La noche sin riberas
I
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Una vez eran setenta; otras, cincuenta u ochenta… Y procedían de la prisión de Santa Rita, o de San Antón, o de Porlier, o de las Comendadoras… ¡Había tantas cárceles en Madrid!
En cuanto a la marcha de la guerra, el informe, aunque esperado siempre con impaciencia, solía ser tan poco explícito que no daba pie a muchas especulaciones, a pesar de que lo sometiésemos a largos y exhaustivos análisis y de que volviéramos sobre él, insistentemente.
—Los periódicos dicen que los alemanes avanzan sin encontrar apenas resistencia, que dominan por completo el aire y que sus divisiones acorazadas aniquilan todo a su paso. Anuncian también que la caída de Varsovia es cuestión de muy pocos días.
Las horas de la celda recurrían en un círculo sin fin. Pasado el primer recuento y efectuada la limpieza de la celda y de nuestros vientres, se desvanecía en nosotros el sentido del tiempo hasta la hora del rancho. Y, después, el tiempo se cernía, inmóvil, sobre nosotros y se convertía en un verdugo impasible y obsesionante. Al comienzo de la mañana aún sentíamos cierta reanimación vital. Comentábamos las noticias de nuestra amiga Pasionaria y reanudábamos obstinadamente la inagotable discusión sobre las causas de nuestra derrota política y militar, aunque repitiéramos siempre los mismos argumentos y puntos de vista, en pro o en contra de la conducta de las organizaciones políticas y sindicales y de sus dirigentes en la zona republicana. Incansablemente también pasábamos revista al comportamiento de Rusia y de las democracias, por un lado, y de Alemania e Italia, por otro.
—Bien nos han jodido entre unos y otros —era el comentario reiterativo de Adolfo.
—De acuerdo, pero todavía está la pelota en el tejado, y lo que importa es reír el último —solía replicarle Molina.
—Pero, ¿lo veremos nosotros? —preguntaba Jesús. Agustín se mostraba siempre optimista.
—No te preocupes por eso, Jesús. Por muy mal que nos vayan las cosas, alguno de nosotros, de los que estamos aquí, sobrevivirá a todo esto y podrá contarlo algún día. ¿Verdad, Federico?
Y yo le contestaba:
—Nadie mejor que tú, que eres capaz de alimentarte con leña y de digerir clavos y que, además, tienes una memoria de elefante.
Rodrigo golpeaba cada vez sobre el mismo clavo:
—Ahora van a saber las democracias lo que es bueno. No me importa pasarlas canutas con tal que ellas paguen todo el mal que nos han hecho.
—En ese caso, también Rusia pagará, más pronto o más tarde —replicaba Pablo—. Si las democracias fuesen vencidas, cosa que no puede suceder, Hitler iría después por la URSS. No creas que Stalin se iba a escapar de rositas…
—Eso está por ver. De momento, las que lidian en la plaza son Alemania, Francia e Inglaterra, mientras que Rusia ve la corrida desde el tendido, ¿no?
Me resultaba inquietante su fe inconmovible. Con hombres de esa unilateralidad ideológica y con un espíritu vindicativo tan simple y tenaz son posibles los resultados más sublimes y menos racionales. A fuerza de pasión y de fanatismo se deshumanizan. Marchan en línea recta y, para conseguir sus fines, son capaces de pasar por encima de sus semejantes sin piedad, sin remordimientos y sin vacilaciones.
—No tan en el tendido —le salía yo al paso—, porque Hitler y Stalin son aliados y amigos, por lo que se ve y dicen. No hacen más que echarse flores el uno al otro y…
—Mira, Olivares —me interrumpía—, tú sabes muy bien que Hitler y Stalin son tan amigos como pueden serlo el perro y el gato y que, al fin, saldrán a zarpazos y mordiscos entre los dos, y que, el que más pueda, será quien se lleve el gato al agua.
En eso sí estaba yo de acuerdo con Rodrigo. Pero, ¿cuándo y cómo sucedería eso y cuál sería el resultado final de la lucha entre los dos tigres? Yo me aferraba al poderío de Inglaterra y de Francia, la flota más potente y el ejército mejor instruido del mundo, con la reserva de los Estados Unidos que no podrían permitir nunca la hegemonía hitleriana en Europa.
—¿Y qué me dices de Roosevelt?
—Bah —me contestaba—. Roosevelt no es otra cosa que un banquero. Lo que a él le interesa por encima de todo es que se salve el gran capitalismo. Por eso dejará que Hitler se las entienda con las democracias europeas. En definitiva, tan cliente suyo es Alemania como lo puedan ser Inglaterra y Francia. Vamos a ver, ¿qué hizo Roosevelt en nuestra guerra? Pues venderle petróleo a Franco. Y eso que pertenece a la masonería y es protestante, mientras Franco es antimasón y espada de la Iglesia Católica como Felipe II. Y eso que los norteamericanos son antiespañoles y nos robaron Cuba, Puerto Rico y Filipinas, mientras que los partidarios de Franco se las dan de nacionalistas y hablan del imperio hispánico cada vez que abren la boca. ¡Por el imperio hacia Dios! Basura, nada más que basura, es decir, capitalismo, intereses materiales, dinero, dinero, dinero…
Estirábamos las provisiones con precisión y rigurosidad matemática a fin de que su apoyo nutritivo no nos faltase durante el período de aislamiento, ya que el rancho que nos distribuían, como almuerzo y cena, no pasaba, en ambos casos, de ser un agua humeante en la que sobrenadaban algunas lentejas y gotitas de grasa. Pescábamos primeramente aquellas, una cucharada, más o menos, y, después de esperar a que se posase la tierra, sorbíamos el caldo, cuyo calorcillo, como el del agua negra del desayuno, nos reconfortaba un poco. Luego, Jesús nos repartía unas minúsculas raciones complementarias, procedentes de la intendencia común, y, como postre, nos comíamos el pan. Finalmente, el pitillo, apurado hasta quemarnos los labios, servía para adormecer los últimos jugos gástricos rebeldes. Seguía un estado de amodorramiento y de inhibición durante el cual escapábamos de allí en un vuelo hacia atrás o hacia adelante, volviendo sobre el pasado o proyectándonos sobre un futuro ideal. Y era Agustín, casi siempre, quien rompía el ensimismamiento colectivo.
—Hala, que ya está bien. ¿Quién quiere jugarse un par de bocadillos o café, copa y puro, al ajedrez conmigo? Entonces, alguien preguntaba, indefectiblemente:
—¿Qué hora es?
Y la respuesta de Pablo, el único que poseía reloj, desencadenaba inmediatamente la controversia.
—¿Sólo las dos y media?
—¿Nada más que las tres? Imposible. Tu reloj es una patata y se te ha parado.
—¡Qué coño va a estar parado! —protestaba su dueño—. No digo que sea un Longines, pero no me ha fallado nunca.
Se formaban partidas de ajedrez o de damas o se jugaba a los combates navales. Mientras unos movían las fichas de papel o señalaban las coordenadas de sus disparos, otros discutían las jugadas e, incluso, sugerían movimientos a los jugadores, con las consiguientes disputas entre éstos y aquéllos. Yo tampoco me contenía y unas veces desde dentro, como jugador, y otras desde fuera, como mirón, me enzarzaba en absurdas y monótonas discusiones, porque era la única manera de consumir el tiempo que nos sobraba. Ese tiempo que se interponía como un mar inconmensurable entre la ribera en que nos hallábamos cautivos y la opuesta, escondida tras la bruma del horizonte, en la que recobraríamos la libertad y el gozo de vivir. De todas maneras, poco a poco, insensiblemente, iba disminuyendo el interés por la representación en la que cada cual se esforzaba por interpretar un papel, y volvía a apoderarse de nosotros el tedio, cuyos síntomas eran las primeras boqueadas. Entonces, uno se ponía en pie y preguntaba:
—¿Qué hora es ya?
—Espera —decía otro—, a ver si acierto. Las cinco y media.
Pablo miraba la hora en su reloj y, luego, tapaba su esfera con la mano. (No, frío). Y se establecía` un nuevo juego de adivinanzas, en el que interveníamos todos por turno. Brillaban de malicia los ojos negros en la cara redonda de Pablo y la sonrisa se detenía en sus labios largamente, mostrando la funda de oro de uno de sus dientes. (Frío. Más frío. Caliente. Menos caliente. Que te quemas…) Al fin decía:
—Las cinco y once minutos, hombre.
—Vaya, todavía faltan más de dos horas para el rancho. En el entretanto, el sol había desaparecido furtivamente del tragaluz y la celda quedaba sumida en una tenue transparencia gris, enturbiada por las gotas de oscuridad que la lenta decantación del crepúsculo dejaba caer sobre nosotros.
Las dos últimas horas de la tarde convertían la celda en un cuenco vacío, donde flotábamos. Perdíamos gravidez y la referencia de los límites. Nos diluíamos. Casi podría decirse que nos desintegrábamos. Era como si se nos fuese la vida por la boca abierta de una vena. Por eso, desde el principio tratamos de contrarrestar esa llamada a la entrega y al renunciamiento.
—Ahora, yo me moriría a gusto… —murmuró una vez Pablo, el espíritu más soñador y más poético de cuantos compartíamos su misma situación.
No dijo moriría, sino me moriría, o sea, que se dejaría morir o se daría la muerte. Aquellas palabras me alarmaron de tal manera que propuse que nos fumásemos un cigarrillo extra para sobreponernos al desánimo. En efecto, liar el pitillo, encenderlo y darle las primeras chupadas, sirvió para recobrarnos, y ya desde entonces el cigarrillo de la tarde fue una costumbre rigurosamente observada. El resplandor de la lumbre de los cigarrillos iluminaba fugazmente el rostro de los fumadores y ello estimulaba en nosotros el deseo de hablar.
—Una vez, yo…
Y seguían las confidencias. Así supimos por qué Adolfo se enfureció tanto cuando supo que las mujeres recluidas en el penal estaban bajo la custodia de hombres. La suya, Lucía, se hallaba presa en el de Alcalá de Henares. El matrimonio vivía en las últimas casas del barrio de las Ventas y una mañana, en los comienzos de la guerra civil, su mujer acudió, atraída por los gritos y los aspavientos de un grupo de vecinas, a un solar cercano en el que se habían descubierto los cadáveres de tres hombres muertos a tiros aquella misma madrugada.
—Lucía se quedó, al pronto, sin habla. Yo andaba entonces en la sierra luchando contra los de Mola y ella, según me dijo más tarde, al ver aquellos hombres boca abajo, con las ropas revueltas y manchadas de sangre, se acordó de mí y me vio muerto también de la misma manera. Así que, mientras las demás discutían sobre quiénes pudieran ser los asesinados y qué debería hacerse para que viniera alguien a recogerlos y llevarlos al depósito del cementerio, Lucía fue a casa, cogió un cubo de agua y una toalla y volvió al solar, en el que seguía el corro de mujeres sin tomar ninguna determinación. No es que mi parienta sea valiente, pero con la ayuda de las vecinas logró dar la vuelta a los cadáveres, lavarles las caras, sucias de sangre y tierra, arreglarles un poco el cabello y abrochar sus ropas. Alguien protestó diciendo que eran fachas y que no se merecían tantos cuidados, pero mi mujer les tapó la boca con estas palabras: No son fachas ni de ningún partido, sino muertos. Y les dijo también que la obligación de las mujeres era tener compasión por todos, porque los hombres habían perdido la cabeza y creían que con matar se arreglaba todo. ¡Menuda es Lucia! La mañana en que le dije que me iba a pegar tiros; no creáis que lloró ni nada de eso, ca. Me hizo saber que yo hiciera lo que creyese que debía hacer, que no quería meterse en cosas de hombres, que su obligación era cuidar de los chavales y de esperarme. Eso sí, me recomendó que no hiciera el tonto, que me acordara de que tenía mujer e hijos, porque tú, en cuanto se te calientan los cascos, pierdes el tino y no sabes lo que haces. —Marcó una pausa, nos miró a todos, uno a uno, y siguió diciendo—: Pues bien, cuando se acabó la guerra la acusaron de haber insultado a aquellos tres cadáveres, y bailado, después, a su alrededor junto con otras mujeres. Alguna hija de puta de las que andaban por allí, no sabemos cual, aunque sospechamos que fue la tendera, una tía mala, la denunció. Todavía no ha pasado por consejo de guerra, pero… Es un desastre. Ella, en el saco, y los chicos, con una hermana de mi señora, y yo, ya veis… Daría mi vida porque la soltaran, pero esta gente no suelta ni a Dios. Y menos mal si escapa con una pena de años… Fijaros si tienen mala leche algunas personas, la tendera o quien haya sido, que me acusaron a mí de haber tomado parte en la muerte de aquellos tres fachas. Por suerte, pude probar que me encontraba desde varios días antes con Mangada por uno mismo de los que interrogaban a vergajazo limpio, que también había pertenecido a su columna y me conocía por eso. Si no, a estas horas estaría criando malvas, como nos dijo el cura. Con todo y con eso, el fiscal pidió la Pepa para mí.
Pablo no tenía madre. Su padre y su hermano mayor vivían en Santander. Aquel tenía negocios con los ingleses y viajaba con cierta frecuencia a Londres, y éste era aparejador de obras y se dedicaba a la construcción. Él estudiaba Medicina en Madrid y pasaba todo el curso en casa de su única tía, hermana de su madre, casada con un empleado en la Hacienda Pública. Aquel año, el 36, después de aprobar el quinto curso de su carrera, cuando se preparaba para ir a pasar el verano a Santander, estalló la guerra y ya no pudo efectuar el viaje. Se quedó, pues, en Madrid y se alistó en unas milicias republicanas, en las que alcanzó el grado de teniente de Sanidad. Su comportamiento antifascista sirvió para cubrir a su tío, quien, aunque no militaba en ningún partido reaccionario, se había manifestado en diversas y críticas situaciones ante sus compañeros de oficina como hombre de ideas derechistas. El padre de Pablo, republicano antes de proclamarse la República en España, fue fusilado por los nacionales a los pocos días de tomar Santander. Su hermano pudo escapar a Francia y reincorporarse al ejército popular, y murió al frente de su batallón en el Ebro.
—Nos han quitado todas las fincas que poseíamos en Santander y menos mal que mi tío ha conservado su empleo después de ser depurado y ha podido salvar lo que era de su mujer…
Rodrigo se hallaba cumpliendo el servicio militar en Carabanchel, pero el estallido de la guerra le sorprendió en Segovia disfrutando el permiso de verano. Allí apenas hubo lucha, porque el gobernador se avino desde el primer momento a las exigencias de los militares, que se adueñaron de la capital y de la provincia en pocas horas. A él le obligaron a incorporarse inmediatamente a un regimiento, pero en cuanto llegó al frente aprovechó la primera oportunidad para pasarse a las filas republicanas.
—En aquellos primeros días era muy fácil pasarse de un campo a otro y el que no lo hizo fue porque no quiso. Naturalmente, tan pronto terminó la guerra, alguien, para hacer méritos, me denunció. Pero aunque me pegaron todo lo que quisieron, yo me mantuve firme en negar que había desertado, porque sabía muy bien que para el desertor no hay más que cuatro tiros, y en sostener que había sido hecho prisionero por los rojos. Como ni el denunciante ni los que me interrogaban sabían otras cosas de mí y yo, aparentemente, no era más que un soldado raso, el asunto quedó sin aclarar y salvé el pellejo, aunque, eso sí, me costó que me reventasen los oídos y estar meando sangre durante varios días.
Joaquín era el más viejo de los diez. Fue soldado en la última fase de la guerra de Marruecos y, cuando terminó su servicio militar, ingresó en el cuerpo de bomberos de Madrid, en el que permaneció ininterrumpidamente, incluido el período de la guerra civil, hasta que las tropas de Franco ocuparon la capital de la nación. Entonces, tres de sus compañeros, que se revelaron inesperadamente como entusiastas franquistas, se erigieron en tribunal depurador del resto de sus compañeros. Apresaron a Joaquín, junto con otros, y, después de someterlos, por espacio de una semana, a toda clase de vejámenes y malos tratos, los entregaron a un centro de investigación.
—A mí me buscaban las vueltas porque, cuando empezó la guerra, los compañeros me eligieron para el comité del grupo. Alguien tenía que serlo y a mí me tocó la china. Nosotros nos limitamos a expulsar del cuerpo a todos los que se habían significado como enemigos de la República, pero sin tocarles el pelo de la ropa siquiera. Allá ellos. Había uno que siempre se había declarado monárquico, ya veis, monárquico, y que no lo negó cuando le comunicamos nuestra decisión. Bien, pues resulta que más tarde, quizás algún vecino suyo o vaya usted a saber quién, le denunció como fascista, y fascista no era, porque ni sabía lo que eso significaba, y un día apareció muerto en la Casa de Campo. De esto último nos enteramos en el interrogatorio, mientras nos sobaban la badana a vergajazos. Claro, la familia nos echaba la culpa a los del comité, porque alguien tenía que pagar la muerte de aquel hombre y no sabía quién o quiénes le mataron. En resumen, que querían cargarnos el muerto. Nosotros, que no; y los del vergajo, que sí. Total, que, cuando ya estábamos hechos unos zorros, a mí me quebraron un brazo y a otro compañero le ataron los testículos con una cuerda a la pata de una mesa y tuvo que aguantar así que lo deslomaran a estacazos, ya sin conocimiento de lo que hacíamos, nos hicieron firmar un papel escrito a máquina que ni nos leyeron ni pudimos leer nosotros.
El fiscal pidió para ellos la pena de muerte, y, sin saber tampoco ni cómo ni por qué, un día les comunicaron la conmutación de la última pena por la de treinta años de cárcel. Joaquín nos relató todas estas peripecias como quien repite una aburrida historia ajena. Él era uno de tantos entre miles y miles, y lo único que le preocupaba era no poder realizar los ejercicios físicos necesarios para estar a punto en su profesión.
—A la edad que ya tengo, como haya de estar muchos meses sin hacer gimnasia, cuando vuelva al servicio no seré más que un inválido y me darán una escoba para que barra el cuartelillo —se lamentaba, profundamente desolado.
Robleda, que tenía un puesto de carne en el mercado de San Miguel, ya estaba afiliado al Partido Socialista antes de que se proclamara la República.
—Me acusan de haber tomado parte en el asalto al cuartel de la Montaña y de haber denunciado como fascista a un colega del mercado que había hecho propaganda a favor de las derechas en las últimas elecciones. Ni una cosa ni otra son ciertas. No estuve en el cuartel de la Montaña porque a mí me mandaron desde la Casa del Pueblo a Campamento de Carabanchel para aplastar la rebelión del cuartel de zapadores, y no denuncié a ese fulano porque, aunque pertenecía al partido de Gil Robles, no era más que un bocazas y un gilipollas. ¿Cómo podía yo denunciarlo si, además, cuando volví a verle ya tenía carné del partido comunista y era de los que más se jactaban de antifascistas en el barrio? Pero, coño, al acabarse la guerra, el tiparrajo me denunció para quedarse con mi tienda, igual que hicieron otros, que se convirtieron en chivatos de lo que era y no era verdad con el fin de apoderarse de lo ajeno. Pero a él le salió el tiro por la culata, porque alguien se chivó de él y ahora se encuentra enchiquerado en la prisión de Santa Rita, según me dijo hace poco la parienta.
Higinio llevaba muchos años de militante en el sindicato de la construcción de la CNT, en Madrid. Había tomado parte activa en la última huelga del ramo, que precedió a la sublevación de los militares, por lo que se encontraba en la cárcel Modelo cuando aquélla se produjo. Fue liberado inmediatamente y concentró toda su actividad en la organización de las milicias confederales. Actuó en varios frentes como jefe de centuria, pero, al ser integradas todas las milicias independientes en el Ejército Popular, se negó a vestir el uniforme y a lucir las nuevas insignias impuestas por el partido comunista. Entonces, la organización sindical lo destinó a los servicios de abastecimientos de guerra y ocupó un puesto directivo en una improvisada fábrica de municiones, donde hubo que lamentar algunos sabotajes que fue preciso reprimir sin contemplaciones.
—Montamos un servicio de vigilancia dentro de la fábrica y logramos desenmascarar a varios miembros de la «quinta columna», cuya misión consistía en averiar las máquinas más importantes. Los detuvimos y los entregamos al SIM. ¿Qué otra cosa podíamos hacer con ellos? No era de nuestra incumbencia juzgarlos. Tampoco podíamos permitir que siguieran haciendo de las suyas, ¿no? En cuanto al SIM, ya sabéis cómo las gastaba… Uno de los saboteadores desapareció y los demás, después de pasarlas canutas en los calabozos del Ministerio de Marina, fueron juzgados y condenados a varios años de prisión. Claro, al recobrar la libertad debido al triunfo de los suyos, lo primero que hicieron fue denunciar al comité de la fábrica, bueno, a los que quedamos de aquel comité, entre los que me encontraba yo. Y ellos mismos se convirtieron en interrogadores y manejaron los vergajos. Nos dieron varias sesiones… Para qué contaros… Nos decían: Que no se os olvide, cabrones, ahora estáis en la España de Dios. Uno de ellos quería hacerse pasar por compasivo. Era el que cuando a mí ya no me quedaban fuerzas para levantarme del suelo, molido a patadas, daba la orden de que me dejasen en paz. (¡Ya está bien, ya está bien!). Cesaban de pegarme y entonces él me ayudaba a ponerme en pie y me permitía beber del botijo que tenían allí, pero después me aconsejaba que firmase. (No seas tonto, hombre, porque más pronto o más tarde tendrás que firmar. Si lo haces ahora, ya nadie volverá a molestarte). Y yo le contestaba que bien, que yo firmaría la verdad, que los habíamos entregado al SIM y que, después, ya no habíamos vuelto a saber de ellos. En vista de lo cual, el compasivo se encogía de hombros y salía de la habitación. Y empezaba de nuevo el baile… A la siguiente sesión volvía a aparecer, dándoselas siempre de hombre bueno, para proponerme lo mismo, que firmase, hasta que se convenció de que estaba perdiendo el tiempo, y me arreó un puñetazo en la boca del estómago que me tiró al suelo sin sentido. Yo he vomitado y orinado sangre, y a otro compañero le estuvieron dando varetazos en la entrepierna con una regla metálica hasta que se desmayó. Cuando volvió en sí, tenía los testículos del tamaño de un melón pequeño y tuvo que desabrocharse los pantalones para echárselos fuera, porque no le cabían dentro. Y hubo otro que, desesperado, no pudiendo ya aguantar más, se ahorcó con la cadena del váter, colgándose de la cisterna. Lo que tendría que bregar el pobre para que el vigilante, que estaba al otro lado de la puerta, no se percatara de lo que estaba sucediendo en el retrete. Cuando, al fin, se dio cuenta de que pasaba ya demasiado tiempo, abrió la puerta de una patada. Pero ya era tarde. El hombre estaba muerto.
Cada uno de estos relatos nos indignaba y después de desahogarnos de palabra contra nuestros opresores utilizando hasta la saciedad el rico repertorio de vocablos infamantes que nos ofrece nuestro idioma, nos movían a reflexionar sobre la causa última de tantos horrores y atrocidades: la maldita guerra.
Pero la guerra, con haber sido tan despiadada, no difería sustancialmente de los numerosos ejemplos de la misma índole que la Historia nos recuerda, porque cualquier guerra civil, en todo tiempo y lugar, ha consumado siempre el más completo haz de crímenes que el hombre es capaz de concebir y cometer. Y la nuestra fue, desgraciadamente, una guerra civil o, lo que es lo mismo, en cada familia, en cada casa, en cada calle, en cada barrio, en cada ciudad, en el campo, en el templo, en la escuela, en la tertulia de café, entre compañeros, entre amigos, entre hermanos, entre padres e hijos, entre amantes, entre los sentimientos más sublimes, entre las pasiones más innobles, en la que los beligerantes son, a la vez, víctimas y verdugos, y beligerantes son todos, hasta los niños de pecho, los ancianos y los moribundos, y la única razón es el odio ciego, irracional, larvado, yacente en los inferiores sustratos zoológicos de la especie humana. La guerra civil es, pues, sinónimo de inquidad y de infamia en grado superlativo. Así se entiende y así se admite. Sin embargo, existe algo peor y absolutamente inexplicable, y es la venganza después de la victoria, cuando el adversario ha hincado la rodilla y se entrega al arbitrio del vencedor. La venganza es aún más irracional que la guerra, porque se ha demostrado históricamente su inutilidad para el logro de los fines humanos. En vez de extirpar las raíces de la discordia, las abona, las estimula, las cultiva, de manera que cada venganza promueve la gestación de la réplica, del desquite, es decir, el rebrote de nuevas violencias. (Tú me humillas, me torturas y me encarcelas hoy, pero como algún día pueda yo poner mi pie sobre tu cuello… No tendré piedad de ti. Te devolveré tus golpes, uno por uno, pero con más fuerza, para que nunca jamás puedas rebelarte y ser un peligro para mí… Esta victoria mía durará hasta el fin de los siglos…) Siempre las mismas palabras alternativamente en labios de unos y otros.
Y el hombre no escarmienta. Por eso, de aquí a mil años, innumerables hombres de todas las razas y culturas habrán pasado por la misma prueba que ahora sufrimos nosotros.
En un momento en que la réplica verbal a nuestros opresores alcanzaba su tono más agresivo y rabioso, se me ocurrió, como quien arroja agua sobre brasas, soltar esta pregunta:
—¿Y qué hubiéramos hecho nosotros en su lugar? Primero, exclamaciones e interjecciones y, después, respuestas incompletas y contradictorias, hasta que Agustín me replicó:
—Hombre, Federico, ésa es una pregunta capciosa. No se puede opinar aquí, en las condiciones en que nos encontramos, sobre un supuesto como el que tú propones.
Mi amigo tenía razón. Yo comprendía que un hombre acorralado y sometido a tan alta presión física y espiritual, no puede razonar objetivamente. Sin embargo, insistí:
—Ya lo sé, Agustín, pero imagínate por un momento que nuestras tropas hubiesen entrado en Coruña, Pamplona, Burgos, Valladolid, Sevilla, Badajoz y Salamanca, donde los fachas dominaron desde el primer momento y fueron tan implacables hasta con los más tibios partidarios de la República, y dime cuál crees tú que hubiera sido la reacción de los nuestros ante la demanda vengadora de los familiares de las víctimas del terror fascista.
—¡Alto ahí! —me interrumpió acaloradamente Higinio—. No se pueden establecer comparaciones entre una situación imaginaria y la que realmente se ha dado aquí. Molina fue más explícito:
—Yo creo que les hubiésemos ajustado también las cuentas, pero, desde luego, no en la forma de «todo el mundo a la cárcel» que están empleando con nosotros, porque es una barbaridad inútil empapelar y encarcelar a tantos miles de españoles. También creo que hubiéramos tenido una manga más ancha. Y otra cosa, nosotros nos hubiéramos cansado antes que ellos. Mucho furor al principio, a tontas y a locas, eso sí, pero, pasado el primer chaparrón, nada.
—Sin embargo —dije yo, cerrando el debate—, pienso que, desgraciadamente, la inclinación a la venganza, llamada el placer de los dioses, es congénita en el hombre, y que todos somos vengativos en mayor o menor grado y de una u otra manera. Siempre que ha habido vencedores y vencidos en una lucha a muerte, el deseo de venganza se ha impuesto en aquéllos a la razón. Siempre, en cualquier época y lugar. No seamos hipócritas. Yo creo que es producto del miedo y una constante de la condición humana. Algo sucio y horrible, pero inevitable.
El repertorio de los casos particulares quedó agotado en un par de días y para salvar uno de esos deprimentes silencios en que caíamos cuando nos faltaba un tema que nos incitara a discutir, yo me lancé a contar a mis compañeros la vida de Napoleón y obtuve un éxito inesperado. Desde entonces, al llegar la oscuridad, cualesquiera de mis compañeros me pedía:
—Anda, Olivares, cuéntanos algo.
Novelas, biografías… Tras concentrarme para ordenar mis recuerdos, empezaba el relato. Así desfilaron por la imaginación de mis oyentes los personajes de Dumas, Dostoyewski, Balzac, Wenceslao Fernández-Flórez, Valle Inclán, Somerset Maugham, Tolstoi, Blasco Ibáñez, Galdós, Dickens, Baroja, Merejewski, Mata, Zamacois, Valera… A veces, inventaba yo mismo, a veces también, enmendaba a los autores añadiendo episodios a sus obras, cambiando el final o mezclando capítulos de unos y otros. Cuando me cansaba de hablar o no me encontraba en forma, recurríamos a los versos. Molina nos recitaba a Rubén Darío; Pablo, a Bécquer; Agustín, a García Lorca; yo, a Antonio Machado.
Un día, alguien propuso que cada uno de nosotros confesase qué le hubiera gustado ser en la vida. El primero en manifestarse fue Rodrigo:
—Yo, general.
—Pues yo —dijo Jesús—, portero del Hotel Palace. Antes de la guerra solía entretenerme alguna vez viendo lo que hacen, y no dan golpe. Visten como generales y les llueven las propinas. Claro que yo, con tanta cabeza y tan poco cuerpo, no podía ni pensar en un enchufe como ese. Pero me hubiera gustado ser, ya lo creo que sí, uno de aquellos tipos.
Para Molina, el cargo ideal era el de director de un orfelinato; para Agustín, el de ministro; Pablo hubiera querido ser un gran poeta. Higinio, arquitecto. Adolfo no estaba muy seguro.
—No tengo idea de nada —contestó humildemente—, pero creo que al frente de un bar lo hubiera hecho bastante bien.
Robleda prefería el destino de los sabios, de un Cajal, de un Pasteur, de un Marconi… Y Joaquín fue el único que se mostró satisfecho de lo que había logrado ser:
—Si me dieran a elegir, me quedaría de bombero.
—¿Y tú, Olivares?
Yo me sentía, en realidad, requerido por diversas vocaciones: profesor, abogado, dramaturgo, político. ¿Por cuál me decidiría? En cualquier caso, la elección me dejaría insatisfecho. Adherirme a una sola posibilidad entre tantas es como renunciar a todo por casi nada. Creía que el destino de un hombre no es uno, sino múltiple, y que todos llevamos dentro, a la vez, un albañil, un cocinero, un abogado, un capitán, un sabio, un navegante, un poeta, un ingeniero, un actor, un médico, un labrantín, un ladrón, un rey, un asceta, un místico, un dictador, un esclavo, un crapuloso, un mujeriego, un banquero, un comerciante, un estafador…
—Escritor —dije, porque, a mi juicio, es como ser todo a la vez y no ser nada en concreto.
Cuando nos apagaban la luz, después del toque de silencio, empezaba la larga noche. Seguían diez horas de tinieblas. Pese a la incomodidad de yacer físicamente incrustados los unos en los otros, la oscuridad me hacía libre e ingrávido. Precedía a mi sueño un prólogo, más o menos fantástico, pero siempre breve, en el que yo me lanzaba a una aventura absolutamente desligada de mi situación real. Me encontraba en la batalla de Waterloo, esperando a Grouchy, junto a Napoleón, o en Otumba, peleando al lado de Cortés, o en Peñíscola con el papa Luna, o paseando por el foro romano, o en la corte de Abderramán III, o visitando las tumbas de los faraones egipcios, o errando por un país desconocido, de sorpresa en sorpresa, a través de una maraña de misterios… Solían repetirse, pero siempre quedaban inacabados los episodios, porque el sueño me sorprendía antes de su final. Y mi sueño no era una caída en el vacío, sino un rapto. Un aletazo de viento me transportaba por encima de un mar encrestado por grandes olas que se perseguían incansablemente. A la luz fulgurante y fugaz de algún relámpago podía vislumbrar la infinita y turbulenta negrura que me rodeaba. Y yo estaba solo y sin rumbo. Y tenía miedo. Y sentía angustia. Y me despertaba. Y entonces oía:
—¡Centinela, alerta!
—¡Alerta!
—¡Alerta!
—¡Alerta!
—¡Alerta está!
Algunos de mis compañeros roncaban; otros, resoplaban. Entonces recobraba la conciencia de mi estado. Pero el insomnio me dejaba pronto en paz y me dormía nuevamente. Y el sueño cambiaba. Negruras y turbulencias se convertían en claridad y placidez. Y ya no estaba solo. Había mujeres bañándose en un río, que me llamaban y me tendían sus brazos húmedos. Y yo corría hacia ellas y las mujeres me abrazaban y me envolvían, pero no lograba retener a ninguna, porque sus muslos y sus pechos se me escurrían entre las manos y mis labios apenas lograban rozar los suyos. O alguna de ellas se me aparecía de espaldas, completamente desnuda y, cuando corría a abrazarla, me daba de bruces contra un espejo. Y esas mujeres eran Aurora, Matilde, Marilú, o algunas otras sin nombre, vistas alguna vez o no vistas jamás, mujeres desconocidas, pero mujeres, mujeres, mujeres. Y hubo ocasiones en que abracé y besé a alguna de ellas y en que estuve a punto de conseguirla, pero en ese decisivo instante se rompía el sueño y me despertaba bruscamente, húmedo y jadeante. Y otra vez, pasado el sofoco y en calma ya sangre y nervios, tomaba el tren del sueño para un viaje tranquilo y sin memoria. Eran tan frecuentes entre nosotros las poluciones nocturnas que acordamos dormir con la toalla enrollada a la cintura para evitar discusiones al despertar. Nos sentíamos avergonzados, pero esos percances no dependían de nuestro albedrío y los aceptábamos como una de las servidumbres que nos imponía la promiscuidad.
A mí me despertaba definitivamente el sobresalto que siempre me provocaba el toque de diana, y unas veces retenía algún retazo de lo vivido en sueños y, otras, mi memoria era una página en blanco, como si hubiera estado muerto toda la noche. A mis compañeros les sucedía, poco más o menos, lo mismo. Al pronto, nos mirábamos como extraños, ennubarrada la mente y atrofiados los sentidos, sin conciencia clara de si lo que veíamos era pura ensoñación o impura realidad. ¿Vivíamos? ¿Soñábamos? ¿Nos encontrábamos en la cárcel? ¿Y quién era yo y quiénes eran aquellos nueve hombres que me miraban a mí con el mismo estupor con que seguramente les contemplaba yo? ¿Y mi escuela, mi madre, Alfonsina, Aurora, Matilde, Marilú, la guerra, el fusilamiento de José Manuel y mi indulto eran también simples juegos de mi imaginación?
Aquella mañana abrí los ojos con el eco de unos lejanos disparos todavía en los oídos. Me quedé inmóvil, pero interiormente tenso, con toda mi atención concentrada en los ruidos del exterior. Pero un silencio vaporoso penetraba por el tragaluz y anegaba la celda y sólo oía las respiraciones acompasadas y los leves ronquidos de mis compañeros. Aquel rápido y breve tiroteo, ¿era el final de alguna pesadilla onírica o la descarga de un pelotón de fusilamiento? Yo no había soñado nada que tuviese relación con ello. Por otra parte, el penal permanecía callado y enmudecida la nueva mañana, tanto dentro como fuera de sus muros. Tan sólo algunos débiles ladridos de perros, perros de pastor o de corral, anunciaban en la lejanía el comienzo de la nueva jornada. Ningún síntoma extraño, pues, distinguía aquella mañana de otra cualquiera. Sin embargo, presentía que algo terrible acababa de ocurrir, como la ejecución de unos hombres, de unos compañeros desconocidos. ¿Jóvenes? ¿Viejos? Seguramente, campesinos, hombres de pana. Y me acordé de mi amigo José Manuel, poeta, inocente, piadoso, fusilado en Madrid al amanecer de un 13 de julio, junto con quién sabe cuántos. Y vi las mujeres enlutadas lavando en silencio los rostros manchados de sangre y tierra del esposo, del padre, del hijo, del hermano, del amante… Y, tras ello y sobre ello, el desamparo, la impotencia, el asombro. Y el no poder gritar ni maldecir. El sorberse las lágrimas. El bajar la cabeza y cargar con la inmensa pesadumbre de todo lo perdido. Sin consuelo. Sin esperanza. Cuando, después, sonó el toque de diana y se evaporó la horrenda pesadilla que había evocado con los ojos abiertos y la sensibilidad vigilante, no quise comunicar mis presentimientos a mis amigos para no amargarles desde el primer momento el nuevo día.
En la hora del recreo de las mujeres entró por el tragaluz una piedrecita envuelta en un recorte de periódico. Jesús, que lo recogió, hizo entrega de él a Molina, e Higinio fue inmediatamente a recostarse contra la puerta para tapar el chivato, y mientras Molina desenrollaba el papel y lo extendía cuidadosamente, los demás permanecimos mudos e inmóviles a pesar de la impaciencia que nos consumía por conocer el contenido del mensaje. Cuando lo hubo desdoblado y alisado, Molina dijo:
—Es un decreto de Franco —y leyó—: «Constando oficialmente el estado de guerra que, por desgracia, existe entre Inglaterra, Francia y Polonia, de un lado, y Alemania, de otro, ordeno por el presente decreto la más estricta neutralidad a los súbditos españoles, con arreglo a las leyes y a los principios del Derecho Público Internacional». Y lo firma en Burgos a 4 de septiembre de 1939, Año de la Victoria, junto con el coronel Beigbeder.
—Vaya —exclamó Agustín, sin poder contener su lengua por más tiempo—, España se declara neutral, es decir, ni fu ni fa —y en el tono de sus palabras se percibía claramente su decepción.
—El país no está en condiciones de lanzarse a nuevas aventuras. Hay que reconocerlo así —comentó Molina.
—Eso quiere decir que veremos los toros desde la barrera —dijo Pablo.
—Por ahora… Al final, ya veremos —opinó Rodrigo—. La URSS no va a estarse quieta todo el tiempo y, cuando llegue su turno, no creo que vaya a dejar a Franco en paz. Vamos, me parece a mí.
El decreto no podía estar redactado en forma más seca ni tampoco menos aparatosa y explicativa. No obstante, su significado entrañaba una noticia tan interesante como que España quedaba al margen del conflicto, y ello quería decir, a su vez, que nosotros seguiríamos en la cárcel más solos y abandonados que nunca, puesto que las naciones, de las que, pese a todas sus traiciones a nuestra causa, siempre esperábamos alguna reacción favorable, tendrían en lo sucesivo, hasta que derrotasen a Hitler, demasiadas preocupaciones para acordarse de los desgraciados antifascistas españoles. Ahora bien, ¿se mantendría neutral España hasta el final de la guerra? Habíamos leído en el diario «Arriba», órgano de la Falange, la despedida a la legión «Cóndor», con tan hiperbólicas alabanzas a los aviadores alemanes, incendiarios y devastadores de Guernica y de otras muchas ciudades españolas, y tan eróticas y delirantes expresiones de admiración por la Alemania nazi, que me parecía inimaginable que una amante así seducida y en tal grado apasionada pudiera desentenderse de su seductor cuando éste la requiriese. Cierto que España vivía uno de los trances más difíciles de su Historia, al borde mismo de la desintegración, pero la neutralidad podría ser una añagaza para ganar tiempo y estar a punto cuando el director de la gran matanza la llamase a escena. Porque, aún en el supuesto de que la neutralidad fuese la decidida y firme postura de Franco, ¿permitiría Hitler, conculcador habitual de pactos, compromisos y juramentos, la deserción de su débil aliado y amigo?
Mis dudas y sugerencias provocaron una viva discusión entre mis compañeros, hasta que puso fin a ella Agustín sugiriendo que, en vez de tanto discutir por discutir, preguntásemos a Pasionaria más cosas sobre la marcha de la guerra en Polonia.
—Según los partes de guerra alemanes —nos dijo—, están ya en las afueras de Varsovia.
—¿Y qué hacen, entre tanto, Francia e Inglaterra?
—Nada, y se rumorea que si Hitler acaba pronto con Polonia es muy posible que se quede ahí la cosa.
—¡No puede ser! ¡No puede ser! —protestó Pablo—. Me apostaría a que esos rumores son infundios de la prensa fascista de aquí.
—Pues no sería más que una repetición de lo de Checoslovaquia… murmuró Molina.
—¡No puede ser! —repitió Pablo.
—Inglaterra es una puta —afirmó rabiosamente Rodrigo. Luego, el cansancio y la desilusión nos aplastaron y la celda quedó en silencio. Fuera, las mujeres reían, parloteaban… Mujeres bañándose en el río… Mujeres en el baile de la plaza… Mujeres en el patio del penal… Mujeres, mujeres, mujeres…
—Compañeros —volvió la voz de Pasionaria—: mañana, después de misa, saldréis al patio general, pero antes oiremos la misa juntos. Para que me conozcáis llevaré un pañuelo blanco sobre la cabeza. Las chicas que veáis a mi lado son las que han atendido a vuestros camaradas que ocupan las demás celdas. También veréis a los condenados a muerte. Esta mañana han fusilado a ocho camaradas.
El mismo patio cuadrangular, dividido en dos zonas enfrentadas. En una de ellas, unos trescientos hombres pálidos, con barba de varios días, deslumbrados por el sol, formados en prietas filas. En la contraria, más en sombra, un numeroso conjunto de mujeres de aspecto campesino, en el que sobresalen las muchachas, como clavellinas en un espartal, por su inquieto cabeceo y los vistosos colores de sus vestidos. En medio de la franja libre, el altar, y, en uno de los laterales, un nutrido pelotón formado por hombres de todas las edades, de talante rural, sombríos y orgullosos, los condenados a muerte, rodeados y aislados completamente por varios guardianes.
Al frente de las filas de mujeres aparece Pasionaria con un pañuelo blanco sobre la cabeza y anudado a la barbilla. A su derecha y a su izquierda se alinean otras jóvenes. Pasionaria tiene deformada la nariz y sus ojos son negros, grandes, luminosos, y el blancor de sus dientes resalta entre sus labios oscuros. Es morena, tostada por el sol, esbelta, delgada, grácil; toda ella, fibra, nervio. Una joven flameante, apasionada. Una muchacha que tal vez nunca fue hermosa, aunque sí bien conformada, de busto y contorno muy sobrios. Femenina, pero no sensual. Y atrayente por la hondura de su misterio y la irradiante fuerza de su espíritu.
La atmósfera es densa, gelatinosa, pero diáfana, y los ojos la traspasan con flechas que hienden el aire. Mientras el cura runrunea sus latines que Pedro, el chivato, contesta torpemente, las miradas se cruzan, chocan y se comunican por encima del altar y de los guardianes, taladrando el espeso silencio. La vida afluye tumultuosamente a los ojos de los prisioneros y desde allí dispara sus preguntas y recoge las respuestas, grita sus temores y sus esperanzas y escucha el clamor de los sentimientos que agitan a los demás. Son todos aquellos seres vasos comunicantes por los que discurre, en circuito cerrado, la misma corriente emocional. Todos esperan lo mismo. Todos piensan unánimemente. Todos sufren idéntica ansiedad. La única diferencia consiste en que la mirada de los condenados a muerte es más apremiante y angustiosa, en unos, y más indiferente o altiva, en otros. Sin embargo, se establece entre todos los reclusos, hombres y mujeres, una perfecta comunión y un recíproco conocimiento que ningún lenguaje sería capaz de expresar. Por supuesto, la ceremonia religiosa que oficia el sebáceo don Germán no atrae en ningún momento su atención. Si no fuese porque la corneta estride de cuando en cuando para ordenar los movimientos de los asistentes, la misa pasaría absolutamente inadvertida para ellos, hasta que el sacerdote interrumpe su bisbiseo, su abrir y cerrar los brazos, su ir y venir de un extremo al otro del altar, para dirigirles la acostumbrada plática dominical, no con palabras del Evangelio, sino en el lenguaje vindicativo del odio.
Don Germán, tras el hipócrita saludo de queridos hermanos, glosa la carta congratulatoria del cardenal Gomá al Generalísimo Franco a raíz de su triunfo militar, en la que el primado de la Iglesia española se echa a los pies del general victorioso, llamándole instrumento de la divina providencia, proclamando su adhesión incondicional y la de sus sacerdotes a la causa representada por su espada y su derecho, por lo tanto, a participar de su gracia en estos momentos de triunfo definitivo sobre la otra media España. El cardenal Gomá bendice a Franco y a los suyos y hace votos porque el buen Dios que tan visiblemente lo ha conducido desde el comienzo de la guerra le guíe para levantar en los días de la paz la obra de la España cristiana, próspera y gloriosa que todos anhelamos.
—¿Qué podría añadir yo, pobre de mí —sigue diciendo don Germán—, después de las luminosas palabras del gran cardenal de España, inspiradas por Dios? —Hace una pausa y prosigue—: Así, pues, el aire que respiráis, la luz que os ilumina, el cielo que os cubre, la tierra donde posáis vuestros pies, la ropa que cubre vuestras carnes, la comida que alimenta vuestro cuerpo, el agua que calma vuestra sed, y todo lo demás: campos, montes, ríos, ciudades y pueblos de esta sagrada tierra española, son de Franco, dones que Dios ha concedido a Franco y que todos, nosotros y vosotros, vuestros hijos y los hijos de vuestros hijos y todas las generaciones que nos sucedan, deberemos agradecer al gran hombre elegido por Dios para salvar a nuestra patria de los criminales masones y marxistas vendidos al extranjero, enemigos de Dios y secuaces del Anticristo.