, y era la desesperación… pero una desesperación tranquila, por aquello de aguantar el tipo, ya saben. Me senté y me puse a juntar palabras, sin hacerme ninguna ilusión. Palabras, palabras, palabras. Llegué, más o menos, hasta «pues intenta ser Amanda» —dijo el otro agriamente—, y lo dejé estar. Un año después (los Ferrocarriles Británicos habían encontrado mi maleta, dicho sea en su honor, estábamos otra vez en nuestra casa de Oregon, y llovía) encontré aquel borrador, seguí escribiendo y llegué al final. No llegué a dar con el titulo adecuado, pero lo hizo mi agente, Virginia Kidd, para gran satisfacción mía. Hay un tipo de relato que yo definiría como «sacacorchos». Por la razón que sea, el escritor se ha atascado, no puede trabajar; y vuelve a empezar de pronto, con un estallido, y del barrilito salta un chorro de cerveza que llena el suelo de espuma. Este relato fue sin duda un «sacacorchos».
—¿Es esto la Tierra? —exclamó, pues las cosas habían cambiado súbitamente.
—Sí, es la Tierra —dijo el que estaba a su lado—, y no estás fuera de ella. En Zambia hay hombres que se entrenan para los vuelos espaciales metiéndose en toneles y bajando en ellos, rodando, por la ladera de una colina. Israel y Egipto han defoliado mutuamente sus desiertos. El Reader’s Digest controla el monopolio Estados Unidos de América/General Mills. La población de la Tierra aumenta en treinta mil millones de personas todos los jueves. La señora Jacqueline Kennedy Onassis se casará con Mao Tse-tung, en busca de seguridad; y Rusia ha contaminado Marte con moho de pan.
—Pues entonces no ha cambiado nada —dijo él.
—No gran cosa —dijo el que estaba a su lado—. Como dijo Jean-Paul Sartre a su encantadora manera, «El infierno son los demás».
—Que se vaya al infierno Jean-Paul Sartre. Quiero saber dónde estoy.
—Pues entonces, dime quién eres —dijo el otro.
—Soy. ¿Y bien?
—Me llamo. ¿Cómo?
Allí estaba, de pie, con los ojos llenos de lágrimas y las rodillas temblorosas, y se daba cuenta de que no sabía su nombre. Era un blanco, un número, una X. Tenía un cuerpo y todo eso, pero no sabía quién era.
Estaban en el lindero de un bosque, él y el otro. Era un bosque reconocible, aunque de hojas bastante sucias, y estropeado en los márgenes por el herbicida. Un cervato se alejaba de ellos hacia el bosque, y al correr se le cayó el nombre. Antes de desaparecer, algo les miró dulcemente desde la obscuridad de los árboles.
—¡Esto es Inglaterra! —exclamó blanco, agarrándose a aquel clavo ardiente.
Pero el otro le dijo:
—Inglaterra se hundió hace años.
—¿Que se hundió?
—Sí. Zozobró, se hundió en el mar. No queda nada de ella, excepto los últimos cuarenta centímetros del monte Snowdon, conocido como el arrecife New Welsh.
Al oír esto, blanco se hundió también. Quedó destrozado.
—Oh… —exclamó, cayendo de rodillas.
Deseaba pedir la ayuda de alguien, pero no recordaba a quién se pedía ayuda. Empezaba por T, estaba casi seguro. Se echó a llorar.
El otro se sentó en la hierba junto a él, y al cabo de un rato le apoyó una mano en el hombro, diciendo:
—Vamos, no te lo tomes así.
Aquella voz bondadosa le dio ánimos a blanco. Se dominó, se secó la cara con la manga, y miró al otro. Era como él, más o menos. Era otro. Pero tampoco tenía nombre. No le servía de nada.
La sombra llegó a los ojos cuando la Tierra giró sobre su eje. La sombra se deslizó hacia el este y hacia arriba en los ojos del otro.
—Creo —dijo cuidadosamente blanco— que debemos salir de la sombra del él, este, aquí.
Señaló los objetos que les rodeaban, objetos grandes, obscuros por abajo y multitudinariamente verdes por arriba, cuyos nombres no recordaba ya. Se preguntó si cada uno tenía un nombre o si llevaban todos el mismo. En cuanto a él mismo y al otro, ¿compartían el mismo nombre o tenían cada uno el suyo?
—Tengo la impresión de que recordaré mejor lejos de esto, de estas cosas —añadió.
—Desde luego —dijo el otro—. Pero la diferencia no será tan grande como antes.
Cuando salieron de allí y llegaron a la luz del Sol, él recordó enseguida que aquello se llamaba bosque y que aquellos objetos se llamaban árboles. Pero no recordaba si cada árbol llevaba o no un nombre distinto. De ser así, no recordaba ninguno. Tal vez no conocía personalmente a aquellos árboles.
—¿Qué voy a hacer? —dijo—. ¿Qué voy a hacer?
—Oye, si quieres, puedes llamarte como te dé la gana. ¿Por qué no?
—Pero yo quiero saber mi nombre verdadero.
—Eso no es siempre fácil. Pero entretanto podrías ponerte una etiqueta, por así decirlo, para facilitar la conversación. Elige un nombre, cualquier nombre —dijo el otro, tendiéndole una caja azul en la que se leía «Desechables».
—No —dijo blanco orgullosamente—. Mi nombre lo elegiré yo mismo.
—Bueno. Pero ¿no quieres un kleenex?
Blanco tomó un kleenex, se sonó la nariz y dijo:
—Me llamaré…
Se interrumpió, aterrorizado.
El otro le observaba benévolamente.
—¿Cómo puedo decir quién soy si no puedo decir lo que soy?
—¿Cómo podrías averiguar lo que eres?
—Si tuviese algo… Si hiciese algo…
—¿Eso te haría ser?
—Naturalmente.
—No lo había pensado. Bueno, siendo así, no importa el nombre que lleves; cualquiera servirá. Lo importante será lo que hagas.
Blanco se irguió.
—Existiré —afirmó, decidido—. Me llamaré Ralph.
Los pantalones de basta tela se ajustaban a sus poderosos muslos, el corbatín se alzaba sobre su cuello, el sudor humedecía su cabello espeso y rizado. Se golpeaba las botas con la fusta, dándole la espalda a Amanda, que estaba sentada a la obscura sombra de la pacana con su viejo vestido gris. Él estaba al Sol, de pie, encolerizado.
—Es usted una estúpida —dijo.
—No, señor Ralph —replicó la suave y melodiosa voz sureña—. Solo soy un poquito testaruda.
—¿No se da cuenta de que, siendo yanqui, soy dueño de todas las tierras de aquí a Weevilville? ¡Soy el dueño del condado! ¡Su granja es más pequeña que un cuadro de cacahuetes en el huerto de uno de mis negros!
—Desde luego. ¿Por qué no viene a sentarse a la sombra, señor Ralph? Tiene usted mucho calor ahí donde está.
—Arpía orgullosa… —murmuró él, volviéndose.
La vio, blanca como una azucena en su vestido raído, a la sombra de los grandes y viejos árboles: la blanca azucena del jardín. Se arrojó a sus pies, y le apretó las manos con fuerza. Ella se echó a temblar, confusa.
—¡Oh, señor Ralph! —exclamó débilmente—. ¿Qué significa esto?
—Soy un hombre, Amanda, y usted es una mujer. No son sus tierras lo que me interesa. ¡Lo único que me interesa es usted, mi blanca azucena, mi pequeña rebelde! ¡La deseo, Amanda, la deseo! ¡Dígame que se casará conmigo!
—Sí, me casaré con usted —murmuró ella.
Se inclinó hacia él, como se doblega una flor blanca, y sus labios se encontraron en un largo, largo beso. Pero ello no pareció servir de nada.
Quizá habría que adelantar la cosa unos veinte o treinta años.
—Hija de puta… —murmuró él, volviéndose.
La vio, completamente desnuda, sentada en la hierba, apoyada en la pacana, con las piernas dobladas. Avanzó hacia ella desabrochándose la bragueta. Copularon, en la hierba infestada de ciempiés. Él brincaba como un potro sin domar, y ella aullaba:
—¡Oooh! ¡Aaah! ¡Me corro, me corro, me corro, ay, ay, ay, AY!
Y ahora, ¿qué?
Blanco estaba a poca distancia del bosque, y miraba desconsoladamente al otro.
—¿Soy un hombre? —preguntó—. ¿Eres tú una mujer?
—Y yo qué sé —contestó el otro, de mal humor.
—Creo que aclarar este punto es lo más importante de todo.
—No es tan importante.
—¿Quieres decir que no importa que yo sea un hombre o una mujer?
—Claro que importa. A mí también me importa saber lo que soy. También importa saber qué hombre y qué mujer somos, o no somos, según el caso. Por ejemplo, Amanda podría ser negra.
—Pero está la relación sexual.
—¡Oh, por todos los demonios! —exclamó el otro, en un arranque de cólera—. Los gusanos tienen relaciones sexuales, los monos tienen relaciones sexuales, Jean-Paul Sartre tiene relaciones sexuales… ¿Qué demuestra esto?
—El sexo es real; quiero decir que es verdaderamente real. Significa poseer y actuar en la forma más intensa. Cuando un hombre toma a una mujer, demuestra su propia existencia.
—Ya. Pero ¿y si ese hombre es una mujer?
—Yo era Ralph.
—Pues intenta ser Amanda —dijo el otro agriamente.
Hubo una pausa. Desde el bosque, por encima de la hierba, venían las sombras, hacia el este y hacia arriba. Unos pajarillos gritaban chag, chag, chiriu. Blanco estaba sentado, con las piernas encogidas. El otro estaba tumbado en la hierba, haciendo dibujos con las agujas de pino, triste. Le alcanzó la sombra.
—Lo siento —dijo blanco.
—No importa —dijo el otro—. Al fin y al cabo, no era real.
—¡Oye! —exclamó blanco poniéndose en pie de un salto—. ¡Ya sé lo que pasa! Estoy en un viaje. He tomado algo y estoy viajando. ¡Eso es!
Así era. Estaba en un viaje. Un viaje en canoa. Remaba en una pequeña canoa por una larga, estrecha, obscura y reluciente extensión de agua. El techo y los muros eran de cemento. Estaba muy obscuro. Aquel lago, río o cloaca formaba una visible pendiente. Él remaba contra corriente, cuesta arriba. Era un gran esfuerzo, pero la canoa se deslizaba hacia adelante, río arriba, tan silenciosa como el agua negra y brillante. Remaba sin hacer ruido; el remo entraba en el agua silencioso como el cuchillo en la mantequilla. Su gran guitarra eléctrica negra y perla estaba en el asiento de delante. Sabía que había alguien detrás de él, pero no decía nada. No se le permitía decir nada, ni mirar atrás, de modo que si ellos no se mantenían a su altura era cosa de ellos; no se le podía considerar responsable. De ningún modo podía remar más despacio, pues la corriente podía quitarle la canoa de debajo del cuerpo, y, ¿qué haría entonces? Cerró los ojos y siguió remando, en silencio, con fuerza. No había ningún ruido detrás de él. El agua no hacía ningún ruido. El cemento no hacía ningún ruido. Se preguntó si avanzaba realmente o si permanecía inmóvil mientras el agua negra corría debajo de él. Nunca saldría a la luz del día. Saldría, saldría… saldría. El otro no parecía darse cuenta siquiera de que blanco había estado ausente, en un viaje. Seguía echado en la hierba, haciendo dibujos con las agujas de pino, y le preguntó:
—¿Cómo andas de memoria?
Blanco examinó su memoria para ver si había mejorado mientras estaba fuera. Había en ella menos cosas que antes. El armario estaba vacío. Había un montón de trastos en las bodegas y buhardillas, juguetes viejos, canciones infantiles, mitos, cuentos de viejas, pero ningún alimento para adultos, ni un vestigio de posesión, ni una migaja de éxito. Buscó y rebuscó, metódico como una rata famélica. Después dijo, inseguro:
—Me acuerdo de Inglaterra.
—Hombre, claro. Hasta de Omaha debes de acordarte.
—Quiero decir que recuerdo haber estado en Inglaterra.
—Ah, ¿sí? —exclamó el otro, desordenando las agujas de pino—. De modo que te acuerdas de cuando existías. Lástima que Inglaterra se haya hundido.
Volvieron a callar los dos.
—Lo he perdido todo.
Había una obscuridad en la mirada del otro, y en el límite oriental de la Tierra, que se hundía en las empinadas pendientes de la noche.
—No soy nadie.
—Al menos —dijo el otro— sabes que eres humano.
—Y, ¿de qué sirve esto si no tengo nombre, ni sexo, ni nada? ¡Lo mismo podría ser un gusano o un mono!
—Lo mismo podrías ser Jean-Paul Sartre —convino el otro.
—¿Yo? —dijo blanco, ofendido.
Movido a la negativa por tan nauseabunda idea, se puso en pie y declaró:
—No soy Jean-Paul Sartre. Soy yo.
Y, al decir esto, se encontró con que era, efectivamente, él; se llamaba Lewis D. Charles, y estaba tan seguro de ello como de su propio nombre. Allí estaba él.
Allí estaba el bosque, con raíces y ramas.
Pero el otro se había marchado.
Lewis D. Charles miró el ojo encendido del oeste y el ojo obscuro del este. Y gritó:
—¡Vuelve! ¡Vuelve, por favor!
Lo había hecho mal; había ido hacia atrás. Había encontrado un nombre que no era. Se volvió, y, sin el menor impulso de autoconservación, se adentró en el bosque virgen, abandonándose, para poder encontrar lo que había abandonado.
Bajo los árboles volvió a olvidarse enseguida de su nombre. Se olvidó también de lo que buscaba. ¿Qué era lo que había perdido? Se adentró más y más en las sombras, bajo las hojas, hacia el este, en el bosque virgen en el que ardían los tigres sin nombre.