La luz que no puedes ver
Tres: Junio de 1940 » El perfumista
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EL PERFUMISTA
Su nombre es Claude Levitte pero todo el mundo le llama el Gran Claude. Durante diez años ha dirigido una perfumería en la rue Vauborel, una tienda desordenada que solo prospera en las épocas en que se sala el bacalao y hasta las piedras de la ciudad apestan.
Pero han llegado nuevas oportunidades y el Gran Claude no está dispuesto a dejarlas pasar. Les paga a los granjeros cerca de Cancale para que sacrifiquen corderos y conejos y a continuación empaqueta la carne en las maletas de plástico de su mujer y él mismo las lleva en tren hasta París. Es sencillo: algunas semanas ha llegado a ganar hasta quinientos francos. Es una cuestión de oferta y demanda. Por supuesto, siempre hay que resolver el papeleo: algunos oficiales perciben el olor y quieren un porcentaje. Hay que tener una mente como la de Claude para resolver todas las complejidades del negocio.
Hoy hace un calor espantoso, el sudor le chorrea por la espalda y los costados. Saint-Malo está al rojo vivo, es octubre y debería estar llegando la brisa fresca del océano, las hojas deberían estar cayendo sobre las avenidas, pero el viento ha llegado y se ha vuelto a marchar como si hubiese decidido que no le gustan los cambios.
Claude se sienta todas las tardes en su tienda bajo cientos de pequeños frascos con perfumes florales, orientales y fougères de color rosa, carmín y celeste, pero nadie entra, lo único que se mueve es un ventilador eléctrico que oscila de izquierda a derecha y de derecha a izquierda. Él ni lee ni se mueve más que para extender la mano de cuando en cuando por debajo del mostrador y agarrar un puñado de galletas de una lata redonda y llevárselas a la boca.
A las cuatro de la tarde una compañía de soldados alemanes recorre la rue Vauborel. Son delgados, con caras de color salmón, caminan solemnes y con la mirada seria. Llevan las armas sin funda y colgadas del hombro como si fueran clarinetes. Se ríen entre ellos y parecen tocados por una especie de oro protector bajo los cascos.
Claude sabe que debería odiarles pero admira a sus competidores, le fascina su actitud, la limpia eficiencia con la que se mueven. Parecen estar dirigiéndose siempre hacia alguna parte. Algo que en su país no sucede.
Los soldados dan la vuelta en la rue St. Philippe y se alejan. Los dedos de Claude trazan unos breves círculos sobre la vitrina. En la planta de arriba su mujer pasa la aspiradora, puede escuchar cómo recorre la habitación. Él está a punto de quedarse dormido cuando ve al parisino que ha estado viviendo tres puertas más abajo en la casa de Etienne LeBlanc; un hombre delgado de nariz aguileña que siempre está merodeando junto a la oficina de telégrafos tallando pequeños cubos de madera.
El parisino camina en la misma dirección que los soldados alemanes colocando a cada paso el talón de un pie delante de la punta del otro. Llega hasta el final de la calle, garabatea algo en un cuaderno, gira ciento ochenta grados y regresa. Cuando llega al final de la manzana se queda mirando la casa de los Ribault y hace algunas anotaciones más, mira hacia arriba y hacia abajo. Toma medidas y muerde la goma de su lápiz como si se sintiera inquieto.
El Gran Claude va hasta la ventana. También esto puede convertirse en una oportunidad. No hay duda de que las autoridades de la ocupación estarán interesadas en saber que hay un forastero midiendo las calles y haciendo dibujos de las casas. No hay duda de que estarán interesados en saber qué aspecto tiene, quién subvenciona su actividad y quién la ha autorizado.
Esto es bueno. Es excelente.