La miel derramada

La miel derramada


Ahí viene Dalila

Página 4 de 14

Ahí viene Dalila

Run Samson run

Delilah’s on her way

Run Samson run

You ain’t got time to stay

SEDAKA & GREENFIELD

Día nublado con vientos soplando violentamente. El jet de Chicago se retrasaría una hora, a causa del tiempo. Vi el enorme reloj: eran las cinco de la tarde. Miré a mis padres y a mi prima sentados, con los gruesos abrigos colgando en sus cuerpos.

—¿Ahí piensan estar hasta que llegue?

Mi padre asintió, y entonces, balbucí que estaría en el café. Mi prima se levantó, anunciando que me acompañaría. Tras encoger los hombros, me dejé seguir.

Pero no fuimos a la caferería: entramos en el bar.

—¿Conoces a esa tía?

—No; jamás la he visto.

—Dice mi madre que vive en Chicago desde los once años.

—Algo oí de eso.

—Y que allá se casó.

—¿Está casada?

—Sí.

—Allá ella.

—En efecto, yo no me pienso casar en bastante tiempo.

—Porque no tienes con quién.

sabes que eso no es verdad.

—Yo no sé nada.

—Contigo no se puede hablar, eres imposible.

—De acuerdo, soy imposible.

—Dicen que es muy bonita.

—¿Quién?

—Nuestra tía: Berta Ruthermore.

—¿Así tiene el descaro de llamarse?

—¿Berta?

—No, Ruthermore.

—Es su marido quien se llama así.

—Lo cual no impide que el apellido deje de ser un cañonazo al tímpano.

—No seas exagerado.

—No es exageración.

Sonreí ligeramente al tomar mi trago. Laura era todo un carácter: tenía mi edad y su fama de intrépida parrandera era bien conocida. Tenía entendido que sus estudios iban por los suelos, mas era bastante poco lo que eso le interesaba. Es simpática, pensé, congeniamos bien.

—ción anuncia la llegada de su vuelo 801, procedente de Chicago, servicio/ —dijo una voz profesional, femenina.

Laura pagó los licores, con mi correspondiente sorpresa. Nos reunimos con mis padres en la llegada internacional, para ver el descenso de los pasajeros del jet.

Mis padres empezaron a saludar a alguien. No supe a quién hasta que mi madre señaló a Berta Guía de Ruthermore. No parecía tener más de treinta años (quizá los pasase, pero su figura era joven): un poema hecho mujer, como dijera Torres B. Alta, ojos destellando simpatía y malicia. Y un cuerpazo.

—Realmente es bonita —dijo Laura con miradas de envidia y admiración.

La tía estaba ya frente a nosotros saludándonos con sonrisa alegre. La vimos, a través de los vidrios, hacer todos los trámites.

Cuando al fin se reunió con nosotros, su conversación fue el centro de todo. Laura estuvo callada, aunque tenía una bien merecida fama de conversadora simpática. Mr. Ruthermore tuvo que quedarse en Chicago. Estancia de sólo tres días para decir hello a la familia. Ya casi no hablaba español, pero afortunadamente yo conozco el inglés, mi padre también y Laura hacía un grandísimo esfuerzo por hablarlo (sin éxito, es obvio).

Mrs. Ruthermore tenía treinta y tres mesiánicos años y era la hermana menor de mi padre. Odié ser su sobrino, pues me miraba con un aire maternal, haciéndome sentir como el imbécil número uno sobre la tierra.

En casa, ocupó la recámara de los huéspedes (o de los guests, como ella decía). Tomó un sándwich: en el avión había comido. Quedé con la comisión de pasearla y ella aceptó cenar en un restorán de seudocategoría.

Haciendo un increíble esfuerzo de rapidez, la llevé a dos museos, a una exposición, a CU y a todo lo digno de verse. Llegamos a la mitad de una obra de Strindberg, y finalmente, cenamos en una boîte, donde casi se agotó el dinero que mi padre me había dado.

Juró haberse divertido bastante.

Desperté, no muy tarde, con la idea fija de hacer una fiesta en la noche para agasajar a doña Berta Ruthermore, hermana de mi padre, y por consiguiente, mi tía.

Era imposible mantener el secreto a la Ruthermore, y cuando lo supo, se mostró muy contenta, «porque tenía ganas de bailar». Hice todos los preparativos. Despejé, con la ayuda de los criados, la salas, el jol y todos los lugares donde se pudiera bailotear. Contraté meseros y un conjunto de música tropical, para no dar mala impresión a los imbéciles de la high.

Germaine llegó a las siete —sola— «para ayudar». Mi tía había salido con mamá a visitar a la familia, y en casa sólo estaban los meseros. Aunque yo pretendía fiscalizar todos los preparativos de la fiesta, Germaine me jaló a la terraza.

Anochecía y el viento penetraba por mi camisa. Al pedirme un cigarro, saqué dos. Observé su rostro con la luz del encendedor. El rostro no parecía real, era algo de otra naturaleza; desgraciadamente, sólo fue cosa de un instante, pues tuve que apagar y perder uno de los momentos más agradables con Germaine.

—¿Cuál es el motivo de la fiesta?

—Ya lo dije, para agasajar a mi tía.

—Una apreciable anciana, seguramente.

—¡Qué va!, es toda una belleza.

—Ja, ja.

—No te burlarás cuando la veas.

—No te enfades, Enrique.

—Gabriel.

—Ah, sí, que coincidimos en las ges.

—Bien sûr.

—¿Quiénes van a tocar?

—Un conjunto de chachachá.

—¿Quiénes?

—Los Siguas.

—No son conocidos.

—Eran los únicos a mano.

—Ya doy.

—¿Cómo te ha ido?

—Regular.

—¿Has leído algo últimamente?

—Rimbaud, Une saison en enfer.

—No conozco a Rimbaud.

—¡Toda una francesa que no conoce a Rimbaud! ¡Qué cinismo!

—Ni modo. Y no soy francesa.

—¡Ah! A mí me encanta.

—¿Te sabes algún poemucho?

—Claro.

—Declama uno.

—Uh, no. Soy pésimo declamando.

—Perfecto. Así tendré de qué burlarme.

—Ya, ¿eh?

—Ándale.

—¿En francés o en español?

—En francés, naturalmente.

—Bueno, hay uno muy famoso que se llama Voyelles.

—Déjate de circunloquios, y venga.

Declamé las Vocales y díjome que sólo le había gustado aquello de O, l’oméga, rayon violet de ses yeux! Aclaré que el poema pertenece a los Delirios, lo que no pareció importarle. Sólo dijo:

—Ahora puedo decir que conozco a Rimbaud.

Y ante tal imbecilidad, saqué a flote mi más sarcástica risa.

Al cuarto para las nueve, los músicos hicieron su aparición. Poco después, los invitados empezaron a llegar. El ambiente se tornaba más y más pesado. Mi madre y mi tía llegaron y esta última fue presentada a los invitados, que ya habían empezado a platicar unos y a bailar otros. Yo bailaba con la Giraudoux cuando la Ruthermore se acercó en brazos de don Yonoloinvité, diciendo:

—La próxima conmigo.

Y se fue en los brazos, bastante velludos, del mismo señor. Al acabar la pieza, dije a Germaine:

—Iré a cumplir con mis deberes de buen sobrino.

Ella hizo un mohín y enfiló hacia la repartición de bebistrajos.

Bailé varias piezas con mi tía al american way of dance y luego fui a bailar con Germaine. Eso, hasta que sus padres aparecieron, y entonces huimos a la biblioteca, para que nadie fiscalizase su modo exorbitado de beber.

Sus padres la mandaron llamar a las dos de la mañana y ella tuvo que partir.

Salí entonces de la biblioteca para encontrarme con luces tenues invadiendo a danzantes, que ahogados en alcohol, se apretaban unos contra otros, llenos de la música sexy que tocaban los Siguas. Mis padres no aparecían por ninguna parte: salieron cada quien por su lado. Mi tía trataba de hacerse entender en español con un mesero; sin éxito, como era natural. Ya estaba muy embriagada, demasiado.

Al invitarla a bailar, aceptó y lo hicimos nuevamente muy pegaditos.

—He bebido, bebido, y seguiré haciéndolo, mi querido Gabrielito y tú lo harás conmigo; bebo porque hace mucho que no bebía y porque aquí hay licor, y bailo porque no está el imbécil de mi marido y porque tengo con quién hacerlo. Me gusta tu mejilla, por eso oprimo la mía a la tuya. Estoy muy contenta, Gabriel, hacía mucho tiempo sin sentirme contenta.

Mi tía, Berta Ruthermore, era quien decía eso y en inglés. En otras circunstancias no lo hubiera creído, pero en aquellos momentos estaba muy embriagado y sólo decía en su oído:

—Okay, okay, okay.

Ella siguió hablando incoherentemente.

—Okay, okay, okay.

Luego hablaba de mí.

—Me caes muy bien, sobrino, me caes muy bien, me gustas, tengo ganas de besarte no con un beso maternal ni de tía, no, no, no.

Y lo mismo:

—Okay okay, okay/

Su beso tuvo tal ardor que me asustó, haciendo que me separase.

—Te lo dije, Gabriel, te lo dije.

Seguimos bailando, muy pegados, y ella seguía hablando. Luego bebíamos y bailábamos y bebíamos, bailábamos, bebíamos, sí, sí, sí.

Las cuatro de la mañana: los músicos se van. Mis padres no regresan. Otros se van. Alguien ronca en la biblioteca. Más gente se retira. Nosotros, sí, bailamos. Otros más se van. Bailamos. En el estéreo suena Swing down sweet chariot. Los más borrachos se han ido. Afrojazz ahora. No han vuelto mis padres. Aún bailamos. Ya no hay nadie en la casa. Bailamos. La mano fina de mi tía oprime el interruptor de la luz. Bailamos. Otro trago. Ya no hablamos. Bailamos. Se separa. Me toma de la mano. Ha caído otro disco. Subimos las escaleras. Música de Peter Appleyard. Abre la puerta. Oscuro. Jazz. Cierra la persiana. Más oscuro. Sus labios enterrándose en los míos. Mareado. Hemos caído en la cama. Ya están aquí: vueltas, vueltas, vueltas. El vértigo. Círculos. Mi tía me besa. Ondas, giros, órbitas. Besándome. ¡El vértigo! Las vueltas vueltas, círculos…

De la misma manera como había llegado, Mrs. Berta Ruthermore se fue. Mis padres la despidieron en el aeropuerto. No quise ir, no podía verla otra vez. Sentía que la vergüenza se desbocaba por mis sienes. En la mañana, muy en la mañana, al despertar viendo la espalda desnuda de mi tía, me odié terriblemente y salí de ese cuarto. Los efectos de la embriaguez de la noche anterior, la árida boca, la casa desordenada, mis manos temblorosas, el recuerdo de mi tía, los vasos vacíos, y por último, mi imagen reflejada en el espejo de la sala, se revolvieron en mí, bulleron en mi cerebro haciendo que abandonara la casa para refugiarme en un hotel cercano.

Regresé hasta estar seguro de que Mrs. Ruthermore ya se había ido. Los criados se afanaban borrando los recuerdos de la noche anterior. Caminé por el pasillo, dirigiéndome, inconsciente, al cuarto de los huéspedes. Entré atemorizado. Aún no lo arreglaban. La cama deshecha, las persianas bajadas. Todo igual. Sobre el buró estaba un papel doblado, donde se leía: GABRIEL.

«Forget that night of madness, excuse muy heavy drinking and thanks for the memory».

Tras leerlo, reí: reí a carcajadas, sin poderme controlar.

Del lado no escrito, puse:

It was a terrific sound

Giggle or noise

Perhaps was spellbound

Perhaps a voice.

Ir a la siguiente página

Report Page