La luz que no puedes ver

La luz que no puedes ver


Diez: 12 de agosto de 1944 » Música (1)

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MÚSICA (1)

Poco después de la medianoche del 13 de agosto, tras sobrevivir en el desván de su tío abuelo durante cinco días, Marie-Laure sostiene un disco en su mano izquierda mientras con la derecha recorre cuidadosamente los surcos, reconstruyendo una canción completa en su cabeza, cada ascenso y cada caída. Luego vuelve a dejar el disco sobre el plato del gramófono de Etienne.

No ha bebido agua durante un día y medio. No come desde hace dos. El desván huele a calor y a polvo y a aire estancado y a su propia orina en la bacinilla que hay en la esquina.

Moriremos juntos, Ned, amigo mío.

Parece que el asedio no terminará jamás. Las mamposterías caen en las calles y la ciudad se rompe en pedazos pero aún queda una casa en pie.

Saca la lata sin abrir del bolsillo del abrigo de su tío abuelo y la pone en el centro del suelo del desván. La ha conservado durante todo este tiempo. Tal vez porque representa su último lazo con madame Manec. Tal vez porque si la abre y descubre que lo que hay en su interior está estropeado la pérdida acabará con ella.

Pone la lata y el ladrillo junto a la banqueta del piano en un lugar en el que sabe que podrá encontrarlos de nuevo. Luego asegura el disco sobre el plato, baja el brazo y posa la aguja en el surco externo. Encuentra el interruptor del micrófono con la mano izquierda y enciende el transmisor con la derecha.

Va a ponerlo tan alto como pueda. Si el alemán está en la casa la oirá, oirá la música del piano descendiendo desde los pisos más altos y ladeará la cabeza. Entonces subirá hasta la sexta planta como un demonio babeante y finalmente acabará posando el oído en las puertas del armario para descubrir que allí suena todavía más fuerte.

Cuántos laberintos hay en este mundo. Las ramas de los árboles, las filigranas de las raíces, la matriz de los cristales, las calles que su padre recreaba en las maquetas. Laberintos en los nódulos, en las conchas, en las texturas de la corteza del sicómoro y en el interior hueco de los huesos del águila. Nada es tan complicado como el cerebro humano, diría Etienne, seguramente el objeto más complicado que existe, un kilogramo húmedo en cuyo interior giran universos enteros.

Coloca el micrófono en la campana del gramófono, pone este en marcha y el plato comienza a girar. El desván cruje. En su mente camina por un sendero en el Jardin des Plantes, el aire es dorado, el viento verde y los largos dedos de los sauces le rozan los hombros. Frente a ella está su padre que le extiende una mano, la espera.

El piano comienza a sonar. Marie-Laure busca junto a la banqueta y localiza el cuchillo. Gatea por el suelo hasta lo alto de la escalera de mano de siete peldaños, se sienta con los pies colgando, tiene el diamante dentro de la casa en su bolsillo y el cuchillo en la mano.

—Ven a por mí —dice.

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