La luz que no puedes ver

La luz que no puedes ver


Diez: 12 de agosto de 1944 » Visitante

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VISITANTE

Von Rumpel bebe de una botella de vino maloliente que ha encontrado en la cocina. Lleva cuatro días en esta casa y ¡cuántos errores ha cometido! El Mar de Llamas ha podido estar en el museo de París todo este tiempo. Ese mineralogista con su sonrisa bobalicona y el ayudante del director tal vez se quedaron riéndose al verle marchar engañado como un tonto. Tal vez el perfumero le ha traicionado y le arrebató el diamante a la chica después de hacer que se fuera. Tal vez Levitte se la llevó hasta las afueras de la ciudad, mientras ella lo llevaba en su roída mochila; o el viejo se lo metió en el recto y ahora está cagándolo en alguna parte, veinte millones de francos en mitad de una pila de heces.

O tal vez la piedra jamás fue real y todo ha sido un chiste, una invención.

Estaba tan seguro. No tenía dudas de que encontraría el lugar y resolvería el enigma. Estaba seguro de que la piedra le salvaría. La chica no lo sabía, el viejo no estaba en la historia, todo estaba organizado a la perfección. ¿De qué está seguro ahora? Solo de la mortal floración que se produce en el interior de su cuerpo y de la corrupción que produce en cada una de sus células. Escucha en sus oídos la voz de su padre: No es más que una prueba.

Alguien se dirige a él en alemán.

Ist da wer?

¿Padre?

—¿Hay alguien ahí?

Von Rumpel escucha. El ruido se acerca a través del humo. El sargento mayor se arrastra hasta la ventana. Se pone el casco sobre la cabeza. Asoma la cabeza por encima del destrozado alféizar.

Un cabo de infantería alemán mira desde la calle.

—¿Señor? No esperaba… ¿Está vacía la casa, señor?

—Está vacía, sí. ¿Adónde se dirige, cabo?

—Al fuerte de La Cité, señor. Estamos evacuando, abandonamos el lugar. Aún mantenemos el Château y el Bastion de la Hollande, pero el resto del personal se retira.

Von Rumpel apoya la barbilla sobre el alféizar, sintiendo como si su cabeza fuera a separarse de su cuello y a caer rodando hasta explotar en la calle.

—La ciudad entera va a estar en la línea de fuego —dice el cabo.

—¿Dentro de cuánto?

—Habrá un alto el fuego mañana al mediodía, eso han dicho, para sacar a los civiles. Luego reanudarán el ataque.

—¿Abandonamos la ciudad? —pregunta Von Rumpel.

No muy lejos estalla un proyectil y el eco rebota entre los escombros de las casas. El soldado de la calle se pone una mano sobre el casco. Hay fragmentos de piedras rebotando sobre los adoquines.

—¿En qué unidad está usted, sargento mayor? —pregunta.

—Continúe con su trabajo, cabo. Casi he terminado por aquí.

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