Las doce moradas del viento
12. Más vasto que los imperios, y más lento
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MÁS VASTO QUE LOS IMPERIOS,Y MÁS LENTO
Árboles otra vez. Recuerdo que Robert Silverberg, que publicó por primera vez este relato en New Dimensions 1, me preguntó muy amablemente si cambiaría el título. Me daba cuenta de que, hacia la mitad del relato, el lector podía encontrar el título demasiado descriptivo; pero era demasiado hermoso y demasiado adecuado para prescindir de él, y el señor Silverberg me permitió conservarlo. Es de Marvell, de A su amante esquiva.
Nuestro amor vegetal se hará más vasto que los imperios, y más lento…
Como Nueve vidas, este relato no es un psicomito sino una historia corriente de ciencia ficción, no desarrollada en función de la aventura sino de la psicología. Si la acción física no refleja la acción psíquica, si la acción no expresa a la persona, los relatos de aventuras me aburren mucho; a menudo me parece que cuanta más acción hay, menos cosas suceden. Evidentemente, lo que me interesa es lo que ocurre en el interior. El espacio interior y todo eso. Todos tenemos bosques en nuestras mentes. Bosques no explorados, inacabables. Cada uno de nosotros se pierde en ese bosque, cada noche, solo. Oculto entre las hojas hay un pequeño acto de homenaje. El protagonista de He who shapes, de Roger Zelazny, uno de los mejores relatos de ciencia ficción que conozco, se llama Charles Render. He usado su nombre para bautizar un síndrome.
Estás mirando un reloj. Tiene manecillas y unas figuras dispuestas en círculo. Las manecillas se mueven. No podrías decir si lo hacen coordinadamente o si una se mueve más rápido que la otra. ¿Qué significa eso? Que hay una relación entre las manecillas y el círculo de figuras, y el nombre de esa relación lo tienes en la punta de la lengua; las manecillas son… algo-u-otra-cosa con relación a las figuras. ¿O lo son las figuras con relación a las manos? ¿Qué significa eso? Son figuras (tu vocabulario no ha disminuido en absoluto), y, por supuesto, puedes contar uno, dos, tres, cuatro, etc., pero el problema está en que no puedes decir cuál es cuál. Cada una es una: ella misma. ¿Dónde comienzas? Si cada una es una no hay…, ¿cuál es la palabra? La tenía hace un instante… «algunidad» entre ellas. No hay un entre. Solo hay aquí y aquí, una y una, no hay allí. Maya ha caído. Todo es aquí, ahora y uno. Pero si todo es aquí, ahora y uno, no hay fin. No ha comenzado, por lo tanto, no puede terminar. Dios mío, sácame de aquí, ahora Uno…
Estoy intentando describir las sensaciones de una persona normal en un vuelo NAFAL. Para algunos puede ser aún mucho peor, aquellos cuyo sentido del tiempo es agudo. Para otros es relajante, como una droga que liberase la mente de la tiranía de las horas. Y para unos pocos la experiencia es auténticamente mística. El colapso de tiempo y relación les lleva directamente a la intuición de lo eterno. Pero el místico es una rara avis, y lo más cerca que está la gente de alcanzar a Dios en el tiempo paradójico es mediante una oración inarticulada y angustiada en petición de descanso.
Acostumbran a drogar a la gente en los saltos largos, pero dejaron de hacerlo cuando se dieron cuenta de los efectos. Lo que puede sucederle a un drogado, a un enfermo o a un herido durante un vuelo que transcurre casi a la velocidad de la luz es, por supuesto, imposible de determinar. Un salto de diez años luz no tendría que suponer ninguna diferencia, lógicamente, para un enfermo de sarampión o un herido de bala. El cuerpo no envejece más que unos minutos. ¿Por qué se saca al paciente de sarampión fuera de la nave al final del viaje hecho un leproso en tanto que el herido sale cadáver? Nadie lo sabe, excepto tal vez el cuerpo, que mantiene la lógica de la carne y sabe que ha estado enfermo, sangrando o drogado en una inconsciencia de diez años. Después de que muchos enloquecieran y de que se estableciera como un hecho el Efecto Fisher King, dejaron de utilizar drogas y de transportar enfermos, heridos y embarazadas. Hay que tener una salud normal para un viaje NAFAL.
Pero no se ha de estar cuerdo.
Fue durante las primeras décadas de la Liga cuando los terrestres, tal vez en un intento de mantener en alto su apaleado ego colectivo, lanzaron naves que realizarían viajes enormemente largos, mucho más allá de las estrellas. Buscaban mundos que no hubieran sido colonizados ni explotados, como lo habían sido todos los mundos conocidos, por los Founders on Hain, mundos auténticamente extraños; y todas las tripulaciones de aquellas naves de investigación estaban trastornadas. ¿Quiénes si no hubieran salido a recoger información que no sería recibida sino al cabo de cuatro, cinco o seis siglos? ¿Y recibida por quién? Esto era antes de que se inventara el comunicador instantáneo; quedarían aislados tanto en el espacio como en el tiempo. Ninguna persona en su sano juicio que hubiera experimentado el deslizamiento del tiempo, aunque solo hubiera sido durante unas pocas décadas y entre mundos cercanos, se ofrecería voluntaria para un viaje de medio milenio. Los investigadores eran escapistas; inadaptados; introvertidos.
Diez de ellos subieron a bordo del transbordador en Smeming Port, en Pesm, e hicieron diversos e ineficaces intentos de conocerse durante los tres días que tardaba el transbordador en alcanzar su nave, Gum. Gum es un apodo lowcetiano, que quiere decir, más o menos, nene o animalito casero. En el equipo había un lowcetiano, un hairycetiano, dos hainisianos y cinco terrestres; la nave era de construcción cetiana, pero fletada por el Gobierno de la Tierra. Su tripulación subió a bordo a través de un tubo, uno a uno, como aprensivos espermatozoides que fueran a fertilizar el Universo. El transbordador se fue y el Gum comenzó su viaje. Voló durante algunas horas por el borde del espacio a unos pocos cientos de millones de kilómetros de Pesm y luego, bruscamente, desapareció.
Cuando al cabo de diez horas y veintinueve minutos, o sea, 256 años, Gum reapareció en el espacio normal, se contaba con que estuviera en las cercanías de la Estrella KG-E-96651. Con toda seguridad habría también una adorable estrella de luz dorada. Y en algún lugar, dentro de una esfera de cuatrocientos millones de kilómetros, habría también un planeta verde, Mundo 4470, como indicó un cartógrafo hacía bastante tiempo. Lo que tenía que hacer la nave era buscar el planeta. No era tan fácil como parecía. En el espacio planetario, la Gum no podría ir a una velocidad cercana a la de la luz; si lo hiciera, tanto ella como la Estrella KG-E-96651 y el Mundo 4470 podían acabar explotando. Tendría que viajar utilizando cohetes a propulsión, a unos pocos cientos de miles de kilómetros por hora. El Navegante Matemático Asnanifoil sabía muy bien dónde tendría que estar el planeta y calculaba que lo alcanzarían en diez días-E [días terrestres]. Entretanto, los miembros del equipo de Investigación podrían conocerse aún mejor.
—No puedo soportarle —decía Porlock, el Cientíco Duro (químico, físico, astrónomo, geólogo, etc.), mientras su bigote se iba cubriendo de pequeñas gotas de saliva—. Ese hombre está loco. No logro entender por qué se le permitió ser miembro de este equipo, a menos que se trate de un experimento deliberado de incompatibilidad, planeado por la Autoridad, utilizándonos a nosotros como cobayos.
—Nosotros utilizamos, generalmente, hámsters —dijo Maimón, el Científico Blando (psicología, además de psiquiatría, antropología, ecología, etc.), cortésmente; era uno de los hombres de Hainish—, en lugar de cobayos. En fin, ya sabes que Osden es verdaderamente un caso muy raro. De hecho, es el primer caso de completa curación del síndrome de Render, una variedad de autismo infantil que se pensaba era incurable. El gran analista terrestre Hammergeld sostenía que la causa de la condición autista se debía, en su caso, a una capacidad empática supernormal, y desarrolló el tratamiento apropiado. Osden fue el primer paciente que siguió ese tratamiento, y de hecho estuvo viviendo con el doctor Hammergeld hasta los dieciocho años. La terapia fue un éxito total.
—¿Un éxito?
—Pues sí, claro. Él ya no es autista.
—¡No; ahora es intolerable!
—Bueno, mira —dijo Mannon, mirando con aprensión las gotas de saliva del bigote de Porlock—, la reacción defensiva-agresiva normal que se establece cuando dos extraños se encuentran (como, por ejemplo, Osden y tú) es algo de lo que apenas se es consciente; costumbres, maneras, falta de atención, es algo que se pasa por alto; tú has aprendido a ignorarlo, hasta el punto de que incluso negarías que existe. Sin embargo, Osden, que es un empático, lo siente. Siente sus sentimientos y los tuyos, y le es difícil decir cuál es de cuál. Digamos que existe un elemento normal de hostilidad hacia cualquier extraño en la reacción emocional de ti hacia él cuando os encontráis, además de un espontáneo sentimiento de desagrado hacia su aspecto, o sus ropas o la forma de dar la mano…, o cualquier cosa por el estilo. El siente este desagrado. Como se le ha hecho olvidar su defensa autística, lo resuelve con un mecanismo agresivo-defensivo, en respuesta al tipo de agresión que tú proyectas sin proponértelo sobre él —Mannon siguió explicando cosas así durante largo rato.
—No hay nada que justifique que nadie sea un bastardo como él —dijo Porlock.
—¿Y no puede ignorarnos? —preguntó Harfex, el biólogo, otro hainishiano.
—Sucede como con la acción de escuchar —respondió Olleroo, ayudante del Científico Duro, dejando de pintarse las uñas con laca fluorescente—. Nadie tiene párpados en las orejas. Nadie puede desconectarse de la empatia. El oye nuestros sentimientos, quiéralo o no.
—¿Sabe lo que estamos pensando? —preguntó Eskwana, el Ingeniero.
—No —le contestó Porlock—. ¡La empatia no es telepatía! Nadie ha llegado a ser telépata.
—Hasta el momento —puntualizó Mannon con su sonrisita—. Poco antes de dejar yo Hain llegó un informe muy interesante de uno de los mundos recientemente descubiertos. Un tal Rocannon informa de algo que podría ser una técnica telepática susceptible de ser aprendida existente entre una raza de homínidos mutantes; yo solo vi una sinopsis en el boletín del HILP, pero… —y continuó hablando; los demás habían aprendido que podían hablar mientras Mannon lo hacía; a él no parecía importarle, aunque se perdiera la mayor parte de su disertación.
—Entonces ¿por qué nos odia? —preguntó Eskwana.
—Nadie te odia a ti, querido —dijo Olleroo, pintándole una uña a Eskwana con su laca fluorescente.
El Ingeniero enrojeció y sonrió vagamente.
—Actúa como si nos odiase —dijo Haito, la Coordinadora; era una mujer de aspecto delicado, de pura ascendencia asiática, con una voz sorpresivamente ronca, profunda y suave—. Si sufre con nuestra hostilidad, ¿por qué la incrementa con ataques e insultos constantes? No puedo decir que confíe mucho en la cura del doctor Hammergeld, Mannon; el autismo seria preferible…
Se detuvo. Osden acababa de entrar en la cabina principal.
Parecía que le habían despellejado. Tenía la piel extrañamente blanca y fina; sus venas destacaban como un mapa de carreteras en rojo y azul. Su manzana de Adán, los músculos que le rodeaban la boca, los huesos y los ligamentos de sus muñecas y manos, todo se le apreciaba tan claramente como si estuvieran hechos para una lección de anatomía. El cabello tenía una tonalidad herrumbrosa pálida, como la sangre muy seca. Tenía ojeras y las pestañas solo se le veían bajo cierta luz. Lo que más se le notaba eran los pómulos, los párpados surcados por las venas y los ojos sin color. No tenía los ojos rojos porque no era albino, pero tampoco eran azules o grises; los colores habían desaparecido de los ojos de Osden, dejando en ellos una claridad fría como de agua, infinitamente penetrable. Nunca miraba directamente a nadie. Su cara carecía de expresión, como un dibujo de anatomía, o como si estuviera desollado.
—Estoy de acuerdo —dijo con una voz alta y áspera de tenor— en que incluso el autismo sería preferible a esta niebla de emociones ordinarias y de mal gusto con la que me rodeáis. ¿Por qué estabas diciendo ahora que me odias, Porlock? ¿No puedes mirarme? Continúa con las prácticas de autoerotismo en la forma en que lo estabas haciendo la pasada noche, eso te hará bien. ¿Quién demonios ha movido mis cintas? No quiero que nadie roque mis cosas.
—Osden —dijo Asnanifoil, el hairycetiano, con su peculiar voz baja—, ¿por qué eres tan insoportable?
Ander Eskwana bajó la cabeza y se cubrió la cara con las manos. La tensión le asustaba. Olleroo miraba con una expresión ausente y sin embargo ansiosa, el eterno espectador.
—¿Y por qué no iba a serlo? —replicó Osden; no miraba a Asnanifoil, y se mantenía físicamente tan alejado de todos ellos como le permitían las dimensiones de la cabina—. Ninguno de vosotros constituye en sí mismo razón alguna para que yo cambie de actitud.
Asnanifoil se encogió de hombros; los cetianos no eran muy inclinados a aceptar lo obvio. Harfex, hombre paciente y reservado, dijo:
—Una razón de peso puede ser que debamos pasar juntos varios años. La vida será mejor para nosotros si…
—¿Acaso no has entendido que no me importáis un comino? —le atajó Osden.
Luego tomó sus cintas y salió. Eskwana se había ido repentinamente a dormir. Asnanifoil estaba dibujando figuras en el aire con el dedo y murmurando el Ritual.
—No puede explicarse su presencia en el equipo sino como un complot por parte de la Autoridad terrestre. Acabo de darme cuenta ahora. Esta misión va a fallar —le susurró Harfex a la Coordinadora, echando miradas furtivas sobre su hombro.
Porlock tenía los ojos llenos de lágrimas. Ya les había dicho que todos estaban locos, pero pensaron que exageraba.
Sin embargo, tenían razón. Los Investigadores esperaban que sus compañeros de equipo fueran inteligentes, bien preparados, inestables y personalmente simpáticos. Habrían de trabajar juntos en espacios reducidos, y se esperaba que las depresiones, paranoias, manías, fobias y compulsiones de unos y de otros fueran lo suficientemente moderadas como para permitir unas buenas relaciones personales, al menos durante gran parte del tiempo. Osden podía ser inteligente, pero su preparación era escasa y su personalidad desastrosa. No podía exhibir en su favor más que aquel don singular suyo, su poder de empatía; hablando con propiedad, su amplio margen de receptividad bioempática. Este don no era específico; podía captar emociones y percepciones de cualquiera que las sintiera. Podía compartir la sensualidad con un ratón blanco, dolor con un pájaro aplastado y fotofobia con un murciélago. La Autoridad había decidido que sería muy útil en un mundo extraño; sería interesante saber lo que siente alguien cercano y los sentimientos que se tienen hacia esa persona. El título de Osden era nuevo: era el Sensor del equipo.
—¿Qué es emoción, Osden? —le había preguntado un día Haito Tomiko en la cabina, intentando entrar en contacto con él—. ¿Qué es exactamente lo que captas de nosotros con tu sensibilidad empática?
—Porquería —respondió él en voz alta y exasperada—. Los excrementos psíquicos del reino animal. Estoy vadeando a través de vuestras heces.
—Lo único que intentaba es conocer algunos hechos —dijo ella; pensó que el tono de su voz había sido admirablemente tranquilo.
—Vosotros no vais tras los hechos. Estáis intentando llegar hasta mí. Con una mezcla de un poco de miedo, un poco de curiosidad y una gran cantidad de desagrado. Como podríais acercaros a un perro muerto o ver los gusanos retorcerse. ¿Queréis comprender de una vez por todas que no quiero que os acerquéis a mí, que deseo estar solo? —Su piel se cubrió de manchas rojas y violeta, mientras elevaba la voz—. ¡Revuélcate en tu propia porquería, perra! —le gritó, mientras ella permanecía en silencio.
—Cálmate —dijo ella, todavía tranquila; pero tuvo que salir y dirigirse a su departamento.
Estaba claro que él había acertado sus motivaciones; su pregunta no había sido más que un pretexto, un simple esfuerzo por interesarle. ¿Pero qué había de malo en ello? ¿No implicaba aquello un respeto por el otro? En el mismo instante de formularse aquella pregunta había sentido una poderosa sensación de repulsión hacia él; e incluso casi pena hacia él, hacia aquel pobre bastardo arrogante y emponzoñado, el señor Sin-Piel, como le llamaba Olleroo. Pero ¿con qué esperaba encontrarse comportándose como se comportaba? ¿Amor?
—Supongo que no puede soportar que nadie sienta piedad por él —dijo Olleroo, tumbada, acariciándose el pecho.
—Entonces no podrá establecer ninguna relación humana. Todo lo que su doctor Hammergeld hizo fue sacar al exterior a un autista…
—Pobre desgraciado —dijo Olleroo—. Tomiko, ¿no te importa si Harfex viene un rato esta noche?
—¿No puedes ir tú a su departamento? Estoy harta de ir a sentarme a la cabina principal con ese maldito nabo.
—Le odias, ¿verdad? Me imagino que él lo nota, pero es que anoche dormí también con Harfex y Asnanifoil puede sentirse celoso, ya que ellos comparten la cabina. Aquí sería mejor.
—Pues dales gusto a los dos, entonces —dijo Tomiko con la acritud de la modestia ofendida; su subcultura terrestre, la del este asiático, era puritana; ella lo había heredado de casta.
—Me gusta estar solo con uno cada noche —le contestó Olleroo con inocente serenidad; Beldene, el Planeta Jardín, no había descubierto nunca la castidad.
—Entonces inténtalo con Osden —dijo Tomiko.
Su inestabilidad personal apenas había sido nunca tan clara como en aquel momento: era un profundo desagrado de sí misma que se manifestaba en forma destructiva. Se había declarado voluntaria para aquel trabajo porque, con toda probabilidad, no serviría para nada hacerlo. La pequeña beldenense levantó la vista, con el pincel de las uñas en la mano y los ojos muy abiertos.
—Tomiko, eso que has dicho es muy desagradable.
—¿Por qué?
—¡Sería una vileza! ¡No me siento atraída por Osden!
—No sabía que eso te importara —dijo Tomiko con indiferencia, aunque sí que lo sabía; recogió algunos de sus papeles y salió de la cabina, puntualizando—: Espero que tú y Harfex, o quien sea, acabéis pronto; estoy cansada.
Olleroo se había puesto a llorar. Lo hacía con facilidad. Tomiko no había llorado desde que tenía diez años.
Aquella no era una nave feliz; pero la situación mejoró cuando Asnanifoil y su computadora encontraron el Mundo 4470. Allí estaba, como una joya de un verde obscuro, como algo verdadero en el fondo de un Pozo de gravedad. Mientras miraban cómo crecía el disco de jade, una sensación de comunidad les invadió. El egoísmo de Osden, su premeditada crueldad, les servía ahora para unirlos.
—Tal vez —dijo Mannon— le han enviado para que nos sirva de acicate. Lo que los terrestres llaman víctima propiciatoria. Tal vez su influencia nos sea beneficiosa, después de todo —y nadie le contradijo, tan preocupados estaban de no herir los sentimientos de los otros.
Entraron en órbita. No había luces en la parte en que era de noche; sobre los continentes no había ninguna de esas líneas y montones que hacen los animales que construyen.
—No hay hombres —murmuró Harfex.
—Claro que no —le espetó Osden, que tenía una pantalla para él solo y la cabeza dentro de una bolsa de politeno; sostenía que el plástico cortaba el sonido empático que recibía de los demás—. Estamos a dos siglos luz del límite de la Expansión hainishiana, y fuera de él no hay hombres. Y además, ¿crees que la Creación hubiera podido cometer el mismo error absurdo dos veces?
Ninguno le prestaba demasiada atención; miraban con cariño aquella inmensidad de jade que discurría bajo ellos, donde había vida, aunque no humana. Entre los hombres siempre existían problemas, y lo que veían no era desolación sino paz. Incluso Osden no parecía tan inexpresivo como de costumbre; estaba temblando.
Descendieron sobre el mar; reconocieron el aire; aterrizaron. Una llanura de algo parecido a la hierba, verde y grueso, rodeaba la nave, rozaba las cámaras extensibles, manchando las lentes de un fino polen.
—Parece una pura fitosfera —dijo Harfex—. Osden, ¿captas algún sentimiento?
Todos se volvieron hacia el Sensor. Había dejado la pantalla y se estaba sirviendo una taza de té. No respondió. Rara vez respondía a las preguntas.
La rigidez quitinosa de la disciplina militar resultaba totalmente inconcebible para esos equipos de Científicos Locos; su cadena de mando descansaba en cierto modo entre el procedimiento parlamentario y la orden informal, y hubieran ignorado totalmente las decisiones de cualquier oficial de servicio. Sin embargo, por una inescrutable decisión de la Autoridad, la doctora Haito Tomiko había recibido el título de Coordinador, y ahora ejercía su prerrogativa por primera vez.
—Señor Sensor Osden —dijo—, por favor, conteste al señor Harfex.
—¿Cómo podría «captar» ninguna sensación del exterior —dijo Osden sin volverse— con las emociones de nueve homínidos neuróticos pululando a mi alrededor como gusanos en una lata? Cuando tenga algo que deciros, os lo diré. Soy consciente de mi responsabilidad como Sensor. Pero si persistes en darme órdenes, Coordinador Haito, reconsideraré mi responsabilidad.
—Muy bien, señor Sensor. Confío en que de ahora en adelante las órdenes no sean necesarias —la voz de toro de Tomiko sonaba tranquila, pero Osden pareció tambalearse de espaldas a ella: como si la ira de la mujer le hubiera golpeado con fuerza física.
Se probó que las previsiones del biólogo eran correctas. Cuando comenzaron a realizar los correspondientes análisis no encontraron animales ni entre los microorganismos. Allí nadie se comía a nadie. Todas las formas de vida que existían eran fotosintetizadoras o saprófagas; vivían de la luz o de los seres muertos, no de la vida. Plantas: infinitas plantas, pero ninguna de las especies conocidas por los visitantes. Infinitas tonalidades de verde, violeta, púrpura, marrón y rojo. Infinitos silencios. Lo único que se movía era el viento, acariciando las hojas, un viento cálido cargado de esporas y polen, extendiendo el dulce polvo verde pálido por las praderas de enormes hierbas, páramos sin matorrales, bosques sin flores que jamás nadie pisó, que jamás contempló nadie. Un mundo cálido y triste, triste y sereno. Los Investigadores caminaban como excursionistas sobre llanuras soleadas de fllicaliformes violetas, hablándose suavemente. Sabían que sus voces rompían un silencio de millones de años, el silencio del viento y las hojas, las hojas y el viento, soplando y cesando de soplar, una y otra vez. Conversaban en voz baja, pero, siendo humanos, no podían evitar conversar.
—Pobre viejo Osden —decía Jenny Chong, biólogo y técnico, mientras pilotaba un helijet sobre el cuadrante polar norte—. Todo ese fantástico mecanismo de alta fidelidad en su cerebro y sin nada que recibir.
—Me comentó que odia las plantas —dijo Olleroo con una risita.
—Supuse que le gustaban, puesto que no le molestan tanto como nosotros.
—Yo no puedo decir lo mismo de esas plantas —dijo Porlock, mirando las ondulaciones purpúreas del bosque circumpolar—.
Todas iguales. Sin cambios. Un hombre solo ahí perdería la cabeza.
—Pero todo está vivo —dijo Jenny Chong—. Y Osden odia todo lo que está vivo.
—Él no es realmente tan malo —dijo Olleroo, magnánima.
Porlock la miró de reojo y preguntó:
—¿No te has acostado nunca con él, Olleroo?
Olleroo se puso a llorar y gritó:
—¡Los terrestres sois unos obscenos!
—No, no lo ha hecho —dijo Jenny Chong, defendiéndola—. ¿Lo has hecho tú, Porlock?
El químico se echó a reír, mientras las correspondientes gotas de saliva aparecían en su bigote.
—Osden no puede soportar que le toquen —dijo Olleroo amargamente—. Una vez le rocé sin querer y me apartó bruscamente, como si yo fuera una cosa sucia. No somos más que cosas para él.
—Es malo —dijo Porlock, mirando a las dos mujeres—. Acabará destruyendo este equipo, saboteándolo, de una forma u otra. Recuerda mis palabras. ¡No está hecho para convivir con otras personas!
Aterrizaron en el Polo Norte. Un sol de medianoche caía sobre unas suaves colinas. Hierbas cortas, secas y de un rosa verdoso se extendían en todas direcciones, lo cual equivalía a decir una sola dirección: sur. Subyugados por el increíble silencio, los tres Investigadores cogieron sus instrumentos y recogieron muestras, como tres virus moviéndose en el seno de un gigante inmóvil.
Nadie le pidió a Osden que les acompañara en sus vuelos o sus expediciones fotográficas, y él nunca se ofreció a acompañarles, de modo que apenas abandonaba la base. Introdujo los datos botánicos taxonómicos de Harfex en las computadoras de la nave e hizo de ayudante de Eskwana, cuyo trabajo consistía principalmente en reparaciones y mantenimiento. Eskwana había comenzado a dormir mucho, veinticinco horas o más de las treinta y dos que tenían los días, durmiéndose mientras reparaba una radio o comprobaba los circuitos de un helijet. La Coordinadora se quedó un día en la base para observarle. No había nadie más allí a excepción de Poswet To, que sufría ataques epilépticos; Mannon la había introducido aquel día en un circuito de terapia en estado catatónico preventivo. Tomiko introducía informes en el almacén de datos y vigilaba a Osden y a Eskwana. Pasaron dos horas.
—Deberías utilizar la micro 860 para cerrar esa conexión —dijo Eskwana con su voz suave y vacilante.
—¡Obviamente!
—Lo siento. Pero como vi que tenías ahí la 840…
—Y la colocaré en su lugar cuando saque la 860. Cuando no sepa cómo hacerlo, Ingeniero, pediré tu consejo.
Al cabo de un minuto Tomiko lanzó una mirada a su alrededor. Eskwana estaba dormido, con la cabeza apoyada en la mesa.
—Osden.
El blanco rostro no se volvió, ni habló, pero por la postura del hombre se notaba que estaba escuchando.
—No es posible que no te des cuenta de la vulnerabilidad de Eskwana.
—Yo no soy responsable de sus reacciones psicóticas.
—Pero sí eres responsable de las tuyas. Eskwana es esencial para nuestro trabajo aquí, y tú no. Si no puedes controlar tu hostilidad, procura no estar con él.
Osden dejó a un lado sus herramientas y se levantó.
—¡Con placer! —dijo con su voz vengativa—. No podrías imaginar lo que es experimentar los irracionales terrores de Eskwana. ¡Tener que compartir su terrible cobardía, tener que amedrentarse con él ante cualquier cosa!
—¿Estás intentando justificar tu crueldad con él? Creí que tenías más dignidad —Tomiko se dio cuenta de que estaba temblando de ira—. Si es cierto que tu poder empático te hace compartir la desgracia de Ander, ¿por qué no induces nunca la más ligera compasión por tu parte?
—Compasión —dijo Osden—. Compasión. ¿Qué es lo que sabes tú acerca de la compasión?
Ella le miraba, pero él evitaba su mirada.
—¿Quieres que verbalice tu actual situación emocional con respecto a mí? —preguntó—. Puedo hacerlo de una forma más precisa de lo que podrías tú. Estoy adiestrado para analizar esas respuestas a medida que las recibo. Y las recibo.
—¿Pero cómo puedes esperar que sienta afecto por ti si te comportas como lo estás haciendo?
—¿Y qué importa cómo me comporte, estúpida cerda, acaso piensas que eso significa algo? ¿Crees que la naturaleza humana es un pozo de amor? Para mí no hay más alternativa que ser odiado o ser despreciado. Como no soy ni una mujer ni un cobarde, prefiero ser odiado.
—Carroña. Autocompasión. Todo hombre posee…
—Pero yo no soy un hombre —la atajó Osden—. Ahí estáis todos vosotros. Y aquí estoy yo. Yo soy único.
Desbordada por aquel torrente de solipsismo abismal, ella permaneció en silencio durante unos momentos; luego dijo sin ira ni piedad, cínicamente:
—¿Serías capaz de matarte, Osden?
—Esa sería tu forma de actuar, Haito —dijo él en un tono de burla—. Yo no soy un depresivo y el seppuku no es mi plato favorito. ¿Qué quieres que haga yo aquí?
—Vete. Ahórranos tu presencia. Coge un vehículo aéreo y un administrador de datos y vete a contar especies. En el bosque; Harfex ni siquiera ha mirado aún los bosques. Elige un área de cien metros cuadrados, nadie entrará en tu radio de acción. Estarás fuera de toda conexión empática. Comunícate todos los días a las ocho y a las veinticuatro en punto.
Osden se fue, y no supieron nada de él durante cinco días, aparte de dos lacónicas señales diarias comunicando que se encontraba bien. El humor de la gente de la base cambió. Eskwana se mantenía despierto dieciocho horas al día. Poswet To sacó su laúd estelar y cantó las armonías celestiales. (La música llevaba a Osden al borde de la locura). Mannon, Harfex, Jenny Chong y Tomiko dejaron de tomar tranquilizantes. Porlock destiló no sé qué cosa en su laboratorio y se lo bebió todo entero. Tuvo un desvanecimiento. Asnanifoil y Poswet To mantuvieron una Epifanía Numérica durante toda la noche, esa orgía mística de matemáticas superiores que supone el mayor placer del alma religiosa cetiniana. Olleroo se acostó con todos. El trabajo marchaba bien.
El Científico Duro regresó a la base corriendo, después de haber trabajado con las carnosas y altas graminiformes.
—Algo… en el bosque… —Se le salían los ojos de las órbitas, jadeaba y le temblaban los dedos y el bigote—. Una cosa grande. Moviéndose, detrás de mí. Yo estaba trabajando cuando vino hacia mí. Era como si nadara entre los árboles. Detrás de mí —miraba a los demás con los ojos opacos por el terror o el cansancio.
—Siéntate, Porlock. Tranquilízate. Y ahora, vuelve a contárnoslo. Has visto algo…
—No con claridad. Fue solo un movimiento. Un… un… No sé lo que puede haber sido. Algo que poseía movimiento propio. Entre los árboles, los arboriformes o como quiera que los llamemos. En el borde del bosque.
Harfex parecía enfadado.
—No hay nada aquí que pueda atacarte, Porlock. No hay ni siquiera microzoos. No puede haber un animal tan grande.
—¿No es posible que vieras caer de repente un epifito, una enredadera que se desplomara detrás de ti?
—No —dijo Porlock—. Se dirigía hacia mí, a través de las ramas, muy rápido. Cuando me volví despegó de nuevo. Hizo un ruido, una especie de chasquido. ¡Si no se trata de un animal, Dios sabe lo que puede haber sido! Era grande, tan grande como un hombre. Me parece que era rojizo. No lo pude ver, no estoy seguro.
—Era Osden —dijo Jenny Chong— haciendo de Tarzán —se echó a reír nerviosamente, y Tomiko reprimió una fuerte carcajada; pero Harfex no sonreía.
—Uno se encuentra incómodo bajo los arboriformes —dijo con su voz educada, contenida—. Yo me he dado cuenta de ello. Puede que por eso haya dejado de trabajar en los bosques. Existe una cualidad hipnótica en los colores y en los ritmos de ramas y hojas, especialmente las helicoidales; y los generadores de esporas están colocados de una forma tan regular que no parece natural. Subjetivamente hablando, lo encontré casi desagradable. Me pregunto si un fuerte efecto de ese tipo podría producir una alucinación…
Porlock movió la cabeza y se humedeció los labios.
—Estaba allí —dijo—. Había algo, moviéndose con un fin. Intentaba atacarme desde atrás.
Cuando Osden llamó, puntual como siempre, a las veinticuatro en punto aquella noche, Harfex le informó de lo sucedido.
—¿Has captado algo que pueda apoyar la impresión de Porlock de una forma viva y en movimiento en el bosque?
Sssss, dijo la radio sardónicamente.
—No. Mierda —contestó Osden con su desagradable voz.
—Has permanecido en el bosque mucho más tiempo que nosotros —dijo Harfex con su inagotable educación—. ¿Estás de acuerdo con la impresión que yo tengo de que el ambiente del bosque es más bien perturbador y puede tener un efecto alucinógeno sobre las percepciones?
Sssss.
—Estoy de acuerdo en que las percepciones de Porlock se alteran fácilmente. Que se quede en su laboratorio. Allí causará menos problemas. ¿Alguna otra cosa?
—No, por el momento —dijo Harfex, y Osden cortó la comunicación.
Nadie dio crédito a la historia de Porlock, pero tampoco pudo rebatirla nadie. Lo cierto es que algo grande había intentado atacarle por sorpresa. Eso era difícil negarlo, porque estaban en un planeta extraño, y todo el que había entrado en el bosque había sentido un cierto escalofrío bajo los «árboles». («Llamadlos árboles —había dicho Harfex—. En realidad son lo mismo, aunque, naturalmente, diferentes»). Todos estuvieron de acuerdo en que se habían sentido incómodos, o que habían tenido la sensación de que alguien les miraba entre los árboles.
—Tenemos que aclarar esto —dijo Porlock, y pidió voluntarios para internarse en el bosque con él para explorar y observar.
Olleroo y Jenny Chong se ofrecieron voluntarias si podían ir las dos. Harfex las envió al bosque que estaba cerca de donde habían acampado, una gran extensión que cubría gran parte del Continente D. Les prohibió que llevaran armas blancas. No tendrían que salirse de un semicírculo de cincuenta kilómetros, que incluía el lugar por donde investigaba Osden. Se comunicarían con la base dos veces al día, durante tres días. Porlock informó haber visto de refilón algo que parecía una gran figura semierecta moviéndose a través de los árboles en dirección al río; Olleroo estaba segura de haber oído algo moviéndose cerca de la tienda la segunda noche.
—No hay animales en este planeta —dijo Harfex con terquedad.
Entonces Osden dejó de hacer su llamada matutina.
Tomiko estuvo esperando algo menos de una hora y luego voló con Harfex al área donde había informado estar Osden la noche anterior. Pero cuando el helijet sobrevolaba las impenetrables e ilimitadas extensiones de hojas purpúreas, sintió un pánico desesperante.
—¿Cómo vamos a encontrarle ahí?
—Informó que estaba junto al río. Busquemos el vehículo aéreo, puesto que él debe de estar acampado cerca, y no puede alejarse demasiado de su campamento. Contar especies es un trabajo lento. Ahí está el río.
—Y ahí está el vehículo —dijo Tomiko, captando un brillo ajeno a aquella naturaleza entre los colores y las sombras vegetales—. Por allí debe de estar, entonces.
Descendieron. El mar de vida se cerró sobre sus cabezas.
Cuando sus pies tocaron el suelo del bosque, ella desabrochó la funda de su pistolera; luego, viendo que Harfex estaba desarmado, no sacó la pistola, pero mantuvo su mano sobre ella. No se oía el más mínimo ruido, aunque estaban a unos pocos metros del lento y amarronado río, y la luz era escasa. Grandes troncos de árboles se repartían por la zona con gran regularidad, casi simétrica; unos parecían cubiertos por una fina piel, otros eran sedosos, otros esponjosos, grises, marrón verdoso o marrones, unidos por lianas y festonados con epifitas, ramas parecidas a las de los sauces, rígidas, llenas de hojas obscuras, formando conjuntos de veinte y treinta metros de espesor. El suelo era elástico como un colchón, totalmente cubierto de raíces y de una hierba de hojas pequeñas y carnosas.
—Ahí está su tienda —dijo Tomiko, asustada por el propio sonido de su voz en medio de aquel silencio.
En la tienda estaba el saco de dormir de Osden, un par de libros y una caja de comida. Tomiko pensó que tendrían que llamarle, gritar su nombre, pero no se atrevió siquiera a sugerirlo; tampoco lo hizo Harfex. Dieron una vuelta alrededor de la tienda, cuidando de no perder de vista aquellas inmensas formas, aquellos troncos que se agrupaban junto a ellos. Tomiko encontró el cuerpo de Osden a unos treinta metros de la tienda, al llamarle la atención el brillo de su libro de notas. Estaba tendido boca abajo entre dos enormes raíces de árbol. Tenía la cabeza y las manos cubiertas de sangre, en parte seca, en parte todavía fresca.
Harfex apareció junto a ella, con su pálida piel casi verde bajo aquella luz.
—¿Muerto?
—No. Ha sido golpeado. Por detrás —los dedos de Tomiko recorrieron su cráneo ensangrentado, sus sienes—. Con un arma o un utensilio. No logro encontrar fracturas.
Cuando le dio la vuelta, los ojos de Osden se abrieron. Ella le sujetaba, muy cerca de su cara. Los pálidos labios del hombre temblaron. Un miedo mortal invadió a Tomiko. Lanzó dos o tres fuertes gritos, e intentó huir corriendo, tropezando, hacia la terrible espesura. Harfex la alcanzó, y con el efecto de su voz y el contacto de su mano, su miedo fue disminuyendo.
—¿Qué te sucede? ¿Qué te sucede? —le preguntaba él.
—No lo sé —dijo ella, sollozando; su corazón le latía aún fuertemente y no lograba ver con claridad—. El miedo… el… Me invadió el pánico. Cuando vi sus ojos.
—Los dos estamos nerviosos. No comprendo esto…
—Ya me encuentro bien. Vamos, tenemos que trasladarle para poder curarle.
Actuando de prisa, llevaron a Osden a la orilla del río y le cubrieron con una manta; colgaba como un saco, retorciéndose un poco sobre el obscuro mar de hojas. Le colocaron en el helijet y despegaron. En un minuto se hallaban en campo abierto. Tomiko cerró su pistolera. Lanzó un profundo suspiro y sus ojos se encontraron con los de Harfex.
—Estaba tan aterrada que casi me desmayo. Nunca había hecho nada semejante.
—Yo también… estaba irracionalmente asustado —dijo el hainishiano, y en efecto parecía tembloroso y envejecido—. No tan mal como tú, pero de forma igualmente irracional.
—Fue cuando entré en contacto con él, al sujetarle. Durante un momento pareció estar consciente.
—¿Empatía…? Espero que pueda decirnos qué fue lo que le atacó.
Osden yacía como un muñeco roto cubierto de sangre y barro mientras salían apresuradamente del bosque.
Hubo más pánico desatado cuando llegaron a la base. La absurda brutalidad del ataque resultaba siniestra y aterradora. Puesto que Harfex había establecido sin lugar a dudas que no existía ninguna posibilidad de vida animal, comenzaron a especular acerca de plantas conscientes, monstruos vegetales, proyecciones psíquicas. La fobia latente de Jenny Chong se despertó y ya no pudo hablar más que de los Egos Obscuros que seguían a la gente por la espalda. Olleroo, Porlock y ella habían vuelto a la base; nadie tuvo la idea de salir de nuevo.
Osden había perdido bastante sangre durante las tres o cuatro horas que había permanecido solo, y las graves contusiones le habían puesto en un estado de semicoma. Cuando finalmente volvió en sí y le fue bajando la fiebre, llamó varias veces al «doctor» con voz átona: «Doctor Hammergeld…». Cuando se despertó totalmente, al cabo de dos largos días, Tomiko llamó a Harfex a su departamento.
—Osden, ¿puedes decirnos qué fue lo que te atacó?
Sus pálidos ojos estaban fijos en un punto más allá de la cara de Harfex.
—Fuiste atacado —le dijo Tomiko cariñosamente; aquella mirada era odiosamente familiar, pero ella era médico, protectora del que sufre—. Puede que no lo recuerdes aún. Algo te atacó. Estabas en el bosque…
—¡Ah! —gritó, mientras sus ojos centelleaban y sus facciones se contorsionaban—. El bosque… en el bosque…
—¿Qué sucedió en el bosque?
Tomó aliento. Su cara se iluminó, ya plenamente consciente. Al cabo de un momento, dijo:
—No lo sé.
—¿Viste lo que te atacó? —preguntó Harfex.
—No lo sé.
—Lo recordarás ahora.
—No lo sé.
—Puede que las vidas de todos nosotros dependan de ello. ¡Debes decirnos lo que viste!
—No lo sé —repetía Osden, sollozando débilmente.
Estaba demasiado agotado como para ocultar expresamente la respuesta. Allí cerca, Porlock mordía su bigote intentando escuchar lo que se decía en la habitación.
Harfex se inclinó sobre Osden y dijo:
—Vas a decirnos… —Tomiko tuvo que intervenir enérgicamente.
Harfex se controló mediante un doloroso esfuerzo. Salió en silencio y se dirigió a su departamento, donde con toda seguridad se tomó una dosis doble o triple de tranquilizantes. Los demás hombres y mujeres, repartidos por el gran edificio, que tenía un amplio salón y diez dormitorios, no decían nada, pero parecían deprimidos. Osden, como siempre, los tenía a su merced. Tomiko le miró con un odio que le quemaba en la garganta como si fuera bilis. Su monstruoso autismo se había introducido en las emociones de los demás y su absoluto egoísmo era peor que cualquier deformidad de la carne, por horrible que esta fuera. Igual que un monstruo congénito, no debería haber vivido. No debería estar vivo. Debería haber muerto. ¿Por qué no le habrían abierto la cabeza?
Mientras tanto, él yacía allí, blanco y sin fuerzas, con las manos caídas a los lados y sus descoloridos ojos muy abiertos. Había lágrimas en ellos. Bruscamente, Tomiko se dirigió hacia él. Él intentó apartarla.
—No —dijo con una voz débil, e intentó levantar las manos para protegerse la cabeza—. ¡No!
Ella se sentó junto a la cama y al cabo de unos instantes puso su mano sobre la del hombre. Él intentó retirarla, pero no tuvo fuerzas.
Se produjo un largo silencio entre ellos.
—Osden —murmuró ella—. Lo siento. Lo siento mucho. Quiero sentir afecto por ti. Permítemelo, Osden. No deseo herirte, escucha, ahora lo comprendo. Fue uno de nosotros. Estoy en lo cierto, ¿verdad? No, no respondas, dime solamente si me equivoco; pero no me equivoco… Cierto que hay animales en este planeta. Diez. No me importa quién ha sido. Eso no tiene importancia. Podría haber sido yo mima, hace un momento solamente. Me he dado cuenta de ello. No comprendo cómo ha sucedido, Osden. No puedes darte cuenta de lo difícil que resulta para nosotros comprender… Pero escucha. Si hubiera amor, en vez de odio o miedo… ¿Nunca habrá amor?
—No.
—¿Por qué no? ¿Por qué no puede suceder nunca? ¿Somos tan débiles los seres humanos? Es terrible. No importa, no importa. No te preocupes. Descansa. Al menos ahora no había odio, ¿verdad? Había simpatía, interés, buenos deseos. Lo sentiste, ¿verdad, Osden? ¿Es eso lo que sentiste?
—Entre… otras cosas —dijo de forma casi inaudible.
—Supongo que había ruidos procedentes de mi subconsciente… Escucha, cuando te encontramos en el bosque, cuando intenté darle la vuelta a tu cuerpo, volviste parcialmente en ti y yo sentí horror de ti. Durante un minuto estuve loca de miedo. ¿Fue tu miedo hacia mí lo que yo sentí?
—No.
Su mano estaba todavía sobre la del hombre, y este se encontraba casi relajado, a punto de dormir, como quien ha tenido un gran dolor y se lo están aliviando.
—El bosque —murmuró; ella apenas podía entenderle—. Miedo.
Ella no continuó presionándole, pero siguió manteniendo su mano sobre la de Osden y se quedó mirándole mientras se dormía. Era consciente de lo que sentía y de lo que, por ello, él debía sentir. Ella confiaba en eso: no hay más que una emoción que pueda reinvertirse totalmente, polarizarse en un momento. En hainishiano existía una palabra para designarlo: ontá, que valía para el odio y para el amor. Ella no estaba, por supuesto, enamorada de Osden. Lo que sentía por él era ontá, odio polarizado. Ella mantenía su mano entre las suyas y la corriente fluía entre ambos, la tremenda electricidad del toque que él siempre había temido. Al quedarse dormido, el anillo de músculos que rodeaban su boca y que parecían un grabado de anatomía, se relajó, y Tomiko vio en su cara lo que ninguno de ellos había visto nunca antes: una sonrisa. Luego desapareció. Él siguió durmiendo.
Mejoró. Al día siguiente ya se sentaba y estaba hambriento. Harfex quería interrogarle, pero Tomiko se lo impidió. Colgó una sábana de politeno sobre la puerta del cubículo, como muchas veces había hecho el propio Osden.
—¿Es verdad que esto te evita la recepción empática? —le preguntó ella.
Y él le contestó con el tono seco y cauteloso que ambos estaban ahora utilizando:
—No.
—Entonces no es más que una advertencia.
—En parte. Es más bien autosugestión. El doctor Hammergeld pensó que sería eficaz… Puede que lo sea en cierta medida.
Una vez sintió el amor. Un niño aterrorizado, sofocado por las emociones agresivas de los adultos, un niño que se ahogaba, salvado por un hombre. Un hombre que le enseñó a respirar, a vivir. Un hombre que le dio todo, protección y amor. Fue Padre/Madre/Dios.
—¿Vive todavía? —le preguntó Tomiko, pensando en la increíble soledad de Osden, y en la extraña crueldad de los grandes doctores; quedó sorprendida cuando escuchó una carcajada débil, forzada.
—Murió hace unos dos siglos y medio —respondió Osden—. ¿Olvidas dónde estamos, Coordinadora? Todos hemos dejado a nuestras familias atrás…