La luz que no puedes ver
Diez: 12 de agosto de 1944 » Las últimas palabras del capitán Nemo
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LAS ÚLTIMAS PALABRAS DEL CAPITÁN NEMO
El mediodía del 12 de agosto Marie-Laure ya ha leído en el micrófono siete de los últimos nueve capítulos. El capitán Nemo ha liberado su embarcación del calamar gigante solo para caer poco después en el ojo de un huracán. Páginas más tarde ha embestido contra un buque de guerra lleno de hombres y ha pasado, así lo describe Verne, a través de su casco como la aguja de un sastre pasa a través de la ropa. Ahora el capitán toca una quejumbrosa música lúgubre en su órgano mientras el Nautilus se desliza por los páramos del mar. Le faltan tres páginas. Marie-Laure no sabe si ha conseguido consolar a alguien retransmitiendo la historia, si su tío abuelo, aprisionado en algún oscuro sótano junto a cientos de hombres, la ha sintonizado o si algún trío de americanos que están limpiando sus armas en los campos durante la noche han viajado junto a ella sobre las pasarelas del Nautilus.
Pero le alegra estar tan cerca del final.
En la planta de abajo el alemán ha gritado un par de veces de pura frustración y a continuación ha permanecido en silencio. ¿Por qué no sale sencillamente del armario y le pone en las manos la pequeña casa, a ver si le perdona la vida? Primero terminará la novela. Luego hará eso.
Abre de nuevo la casita de la maqueta y se pone la piedra en la palma de la mano. ¿Qué pasaría si la diosa la liberara de la maldición? ¿Se extinguirían los fuegos, se sanaría la tierra, regresarían las palomas a las ventanas? ¿Regresaría papá?
Llena tus pulmones. Deja latir tu corazón. Mantiene el cuchillo a su lado y los dedos presionados sobre las líneas de la novela. El arponero canadiense Ned Land ha encontrado una ventana para escapar. «Hay mala mar», le dice al profesor Aronnax, «y el viento sigue soplando fuerte».
«—Estoy contigo, Ned.
»—Déjame decirte que si nos cogen pienso defenderme aunque muera en el intento.
»—Moriremos juntos, Ned, amigo mío».
Marie-Laure enciende el transmisor. Piensa en los diez mil moluscos de la perrera de Hubert Bazin. Piensa en la forma en la que se aferran, la forma en la que se introducen en las espirales de sus conchas, la forma en la que están acurrucados en esa gruta donde las gaviotas no pueden entrar, cogerlos con sus picos y lanzarlos sobre las rocas para romperlos.