Reseña ampliada

Reseña ampliada

Elena de Troya sin H
"La sonrisa etrusca". Libro de José Luis Sampedro.

La sonrisa etrusca es una novela de José Luis Sampedro, quien si bien destacó por su amplia formación intelectual, también lo hizo por su faceta humana, la cual se refleja a la perfección en este libro, a través de la relación entre Salvatore y su nieto, Brunettino: un vínculo en el que los extremos de la vida, abuelo y nieto, se tocan, como dos puntos generacionalmente distintos, pero no distantes. Unidos por su propia sangre y por la vulnerabilidad de la vejez y de la infancia, ambos construyen y consolidan una relación de intensa ternura que lleva al lector a mirar hacia sus propios abuelos. Brunettino, tan pequeño como señala su diminutivo, es el hilo que actúa como vínculo entre todos los miembros de la casa. En La sonrisa etrusca, cada uno de los personajes principales que desfila por sus páginas guarda relación con Brunettino. Así, el lector contempla un entorno familiar que se le presenta cercano a su vida corriente y en el que puede identificarse con las fortalezas y debilidades de unos y otros.

En primer lugar, descubrimos a Salvatore (Bruno), un abuelo que conoce a su nieto por primera vez cuando éste sobrepasa por poco el año de vida. También se nos presenta Brunettino, como el detonante capaz de producir un cambio en la forma que su abuelo tiene de entender la vida como "macho alfa" que es. Gracias a Brunettino, aprenderá a valorar la sensibilidad femenina como un aliado para el hombre, en lugar de como una cualidad enemiga. También conoceremos a Hortensia, la mujer que, aparecida en la vida de Salvatore en su vejez, se constituye como una influencia positiva en el desarrollo de un sexto sentido femenino que Salvatore utilizará sin duda en su misión de cuidar de Brunettino y darle el amor cercano que sus padres, sin embargo, parecen negarle. Cantannote, el enemigo acérrimo de Salvatore y sin el cual éste no habría conocido a su nieto: a Cantannote le debemos que Salvatore viaje hasta Milán y conozca allí al pequeño Brunettino. La Rusca, nombre que Salvatore le puso al hurón que su amigo Ambrosio le regaló en su juventud, y que ahora sirve como mote a la enfermedad que le corroe las entrañas. Renatto, el propio hijo de Salvatore, tan distinto a su padre, tan milanés y metropolitano, que contrasta con la "hombría" y "virilidad" que Salvatore considera que definen a un "hombre de verdad" y no a un "medio hombre". Andrea, la esposa de Renatto, milanesa oriunda, considerada por Salvatore como una "media mujer". Rosa, que no juega un papel nada especial en la novela, pero que cabe mencionar por ser la madre de Renatto y la única esposa (aunque no la única mujer) de Salvatore. El Dottore, un médico milanés de renombre que trae de cabeza a Salvatore, cansado de escuchar el italiano tan técnico que sólo los académicos del norte (su nuera incluida) utilizan, cuando bien podrían emplear el lenguaje sencillo y dialectal que se habla en regiones del sur, como en la región de su querida Calabria. Y, por último, Simonetta y Anunziata: sobrina y tía respectivamente. La primera, una joven comunista que en alguna ocasión sustituye a su tía en el cuidado de Brunettino como niñera. La segunda, una mujer solterona que intenta cumplir con la voluntad de los padres de Brunettino, quienes no quieren que Salvatore, su abuelo, lo malcríe.

Todos estos personajes anteriores son los que creo conveniente presentar antes de dar paso a la reseña propiamente dicha.

Reseña (propiamente dicha)

El sarcófago de los esposos es la reliquia que Salvatore está contemplando en el museo.

Por supuesto, él desconoce este dato, pero no le pasa inadvertida la felicidad que esta pareja escultórica parece mostrar petrificada en su sonrisa etrusca de terracota. Ambos amantes se reclinan en un banquete en el más allá. La escena que representa esta urna funeraria se aparece a ojos de Salvatore como un ejemplo hedonista y reivindicador de la pasión que encierra la vida. Esta imagen se reiterará como un leitmotiv en distintos momentos de la novela: Salvatore la reproducirá en su mente con frecuencia, se amparará en la visión de esta muestra de arte etrusco que regiamente cincelada representa de forma tan fiel la esencia de lo que la ruda vida ha significado siempre para Salvatore, especialmente ahora que su fin se aproxima. Precisamente, a su enfermedad debe Salvatore su visita al museo.

Renatto es el responsable de trasladar en coche hasta Milán a su padre, quien lamenta tener que dejar atrás Calabria, una región del sur de Italia en la que la vida transcurre con mayor tranquilidad que en la metrópolis. El único motivo que le empuja a dejarse curar por el Dottore, el mejor médico de Milán según su nuera, es el temor a que su enfermedad, la Rusca (como él la llama), le obligue a abandonar la vida antes que a su enemigo, Cantannote, con quien mantiene una enemistad desde tiempos inmemoriales. Con el deseo de ser él quien acuda al entierro del otro y no a la inversa, Salvatore se deja conducir por su hijo hasta el norte de Italia, donde le espera su nuera y su nieto, cuya identidad aún le es desconocida al abuelo.

Aunque Andrea es excesivamente metropolitana y no cumple con el prototipo de mujer que Salvatore desearía para su hijo (es delgada y "sin pechos"), lo que le aguarda en Milán desencadenará en él un cambio de actitud nunca antes visto. Brunnetino es el nombre del huracán que pondrá patas arriba la mente y el corazón de Salvatore, quien fue apodado Bruno por sus compañeros partisanos calabreses durante la resistencia a los fascistas en la Segunda Guerra Mundial. Sólo el nombre ya une a abuelo y nieto, pues como el mismo Salvatore comenta, Bruno es un nombre que él mismo se ganó, forjado con la valentía del macho alfa que a nada teme y a todo se enfrenta.

Una vez en Milán, la convivencia entre Salvatore (Bruno), Renatto y Andrea es algo complicada. Las costumbres cosmopolitas de su hijo y nuera contrastan con los hábitos rurales de Salvatore. Constantemente, en su mente, el propio anciano visualiza las extensiones de campo de Calabria, enmarcadas por la potente montaña de Femminamorta.

Las vestimentas de las mujeres de ciudad, como Andrea, distan de ser las largas faldas de las muchachas lozanas y con carnes prietas (que no necesariamente gruesas) de su juventud. El italiano refinado, o el "italiano de la radio" (como Salvatore lo llama) contiene muchas expresiones que el hombre no llega a entender. Con la comida, la situación no mejora: la gastronomía milanesa se basa en un compendio de productos empaquetados (mayoritariamente congelados) con etiquetas y envases llamativos, coloridos y sugerentes, al menos para alguien que no sea Salvatore, habituado a la comida que sabe de verdad a lo que tiene que saber. Ni siquiera encuentra en Milán peras que sepan a peras: por mucho que digan que son de Yugoslavia, están desprovistas de cualquier sabor. Sólo Cantannote (su enemigo) le empuja a ser algo tolerante con la situación, aunque no por ello cesa en sus continuas quejas. De forma constante, Salvatore acusa las diferencias entre el Milán actual de su hijo y la Calabria de toda su vida emponderando las tierras de la Italia del Sur frente a la Italia del Norte.

En sus pensamientos y en las imágenes bucólicas y bélicas que se entremezclan en la mente de Salvatore (Bruno, en la resistencia partisana) se ofrecen las memorias de este hombre anciano, pero fuerte como él solo, que contribuyen a que el lector pueda forjarse una idea muy fiel de la identidad de este personaje tan sampedriano (como Ángeles Caso indica en el prólogo del libro).

De constitución fuerte, habituado a haber alternado en su vida con varias mujeres sobre un lecho y otro, con experiencia en los placeres de la vida en sus diversas facetas, pastor de pequeño y más adelante partisano, luchador en la guerra y un largo etcétera, Salvatore es el esposo viudo de la Rosetta (aunque si hubo amor, lo hubo más por la hembra que por el macho). Sin embargo, su corazón duro (y rudo) se reblandece ante la vista de su único nieto, a quien ve por vez primera en Milán: un niño que le recuerda a él, a su sangre, que es la que corre por sus venas.

Salvatore se opone a la forma en que Renatto y Andrea pretenden educar a Brunettino.

Tanto la madre como el padre se guían por un libro escrito por el dottore, un compendio de consejos (más bien instrucciones) de lo que los padres deben hacer y no hacer con sus hijos. Entre las instrucciones se incluye dejar al niño dormir en su cuna en una habitación aparte, así como no dormirle en brazos, para que de esta forma no desarrolle dependencia emocional. En fin, que el cariño de un robot casi es más reconfortante que el amor entendido según el dottore. Al menos, Salvatore lo ve así: el niño necesita recibir afecto de sus padres. Él nunca durmió solo en su vida. Cuando no lo hacía con sus padres, lo hacía con los cabritillos, con las mujeres, con los compañeros partisanos... Pero nunca experimentó soledad en su sueño. Salvatore se teme que Renatto y Andrea (por hacer caso al dottore) entren a formar parte del tipo de persona que luego, cuando los hijos crecen, les exigen unas muestras de cariño que ni siquiera ellos les dieron en la infancia.

Así pues, Salvatore se decide a ejercer la función que su nombre vaticina: se constituye como "salvador" de Brunettino. El abuelo partisano echará mano de sus experiencias militares para aleccionar al pequeño Brunettino y vencer al enemigo (dottore, Andrea, Renatto...) y cualquier aliado del adversario a fin de que su nieto crezca como un hombre y no como un "medio hombre".

Su nieto ha de ser fiel reflejo de la fuerza y virilidad que siempre caracterizó a su abuelo. La casa en Milán, donde viven su hijo y nuera, se convertirá en el escenario de una batalla campal familiar en la que el abuelo se opondrá a las órdenes de Andrea "malcriando" al nieto, cogiéndolo en brazos, velando cada noche por él en su alcobita, manteniéndose despierto durante el sueño del niño... a fin de que Andrea no cierre el pestillo de su habitación, aislando a Brunettino de su abuelo, que vez tras vez acude a la alcobita a dormir junto al pequeño, mal que le pese a Andrea o a Anunziata.

De momento, el anciano se mantiene valiente y con vigor: todo sea por el Cantannote y por Brunettino, su nietecito, que le necesita para llegar a ser un hombre y para quien Salvatore desea vivir, al menos, lo que queda de verano y el otoño que le sigue. Sólo así podrá llevar a Brunettino a Calabria, para que conozca su genealogía, la de un árbol cuyas raíces es Salvatore, cuyo tronco es Renatto y cuya flor, Brunettino.

Salvatore ha de reconocer la habilidad femenina de los ágiles dedos de las mujeres a la hora de abrochar los botoncitos de las vestimentas de Brunettino. Una gracia femenina que él (tan macho como es) envidia y querría para sí mismo, para poder vestir a su nieto, labor que se le antoja difícil para sus manos grandes de hombre de campo. Así pues, un nuevo pensamiento se le pasa por la cabeza a Salvatore: ser abuelo y abuela a la vez para su nieto. Ante la ausencia de una mujer, él habrá de desarrollar ambos roles. Esta idea de la dualidad de un hombre desarrollando "labores femeninas" es algo que nunca antes se le hubiera pasado por la cabeza a Salvatore.

En esta batalla contra una sociedad con valores que pueden alejar a su Brunettino de la esencia de la vida que Salvatore supo exprimir hasta la última gota, el abuelo encontrará una camarada en Hortensia, una mujer viuda que le abrirá su corazón y que llegará a constituirse como una auténtica abuela para Brunettino. Tal es la importancia que Hortensia adquiere en la vida de Salvatore, que él mismo deposita en ella la misión de seguir aleccionando al pequeño Brunettino, para cuando él ya no esté.

Incluso la Rusca ayudará a Salvatore en su misión con Brunettino. Las hormonas que el médico le administra como parte del tratamiento para el cáncer hacen que sus pechos se desarrollen, lo que Salvatore percibe, para sorpresa suya también, como una característica del rol femenino que le ayudará con su querido Brunettino. Este rol, no obstante, poco a poco se ve relegado a un segundo plano ante la aparición de Hortensia, la mujer que Salvatore quiere que Brunettino tenga como abuela.

Así es como Hortensia complementa a Salvatore, reconvertido por Brunettino en un abuelo cuya sensibilidad y pasión por su nieto contrastan con el afecto sumamente controlado de su hijo y nuera. Hortensia es su camarada, su cómplice. Ahora bien, la prioridad de Salvatore es que su Brunettino le llame "nonno" (abuelito). Ya ha aprendido a decir “no”, sólo falta que aprenda a repetirlo dos veces seguidas. El pequeño lo terminará haciendo: su primera palabra, antes que la de "mamá" y "papá", será “nonno”.

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[...] decía Cervantes: saber sentir es saber decir. Palabras de Luis Landero en su libro El huerto de Emerson.

Yo espero haber sabido decir lo que el libro me ha hecho sentir. Muchas gracias, como siempre, por haber leído esta reseña troyana. ¡Nos vemos en la próxima!

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