La luz que no puedes ver
Dos: 8 de agosto de 1944 » El hotel de Las Abejas
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EL HOTEL DE LAS ABEJAS
Qué recuerda? Que vio al ingeniero Bernd cerrar la puerta del sótano y sentarse en la escalera, que vio al gigantesco Frank Volkheimer en el sillón tapizado de seda dorada rascándose algo en la tela de sus pantalones, que la bombilla del techo parpadeó hasta apagarse y que Volkheimer encendió su linterna y un rugido cayó sobre ellos, un sonido tan ensordecedor que podría haber sido un arma en sí mismo, un ruido que lo devoró todo haciendo temblar hasta la propia corteza terrestre. Por un instante lo único que Werner pudo distinguir fue la luz de Volkheimer escabulléndose como un escarabajo temeroso.
Les habían dado. Por un instante o una hora o tal vez un día entero —quién sabe cuánto tiempo en realidad— Werner se sintió de vuelta en Zollverein, de pie frente a la sepultura que había cavado un minero al borde de un campo para enterrar dos mulas; era invierno y Werner tenía apenas cinco años, la piel de las mulas se había vuelto tan transparente que casi se podían ver los huesos en el interior, unos pequeños terrones de mugre se habían prendido a los ojos abiertos y él sentía tanta hambre que llegó a preguntarse si quedaba algo de las mulas que fuera comestible.
Escuchó el sonido de la hoja de una pala golpear contra los guijarros.
Escuchó la respiración de su hermana.
Y entonces, como si una cuerda de sujeción hubiese alcanzado el límite, algo tira de él hacia atrás y le hace regresar al sótano del hotel de Las Abejas.
El suelo ha dejado de temblar pero el sonido no ha disminuido. Se cubre el oído derecho con una mano. El rugido permanece muy cerca, como si se tratara del zumbido de cientos de abejas.
—¿Se oye ruido? —pregunta, pero no oye ni su propia voz. Tiene húmedo todo el lado izquierdo de la cara. Han desaparecido los auriculares que llevaba. ¿Dónde está la mesa de trabajo, la radio? ¿Qué es todo ese peso que siente encima?
Se quita trozos de piedra y de madera calientes de los hombros, del pecho, del pelo. Debe buscar la linterna, buscar a los demás, buscar la radio. Tiene que encontrar la salida y averiguar qué le ha pasado en el oído. Esos son los pasos lógicos. Intenta incorporarse, pero el techo ha bajado demasiado y se golpea la cabeza.
Calor. Siente cada vez más calor. Piensa: estamos dentro de una caja y la caja ha sido arrojada a un volcán.
Pasan algunos segundos. Tal vez minutos. Werner sigue de rodillas. Primero la luz. Después los otros. Después la salida. Después los oídos. A lo mejor alguno de los hombres de la Luftwaffe está arriba abriendo las ruinas para rescatarles, pero no logra encontrar su linterna, ni siquiera consigue ponerse de pie.
A pesar de estar bajo una oscuridad absoluta, su visión parece salpicada de miles de volutas rojas y azules que flotan. ¿Llamas? ¿Fantasmas? Barren el suelo y luego suben hacia el techo brillando de una manera extraña, con serenidad.
—¿Estamos muertos? —grita hacia la penumbra—. ¿Hemos muerto?