La luz que no puedes ver
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LUZ
Se equivoca un martes tras otro. Guía a su padre dando rodeos de hasta seis manzanas que terminan muy lejos de casa y que la dejan enfadada y frustrada, hasta que en el invierno de su octavo año, para sorpresa de la propia Marie-Laure, comienza a hacerlo bien. Recorre con los dedos la maqueta de la cocina contado los bancos en miniatura, los árboles, las farolas, los portales. Cada día aparece un nuevo detalle: alguna alcantarilla, el banco de un parque, cada toma de agua de la maqueta tiene su contrapunto en el mundo real.
Marie-Laure consigue acercar cada día más a su padre a la casa antes de cometer el primer error. Cuatro manzanas, tres manzanas, dos, hasta que un martes nevado de marzo, cuando él la lleva a un sitio nuevo, muy cerca de la orilla del Sena, le da tres vueltas y le dice: «Llévanos a casa», ella se da cuenta, por primera vez desde que comenzaron los ejercicios, que esta vez no ha sentido el miedo subiéndole desde el estómago.
Se pone en cuclillas en la acera.
El débil olor metálico de la nieve la rodea. «Tranquilízate. Escucha».
Los coches que pasan por la calle la salpican y la nieve derretida suena como una pequeña corriente. Oye el golpeteo de los copos de nieve sobre la calle. Huele los cedros del Jardin des Plantes a cuatrocientos metros de distancia. Aquí el metro tiembla bajo la acera: es el Quai Saint-Bernard. El cielo está abierto y escucha el roce de las ramas: es la estrecha franja de jardín que hay tras la galería de Paleontología. Eso de ahí, comprende de pronto, tiene que ser la esquina del muelle con la rue Cuvier.
Seis manzanas, cuarenta edificios, diez pequeños árboles en una plaza. Una calle se cruza con otra calle que se cruza con otra calle. Un centímetro tras otro.
Su padre hace sonar las llaves en el bolsillo. Frente a ella las altas y lujosas casas que flanquean los jardines reflejan el sonido.
Ella dice:
—Doblemos a la izquierda.
Caminan a lo largo de la rue Cuvier. Un trío de patos voladores se arroja sobre ellos agitando las alas sincronizados hacia el Sena y, mientras las aves pasan sobre sus cabezas, ella imagina que ve la luz sobre sus alas, imagina cómo brilla sobre cada una de las plumas.
A la izquierda en la rue Geoffroy Saint-Hilaire. A la derecha en la rue Daubenton. Tres alcantarillas, cuatro alcantarillas, cinco. A su izquierda debería estar la cerca de hierro del Jardin des Plantes abierta, con sus delgadas varillas como las barras de una jaula enorme.
Frente a ella la panadería, la carnicería y la tienda de delicatessen.
—¿Podemos cruzar ahora, papá?
—Sí.
A la derecha, y después en línea recta. Han llegado a su calle, Marie-Laure está segura. Un paso más atrás, su padre levanta la cabeza al cielo y esboza una enorme sonrisa. Marie-Laure lo sabe a pesar de que le está dando la espalda, a pesar de que él no dice nada, a pesar de que ella es ciega: el pelo grueso de papá está húmedo por la nieve y se abre sobre su cabeza en una docena de ángulos distintos; lleva la bufanda sobre los hombros de forma asimétrica.
Han subido más de la mitad de la rue des Patriarches. Están frente a su edificio. Marie-Laure encuentra el tronco del castaño que crece por encima de su ventana en el cuarto piso, siente la corteza bajo los dedos.
Un viejo amigo.
Y un segundo más tarde las manos de su padre la toman de las axilas y la alzan y Marie-Laure sonríe. Él prorrumpe en una carcajada pura y contagiosa, una carcajada que ella intentará recordar el resto de su vida. El padre y la hija dan vueltas en mitad de la acera frente a su apartamento, riéndose juntos mientras la nieve se filtra entre las ramas sobre sus cabezas.