La miel derramada

La miel derramada


La reina del metro (y otros cuentos)

Página 12 de 14

La reina del metro (y otros cuentos)

Well, I’m beginning to see the light…

LOU REED

Ay Jonás qué ballenota. El sol se ponía, un brillo cansado se resbalaba por los edificios. Los autos de plano no se movían, y yo, detenido en la esquina, tuve una sensación peculiar: todo me era familiar, me hallaba en mi ciudad, aunque ésos no fueran mis rumbos. En realidad, ignoraba dónde me hallaba, sólo sabía que estaba cerca del centro, pero no me importaba. Textualmente, se trataba de un aire conocido, un olor penetrante me llenaba y me hacía esperar ver, entre el gentío, caras viejas, conocidas. Sin embargo, el aplastamiento de autos, los chillidos horrendos de patrullas y ambulancias, era algo nuevo, en especial ese chillar de hiena electrocutada de las patrullas era una puñalada al alma.

Quise regresar al centro, pero no sabía por dónde encaminarme: la cuestión se estaba volviendo un connato de conflicto cuando, del otro lado de las humaredas, vi el gran letrero SAN COSME con su correspondiente flecha hacia abajo. Hacia allá fui. Las inmediaciones de la estación estaban llenas de mínimos puestos de todo tipo de tacos, tortas, tostadas, quesadillas, picadas, licuados, refrescos, mariscos en vaso, y también de infinidad de fruslerías: cables, pilas, eliminadores de baterías, perfumitos, juguetes de plástico, relojes digitales, anillos baratos, cassettes, periódicos e incluso libros.

Yo bajé la escalera en medio de una multitud que en seguida me envolvió, me atrapó y me condujo. Una vez más, pensé, he aquí la historia de mi vida; otra clara muestra de cómo las multitudes diluyen la individualidad: en ese momento, aún si no lo quisiera, ir contra la corriente y regresar era imposible. Vi pasar, rápido, los metafísicos letreros EL LAGO DE LA TRANQUILIDAD ESTÁ EN LA LUNA; pues sí: allí en el subsuelo no estaba. Entré en los salones de luz profusa, brillante, y casi sin advertirlo llegué a las casetas de boletos, a las máquinas de ingreso, donde introduje mi boleto color amarillo y me escupieron al andén. Estaba atestado, al igual que el lado opuesto, un espejo tan certero que esperé verme, de repente, en la otra dirección.

Los carros llegaron y se convirtieron en una gran mancha anaranjada que bufó junto a nosotros para que nos apartáramos, porque, desde que los vio llegar, la gente trató de ganar terreno para entrar primero. La multitud se replegó, impaciente, lista para el asalto. Atrás de mí había varias hileras de gente dispuesta a aplastar a los que estábamos delante. Me volví sorprendido ante la ansiedad de los que me rodeaban: rostros morenos, afilados, sudorosos. Me fulminó una descarga (un resplandor) al darme cuenta de que me había metido en algo de lo que no iba a salir tan fácilmente. Pero no podía pensar: las puertas se abrieron y un tropel salió, empujó la muralla que esperaba afuera; la gente no había, ni remotamente, acabado de salir cuando de atrás me presionaron con fuerza para que avanzara; quise contener la presión pero era inútil, me enfrentaba a una fuerza imbatible, y de pronto me vi en el vagón, en medio de nudos de músculos, pieles, adiposidades, ropas; comprimido entre una espalda voluminosa y las tetas, o más bien: tetillas, de una quinceañera que prefería no mirarme y que apenas podía manifestar su inconformidad ante tanto restregadero frunciendo el entrecejo todo el tiempo. Típica niña de prepa nocturna que por no ir a clases ahora se enfrentaba a los jugos gástricos del metro. Llevaba útiles y libretas, pero no alcanzó a ponerlos como parapeto y quedaron a un lado: ocasionalmente alguna arista se me enterraba en las piernas. La nena me inspiró una gran ternura y traté de olvidar el cuerpecito flaco, pero a fin de cuentas consistente, que se había untado al mío. La chavita quedó emparedada entre mi cuerpo y el de un macuarro de tiempo completo. Quién sabe qué tenía lugar por detrás que la chavita constantemente lo miraba con furia; él, imperturbable, alzaba la vista al techo. El convoy ya había arrancado y nosotros nos bamboleábamos dentro.

Oí una vocecita estentórea de niño que recitaba: ¡buenas noches-damas-y-caballeros-voy-a-cantarles-una-sentida-canción-comercial-de-mi-terruño-y-mucho-les-agradeceré-que-me-ayuden-con-lo-que-puedan-que-ojalá-no-sea-de-a-tiro-muy-poquito-porque-ya-todo-está-imposible-así-es-que-cáiganse-cadáver-con-una-buena-mosca! Y prosiguió cantando «La feria de las flores», que, en boca del niño invisible, me pareció genial, y sonreí: la niña de las tetitas como naranjitas se mordía los labios, preocupada, y Macuarro estudiaba el techo. Nos detuvimos de pronto en pleno túnel y se escuchó un suspiro colectivo de fastidio. Pero al vagón reinició su marcha a los pocos minutos, con un tirón que me devolvió la canción del niño invisible, «laza tu cuaco ya cualquier cuatrero», y la sensación del vientre pianito, con todo y lolitesco pubis, de la nena. A nuestro lado se hallaban dos secretarias con aspiraciones ejecutivas: el calor comenzaba a derretir las densas capas de maquillaje fellinesco, que contrastaban con el rostro limpio de la niña de tetitas como dos naranjitas y culito como un quesito, ay qué horror mana, decía una de las secres, no puedo ni respirar, sí Ter, si yo te contara, agarra bien tu bolsa, no, si me la quitan es porque me arrancan el brazo, yo traigo mi plancha en la bolsa, como doña Borola. Me dio risa alcanzar a ver, no tan lejos, a un chavo terriblemente sombrío, de ojeras que le llegaban a la barbilla; no quería dejar de leer su revista Picudas y Chabochonas y la alzaba con ambos brazos por encima de las cabezas. Ése estaba más allá del más allá. ¡La nenita me empujaba con su ralo pubis! ¡No podía ser! Seguía viendo al suelo, extrañamente abatida: tras ella, Macuarro se rascaba la cabeza un tanto sofocado: un rostro prieto, seco, con algunos granos, poros muy abiertos, mandíbulas sin rasurar. Me estaba gustando la sensación del pubis angelical de Lolis Puig y tenía deseos leves de oscilar las caderas. Mi pene enviaba intensas señales de inminente crecimiento, así es que procuré desviar mi atención.

El metro se detuvo en una estación, pero casi nadie salió y si alguien pudo colarse no fue por la puerta más cercana a mí. El nuevo tirón al arrancar hizo que mi miembro se incrustara en la chavita, que para entonces parecía totalmente abismada. Preferí ver arriba. Crear y creer en México es el camino, decía impunemente un cartel. Tenía que suceder, al fin te has convencido, cantó ahora una voz cascada, claramente centenaria, más allá de las cabezas; me estiré lo que pude (tremenda fricción en el pitoniso) y vi a una anciana ciega que cantaba con mucha más fuerza de lo que podría esperarse, avanzaba ruinosamente, como a través de los rodillos de una exprimidora, precedida por un matrimonio cincuentón de ciegos: apenas se podían mover. ¿Y el niño cantante? ¿Habría salido en la estación anterior? Misterios del Metro. Quizá reaparecería por ahí y se integraría en el combo de los ciegos magos. ¡Hágale el regalo a él, a ella, sólo por este día señores tenemos los fabulosos encendedores Petardo a mitad de precio, no lo compre en el súper, en la botica, en el estanquío, cómprelo aquí a mitá de precio y dese un santo quemón! Todo abuso será castigado, amenazaba un letrero custodio de la palanca de emergencia. Un despiadado pedo anónimo nos hundió en la miseria. Qué tortura, daban ganas de salir corriendo o de pegar alaridos, así es que me concentré en la bandera nacional que aparecía en un anuncio con letreros líricos: para ese futuro que tanto queremos, y yo con el pene endurecido, aplastado en el vientre nubiscente, era un portento esa niña: parecía asfixiarse, ahogarse, y me llegó la idea de que era ninfómana praecox y que ya llevaba tantas venidas como tirones había dado el metro.

Exactamente en ese momento nos detuvimos nuevamente en pleno túnel. Pero esa vez el metro ya no avanzó más. La gente no pareció sorprenderse, lo tomaba con resignación patria, oiga usted nompuje, si nompujo, mempujan. El de las Clitorudas y Culicarnosas (¡esas gordas!) seguía más allá de todo el tumulto, con los brazos en alto sosteniendo su revista. Lo admiré fervientemente. Cambiaba de página con parsimonia y muchos alrededor de él continuamente miraban hacia arriba. Vi algunas señoras con bolsas de mandado comprimidas. Pero predominaban los hombres. Un chavo de veinte años, de pelo cortito como soldado y camisa lucidora de piel de tigre, morral al hombro. En los asientos vi un hombre pequeñito, de traje, lentes y barbita, leía un grueso libro. Junto a él, un gordo de camiseta grasosa que decía Carlos’n Charlie extendía las piernas groseramente. Mucha gente que iba sentada se había dormido, o transitaba sus carreteras interiores en un grado cero de conciencia, abrazaba los portafolios, morrales, bolsas de mandado, pequeñas maletas. Un chavo con camiseta que decía IF YOU CAN’T SHIT, DON’T EAT se rascaba imperturbablemente la nariz con un índice viscoso. Una muchachita fingía leer un texto escolar; el letrero en su camiseta proclamaba LAND OF ENCHANTMENT. Siempre estaban ahí las viejas criadas, delantal de veinte años de uso, trenzas descuidadas, canas desbordantes, anteojos de abuelita (seguramente medias de popotillo). Los tres ciegos habían callado, pero junto a ellos dos muchachas de clase media no paraban de hablar, con ocasionales miraditas escamadas alrededor. Ellas, al igual que mi compadre Cachorrasymachorras, estaban más allá del bien y del mal, en el ojo del huracán, lejos de la cara de absoluta angustia de una señora aindiada, de largo, suelto, chaleco de hombre, delantal debajo y blusa azul aún más abajo. Estudie usted una carrera técnica. Pero más bien veía fragmentos de rostros, de hombros, que inevitablemente se confundían cuando trataba de aislarlos, la victoria de la uniformidad, pincelazos exactos de la masa anónima, me tragó la ballena y encontré una muchedumbre de bellos miserables. Bendita masa anónima, pensé: ellos me sotenían, allí mismo, me tenían de pie. Advertí también que mi cuerpo estaba acostumbrado a todo eso. Imagen fresca en los televisores National. Imagen fresca tu chingada madre, a veces los anuncios podían ser perversos, preservemos la identidad nacional, por ejemplo. El tipo de la espalda voluminosa contra el que me había incrustado cabeceaba peligrosamente, y me sorprendí (mi verguita de nuevo laxa en el vientre de la chavita) de que la gente pudiera absorber tantas incomodidades. Podían leer, dormir, cantar, alguien incluso ya se había cagado, anunciar, vender y platicar en las mismísimas barbas congeladas de Satanás, entre explosiones neutrónicas. La luz se fue, por unos segundos nada más, pero por todas partes se oyeron exclamaciones y una que otra voz agandallada; la luz volvió pronto, y con ella un fuerte tirón, el carro volvió a arrancar velozmente.

Nadie se fue al suelo, entre todos nos deteníamos. Para entonces sentía los latidos del tipo de la espalda voluminosa. Con el tren en marcha hubo un alivio colectivo. Estas cáscaras ya no la hacen para nada, dijo un hombre; sí, a cada rato se paran, son bien calientes, jia, jia, ora nos fue bien, a veces se tarda hasta una hora parado, sí, a cada rato suspenden el servicio sin aviso, por cualquier cosa se para el metro. Nunca pude localizar a los que hablaban, pero sí me di cuenta de que entrábamos en la estación Hidalgo, donde apareció, con la crueldad de una pesadilla, una infinidad de rostros expectantes, desencajados, ansiosos, desesperados; hileras de gente frenética por colarse a los vagones a como diera lugar. Pero dentro no cabía nadie, mucho menos esa línea Maginot dispuesta a jugarse la vida por entrar, que ignoraba el nutrido pelotón de policías de camisas de manga corta, mexicanas macanas y sofisticados radiotransmisores inalámbricos. La manguita corta y los aparatos hacía más grotescos, incongruentes, a los policías cara de tierra, expresión de pánico ante el gentío que no les hacía caso, porque todos pensaban en entrar costara lo que costara.

Estamos arribando a la Estación Hidalgo, señores usuarios, declamó una voz por los altoparlantes del vagón; por su comodidad y seguridad suplicamos que las personas que van a bajar vayan acercándose a las puertas. No pos sí, ¿pero cómo?, dijo alguien, compermisito compermisito, ¿va usted a bajar?, sí señora: digo, si podemos, tu bolsa mana no la sueltes orita es cuando te la jalan, no se la jale vieja puta. El vagón se detuvo, no sin antes emitir un hiriente chillido de rata de laboratorio conductista que indicaba la inminente apertura de las puertas. Del otro lado, una muralla de rostros esperaba. ¡Dejen salir primero, que dejen salir primero!, gritaban los cuicos del andén, porque quienes quisimos salir (a mí me arrastraba, nuevamente, el vendaval) nos estrellamos sordamente contra la pared humana de afuera y durante varios, interminables, minutos, tuvo lugar una lucha dura, muy lewismilestoniana, para ver quién cedía. ¡Háganse a un lado, que dejen salir primero!, se desgastaban los policías, pero nadie avanzaba, ni para atrás ni para adelante, le dije pare un momento, no mueva tanto el motor, se oía en los altavoces de la estación, estudie usted una carrera técnica, la propiedad privada es sagrada, las voces de los policías se perdían entre los jadeos, los pujidos de la gente, cada vez nos incrustábamos más los unos en los otros, incluso advertí que con cada embate de los que estaban atrás de mí se me dificultaba la respiración, ay compadre qué sofocón, los policías, a jalones, trataban de romper el mazacote humano que se había formado a las puertas del metro, entre pitidos de las puertas que querían cerrarse, que te coge que te agarra la Llorona por detrás, la pluma en el bolsillo de mi camisa se me enterraba como estilete, no lo aguantaba; cuando oí que las puertas trataban de cerrarse, nadie hizo caso, los cuerpos siguieron trenzados, señores pasajeros apártense de las puertas para que podamos reanudar el servicio, ¡quítense de las puertas, con una chingada!, que te coge, que te agarra, el lago de la tranquilidad está en la luna, dicen que la distancia es el olvido, pero mientras, acá abajo, yo bailo chachachá, qué dolor tan vivo sentía en el pecho, jamás pensé que un objeto noble y hermoso como una pluma fuente me hiciera sufrir tanto.

Poco a poco las puertas pudieron cerrarse y el convoy siguió su carrera por los túneles oscuros. La gente estaba indignada; no era para menos, por supuesto, ¡coño, algo se tiene que hacer con este pinche metro!, ora a ver hasta dónde vamos a bajar, hombre vamos a bajar hasta el fondo de la mierda, ¡ya llegamos!, a dónde, no seas payaso, a la meritita chingada, jiar jiar, ojalá acaben pronto las nuevas líneas, que si no… Pero si están paradas todas las obras, además quién puede creer que la solución sean nuevas líneas, la cuestión está en gentialalales que hay, ya no cabemos, esto no tiene solución, esto va a tronar, nos vamos a morir como chinches, sí tiene solución, cómo no, estamos bien jodidos, el lago de la tranquilidad está en la luna, es que nadie hace nada, pero qué se puede hacer, ¿quién hace algo?, lo que hay que hacer es sacar a chingadazos a los ricachones y a los del gobierno, que se haga la pinche guerra civil, señora pare un momento no mueva tanto el motor, sí, eso mero, que se mueran unos cincuenta que noventa millones pa que los que quédemos téngamos más espacio, estudia una carrera comercial y asegura tu futuro, ojalá metieran a la cárcel a esos rateros del comercio y del gobierno, ¿ya vio cómo tienen lana? sí, nosotros en la chilla y ellos gozándola en grande, qué poca madre, ay compadre que sofocón, ¿te quieres hacer rico con cien mil pesos?, creer y crear en México es el camino.

La reina del metro. Bajé en la estación Bellas Artes y dejé que por los túneles se fueran los rojos vagones cargados de… ¡símbolos! El metro se había descargado para esas alturas y yo deambulé por los andenes, bajé las escaleras y pasé al otro lado. Seguía habiendo mucha gente pero no se comparaba a lo de una hora antes. De cualquier manera, me estimulaba el movimiento, el entrechocar de ruidos techados por la interminable música de los altavoces, en ese momento Poeta y Campesino, qué fea sincronicidad, pensé, gancho al ego, crítica abajo del cinturón, cuando vi a la Reina del Metro.

¡Qué imagen portentosa! Era una chava de rostro horripilante, picoteado por años de barros y remedios para combatirlos; pobrecita: narizona, bocona, de dientes chuecos, ojos pequeñitos, pestañas ralas, orejas de duende y pelos parados como dobles signos de interrogación. Lo maravilloso era que ese horror, la máscara seiscientos sesenta y seis de la Bestia (esto es, la bestia de la Bestia), no intentaba cubrir su fealdad; de hecho, la ostentaba: si la cara la tiraba la buenez la levantaba. El cuerpo alto de la nena era, para soltarle las riendas a von Suppé, sublime, irreprochable, monumental, alucinante pero, sobre todas las cosas: cachondísimo, esa muchacha estaba que se caía de buena y lo sabía muy bien, la tajante perfección del cuerpo le daba una dignidad insospechada, altivez natural, la fineza de la aristocracia de la sensualidad que no puede pasar desapercibida y que, como supe después, era capaz de ocasionar catástrofes y de traer graves peligros. Por supuesto desde un principio vi que era una genuina soberana: se desplazaba con altivez natural, consciente de las miradas colectivas y del poder ambiguo que así obtenía. Y sigo siendo la cuin.

Era obvio que los metroúntes tampoco habían contemplado portento semejante; todos giraban para seguir ávidos el andar erguido y majestuoso de la Reina del Metrónomo, de frente o de espalda. Por eso los sabios de antes erigieron las imágenes para expresar sus ideas y pensamientos a fondo. Hombres y mujeres la veíamos navegar sobre el aire, rostro de Coatlicue agorgonada y kaliesca.

En cuanto a mí, poeta desmemoriado, antifunes del subterráneo, seguí caminando y pronto estuve cerca de ella, en el andén dirección Zaragoza, goza goza Zaragoza, vaya vaya Tacubaya; constataba que nadie dejaba de verla con miradas lúbricas, picarescas o con reprobación lesteriana: cabecitas blancas o delantales caminantes que caían en la provocación de esas rotundas telas sin brasier, las aureolas de cada pezón ricamente definidas en la blusita. A muchas mujeres les ofendía la ropa-no-ropa de la barrosa; las chavas sonreían complacidas al advertir que el Monumento tenía tal cara espantazopilotes o espantacuches; los hombres en cambio no nos fijábamos en pequeñeces y apreciábamos las ondulaciones mansas, marítimas, de la nalguita juvenil que avanzaba muy derecha, segura de sí misma, dueña del territorio, levemente satisfecha de que la miraran, acostumbrada a la admiración y al escarnio. Incluso vi a un viejito de corte porfiriano, chaleco de rayas, leontina y toda la cosa, que, salomónicamente, contemplaba ese signo de los tiempos: los dones nonsanctos, nostalgias del rechinido del colchón, el hombre está capacitado para tener erecciones aún a los ochenta años.

La reina desfilaba despacio. No se inquietó, como todos los demás, cuando los vagones entraron resonando y se detuvieron pesadamente con sus chillidos exasperantes. Ella (gran dignidad) los dejó pasar, no hay prisa, no hay prisa, no voy a salir corriendo como toda la bola de idiotas, ¿verdad? Un impulso irresistible me hizo seguirla. ¿A dónde iría?, me pregunté. Quién sabe de dónde llegó un cuarteto de torvos galanes, de alarmante facha de porros, tropas de choque para acabar huelgas, manifestaciones, fiestas y primeras comuniones. Iban los cuatro con pantalones de mezclilla y camisetas que dibujaban las musculaturas y los letreros Cama Blanda, Coma Caca, Sexi Cola y Vote por el Diputado René Avilés en el VIII Distrito-PRI. A ver esa rorra, quihubo mi leidi, está cayéndote de buena pinche vieja puta, a ver a dónde vas, te acompañamos, te invitamos unos tacos, unas cheves, unos condones, unos consoladores de carne y sin hueso, mira nomás mi reina el filetote que te vas a llevar gratis para que te agasajes, decía Cama Blanda, con la mano en el bulto sexual.

Pero ella lo ignoró como quien se desentiende de la mosca panzona y persistente que zumba en torno a la crema chantillí, ya, qué vieja tan apretada, lo que tiene de buenota lo tiene de pendeja, con la boca de mamadora que tiene, la culera se ere la gran caca, te habías de ver en un espejo, lo hórrida questás, ay manita aquí espantan jia jia jia.

Ninguna reacción de incomodidad: calma, dignidad, compostura, cualidades innatas en esta reina. Llegó al fondo del andén y los camisetos se quedaron atrás, al parecer consultando un plan de acción entre carcajadas. Ella los ignoraba, como era de esperarse, pero tampoco los perdía de vista, preocupada y alerta.

Ya se veían nuevamente los vagones en los túneles cuando los camisetos alcanzaron a la chava con pasos decididos, mi reina no me desaires la gente lo va a notar. Cama Blanda le dijo, gallardamente: órale pinche puta cucurra no hagas osos y te vienes a chupar con nosotros de buen modo porque si no te llevamos a vergazos. Ella no les hizo caso y se asomó para ver la entrada de los vagones. Cama Blanda tomó el brazo de la chava y la jaloneó, ándale chancluda, a ti te estoy hablando, no te adornes, se te ve clarito en la bola del ojo que te gusta la reata. ¡Suéltame imbécil, suéltame!, exclamó la reina repentinamente fastidiada, asqueada, angustiada. Cómo se atrevía ese patán a tocarla (¡a ella, a ella!). Te digo que te pasa la pescue, ya te tenemos bien licaidoneada, si no no andarías casi encuernavaca enseñando la mercancía. ¡Que me sueltes, te digo!, gritó la muchacha con destellos de alarma. Cama Blanda le apretaba el brazo y Sexi Cola, Coma Caca y Vote por el Licenciado René Avilés le tentaleaban las nalgas.

El metro había llegado, y la gente del andén, incluso un policía, se desentendían lo que pasaba, aunque echaban ojeadas morbosas hacia el fondo del andén. De pronto sentí la mirada fija de la reina del metro: me veía y no me veía, pálida y aterrorizada y, para mi absoluta sorpresa, me descubrí caminando hacia ellos. A ver, a ver, qué pasa aquí, dije con mi mejor voz johnwayniana, deja a la chava, mano. Tú sácate de aquí pinche pendejo o te ponemos plano a chingadazos, gritó Cama Blanda. No estaba jugando.

Suéltala, Cama Blanda, pero ya, a este ritmo, ordené, chasqueando los dedos. Ora güey, no me llamo Cama Blanda, me llamo Alberto Román. La reina logró desprenderse, justo cuando el metro había abierto las puertas frente a nosotros; en un relámpago (un parpadeo) la reina del metro se había metido al vagón y avanzaba entre la gente. ¡Que no se pele!, indicó Cama Blanda y los cuatro se metieron cuando se escuchaba el chillido del cierre de puertas y la reina apenas alcanzaba a regresar al andén por la puerta siguiente. El metro se fue, con su cauda de rayas anaranjadas.

La chava había palidecido, se había desencajado, y yo, viéndola en silencio, me maravillaba del horror casi sagrado que era su cara: se hallaba dotada del misterio de ser producto natural, espontáneo: un fenómeno cuya belleza es áspero y conmocionante, la belleza de la caca. Pero el cuerpo, en cambio, quitaba el aliento a tal punto que me dio risa, ya que era imposible derribarla en el andén y tirármela ahí mismo. Ella se desconcertó, qué horror, huir de los violadores para caer con un loco.

La cumbre del mundo. Me acuerdo, por ejemplo, de cuando rompí un espejo a puñetazos.

¡Ay! ¿Estabas borracho o qué?

Pues claro. Pero no lo rompí por borracho sino porque me vi en él y me vi grave, horripilante…

Ay no Lucio pero si tú estás bien guaporrón…

¿Un coñac?

¿Quieres un coñac?

Pues sí, ¿no?

Dos coñaques.

¿Y un postrecito? ¿Las afamadas crepas secretas de la casa?

Vengan las secrepas.

Me hacía sonreír la idea de que mi interior era (en ese momento) una cámara oscura, más bien un estanque negro del que saltaban formas que se dirigían a mí, un surtidor negro porque así lo visualizaba; era consciente de que aún no disponía de los medios suficientes, del poder necesario, para percibir las cosas con mayor claridad; me llegaba la idea de que si me esforzaba un poco podría saber algo que ya estaba listo a entregarse y que sólo requería de un mínimo esfuerzo: la sensación de que podía (un resplandor) pasar a otro estrato, un plano en el que no había ni altas ni bajas, ni cimas ni depresiones, ni climas ni turbulencias, sólo un perenne estado de exaltación contenida que se desbordaba con lentitud delectante como espuma de luz y fecundaba el contorno, nostalgia profundísima de un pasado que rebasaba los seis años, mi vida entera: un estadio de existencia en el que siempre estoy, del que nunca salgo, aquí es donde sueño que vivo y a donde regreso al despertar, la verdadera realidad en la que ahora estamos tú y yo, de la mano a través del tiempo y el espacio; me llenaba la sensación gozosa aunque vaga, informe, de que estaba formado por un centro que pertenecía a algo más vasto, una maquinaria inmensa, naturaleza infinita, un todo que se autorregulaba, del cual se desprendían los círculos fibrosos de existencia, distintos planos de acontecer, simultáneos por su condición ilusoria y a la vez terriblemente concreta, carreteras de telaraña y sistema solar…, y esa muchacha de cuerpo nirvánico, de cachondeces majescas, de buenez fulminante, que resultó llamarse Consuelo, encarnaba una vieja compañera de la eternidad, una aliada cuya corporalidad presente era una verdadera prueba y también señal en la carretera: me hallaba cerca de recordarme y ella había llegado a esa esquina de mi vida en el momento exacto…

… nhombre, si voy de gane, en toda mi laif siempre me he encontrado a estos cuates superligadores, muy güeritos, de tacuche o chamarra de gamuza, con chaleco, oliendo a Halston y con el carrazo, ¿no? ¡Puta, qué pendejos son!

¿De qué estaba hablando? Reía. Yo reí también, para acompañarla. Pero ella tenía puntos negros en la mirada, su voz ronquita se hizo más grave, aunque la sonrisa seguía en órbita todo el tiempo.

Son malos, Lucio, te lo juro, son de lo peor, no tienen nada adentro, nomás tienen dinero y a veces ni eso, nomás hacen como que tienen y la pendeja de yo cae en el viejo truco, y pueden ser culeros, crueles y perversos, ¿no?, y todos se cren lo máximo, ves, eren ser los más cueros del mundo, y bueno, algunos sí son unos papacitos, son un sueño, ¿por qué los más guapos son las más ricos? Bueno, ¿por qué rompiste ese espejo?

¿Cuál espejo…?

… Un territorio dorado, la patria más profunda, el alma del mundo como decía Paracelso, el tao que no se puede nombrar, no es México, claro, ni tampoco la niñez, paraísos perdidos que ni son paraísos ni están perdidos, la inconsciencia no es inocencia, yo me refiero a otra cosa: ese rinconcito que se halla en lo más escondido de uno y en el cual todo es perfecto, allí está todo, centro y periferia, y a la vez no hay nada, nunca hubo nada, en realidad montas el gran dragón de sesenta y cuatro cabezas que despide llamaradas ante el pasmo del mundo. Una llama. Hay que ser fuego para entrar en ella, ser fuego para que el fuego no queme, uno se quema, uno se consume en las aguas del fuego, en remolinos incandescentes, en densas capas de llamaradas, en ventarrones de fuego limpísimo…

… Estaba muy pedo, ya te dije. Mira, yo andaba hasta las almorranas por una muchacha, y ella no me hacía el menor caso, como sueles ocurrir. Le escribía versos, ¿tú crees?

¿De veras? ¿Escribes versos?

A esa chava le escribí versos, pero eso es cosa de otro. Yo es otro, ¿no? Pero pa mí que ella ni los leía, tanteo que hasta se limpiaba con ellos. Y yo, retachando. Bueno, se casó. Se casó, claro, con un tipo que resultó un gángster, y ojete, además, decían que era padrote y traficante, pero ella no lo sabía, y yo, claro, no se lo dije. Se lo merecía.

¡Ay qué horror!

Pues sí y no, Chelito, la verdad es que yo estaba clavadísimo con esta chava, pero algo…, no sé, yo siempre he tenido una magnífica brújula metafísica.

Oye qué raro hablas, ¿eh?

Si es cierto, es una vergüenza juntar tres esdrújulas cuando son escasas y se deben administrar.

¿Qué?

En el fondo yo sabía que esta nena era pendeja. Porque, mi querida Chelo Azul, te juro que en el fondo ya sabemos todo, pero la gente no se entera porque nunca se tira a tocar fondo, apenas y circula, en el mejor de los casos, en lanchas con fondo de cristal.

Oye, párale. Estás chiflado. Deveritas, ¿eh?

Lo que te quiero decir es que sólo hasta que se casó me la pude ligar.

¿De veras?, cursiveó ella, ¿te cae?

Sí, deveras, pero ése es otro cuento. Después te lo receto, si quieres.

Ay sí, suena padrísimo, rarosón, ¿no? ¿Cómo fue eso?

Melodramática reina, telenovela habitat.

Pues sucedió lo clásico: cuando vio que ya no le escribía versos, que no la acosaba, que ni siquiera la veía feo, que ya no me interesaba y que andaba yo tras otras chavas, entonces fue cuando me las dio. Ella vino y me las dio. Bueno, es que al mismo tiempo tenía muchas broncas con el padrotillo, que, como te dije, era un perfecto cábula, un pobre pendejo que desde pequeño asfixió su alma

Bueno, sí, pero estábamos en lo del espejo.

¿Qué espejo?

Yo ni de loco quisiera ser yo. El día en que esta chava se casó también me invitaron a otra boda, al mediodía. A las cinco de la tarde ya estábamos bien borrachos mi cuate René y yo. Los dos empezamos a chupar severas dosis de tequila en casa de su mamá, quien, por cierto, le entró al parejo que nosotros.

A la primera boda llegamos, pues, ya prendidos, pero ahí definitivamente nos pusimos hasta atrás. Y cotorreamos a gusto con la gente de una clase media irredimible, buena onda también, y pronto se hizo hora de ir a la segunda boda, a la de Mercedes, pues así se llamaba esa infeliz araña. Como era de rigor, tomamos una botella de ron y nos despedimos, gracias gracias pinches ojetes. Estábamos al extremo sur de Tlalpan y teníamos que ir a la Lindavista, casi en la Villa. Como no teníamos para comprar un regalo, cortamos las flores silvestres y un tanto jodidonas que habían crecido en el camellón de Tlalpan. Claro que por cortarlas nos metimos en el lodo y nos manchamos por todas partes. Vimos que pasaba un taxi y salimos del camellón. Lo paramos. Para que no estorbaran doblamos las flores en cachitos y nos las guardamos en la bolsa del saco. El trayecto se nos hizo corto porque llevábamos la botella. No parábamos de hablar.

Cuando llegamos no había nadie en la casa, todavía estaban en la iglesia, y resultó más bien indecoroso que nosotros, enlodados, antes que nada corriéramos a servirnos vasos jaiboleros llenos hasta los bordes de whisky puro. Al poco rato llegó el gentío de la iglesia, y entre ellos la perversa Mercedes y su padrote marido. Todos la abrazaban, la felicitaban, y ella apenas se dio cuenta cuando yo, el Poeta de la Mancha, saqué mis maltrechísimas flores del bolsillo, las desdoblé cuidadosamente y se las di, envueltas en una mirada que supuse reflejaba profunda pasión, resentimiento, resignación, lujuria, ay gracias, me dijo, sin verme, y me dio la espalda para abrazar a otro pendejuelo, Lucha, ordenó, pon estas flores en el agua, ándale niña.

Yo seguí bebiendo. Al rato me valía madre que Mercedes se hubiera casado y discutía, bien contento, incoherencias políticas con varios maestros de la prepa que habían ido al casorio. Cuando mucha gente ya se iba, Mercedes finalmente debió darse cuenta cabal de lo que significaba mi presencia allí y, estoy seguro de que en ese momento, como relámpago (un parpadeo), le llegó la idea de que finalmente sí me las iba a dar. Poco antes de irse a la supuesta luna de miel, o duna de piel, fingió que se topaba conmigo entre la gente y me dijo, con su tono de mamá-muy-preocupada: ay Lucio no bebas tanto, mira nomás cómo traes el traje. Es que traje traje, respondí. No seas sangrón, replicó, pero volvió a sonreír, ah: fariseicamente; cuídate, añadió. Ya se iba, pero la tomé del brazo. Sabes qué nena, le solté, sintiéndome el Humphrey Bogart de la prepa, bien pronto tú solita vas a venir a buscarme para dármelas. Ay sí tú, qué más quisieras, respondió, desprendiéndose de mí; báñate primero. Pero no parecía molesta en lo más mínimo.

Total, se fue. Pero Renato y yo nos quedamos hasta el final: había una dotación sensacional de alcohol y nadie nos corría. Finalmente salimos y tomamos un taxi en Insurgentes Norte. No llevábamos casi nada de dinero, así es que juntamos la poca lana que teníamos, y nos bajamos cuando el taxímetro llegó a esa cantidad.

Era una zona de cabaretes, en la colonia Obrera. René se fue a pincel y yo también. Afuera de un antro un grupo de tipos comunes y corrientes platicaba de lo más tranquilo, pero, en la paranoia alcohólica, yo creí que me iban a asaltar y que me madrearían a todo volumen al ver que no traía ni quinto. Entonces, fíjate nomás qué pendejo, dizque para que vieran que yo era muy macho, que me cogía a guaruras, que estaba dispuesto a pelear mi vida y todas esas mamadas, le solté un puñetazo feroz a una ventana. Rompí el vidrio pero también me desgracié la mano, que empezó a sangrar. Me gustó mi propia sangre y le agarré gustito a eso de romper vidrios, así es que todo el camino me fui desmadrando ventanas con el puño y arrancando antenas de coche. Cuando llegué a mi casa iba dejando un reguero de sangre en el suelo y llevaba un manojo de antenas arrancadas: eran como veinte, que, sin fijarme, tiré en la cama cuando entré en mi cuarto.

Y me vi en el espejo, con la ropa llena de lodo y sangre, la mano masacrada, la cara sudorosa de tanto correr. Qué mal, qué mal. Creo que hasta se me bajó el pedísimo de la impresión de verme completamente ensangrentado, como si fuera una variedad peluda semejante a un recién nacido de algún tipo. La mano, insensible. La cama, con colcha de antenas. Mi cara estaba roja de la sangre, el alcohol y la caminata. Y entonces, desde dentro me reconocí perfectamente, tuve una fugaz visión de lo que en verdad era. Te juro que me sacudí. No me gustó nadita. Pero mi puño ya había salido disparado y estrelló el espejo en cachitos. Era un espejo grande, de dos metros, atornillado a la puerta del clóset. Con el golpe se me abrió el dolor en la mano, una sensación ardiente, viva. El ruido despertó a mi familia. Me dijeron que estaba completamente loco. De hospital. Camisa de a huevo. No tanto, no tanto, les aclaré. La mano me quedó grave, me pusieron no sé cuántos puntos y yo tarde siglos en volver a hacerme una chaqueta.

¿Signo de interrogación y los Misteriosos? ¿Qué fue eso que vio usted? ¿La locura? ¿La muerte? ¿El amor? ¿Qué puerta se abrió y qué pavorosa corriente de viento helado le pegó que a usted por siempre le quedó el pelo blanco? ¿Encanecido a los veinte años? ¿Cree usted que esté bien? ¿Era, quizás, un viento latigueante, ululante, un golpe de poder enloquecedor lo que entraba por la ventana? ¿No recuerda? ¿No tuvo usted que ir a la ventana, cerrarla le costó el trabajo más duro de su vida? ¿Y luego, cuando volvió a la cama, no acarició usted las sábanas, se integró en el pequeño cuarto del último piso, casi vacío, cerró los ojos pero de pronto saltó sobresaltado? ¿Había el viento, con un latigazo fulminante, abierto nuevamente la ventana? ¿No saltó usted y la volvió a cerrar, pero hacerlo no le costó todas sus reservas de energía? ¿En qué rito participó usted, sin saberlo, sin percibir las figuras gigantescas, negras, que a su alrededor contemplaban el pequeño juego? ¿No era usted juguete de otros? ¿Puede usted creer que esa sangre careciera de significado?

Los enemigos ocultos. Me quedé solo en mi casa, un atardecer, en la cama de mis padres, entre dormido y despierto, viendo pasar una especie de película de la que yo era parte y a la vez espectador. Todo era razonable y disparatado, las secuencias se ilaban de forma ilógica, yo no comprendía qué pasaba, esa acumulación de acontecimientos empalmados, unos terribles, otros placenteros, me había suspendido entre el sueño y la vigilia, veía sin comprender pero pensaba, mecido por el barullo, que todo estaba bien.

Oí ruidos y voces. La familia regresaba del cine. Se instalaron en el desayunador y conversaban viva pero ininteligiblemente. Oí pasos que se acercaban. Se abrió la puerta de la recámara y entró mi hermano Julián. Las sombras llegan suavemente y me llevan a un lugar donde abandonan mi vida y me dejan sin nada que decir. En ese momento desperté cabalmente, pero me fingí dormido. Julián se acercó, sigiloso. Del buró tomó la cartera de mi padre y sacó varios billetes; uno de ellos lo metió, cuidadosamente, en mi bolsillo, los demás los guardó y se fue, sin hacer ruido. Yo estaba seguro de que él me incriminaría si se daba el caso.

Otra: en aquella época yo vivía en un edificio, con mi esposa Aurora y mi padre. Mi madre estaba en Villahermosa, no recuerdo por qué. Bueno, primero me pasó que con una frecuencia alarmante perdía dinero. No me daba cuenta hasta que llegaba a alguna parte, tenía que pagar y descubría que no llevaba ni un quinto. Era de lo más penoso. Después empezaron a desaparecer papeles de mi trabajo que me llevaba a casa para no estar todo el tiempo en la oficina. Cuando tenía que entregar algo urgente, muy importante, nunca fallaba que faltaba una parte. Varias veces me regañaron, y yo tuve que tragarme la humillación. Trataba de fijarme en qué momento desaparecían las cosas, pero nunca pude descubrir nada. Una vez llevé a casa un reporte urgente que tenía yo que entregar al día siguiente. Lo trabajé hasta las dos de la mañana y me fui a acostar, cansado como nunca, pero me latió que algo sucedería y mi sueño no fue nada profundo. Como a las cuatro de la mañana vi que Aurora se levantaba de la cama. Me miró largamente, lo cual me puso muy nervioso. Era obvio que quería constatar que yo estuviera perfectamente dormido. Salió del cuarto. Me levanté al instante y la seguí, tan callado como ella. En la sala la descubrí hurgando en mi portafolios. Sacó el fólder con el reporte urgente y para mi absoluta sorpresa se fue a la recámara de mi padre. Entró en ella y cerró con llave. Me di cuenta de que encendía la luz, después oí voces susurrantes ¡y risitas! Ese cuarto daba a una azotehuela y rápidamente fui hacia allá. La cortina era casi transparente y lo que vi me dejó helado. Aurora manipulaba el miembro de mi padre con dedicación y lo tenía completamente erecto. Se lo metió en la boca y procedió a succionarlo con un ritmo cadencioso, más bien lento. El viejo sólo se había desatado el pantalón de la piyama y, como es de rigor en esos casos, le sujetaba la cabeza con las manos. Me quedé estúpido, sin poder creer lo que veía. Me fui de ahí en el colmo del estupor y tropecé en lo oscuro con un mueble. Hice un ruidero. Al poco rato llego Aurora, presurosa. Musité que iba a tomar algo a la cocina. La muy cínica me dijo que de pronto se había sentido muy mal y le fue a pedir a mi papá que le pusiera una inyección de vitamina B-12. Con eso siempre sale de las bajas de presión fulminantes. Una inyección, qué te parece. Casi se estaba riendo. Nos fuimos a la cama y ahí, sin venir al caso, me aventó lo siguiente: ¿verdad que es muy hermoso nuestro señor Jesucristo?

Disolvencia.

Coartada. En mi casa nomás no se puede estar. Mi mamá está más neuras que las arañas. Mi papá se murió cuando yo era chica, era un hombre divino, qué señor, me acuerdo muy bien de él, yo tenía doce años cuando se murió, le dio un ataque cardiaco y casi… Bueno, mi mamá se puso gruesísima entonces, tuvo que mantenernos a mi hermano Guillermo, que tenía catorce años, y a mí. Se metió a trabajar en la CTM, pero apenas nos alcanzaba. Luego, pa colmo de males, un coche atropelló a mi hermano Guillermo cuando atravesaba la calzada de Tlalpan, y desde entonces te juro que mi mamá me agarró ojeriza, todo lo que yo hacía le caía gordísimo, que si iba a la escuela, que si no iba, que si comía, que si no, puta, ni quién la aguantara, y cuando empecé a ir a las fiestas pues olvídate, casi le dio el patatús. Un día me dijo que ya no nos alcanzaba el dinero y que me iba a poner a trabajar. Ya me había conseguido chamba en una fábrica de jabones. Pero yo todavía no terminaba la escuela, ves, y le dije, según yo en muy buena onda: no mamá, yo sí trabajo y te ayudo, pero cuando termine, orita ni siquiera sé bien cómo se le hace. Y es que no quería ponerme a trabajar, Lucio, se me hacía que iba a ponerme igual que ella, toda furiosa nomás porque volaba la mosca, enojadísima siempre; se supone que de jovencita había sido muy guapa y la pobreza la había echado a perder, vístete decentemente Consuelo, me gritaba todo el tiempo, ¡si tu padre te viera! Fíjate que ella anda siempre en la casa toda desfajada y con las medias caídas sobre las chanclas, como polainas, fumando Delicado tras Delicado, mi casa parece Altos Hornos de México. No, olvídate, ya no aguantaba yo a la ñora. Y luego, pacabarla de amolar, la escuela me empezó a caer gordísima, ¿no? Siempre me estaba durmiendo en las clases y nomás no agarraba nada bien, y es que me chocaba la idea de ser la secre de algún viejo panzón, ¿por qué los hombres nomás crecen y se vuelven panzones? Cada vez me iba más de pinta, que aquí a la Torre, que a Chapultepec, onque ora Chapul parece los terregales de Texcoco, bueno: casi… Bueno, pues le pasaron el chisme a mi madre y ella se puso como no te puedes imaginar. Y desde entonces casi no me habla. Adrede hace de comer poquísimo para que cuando yo llegue no encuentre casi nada, aparte de que le puso cadena y candado al refri y yo tengo que andar pidiéndole siempre la llave, no, si te digo que es… Bueno, ella no gana mucho, pero no es para que haga eso, podría hacer más de comida, ora sí que echarle más agua a los frijoles, después de todo nomás somos ella y yo. Y qué te crees, a mí no me dice casi nada, ¿no?, te digo que ya casi no me habla, pero a todas las viejas del edificio les dice que yo trabajo de puta, hasta hay varios escuincles canijos que me dicen: ¡Ahi va la Puta 100! Y no es cierto, cómo va a ser, nomás me gusta salir a cafetear y, bueno, a ligar de vez en cuando, ¿cómo cree que yo podría hacer eso? ¡Esta loca! ¡Palabra! Le patina, todo se le olvida, yo creo que uno de estos días va a acabar en la casa de la risa, pero quién sabe… Tiene cada mañana… Bueno, pues figúrate que cada vez que me ve con ropa nueva me pregunta ¿y cómo le hiciste tú muchacha para comprarte tanta cosa? Puta has de ser… Es que yo no le he dicho que me salí de la escuela Leñas y Greñas y que ya estoy trabajando en el Taconáis. Habías de ver cómo son de malvados los del Taconaco, por quítame estas pajas te descuentan dinero, como si ganáramos los sueldazos. Rosita y yo, otra muchacha, ella y yo hemos estado pensando en poner un departamentito, porque la mamá de ella también se las trae, pero es que las rentas están carísimas, cansísimas, ay, y los únicos lugares donde hemos encontrado deptos más o menos baratones pues es donde te violan catorce veces al día, ¿no? Entonces mejor pensamos esperarnos a ver si agarramos otra chamba donde nos paguen mejor…

Ir a la siguiente página

Report Page