La miel derramada

La miel derramada


La reina del metro (y otros cuentos)

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Ay… Bueno, ya borracha te voy a contar lo que no te quería contar… Figúrate que una vez me invitó a tomar un cofi un chavo de esos bien ricarditos, que traía un Magnun increíble, automático, con un autoestéreo de sueño, y bocinas triaxiales por todas partes, y ecualizador y, bueno, ya sabes, no le dolía nada al carrito. En cambio el cuate nomás como que no me latía. Pero yo pensé: chance con este narizotas ligue una cenita con vino en un lugar muy padre. Te juro que eso era todo lo que yo pensaba. El chavo era de lo más sangre, no te imaginas. Creidísimo, en cada alto se peinaba con un cepillito muy acá que según él era de pelo de cochinilla tibetana o algo así, ya ves tú que esos cuates se la pasan presumiendo todo el tiempo. Decía que lo había comprado en París. No, si el chavo era de las poderosas. Traía sus guaruras atrás todo el tiempo, pero eso lo supe hasta después. Bueno, pues circulábamos y circulábamos y en ningún café o restorán cuco nos metíamos, y el cuate este traía una cara de lo más marciana… Tonces le dije óyeme qué te trais, ¿eh?, estás medio raro cuate, ¿vamos a tomar ese cofi o no?, ya me cansé de andar dando de vueltas y vueltas en tu nave, oye, ya chole, ¿no? Entonces me dijo, eso sí, sin voltear a verme siquiera, ¿te quieres dar un toque? Fíjate Lucio que yo a la mota ya le he llegado, porque quién no, ¿o no?, pero olvídate, no me cuachalanga, me pone como pazguata, risa y risa y sin poder ni hablar, y por eso no me gusta. A mí me gusta la platicadera, ¿no? Tonces le dije ay no. Él hizo una cara que bueno, y sacó un cigarrote y se puso a fumarlo, dando vueltas por el Pedregal, él se fumó todo el cigarro, todo todo todo se lo fumó, y hasta me dijo que yo era una bruta india pendeja que no sabía lo quera bueno, que ese cigarro era especial, quesque era colombiana y le llamaba bazuka o… bazofia o algo así… Bueno, después de siglos nos paramos en una casa del Pedregal, una casa inmensa, te juro que parecía el castillo de Chápul. Él nomás me dijo espérame orita vengo. Pues que se baja y ahí me dejó de mensa en el coche. El cabrón ni siquiera dejó puesta alguna cinta… Algo como que no me latió lo que se dice nada y pensé que era mejor largarme de ahí, ay, pero me ganó el cuelgue, la pinche hueva, y es que estábamos lejísimos de mi casa, hasta bien arriba del Pedregal, ya casi por el Periférico, y eso de ponerme a buscar camión por ahí… Creo que ni pasan… Total, de bruta me quedé. Bueno, el cuate este regresó después de siglos con otros cuatro cuates que traían chamarritas muy finas, camisetas padrísimas, pero también unas caras horribles de libidinosos marranos que nomás no las creías. Traían una botella de coñac, imagínate, y nomás se subieron a la nave empezaron a decir oye qué buenota está esta pinche criada que te ligaste, bueno, pa qué decirte todo lo que me dijeron: de india, naca, gata, no me bajaron. Y pa pronto a meterme mano. Ay qué horror, todos al mismo tiempo. Ni siquiera se esperaron tantito; ahí mismo, en el coche estacionado que comienzan a cachondearme por todos lados, y entonces sí me dio el puritito pánico, y empecé a gritar. Hit the road! dijeron, porque los mamones hablaban más en inglés que en español, y otro me soltó un mandarriazo deveras horrible que me hizo ver estrellitas… Bueno, pa no hacerte el cuento largo, me llevaron allá por arriba de Contreras y entre los cinco me hicieron hasta lo que no, por delante, por detrás, dos al mismo tiempo, todo eso… Yo primero dije que me iba a aguantar porque deveras tenía miedo, pensé que esos chavos fácil me mataban y me tiraban por ahí en alguna zanja de lo más quitados de la pena, y uno de ellos quería a toda costa que le chupara el culo, y eso sí como que nomás no, me puse a chillar y a tirar de patadas, entonces me agarraron entre todos, y el cuate ese se me montó encima, con las nalgotas espantosas encima de mi cara, con su cosa esa ahi colgando porque era el único al que nomás no se le paraba, y por eso quería que yo le chupara ahí y yo, digo, chance hasta lo hubiera hecho si todo hubiera sido bonito, pero así, pues no. Ya estaba que me moría del coraje, y entonces que le agarro una mordida pero deveras horrible en las nalgas, el cuate este empezó a chillar como loco, a sacudirse para desprenderse de mí, pero yo no lo solté, lo seguí mordiendo con toda mi alma a pesar de que todos los demás me daban de patadas por todas partes. Fue entonces cuando los niñitos mandaron llamar a los guaruras, que todo el tiempo nos habían seguido y yo no me había dado cuenta. Estos cuates llegaron, y me apachurraron los pezones tan tan duro que solté al que estaba mordiendo, así como entre sueños recuerdo que estaba sangrando feo y que se le veía la carne viva en varias partes, pero qué iba a poder ver yo con tanto madrazo que me dieron. Los guaruras les dijeron a los nenes que se fueran, que ellos se iban a encargar de mí. Bueno, yo creí que me mataban, palabra, estaba segura que de ésa no salía, pero no: me dejaron ahí tirada yo creo que porque creyeron que ya estaba muerta, no sé como no me rompieron todos los huesos, bueno, lo que me hicieron, digo, lo que recuerdo, porque sé que inconsciente los guaruras le siguieron… Al día siguiente yo seguía ahí tirada en el campo, no me podía mover. Nomás veía el cielo y los árboles, y pensaba… No, no sé qué pensaba, nunca me había sentido así, lo único que recuerdo es que recé mucho, le pedí a Diosito que me sacara de ésa porque entonces sí me iba a portar bien y no iba a andar ligando con esos niños ricos asesinos. No aguantaba ni los dolores ni el friazo… Me acordaba de mi mamá, y de mi papá que se había muerto, y de mi hermanito Memo que lo atropellaron, porque yo lo quería muchísimo y éramos muy buenos cuates… Él era blanco blanco… Quién sabe a quién le sacó… Y todo se me hacía rarísimo, como si nunca antes hubiera visto los árboles o el cielo… Todo el cuerpo me dolía, y varias veces me desmayé, y, si no, estaba chille y chille, quién sabe cuánto tiempo, hasta que me encontró una familia que andaba por ahí de paseo, ¡madre mía santísima!, gritó la señora, ella me vio primero. Y antes de decirle nada a su marido y a los niñitos fue quien sabe a dónde y regresó y me tapó con un plástico bien cochino, porque a mí me habían dejado desnuda ahí en el campo… Bueno, me llevaron a mi casa, muy buenas gentes esos señores después de todo, bueno: el señor, porque la señora quería que me dejaran en la delegación de policía, mira viejo ahí nomás déjala afuera de la estación y nos vamos volados, decía, pero el marido dijo que no, que seguro me iba a ir peor con la chota, mejor me iba a llevar a mi casa, ay viejo pero es que esta muchacha ha de ser de las gánsteras, a nadie le hacen lo que a ella así como así, ¿y el día de campo, y el día de campo?, repetían los pinches escuintles, me odiaban los condenados porque les había echado a perder el paseo.

Bueno, ¿qué crees?, por una vez en su vida mi mamá se portó a la altura: me bañó, me lavó las heridas, las desinfectó, les puso pomada de la Campana, porque ella cura todo con pomada de la Campana, y luego me vendó, me acostó, me hizo caldito de pollo, me trajo un sidral, pero me cobró el servicio, qué te crees, porque todo lo que se la pasaba diciéndole a las vecinas me lo soltó a mí cuando ya estuve en la cama. No le paró la boquita, de puta, perversa, ingrata, india tarada no me bajó. Y allí fue cuando yo pensé que todo me valía, que al carajo con la escuela, que me iba a conseguir una chamba y que me largaría de allí lo más pronto que se pudiera. ¿Sabes qué me gustaría? Me gustaría irme de la casa pero antes alivianarme con mi mamá. No creas, te juro que no la aguanto y que ahora la odio muchas más veces y más feo que antes, pero no me pasa la idea de que se quede sola, de que se vaya a chambiar a esa oficina espantosa y luego regrese al jonuco y no haya nadie. Me gustaría pagarle un viaje bien lejos de aquí, que se fuera a vivir a Tapachula o a Sonora, algo así, y que allí se zambuta todas las telenovelas y las series de televisión hasta que se petatee de tanta tele.

Con ciencia del seno. Te diré, para mí la primera menstruación fue algo tremendo porque mi pinche madre no me había dicho nada y yo era tan bruta que apenas había captado dos tres ondas entre las niñas, bueno, nomás menstrué y, zas, me cambió el cuerpo pero si casi de un día para otro. Antes de los catorce ya estaba hecha casi igual que ahora. Me quedé de a six porque yo antes era una chamaca flaca y tan fea que espantaba, me decía la Bruja Ágata, el Espanto, el Mostro de la Laguna Negra, Franqui, la Putita Fea, me decían la Chingada, fíjate qué ojetes, y no sé cuántas cosas más que me hacían chillar, sólo mi opacito me decía las cosas más lindas del mundo, pero luego mi papá se murió, justo cuando cambié y quedé llenita. Me di cuenta de volada porque todos me miraban de otra manera, sólo mi mamá me seguía diciendo que yo era horrible, un monstruo, que el bonito era Memo, y sí, estaba lindo mi hermano Memo, yo lo veía lindísimo.

Una vez íbamos de vacaciones a Acapulco, en camión, y Memo se fue conmigo, lo que puso fúrica a mi mamá, ya era bien de noche y yo ya me estaba durmiendo cuando que siento que Memo me tocaba. Primero muy suavecito, como para checar qué tan profundo dormía. Yo me hice la piedra, pero en realidad tampoco me podía mover, en un momento traté como de cambiar de posición, ¡y no me pude mover!, Memo me estaba acariciando los senos, yo sentía algo caliente caliente entre las piernas, húmedo, muy húmedo, un poco como cuando menstruaba porque, aquí entre nos, a mí la menstruación me pone cachorrísima. Bueno, yo tenía la piel chinita chinita, sentía riquísimo la mera verdad, luego él metió la mano debajo de mi falda, muy chingonamente hizo a un ladito el chon, me tocó el botoncito, que en mi caso es botonzote, ay qué cosas no me hizo con el dedo, también me alzó la blusa y me estuvo chupando los senos, pero no mucho, le daba cisca de que lo fuera a ver alguien, pero quién nos iba a ver, estaba oscurísimo, no se veía de tan negra que estaba la noche y todos estaban dormidotes. Ya estábamos cerca de Acapulco cuando, tatáááán, me vine. Por primera vez en mi vida. Cómo te lo podría explicar. Fue un venidón tan fuerte que no lo pude ocultar, me mordía los labios para no gritar y me sacudía como loca, mi hermano se pegó un sustazo primero y se hizo como el que estaba dormido. Yo llegué a Acapulco flotando. Allá en Acapulco, nada. Y cuando regresamos, tampoco, porque mi mamá terqueó para que Memo se fuera con ella, ¿tú crees?, prefería que yo viajara sola en el camión. Y luego, a la semana, lo atropellaron.

Bueno, fue horrible y todo eso yo lo sentí, deveras, me pegó durísimo, de repente me entraba algo raro, no sé cómo, una especie de aire helado, como que me daba cuenta de lo que iba a ser vivir sin mi papá y ahora sin él, solas mi mamá y yo. Realmente hasta ese momento me di cuenta. Pero, bueno, ésa es otra canción. Lo que sí es que yo quedé como alucinada con la calentura. Me prendía cuando se me quedaban viendo, y luego, en mi cuarto, cuando no estaba mi mamá, me desnudaba y me pasaba horas viéndome en el espejo, acostada, sentada, caminando, en cada postura, y haciéndome unas chaquetotas que olvídate, a veces hasta me desmayaba.

Bueno, a los quince años fui a una fiesta, ¿no?, y un chavo que por otra parte era bien pero bien bartolo, se me pegó de lo más rico al bailar, estábamos bailando con la luz bajita y yo cerré los ojos, todo era padrísimo y de repente, qué llamada de atención. Como si oyera el Himno. La cosa se le había puesto durísima, era impresionante, yo nunca había sentido eso, estaba mojada, mojada, como con cosquillitas dentro del vientre, algo que ardía. Nos fuimos a un cuartito de cachivaches que había atrás, y ahí mismo me desvirgó, y nomás porque yo estaba calientísima no lo maté ahí mismo, era un idiota, tarado increíble, torpe como él solo, era tan estúpido que yo casi me lo tuve que tirar, fue como si me masturbara de otra manera, cuando me la metió sentí que me partían de un mazazo, apenas me estaba recuperando cuando vi que el galán estaba chaca chaca bien metido, ya se iba a venir, y entonces no sé cómo lo caliente le ganó al dolor y a lo feo que era todo eso, y me vine padrísimo, sensacional, creo que hasta me puse a decir no sé qué cosas, hasta bizca quedé.

Por las orejas no. Nos besamos por primera vez en la calle. Entre la delicia de sus pechos y la sorpresa de su lengua que lamía las paredes de mi boca, fugazmente (un relámpago, un resplandor: un parpadeo) advertí que mi boca estaba acostumbrada a otra, fina y delgada; a otro aliento, otra presión, otro sabor: la boca de otro rostro que de ninguna manera era el accidentado, pedregoso, que se hallaba junto al mío. Pero fue más poderosa la fuerza de ese cuerpo maravilloso que cualquier nostalgia imprecisa, así es que nos fuimos, caminando, sin dejar de besarnos y acariciarnos; conforme avanzábamos por la avenida en la madrugada sentía que me hallaba suspendido en una embriaguez suave y deliciosa, una serpiente ondulada en mi espina dorsal.

De súbito me llegó una imagen, o más bien la instantánea recreación de una experiencia total: me vi cargando, en la oscuridad cerrada de la noche, el pequeño cuerpo calientito, dormidísimo, suelto, de un niño de cuatro años de edad; yo lo llevaba, lo acariciaba, lo deposité frente al excusado, cuya tapa levanté a ciegas. Le saqué su penecito, el cual, una vez fuera, soltó un chorro estrepitoso de orina, mientras yo sostenía el cuerpecito derrengado; después lo volví a cargar, al hombro casi, como costal, lo cual indicaba pericia en esas operaciones, y lo llevé a su cama, donde el niño siguió profundamente dormido. Yo, contemplándolo, pensé que cargar a ese niño en la madrugada era una experiencia sublime.

Esta visión, flash back revivido, no afectó la cachondez para nada. En las escaleras maltrechas del Gran Hotel Cosmos nos detuvimos hasta siete veces más. El contacto del cuerpo de la reina Consuelo era tan desquiciante, tan delectante, que me enervaba, me secaba la boca, me sacaba de la caja de bateo. Apenas abrí la puerta del 404 ella la empujó con fuerza. Ay Lucio, decía ella, la hemos pasado padre, padre, padre… Estaba feliz la condenada Queen Kong. Encendió el foco del techo, que no convirtió al cuarto en un recinto prodigioso, y luego fue a la ventana.

Yo no estaba para pláticas. Fui hacia ella y le repegué mi cuerpo por detrás: las manos en los senos, ay Dios, el pene bien paralizado palpitaba entre las nalgas. Estaba a punto de desvanecerme de placer. Ella, en cambio, dando trapiés se desprendió de mí, fue al ropero y lo abrió. ¡Cómo!, exclamó, ¡no tienes ropa! Sólo la que tengo puesta, repliqué. Pues quítatela a este ritmo. Se rio al ver la expresión que hice y añadió: no sea tonto Lucio, sólo quiero ver cómo me quedan tus pantalones, ¿sí? Con rapidez se quitó la ropa que llevaba adherida a la piel; me fascinó que esta reina Consuelo del Metro Parado no usara calzones. El triángulo púbico apareció, sedoso, ¡bravo!, y estuve a punto de echarme un clavado a la vieja gruta donde nada la sirena, pero ella me contuvo, con una risa ebria, y Se quitó la blusita; al alzar los brazos los senos brotaron con duros estremecimientos. Tenía los pezones bien erectos. Chelito, no puede ser, me oí decir, no es correcto que estés tan buena mhija. Esto tiene que ser un sueño, agregué después, sonriendo, pues otro plano remoto dentro de mí sopesaba la posibilidad de que, en efecto, todo fuera un sueño, pero qué sueño en todo caso, pensé. Ella me bajaba los pantalones, semiarrodillada frente a mí; advirtió en el acto mi pene hinchado, impaciente, y, por encima del calzón lo recorrió suavemente y después le dio una mordiditas juguetonas, ¡ah, esa muchacha era una artista!, alzó la cara: tenía los ojos vidriosos y una sonrisa de placidez, estaba pedísima, por supuesto, pero no perdía la elegancia, el total dominio de sí misma, una seguridad natural y fluida, que me hizo pensar, con los pantalones desplomados a los pies, que vivía un evento importante, misterioso, que con mucho rebasaba lo cotidiano; representaba algo decisivo para mí no porque esta reina del metro fuera a meterse a caballazo limpio en mi vida; más bien (creí) significaba haber ingresado, sin saberlo del todo pero a la vez bien alerta, en otra zona de mí mismo, una terraza a la noche caliente que siempre está allí, la culminación de escarpados ascensos: la terraza de la diosa negra. Pero también, e ignoraba por qué, pensaba que ese faje con reina Chelo implicaba una gran victoria sicológica para mí, pero ella ya se había puesto mis pantalones, metió las manos en los bolsillos, chaplinescamente, y se miró en el espejo. La holgura de mis pantalones resaltaba la soberbia majestuosidad de los pechos y la cintura. Me acerqué a ella, controlando los deseos de lengüetear su espalda, la parte trasera de la cintura. Te los regalo, le dije. ¿Los pantalones?, preguntó, ¿y tú qué te vas a poner? Me quitaba la camisa ahora. Y el chon. Mi miembro erecto llamó su atención y se lo metió en la boca. Yo caí en un pozo más profundo e interminable que el de Alicia, un ardor húmedo suavizaba y también acrecentaba la dureza del pene, que me dolía cada vez que trataba de estirarse aún más.

Nos abrazamos, desnudos, de pie, frente a frente, y algo ocurrió. Un definitivo y repentino cambio en nuestro estado de ánimo, fue como si de pronto cobráramos conciencia de que habíamos llegado a una euforia serena, una dulce y divertida solemnidad.

En la cama le besé los senos, pasé mi lengua por los pezones, apreté los conos perfectos, me alcé para restregar la verga en las montañas mágicas, pero la sed de su sexo era intolerable y hacia allí me fui, besando el vientre, la lengua en los vellos espumosos, los labios vaginales contenían un líquido espeso, una fibra de dulzura que transportaba, no era posible tal deleite, alcanzaba a pensar, con las manos bien adheridas a las nalgas, ni remotamente había tenido una experiencia parecida, ni siquiera con ese otro cuerpo que yo conocía y me era un completo misterio, siempre hay un momento, una grieta imperceptible en el tiempo, en que se cuela uno a espacios más altos y pasmantes. Tenía ganas de llorar de tanto placer, pero ella me dijo mi amor mi amor… ahora déjame a mí gozarte un ratito.

Con suavidad nos dimos la vuelta y yo quedé bocarriba. ¡Te juro que su cara ya no me parecía horrenda sino adecuada, de hecho bellísima! Ella se tendió encima de mí, y se concentró en besarme con acuciosidad, de nuevo lamía con fuerza cada parte de mi boca, y aunque otra parte de mí seguía considerando que esos besos eran diferentísimos, que no tenían nada que ver con los de mi mujer, en ese momento estaba seguro de que yo tenía una mujer y que ella, sin la más mínima duda, me pertenecía, nos pertenecíamos, nos habíamos conformado el uno al otro; saberlo le daba otra dimensión a los quejidos melodiosos, las notas de Chelo, don’t make it my brown eyes blue, quien me besaba el cuello, las tetillas, y por suerte pasó a mi ombligo, siempre con los mismos quejidos elásticos, ondulantes, enervantes, apenas audibles. Ya había llegado a mi peneque y lo besó a todo lo largo de la columna, lamió los testículos y después se introdujo la mitad de la barra en la boca, con las manos prendió con seguridad la base y procedió a apretarla, a estirarla, a distenderla; como antes en la boca, la lengua lamía con fuerza el glande, la boca succionaba y a mí, te lo juro, se me iba la mente al amanecer allá afuera con sus nubes de colores encendidos sobre el viejo valle, una cavidad ardiente que masticaba el cuerpo con espuma casi sólidas, la dulzura de entregarse a la muerte de pliegues húmedos. Chelo Métrica volvió a besarme la boca, lo cual agradecí pues ya sentía el ruidoso advenimiento de un santo venidón; mis manos no se saciaban de acariciar y apretar esas tetas sublimes mientras, sin dejar de emitir sus quejiditos, ella me besaba con detenimiento, con una delectación morosa; yo no hallaba cómo asimilar esa maestría, la fuerza persistente, efervescente.

Di algo Lucio, me pidió, mirándome de pronto. Me pareció que sus ojos eran túneles telescópicos, espejos interminables, sorprendente túnel de reflejos infinitos; era bellísima esa reina, quién fue el estúpido que dijo que era fea, se había transfigurado y ahora, dueña de toda la creatividad y de toda la fuerza, desplegaba sus recursos.

Di algo, susurró.

Te amo, dije, maravillado; te amo, repetí, arrastrando, saboreando las palabras, que repentinamente estallaron en jugos de sabor de agonía húmeda; la Reina del Chelo se estremeció, chance hasta algún orgasmillo secreto le brotó; yo ya no pude resistir más, todo el tiempo me sentía la llama que eternamente está a punto de apagarse, la hice volverse y se la metí con lentitud, entre las burbujas de su sexo, en medio de un calor sofocante, intoxicante, en cada parte de mi pene que se deslizaba en la oscuridad apretada, húmeda, ardiente, ya estaba completamente dentro de ella y nos movimos despacito, como en oleadas perezosas, pero, conforme nuestras caderas bombeaban con creciente rapidez e intensidad, me repetía, y eso no me distraía, que mi cuerpo se hallaba herméticamente ajustado a otro, al que extrañaba con creciente viveza, mi cuerpo había creado un sello inexpugnable entre otra mujer y yo, alguien que se movía distinto, que no besaba con vigor casi profesional, cuyo cuerpo tenía otras líneas, otra consistencia, aroma, sabor, textura; era algo que, en ese momento, mientras más me intoxicaba la cogida con la reina, añoraba más que nunca y me volcaba en una sensación insoportable: yo no sabía quién era esa mujer tan próxima e inalcanzable, la cúspide del misterio, ni siquiera sabía su nombre (digámosle Aurora), ni dónde se hallaba en ese instante.

De cualquier manera, los orgasmos interminables, espectaculares, de Concielo me incitaban a erguirme y ver la cadencia de los pechos que contrapunteaba con los violentos pero sabios movimientos de las caderas; vente ya mi amor, me pidió, y apenas lo dijo cuando en mí se inició la desintegración, mi piel se erizó, un remolino espeso y viscoso se enrolló en torno a mi pene, y de pronto sobrevino un golpe de luz, una fuerza tan poderosa que me hizo gritar, mi cabeza penduleó, osciló, experimentaba un orgasmo trepidamente, inmenso, interminable, yo alcanzaba a ser consciente de cómo se desintegraban las partículas de mi cuerpo, todo se desconectaba y a la vez se congregaba con el júbilo de la ola al amanecer; me desplomé finalmente sobre Chelo, mi cuerpo aún titilaba con emanaciones continuas de sensaciones efervescentes, negras; ella ronroneaba bajo de mí y yo me daba cuenta de que acababa de experimentar el orgasmo más intenso de mi vida y, sin embargo, no había eyaculado.

Ay Lucio, qué venidones, me dijo Chelo, tú te viniste increíble, ¿no?, pues sí, contesté, pero no eyaculé. ¿Cómo que no eyaculaste? Yo creí que sí. Pues no, pero de cualquier manera no me hizo falta. ¿Y no quieres eyacular? Sí, bueno, no sé… Los dos quedamos en un silencio intoxicado, hasta que salí de ella, con el pene bien erecto pero igualmente satisfecho; ella se acurrucó junto a mí, ay qué cosa más rica, dijo después de un largo silencio, ¿de veras no te viniste? Sí, sí me vine, no eyaculé, pero sí me vine perfecto, puta, creo que jamás había tenido un orgasmo tan violento. ¿Y quién te enseño eso, tú? Las niñas te van a adorar, agregó, mientras tomaba mi miembro y lo acariciaba lentamente, con cachondez progresiva, oye, ¿y puedes eyacular? Claro, respondí, óyeme. Ella se había deslizado hacia abajo, metió el pene erectísimo en la boca y lo succionó y manipuló con tal maestría que en menos de un minuto eyaculé estruendosamente: arqueé la espalda en el aire de forma inverosímil, con movimientos pendulares, agónicos, de mi cabeza, oprimí la sábana como si de ella dependiera mi firmeza sobre la tierra. Finalmente caí, y cerré los ojos: algo me despeñó velozmente hacia una desconexión total, y cuando abrí los ojos de nuevo pensé que había muerto quién sabe cuánto tiempo.

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