La luz que no puedes ver
Tres: Junio de 1940 » Época de avestruces
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ÉPOCA DE AVESTRUCES
Todavía no regresan a París. Todavía no ha podido salir a la calle. Marie-Laure lleva la cuenta de los días que ha pasado encerrada en la casa de Etienne. Ciento veinte, ciento veintiuno. Piensa en el transmisor del desván. En cómo este ha enviado la voz de su abuelo por encima del mar. —Pensad en cualquiera de las brasas que veis en el interior de la estufa de vuestras casas—. Navega igual que Darwin desde el sólido Plymouth Sound hasta Cabo Verde, desde la Patagonia hasta Las Malvinas, entre las olas, atravesando las fronteras.
—Cuando hayas acabado con la maqueta —le pregunta a su padre—, ¿podré salir?
El sonido de la lija no se detiene.
Las historias que traen a la cocina los visitantes de madame Manec son terribles y difíciles de creer. Los primos de París, de quienes no se habían tenido noticias en décadas, ahora escriben cartas pidiéndoles gallinas, jamones. El dentista vende vino por correo. El perfumista sacrifica corderos y los lleva en maletas en tren hasta París, donde los vende con unas ganancias enormes.
En Saint-Malo la gente es multada por cerrar las puertas, por conservar palomas, por almacenar carne. Desaparecen las trufas. Desaparece el vino espumoso. Nadie se mira a la cara, nadie habla en las puertas, nadie toma el sol ni canta, no hay amantes paseando por la muralla en las tardes…: no son leyes escritas pero podrían serlo. Gélidas ráfagas entran arremolinándose desde el Atlántico y Etienne se encierra en el viejo cuarto de su hermano como en una barricada y Marie-Laure resiste la lenta lluvia de las horas pasando los dedos por las caracolas en su estudio, ordenándolas según su tamaño, especie y morfología, organizando y reorganizando el orden, asegurándose de que no se ha equivocado en la posición de ninguna.
¿De verdad que no puede salir ni media hora? ¿Ni siquiera del brazo de su padre? Cada vez que él se lo niega, un eco asciende desde las recámaras de la memoria: Seguro que se llevan antes a las ciegas que a las cojas.
Las obligan a hacer cosas.
Al otro lado de la muralla de la ciudad las embarcaciones militares patrullan de un lado a otro mientras los cargamentos de lino son empaquetados y trasladados con sogas o cables o cuerda de paracaídas y desde el cielo las gaviotas dejan caer trozos de ostras, mejillones o almejas y el repentino bullicio en el techo hace que Marie-Laure se siente rígidamente sobre la cama. El alcalde anuncia un nuevo impuesto y algunos amigos de madame Manec murmuran que los ha vendido, que necesitaban un homme à poigne[8], pero otros preguntan qué otra cosa podría haber hecho el alcalde. La empiezan a llamar la época de los avestruces.
—¿Hemos enterrado la cabeza en la arena, madame? ¿O lo han hecho ellos?
—Tal vez todo el mundo lo hace —responde ella.
Madame Manec empieza a quedarse dormida en la mesa junto a Marie-Laure. Le cuesta mucho esfuerzo subir cinco pisos para llevar la comida al cuarto de Etienne; resuella todo el camino. Casi todas las mañanas madame se pone a cocinar antes de que nadie se despierte. A media mañana sale a la ciudad con un cigarrillo en la boca para llevar tartas o frascos con estofado a los enfermos o abandonados, mientras en el piso de arriba el padre de Marie-Laure trabaja en la maqueta lijando, clavando, recortando y midiendo, cada día con más frenesí que el anterior, como si luchara contra un plazo que solo él conoce.