La miel derramada

La miel derramada


La Casa Sin Fronteras

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La Casa Sin Fronteras

Caminé con lentitud, a causa del frío y la llovizna, hasta llegar a la Casa Sin Fronteras. Doña Elvira me esperaba a disgusto. Nada más alzó las cejas: un poco despectivamente, me atrevería a calificar. Con una seña me indicó que la siguiera. Lo hice, manos en el bolsillo, ya con el entrecejo fruncido a causa de la actitud, que consideraba insólita, de doña Elvira. Recorrimos el pasillo silencioso de la Casa hasta entrar en un salón para mí desconocido.

Los sillones de cuero oscuro se hallaban ocupados por los ancianos del consejo. Todos asintieron con aire de vago respeto cuando apareció doña Elvira, pero nadie se puso de pie. Ella no pareció conceder importancia a ese gesto descortés. Sin musitar una sola palabra llegó hasta el escritorio, hurgó en los cajones y extrajo lo que supuse una fotografía vieja: desde la puerta, donde permanecí, no alcancé a precisar si efectivamente lo era. Doña Elvira ocultó la fotografía en un sobre sin membrete en el cual guardó también una hoja mecanografiada. El que parecía decano del consejo se incorporó, fue hasta el escritorio y dijo algo a doña Elvira, mirándome. Ella respondió con un solo movimiento de cabeza, la mirada dura.

Finalmente doña Elvira susurró algo al decano que se encontraba de pie y salió del cuarto, sin indicarme si debía de seguirla o no. Opté por hacerlo, dado que el anciano empezó a exponer algo, en otro idioma y con la voz tensa, a los miembros del consejo. Seguí a doña Elvira hasta su despacho, donde, sin invitarme a tomar asiento, escribió unas líneas en un papel que introdujo también en el sobre sin membrete. Tomó otro sobre de la mesa y me tendió ambos, en silencio. Su evidente malhumor, o así lo supuse en ese momento, me impidió emitir algunas frases que juzgaba pertinentes y me hizo salir de la habitación, caminar con cierta rapidez y salir a la calle para encender un cigarro, puesto que en la Casa se prohíbe fumar. Llovía tenuemente y me esquiné en el rellano de la puerta para no mojarme. El humo del cigarro irrumpió en mi interior y me hizo toser. Me pareció normal porque hacía mucho frío y mis dientes castañeteaban.

El membrete de uno de los sobres permitía leer: «Casa Sin Fronteras. Instituto Superior de Cultura, Ciencias y Solidaridad». Quise ver inmediatamente el contenido de los sobres pero la sola perspectiva de quitarme los guantes lo impidió. Fui a un restorán cercano donde pedí un desayuno frugal. Me dispuse a examinar los documentos. Del sobre membretado obtuve una hoja que para mi sorpresa no estaba dirigida a mí, sino a un señor Edmundo Barclay. Titubeé unos momentos al pensar si debía o no de leer algo destinado a otra persona y bebí con lentitud el café ardiente, sintiendo cómo el calor rompía los conductos de mi interior, obstruidos por el frío. Momentos antes el humo del cigarro me ofreció una sensación parecida. El restorán se hallaba casi vacío y para entonces el mesero se aburría en una mesa apartada. Sin ningún motivo razonable creí que alguien me observaba, esperaba que yo leyese la correspondencia del señor Barclay. El humo del café se elevaba en espirales tibias.

«Señor Barclay: No se trata de eludir la responsabilidad sino de enfrentarla. A usted se le encomendó todo lo concerniente a la señorita de los Campos y la Casa espera que se cumplan sus decisiones, hasta ahora retardadas por su falta de interés, ya que nos consta su capacidad. Tampoco se trata de fijar plazos precisos: contradiría nuestros principios y nuestra estrategia; sin embargo, esperamos noticias suyas en menos de cuarenta y ocho horas. Reciba usted un saludo cordial de E. Fields, administradora».

No dejó de preocuparme, aunque en ese momento no entendí la razón, el que la nota no se hallase fechada. Sentí un cosquilleo sutil en mi esófago y encendí otro cigarro para mitigar la sensación; volví a recorrer la estancia con la mirada: el restorán seguía vacío a excepción del mesero. Sonreí al advertir que su parecido con el decano hubiera sido extraordinario de no ser por la diferencia de edades.

Del mismo sobre también extraje la que efectivamente resultó una fotografía sepia, vieja. En ella se podía admirar a una muchacha muy joven, con cierto aire bucólico. Unas largas trenzas cubrían el pecho de su blusa abotonada hasta el cuello y sobre la cabellera lacia, estirada, destacaba una peineta oscura. La muchacha lucía una expresión impasible, y miraba al objetivo de la cámara sin piedad, fijamente. Supuse que cuando la magnesia la iluminó, ni siquiera había pestañeado sino que persistió en esa mirada inflexible sobre la cámara. La señorita de los Campos.

Cuando me dispuse a leer la nota adjunta a la fotografía, alcé la cabeza y vi que el anciano del consejo caminaba con pasos firmes en dirección del mesero. En ningún momento me dirigió una sola mirada y tomó asiento en la mesa del rincón para susurrar algo al joven. Susurrar no es el término adecuado, puesto que yo me hallaba más bien lejos de ellos y no pude escuchar ni una sola de sus palabras, pero sí observé que la forma en que el anciano inclinó la cabeza en dirección del joven mostraba cierta intimidad. Cuando volví al contenido del sobre sin membrete tuve la impresión de que ambos se volvían para mirarme: eso me obligó a beber el resto del café mediante un solo trago y disentir lo amargo me di cuenta, hasta entonces, de que no lo había endulzado.

Me concentré en la nota escrita, en mi presencia, por doña Elvira.

«Es mi deber reiterarle que la localización inmediata de la señorita de los Campos es una grave necesidad de la Casa. Adjunto su fotografía y todos los informes que dispongo acerca de ella, aunque todo este material ya se halla en su poder. Tengo la ingenuidad de creer que usted extravió estos datos y que a eso se debe su morosidad. Es obvio aclararle que ahora debe cuidar este material con un celo excesivo y cumplir sin titubeos lo establecido. Ésta es la última advertencia: usted sabe muy bien que la Casa ejecutará el único castigo posible si sus órdenes no son cumplidas en esta ocasión. E. F.».

Seguía perplejo ante el hecho de que me hubieran entregado esas notas. La última evidentemente fue dirigida a Edmundo Barclay, quien quiera que fuese. Pero lo que más me pasmaba era que doña Elvira la redactó en mi presencia y me la entregó. Ella sabía que yo no era Edmundo Barclay. Era ridículo considerar un error, ya que doña Elvira y yo habíamos sido presentados tres meses antes. Ella me contrató para unos trabajos tediosos de contabilidad y archivo relacionados con un material de la Casa que consideré incomprensible y es más: caótico. Doña Elvira se mostró cortés y yo procuré trabajar con la mayor atención posible para no causar mala impresión.

Ella seguramente quedó satisfecha con mis resultados ya que al poco tiempo volvió a llamarme para una empresa similar, lo que me agradó mucho pues los estipendios de la Casa eran más que generosos. También esa vez trabajé rápido y bien y por ese motivo fui llamado de nueva cuenta. Un trabajo estable con la Casa era más que importante, y no titubeé en levantarme temprano a pesar del frío inclemente y de la llovizna que entristecía la mañana. Ya he referido lo que sucedió después: se me trató con descortesía y me entregaron unos papeles insensatos.

Tuve que alzar los ojos nuevamente; para mi sorpresa el decano y el mesero continuaban inmersos, en sus cuchicheos, sin mirarme, a pesar de que esa impresión experimenté. Inquieto, abrí el sobre restante, ya sin preocuparme porque no estuviese dirigido a mí. Si se me había hecho perder el tiempo y padecer fríos bien podía satisfacer mi curiosidad antes de hacer entrega de los sobres y su contenido a doña Elvira.

Dentro del sobre sin membrete se encontraban varias cuartillas donde se narraba, con un estilo llano y conciso, casi periodístico, lo que podía considerarse la biografía de la señorita de los Campos. Al terminar de leer la inquietud que se había ido filtrando en mí aumentó considerablemente por varios motivos que quizá puedan parecer pueriles.

Primero, nunca se mencionó el nombre de pila de la señorita de los Campos. Segundo, tampoco se hacía referencia a una época en particular, todo remitía a un momento repetible en cualquier año; sin embargo, por alguna razón inexplicable, privaba la impresión de que los sucesos concernientes a la señorita de los Campos habían tenido lugar a principios de siglo. Tercero y fundamental, la amenaza que era muy fácil de asumir del texto.

Las horas suscintamente relataban esto:

La señorita de los Campos apareció en la ciudad sin que nadie supiese cuál era su origen. A primera vista parecía una bella muchacha de campo, pero nada más. Sin embargo, cuando la Casa accedió a cuidarla, reveló una inteligencia nada común y poder de asimilación notable, por lo que pronto fue introducida en asuntos de interés de la Casa. Parece ser que cuando la recogieron, la señorita de los Campos no cumplía aún quince años, mas por algún motivo se mostraba renuente a indicar dónde había nacido, qué era de sus padres, en qué circunstancia vivió hasta ese momento y por qué había ido a la ciudad, primero, y por qué se presentó en la Casa Sin Fronteras casi en el acto.

Estas preguntas fueron olvidándose con el paso del tiempo dado que la señorita de los Campos cumplió admirablemente las tareas que se le asignaron. Casi nunca salía de la Casa, era obediente de las instrucciones y prohibiciones; se le adivinaba discreta y silenciosa, no fumaba ni parecía tener inclinación a la frivolidad. Poco a poco fue entrando en asuntos de mayor importancia y su discreción fue ejemplar. Las autoridades de la Casa enviaron instrucciones desde el extranjero para que se le diesen responsabilidades mayores y el resultado fue siempre inmejorable.

Así pasaron cinco años en los que, sin embargo, fue despertándose una gran curiosidad entre la gente que la rodeaba: la señorita de los Campos continuaba luciendo tan fresca y lozana como cuando tenía quince años.

En esa época ocurrió el primer asesinato: el que entonces era decano del coro, responsable de los principales asuntos de la Casa, fue encontrado muerto a puñaladas en uno de los salones del segundo piso. Parece ser que nunca se averiguó quién lo había asesinado, pero siempre quedaron en el aire las circunstancias crudelísimas del crimen: una agonía muy lenta a través de sesenta y cuatro pequeñas puñaladas que se aplicaron en las plantas del pie, en los tobillos, en las manos, en los brazos, mientras se dejó para el final las partes vitales del organismo. Eso significaba que el asesinato necesitó treinta y dos horas para completarse: casi tres días.

Lo que intrigaba era que en esas horas nadie reparó en la ausencia del decano y que nadie se hizo sospechoso ya que todos habían estado cumpliendo tareas fácilmente comprobables. Aún no se ahuyentaba de la Casa el recuerdo de aquel deceso cuando tuvo lugar el siguiente: el nuevo decano y responsable de la Casa.

Las circunstancias del segundo crimen fueron parecidísimas a excepción de que en aquella vez fueron ciento cincuenta y ocho puñaladas; es decir, setenta y cuatro horas. Como la primera vez, las heridas habían sido causadas por un filo muy pequeño y la muerte se atribuyó a la pérdida de sangre: no obstante, el asesino continuó asestando puñaladas aun cuando el anciano había fallecido.

Las autoridades de la Casa Sin Fronteras llegaron desde el extranjero para investigar, con resultados similares a los anteriores. La señorita de los Campos se mostró particularmente entusiasta en la aclaración del suceso, y por supuesto, ella estaba fuera de toda sospecha. Tampoco, esa vez se llegó a descubrir el origen y el móvil de los crímenes y por alguna razón, antes de irse, las autoridades de la Casa desconfiaron del decano en turno del consejo y dieron la responsabilidad de la institución a las señorita de los Campos, a pesar de su juventud evidente. Ella cumplió sus deberes, como siempre, al máximo de sus posibilidades, y repentinamente desapareció.

Supongo que desapareció llevándose algo muy importante porque desde ese momento tuvo lugar una verdadera conmoción en la Casa. El decano del consejo tomó las riendas del Instituto y todos procuraron dar con la señorita de los Campos. En las cuartillas que leí no se indicaba el lapso que sucedió a continuación, sino que simplemente se asentaba la llegada oportuna y valiosísima de doña Elvira, quien al paso de dos meses demostró tal eficiencia que se le concedió la dirección de la Casa cuando el decano del consejo falleció: esa vez de muerte natural.

Prácticamente, eso era todo. Ignoro quién haya redactado lo que leí, pero me aterró la idea muy obvia que se desprendía del contenido del sobre membretado y de una nota final en el segundo sobre: se indicaba que la señorita de los Campos había sido vista en nuestra ciudad y que debía ser localizada. Era evidente que encargaron a Edmundo Barclay que encontrara a la señorita de los Campos para darle muerte. Se infería que la Casa la consideraba responsable del asesinato de los dos decanos y que ella poseía algo de suma importancia que era necesario recuperar a cualquier precio. Pero lo que más me intrigaba era que doña Elvira me hubiese entregado ese material; ella me conocía de sobra y sabía que yo no era Edmundo Barclay.

Me aterraba la idea de que en la primera nota se hablara de un plazo de cuarenta y ocho horas, que nunca sabré si para entonces había vencido o no, y que hubiese una amenaza implícita en las notas dirigidas a Edmundo Barclay. Es decir, era de suma importancia para mí regresar ese material y dejar toda la responsabilidad al señor Barclay, antes de que por una equivocación insensata la Casa se decidiera a tomar represalias en mi contra.

Para entonces la sola idea de comer algo me parecía repugnante y dejé lo que sobraba de mi café. En algún momento de mi lectura el decano se había ido y en el restorán sólo permanecía el mesero, mirándome. Es decir, no me miraba pero la impresión de que me vigilaba no dejaba de preocuparme. En un momento de temor ridículo, comprensible después de haber leído lo que leí, ni siquiera quise llamar al joven para pedir la cuenta, sino que deposité en la mesa un billete de mediana denominación y salí apresuradamente, procurando no volver la vista.

Atravesé la calle mientras el frío me golpeaba nuevamente y las gotas insípidas de la lluvia se insinuaban en mi ropa. Llegué a la puerta de la Casa. No vi la placa de la Casa Sin Fronteras, pero no me detuve y toqué la puerta con cierta e innecesaria violencia. Nadie respondió y entonces me permití dar de puntapiés, pensando que la campana no servía. Para mi sorpresa se escuchó una voz masculina. Por más que intenté dejar los sobres me indicó que doña Elvira no se encontraba en esos momentos, ignoraba a qué horas regresaría. A la persona en cuestión le era imposible responsabilizarse por los sobres que yo pretendía dejar. Calculé la posibilidad de introducirlos por la rendija de la puerta pero me asaltó el temor de que, si se extraviasen, la Casa seguiría considerando que yo era Edmundo Barclay con todas las consecuencias funestas que se desprendían.

Me alejé de allí, y al llegar a la esquina alcancé a ver que el decano del consejo se acercaba al local de la Casa. Corrí lo más rápido que pude para alcanzarlo antes de que entrara, a pesar del aire glacial; una corriente de aire acometió mi rostro, me vi precisado a cerrar los ojos y cuando los abrí de nuevo, aún corriendo, el decano ya había entrado en la Casa; es decir, tuvo que haber entrado, a pesar de que se encontraba lejos de la puerta. Era imposible que se hubiese desvanecido en el aire o que se hubiera teleportado. Fui de nuevo allí y toqué, haciendo uso de la campana, de mis manos enguantadas y de mis pies, pero nadie respondió.

Dejé de insistir porque el ejercicio, el frío y la llovizna de la mañana prácticamente paralizaron mis miembros y tuve un calambre en la pierna. Traté de frotarla pero desistí. Ya desde antes padecía de ese tipo de calambres y sólo el paso de algunos minutos los aliviaba. Tuve que tomar asiento en la banqueta y cuando el dolor desapareció, perdí todo deseo de continuar llamando en la puerta. Me invadió un cansancio repentino, una oleada de impotencia.

En la casa de huéspedes donde vivía leí y releí el contenido de los sobres y más que nada contemplé la fotografía de la señorita de los Campos. Su expresión impersonal, la mirada inflexible me apasionaban y quise vivamente localizarla, buscarla y sentir esos ojos duros, fijos en mi persona. Tuve que sacudir la cabeza para alejar la sensación hipnótica que me producía esa mirada y busqué el teléfono de la Casa Sin Fronteras. Por un descuido insensato, imperdonable, había olvidado anotar el número en mi libreta de direcciones. Eso se debió, me justifiqué, a que la Casa se hallaba muy cerca de donde yo vivía y nunca me vi en la necesidad de telefonear a doña Elvira. Finalmente lo encontré garabateado en unos apuntes hechos tres meses antes.

Traté de comunicarme con doña Elvira. El teléfono sonaba siempre ocupado y los zumbidos breves y monótonos punzaban en mis oídos. Decidí regresar a mi cuarto para continuar con mis trabajos de contabilidad, pero sentí apetito y salí a la calle en busca de un lugar donde comer.

Ahora considero normal que haya ido a parar en el restorán en que desayuné esa mañana. O sea, frente a la Casa Sin Fronteras. Casi con naturalidad consideré que estaba bien: así terminase de comer iría a ver a doña Elvira para aclarar todo, le diría que esa misma tarde tendría sus sobres y le ocultaría que los hubiera leído. Entré en el restorán de buen ánimo y casi no me fijé en que de nuevo estaba vacío, a excepción del joven mesero dormitando. Ordené unos emparedados ligeros, una sopa que intuí de lata y me puse de pie para ir al baño a lavar mis manos. Vi mi imagen en el espejo y me aseguré de dormir bien esa noche para borrar las ojeras que padecía.

Cuando regresé a la mesa encontré un papel doblado. Inmediata e incongruentemente mi corazón empezó a latir con fuerza. Busqué con la mirada quién lo había dejado pero nadie se hallaba a la vista, a excepción del joven mesero. Con nerviosidad desdoblé el papel.

«Usted está perdiendo el tiempo. Aténgase a las consecuencias. Urge localizar a la señorita de los Campos».

Nadie firmaba la nota. Nadie se encontraba a la vista. La calle estaba vacía como era natural en un día tan frío en el cual persistía la llovizna.

El mesero llegó con mi sopa y mis emparedados, y con expresión de verdadero tedio. Lo interrogué exhaustivamente acerca de la nota, pero según él no había visto a nadie, estaba en la cocina. Le di las gracias y mordí uno de los emparedados. Una materia viscosa se enterró en mis dientes, mi saliva no bastaba para humedecerla y sentí inmediatos deseos de vomitar.

Tan pronto como pude salí del restorán para aspirar aire frío. Me tribularon imágenes de la señorita de los Campos con su mirada impersonal e inflexible, y del malhumor de doña Elvira. Hasta entonces creí advertir que ambas mujeres se parecían mucho. Lo que las hacía parecidas, descubrí un poco después, era la mirada. Doña Elvira siempre me veía con una fuerza que desde el principio me turbó.

De nuevo sentí un caos de sentimientos estrangulando mi garganta. La imagen de la señorita de los Campos no se iba y cada vez más yo admiraba la belleza, la tersura del cutis, los ojos fríos y un poco crueles. Atravesé la calle, sintiendo a mis espaldas la mirada del mesero. Llegué a la puerta de la Casa y volví a llamar con violencia. Nadie me abrió. El frío me hacía temblar, mis dientes castañeteaban y mis manos enguantadas se hallaban rígidas. No supe qué hacer. Seguí golpeando la puerta sin ningún resultado, hasta que repentinamente retrocedí unos pasos y vi la cara del decano del consejo en una de las ventanas superiores. No puedo precisar la expresión con que me veía. Me volví en el acto y vi al mesero del restorán apoyado en la puerta, mirándome también. En ambos se mezclaba la impaciencia, el sarcasmo, la crueldad.

Eché a correr hacia una esquina y sólo logré detenerme cuando tuve la alucinación, tenía que ser una alucinación, de la señorita de los Campos caminando con pasos rápidos hacia la otra calle. Era la señorita de los Campos, estaba seguro, aunque sólo alcancé a ver su cara de lejos, un poco cubierta por el cuello del abrigo. Algo me gritaba que era la señorita de los Campos: nunca la había visto, mas intuía que ese cuerpo esbelto, bien proporcionado, vestido con elegancia, con ropas inclasificables, era el de ella.

Seguí corriendo hacia la señorita de los Campos, quien caminaba apresuradamente. Tuve la estúpida sensación de que alguien me seguía pero no le di importancia. Sólo quería alcanzarla, en realidad no sé para qué. La vi detener un taxi. No pensé en buscar otro, como hubiera sido lógico. Corrí y corrí durante un par de cuadras mientras el auto empequeñecía a lo lejos.

Me detuve cuando sentí que mis pulmones estaban a punto de estallar; todo mi cuerpo ardía, deseaba despojarme de la ropa, del abrigo pesado que me impedía correr con más agilidad, de los guantes que se adherían a mis manos como ventosas, de la bufanda que me estrangulaba. Me apoyé en la pared para jadear escandalosamente. Poco a poco el aire helado se fue filtrando a través de la ropa y cuando empezaba a disminuir el volumen de mis jadeos el calambre se inyectó en una de mis piernas. Fue tan repentino y tan doloroso que me contraje exhalando un quejido entre los jadeos, en el momento en que me pareció ver al decano de la casa una cuadra más allá en la esquina, mirándome.

Cerré los ojos con violencia y mis párpados ardieron. El aire frío y la llovizna me paralizaban, mi nariz estaba acuosa y estornudé. Quise meter mi mano en el bolsillo para extraer un pañuelo porque la humedad del estornudo se congelaba en mi nariz, pero mi mano enguantada no pudo entrar. Traté de quitarme el guante mas sentí los brazos paralizados. El decano del consejo se acercaba a mí y yo ansiaba ir a él, hablarle, pedirle que me acompañase para poder entregar los papeles. Pero el decano, cuando se hallaba a pocos pasos de mí, dio media vuelta y empezó a caminar en dirección contraria.

El calambre aún no me abandonaba y me impedía caminar; cojeé hacia la figura del anciano que ya se retiraba y me detuve en seco. Mis ojos se hallaban húmedos y una rabia impotente anidaba en mi garganta. Jadeando aún, mientras el calambre se desvanecía, vi que el decano se iba, empequeñecía como el taxi de la señorita de los Campos, y no pude moverme. Me deslicé por la pared hasta quedar sentado en el suelo, con las piernas extendidas. El cansancio fluyó por mi cuerpo y salió por los pies, como si fuera una corriente eléctrica.

Dos o tres personas pasaron por la banqueta y me miraron desaprobadoramente, pero no me importó: a mí, que la idea del ridículo siempre me había aterrado; yo, que todo el tiempo y en toda mi vida me comporté con seriedad, que evité los escándalos, tal como me enseñaran. Cuando me levanté el anciano ya no se veía.

Caminé con lentitud hacia la casa de huéspedes, donde cenaban ya. No respondí a la invitación para que los acompañase. Llegué a mi cuarto y tuve un sobresalto al verlo en orden, como de costumbre. Había tenido la certeza de que todo se hallaría revuelto y que una sombra se descolgaría del ropero para asesinarme. Pero todo se hallaba en orden y me desplomé en la cama, respirando pausadamente, atento a todo ruido que se filtraba del exterior.

Ya había anochecido y me levanté para correr las cortinas de la ventana. Hasta entonces me fijé que sobre mi mesa de trabajo se encontraba otro papel doblado. Dejé caer los brazos, con exasperación, y caminé a la mesa. El papel era idéntico al del restorán: tenía los tres mismos dobleces. Era mi sentencia de muerte. Seguramente había expirado ya el plazo para localizar a la señorita de los Campos. Ya no me preocupé por Edmundo Barclay, consideré que el tipo había tenido una fortuna inmensa al ser confundido conmigo. Tomé la nota y la desdoblé.

Estaba en blanco.

Arrugué el papel y lo tiré con todas las fuerzas que pude. Era una broma siniestra. Me sentí desconsolado y volví a dejarme caer en la cama.

Con una lentitud que a mí mismo me sorprendió volví a ponerme de pie, guardé los sobres en mi abrigo, encendí un cigarro y salí a la calle. Si iba a suceder algo que ocurriera ya. Me encaminé a la Casa Sin Fronteras y no presté atención al ver el restorán cerrado. Empecé a sentir una ira que crecía paulatinamente; deseaba golpear a alguien, enterrar un puñal minúsculo interminables veces, empezando por la planta de los pies, los tobillos, las manos, los brazos, hasta llegar al final a las partes vitales.

Respiré con fuerza, y me disponía a acercarme con lentitud para aporrear la puerta hasta desfallecer, cuando vi que un taxi se detenía. De él bajó una mujer esbelta, bien proporcionada, vestida con elegancia. Apresuradamente extrajo unas llaves de su bolso y abrió la puerta de la Casa, en la que entró con rapidez. Yo me hallaba estático, sin poder creerlo. El restorán estaba cerrado. Las luces de la Casa se encontraban apagadas. La señorita de los Campos tenía la sangre fría de entrar en el lugar donde menos debía de hacerlo. Otro auto llegó y bajaron dos personas. La oscuridad me impidió ver quiénes eran. Entraron en la Casa con rapidez.

La habían localizado. La habían seguido todo el tiempo y ahora se hallaba en sus manos. Iban a matarla y yo lo sabía; yo, inmóvil en la pared.

Me llegó, fulminantemente, la imagen de la señorita de los Campos en la fotografía sepia y vieja. Quizás ella había asesinado a los dos decanos del coro, tal vez había robado documentos importantísimos de la Casa, cualesquiera que fuesen. Pero posiblemente no, quizá la señorita de los Campos no tuvo nada que ver con eso. Se fue de la Casa porque intuyó algo: una serie de actividades innombrables, una secta legendaria que se proponía ceremonias aterradoras, una comunidad de seres no humanos que vigilaban el desenvolvimiento de la humanidad desde todos los rincones de la tierra, un sindicato del crimen. De cualquier forma, la señorita de los Campos no podía tener nada que ver con eso. Y ahora la asesinarían, ya la tenían dentro.

De repente advertí que todo eso era estúpido: yo no tenía que ver. Me habían confundido con un pobre diablo, un matón profesional. Decidí introducir los sobres por la rendija de la puerta y que pasara lo que pasara. Pero recordé que para ellos yo era Edmundo Barclay: yo no había cumplido con la misión encargada y tan pronto como terminaran con la señorita de los Campos me buscarían. Me seguirían por doquier, no habría forma de explicarles que yo no era ese que buscaban y me matarían de la manera más estúpida; mientras el otro, el que no cumplió, el matón, Edmundo Barclay, disfrutaría de la vida sin sobresaltos.

El terror hacía lentísimos mis movimientos. Necesitaba advertir a la señorita de los Campos. Lo más probable es que ya la hubieran matado, pero debía probar.

La puerta se hallaba cerrada, así es que me encaramé en la ventana y rompí un cristal para abrir. Logré introducirme en la Casa. Me hallaba en un saloncito oscuro. Tentaleé por la pared y llegué a la puerta que conducía al pasillo por donde yo había entrado en otras ocasiones, esa misma mañana.

Caminé por el pasillo hasta el salón donde doña Elvira había reunido a los ancianos del consejo. Una luz mortecina se filtraba por las rendijas de la puerta cerrada. Me acerqué hasta donde la prudencia lo permitía y alcancé a escuchar varias voces de ancianos y la de un joven, que sobresalía por lo impersonal. Hablaba sin ningún acento en particular, modulando sin matices, casi como máquina. La voz se me hizo demasiado conocida a pesar de que tenía la certeza de haberla oído pocas veces.

Fui dándome cuenta de que aún no capturaban a la señorita de los Campos y que ésa era la causa de la conmoción. Sentí un júbilo irreflenable, inexplicable. También pude escuchar que hablaban de mí, es decir, de Edmundo Barclay, pero no llegué a precisar qué decían.

Alguien se acercó a la puerta y me alejé con pasos silenciosos y rápidos hacia la oscuridad, alejándome de la salida. Sentía la cabeza pesada y un dolorcito en el muslo que ya conocía bien: el anuncio de un posible calambre. Sin embargo, el miedo era tanto que avancé en silencio, sin saber hacia dónde me dirigía. Llegué a una escalera, y subí procurando que mis pasos no rechinaran. Arriba había otro pasillo y varias puertas. Ya no escuchaba ningún sonido pero tenía la impresión de que me seguían. El silencio era denso y la oscuridad me hacía ver ráfagas de colores vivos, casi fosforecentes, que paseaban por el globo de mis ojos. Los abrí al máximo tratando de distinguir algo, recorriendo la pared con mi mano. Una puerta. Traté de abrirla pero empezó a crujir, así es que la dejé por la paz.

Seguí, con una lentitud exasperante, tratando de olvidar que si me descubrían eso significaba mi muerte, por no cumplir con las instrucciones que con tanta claridad me diera la Casa. Llegué a una nueva puerta y esa vez empujé con un solo impulso, conteniendo la respiración. Entré lentamente, procurando no tropezar con ningún mueble. Supuse que el cuarto daba a la calle porque allí el frío era mucho más pronunciado que en el pasillo. A ciegas descubrí unas sillas, una mesita y una cama pegada a la pared.

Tomé asiento en la cama, tratando de acostumbrarme a la oscuridad. Estiré la mano y sentí una tela gruesa. Poco a poco fui jalándola hasta obtener una prenda de vestir. Llevé la prenda a mi nariz y adiviné el olor de doña Elvira. Me hallaba en el cuarto de doña Elvira. Me invadió una curiosidad irracional y ardí en deseos de contemplar la recámara con calma, ver los muebles de doña Elvira, tocar su guardarropa, acariciar sus zapatos.

Recordé que estaba encerrado en la Casa Sin Fronteras. Me aterraba la idea de recorrer de nuevo el trayecto por donde entré, si es que podía localizarlo otra vez. Volver a pasar el salón donde se hallaban los miembros del consejo. No, imposible. Busqué una ventana, tenía que haberla. Me maldecía por haberme internado en la Casa en vez de huir. Unas cortinas gruesísimas. Las aparté, mas para mi sorpresa la luz de la noche no se filtró. Consideré que quizás el cielo estuviera cerrado o que la ventana tuviese persianas metálicas. Avancé tentaleando. El silencio y el frío hendían mi cuerpo.

Creía que mi respiración resonaba en todo el cuarto, se filtraba por la cerradura de la puerta, se deslizaba por el pasillo, la escalera, hasta llegar al salón donde se encontraban los del consejo, quienes la oían con claridad y se divertían sabiendo que cuando quisieran me capturarían. Reprimí un sollozo y traté de concentrarme para no temblar, para no sudar, porque el frío helado hería mi cara.

Mi respiración sonaba demasiado fuerte, estaba seguro. Traté de atenuarla y la seguí escuchando. Creí volverme loco. Mi respiración se oía a pesar de que me hallaba conteniéndola. Avancé a través de las cortinas interminables. La respiración se escuchaba cada vez con más claridad, hasta que repentinamente cesó. Me detuve un instante, permanecí quieto y contuve la mía. Transcurrieron varios segundos hasta que oí una exhalación muy muy tenue. Ya sin titubeos, aguadísimo, me desplacé hasta que mi mano tocó un brazo desnudo, helado. Oí que alguien detenía una exclamación, casi al mismo tiempo que yo reprimía otra. Permanecí tocando el brazo de piel tensa, sin saber qué hacer.

La oscuridad era alucinante, las ráfagas de colores se acentuaban en mis ojos. Mi cuerpo empezó a temblar mientras la piel que tocaba seguía tensa. No me atreví a musitar ninguna palabra, la cabeza me daba vueltas. Deslicé mi mano a través del brazo hasta un hombro cubierto por una tela similar a la que había palpado antes, en la cama.

La otra respiración hacía eco a la mía, muy breve y rápida. Por más que traté no pude impedir deslizar mi mano por ese cuerpo quieto. Con lentitud recorrí el cuello delgado hasta llegar a la barbilla, el mentón, la boca de líneas finas, la nariz recta y los ojos y las cejas y todo ese rostro ardiente y estático. Volví a recorrer las facciones y supe ya sin dudas que era ella. Quise balbucear algunas palabras que se atropellaban en mi mente pero mi voz no lograba salir. El silencio y la oscuridad del cuarto hacían que todo diese vueltas.

Repentinamente me vino la idea absurda de que me hallaba al lado de un cadáver y por eso mi mano se desplazó hasta un corazón que latía a velocidad increíble mientras yo exhalaba un suspiro de alivio. Dejé mi mano en el corazón, la parte superior del seno duro y tenso; mordí mi boca con furia tratando de contener el deseo de acariciar los senos de la mujer que se hallaba junto a mí, el ansia de tocar todo el cuerpo, la desesperación por acariciar la cara de facciones finas, de besar la boca de líneas delgadas, de sumergirme en la mirada dura, inflexible, que miró el objetivo de la cámara sin piedad muchos años antes, o pocos, no sabía, no quería saber, no quería pensar en nada, no deseaba sentir mi cuerpo ardiendo, la excitación, el sudor que se congelaba por el frío de la habitación, el cuerpo que estaba a mi lado sin aventurar un solo movimiento, la boca que no osaba emitir ninguna palabra.

No pude más y casi con un quejido acaricié con lentitud, mientras la otra respiración se agitaba, hacía esfuerzos inauditos por no volverse demasiado audible; yo no sabía ya si me hallaba en silencio o no, en mi cerebro se agolpaba un estrépito que hacía contrapunto a las ráfagas de luces vivas y brillantes que continuaban atormentando mis ojos cerrados. Nuestros cuerpos estaban inmóviles a excepción de mi mano que recorría una y otra vez los senos duros antes de bajar hasta el vientre en tensión, los muslos, las caderas, el pubis. Todo era escándalo en mí, las luces aparecían también como pequeñas estrellas mientras era insoportable el temblor, la excitación.

Muy a lo lejos creí oír sollozos; mi mano volvió a ascender para sentir las lágrimas que bañaban por completo su rostro helado. No pude más y todo mi cuerpo buscó a la mujer que estaba junto a mí, sin preocuparme por las cortinas pesadas, por mis jadeos que quizás eran demasiado audibles. Busqué la boca y la besé frenéticamente. Ella permaneció quieta unos instantes pero luego respondió, me besó también con una violencia que nunca habría esperado. Sus lágrimas mojaban mi rostro y el aire helado nos endurecía la piel, mientras nuestros cuerpos trataban de entrelazarse con extrema torpeza a causa de las cortinas. Nuestras manos recorrían buscaban, lastimaban; nos incrustábamos, desflorábamos nuestros labios con los dientes; gemíamos buscando cómo eliminar la barrera de las ropas.

La puerta se abrió de golpe y ella se separó abruptamente, dejando oír un aullido interminable, muy agudo. Abrí los ojos para perderme en la oscuridad, atemorizado al perder el poco calor que había logrado obtener. No era consciente de los ruidos que llenaban el cuarto, no advertí cuando ella salió corriendo de las cortinas, tropezando, aún con ese chillido inhumano que atravesaba todo mi cuerpo.

Advertí que habían encendido la luz y que forcejeaban con ella, sin hablar. Oí que la arrastraban por el suelo y la sacaban del cuarto. Apagaron la luz y cerraron la puerta.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que sacudí la cabeza. Todo mi cuerpo se hallaba entumido y en mis manos huecas aún quedaba la sensación de sus senos, su calor. El silencio me fue llenando de terror: nada sucedía, todo estaba estático y oscuro de nuevo. Respiré lo más profundo posible y empecé a dar pasos pesados, de autómata, procurando no tropezar, hasta que llegué al fin de las cortinas, a los muebles con los que choqué, con la cama donde volví a desplomarme. Mis manos buscaron con ansia: la prenda de ropa, un saco, un abrigo, ya no se encontraba por ninguna parte.

Permanecí sentado varios minutos, tratando de poner orden en mi mente y de tomar una decisión. Mis jadeos no lograban atenuarse y el frío había secado la humedad de mi cara, helándola. Quise dormir en esa cama, desfallecer en ese lugar, no moverme nunca más, olvidar el paso del tiempo en esa habitación glacial.

Finalmente tuve ánimo para ponerme de pie y buscar la puerta. En el pasillo había una penumbra que agradecí como nunca. Un poco de luz venía de la escalera. Lo menos que deseaba era recorrer los pasillos y buscar la calle, pero no encontré otra alternativa. Me odiaba por haberla dejado ir, por quedarme quieto y callado cuando se la llevaron; ella se llevaba todo. Y quizás en esos momentos ya la habían sacrificado, habían vengado la afrenta y se disponían a matarme también. Sólo en un grado inconcebible de estupidez no advertí que se divertían esperando, haciéndome sufrir, tal como le dieron una esperanza minina a ella para luego irrumpir en el cuarto donde se había escondido. Mas para entonces ya nada tenía sentido, en mí se debatía la urgencia de huir, de alcanzar la puerta y de hacer lo que debí haber hecho horas antes: irme para siempre de la ciudad.

Bajé sigilosamente la escalera, mientras mi mente de nuevo se obnubilaba y enterraba la necesidad de huir. No bajé por la escalera: seguí por el pasillo sin saber hacia dónde me dirigía, como autómata, con el cuerpo entumido y helado. Vi luz en la rendija de una puerta y allí me detuve. Sólo percibí unas voces. Quería ver. Casi sin precauciones me incliné para atisbar por la cerradura. Los huesos de mis rodillas tronaron pero no me importó.

La vi. Estuve a punto de gritar. Allí estaba quien estuve tocando, reconocí su cuerpo, sus senos, eran los de la mujer a quien había acariciado. La amarraron a una silla, desnuda, y ya habían colocado la primera daga en la planta de uno de sus pies: una daga minúscula, dorada, hundida en el pie, un hilillo de sangre fluía con lentitud.

Estaban esperando que pasara la media hora para enterrarle otra daga: así le enterrarían esas dagas hasta que se desangrara y cuando estuviese muerta seguirían enterrándolas durante días y días. Traté de ver más y advertí muchas personas allí dentro. Las caras que vi se hallaban muy serias, como si asistieran a un acto ritual. El decano del consejo y el mesero del restorán y los ancianos. Fue cuando empecé a dudar.

Pero ella seguía atada a la silla y la sangre continuaba fluyendo apenas por su pie. Ella, desnuda, permanecía en silencio, los miraba con una rigidez total; su mirada era directa, inflexible, un poco cruel. El decano se acercó y me dio la espalda al inclinarse sobre el cuerpo atado. Cuando se retiró vi que había depositado otra daga en el pie.

Llevé mi mano a la boca porque creí que iba a vomitar y cuando la retiré no pude evitar que de mí saliera un aullido larguísimo, muy agudo, mientras me ponía de pie y corría, bajaba la escalera a tropezones; advertí apenas que la puerta del cuarto se abría de golpe y que varios pasos resonaban en el piso superior.

En el pasillo de abajo se encontraba un anciano cerrándome el paso pero lo embestí a toda velocidad. Llegué a la puerta y por supuesto se hallaba cerrada. Los vi bajar, musitando palabras en otro idioma con una expresión de grave seriedad me perseguían.

Entré en el saloncito y salí por la ventana. El golpe que sufrieron mis pies al caer en la banqueta electrizó mi cuerpo. Seguía lloviznando y el frío, el verdadero frío de la calle me abrazó, atravesó mi ropa, la ropa que antes me había estorbado. Los pies me dolían como nunca cuando eché a correr presintiendo que ellos abrían la puerta y salían para montar en sus automóviles.

Me iban a alcanzar, yo apenas lograba correr. Pero seguí haciéndolo con la boca abierta, los ojos llorosos. Los motores arrancaron a mis espaldas. La calle estaba vacía, mis pies corrían con torpeza a causa del golpe y del frío. Cuando sentí que me daban alcance, corrí en sentido contrario.

Logré mucha ventaja en lo que ellos dieron la vuelta, volví a pasar por la Casa Sin Fronteras, lo más rápido que pude, sintiendo que mis pulmones iban a estallar. Buscaba una calle en sentido contrario para ellos. De nuevo se encontraban casi a mis espaldas; sólo se oía el motor del automóvil, no gritaban, me miraban con seriedad, impacientes: no necesitaba volverme para saberlo.

Pasé por la puerta de mi casa sin darme cuenta cuando me rebasaron y se detuvieron bruscamente más adelante. Di media vuelta y corrí, todo mi cuerpo ardía, en mi pierna se insinuaba el dolor. Me iban a capturar. Volví a llegar a la casa de huéspedes y esa vez sí la reconocí, me detuve, abrí la puerta desesperadamente y la cerré con llave, cojeé hasta mi cuarto, entré en él y me desplomé en la cama cuando el calambre me acometió con una fuerza que me hizo trepidar. A pesar del dolor, logré desplazarme hasta mi mesa y tomé un cortapapeles muy largo y filoso.

Jadeando, con el rostro húmedo que se helaba una vez más, con los pulmones a punto de explotar, el dolor adhiriéndose a mi pierna, pude aún empujar mi mesa de trabajo hasta cubrir la puerta. Veía todo nublado en ese silencio exasperante. Cuánto bien me habría hecho oír que trataban de violar la puerta de la casa de huéspedes; escuchar un insulto, una amenaza, algo.

Volví a desplomarme en la cama, jadeando sin control, mientras mi cuerpo se encogía, se entumía por el frío. Oí una tosecita. Me volví bruscamente y vi que del baño, de mi baño, salían cinco ancianos con expresión pétrea. Me lancé furioso contra ellos pero se hicieron a un lado y fui a dar a la regadera. Entonces vi que me miraban impacientes, desaprobadores. Me sentí pequeñito y estúpido. Tiré el cortapapeles.

En silencio, sin tocarme, casi con respeto, me llevaron a la Casa Sin Fronteras. Allí volví a subir las escaleras, volví a entrar en la habitación que había atisbado, volví a estar al lado de ella: tenía otra daga enterrada.

La miré con toda mi intensidad, sin fijarme en ninguno de ellos. Y ella me miró a los ojos, directo, con la mirada inflexible, rígida. No dejó de mirarme cuando me arrancaban la ropa, me colocaban en una silla al lado suyo, me ataban con fuerza y hundían la primera daga en la planta de mi pie izquierdo, en el centro. No me dolió, seguí mirándola.

El mesero habló con su voz neutra, mecánica. Preguntó cómo me llamaba.

—Edmundo Barclay —respondí, mientras ella seguía mirándome.

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