La luz que no puedes ver

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Uno: 1934 » Nuestra bandera ondea ante nosotros

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NUESTRA BANDERA ONDEA ANTE NOSOTROS

En Zollverein, en la primavera del décimo año de Werner, dos muchachos mayores del orfanato —Hans Schilzer, de trece años y Herribert Pomsel, de catorce— marchan hacia el bosque con mochilas de segunda mano al hombro y cuando regresan son miembros de las Juventudes Hitlerianas.

Llevan tirachinas, arpones modernos y han estado jugando a las emboscadas tras los bancos de nieve. Se unen a un grupo de hijos de mineros con el pelo erizado que se suelen sentar en la plaza del mercado con las mangas arremangadas y los pantalones cortos subidos hasta las caderas.

—Buenas noches —gritan a los transeúntes—. ¡O Heil Hitler, como prefiera!

Se cortan el pelo todos igual, pelean en el salón, presumen de que van a recibir instrucción en armas, de los planeadores que van a pilotar, de los tanques con torretas que van a conducir. «Nuestra bandera es el símbolo de una nueva era», entonan Hans y Herribert, «nuestra bandera nos guiará a la eternidad». Durante las comidas reprenden a los más pequeños cuando admiran cosas extranjeras: el anuncio de un coche inglés, un libro de cuentos francés con ilustraciones.

La forma en que se saludan es cómica y su atuendo roza lo ridículo, pero frau Elena observa a los chicos con una mirada cautelosa: hasta hace poco eran unos bebés asilvestrados que se refugiaban en sus cunas y lloraban llamando a sus madres, pero ahora se han vuelto adolescentes mafiosos de nudillos rotos con postales del Führer dobladas en los bolsillos de sus camisas.

Frau Elena habla cada vez menos francés cuando Hans y Herribert están cerca. Se vuelve consciente de su propio acento. La menor mirada de un vecino la obliga a cuestionarse todo.

Werner mantiene la cabeza baja. ¿Acaso tiene él también que saltar por encima de las fogatas, frotarse ceniza bajo los ojos, acosar a los más pequeños? ¿Va a tener que romper ahora los dibujos de Jutta? Opta por algo mucho mejor: mantener un perfil bajo, pasar desapercibido. Werner lee durante esa época las revistas científicas populares que encuentra en la farmacia, le interesan la turbulencia de las olas, los túneles al centro de la Tierra y el método nigeriano de transmitir información con tambores. Se compra un cuaderno y empieza a hacer sus propios planes sobre la cámara de niebla, el detector de iones y los anteojos de visión nocturna. ¿Y si conecta un pequeño motor a la cuna de los bebés para mecerlos hasta que se queden dormidos? ¿Y si agrega muelles al eje de su carretilla para que no sea tan difícil llevarla cuesta arriba?

Un oficial del Ministerio de Trabajo visita el orfanato para hablarles sobre las oportunidades de trabajo que ofrecen las minas. Los niños se sientan a sus pies con sus ropas más limpias. Todos los niños sin excepción, explica el hombre, empezarán a trabajar en las minas al cumplir quince años. Les habla de glorias, triunfos y de lo afortunados que serán de tener un trabajo fijo. Cuando levanta la radio de Werner y la vuelve a bajar sin decir ni una palabra, Werner siente que el techo se le cae encima, que las paredes se estrechan.

Su padre quedó allí abajo, a un kilómetro y medio de la casa. Jamás recuperaron el cuerpo. Aún ronda por los túneles.

—De vuestro barrio, de vuestro propio suelo sale el poder de nuestra nación: el acero, el carbón, el coque. Berlín, Fráncfort y Múnich no podrían existir si no fuera por este lugar. Sois vosotros quienes abastecéis la fundación del nuevo orden, las balas de sus armas, la armadura de sus tanques.

Hans y Herribert contemplan deslumbrados el cinturón de cuero en el que el hombre lleva su pistola. En el aparador suena la radio de Werner.

Dice: «A lo largo de estos tres años nuestro líder ha tenido el valor de hacer frente a una Europa que corría el riesgo de colapsar…».

Dice: «Solo a él debemos agradecer el hecho de que la vida en Alemania vuelva a tener sentido para los niños alemanes».

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