La miel derramada
Lucrecia Borges
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Lucrecia Borges
Lucrecia Borges trabajó hace algunos añejos en la casa. Era una criada de ochocientos setenta y cuatro años, usaba vestido de percal hasta los tobillos y un inolvidable rebozo. Rebozo. Era bigotona, bocona, arrugada, orejuda y apestosa.
Recuerdo que una vez, al desayunar (L. B. había ido a su fantasmal pueblo). Violeta contó que Lucrecia tenía ocho hijos (cinco regalados y dos que vivían en su pueblo). Después, oí que Violeta cuchicheaba a Humberto:
—No confío para nada en Borges, Humberto. Las vecinas creen que es aymishijos. Además, de repente le entra una mirada brillantísima, canalla: ¡zas!, ¡le agarra la mano al lechero! El señor se puso pálido pálido, quería echarse a correr. Pero Borges no le soltaba la mano, Humberto, ¡al contrario, la apretaba! ¡Suélteme, vieja loca, suélteme! Borges no decía nada, nomás apretaba la mano del lechero…
—Andaba caliente —diagnosticó Humberto, entre risas.
—Ay, Humberto.
Luego, a veces, yo la veía en el jardín. Sentada en cuclillas, con su horrenda falda gris hasta los pies. ¡Cerca de la piedra! Patarrajada infeliz, pensaba. Todo el tiempo traía un chicle atómico en la boca. Chacachaca siempre. ¡Caray!, ponía nervioso.
Pero el asunto fue un día en que estaba dormido, como a las once de la mañana. Me había desvelado o algo así, y milagrosamente, Humberto no enchinchó para que me levantara. Supongo que Borges entró a limpiar el cuarto, cuando contempló mi rostro angelical, embellecido por el sueño. Sentí algo rasposo en la boca; creí que era un mosco, agité la mano y seguí dormido. Pero, pácatelas: otra vez. Algo rasposo, seco.
Desperté de golpe, para ver la nauseabunda cara laberíntica de Lucrecia Borges a cero centímetros de distancia. Si no apestaba, de cualquier manera sentí un olor fétido y la náusea en mi boca. Debo haber abierto los ojos al máximo, porque ella sonrió (¡seductora!) y entrecerró los ojillos.
Me cubrí rápidamente con las colchas, temblando a mil oscilaciones por segundo. Estaba paralizado, oyendo cómo la cínica Lucrecia Borges empezó a limpiar, con toda calma, el cuarto.
Por supuesto, empecé a sentir un miedo cocoliento cada vez que veía a la criada. Ella sólo sonreía, mostrando su boca chimuela. Como buen retrasado mental que soy, nunca dije nada. Pero cuando me hallaba solo, Lucrecia aparecía. Yo escapaba. O quedaba paralizado. Entonces, Lucrecia, toqueteando mi brazo, tienes bonita carnita, niño, decía.
Corre, corre, huye del pecado, de la lujuria, de los excesos, me decía con la mentalidad mocha que me caracterizaba en aquel entonces (al grado de tenerme apantallado los lasallistas del Cristóbal: quería ser hermano y hasta había escrito en mis cuadernos Trabaja y Ora). En esos momentos, por más que oraba, Diositosanto no acudía a salvarme de Monstruolascivo. A veces me sorprendía descuidado y tocaba mis muslines, o las pompis. Yo, helado, echaba a correr.
Veía la cara risueña, tranquila de Violeta y por más que intentaba, nunca me atrevía a contarle. Para entonces, Lucrecia aparecía hasta en el huevo estrellado, toqueteándome, diciendo ven aquí niñito lindo no te voy a comer. ¡Mangos, Satán, no me chingarás! Palabra que vivía angustiado, pensando en Borges y en su carne flaca, sucia, llena de arrugas.
Pero el colmo fue una mañana de sábado en que me estaba bañando. Tralalalá, cantaba feliz, olvidado de Borges, en la plenitud de mi inocencia. Hacía un escandalazo con mis berridos, tralalay, lalay, laralalaaaaay. Cerré las llaves del agua. Listo. Mmmm. Mu mien. Rico sentirse fresquín. Me sequé con la acuciosidad de siempre y cuando abrí la cortina (de golpe, con un movimiento seco), advertí a Lucrecia Borges, la Infatigable Garañona, sentada en la taza del baño, viendo mi cuerpo desnudo, coloradito, con los pelotes parados, con la toalla (azul) en la mano. Casi pego un grito. Ella se acercó ladinamente.
—¡Lárguese, vieja desgraciada! —chillé, dando manotazos, porque la canalla quería gozarme.
—¡Estese sosiega, maldita, váyase o le grito a mi mamá!
Ella retrocedió unos pasos, respirando agitada por el vapor que llenaba el baño.
—Órale, niño, si también tú tienes hartas ganas…
Sentí un nudo gigantesquísimo, los ojos húmedos. Borges alzó sus faldas y mostró unas piernas prietas, como de cuero, con medias hasta la rodilla; y también se vislumbró su hoyo, lleno de pelos secos, erizados, polvosos. Con mirada febril y la falda en la cintura, trepó en la taza del excusado. En cuclillas, abrió los muslos al máximo, dejando ver su vagina gigantesca: carne color ladrillo bajo los pelos.
—Ándale, aquí podemos bien —cacareó.
Entonces fue cuando apreté la toalla con todas mis fuerzas y
—¡Mamá, mamá, mamá! —empecé a aullar como desesperado, chillando a mares.