La luz que no puedes ver

La luz que no puedes ver


Tres: Junio de 1940 » El armario

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EL ARMARIO

La gente del pueblo que no respeta los horarios en que se deben apagar las luces recibe multas o citaciones para ser interrogados a pesar de que madame Manec asegura que en el Hôtel-Dieu las lámparas están encendidas toda la noche y los oficiales alemanes salen y entran cuando quieren, abrochándose las camisas y ajustándose los pantalones. Marie-Laure se mantiene despierta a la espera de oír algún sonido de su tío. Finalmente oye que se abre la puerta al otro lado del pasillo y que unos pies se deslizan sobre el suelo. Se imagina a un ratón de cuento saliendo de su agujero.

Se levanta de la cama tratando de no despertar a su padre y va hasta el pasillo.

—Tío —susurra—, no tengas miedo.

—¿Marie-Laure?

Hasta su olor es como la llegada del invierno, una tumba, la pesada inercia del tiempo.

—¿Te encuentras bien?

—Me encuentro mejor.

Los dos están de pie en el descansillo.

—Ha habido un aviso —dice Marie-Laure—, madame te lo ha dejado sobre la mesa.

—¿Un aviso?

—Tus radios.

Él baja a la quinta planta. Marie-Laure puede oírle farfullando. Los dedos recorren las estanterías recién vaciadas. Sus viejas amigas se han marchado.

Ella se prepara para los gritos de furia pero lo único que oye son los versos jadeantes de una canción infantil: … à la salade je suis malade au céleri je suis guéri…[9]

Marie-Laure le agarra del codo y le ayuda a sentarse en el sofá. Etienne sigue murmurando y a ella le parece que puede sentir el miedo que emana de él, virulento, tóxico. Le recuerda a los gases que salían de los contenedores de formalina en el departamento de Zoología.

La lluvia tintinea en los postigos. La voz de Etienne parece llegar de muy lejos.

—¿Se han llevado todas?

—No, la radio del desván no. No se lo conté a nadie. ¿Madame Manec sabe que existe?

—Nunca hemos hablado de ella.

—¿Está escondida, tío? ¿La encontrarían si vinieran a registrar la casa?

—¿Quién va a venir a registrar la casa?

A continuación hay un silencio. Él dice:

—Todavía la podemos entregar. Decir que se nos ha olvidado.

—El plazo terminaba ayer al mediodía.

—Lo entenderán.

—Tío, ¿de verdad crees que entenderán que se te haya olvidado un transmisor que puede llegar a Inglaterra?

Más respiraciones agitadas. El rodar de la noche sobre sus silenciosos engranajes.

—Ayúdame —dice él.

Encuentra el gato de un automóvil en una habitación de la tercera planta y suben juntos hasta la sexta, cierran la puerta de la habitación de su abuelo y se arrodillan junto al enorme armario sin arriesgarse a encender ni siquiera la luz de una vela. Desliza el gato bajo el armario y eleva el lado izquierdo. Bajo los pies del armario desliza unos trapos doblados; luego eleva con el gato el otro lado y repite la operación.

—Y ahora, Marie-Laure, pon las manos aquí y empuja.

Ella lo entiende con emoción: van a tapar con el armario la pequeña puerta que sube al desván.

—Con todas tus fuerzas. ¿Preparada? Uno, dos, tres.

El descomunal armario se desliza unos centímetros. Las pesadas puertas con espejo golpetean ligeramente al deslizarse. Ella siente como si estuvieran empujando una casa entera sobre una superficie de hielo.

—Mi padre —dice Etienne jadeando— solía decir que ni siquiera Jesucristo en persona habría podido cargar este armario hasta aquí arriba. Que seguramente levantaron la casa alrededor. Otro poco ahora, ¿preparada?

Empujan, descansan, empujan, descansan. Finalmente el armario acaba cubriendo la pequeña puerta y la entrada al desván queda sellada. Etienne levanta cada uno de los pies del armario, saca los trapos y se sienta sobre el suelo respirando con dificultad. Marie-Laure se sienta a su lado. Se quedan dormidos antes del amanecer.

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