La luz que no puedes ver

La luz que no puedes ver


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VOLKHEIMER

El apartamento de la tercera planta de Frank Volkheimer está en las afueras de Pforzheim, Alemania, y tiene tres ventanas. Un sencillo cartel montado sobre la cornisa del edificio al otro lado del callejón domina la vista y su superficie resplandece a casi treinta metros al otro lado del cristal. Es un anuncio de embutidos, fiambres tan altos como él, rojos y rosados, grises en los bordes, aderezados con ramas de perejil tan grandes como arbustos. Por la noche los cuatro focos que iluminan el cartel bañan su apartamento de un extraño resplandor.

Tiene cincuenta y un años.

La lluvia de abril cae diagonalmente sobre los focos que iluminan el cartel y la televisión de Volkheimer parpadea en colores azules. Él se agacha, como hace siempre cuando atraviesa la puerta que comunica la cocina con el cuarto de estar. No hay niños, ni mascotas, ni plantas, solo unos libros en las estanterías. Hay una mesa plegable, un colchón y un sillón en el que ahora está sentado frente a la televisión, con una caja de galletas de mantequilla en el regazo. Come una tras otra todas las que tienen forma de disco floral, luego las que tienen forma de pretzel y finalmente los tréboles.

En la televisión, un caballo negro libera a un hombre atrapado bajo un árbol caído.

Volkheimer instala y repara antenas de televisión en los tejados. Todas las mañanas se pone un mono azul y gastado sobre sus enormes hombros, un poco corto a la altura de los tobillos, y camina al trabajo con sus gigantescas botas negras. Gracias a que es lo bastante fuerte como para mover las escaleras plegables sin ayuda de nadie y tal vez porque apenas habla, Volkheimer acude a las llamadas casi siempre solo. La gente llama a la sucursal pidiendo una instalación o para quejarse de la señal, de las interferencias o de que hay pájaros sobre los cables y es Volkheimer quien acude. Empalma cables rotos, saca nidos de pájaros y eleva las antenas sobre los montantes.

Pforzheim solo parece un hogar los días más fríos y ventosos. A Volkheimer le gusta la sensación del aire deslizándose bajo el cuello de su mono, le gusta ver cómo el viento limpia la tormenta, las lejanas colinas cubiertas por la nieve, los árboles de la ciudad (plantados durante los años posteriores a la guerra y por lo tanto de la misma edad) relucientes por el hielo. Las tardes de invierno se mueven entre las antenas como un marinero entre los cordajes. A última hora de la azulada noche ve a la gente caminando por las calles bajo sus pies, apresurándose para llegar a casa, y a veces a las gaviotas que pasan blancas contra la oscuridad. El pequeño y seguro peso de las herramientas alrededor de su cinturón, el olor de la lluvia intermitente, el brillo cristalino de las nubes en la penumbra: esos son los únicos momentos en los que Volkheimer se siente extrañamente completo.

Pero la mayoría de los días, sobre todo los más cálidos, la vida le agota. Odia el tráfico que empeora y los grafitis y la política de la compañía, toda esa gente que se queja de los bonos, los beneficios, las horas extraordinarias. En ocasiones, en el lento calor del verano, mucho antes del amanecer, Volkheimer camina de un lado a otro en el duro resplandor de las luces del cartel y siente la soledad como si se tratara de una enfermedad. Observa las altas filas de los abetos balanceándose en la tormenta, escucha los quejidos de sus corazones de madera. Ve frente a él el suelo de la casa de su infancia y la luz del amanecer atravesando las coníferas. En otras ocasiones le acechan los ojos de todos aquellos hombres a punto de morir y los vuelve a matar a todos de nuevo. El muerto de Lodz. El muerto de Lublin. El muerto de Radom. El muerto de Cracovia.

Lluvia en las ventanas, en el tejado. Antes de irse a la cama, Volkheimer desciende tres plantas hasta el patio para mirar su correo. No lo ha hecho desde hace una semana, y entre dos folletos publicitarios, su cheque de fin de mes y una factura hay un pequeño paquete del servicio de la organización de veteranos de guerra de Berlín Occidental. Sube el correo a casa y abre el paquete.

Hay tres objetos que han sido fotografiados contra el mismo fondo blanco y unas notas cuidadosamente numeradas pegadas a cada uno de ellos.

14-6962. Un petate de lona de soldado, gris ratón, con dos asas acolchadas.

14-6963. Una pequeña casa de maqueta, hecha de madera y parcialmente rota.

14-6964. Un cuaderno rectangular de tapa blanda, con una única palabra en el frente: Fragen.

No reconoce la casa, la bolsa podría haber sido la de cualquier soldado, pero al instante reconoce el cuaderno. En una de las esquinas alguien ha escrito en cursiva W. P. Volkheimer posa dos dedos sobre la fotografía como si pudiera abrir el cuaderno y mirar sus páginas.

No era más que un niño. Todos lo eran. Hasta el más grande de todos.

La carta explica que la organización está intentando enviar objetos a los allegados de los soldados muertos cuyos nombres no se conocen. Dice que creen que él, el sargento Frank Volkheimer, sirvió como oficial de una unidad en la que servía el dueño de esa bolsa, una bolsa que fue recogida en un campo de concentración de prisioneros de guerra del ejército de Estados Unidos en Bernay, Francia, en el año 1944.

¿Conoce a la persona a la que pertenecieron esos objetos?

Pone las fotografías sobre la mesa y recorre con sus enormes manos los bordes. Escucha el movimiento de unos ejes, el quejido de un tubo de escape, la lluvia sobre el techo del Opel, nubes de mosquitos, botas del ejército que marchan y gritos a pleno pulmón de los chicos.

La estática. Y luego las armas.

¿Acaso estuvo bien abandonarle ahí fuera de esa manera? ¿Incluso después de que estuviera muerto?

Podrías ser lo que quisieras.

Era pequeño, tenía el pelo blanco y orejas de soplillo. Se abotonaba el cuello de la chaqueta cuando tenía frío y se metía las manos dentro de las mangas. Volkheimer sabe a quién pertenecían esos objetos.

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