La luz que no puedes ver

La luz que no puedes ver


Dos: 8 de agosto de 1944 » El número 4 de la rue Vauborel

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EL NÚMERO 4 DE LA RUE VAUBOREL

Marie-Laure se hace un ovillo debajo de la cama con la piedra en el puño izquierdo y la pequeña casa de la maqueta en el otro. Los clavos de las maderas rechinan y crujen. Restos de ladrillos y de cristales caen como una cascada por todo el suelo, sobre la maqueta de la ciudad encima de la mesa y el colchón que la protege.

—¡Papá! ¡Papá! ¡Papá! —dice Marie-Laure, pero su cuerpo parece haberse separado de su voz y las palabras conforman una cadencia lejana, desconsolada. De pronto se le ocurre que es como si el suelo sobre el que se alza Saint-Malo estuviera tejido por las raíces de un inmenso árbol —ubicado en el centro de la ciudad, en una plaza a la que nadie la ha llevado jamás— y el inmenso árbol hubiera sido arrancado por la mano de Dios y el suelo granítico se desprendiera con él y masas enormes de piedra se separaran a medida que el tronco del árbol se elevara, seguido por los gruesos zarcillos de sus raíces —la propia estructura de las raíces parece un árbol al revés y clavado en la tierra, ¿no lo hubiera descrito así el doctor Geffard?—, la muralla se derrumba, las calles se despedazan y las mansiones se desploman como si fueran de juguete.

Muy despacio, casi agradecida, la ciudad vuelve a asentarse. Desde el exterior llega un leve tintineo, puede que sean trozos de cristal que caen sobre la calle. Es un sonido hermoso y aterrador a la vez, como si estuvieran lloviendo piedras preciosas.

Donde sea que se encuentre su tío abuelo, ¿habrá sobrevivido a esto?

¿Habrá sobrevivido alguien?

¿Ha sobrevivido ella?

La casa chirría, gotea, gime. Oye un sonido como el que hace el viento cuando atraviesa la hierba alta, solo que más voraz. Desgarra las cortinas y las partes más delicadas de sus oídos.

Huele el humo y lo entiende enseguida: hay fuego. El cristal de la ventana de su cuarto ha estallado pero lo que ella escucha es el crepitar de algo que se está quemando del otro lado de los postigos. Algo inmenso. El barrio. La ciudad entera.

La pared, el suelo y la zona que hay bajo su cama permanecen frías. La casa todavía no ha comenzado a arder, ¿pero cuánto tiempo más va a conseguir resistir?

Tranquilízate, piensa. Concéntrate en llenar los pulmones y en vaciarlos. Luego en llenarlos otra vez. Se queda debajo de la cama. Y dice:

Ce n’est pas la réalité[4].

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