La sonrisa etrusca
Elena de Troya sin H
El sarcófago de los esposos es la reliquia que Salvatore contempla en el museo de camino a Milán, hasta donde viaja para que el "dottore" le cure "la Rusca", cómo el llama al cáncer que le corroe por dentro. Renatto conduce el coche y Andrea espera la llegada del marido y del suegro con los brazos más bien cerrados. En la metrópolis, ante la convivencia con esta mujer excesivamente cosmopolita, delgada y "sin pechos", Salvatore se refugia mentalmente en los campos sureños de su Calabria natal, encumbrados por la potente montaña de Femminamorta, testigo privilegiado de su pasado como partisano, cuando luchó contra nazis y fascistas durante la Segunda Guerra Mundial.
En La sonrisa etrusca, la misma que lucen los amantes de la reliquia del museo, José Luis Sampedro nos muestra su faceta más humana a través de la relación entre Salvatore y Brunettino: un vínculo en el que los extremos de la vida (abuelo y nieto) se tocan, como dos puntos generacionalmente distintos, pero no por ello distantes. Unidos por su propia sangre y por la vulnerabilidad de la vejez e infancia, ambos construyen una relación de intensa ternura enmarcada en un contexto familiar, en el que el lector puede identificarse con las fortalezas y debilidades de unos y otros.
Salvatore se opone a la frivolidad milanesa con que Renatto y Andrea educan al niño. Como "salvador" de Brunettino, el anciano partisano no duda en echar mano de sus experiencias militares para aleccionar al pequeño sobre los placeres de la vida y lograr evitar que su hijo y nuera hagan de su nieto un "medio hombre". Para tal misión encuentra una camarada en Hortensia, viuda a quien Salvatore abrirá su corazón y en quien hallará el apoyo que necesita en su batalla contra la Rusca.
Así es como Hortensia complementa a Salvatore, reconvertido por Brunettino en un abuelo cuya sensibilidad y pasión por su nieto contrastan con el afecto sumamente controlado de su hijo y nuera. Hortensia es su camarada, su cómplice. Ahora bien, la prioridad de Salvatore es que su Brunettino le llame "nonno" (abuelito).
Antes de irse en paz, necesita sobrevivir al Cantannote (vecino y enemigo acérrimo de su juventud) y oír "nonno" en labios de su pequeño Brunettino. Él ya ha aprendido a decir “no”, sólo falta que aprenda a repetirlo dos veces seguidas. "Nonno" será su primera palabra, antes que "mamá" y "papá".
Lectura muy recomendable.
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[...] decía Cervantes: saber sentir es saber decir. Palabras de Luis Landero en su libro El huerto de Emerson.
Yo espero haber sabido decir lo que el libro me ha hecho sentir. Muchas gracias, como siempre, por haber leído esta reseña troyana. ¡Nos vemos en la próxima!
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