La luz que no puedes ver

La luz que no puedes ver


Doce: 1974 » Jutta

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JUTTA

Jutta Wette enseña álgebra a los alumnos de sexto grado en Essen: integrales, probabilidades y parábolas. Todos los días lleva el mismo tipo de ropa: pantalones negros con una blusa de nailon de color beis, gris oscuro o azul pálido alternativamente. De cuando en cuando se pone una de color amarillo canario, cuando se siente desinhibida. Tiene la piel lechosa y su pelo sigue siendo blanco como el papel.

El marido de Jutta, Albert, es un contable amable, de movimientos lentos y con un comienzo de alopecia, cuya gran pasión son los trenes en miniatura. Durante mucho tiempo Jutta creyó que no podía quedarse embarazada y de pronto, un día, con treinta y siete años, sucedió. Su hijo, Max, tiene ahora seis años y le encantan el barro, los perros y las preguntas que nadie puede responder. Últimamente, y más que nada, a Max le gusta hacer aviones de papel de complicados diseños. Cuando vuelve a casa del colegio se arrodilla en el suelo de la cocina y hace un avión tras otro con indefectible y casi temible devoción, evaluando distintos tipos de alas, colas, morros; parece que le encanta especialmente la praxis del proceso, la transformación de cualquier cosa plana en objeto volador.

Es una tarde de jueves de comienzos de junio, casi ha acabado el colegio y están en una piscina pública. Unas nubes color pizarra cubren el cielo y los niños gritan en la piscina pequeña mientras los padres hablan, leen revistas o echan la siesta en las sillas, todo es normal. Albert está junto a la barra en bañador, con su pequeña toalla colgada al hombro, echando un vistazo a la carta de helados.

Max nada de una manera extraña, moviendo los brazos como un molino y mirando de cuando en cuando para asegurarse de que su madre le observa. Cuando acaba, se envuelve en una toalla y se sienta en una silla a su lado. Max es compacto y pequeño, y tiene orejas de soplillo. Las gotas de agua brillan en sus pestañas. Comienza a atardecer en el cielo nublado y una brisa ligeramente fría hace que las familias se marchen a pie, en bicicleta o en autobuses hacia sus casas. Max come galletas de una caja de cartón mordiéndolas ruidosamente.

—Me encantan las galletas Leibniz Zoo, Mutti —dice.

—Lo sé.

Albert conduce a casa en su pequeño NSU Prinz 4, con el embrague vibrando, y Jutta saca un fajo de exámenes finales de su bolsa del colegio y los pone sobre la mesa de la cocina. Albert calienta el agua para una pasta y fríe unas cebollas. Max saca una hoja de papel del escritorio y comienza a doblarla.

Alguien llama a la puerta principal, tres golpes.

Por razones que Jutta no termina de entender, le empieza a palpitar el corazón en los oídos. La punta del lápiz se detiene en la página. No es más que alguien que está frente a la puerta, un vecino o un amigo, o esa niña pequeña, Anna, que vive un poco más abajo y que a veces se sienta con Max en la planta de arriba y le da instrucciones de cómo construir ciudades con bloques de plástico. Pero la persona que ha llamado a la puerta no ha hecho el sonido que suele hacer Anna.

Max va hacia la puerta con el avión en la mano.

—¿Quién es, cariño?

Max no contesta, lo que significa que es alguien que no conoce. Ella cruza el recibidor y bajo el dintel de la puerta ve a un gigante.

Max tiene los brazos cruzados, está intrigado e impresionado. El avión se ha caído y está a sus pies. El gigante se quita la gorra. Su descomunal cabeza brilla.

—¿Frau Wette?

Lleva un chándal plateado del tamaño de una tienda de campaña con franjas granates a los lados y con la cremallera subida hasta la garganta. Le muestra cautelosamente un desgastado petate.

Los bravucones de la plaza. Hans y Herribert. Su tamaño hace que se acuerde de ellos. Este hombre, piensa ella, ha estado frente a otras puertas a las que no se ha molestado en llamar.

—¿Sí?

—¿Su apellido de soltera era Pfennig?

Antes incluso de que ella asienta y de que él diga: «Tengo algo para usted», antes de que le invite a pasar, ya sabe que se trata de Werner.

Los pantalones de nailon del gigante rozan ruidosamente mientras la sigue a lo largo del pasillo. Cuando Albert mira hacia arriba desde la cocina, parece sorprendido pero se limita a decir «Hola» y «Cuidado con la cabeza», señalando con la cuchara de madera la lámpara que esquiva el gigante.

Cuando le ofrecen quedarse a cenar el gigante acepta. Albert separa la mesa de la pared y pone una cuarta silla. Sentado en la silla de madera, Volkheimer le recuerda a Jutta a una imagen de uno de los libros de dibujos de Max: un elefante encogido en el asiento de un aeroplano. La bolsa de lona que ha traído espera junto a la mesita de la entrada.

La conversación comienza lentamente.

Le ha llevado varias horas llegar en tren.

Ha caminado hasta aquí desde la estación.

No quiere jerez, gracias.

Max come rápidamente, Albert despacio. Jutta se pone las manos bajo los muslos para ocultar que le tiemblan.

—Cuando consiguieron la dirección —dice Volkheimer— les pedí entregarla yo mismo. Han incluido una carta, ¿ve?

Saca un papel doblado del bolsillo.

En el exterior circulan los coches, trinan los pájaros.

Una parte de Jutta no quiere coger la carta, no quiere escuchar la razón por la que este descomunal hombre ha hecho un camino tan largo. Hace semanas que Jutta no se permite pensar en la guerra, en frau Elena ni en los espantosos últimos meses de Berlín. Ahora puede comprar carne de cerdo siete días a la semana. Si la casa le parece fría, gira una rueda en la cocina y voilà. No quiere ser una de esas mujeres de mediana edad que no piensan en otra cosa más que en su doloroso pasado. A veces mira a los ojos de sus viejos colegas y se pregunta qué hacían ellos cuando se iba la electricidad, cuando no había velas, cuando la lluvia atravesaba el techo. Se pregunta lo que vieron. Muy rara vez corre esos velos lo suficiente como para permitirse pensar en Werner. En muchos sentidos, los recuerdos de su hermano se han convertido en cosas selladas. Una profesora de matemáticas del Helmoltz-Gymnasium en 1974 no saca a relucir a un hermano que fue al Instituto de Educación Político-Nacional de Schulpforta.

—¿En el este, entonces?

—Fui con él a la escuela y también luego a la guerra. Estuvimos en Rusia, en Polonia, Ucrania y Austria. Al final, en Francia.

Max mastica un trozo de manzana y dice:

—¿Cuánto mides?

—Max —dice Jutta.

Volkheimer sonríe.

—Era muy inteligente, ¿verdad? —dice Albert—. Me refiero al hermano de Jutta.

—Muy inteligente —responde Volkheimer.

Albert le ofrece repetir, le ofrece la sal, le ofrece jerez de nuevo. Albert es más joven que Jutta y durante la guerra trabajó como mensajero en Hamburgo entre los refugios antiaéreos. En 1945 tenía nueve años. Era un niño.

—El último lugar en que le vi —dice Volkheimer— fue en una ciudad en la costa norte de Francia llamada Saint-Malo.

Del fondo de la memoria de Jutta se alza una frase: Hoy te quiero escribir para hablarte del mar.

—Pasamos allí un mes, creo que se enamoró.

Jutta se sienta un poco más rígida en su silla. Le resulta embarazoso lo insuficiente que es el lenguaje. ¿Un pueblo en el norte de Francia? ¿Se enamoró? Nada se va a arreglar en esta cocina. Hay cierto tipo de penas que jamás cicatrizan.

Volkheimer se separa de la mesa.

—No era mi intención disgustarla.

Al ponerse en pie los empequeñece.

—No se preocupe —dice Albert—. Max, ¿puedes llevar a nuestro invitado al patio? Llevaré un poco de pastel.

Max abre la puerta de cristal y Volkheimer se agacha para salir. Jutta pone los platos en el fregadero. De pronto parece muy cansada. Lo único que desea es que ese gigante se vaya y se lleve ese petate con él. Lo único que desea es que una marea de normalidad lave todo esto y lo vuelva a cubrir. Albert le toca el hombro.

—¿Te encuentras bien?

Jutta ni afirma ni niega con la cabeza, pero se cubre los ojos lentamente con una mano.

—Te quiero, Jutta.

Cuando mira a través de la ventana, Volkheimer está de rodillas sobre el cemento junto a Max. Max ha puesto sobre el suelo dos hojas de papel y aunque no puede oírles sí puede ver al hombre descomunal indicándole a Max una serie de pasos. Max lo mira atentamente, dobla el papel imitando a Volkheimer y hace coincidir sus dobleces, se chupa un dedo y lo pasa por el pliegue.

A los pocos segundos cada uno tiene un avión de alas anchas con una cola en horquilla. El de Volkheimer planea limpiamente a lo largo del jardín, recto y bien calibrado, hasta estrellarse de frente contra la valla. Max aplaude.

Max se arrodilla en el patio en la penumbra sobre su avión comprobando el ángulo de las alas. Volkheimer se arrodilla junto a él asintiendo con paciencia.

—Yo también te quiero —contesta Jutta.

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