La luz que no puedes ver

La luz que no puedes ver


Diez: 12 de agosto de 1944 » Música (2)

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MÚSICA (2)

Todos duermen en la ciudad bajo las estrellas. Duermen los artilleros, duermen las monjas en la cripta bajo la catedral, duermen los niños en los sótanos sobre los regazos de sus dormidas madres. Duerme el doctor en el sótano del Hôtel-Dieu. Duermen los heridos alemanes que están en los túneles debajo del fuerte de La Cité. Duerme Etienne tras los muros del Fuerte Nacional. Todos duermen menos las caracolas que trepan por las rocas y las ratas que se deslizan entre los despojos.

En un agujero bajo los escombros del hotel de Las Abejas, Werner también duerme. Solo Volkheimer permanece despierto. Está sentado con la gran radio en el regazo, donde la ha dejado Werner, la moribunda batería a sus pies y la estática susurrando en sus oídos, no porque piense que va a oír nada sino porque Werner le ha puesto los auriculares. Porque ni siquiera tiene voluntad suficiente como para quitárselos. Porque se ha convencido desde hace horas que los bustos de yeso que hay en la otra esquina del sótano le matarán si se mueve.

Increíblemente, la estática se convierte en música.

Los ojos de Volkheimer se abren todo lo que pueden. Rastrean la oscuridad en busca del más mínimo fotón. Un piano hace escalas que suben y bajan. Escucha las notas y los silencios entre ellas y se ve a sí mismo llevando unos caballos a través de un bosque al amanecer, caminando a través de la nieve detrás de su bisabuelo, que carga con una sierra sobre sus enormes hombros, el sonido de la nieve bajo las botas y el susurro y el crujido de todos los árboles sobre ellos. Llegan al borde de un estanque helado donde hay un pino alto como una catedral. Su bisabuelo se pone de rodillas como un penitente, coloca la sierra en una hendidura de la corteza y empieza a cortar.

Volkheimer se pone en pie. Encuentra la pierna de Werner en la oscuridad y le pone los auriculares en los oídos.

—Escucha —dice—, escucha, escucha…

Werner se despierta. Los acordes flotan en hileras transparentes.

Clair de Lune.

Claire: una chica tan clara que se puede ver a través de ella.

—Engancha la linterna a la batería —dice Volkheimer.

—¿Por qué?

—Tú hazlo.

Werner desconecta la radio de la batería incluso antes de que haya dejado de sonar la pieza, desenrosca la luneta y la bombilla de la linterna sin vida, la presiona sobre los polos de la batería y se enciende una esfera de luz. En la esquina del fondo del sótano, Volkheimer arrastra bloques de mampostería, trozos de madera y algunas secciones del muro que hay entre los escombros, parando de cuando en cuando e inclinándose sobre sus rodillas para recuperar el aliento. Lo coloca todo formando una barrera. Luego lleva a Werner detrás del búnker casero, desatornilla la base de una granada y tira del cordel de explosión retardada de cinco segundos. Werner se pone la mano sobre el casco y Volkheimer arroja la granada hacia el lugar en el que antes estaba la escalera.

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