La luz que no puedes ver
Diez: 12 de agosto de 1944 » La última frase
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LA ÚLTIMA FRASE
Volkheimer no se mueve. El líquido al fondo del cubo de pintura ha desaparecido, fuera tóxico o no. ¿Hace cuánto que Werner no oye nada de la muchacha o en cualquier otra frecuencia? ¿Una hora? ¿Más? Hace poco ella leyó que el Nautilus estaba siendo absorbido por un remolino, entre olas más grandes que edificios. El submarino estaba en lo más profundo, crujía toda su estructura de hierro y ella leyó lo que a él le ha parecido la última frase del libro: «De esa forma respondía el Eclesiastés a una pregunta hace seis mil años: “¿Quién puede encontrar aquello que está lejos, en lo profundo?”. Solo dos hombres tienen ahora el derecho a responder: el capitán Nemo y yo».
Luego se apagó el transmisor y él se vio envuelto por la más profunda oscuridad. Durante los últimos días (¿cuántos?) le ha parecido que el hambre era como una mano que se elevaba en su interior por la cavidad de su pecho hacia arriba, hasta los omóplatos, y hacia abajo hasta la pelvis, arañando los huesos. En este día (¿o es de noche?) el hambre se extingue como si fuera una llama que va quedándose sin combustible. Al fin y al cabo, el vacío y la plenitud se parecen.
Werner pestañea mientras la niña vienesa desciende desde el techo como si no fuera más que una sombra. Lleva una bolsa de papel llena de verduras blanquecinas y también se sienta entre los escombros. A su alrededor revolotea una nube de abejas. Él no puede ver nada pero puede verla a ella, que cuenta con los dedos. Por saltarse la fila, dice. Por trabajar despacio. Por discutir sobre el pan. Por tardar demasiado en la letrina. Por lloriquear. Por no organizar las cosas siguiendo el protocolo.
Seguro que es solo un sinsentido pero aun así algo pende en su interior, cierta verdad que él no quiere permitirse asimilar. A medida que habla ella envejece, los cabellos se le llenan de canas, el cuello de su vestido se deshilacha, se convierte en una anciana. Werner comprende que está al límite de su conciencia.
Por quejarse del dolor de cabeza.
Por cantar.
Por hablar de noche en la litera.
Por olvidar su cumpleaños en la reunión nocturna.
Por descargar la embarcación demasiado despacio.
Por no entregarle las llaves correctamente.
Por no informar al guarda.
Por levantarse tarde de la cama.
Se ha convertido en frau Schwartzenberger, la judía del ascensor de Frederick.
Se va quedando sin dedos mientras cuenta.
Por cerrar los ojos cuando le hablaban.
Por guardar las cortezas.
Por intentar entrar en el parque.
Por tener las manos inflamadas.
Por pedir un cigarrillo.
Por quedarse sin imaginación. Y en la oscuridad Werner se siente como si hubiese tocado fondo, como si se hubiese estado hundiendo cada vez más profundo todo ese tiempo, igual que el Nautilus, engullido por el remolino, igual que su padre cuando descendía a las minas: un camino de ida desde Zollverein, pasando por Schulpforta, los horrores de Rusia y Ucrania, la madre y su hija en Viena, con su ambición y su vergüenza confundiéndose en una sola cosa hasta llegar al punto más bajo en un sótano al borde del continente donde las apariciones entonan cantos absurdos, frau Schwartzenberger camina hacia él transformándose en una niña mientras su pelo vuelve a ser rojo al acercarse y la piel vuelve a ser suave, una niña de ocho años presiona la cara contra la suya y en el centro de su frente ve un agujero de una oscuridad más negra incluso que la que le rodea, en cuyo fondo surge una ciudad llena de almas, diez mil, quinientas mil, con todos esos rostros en las avenidas, las ventanas, los ardientes parques, y escucha un trueno.
Un rayo.
La artillería.
La niña se evapora.
El suelo tiembla. Los órganos se agitan en el interior de su cuerpo. Las vigas crujen. A continuación, el lento goteo de polvo y la respiración poco profunda, derrotada, de Volkheimer a un metro de distancia.