La noche sin riberas
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Un patio cuadrangular, tres de cuyos lados lo formaba una construcción de mampostería de dos plantas con dos filas, paralelas y simétricas, de tragaluces enrejados. En los ángulos, ventanas protegidas también por rejas, en la planta superior; y, en la inferior, una puerta chapada y con mirilla. Otra puerta semejante en el murallón liso del cuarto lado comunicaba el departamento celular con el resto de la enorme prisión. Alrededor de los cuatro muros corría una acera de cemento agrietada y desportillada en algunos tramos. El espacio de tierra así limitado recordaba que allí hubo, en algún tiempo, un conato de jardín, del que sólo quedaban cuatro raquíticos árboles, uno en cada esquina.
Ahora, en el centro, se veía una mesa cubierta con un paño blanco, sobre la que se alzaban un crucifijo, dos velas y un misal. Un sacerdote ventrudo, de doble papada y calvo, celebraba misa ante tan escueto altar, ayudado por un hombre menudo, de cabeza ratonil, vestido con un traje de pana oscura. Tras ellos, más de medio centenar de hombres en formación, flanqueados por varios guardianes, asistían a la ceremonia con fastidio y desgana bien patentes.
La mañana se cernía en lo alto como una doncellez azul, lejana, imposible, y palpitaba en el aire suave que movía las hojas de los árboles enfermizos y acariciaba voluptuosamente a los hombres de la formación, estremeciéndolos, porque les sugería que, al otro lado de aquellos muros, el campo se desparramaba por la llanura sin límites como una invitación a la huida, a la carrera, a ser viento y remontar los montes y los mares y ser libres, libres, libres.
El sacerdote rezaba rutinariamente las preces latinas que nadie escuchaba, y el acólito farfullaba respuestas ininteligibles, alzaba el borde de la casulla cada vez que el oficiante doblaba la rodilla, o trasladaba el misal de un extremo a otro de la mesa a una indicación de aquél.
—Dominus vobiscum.
Abría y cerraba los brazos, de cara a los presos, al tiempo de entornar beatíficamente los ojos e hinchar la doble papada, en ademán litúrgico de amor fraterno, aunque su voz, átona y rituaria, dejase caer de sus labios las palabras como caen de los árboles las hojas secas en otoño.
—Et cum spiritu tuo —respondió atropelladamente el acólito con trazas de ventero o de albéitar rural.
La calma, el silencio y la indiferencia transformaban la escena real en una especie de pantomima fantástica, nebulosa, evanescente. Nada de lo que se decía o hacía ante sus oídos o sus ojos tenía sentido alguno para los hombres obligados a presenciar, formados en filas, mudos y ajenos testigos, aquel acto impío. Algunos de ellos permanecían con los ojos cerrados, quien miraba al cielo o se entretenía en contar los tragaluces y los barrotes de las rejas, quien se abstraía, con los ojos abiertos, pero sin ver lo que le rodeaba, en sus propias cavilaciones. No faltaban tampoco los que a través del hilo de miradas y guiños disimulados se trasmitían sus acordes sentimientos de repugnancia y desdén por aquella farsa con pretensiones de función religiosa. Tal vez difirieran entre sí en que unos desearan que terminase cuanto antes, mientras que otros, en cambio, prefiriesen que se prolongara lo más posible con tal de respirar más tiempo el aire que trascendía de la campiña, impregnado de un olor indefinible a vides, ortigas, herbazales y sequíos lejanos. Sólo los guardianes, estirados y serios, aceptaban su papel de funcionarios en acto de servicio, aunque les aburriese y fastidiase.
De pronto, el sacerdote se volvió hacia los asistentes. Ya no había beatitud en sus ojos. La misa, como el altar, quedaba tras él. Ahora tenía enfrente a unas docenas de hombres que le miraban sin disimular el odio y el desprecio que sentían por su persona.
—Queridos hermanos —dijo, tras cruzar las grandes y gordas manos sobre la obscena curva de su vientre de hombre bien cebado.
El incongruente saludo espolvoreó sonrisas ácidas en los labios de algunos oyentes mientras provocaba en otros fruncimientos de cejas y gestos de hostilidad. (Hombre, queridos hermanos, ¿eh? Hermanos, ¿de qué, de cuándo, de cómo? ¡Vaya jeta que tiene el tío este! A lo mejor dice que es amigo nuestro… Pero, ca, ya te hemos calao, bacalao. Pues no le ha sentado mal la guerra, no. Mírale, mírale. A que ha sido secretario de alguna colectividad o de alguna cooperativa nuestra… No nos vendrás con la monserga de que, si te arrean una hostia en un carrillo, pongas el otro, ¿eh?, gran cabrón. Ni con el cuento de la amnistía… Venga, acaba pronto y déjanos en paz. ¿A cuántos has tratado de confesar antes de que se los llevasen al picadero y a cuántos has bendecido después de haberlos fusilado?)
El oficiante, impertérrito, continuó, después de una pausa:
—Renuncio por hoy a explicaros el Evangelio, porque me supongo que os interesa más saber dónde estáis. No niego, no, que sepáis ya su condición. ¿Quién no ha oído alguna vez el nombre de este penal? Es famoso. Pero el nombre no basta. Ahora lo conoceréis por dentro, de verdad, y es conveniente que preparéis vuestro ánimo y se os diga desde el principio a qué debéis ateneros para que os resulte menos penoso.
Hizo otra pausa y sonrió de nuevo. Los hombres de la formación empezaron a agitarse, a cambiar de postura, a mirarse entre sí, ya sin disimulos, y a mostrar descaradamente su repulsa a las palabras del sacerdote. Este prosiguió, respondiendo intuitivamente a la réplica muda del auditorio:
—Sí, porque ésta no es como esas improvisadas prisiones de Madrid, donde la disciplina deja mucho que desear por la sencilla razón de que sus edificios, construidos para otros menesteres, no reúnen las condiciones precisas. Esta, en cambio, es una prisión modelo, clásica, en la que el orden y la disciplina son muy severos. Tened en cuenta que no habéis llegado aquí por casualidad, sino para extinguir condena, una larga condena. Porque no debéis olvidar una cosa y es que estáis aquí por la benevolencia del Caudillo, pues lo más seguro es que la mayoría de vosotros merecería estar ya en el otro barrio, criando malvas.
Una tos y carraspeos, seguidos inmediatamente de un nutrido coro de toses y carraspeos, fue la respuesta protestataria de los forzados oyentes, y el orador se interrumpió, hasta que uno de los guardianes, alto, rubio, de cabeza erguida y con aspecto de girasol, se adelantó unos pasos y gritó, con voz chillona:
—¡Silencio! ¡Fir-més!
Se acallaron los rumores y los presos juntaron los pies. El cura prosiguió en un tono menos evangélico todavía:
—¡Bien! Si todos fuerais inocentes, ¿queréis decirme quién dio martirio a tantos miles de sacerdotes y religiosos, quién asesinó a tantos buenos patriotas y cristianos?
Sus palabras eran gritos, estocadas. Naturalmente, nadie contestó sus preguntas, y él prosiguió, jadeante:
—No sé quién de vosotros lo haya hecho ni me importa, pero todos sois reos de la misma culpa. ¡Todos! —Marcó otra pausa para respirar hondo, y siguió diciendo—: Nosotros no queremos venganza, sino justicia. Ahora bien: una cosa es la justicia de Dios, Nuestro Señor, infinitamente misericordioso, quien ya os ha perdonado, y otra la justicia de los hombres, que exige el castigo y la expiación de la culpa aquí, en la tierra. Entended esto bien a fin de que no confundáis la una con la otra. Por vosotros y otros muchos, muchísimos, se ha derramado tanta sangre en España y el país entero ha quedado en ruinas, sabe Dios por cuánto tiempo. Siendo así, ¿qué esperáis? ¿Borrón y cuenta nueva? Eso, ¡nunca! Y desengañaros de una vez: no habrá amnistía ni perdones generales. Por demasiada blandura ocurrió lo que ocurrió. Si cuando la revolución de Asturias se hubiese hecho una justicia ejemplar, tengo por seguro que no hubiera sido necesario un 18 de julio. Eso está claro y, como está claro, yo os aseguro que no se volverá a repetir.
Una nueva pausa, otro respiro y, finalmente:
—Pesa sobre vosotros una condena de treinta años de reclusión mayor. Bien. A pesar de todo, yo no creo que la cumpláis enteramente. No. Tantos años, seguramente no. Pero por lo menos veinte, sí. Veinte no hay quien os los quite. Así que haceros a esta idea, aceptadla y tratad de cumplir aquí dentro lo mejor posible y todo os resultará más fácil y llevadero. Y que Dios os bendiga.
Y volvió bruscamente la espalda al rostro pétreo, un solo rostro, de todos aquellos hombres, que acababa de ser abofeteado de una manera tan ignominiosa.
La misa continuó a un ritmo más rápido. Cuando llegó el momento de la consagración, los reclusos, a una voz de mando, hincaron una rodilla en tierra, conteniendo difícilmente el grito blasfemo que les escocía las gargantas. Luego, otra vez a pie firme, los hombres de la formación siguieron, impasibles e indiferentes, el desarrollo de la ceremonia hasta su final. Sólo comulgó el acólito.
—¡En filas de a dos! ¡Marchen!
La doble fila, sin garbo militar ni aire deportivo alguno, se dirigió entonces hacia la puerta chapada y con mirilla, que un guardián había abierto previamente, y penetró en el tétrico corredor con piso de cemento, a cuyos lados se alineaban las celdas, cada una con su número y su mirilla o chivato, dispuestas de modo que ninguna puerta quedase enfrente de otra. Seis de ellas, situadas en el mismo lado, aparecían abiertas.
—¡Alto! —gritó un guardián al llegar la cabeza de la columna a las celdas abiertas, y añadió después—: ¡Cada uno a su celda! ¡Rápido!
Una vez dentro, diez en cada celda construida para un solo inquilino, sus ocupantes se colocaron de nuevo en dos filas, frente a frente, y permanecieron en actitud rígida hasta la aparición del guardián. Entonces levantaron el brazo al estilo fascista y gritaron:
—¡Arriba España!
El grito se repitió seis veces y fue seguido de los correspondientes portazos y cerrojazos que ejecutaba el acólito corriendo tras el guardián.
Cuando al fin terminó todo y pudieron hablar, dijo Molina:
—¿Qué os parece el ejemplar de cura que nos ha tocado?
—Una mala bestia.
—Valiente marrajo.
—Pues si el cura es así, ¿cómo serán los carceleros?
Llegamos la noche anterior, en tren, con escolta de guardias civiles, muy animados por la noticia de la invasión de Polonia, que preludiaba, a nuestro juicio, una nueva conflagración mundial en la que se jugaría otra vez nuestro destino, y todavía con las huellas de los abrazos y los besos de los seres queridos en la despedida de la estación. Para algunos casi era un viaje inútil pues pensaban que retornaríamos en breve, libres y victoriosos, a consecuencia de la rápida e inevitable derrota de las potencias fascistas. Pero, desde la estación de ferrocarril donde nos apeamos hasta el penal, había un largo, polvoriento y empinado camino que debíamos recorrer a pie, cargados con los petates, maletas y fardeles, bajo el hálito sofocante de los campos abrasados, y rápidamente perdimos el buen humor y empezamos a sentir los efectos del ahogo y de la fatiga. Menos mal que los guardias civiles de la escolta nos permitieron detenernos de cuando en cuando para respirar y cambiar de hombro y mano los pesados equipajes. Cinco o seis meses de inmovilidad en la cárcel y de una alimentación apenas suficiente para subsistir nos habían debilitado físicamente hasta el extremo de que aquella marcha que en la guerra, cargados con el fusil y demás pertrechos militares, nos hubiera parecido un simple paseo, exigiese de nosotros un esfuerzo superior a nuestras fuerzas. Así que, al alcanzar las primeras casas del pueblo, todos estábamos físicamente agotados. Tras una nueva parada para reagruparnos, puesto que algunos, al no poder seguir el ritmo de marcha impuesto por la cabeza de la formación, habían quedado muy retrasados, reemprendimos la caminata.
Íbamos en filas, bordeando las aceras en las que los vecinos del lugar, huyendo del calor almacenado en sus casas, esperaban el sueño y la leve brisa que intermitentemente venía de la oscuridad, sentados en taburetes o en el suelo y con el botijo cerca. Se oyeron de pronto unos gemidos dolientes y corrió por los expedicionarios un estremecimiento de compasión. Era una vieja vestida de luto, sarmentosa, con pañalón negro sobre la cabeza, quien gemía, y Agustín quiso consolarla diciéndole en tono jovial, aunque le salió ronca la voz por el polvo y el reseco de la garganta:
—No llore, abuela. Ya verá qué pronto estaremos otra vez libres.
La columna se había detenido. La vieja, al oír las palabras de Agustín, levantó hacia él la mirada y, agitando las manos retorcidas, le gritó, con palabras entrecortadas y silbantes:
—Eso es lo que yo siento, canallas. ¡Deberíais estar todos colgados!
Agustín y los que, junto a él, recibieron en el rostro el soplo de odio de aquel ser caduco y engarabitado, se quedaron fríos. Ya no se habló más ni nos detuvimos hasta encontrarnos frente a la gran puerta de la prisión, flanqueada por las garitas de los centinelas.
Formamos en el cuerpo de guardia para el recuento y cambio de papeles y firmas entre el jefe de la escolta y el funcionario de prisiones que se hizo cargo de nosotros.
—¡De frente! ¡Marchen!
Cargar otra vez con la impedimenta que nos pesaba más a cada momento. Chirridos de cerrojos y rastrillos que nos engullían. Todo ejecutado con rapidez, atropelladamente, a la luz velada de unas sucias bombillas eléctricas.
Recorrimos un foso amurallado, sumido en densa oscuridad, y finalmente, traspusimos una puerta, abierta en uno de los muros, para desembocar en un estrecho corredor, con puertas a ambos lados, sobre el que resonaban lúgubremente nuestras pisadas, e iluminado también por pobres y distantes puntos de luz.
—¡Alto!
Allí nos esperaban otros tres funcionarios. El de más edad, delgado, con el estómago hundido, de cara rugosa y boca mal dentada, nos habló así:
—Acaban ustedes de entrar en este centro penitenciario y todos esperamos que se porten bien, que obedezcan y callen. Ahora ocuparán las celdas que se les han asignado. Diez en cada una. Apréndanse bien su número para que lo canten cada vez que tengan que llamar por algo. En los recuentos y en cualquier ocasión en que aparezca ante ustedes un funcionario, se pondrán en actitud de firmes, saludarán con el brazo en alto y gritarán ¡Arriba España! ¿Entendido? Lo demás lo irán aprendiendo sobre la marcha, pero sepan desde ahora que aquí se castiga con el máximo rigor cualquier falta a la disciplina. Y nada más por ahora. ¡Fir-més!
Y, en posición de firmes, cantamos el «Cara al Sol», cuyas briosas notas, salidas de gargantas resecas, y entubadas por los angostos y resonantes corredores, repercutieron, no como las de una alegre canción de juventud y de guerra, sino como aullidos de perro apaleado. Y, los tres gritos finales, como tres estacazos.
Entramos después en las celdas, en las que habríamos de convivir diez personas durante las veinticuatro horas del día. Una taza evacuatorio, una bombilla junto al alto techo, una mesa consistente en una tabla clavada sobre dos maderos incrustados en el muro, un grifo, un cubo, un botijo y el tragaluz sin cristales, cruzado por dos barrotes de hierro en cruz, constituían el mobiliario y la decoración del habitáculo.
Inmediatamente se cerraron las puertas y sonaron seis rotundos portazos que encogieron nuestros corazones. Y se apagó la bombilla.
Nuestro primer movimiento fue el de abalanzarnos sobre el grifo y el botijo, pero aquél estaba seco y, éste, vacío. Entonces, alguien propuso dar unos golpes sobre la puerta. Y así lo hizo. Otros le imitaron en las celdas contiguas y el túnel retumbó con los ecos múltiples y profundos del tableteo, hasta que se oyó, sobre el estrépito, una voz imperiosa:
—¡Silencio!
Cuando cesó el aporreo de las puertas, la misma voz preguntó:
—¿Qué número?
Y, a través de las mirillas, se dispararon las respuestas:
—¡La veintiuna!
—¡La diecisiete!
—¡La diecinueve!
Otra vez cortó la algarabía la misma voz de mando:
—¡Silencio! —añadiendo—: ¿Qué quieren?
—¡Agua!
—¡Agua!
—¡Agua!
—¡Silencio! Y, tras el silencio, el aviso:
—Sólo se da agua durante dos horas, por las mañanas, después del desayuno, para el aseo personal y de la celda. Tendrán que llenar entonces el botijo si quieren tener agua que beber durante el resto del día. Y ahora, ¡a callarse!
No nos fue posible extender los diez petates sobre el suelo, porque no cabían más que seis. Luego, nos desnudamos a ciegas y nos dejamos caer sobre el duro lecho común, apretujados, rozándonos unos con otros, sudorosos, jadeantes, silenciosos, y martirizados por la obsesión de la sed, sin más deseo que el de quedarnos rápidamente dormidos para huir de aquella realidad hostil y denigrante. Ni siquiera Agustín tuvo ánimo para lanzar una de sus características humoradas. Al poco rato, sólo se oía el chasquido de las lenguas pastosas de quienes entreveían, tal vez, a la luz de la imaginación, hontanares que manaban, a borbotones, agua cristalina y fresca. Y pronto comenzó el concierto de los roncadores.
Entre tanto, la noche, con su oscuro e impenetrable rostro acuchillado por los barrotes, nos miraba desde su inmensa lejanía, muda e inmisericorde.
El agudo toque de corneta nos despertó súbitamente, sacudiéndonos y zarandeándonos, y, sin apenas darnos cuenta, nos vimos de pie, mirándonos los unos a los otros como si ninguno supiera dónde se encontraba, atónitos, desconcertados, temerosos. Pero la común perplejidad sólo duró unos instantes, porque Agustín se dirigió en seguida al grifo y el gorgoteo del agua luchando con el aire en la tubería nos despabiló completamente.
—¡Agua! —fue la exclamación unánime.
De pronto, la exigencia de la sed se nos hizo irresistible. Algunos trataron de apoderarse del grifo, pero les contuvo Agustín
—No. Primero, el botijo. Después, el cubo. Yo me encargo de llenarlos mientras vosotros recogéis los petates.
Los ansiosos e impacientes se dominaron y todos a una nos pusimos a recoger y enrollar las colchonetas mientras oíamos caer el agua en la panza sonora de la vasija, tentadoramente. Levantamos las camas y nos vestimos de prisa, como autómatas, y sin cruzar palabra aunque a veces nos tropezásemos y nos estorbásemos. Y cuando quedó lleno el botijo, Agustín, todavía en calzoncillos, colocó el cubo bajo el manadero y alzó aquél sobre su cabeza.
—Anoche —dijo— soñé que estaba en Aranjuez y que me bebía el Tajo —y luego se apagó su voz, ahogada por el chorro de agua que ingurgitaba estruendosamente.
El botijo fue pasando de uno a otro. Bebíamos con tal ansia y vehemencia que algunos se atragantaban y vertían el agua lastimosamente. Al fin saciamos la sed que nos atormentaba. Entonces orinamos en fila y en fila nos refregamos someramente el rostro sobre la taza evacuatorio, con el agua que extraíamos del cubo con los platos de aluminio, que así nos servían también de jofaina.
El desayuno consistió en un cazo de agua negra y humeante, edulcorada ligeramente con sacarina, que nos repartió un ranchero bajo la vigilancia de un guardián, al que saludamos previamente al estilo fascista y con el grito de ¡Arriba España!
Cuando se cerró de nuevo la celda, desatamos los fardeles, pero antes de que cada cual comenzase a comer de lo suyo, habló Molina:
—Como no sabemos el tiempo que vamos a estar aquí juntos ni cuándo podremos recibir otra vez alimentos de casa, yo propongo que formemos una sola república con todo lo que tenemos y que alguien se encargue de administrar y repartir equitativamente entre todos lo que hay, porque no vamos a consentir que unos coman mientras otros miran, ¿no? Y creo que debemos hacer lo mismo con el tabaco.
Sólo se opuso Jesús:
—Lo siento mucho, pero yo no puedo participar en esa república porque no he traído nada de comer, y porque, además, no fumo.
Jesús, pequeño, de cabeza grande, sonreía y nos miraba humildemente.
—Pues por eso mismo, nadie mejor que tú para administrar nuestra república. Voto por ti.
A mi voto siguieron los demás y, aunque en un principio Jesús se resistió, pudimos finalmente convencerle y se hizo cargo de la intendencia, previo inventario a la vista de todos, y para empezar el día nos repartió una onza de chocolate, un trocito de pan y tres cuartos de cigarrillo por barba.
Mientras comíamos en silencio, pasé revista a mis compañeros de celda. Allí estaban Manuel Molina, siempre ecuánime y, en cierto modo, hermano mayor de todos; Robleda, de ojos azules casi siempre asombrados, paciente y buen amigo; Agustín, razonador, con tendencia al humor grueso, un tanto infantil y muy glotón; Pablo, de inteligencia clara, vehemente e ingenuo; Jesús, simple y confiado; Adolfo, hombre del Rastro madrileño, con ínfulas de pícaro, pero, en el fondo, inofensivo; Joaquín, muy ordenado y casi siempre de mal humor; Higinio, lector de Reclus y Anselmo Lorenzo, que solía hablar como si se dirigiese a una asamblea de su sindicato, y Rodrigo, parco en palabras y contradictor por sistema. Y yo, Federico Olivares, maestro de escuela, sin ningún vicio ni ninguna virtud especiales, uno de tantos jóvenes al aire de su tiempo. En suma, diez hombres grises, más bien vulgares, ni buenos ni malos, sobre quienes, sin comerlo ni beberlo, recaía nada menos que la responsabilidad histórica de una gran tragedia nacional. Diez hombres sencillos, cuyas vidas hubieran transcurrido seguramente exentas de notoriedad, transfigurados en héroes y mártires contra su deseo, por un designio caprichoso y absurdo. ¿Por qué teníamos que pagar nosotros los errores acumulados por las generaciones precedentes?
Agustín fue el primero en devorar su ración y en encender su pitillo. Se levantó y empezó a pasear, recorriendo el breve y estrecho pasillo formado por las piernas de sus compañeros sentados en dos filas, frente a frente.
—En resumen, amigos —y el humo del tabaco salía por sus narices, desde el fondo de sus pulmones, en chorros blanquecinos—, hemos caído en una verdadera ratonera. Si tenemos que estar encerrados aquí mucho tiempo, acabaremos subiéndonos por las paredes, a no ser que inventemos el modo de combatir el aburrimiento. ¿Es así o no? —y, como nadie replicara, añadió—: Coño, parecéis agilipollados. Bien, he pensado por vosotros y, por lo tanto, propongo que organicemos partidas de ajedrez y de damas y alguna otra cosa más que se os ocurra, si es que se os ocurre algo, que lo dudo.
—Mira, Agustín —dije yo—, lo primero que tienes que hacer es sentarte y estarte quieto, porque si sigues yendo de un lado a otro, nos vas a marear y tú vas a perder inútilmente una buena dosis de calorías.
—En efecto —y Agustín me hizo una cómica reverencia—, así es. Ya estoy sentado, Federico. Sé que aquí hay que tener conciencia, paciencia y, sobre todo, resistencia. Bien. Y ahora, ¿qué?
Molina, sonriente, dijo:
—Me gustaría saber lo que está ocurriendo ahora mismo en Polonia, porque es allí dónde se está jugando nuestro destino —Agustín asintió con un movimiento de cabeza y Molina preguntó—: ¿Se habrán rajado Inglaterra y Francia?
—Yo pienso que sí —se apresuró a contestar Rodrigo—. Tienen demasiado miedo a Hitler.
—Pues yo pienso que no —terció Pablo—. Esta vez Inglaterra no podrá echarse atrás. Y si ella se lanza, ¿qué otra posibilidad le queda a Francia que seguirla? La guerra mundial es, pues, inevitable.
Una guerra que, con el armamento actual, no puede durar mucho. Así que…
—Vamos, que esto va a ser una pequeña vacación para nosotros, ¿no? —bromeó Agustín, añadiendo—: ¿Y tú, qué piensas, Federico?
—Creo que Pablo tiene razón. Después de engullirse Polonia, los alemanes exigirán sus antiguas colonias y, después, un nuevo reparto de África y de Asia, y eso lo sabe Inglaterra. Por eso no tiene más remedio que pararle los pies a Hitler de una vez, no por Danzig, naturalmente, sino por su imperio. En lo que ya no estoy tan seguro es que la guerra termine tan pronto como opina Pablo —Pablo hizo intención de interrumpirme, pero le contuve con un gesto—. Ya sé, ya sé, que las armas modernas son irresistibles pero no hay que olvidar que las emplearán todos los beligerantes y que, por lo tanto, se neutralizarán. Pero no es eso lo que más me preocupa ahora, sino nuestra situación.
—Nosotros, quietecitos —dijo Pablo.
—¿Y si España entra en la guerra? ¿Crees que nos dejarían aquí comiendo la sopa boba mientras los demás se jugasen el pellejo en los frentes? ¡Ni hablar de eso! Formarían con nosotros batallones disciplinarios y nos mandarían a la matanza. Quiero decir que iríamos por delante y que seríamos carne de cañón. Y yo pregunto, ¿contra quiénes y para defender qué?
—¿Y si España permanece neutral?
La pregunta de Higinio nos sorprendió, porque era inimaginable para nosotros que España, amiga, aliada y deudora de Alemania y de Italia, pudiese quedarse detrás del burladero.
—¿La dejarán en paz los alemanes? —preguntó, a su vez, Rodrigo, contestándose él mismo—: Me parece que no. Pero Higinio no se dio por vencido:
—Nuestro país es un montón de ruinas y, por lo menos, la mitad de su población es antifascista. Ponernos otra vez el fusil en la mano podría resultar muy peligroso para nuestros enemigos.
—¿Fusiles? O pico y pala —insistió Rodrigo.
Siguió un silencio, porque el diálogo se mordía la cola, durante el cual mi imaginación voló a los campos de Polonia. Vi sus ciudades en llamas y a sus gentes, agonizando entre los escombros, y oleadas de tanques arrasando sus labrantíos y sus aldeas, y bandadas de aviones oscureciendo el cielo y esparciendo la semilla de la muerte, y niños y mujeres innumerables huyendo sin rumbo de los demonios exterminadores, y la cruz gamada flotando, victoriosa, al viento abrasador de los incendios… Yo temía a los hitlerianos, porque representaban la fuerza bruta, el terror y el exterminio como sistema, fuesen o no amigos de la España fascista. Si, en cualquier caso, los hitlerianos penetrasen en España, nosotros, los presos, y nuestros familiares, seríamos sus primeras víctimas. Nos fusilarían, nos decapitarían o nos gasearían.
Unas palmadas que resonaron en el túnel me volvieron a la realidad. Luego, oímos:
—¡A formar para el recuento!
Nos levantamos y nos pusimos en posición de firmes. Y guardamos silencio. Y, a poco, comenzó el estrépito de las cerraduras y los cerrojos. Un ordenanza abrió nuestra celda tan velozmente que apenas pudimos verle. Tras una pausa, apareció el guardián. Hicimos el saludo y gritamos ¡Arriba España! El funcionario, alto, macizo, rústico, nos contó con la vista. ¡Arriba España! ¡Arriba España! ¡Arriba España!… Al apagarse la traca de gritos, se extendió nuevamente el silencio por los corredores.
Desde nuestra celda sólo veíamos un trozo del muro de enfrente y oíamos algunos cuchicheos, leves como susurros. Siguieron unos momentos de expectativa, al cabo de los cuales apareció el ordenanza, un campesino recio, de tez morena y rostro enjuto, alto y musculoso, diciendo:
—Salgan y formen de a dos para la misa.
Nueva sorpresa para nosotros.
—Pero si hoy no es día festivo… murmuró Molina.
—Y qué más da —bisbiseó Agustín.
Y Robleda dijo:
—Como no cuesta nada… De la Pepa puedes escapar, pero de la misa, ¡ni hablar!
Se sientan en los petates, visiblemente deprimidos por las palabras del sacerdote, cuya impresión no han logrado desvanecer ni las bromas ni las burlas, ni siquiera el pitillo que, a propuesta de Agustín, fuman para quitarse el mal sabor de boca y levantar un poco los ánimos. El único que no echa humo es el pequeño y cabezudo Jesús, zapatero remendón, quien, tras la toma del cuartel de la Montaña, sintió la tentación de ver con sus propios ojos lo que se decía, que ya no volvió al trabajo y se alistó en un batallón de voluntarios, para terminar la guerra con los galones y el empleo de cabo furriel. ¿Cómo podía tener conciencia Jesús de lo ocurrido y de lo que le esperaba? ¿Le había explicado alguien alguna vez, en forma comprensible y convincente, las razones que justificasen el hecho de carecer de padres conocidos? ¿Por qué le abandonaron en la puerta del hospicio y cuál era su culpa?
—Yo no pedí ni quise nacer, pero nací —dice—. Y aquí estoy. Uno no es nadie ni sabe nada. Por lo tanto, lo mejor es no preocuparse por lo que pueda suceder. Cada uno nace con su sino a cuestas y no hay manera de quitárselo de encima.
—¿Eres soltero? —le pregunta Olivares.
Jesús deniega con la cabeza y añade:
—Me casé con una chica de la inclusa cuando salí de la mili. Se llama Caridad y es muy buena. La última vez que vino a verme a la cárcel, hará cosa de un mes, estaba muy contenta porque había entrado a servir en una casa de postín. En cuanto le dijo a la señora que era hospiciana, quedó admitida sin más requisitos. Le pagan poco, pero tiene la comida y la cama aseguradas. Claro que si supieran que tiene un marido condenado por rojo, la echarían a la calle a patadas, caso de no meterla en chirona, que sería lo más probable, ¿no? Por eso no ha vuelto a visitarme ni pudo salir a la estación para despedirme. Pero es muy lista y, en cuanto pase algún tiempo, ya se las arreglará ella para mandarme comida con la mujer de algún compañero y también para venir a verme algún día. Como no tenemos hijos…
Alguien opina que, en las circunstancias por las que atraviesan, el no tener hijos es una ventaja, a lo que replica Jesús:
—Bueno, pero no creáis que es porque no valgamos para ello, no. Nosotros no tenemos hijos porque no queremos. Ya antes de la boda nos juramentamos para no echar hijos al mundo. Y nuestro sacrificio nos cuesta. Ni desahogarse a lo natural puede uno, pero es preferible a que salga una criatura que tenga que apellidarse Expósito y Expósito y que, además, tenga que ser pobre toda su vida.
—Anda, y parecía lipendi el julay éste…
—No confundas la gimnasia con la magnesia, Adolfo —le interrumpió Agustín, añadiendo—: Ahí donde le ves, Jesús es un filósofo.
—¿Filósofo? ¡Anda, mi madre! Pues si Jesús es filósofo, yo soy el Nuncio de Su Santidad, no te jode…
Agustín muestra su sonrisa de tiburón, adelantando la quijada, y suelta contra Adolfo una de las suyas:
—Mira, chico: ni resumas, ni consumas, ni presumas, ¿estamos?
Adolfo gallea la cabeza y, mirando a Agustín entre provocativo y burlón, deja caer sus palabras con mucho retintín:
—Vamos, que te quieres quedar conmigo, ¿no?
La cuestión se enturbia evidentemente y Robleda corta por lo sano:
—¿Queréis dejaros de chinchorrerías, coño? ¿Es que no tenemos bastante con estar aquí?
Agustín y Adolfo se miran un instante a los ojos, como si quisieran atravesarse con la mirada, y, súbitamente, rompen ambos a reír estrepitosamente. Y, después de desahogarse, dice Adolfo:
—Un poco de cachondeo nunca viene mal, ¿no?
—¡Silencio! —grita entonces Higinio, y agrega, al quedar todos suspensos—: ¿No oís?
Hecho el silencio, se oye efectivamente el rumor sordo y acompasado de numerosos pies sobre el piso del patio y un débil jadeo de muchedumbre. (¿Otra tanda de presos para asistir a misa?) Instintivamente se agrupan bajo el tragaluz para oír mejor. Suenan toses y carraspeos de agudo timbre. (¡Dios! ¿Tendrán encerrados aquí también a chiquillos?) Se repiten las toses y los carraspeos insistentemente, con la intención, sin duda, de que lleguen a oídos de alguien. Los hombres se miran unos a otros, sorprendidos y expectantes, pero ninguno se atreve a formular en voz alta las preguntas e interjecciones que les llenan la boca. Una voz masculina ordena rudamente ¡Alto! y, automáticamente, cesan los rumores, las toses y los carraspeos. Y, de pronto, sucede algo que les deja sin aliento. Y es que un nutrido coro de voces chillonas, desiguales, pero indudablemente femeninas, empieza a cantar el himno del Requeté. El asombro de los hombres llega casi al pasmo. ¡Mujeres! ¡Y ahí mismo, al alcance de la mano, como quien dice! Claro que existe un grueso muro por medio, pero… La imaginación de los hombres echa a volar. Habrá entre ellas mujeres hermosísimas. La frescura de las voces delata la juventud de las cantoras. Por el tragaluz penetra un torbellino de aire cálido que les excita, les turba y les zarandea. Y que les enternece también.
Entonces, Federico percibe que se mueve la mesa. Se acerca a ella y ve que los maderos incrustados en el muro son sacudidos desde la celda contigua, lo que le hace suponer que, al otro lado, sirven también de soporte a otra mesa igual. ¡Quién sabe durante cuántos años han sido movidos y golpeados con el fin de establecer un mínimo y rudimentario sistema de comunicación entre los ocupantes de ambas celdas! A causa de esas manipulaciones existe una cierta holgura entre el madero y la piedra, a través de la cual es posible pasar un delgado hilo de voz. Federico se agacha y junta el oído al punto donde el palo se hunde en la pared y oye, desde una distancia incalculable:
—¡Compañero, compañero!
—¿Qué quieres? —responde Federico.
—¡Mujeres! ¡Mujeres!
—Sí, mujeres, mujeres…
—¿Qué pasa?
—No lo sabemos.
—¿Tenéis alguna noticia?
—¿De qué?
—¿De qué va a ser? De la guerra, hombre.
—No.
—Nosotros, tampoco. Hala, hasta luego.
(¿Noticias? ¿Por dónde y cómo podrían llegarnos? Vivimos tan aislados como ellos y, no obstante… Acabaremos por inventarlas. Seguro, porque está visto que no podemos vivir sin noticias, aunque sean falsas, aunque se trate de bulos que luego no se cree nadie…)
Las mujeres han terminado de cantar el «Cara al sol» y Federico y sus compañeros deciden aupar a Jesús, el más ligero de todos, para que se asome al tragaluz y les describa lo que ve, y se le encomienda a Higinio que se coloque junto a la puerta para tapar el chivato y avisar a tiempo si oye que alguien se acerca por el túnel.
—Ten cuidado de que no te vean a ti los guardias —recomienda Molina a Jesús.
El vigía se sitúa en uno de los ángulos del ventanuco, a contraluz, y permanece quieto y mudo.
—¿Qué ves? —le pregunta, impaciente, Pablo.
—¿Son de verdad gachís, muchas gachís? —le apremia Adolfo.
El coro femenino canta ya el himno nacional. Jesús se vuelve a los que le sostienen y les hace señas para que le bajen, y se despide del espectáculo, del que es el único gozador, enviando un beso a través de los barrotes, hacia la luz.
Ya en el suelo, le rodean, le estrujan, le bombardean a preguntas:
—¿Son muchas?
—¿Hay jóvenes?
—¿Qué pinta tienen?
—Las hay guapas, ¿verdad?
En aquel momento, Jesús se siente muy importante y así se lo hace comprender a los demás:
—Si no os calláis y me dejáis respirar, no os diré ni una sola palabra. ¡Sois la rehostia, compañeros!
Adolfo va a soltar un taco, pero Agustín le tapa la boca con la mano.
—¡Eh! No te sulfures, ni te moltures, ni te apures —le dice.
Los demás, puestos tácitamente de acuerdo, se retiran a sus respectivos petates y quedan en silencio, mirando a Jesús que es el único que permanece en pie.
—Está bien, hombre, ya puedes empezar —dice Higinio.
—Desembucha ya, coño —le insta Adolfo, sin poderse contener por más tiempo.
Jesús aún se solaza prolongando un momento más la tensa expectativa de sus compañeros, y, por fin, dice:
—Muchachos, qué mujerío. Son cientos. Viejas, jóvenes, de todo, aunque yo creo que abundan más las jóvenes. ¡Y están como Dios, a pesar de que muchas tienen el pelo cortado a rape!
—Presas, ¿verdad?, es decir, compañeras, ¿no? —le pregunta Molina.
—Pues claro que presas. Forman en filas como nosotros y cantan con el brazo en alto, vigiladas por guardianes.
—¿Guardianes? ¿Hombres? ¿Qué dices?
—Lo que oyes.
—Entonces —y Molina hace un aspaviento— ni siquiera les conceden el derecho de ser custodiadas por mujeres.
—¡Qué cabrones! —exclama Agustín.
Interviene Olivares:
—Pero, ¿no te das cuenta de que no son mujeres, sino rojas? ¿Qué respeto puedes pedir para quienes, según los periódicos madrileños, sólo son tiorras, prostitutas, hienas y víboras?
Molina, que no acaba de comprender la situación en toda su deshumanizada realidad, sigue diciendo:
—Pero si hasta las criminales más famosas han estado en prisiones para mujeres, bajo el mando de mujeres, si…
—Bah. Olvídate de eso —le interrumpe Olivares—. Ahora todo es diferente.
—Y esos bordes se las tirarán a modo, siempre que les apetezca —y a Adolfo le rechinan los dientes.
Entre tanto las mujeres rompen filas y explota en el patio la algarabía. Cientos de mujeres empiezan a piar, de pronto, como una bandada de pájaros a la salida del sol. Ya no cantan. Hablan. Ríen. Saltan nombres. ¡Paula! ¡Ramona! ¡Pilar! Como en un recreo de colegialas, como en una verbena, como en el mercado. Tan fuerte es la impresión en los hombres del clamor agudo y cantarín de las mujeres, que se quedan mudos y ajenos el uno para el otro, trasportado cada cual por un distinto y fabuloso camino. Los recuerdos sueltan chispas, chispas, chispas. En unos segundos ven todo, lo vivido y lo soñado, como si ante sus ojos enceguecidos por la noche estallara un racimo de cohetes multicolores cuyo resplandor les descubriera otra vez el mundo en relieves y luces desconocidos. Como si volvieran al principio de todo, a una aurora nueva, y fueran libres en un campo libre, junto a un río libre, a la sombra de árboles libres, entre brisas y canciones libres.
Les vuelve a la realidad una voz de muchacha cantando bajo el tragaluz:
Ojos verdes
verdes como
la albahaca…
Calla la voz y, tras una pausa, otra fresca voz femenina empieza a recitar
Fue la noche de Santiago
y casi por compromiso.
Se apagaron los faroles
y se encendieron los grillos…
Se interrumpió de nuevo y entonces Federico aprovecha su silencio para continuar el romance en alta voz:
En las últimas esquinas
toqué sus pechos dormidos
que se me abrieron de pronto
como ramos de jacintos…
Calla, a su vez, Olivares, y esperan. Seguidamente oyen:
—Compañeros y camaradas, ¿oís?
—Sí —grita Olivares, indicando otra vez a Higinio que ocupe su puesto de vigilancia junto a la puerta.
—Habéis venido de Madrid, ¿verdad?
—Sí.
—Os hemos visto esta mañana mientras oíais misa. ¡Poned atención!
Y suena de nuevo la tonada de «Ojos verdes» mientras dice la recitadora:
—El cura se llama don Germán. Es muy mala persona. Y el que hace de monaguillo es un preso, Pedro. Mucho cuidado con él. El fiscal le ha pedido dos penas de muerte, pero le han hecho creer que espiando a sus compañeros y chivándose de ellos puede conseguir la conmutación de las penas. Hasta le permiten que pegue a los presos. Es un canalla capaz de todo. En cambio, el otro ordenanza, el alto, Juan, es un compañero de toda confianza.
Se interrumpe de cuando en cuando, ríe ruidosamente o llama en voz alta a alguna amiga. Y las que están con ella la cubren con el guirigay de sus bromas y canciones.
—Esta noche llegará otra expedición de Madrid. Se esperan varias y yo no sé dónde os van a meter, porque el penal está de bote en bote. Así que… Bueno, ahora estáis en el período de aislamiento, pero no durará mucho, porque necesitan las celdas, y pronto os pasarán al patio general. Todos los hombres desean hablar, pero deciden que lo haga sólo Olivares, a fin de poder entenderse mejor.
—Oye, ¿cómo va lo de Polonia?
—Estupendamente. Inglaterra y Francia le han declarado ya la guerra a Alemania.
—¿Seguro?
—Segurísimo.
Los hombres apenas pueden dominar el júbilo que les produce la noticia. Se abrazan unos a otros y hasta se desliza entre ellos algún grito amordazado de ¡Viva la República! Olivares tiene que pedir silencio y serenidad a sus amigos para poder seguir el diálogo.
—¿Y qué tal se portan con vosotras? ¿Sois muchas?
—Más de quinientas, algunas con sus hijos pequeños. Nos castigan a cortes de pelo por menos de nada. A mí me rompieron la nariz en los interrogatorios y he quedado fea, pero ya no me importa porque a mi novio se lo llevaron por delante y yo estoy condenada a muerte. De todas maneras, si salgo con vida de esta, no faltará algún médico que me la arregle. Bien, a lo nuestro. Dos días a la semana hay consejos de guerra. Somos más de treinta las mujeres condenadas a muerte, pero no por eso perdemos la moral. ¡Ni hablar! No tengáis pena por nosotras. Sabemos resistir. Políticamente, hay de todo. Yo pertenezco a las juventudes socialistas unificadas y me llaman Pasionaria. Cada grupo tiene su comité y hay un comité general, con representación de todos los comités de grupo.
Habla tan pronto muy de prisa como entre pausas o entrecortadamente y sus palabras caen sobre los hombres como gotas de agua helada o rusiente, según.
—¿Necesitáis algo, compañeros?
—No, nada, gracias —y, a sugerencia de Adolfo, le pregunta—. Oye, Pasionaria, y en lo demás, ¿cómo se comportan los guardianes con vosotras?
Ella adivina la intención de la pregunta y responde rápidamente:
—Ya sé a qué te refieres. En ese aspecto, nada. Podéis estar tranquilos. No digo que no se les vayan los ojos detrás de alguna, pero se están quietos. No se atreven. Bueno, si alguno se propasase… ¡El chillerío se iba a oír en Madrid!
—No sabes qué peso nos quitas de encima, Pasionaria.
Ríen, Pasionaria y sus compañeras. Luego, aquélla dice:
—Os daremos noticias todos los días. Y ahora, ¡salud, camaradas!
—¡Salud! —contestan al unísono los hombres, que quedan después en silencio, anonadados, tras la excitación y las emociones contradictorias que la presencia femenina, aunque oculta por el muro, y sus palabras habían provocado en sus espíritus desgarrados y en sus cuerpos desfallecidos.
—¡Qué jabatas! —exclama Adolfo cuando, de vuelta a los petates, se encuentran de nuevo sentados frente a frente. Sigue otra pausa, que interrumpe Molina:
—Ha sido como encontrar un poco de agua limpia en el desierto —dice, desahogando así, poéticamente, sus sentimientos.
Pablo, muy nervioso, no oculta su pueril satisfacción:
—¿No os decía yo que Inglaterra no se echaría atrás en esta ocasión? Pues ahí la tenéis. Igual que se cargó a Napoleón y al Káiser, se cargará esta vez a Hitler.
—Pablito, te vamos a nombrar cónsul inglés en el penal, hombre —lo embroma Agustín—. Vamos, ¿qué te parece?
Pero Higinio, que revienta por hablar, empieza a decir:
—Compañeros, después de todo lo que hemos oído, creo que debemos analizar seriamente los acontecimientos para estar a la altura de las circunstancias…
—Espera, espera —le interrumpe Jesús, que se ha levantado y desabrochado los pantalones, añadiendo—: Lo siento, compañeros, pero no puedo aguantar más… —y mira a todos, encogiéndose de hombros y sonriendo tímidamente. La actitud y la expresión de Jesús, más que sus palabras, devuelven a aquellos hombres a la mísera realidad que comparten. Una sórdida realidad en que los imperativos biológicos se acusan en toda su crudeza y a cuya servidumbre es preciso someterse irremediablemente.
—Pues a mí me pasa lo mismo —dice Adolfo.
Ante tal contingencia, obviamente previsible por otra parte, convienen en esforzarse todos para conseguir la sincronización de sus vientres, a fin de aprovechar para ello las horas en que corre el grifo y de ese modo evitar en lo posible la pestilencia. Entre tanto, Jesús se ha sentado en la taza y abate la cabeza y sus amigos se tapan la nariz con el pañuelo y miran en dirección contraria, y Olivares intenta inútilmente reanudar el diálogo sobre la lucha en Polonia, porque todavía el pudor y el respeto a la intimidad personal les cohíbe.
En efecto, aquella noche fuimos despertados bruscamente por los portazos, el rumor de las pisadas, el tintineo de los platos de aluminio y ese sutil susurro que levantan los cuerpos al rasgar el aire apelmazado e inmóvil en los espacios cerrados. Oíamos las palabras de recepción del funcionario jefe, tan estimulantes como las que nos dirigió a nosotros, y nos sentimos violentamente sacudidos por las notas del «Cara al Sol» y los gritos finales. Nada tan estremecedor como el retumbo del himno por el túnel. Yo me imaginaba a los componentes de la nueva expedición cansados, sobrecogidos, recelosos, sedientos, participando en el canto litúrgico de su funeral dentro de su propia tumba. Era un refinado suplicio que retrotraía mi mente a las escenas que había leído acerca de los procedimientos inquisitoriales entre cirios, monjes, crucifijos, hisopos y melopeas gregorianas.
Sucedió lo mismo varias noches y cada mañana, en la misa, don Germán les daba la bienvenida con la alocución que ya conocíamos, a fin de que en ningún momento se dejasen seducir por las engañosas voces de la esperanza.
Nuestra informadora espontánea, Pasionaria, nos repetía la noticia:
—Anoche llegó una nueva remesa de penados.