La luz que no puedes ver
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EL PETATE
Volkheimer se ha ido. El petate espera en la mesa del recibidor y apenas puede mirarlo.
Jutta ayuda a Max a ponerse el pijama y le da un beso de buenas noches. Se lava los dientes evitando mirarse en el espejo, baja de nuevo las escaleras y se queda mirando por la ventana de la puerta principal. En el sótano, Albert juega con sus trenes en ese pequeño mundo meticulosamente pintado, con sus pasos a desnivel y sus puentes levadizos. Desde aquí no es más que un leve sonido pero incesante, un sonido que penetra hasta las maderas de la casa.
Jutta lleva el petate hasta la mesa de su dormitorio, lo deja en el suelo y coge otro examen de un estudiante. Luego uno más. Escucha que los trenes se detienen y luego retoman su monótono ruido.
Intenta corregir un tercer examen pero no consigue concentrarse. Los números se deslizan a través de las páginas y se amontonan en un fondo incomprensible. Se pone el petate en el regazo.
Al poco tiempo de casarse, y cuando Albert debía viajar por trabajo, Jutta se despertaba antes del amanecer y recordaba aquellas primeras noches cuando Werner acababa de partir a Schulpforta y sentía de nuevo el agudo dolor de su ausencia.
Para ser tan vieja, la cremallera del petate se abre suavemente. En el interior hay un grueso sobre y un paquete cubierto en papel de periódico. Cuando quita el periódico encuentra la maqueta de una casa, alta y estrecha, del tamaño de su puño.
El sobre contiene el cuaderno que ella misma le envió hace cuarenta años. Su libro de preguntas. Esa encrespada y pequeña letra cursiva, cada una de las letras separándose un poco más del renglón hacia lo alto. Dibujos, esquemas, páginas de listas.
Algo que parece una licuadora que se activa con pedales de bicicleta.
Un motor para una maqueta de avión.
¿Por qué tienen bigotes los peces?
¿Es cierto que todos los gatos son grises cuando se apagan las velas?
¿Por qué no mueren los peces cuando cae un rayo en el mar?
Después de tres páginas, tiene que cerrar el cuaderno. Los recuerdos salen dando volteretas de su cabeza y ruedan por el suelo. El catre de Werner en el desván, la pared empapelada con sus dibujos de ciudades imaginarias, la caja de primeros auxilios y la radio y el cable a través de la ventana hasta el alero. Escaleras abajo, los trenes de Albert recorren una maqueta de tres niveles, y, en la habitación contigua, su hijo lucha en sueños murmurando entre dientes, apretando los párpados, y Jutta desea que los números regresen de nuevo para ocupar su lugar en los exámenes de los estudiantes.
Vuelve a abrir el cuaderno.
¿Por qué ata un nudo?
Si cinco gatos cazan cinco ratones en cinco minutos, ¿cuántos gatos harán falta para cazar cien ratones en cien minutos?
¿Por qué una bandera flota con el viento en vez de quedarse completamente estirada?
Pegado a las últimas dos páginas encuentra un viejo sobre cerrado. En él está escrito Para Frederick. Frederick, el compañero de dormitorio del que Werner solía escribir, el chico que amaba los pájaros.
Es capaz de ver cosas que nadie ve.
Lo que hizo la guerra a los soñadores.
Cuando Albert sube al cuarto, ella mantiene la cabeza agachada y finge estar corrigiendo exámenes. Él se quita la ropa y se queja levemente al entrar en la cama, apaga la luz de su mesilla y dice buenas noches. Ella sigue sentada.