La luz que no puedes ver

La luz que no puedes ver


Tres: Junio de 1940 » Museo

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MUSEO

El sargento mayor Reinhold von Rumpel se despierta temprano. Se pone el uniforme, guarda en un bolsillo su lupa y unas pequeñas pinzas y enrolla sus guantes blancos. A las 6 de la mañana está en el recibidor del hotel vestido con los zapatos relucientes y el arma en el interior de la funda cerrada. El dueño del hotel le trae pan y queso en una cesta de mimbre oscuro, agradablemente cubierta por una servilleta de algodón: todo está perfectamente ordenado.

Siente un gran placer en salir a la ciudad antes de que el sol brille en lo alto, con las farolas aún encendidas y el zumbido del amanecer en París. Camina por la rue Cuvier y da la vuelta para entrar en el Jardin des Plantes. Los árboles tienen un aspecto brumoso y solemne: son sombrillas dispuestas solo para él.

Le gusta madrugar.

A la entrada de la galería principal dos guardias nocturnos se cuadran. Miran disimuladamente los galones de su uniforme y ponen rígido el cuello. Un hombre pequeño con un traje oscuro baja por las escaleras disculpándose en alemán; dice que es el ayudante del director, asegura que no esperaba al sargento mayor hasta dentro de una hora.

—Podemos hablar en francés —dice Von Rumpel.

Tras él aparece un segundo hombre con la piel del mismo color que la cáscara de un huevo y evidentes signos de terror en la mirada.

—Permítanos el honor de enseñarle las colecciones, sargento mayor —dice el ayudante del director—. Le presento a nuestro mineralogista: Hublin.

Hublin parpadea un par de veces, tiene el mismo aspecto que un animal apaleado. Los guardias les observan desde el final del corredor.

—¿Me permite su cesta?

—No se preocupe.

El pabellón de mineralogía es tan largo que Von Rumpel apenas consigue vislumbrar el final. Las vitrinas de exposición se suceden vacías una tras otra en las diferentes secciones, las pequeñas sombras en las estanterías de fieltro aún muestran la silueta de lo que ha sido retirado. Von Rumpel camina con su cesta en el brazo sin molestarse en hacer nada más que mirar. ¡Pero qué gran cantidad de tesoros han dejado! Un extraordinario conjunto de topacios amarillos sobre una base gris, un trozo enorme de aguamarina rosada que parece un cerebro de cristal, una columna violeta de turmalina de Madagascar que parece tan rica que apenas puede resistir la tentación de acariciarla. Bournonita, apatita de Moscú, circonio natural en un abanico de colores, docenas de minerales que ni siquiera conoce. Por las manos de estos hombres, piensa, han pasado más piedras preciosas en una semana de las que él ha visto en toda su vida.

Cada pieza está registrada en unos enormes volúmenes que han sido amasados durante siglos. El pálido Hublin le enseña las páginas.

—Luis XIII comenzó la colección como un armario de medicinas, jade para el riñón, arcilla para el estómago y así sucesivamente. En el catálogo hay más de doscientas entradas en 1850, un legado mineral de valor incalculable…

De cuando en cuando Von Rumpel saca su cuaderno de notas del bolsillo y hace alguna anotación. Se toma su tiempo. Cuando llegan al final, el ayudante del director se agarra el cinturón con los dedos.

—Esperamos haberle impresionado, sargento mayor. ¿Ha disfrutado de la visita?

—Mucho. —Las luces eléctricas del techo están muy altas y el silencio es opresivo en ese espacio descomunal. Continúa hablando muy despacio—. Pero ¿qué hay de las colecciones que no se muestran al público?

El ayudante del director y el mineralogista intercambian una mirada.

—Acaba de ver todo lo que podemos enseñarle, sargento mayor.

Von Rumpel mantiene un tono de voz educado, civilizado. Al fin y al cabo París no es Polonia. Cada movimiento ha de ser cuidadoso, uno no puede sencillamente agarrar lo que encuentra. ¿Cómo decía su padre? «Piensa en los obstáculos como en oportunidades, Reinhold. Piensa en los obstáculos como inspiraciones».

—¿Hay algún sitio —pregunta— donde podamos conversar?

El despacho del ayudante del director ocupa una de las polvorientas esquinas de la tercera planta que da a los jardines: está recubierto de madera de nogal, muy caldeado y decorado con mariposas y escarabajos enmarcados. En la pared, tras una mesa de media tonelada, cuelga una única imagen: un retrato a carboncillo del biólogo francés Jean-Baptiste Lamarck.

El ayudante del director se sienta del otro lado de la mesa y Von Rumpel frente a él con la cesta de mimbre a los pies. El mineralogista permanece de pie. Una secretaria de cuello largo trae té.

Hublin dice:

—Siempre estamos haciendo adquisiciones. En todo el mundo la industrialización está poniendo en peligro los yacimientos minerales. Recolectamos todas las variedades minerales que existen. Para un conservador no hay ningún ejemplar superior a otro.

Von Rumpel se ríe. Le parece bien que intenten seguir el juego, pero ¿es que no han entendido que ya hay un ganador? Baja la taza de té y dice:

—Me gustaría ver sus ejemplares más protegidos. Estoy particularmente interesado en uno que, me parece, han sacado de la caja fuerte hace poco.

El ayudante del director se pasa la mano izquierda por el pelo creando una pequeña lluvia de caspa.

—Sargento mayor, los minerales que acaba de ver han ayudado a numerosos descubrimientos en electroquímica y a establecer las leyes fundamentales de la cristalografía. La función de un museo nacional es trabajar por encima de los antojos y modas de los coleccionistas, proteger esas piedras como legado para las futuras generaciones.

Von Rumpel sonríe.

—Esperaré.

—No nos malinterprete, monsieur. Le hemos enseñado todo lo que podemos enseñarle.

—En ese caso esperaré para ver lo que no pueden enseñarme.

El ayudante del director se esconde tras su taza de té. El mineralogista cambia el peso de un pie a otro como si estuviera luchando contra una furia interior.

—Tengo un talento especial para la espera —dice Von Rumpel en francés—, es una de mis grandes habilidades. Nunca se me han dado bien los deportes ni las matemáticas pero ya desde niño he tenido una paciencia sobrehumana. Solía esperar mientras el peluquero le arreglaba el pelo a mi madre, me sentaba en la silla y esperaba durante horas, sin revistas ni juguetes, sin siquiera columpiar las piernas hacia delante y hacia atrás. Le aseguro que el resto de las madres estaban muy impresionadas.

Los dos franceses se impacientan. ¿Qué oídos escuchan tras la puerta de la oficina?

—Por favor, siéntese —le dice Von Rumpel a Hublin, acercándole una silla que hay a su lado. Pero Hublin no se sienta. El tiempo pasa. Von Rumpel bebe el último trago de su té y posa cuidadosamente la taza en el borde de la mesa del ayudante del director. En algún lugar alguien enciende un ventilador eléctrico que se mantiene funcionando un rato y de pronto se detiene.

—No tenemos claro a qué estamos esperando, sargento mayor —dice Hublin.

—Estoy esperando a que me digan la verdad.

—Si me permite…

—Quédese —dice Von Rumpel—, vuelva a sentarse. Estoy seguro de que, si alguno de ustedes tuviera que dar alguna instrucción, la señorita con el cuello de jirafa podría encargarse, ¿no es así?

El ayudante del director cruza y vuelve a cruzar las piernas. Ya es más de mediodía.

—¿Le gustaría ver los esqueletos? —prueba el ayudante del director—, nuestro Pabellón del Hombre es muy impresionante. Y nuestra colección zoológica está más allá de toda…

—Me gustaría ver los minerales que no enseñan al público. Uno en particular.

En la garganta de Hublin se ven manchas rosadas y blancas. No se sienta. El ayudante del director parece resignarse al punto muerto al que han llegado, saca un fajo de papel perfectamente atado de uno de los cajones y comienza a leer. Hublin se aparta como si tuviera intención de retirarse pero Von Rumpel le dice con sencillez:

—Por favor, quédese aquí hasta que hayamos resuelto este asunto.

Para Von Rumpel la espera no es más que otra forma de guerra. Lo único que se repite a sí mismo es que no debe perder. El teléfono del ayudante de dirección comienza a sonar y él se inclina para cogerlo, pero Von Rumpel levanta una mano y el teléfono suena diez u once veces antes de quedar de nuevo en silencio. Pasa una media hora. Hublin mira los cordones de sus zapatos, el ayudante del director escribe ocasionalmente algo en los papeles con una pluma de plata y Von Rumpel permanece completamente inmóvil. Se escucha un lejano golpe en la puerta.

—¿Caballeros? —dice una voz.

—Estamos bien, gracias —responde Von Rumpel.

El ayudante de dirección dice:

—Tengo otras obligaciones a las que atender, sargento mayor.

Von Rumpel no alza la voz.

—Esperará usted aquí. Los dos lo harán. Esperarán aquí hasta que yo haya visto lo que he venido a ver. Luego retomaremos nuestras importantes obligaciones.

La barbilla del mineralogista tiembla. El ventilador se enciende de nuevo y se vuelve a apagar. Tiene un temporizador programado cada cinco minutos, adivina Von Rumpel. Espera a que se encienda y se apague otra vez. A continuación coge la cesta y se la pone en el regazo. Señala la silla y dice con voz amable:

—Siéntese, profesor, estará usted más cómodo.

Hublin no se sienta. Son las dos en punto y suenan las campanas de cientos de iglesias. La gente pasea por las aceras. Caen las últimas hojas del otoño.

Von Rumpel desdobla una servilleta sobre su regazo y saca el queso. Parte el pan lentamente dejando caer una cascada de migas. Mientras mastica casi puede oír el ruido de sus estómagos. No les ofrece nada. Al terminar se limpia las esquinas de la boca.

—Ustedes me están malinterpretando, messieurs. No soy un animal. No estoy aquí para rapiñar sus colecciones. Le pertenecen a Europa, a toda la humanidad, ¿no es así? He venido solo a recoger algo pequeño. Algo más pequeño que el hueso de una rodilla —añade mirando al mineralogista, quien a su vez retira la mirada sonrojado.

—Todo esto es absurdo, sargento mayor —dice el ayudante de dirección.

Von Rumpel dobla la servilleta, la pone de nuevo en la cesta y la cesta en el suelo. Se chupa la punta del dedo y se va quitando una a una las migas de la chaqueta. Mira directamente al ayudante de dirección.

—El Lycée Charlemagne, ¿no es así? ¿En la rue Charlemagne?

La piel alrededor de los ojos del ayudante de dirección se estira.

—¿El colegio al que va su hija? —Von Rumpel se da media vuelta en la silla—. Y el College Stanislas, ¿no es así, doctor Hublin? ¿No es ahí adonde van sus gemelos? En la rue Notre-Dame des Champs. ¿No están en este instante disponiéndose a volver a casa esos apuestos chicos?

Hublin apoya las manos en el respaldo de la silla vacía frente a él y sus nudillos se ponen muy blancos.

—Uno lleva un violín y el otro una viola. ¿Me equivoco? Y los dos cruzan las calles ajetreadas. Un largo paseo para dos chicos de diez años.

El ayudante de dirección está sentado muy rígido. Von Rumpel prosigue:

—Ya sé que no está aquí, messieurs. Ni el conserje más tonto sería tan estúpido como para dejar el diamante aquí, pero al menos me gustaría ver dónde lo tenían. Me gustaría saber qué tipo de lugar consideran ustedes que es lo bastante seguro.

Ninguno de los franceses dice nada. El ayudante de dirección vuelve a mirar sus papeles aunque Von Rumpel está totalmente seguro de que no lee ni una línea. A las cuatro en punto la secretaria vuelve a llamar a la puerta y Von Rumpel le dice que se vaya. Intenta concentrarse solo en su parpadeo. En el pulso de su cuello. Toc toc toc toc. Cualquier otro, piensa, habría hecho esto con mucho menos tacto. Habría usado escáneres, explosivos, pistolas o la fuerza. Von Rumpel utiliza el más barato de los materiales: minutos, horas.

Cinco campanadas. La luz abandona los jardines.

—Sargento mayor, se lo suplico —dice el ayudante de dirección apoyando las manos sobre la mesa y mirando hacia arriba—, es muy tarde, necesito ir al baño.

—Por supuesto. —Von Rumpel hace un gesto con la mano hacia una papelera que hay junto a la mesa.

El mineralogista arruga la cara. El teléfono suena otra vez. Hublin se muerde las cutículas. Hay un gesto de dolor en la cara del ayudante de dirección. Se enciende el ventilador. Afuera, sobre los jardines, la luz del día se aparta de los árboles mientras Von Rumpel continúa esperando.

—Su colega —dice volviéndose hacia el mineralogista— es un hombre lógico, ¿verdad? No cree en las leyendas. Pero usted, usted parece más exaltado. No quiere creer, se dice a sí mismo que no debe creer, pero cree —sacude la cabeza—. Usted ha tenido el diamante en sus manos, usted ha sentido su poder.

—Esto es ridículo —dice Hublin girando los ojos como un potro asustado—, este comportamiento no es civilizado. ¿Están seguros nuestros hijos, sargento mayor? Le exijo que nos diga si nuestros hijos están a salvo.

—Un hombre de ciencia y aun así cree en los mitos. Cree en el poder de la razón pero también cree en los cuentos de hadas. En diosas y maldiciones.

El ayudante de dirección llena los pulmones bruscamente.

—Suficiente —dice—, ya es suficiente.

El pulso de Von Rumpel se dispara: ¿ha sucedido realmente? ¿Ha sido así de fácil? Habría sido capaz de esperar dos, tres días más con hileras de hombres rompiendo contra él como si fueran olas.

—¿Están a salvo nuestros hijos, sargento mayor?

—Lo estarán si ustedes lo desean.

—¿Puedo usar el teléfono?

Von Rumpel asiente. El ayudante de dirección coge el auricular, dice: «Sylvie», escucha durante un momento y vuelve a colgar. La mujer entra con un manojo de llaves. Saca otra llave con una cadena de uno de los cajones de la mesa del ayudante del director. Una llave sencilla, elegante, alargada.

Una pequeña puerta cerrada con llave en la parte trasera de la galería principal. Hacen falta dos llaves para abrirla y el ayudante de dirección parece no tener mucha práctica con el cerrojo. Dirigen a Von Rumpel en su descenso por una escalera de caracol de piedra y al llegar abajo el ayudante de dirección abre una segunda puerta. Atraviesan unos pasillos como madrigueras, pasan junto a un vigilante, que deja caer el periódico y se sienta más rígido al verlos. En un modesto almacén, lleno de palés y cajas cubiertas por telas protectoras, tras un panel de contrachapado, el mineralogista muestra una sencilla caja fuerte que el ayudante de dirección abre con facilidad.

Nada de alarmas. Solo un guardia.

Dentro de la caja de seguridad hay una caja mucho más interesante. Es lo bastante pesada como para requerir que la saquen juntos el ayudante de dirección y el mineralogista.

Elegante, de ebanistería invisible. No hay en ella ningún nombre, ninguna combinación. Parece vacía y sin bisagras, clavos ni accesorios a la vista. Un bloque sólido de madera pulida.

Un trabajo a medida.

El mineralogista mete una llave en el diminuto, casi invisible agujero que hay en la base y cuando la gira se abren otros dos diminutos agujeros en el lado opuesto. El ayudante de dirección inserta otras llaves en esos agujeros; estas abren lo que parece ser cinco compartimentos. Tres candados cilíndricos superpuestos, cada uno depende del anterior.

—Ingenioso —susurra Von Rumpel.

La caja se abre entera. En el interior hay una pequeña bolsa de fieltro.

—Ábrala —dice.

El mineralogista mira al ayudante de dirección. El ayudante de dirección coge la bolsa, la desata y vuelca el contenido en la palma de su mano. Con un solo dedo desenvuelve el pliegue. En el interior hay una piedra azul del tamaño de un huevo de paloma.

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